RELATO BREVE/ DIA DEL LIBRO
Cuentan que el día del libro los personajes salen de las páginas de los libros donde tienen su morada y hogar para habitar las mentes de los que tienen una imaginación muy vívida, y en ocasiones se materializan en el mundo de los vivos colonizando las mentes de los hombres más crédulos, induciéndoles pensamientos, ideas, juegos mentales, o historias imposibles para que así los escritores más avispados puedan seguir escribiendo sus historias.
Pero ese año, algo salió mal.
O quizás, dependiendo de cómo se mire, algo salió perfectamente bien.
Lucía tenía nueve años, el pelo siempre revuelto y la costumbre de leer con la linterna debajo de las sábanas mucho después de que su madre apagara la luz. Tenía también una estantería vieja que crujía cuando hacía viento, tres plantas de albahaca en la ventana, y una imaginación tan grande que a veces le daba miedo.
Esa noche del 22 de abril, la víspera del Día del Libro, Lucía se quedó dormida con Las mil y una noches abierto sobre la almohada.
A las doce en punto, algo se movió entre las páginas.
No fue un ruido exactamente. Fue más bien una sensación: como cuando abres una ventana en verano y entra una brisa que huele a otro lugar. Lucía entreabrió un ojo.
Sentado en el borde de su estantería, con las piernas cruzadas y una sonrisa que ocupaba la mitad de su cara, había un muchacho con turbante y una lámpara pequeñísima en la mano.
—¿Aladdín? —susurró Lucía, porque los niños que leen mucho reconocen a los personajes antes de que se presenten.
—Aladino, si no te importa —dijo él—. Aquí hay una diferencia importante.
Lucía se incorporó en la cama. No tenía miedo. Tenía, eso sí, muchas preguntas.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque tu imaginación es muy grande —respondió Aladino—. Las imaginaciones grandes son como ventanas abiertas. Por ellas entramos los personajes cuando necesitamos estirar las piernas. Llevamos todo el año dentro de las páginas y hoy es nuestro día libre.
—¿Y todos los personajes salen?
—Los que tienen suerte. Solo podemos salir si alguien nos ha leído con cariño. Si alguien ha pasado las páginas despacio, si se ha reído con nosotros o ha llorado un poco. Eso nos da fuerza suficiente para cruzar.
Lucía miró su estantería con otros ojos. Todos esos lomos de colores, todos esos títulos escritos en letras doradas o negras o rojas… ¿Cuántos personajes había allí dentro, esperando?
—Entonces todos ellos…
—Están ahí dentro, sí. Pero esta noche, si quieres, podemos despertarlos.
Lo que pasó después fue la cosa más extraordinaria que Lucía había visto nunca, y eso que ella había visto cosas bastante extraordinarias, porque leía mucho.
Aladino rozó el lomo de cada libro con un dedo, muy despacio, como si tocara una tecla de piano. Y de cada uno fue saliendo alguien.
De un libro verde y grueso salió una niña con trenzas largas que olía a bosque y llevaba una cesta. De uno rojo y delgado salió un zorro con una bufanda amarilla. De uno azul marino salió un capitán que sacudió el agua de su sombrero como si acabara de llegar de una tormenta. De uno pequeñísimo y casi sin páginas salió un elefante, que era curioso porque el elefante era bastante grande y el libro había sido muy pequeño, pero esas son las cosas que pasan cuando la imaginación no tiene límites de espacio.
El cuarto de Lucía, que no era muy grande, se llenó de voces y risas y algún que otro olor a salitre y a canela y a lluvia.
—¿Qué hacéis cuando salís? —preguntó Lucía, mirando a todos lados a la vez.
—Contamos —dijo la niña de las trenzas—. Susurramos historias al oído de la gente que duerme. A los escritores, sobre todo. Ellos son los más importantes.
—¿Por qué?
—Porque si no hay escritores que escriban, nosotros desaparecemos —explicó el zorro con la bufanda, que parecía el más serio del grupo—. Cada historia que se escribe es una casa nueva. Y todos necesitamos una casa.
Lucía lo pensó un momento.
—Entonces los personajes necesitan a los escritores.
—Y los escritores nos necesitan a nosotros —añadió el capitán, sacudiéndose el sombrero de nuevo—. Es un trato muy justo, la verdad.
El elefante asintió con la trompa, que era su forma de estar de acuerdo.
—Pero vosotros también necesitáis a los lectores —dijo Lucía, que era lista, porque los niños que leen mucho suelen ser listos—. Sin lectores, los libros se quedan cerrados para siempre. Y si los libros se quedan cerrados para siempre, los escritores no tienen para quién escribir. Y si los escritores no escriben…
—No hay historias —terminó Aladino, y esta vez no sonrió—. Y sin historias, el mundo sería un lugar muy silencioso y muy gris.
Hubo un momento de silencio. Un silencio extraño, porque había bastante gente en la habitación, pero todos callaron a la vez como si entendieran lo importante que era ese silencio.
Entonces la niña de las trenzas se acercó a Lucía y le puso algo en la mano. Era una semilla pequeña y brillante, como una estrella diminuta.
—¿Qué es esto?
—Una historia que todavía no existe —dijo la niña—. La encontramos en un libro que nadie ha escrito aún. Cuando la plantes en tu cabeza y la riegues leyendo muchos libros, crecerá. Y quizás un día la cuentes tú.
Lucía cerró el puño alrededor de la semilla.
Antes de que pudiera decir nada más, algo cambió en la luz de la habitación. El cielo detrás de la ventana empezaba a clarear, apenas un poco, apenas un hilo rosado en el horizonte.
—Se acabó —dijo el capitán—. Hay que volver antes del amanecer. Si nos pilla el sol fuera de las páginas, nos quedamos atrapados en el mundo real y eso no es bueno para nadie.
—¿Por qué no?
—Porque entonces solo existe un mundo —explicó el zorro—. Y dos mundos siempre son mejor que uno.
Uno por uno, los personajes fueron volviendo a sus libros. El capitán se despidió con el sombrero. El zorro hizo una reverencia. El elefante le rozó la mejilla con la trompa. La niña de las trenzas le guiñó un ojo.
Aladino fue el último.
—¿Volveréis el año que viene? —preguntó Lucía.
—Eso depende de ti —dijo él—. Si sigues leyendo con cariño, si sigues pasando las páginas despacio, si te ríes con nosotros y alguna vez lloras un poco… sí. Volveremos.
Y dicho eso, cerró los ojos, se hizo pequeño como el vapor que sale de una taza de té, y desapareció entre las páginas abiertas de Las mil y una noches.
Lucía se quedó mirando el libro un buen rato.
Luego lo cerró con cuidado, lo sostuvo entre las manos un momento, y lo volvió a poner en la estantería. Pero esta vez no lo apretó contra los demás. Le dejó un poco de espacio. Por si acaso necesitaba respirar.
Cuando su madre entró a despertarla para ir al colegio, Lucía seguía con el puño cerrado.
—¿Qué tienes en la mano? —preguntó su madre.
Lucía abrió los dedos. No había nada visible. Pero ella podía sentirlo: algo pequeño y brillante y lleno de posibilidades, esperando crecer.
—Una historia —dijo Lucía—. Todavía no sé cuál.
Su madre la miró con esa mezcla de ternura y perplejidad que tienen los adultos cuando los niños dicen cosas que no entienden del todo.
—Pues venga, cuéntamela mientras desayunas.
Y Lucía pensó que quizás eso era exactamente lo que había que hacer.
Empezar a contarla.
Feliz Día del Libro. Lee mucho. Lee despacio. Deja espacio en las estanterías. Los personajes también necesitan respirar.
Rutas
