Marchena perderá el próximo sábado 12 de septiembre uno de sus establecimientos más singulares y entrañables. El bar La Cueva, instalado en el hueco de la muralla y a los pies del Arco de la Rosa, cerrará sus puertas con una fiesta y una comida de despedida junto a clientes y amigos.
Hay bares que no caben del todo en la palabra negocio. Forman parte del paisaje, de los hábitos y de la memoria sentimental de un pueblo. La Cueva pertenece a esa categoría. Durante más de cuatro décadas ha sido barra, terraza y lugar de encuentro, pero también una presencia cotidiana que ha dado vida a uno de los rincones monumentales más reconocibles de Marchena.
El bar no muere de éxito, ni de fracaso; muere de agotamiento y de «salseo» burocrático. Al frente de este navío encallado en la roca viva ha estado Paco García «el Palomo» —a quien en el barrio muchos conocen familiarmente como el patriarca de esta saga hostelera—, un hombre que ha resistido estoicamente detrás de la barra mucho más de lo que la ley y la biología aconsejan. «Llevo nueve años jubilado, tengo ya setenta y cuatro o setenta y cinco años», confiesa con el tono áspero del que ha servido demasiados cafés de madrugada. Sus motivos para el cierre son dos y no admiten réplica: «Primero, que ya estoy harto; segundo, que esto ya no es lugar para seguir, no reúne las condiciones».
Durante años, la terraza de La Cueva convirtió el pie del Arco de la Rosa en un lugar donde detenerse, tomar un aperitivo, buscar el fresco de las noches de verano o simplemente ver pasar a la gente. El monumento dejaba así de ser únicamente una pieza histórica para continuar formando parte de la vida diaria del pueblo.
Y no es una imagen inventada por la nostalgia. En los años cuarenta, la Feria de Marchena todavía recorría precisamente este eje urbano: comenzaba en Los Cantillos y terminaba en la Plaza Vieja, atravesando Rojas Marcos. Un episodio de 1944, cuando un cable de la propia feria provocó la rotura de la cruz procesional del Cristo de San Pedro, permite documentar hasta qué punto esta calle era entonces uno de los centros de la vida festiva de Marchena.
Su interior, abierto en la propia fábrica de piedra de la muralla, convirtió al establecimiento en una rareza hostelera dentro de la provincia de Sevilla. A esa singularidad se sumó una terraza situada frente al Arco de la Rosa, en un espacio donde patrimonio y vida diaria nunca han estado separados.
El misterio de la muralla y los «agujeros» vecinales
Pero el verdadero morbo de este cierre no radica en la jubilación tardía de su regente, sino en las entrañas del propio local. El bar está, literalmente, incrustado en la muralla defensiva del pueblo. Y aquí es donde la historia se vuelve fascinante. La familia revela cómo durante décadas el patrimonio histórico ha sido tratado con una «creatividad» arquitectónica que hoy escandalizaría a cualquier técnico de Patrimonio.
«Esto es muy sencillo», explican, relatando las excentricidades de los antiguos vecinos. «El que vivía aquí, como vivía muy estrecho, ¿qué es lo que hizo? Desahogar su casa para poder hacer lo que sea. Se metió dentro de la muralla y tiene excavado hasta el sitio de una cama. ¡Ahí arriba, en la piedra maciza!». Y no era el único. Las anécdotas familiares destapan un secreto a voces: «Todo el que vivía pegando a una muralla hacía eso, excavaba como una alacena, como una habitación».
Una terraza que devolvió el paseo a la muralla
La aportación de La Cueva al centro histórico no puede medirse únicamente por los años que ha permanecido abierta. Su terraza sostuvo una manera de habitar este entorno: subir a pasear, buscar el fresco al caer la tarde, detenerse a tomar un aperitivo y conversar bajo la mirada de las torres de la antigua puerta de la villa.
Ese ir y venir enlaza con una costumbre mucho más antigua. Esta parte de Marchena estuvo vinculada al paseo y a la celebración cuando la feria se instalaba en el casco urbano. Con el tiempo cambiaron los espacios festivos y las costumbres, pero La Cueva ayudó a conservar algo de aquel movimiento humano alrededor del Arco de la Rosa y la Plaza Vieja.
Gracias al bar, la muralla no era solamente un monumento que contemplar. Era también un lugar vivido. La terraza prolongaba de forma natural el recorrido por Rojas Marcos, el Arco de la Rosa y la Plaza Ducal y ofrecía un motivo para permanecer en una zona que, sin actividad hostelera y comercial, corre el riesgo de convertirse en un escenario hermoso pero vacío.
La despedida de un emblema cotidiano
El cierre llega después de otras pérdidas recientes para la hostelería tradicional del centro, entre ellas las del bar Pololo y el establecimiento de Luichi junto al Mapa. La desaparición de estos tres negocios deja menos espacios de ocio y convivencia en el eje formado por Rojas Marcos, el Arco de la Rosa y la Plaza Vieja, uno de los paseos naturales de los marcheneros durante décadas.
La Cueva se despedirá el 12 de septiembre con una última jornada de convivencia. Será una ocasión para acompañar a sus responsables, compartir recuerdos y decir adiós a un bar que, desde su pequeño refugio de piedra, hizo algo importante durante más de cuarenta años: mantener encendida la vida cotidiana al pie de la muralla de Marchena.
Este sábado, a partir de las doce, comenzará el desahucio voluntario. «Vamos a vender todo el mobiliario que se pueda y a desalojar el bar vacío», sentencia el sobrino. Se cierra así un capítulo que empezó con un humilde puesto de loza, chucherías y churros, y que derivó en la red de bares de la familia (desde el Pelao frente al Carrillo, hasta el Cáceres en los cantillos).
Con nostalgia, reconocen que el barrio pierde su pulso. «La gente de la cueva está muy nostálgica, sabiendo que ya no van a tener un rincón donde ir. Todo el mundo ha venido aquí como si fuera el salón de su casa toda la vida».
No obstante, el gran misterio de este entorno monumental no está en explicar cómo ha podido sobrevivir durante décadas un bar instalado en una cueva medieval, excavada en la roca y cobijada bajo decenas de metros de piedra de uno de los torreones históricos de Marchena.
El verdadero interrogante está unos metros más allá: ¿por qué el interior del Arco de la Rosa, que conserva una antigua cámara de guardia, sigue sin poder visitarse? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que todavía se escuche afirmar que el Arco “es de alguien”, como si la protección patrimonial de un monumento pudiera reducirse a una simple cuestión de propiedad privada?.
El cierre llega además en un momento delicado para la hostelería del casco antiguo. La desaparición del histórico Bar Pololo y el cierre de otros negocios han ido reduciendo los lugares de encuentro alrededor de Plaza Vieja, Rojas Marcos y el barrio monumental. Marchena Secreta ya advertía recientemente de la progresiva pérdida de servicios en San Juan, hasta el punto de que visitantes y vecinos encuentran cada vez menos lugares donde sentarse, beber agua o utilizar un aseo mientras recorren el conjunto monumental.
Por eso el sábado no terminará solamente una etapa empresarial. Cuando La Cueva baje definitivamente la persiana quedará un poco más silencioso uno de los rincones por los que Marchena ha entrado y salido durante siglos.
Porque conservar un centro histórico no consiste solamente en restaurar sus piedras. También significa conseguir que alguien siga sentándose junto a ellas.