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“Ahora madre, entiendo tu manto”: María Hurtado conmueve a Marchena con un pregón tejido de fe, memoria y verdad

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Hay instantes en los que las palabras rompen en lágrimas, y otros en los que se hacen carne en los corazones de quienes las escuchan. Este domingo, en el templo abarrotado de San Juan, María Hurtado Bellido no ofreció solo un pregón. Abrió el pecho, remangó el alma y se colocó su túnica morada, no de tela, sino de verbo. Fue el atril su cruz, y la voz, la guía de una Marchena que ya huele a cera y azahar.

Desde la primera palabra hasta el último amén, María no dejó a nadie fuera. Habló a los cofrades y a los descreídos, a los que rezan cantando y a los que esperan en silencio. No lo hizo desde la superioridad, sino desde el suelo gastado de quien ha caminado todos los Viernes Santos. Su pregón fue, como dijo en sus propias palabras, “una levantá inmortal hacia ese balcón del cielo que brilla de manera perpetua en nuestros corazones”.

María habló con voz de nieta, de madre, de hermana y de Verónica. Recordó aquel año 2013 cuando cumplió su sueño de salir en la mañana del Viernes Santo y, justo ese día, su abuela Conchita partió al cielo. “Ese día no fue un día más en tu vida, María. Tu abuela también había cumplido un sueño”.

 Desde el primer instante, quiso comenzar donde todo empieza: en la Caridad.  “Herederos del buen Miguel Mañara”, recordó María, “con más de 375 años del aniversario de su fundación, han amparado al desamparado cada Domingo de Ramos, cuando el sol brilla sobre nuestros cuerpos”. Y evocó con una intensidad casi litúrgica el gesto solemne de esos hermanos de riguroso luto que, “caracterizados por un brazalete azul donde portan su escudo y una actitud seria propia de los más prudentes”, acompañan el féretro con una fidelidad inquebrantable. Para la pregonera, no se trata solo de una procesión: “Podemos escuchar uno de los sonidos más característicos del Domingo de Ramos: la esquila que acompaña el féretro que portan sus hermanos en el discurrir desde Milagrosa hacia San Sebastián”.

 “Hermano de la Santa Caridad, a medida que escuches más de cerca el sonido de esa campanita, más próximo estará el momento de que seas tú el siguiente en tocarla”, proclamó, con una ternura que solo la experiencia puede dar. 

“No hay banda, ni palio, ni palmas, ni claveles. Hay cera, hay cruz, hay compostura”, dijo, reivindicando lo esencial. Porque si en otras cofradías hay esplendor, en esta hay hondura. “La Santa Caridad no necesita pregón. Su ejemplo habla por ella”. Pero ella lo dio. Y lo dio bien. Con voz emocionada, recordó que “esta hermandad no solo desfila: acompaña, consuela, acoge, vela a los que parten y reza por los que quedan”. 

 Para María, la Caridad es más que una cofradía: es la raíz misma del Evangelio. “Hay hermandades que brillan con luz de cera, otras con luz de plata… pero la Santa Caridad brilla con la luz del servicio”. Por eso, su agradecimiento fue explícito, sin rodeos: “Gracias por cuidar a los que ya no están, a los que sufren, a los que nadie ve”.

Y cerró su evocación con la mirada puesta en lo eterno: “El Domingo de Ramos comienza con muerte, pero no con desesperanza. Ellos nos enseñan que todo final es también comienzo”. Por eso, “esta levantá va por todos los directores espirituales que nos acompañan durante todo el año a través de los cultos para alimentar nuestra fe”, y también por aquellos que, como los hermanos de la Caridad, “trabajan sin descanso para hacer visible lo invisible”.

Y así nos llevó a su infancia, cuando, con la impaciencia desbordada, pedía a su padre que la llevara a San Agustín. “Papá, venga, vamos ya para arriba que sale la Borriquita”, recordaba con una sonrisa casi infantil. Allí, entre la expectación del templo y el nervio en la garganta, aguardaba ese instante único en que se abren las puertas y comienza la vida pública del Señor. “Allí esperando al momento de mayor tensión, pues el miedo a esas edades no existe. Papá, que están de rodillas, que están desmontando el paso, que están bajando al Señor…”.

“Abrir el paso. Os traigo la salvación”, proclamó María, haciendo suyas las palabras de un Dios que se baja del cielo para jugar con sus hijos. “Es muy sencillo: escucharme y acompañarme. Acercaros a mí. Soy nuestro Padre Jesús de la Paz, montado en una borriquita, y vengo a salvar al pueblo de Marchena”.

El pregón se convirtió entonces en catequesis para los pequeños, en voz materna que susurra esperanza: “Niños y niñas de este pueblo, id a vuestras casas, corred la voz, que salgan todos a verme. Avisad a vuestras abuelas, que todos se vistan con sus mejores galas. A vuestros padres, decidles que os dejen estar por la calle junto a mí, que no pasa nada. Es el día de la Paz en Marchena”. Porque este día no es solo un comienzo litúrgico: es un renacer espiritual, un estallido de fe que convierte las calles en una nueva Jerusalén.

Con ternura dirigió esas palabras también a sus propios hijos: “Jesús y Jorge, hijos míos, ¿habéis escuchado el mensaje que el mismo Dios que ha bajado a la tierra ha dicho? Confiad, tened fe y amad desinteresadamente. Poneos en sus manos y agarrad fuerte esas ramitas de olivo que tienen la savia de la salvación. No las soltéis y no olvidéis llevarlas cada año después de misa a vuestras casas. Ponedle el lacito que más os guste, pero amarradla bien fuerte: tiene que durar todo un año”.

Desde ese instante del pregón, Marchena entera se vio montada en ese pollino, como si cada palmo de calle fuera una nueva bienvenida al Hijo de Dios. Y en la voz de María resonó el gozo de quien ha aprendido que la infancia no es una etapa, sino un don espiritual. Porque cada vez que sale la Borriquita, los que fuimos niños volvemos a serlo.

Y así, con la paz como estandarte, María nos recordó que la Semana Santa no empieza el Domingo de Ramos. Empieza mucho antes, en las miradas limpias de los niños, en los altares de cartón, en la rama de olivo que tiembla al viento… Y en el corazón que se prepara, año tras año, para volver a decir: “Papá, venga, que sale la Borriquita”.

Hay imágenes que no necesitan música para conmover, ni lágrimas para hablar. Basta con su andar sereno. Así es la Virgen de la Palma en la voz y en el corazón de María Hurtado, que la evocó en su pregón con la reverencia de quien ha sentido su consuelo tras la estrechez de la vida. “Madre de la Palma, eres madre de los que viven en acción de gracias. Llénanos este bonito día de algarabía”, dijo, iniciando con una súplica jubilosa lo que muy pronto se convirtió en letanía de devoción.

La estrechez del cancel de su iglesia fue imagen del alma que se prepara para acoger lo inmenso. “Tras la estrechez, aparece la calma. Palma, después de tu salida el pueblo impaciente te espera. El cancel está abierto. Comienza la Semana Grande y con ella uno de los mensajes: Dios aprieta, pero no ahoga”. Y en esa imagen de puertas que se abren está el símbolo del alma que se ensancha, del pueblo que espera, del milagro que comienza.

María supo captar ese contraste entre el rostro sereno y la hondura del mensaje. “¿Qué hay en tu mirada, Palma? ¿Dónde escondes tus lágrimas?”, se preguntaba, y cada palabra parecía buscar cobijo entre los entrevarales de ese palio que, año tras año, vuelve a tejer la esperanza con hilo de oro. “Los entrevarales son como los barrotes de las ventanas: están hechos para asomarnos a verte”, dijo, con una sencillez estremecedora.

Cuando el alma se arrodilla y el cuerpo detiene su prisa, es porque el Señor de la Humildad ha pasado.  María Hurtado, en su pregón de la Semana Santa de 2025, no solo recordó la escena; la vivió de nuevo con la emoción intacta y la convirtió en espejo de tantas vidas marcheneras. 

“Señor de la Humildad, una escuela de paciencia nos das”. Una lección aprendida en silencio, en los días lentos, en las noches largas, en los hospitales y en las salas de espera, donde “tus fieles desesperan sentado, como tú, en la piedra dura de la vida intentando comprender su rumbo”.

El Señor de la Humildad se convierte así en compañero de viaje, en intercesor del que no tiene fuerzas, en consuelo del que no entiende. “Junto a ti visitéis los hospitales, la residencia, las salas de espera…”. El lenguaje se volvió íntimo, casi confidencial. El tono del pregón descendió al susurro, al tú a tú de quien habla con su Dios en lo más profundo del alma.

Pero no se detuvo ahí. María hiló esta devoción con otra tradición muy marchenera: la saeta. “Una escuela de saetas, esa en la que se enseña a orar con una entonación que nunca falla, la que se canta desde el alma, la que está orada desde la autenticidad y con un pregón de un ángel desde ese balcón que sagrado parece estar afinado de año en año”. La saeta no es aquí un adorno musical, sino una plegaria que se eleva como incienso desde los balcones al cielo.

Hablar del Señor de la Humildad, es hablar de una enseñanza sin estridencias, de un ejemplo que no necesita alarde, de una presencia que sana sin tocar. “Regresa a tu templo con tu centuria detrás y no dejes nuestras vidas nunca en el azar. Pues hágase según tu voluntad”, concluyó María, dejando la oración como última palabra, como única respuesta posible ante el misterio de un Dios que se detiene para mirar al hombre desde su mismo nivel.

Hay una esquina de Marchena donde cada primavera se mece una novicia entre naranjos y flores. La Virgen de los Dolores no camina sola: la acompañan los suspiros de generaciones que han buscado en su rostro el consuelo a penas antiguas y recientes. María Hurtado lo expresó con palabras suaves y estremecidas, con la devoción de quien sabe que el dolor, cuando se ofrece, también puede ser redentor. “En el barrio de Santa Clara hay una Virgen con una mirada infinita y suplicante hacia el firmamento”, dijo. Y con esa frase abrió la puerta de un convento que es también refugio del alma.

Ella está “con un pañuelo colgando que casi te lo da si se lo pides”. Esa imagen sencilla –una mano tendida, un paño dispuesto a secar lágrimas ajenas– resume siglos de devoción popular. “Está esperándonos para consolar esas lágrimas que seguro que hoy no saben a sal, pues ya se ha encargado ella de quitarles ese mineral”.

El peso del pueblo está en ese pañuelo. “¿Cómo podemos pedirte tanto?”, se preguntó la pregonera, con una humildad desarmante. “¿Qué cansada tienes que acabar cada Miércoles Santo? ¿Cuánto pesa ese pañuelo sobre el que has absorbido todos los dolores de tu pueblo?”. Es la maternidad espiritual llevada al extremo: una madre que recoge, que escucha, que carga con lo que los demás no pueden.

En esa noche silenciosa de primavera, María reconoció que “madre dolorosa, es normal que mires al cielo en busca de tu consuelo”, pero le pidió algo más: “Baja tu mirada, que tus hijos queremos quitar la daga que atraviesa tu corazón, esa que profetizó el viejo Simeón”.

Hay nombres que se pronuncian con ternura. Nombres que no pesan, que no hieren, que no exigen. El de Jesús, cuando es niño, se dice con la suavidad con la que se acaricia un recuerdo, con la delicadeza con la que se habla de la infancia. Así lo proclamó María Hurtado en su pregón, elevando al Dulce Nombre de Jesús a la altura de un símbolo universal de consuelo y fortaleza: “Dulce Nombre de Jesús, siento la incongruencia de tu pronombre: ¿cómo puede ser dulce el que sabe, con tan pronta edad, lo que le espera?”.

Y sin embargo, lo es. Porque en ese rostro de niño con mirada sabia se concentra la ternura de Dios encarnado. “Tu nombre es dulce, y eso se refleja en la miel de tus labios”, dijo María, evocando la imagen de un Jesús que no teme, que se ofrece, que se entrega desde su inocencia.

Hablar del Dulce Nombre es hablar del primer asombro, del descubrimiento infantil de lo sagrado. “Aún recuerdo cómo te miraba de niña a niño”, confesó la pregonera. “Me fijaba en la pequeña crucecita de plata, la misma que después en madera yo portaría el Viernes Santo por las mismas calles que tú habías pisado”. Esa coincidencia entre la mirada del pasado y la vivencia del presente unió en una sola emoción a la niña que fue y a la mujer que ahora pregonaba.

María comprendió la paradoja de este Niño-Dios, que a pesar de su aparente fragilidad “tiene una mente de un diamante irrompible hacia el amor más puro y brillante que existe: el amor de Dios”. En esa contradicción entre niñez y divinidad, entre dulzura y sufrimiento, reside la grandeza de su imagen, y así lo expresó con una ternura que emocionó a todo el templo: “No llores, Dulce Nombre de Jesús, que todos los niños y niñas de tu pueblo te están mirando, te están ayudando”.

Y con un gesto de esperanza, selló el legado de generaciones: “Hoy los costaleros que te llevan son los mismos niños ya hechos hombres, y con la ayuda de tus ángeles, a pulso te elevarán al mismo cielo”.

Desde lo alto de una azotea, en un rincón que roza el cielo, una niña lanzaba su primera petalá sin saber que estaba sembrando una devoción que años más tarde haría florecer con palabras. Así nacía el amor de María Hurtado por la Virgen de la Piedad. “Desde la azotea de Cayetano veía de pequeña la salida del Dulce Nombre y desde allí también le ofrecía una petalá a la Virgen de la Piedad”, confesó con voz de memoria emocionada.

No hay calle en Marchena más silenciosa que aquella por la que pasa la Virgen de la Piedad. No hay rincón más íntimo que su paso lento, medido, donde todo parece pararse para dejar que el pueblo respire su consuelo. “Si te mecen, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de que puedas andar”, proclamó María, poniendo en boca del pueblo ese susurro que se convierte en plegaria cuando Ella aparece.

La oración siguió fluyendo, tejida como los bordados de su manto: “Si te levantan al cielo, déjate llevar, Piedad es la manera de hacerte volar”. Porque esta Virgen no solo camina, no solo llora: se eleva. La eleva su pueblo, que la sostiene con amor callado, la mece con ternura infinita. “Si te rezan en silencio, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de tus penas quitar”.

El Jueves Santo en Marchena no comienza en el reloj, sino en el corazón de quienes esperan que se abra el portón franciscano. De allí sale cada año, envuelto en lirios morados y recogimiento, el Cristo de la Santa y Vera Cruz, llevando consigo la memoria de generaciones que han hecho de este paso una oración viva. María Hurtado, con la emoción serena que da el amor antiguo, abrió su evocación con una confesión sincera: “Cuando habla mi corazón de la Vera Cruz, habla de recuerdos, sobre todo aquellos que guardo con un cariño muy especial”.

En su niñez, María deseaba ser costalera, pero en aquellos años no se podía. Así que se conformaba “con ir a los ensayos y llevar la radio”, porque lo importante no era el rol, sino estar cerca del Señor que camina entre sombras y cal. 

La Vera Cruz, para María, no es una cofradía más: es la cofradía de su familia materna los Bellidos. Ess casa el Jueves Santo se convertía en una casa hermandad, «donde las túnicas de mis primos estaban muy bien colgadas y planchadas en los muebles del salón de cada casa”. 

 “El Jueves Santo en Marchena todo parece transformarse”, proclamó la pregonera. “La noche se oscurece, el cielo comienza a eclipsarse ante tu inminente muerte. Se abre un portón en la capilla franciscana, donde en el cancel espera un nazareno que porta esa peculiar cruz de guía”.

En ese momento, Marchena se vuelve un templo al aire libre. “Suena cornetas y tambores y una rampa de madera sobre la que rachean suavemente con un poco de cuerpo a tierra”, y Él baja “camino del barrio más monumental, entre esquinas que se retuercen, muy padeciente, coronado de espinas y la sangre derramada”. La marcha no es música, es latido; la cera no es luz, es lágrima; y el paso no es madera, es altar: “Una elegante levantá a pulso siempre te eleva, esas trabajaderas sagradas que rachean suavemente y que rezan sin parar en una noche que parece que no tiene final”.

María describió el instante en que la silueta del Cristo se proyecta sobre las paredes blancas del barrio, como una aparición: “De repente, por las paredes encaladas previamente, una silueta se refleja del Señor que pasa por tu casa. Verte. ¡Cuánta elegancia hay en tu barrio! ¡Qué silencio tan solemne!”. Porque si algo distingue a la Vera Cruz es el recogimiento que envuelve su discurrir, la sobriedad que no necesita ornamento, el rezo callado que no exige respuesta.

Hay nombres que no se pronuncian, se respiran. Nombres que no hacen falta decir en voz alta porque ya viven en el corazón. Así es la Esperanza en Marchena: no necesita presentaciones ni alardes. Basta con mirarla para entender por qué su manto verde no es un color cualquiera. “Dicen que el color de la Esperanza no es un verde normal”, explicó María Hurtado. “A mí me recuerda al verde del mar”. Pero no a un mar en calma, sino al mar que lucha, al que no se rinde. “El mar revuelto, ese que arrastra toda la arena del fondo cuando rompe la ola, justo ese es el color”.

Así la sintió la pregonera desde niña. No como un símbolo decorativo, sino como una necesidad vital. “La Esperanza te tripula para poder navegar, allá en tu fondo más profundo que te arranca el alma sin avisar”. Y como quien se aferra a una tabla en mitad del naufragio, elevó su canto: “Cuando la mar esté revuelta, a cara a cara mírala: es la Esperanza la que te salva de la deriva en alta mar”.

Por eso, la Esperanza de Marchena no es simplemente bella. “No vas a ser bella, Esperanza, tienes que serlo por necesidad”. Porque cada mirada busca en Ella una respuesta, un consuelo, un sí o un no que cambie el rumbo de una vida. “Sino, ¿cómo te miramos esperando encontrar la respuesta a ese sí o a ese no que ansiamos escuchar?”.

En esa mezcla de ternura y fortaleza, María fue desgranando su oración íntima: “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar cuando la ves pasar, va demostrando un no sé qué que te sacia cuando se va”. Porque verla no basta. Se necesita, se ansía, se espera. “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar del que anhela encontrar los vaivenes de la vida que aparecen cuando no los sabemos tolerar”.

La pregonera describió con palabras sentidas esa conexión íntima entre la Virgen y su pueblo, donde cada uno lanza plegarias en silencio. “Miras para abajo, para nuestros ojos encontrar esas plegarias que te lanzamos y que en ti la respuesta está”. Y entonces se comprende que Ella, coronada y serena, no está solo para embellecer una calle, sino para sostener un alma. “Bella es la Esperanza, esa que porta alfajín de Capitán General y coronada está, la que navega sobre un palio estrellado hecho de terciopelo y plata, impregnada en nazar, y llevas más de 20 años siendo Reina de Marchena, de la cristiandad y de todo el mar”.

Hay imágenes que no se nombran sin estremecerse. Y en Marchena, si hay un nombre que agita las entrañas del pueblo entero, ese es el de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El Señor que no se menciona, se reza; el que no se mira, se sigue; el que no se explica, se siente. Y eso hizo María Hurtado: sentir. “¿En serio? ¿No me lo puedo creer? ¿Y ahora qué hago?”, se preguntaba recordando el instante en que se encontró frente a Él, tras veinte años de espera en una lista “que parece ser eterna para ponerme por un instante frente a ti, cara a cara”.

Su voz, que tantas veces se quebró a lo largo del pregón, pareció quebrarse aún más cuando pronunció esas palabras: “Ese día no sabía si hablarte desde mi tristeza o desde el agradecimiento”. Porque el día que María se revistió de Verónica fue el mismo día en que su abuela Conchita se despidió de este mundo. Y no, no fue casualidad. “Tú decidiste que yo, vestida de Verónica, justo ese día ascendiera a ti”.

Aquella escena no fue solo un rito ni un sueño cumplido: fue un abrazo entre generaciones, un gesto de la Providencia. “Tu rostro yo limpiar o tú el mío. A mí no podía estar nerviosa ese día, solo quería hablar contigo y que me explicaras qué es lo que pasaría”. Y en ese diálogo íntimo entre nieta y Señor, entre túnica morada y paño blanco, se selló una alianza de vida entera.

“No vi a mi abuela desde el balcón viendo pasar a su nieta, sino que fui yo la que la acerqué a ti al balcón infinito del cielo”. Y en ese gesto, María comprendió algo esencial: que cuando Dios está por medio, no hay casualidades, solo misterios que se revelan con amor.

No es extraño que su camino nazareno lo viva como una misión. “Por eso camino descalza y de morado, desde San Miguel, cuando las puertas están de par en par, un Viernes Santo de madrugada, bajo un cielo estremecido de gargantas que se rompen a rezar”. Porque seguir a Jesús Nazareno no es solo vestir la túnica: es descalzarse del mundo, entregarse sin medida, fundirse en cada chicotá con el latido de su pueblo.

Con la emoción contenida de quien ha sentido esa madrugada en la piel, fue relatando cada recoveco del recorrido, cada paso que Él da por las calles de Marchena. “Bajo una luna llena primaveral, camino descalza y de morado, siguiendo una cruz de guía bajando de la Rabal”. Esas calles, que de día son barrio, en su paso se hacen santuario: Plazuela del Topo, calle Estudio, calle Sevilla, San Sebastián, Milagrosa, Santa Clara… “Calle Sevilla, que no sube, que reza por la paz bajo una palma merced y pilar”.

Y en ese discurrir lento, fatigado, arrastrando la cruz, María descubre que no solo camina Jesús. Camina el pueblo entero con Él, cada cual con su herida, cada cual con su fe. “Camino descalza y de morado hasta llegar al más sagrado altar del Monumento, donde está Jesucristo ya no muerto, sino vivo”. Porque Jesús no cae, se arrodilla. No se cansa, se entrega. “Tú que caminas, tú que no te paras, tú que no te cansas y el que nos miras cara a cara”.

Hay lágrimas que no se ven, pero que mojan por dentro. Lágrimas de sal y de silencio, de fe y de desahogo. Lágrimas como las de María Santísima de las Lágrimas, que no brotan solo de sus ojos tallados, sino de todos los que la miran. María Hurtado, con la emoción desbordada, se dirigió a Ella no como pregonera, sino como hija, como mujer, como madre, como alguien que un día descubrió que aquellas manos abiertas no solo recogían súplicas: también sostenían vidas.

“Virgen de las Lágrimas, tengo que pedirte perdón por haberte dado de lado durante tantos años”, confesó con humildad, reconociendo que sus miradas y sentimientos “se concentraban en tu Hijo primero”. Pero la vida, con su manera extraña de ponernos en nuestro sitio, hizo que fuese precisamente Ella quien la tomara de la mano en uno de los momentos más íntimos y reveladores. “Me pusieron junto a ti. Mejor dicho, en tus manos. Siempre abiertas se quedaron desde entonces, como hacen todas las madres”.

Ese instante, que quedó “fosilizado” en el corazón cofrade de la pregonera, ocurrió cuando estaba embarazada de su hijo Jorge. “Con uno de mis hijos en mi vientre pude acompañarte al son de la misma marcha que hoy aquí ha acontecido: Amarguras, Fondeanta”. La misma marcha que abría el pregón y que ahora regresaba para abrazar la memoria de aquella noche. “Lo admito: estaba algo triste de no poder hacer mi estación de penitencia ese año. Aunque lo intenté, me puse mi túnica, pero solo aguanté hasta pasar el arco”.

En su interior, una vida latía, y afuera, otra Vida —la de la Virgen— se desbordaba en compasión. “Qué mágicos son los momentos”, dijo, cuando, “a la voz de un Jorge costalero al mando de su capatá, daba voz a otro Jorge, el de mis adentros”. Porque no todas las lágrimas son de tristeza, y María supo reconocerlo: “También las hay de agradecerte, Virgen de las Lágrimas, que tu amargura se desvanece y la vida resurge al pasar y verte”.

De ese dolor hecho belleza brotó una descripción que conmovió a todo el templo: “Ahora, Madre, entiendo tu manto. Tu manto azul, de azul cobalto. No va a ser de otro color si está lleno de penas y de llanto”. Un manto que no cubre solo una imagen, sino que arropa a todo un pueblo. “Lo llenas tanto y tanto que es el océano de Marchena cada Viernes Santo”.

Y como ola tras ola, sus palabras se hicieron poesía. “Ahora, Madre, entiendo tu manto: de Nazarenos ahogados entre el dolor acumulado de los porrazos que la vida te golpea cuando menos estás preparado”. Ese manto, dijo, recoge las lágrimas de las madres que luchan en silencio, “de las que los vaivenes del día a día te consumen más todavía y esperan a verte para desahogar su agonía”.

Hay imágenes que parecen detenidas en el tiempo. Y otras que, aunque inertes, respiran. El Santísimo Cristo de San Pedro no camina, pero avanza en el alma de quien lo contempla. Así lo vio María Hurtado cuando, con la voz encogida, narró su primer reencuentro con Él al saber que sería pregonera: “¿Cómo no sentir ese dolor, Santísimo Cristo de San Pedro, al verte pasar a través de las calles estrechas, donde el silencio se rompe con el crujir de tu madera y el rachear del esparto sobre el suelo desgastado, al eco de tu ‘Miserere’ y entonaciones de quintas y sextas?”

En ese momento, lo esencial no fue hablar, sino ver. “La primera hermandad que fui a visitar fue esta”, confesó, “y ¿qué vi? Vi a ese Cristo que está allí, a lo lejos, en Santo Domingo, fundido en madera. Madera convertida en talla. Talla traducida a vida”. Porque en Marchena, el arte no es adorno, sino dogma: las imágenes respiran y sangran, y el Cristo de San Pedro es prueba de ello.

Fue en una visita posterior cuando la pregonera se atrevió a mirarlo desde más cerca, desde abajo, desde sus pies. Y en ese ángulo inédito descubrió una dimensión hasta entonces desconocida: “Tuve el atrevimiento de acercarme y, desde ese ángulo, pude percatarme de algo que jamás vi en la tarde del Viernes Santo: la dureza que padeciste. Tus manos moradas, tus brazos estirados, tus piernas fatigadas, tus pies ensangrentados y tu rostro, Señor, desfigurado”.

No lo dijo con aspavientos, sino con la seriedad de quien ha tocado el dolor. “Parece que vives, aunque estás recién muerto”, sentenció. Porque en el Cristo de San Pedro no hay dulzura ni calma, sino el espanto contenido de una muerte real. Y eso fue lo que más conmovió a María: la crudeza.

Recordó, entonces, aquella última vez que Marchena lo vio por sus calles, en andas y sin dosel, y comprendió por qué sus hermanos quisieron bordarle un dosel de terciopelo que disimulara las heridas: “Tuvieron que mandar hacer tal reliquia para que se pudieran disimular tus lesiones, tu frialdad, tus traumatismos, tus llagas y esa mirada perdida en busca de consuelo”.

El dosel, entendido como refugio, no como adorno. “Todo, Señor, para salvar a tu pueblo”. Porque no hay ornamento más sagrado que el que envuelve el sufrimiento. María lo entendió y lo explicó con una claridad conmovedora: ese dosel no es sólo belleza, es compasión. Un escudo bordado frente al horror.

La noche del Viernes Santo no se apaga del todo mientras quede encendida la mirada de una madre. Y en Marchena, esa madre tiene un nombre: María Santísima de las Angustias. A Ella se dirigió María Hurtado con un susurro convertido en plegaria, con ese respeto que sólo se puede tener hacia quien lo ha perdido todo y, sin embargo, sigue en pie.

“Madre, aunque eres modelo y maestra de la fe, me ha costado enfrentarme a ti”, comenzó diciendo. No porque no la amara, sino porque representa aquello que a nadie le gusta atravesar: “Representas una de las advocaciones que menos queremos sentir en nuestras vidas: la angustia, el temor, el miedo, la desesperación”.

La pregonera imaginó su dolor no desde la distancia, sino como hija, como madre, como mujer. Y se preguntó con temblor en la voz: “¿Qué día tan largo tuviste que pasar? ¿Cuál fue el más duro? ¿Su condena? ¿Las burlas? ¿Ver cómo caminaba y caía con la cruz? ¿Ver cómo lo crucificaban? ¿O tenerlo de nuevo entre tus brazos ya sin vida?”

La escena es desgarradora. Y María no la suavizó, no la embelleció con palabras vacías. Fue al centro del abismo, al instante exacto en el que la Virgen recoge a su Hijo muerto. “Ya no hay mayor espanto, pues llegó el instante. La palabra está cumplida. La muerte ha discurrido por las calles. Tu hijo, crucificado, ya sin dolor, esperando la salvación, su resurrección”.

Cada palabra fue tallada con lágrimas. “Madre, en esta noche teñida de luto, donde las calles de Marchena han intercambiado luces por sombras y el silencio se ha apoderado del murmullo, la cera de tus nazarenos va llorando por el suelo”. Esa cera que llora, como tú, como todos.

“Seis lágrimas de angustia resbalan por tu bello y blanquecino rostro, donde el sofoco del pánico que debiste sufrir le dan color a tu mejilla”, continuó, como quien ha sostenido la imagen entre las manos y ha sentido el temblor del alma. “Madre de negro y pálido corazón, aunque sintieras en tu garganta ese nudo que te hace callar, aunque sintieras en tu alma ese dolor que te ahoga aún más, aunque sintieras en tu corazón cien puñales al hincar… angustias más desamparadas quisieran los marcheneros quitar”.

El Sábado Santo en Marchena no es una noche de duelo, sino un umbral. Y ese umbral tiene forma de paso: el Santo Entierro, el “resumen del que todo lo consume”, como lo definió María Hurtado, con el corazón lleno y la voz hecha incienso. Porque tras la muerte, dijo, “es el poliedro perfecto, donde Cristo yacente, descendido de la cruz, triunfante, duerme por poco tiempo”.

No habló sólo del silencio ni de la solemnidad, sino del milagro tallado en madera. “Si hubiese sabido tu escultor, Jerónimo Hernández, que luego vendría un Guzmán Bejarano para dejarnos perplejos ante tan majestuosa obra, no se lo hubiese imaginado. Nada falta, Señor”. Y es que ese paso no es un paso: es un retablo andante que late con cada zancada.

Es un libro abierto, con capítulos de oro y lirios morados. “Es un retablo abierto que camina entre decorados con lirios pasionantes, que van haciendo justicia ante tu paso”. En sus esquinas, las cuatro esquinas del mundo: “¿Quién no ha mirado a sus esquinas, con sus evangelistas? A San Lucas, acompañado con la fuerza del toro. A San Marcos, con el poder del león. A San Juan, con el águila que todo lo divisa. O a San Mateo, con ese ángel que nos aguarda”.

Y allí, en el vértice de todo, en el centro geométrico de la fe, está Él: “Sí, porque en el vértice, en el extremo de tu poliedro, Señor, estás una vez más tú, transformado en polígono, para que podamos vivir a través de ti”. Un paso que, al avanzar, no pisa, sino que flota. “Da igual que subas a toda prisa con un izquierdo que rachea por el susurrar del paso del tiempo, ante un suelo desgastado y unas paredes que, si hablaran, Señor, quizás no seguirían en pie”.

Marchena no sólo lo contempla, lo acompaña. Y Él, a su vez, la guía en su ascenso hacia la esperanza. “Sigue subiendo hacia la mota más alta y atraviesa esa puerta medieval, esa que nos acerca más de ti, pues tu fe nos guía”.

Pero no va solo. Le siguen las que no fallan nunca. “Seguido de tus tres Marías: Salomé, Magdalena, María Cleofás, y la Verónica, que nos muestra tu Santa Faz”. Son ellas las custodias del silencio, las guardianas de ese cuerpo que duerme, pero que no ha muerto del todo.

Y María lo proclama con la certeza de quien lo ha sentido en carne viva: “Santo Entierro, que no te hemos enterrado. Que a tu sepulcro te hemos acompañado solo para que vuelvas a vivir, ahora sí, toda la eternidad”.

Cuando ya la Semana Santa declina, cuando las túnicas se guardan y el silencio vuelve a tomar las calles, una figura sigue en pie. Es la Virgen de la Soledad, coronada de estrellas, sostenida por la oración de un pueblo entero que, aunque la llama sola, nunca la deja sola.

Así la describió María Hurtado, con ese respeto que sólo se profesa a lo que es eterno. “Madre, eres modelo de amor, y das todo aunque te duela”, comenzó, en un tono de íntima veneración. “¿Cómo te llaman Soledad, con un pueblo que te corona y que sola no te deja estar?”

La contradicción de tu nombre no hace sino subrayar el consuelo que repartes. “Te llaman Soledad, pero en tu tiro te cobijan y no te dejan escapar. Te llaman Soledad, pero eres la madre de todos los marcheneros”, afirmó la pregonera, recogiendo ese anhelo callado que acompaña a tantos en la noche más honda del año.

Hay instantes que sólo Marchena entiende. Uno de ellos ocurre bajo tu palio, cuando los cirios titilan y las bambalinas tiemblan. María no lo dejó pasar: “¿Capatá, qué se siente cogiendo ese llamador de plata? ¿Dónde están puestas todas las plegarias de un pueblo? Saber que en ti está la voz que hace que los milagros se cumplan”.

No son versos, son verdades de fe. “Cuántos rezos de madre desconsolada hacia la madre de Marchena, Soledad Coronada”. Madres que encuentran en ti un espejo, un refugio, un bálsamo. Porque tú, aunque rota, sigues de pie. Porque tú, aunque te llamen Soledad, estás acompañada de todas las mujeres de Marchena: “baja, acordonada por mujeres que sola no te van a dejar, vestidas de manto y que no paran de rezar”.

Tu palio es más que orfebrería, es un cielo tangible. “Tu palio repleto de estrellas relucientes entre una palmera muy ducal que tiene siete hojas, una por cada hermandad”, dijo María, hilando historia, estética y símbolo en una sola imagen. “Tus bambalinas son lunas que se mecen sin parar, camino de ese sepulcro que vacío dicen que está”.

María nos lleva al instante último de tu tránsito por las calles, allí donde los adioses se pronuncian sin voz. “Soledad, abre un poco esas manos, déjalas de apretar, que desde mi ventana te lanzo una plegaria más. Recíbela: de cariño es igual de importante que las demás, pero esta tiene más peso. No, no es para mí. Es para quien tú ya sabes”.

Y en ese gesto final, en ese cerrar de manos, María Hurtado depositó el anhelo más profundo de todos: salud para quienes luchan. “No te olvides, Soledad, a por otro año de salud para los que están”. Porque si alguien puede guardar ese deseo, eres tú, que llevas siglos custodiando el dolor, la esperanza y la fe de Marchena.

“Cierra tus manos. El secreto dicho está. ¡Viva la Soledad Coronada! ¡Viva María sin pecado original!”. Con esa exclamación concluyó María su ofrenda, con el corazón en vilo y los ojos húmedos de quien ha comprendido que la Soledad no es ausencia, sino compañía fiel hasta el final.

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Lleno en el certamen de coplas en su regreso al auditorio con «los cuñados» de «Gran Hermano» como única agrupación local adulta

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La chirigota local Los Triana mezcló ironía con crítica social en su presentación en el certamen de coplas, como única agrupación local, tras la baja de la chirigota ACAM  la Comparsa Femenina por razones familiares. El Auditorio Pepe Marchena, que registró un lleno absoluto, se convirtió en el termómetro perfecto para medir la temperatura de unas coplas que combinan la frescura del humor cotidiano con la profundidad de la crítica social. 

La noche del sábado, el Auditorio Pepe Marchena se transformó en el escenario perfecto para que la chirigota local «Los Triana» desplegara todo su arsenal de humor e ironía. Con su tipo de «cuñados», la agrupación marchenera demostró por qué es una de las formaciones más esperadas en el Certamen de Coplas del Carnaval de Marchena 2026.

Una puesta en escena cargada de simbolismo

Desde el momento en que se abrió el telón, el público supo que estaba ante algo especial. La escenografía no dejaba lugar a dudas sobre las intenciones de la chirigota: una imagen de una habitación presidía el fondo del escenario, flanqueada por una fotografía del mítico cantaor Pepe Marchena, homenajeado en el nombre del propio auditorio y una televisión que reproducía el programa de Ana Rosa Quintana.

La presentación situó al personaje principal como un desahuciado que, tras ser expulsado de su vivienda, decide instalarse en casa del cuñado, “el marido de mi hermana”, cargando una maleta que se convierte en símbolo constante del repertorio. Desde ese punto de partida, la chirigota construyó un relato reconocible, apoyado en situaciones domésticas exageradas y en el papel del cuñado como “voz de la experiencia”, eje del estribillo: “Aquí está el Menda, aquí está el Gran Hermano, lo mejor para su cuñado, soy la voz de la experiencia”.

El primer pasodoble introdujo un giro emocional al establecer un paralelismo entre el nacimiento de un hijo y el nacimiento de una chirigota. La letra, centrada en la espera, los nervios y la ilusión, culminó con la frase “la mejor de todas mis chirigotas”, alejándose momentáneamente del tono humorístico para reivindicar la vida y la paternidad como valor central, en uno de los momentos más aplaudidos de la actuación.

El segundo pasodoble recuperó el tono crítico con una alusión directa a las declaraciones del líder político Alberto Núñez Feijóo sobre que “los andaluces no saben contar”. La chirigota respondió desde la ironía, reivindicando la cultura, la poesía y el arte andaluz, y enlazó esa crítica con problemas actuales como la privatización de servicios públicos, el sistema educativo y los fallos en los cribados sanitarios, concluyendo con la idea de que “a nosotros no nos tienen en cuenta”.

Los cuplés mantuvieron el ritmo humorístico del repertorio, abordando desde conflictos internacionales hasta contradicciones ideológicas del propio cuñado, con referencias a patriotismos exagerados, dobles discursos y situaciones absurdas del día a día. El estribillo, repetido a lo largo de la actuación, reforzó la idea central del tipo: el cuñado sirve para todo menos “para una mudanza”.

El popurrí cerró el repertorio retomando el hilo narrativo de la maleta y la convivencia forzada. En su tramo final, la chirigota realizó un ejercicio de depuración simbólica, sacando de la maleta “los comentarios rancios”, el machismo, el racismo y la ignorancia, para llenarla de “educación, progreso, sanidad y futuro libre de fascismos”, concluyendo con un mensaje explícito de disfrute de la vida y de responsabilidad colectiva.

Los componentes de «Los Triana» salieron a escena ataviados con chaquetas desaliñadas que parecían sacadas del armario de hace décadas, gafas de pasta gruesas y, como colofón, una pajarita confeccionada con una bolsa de patatas fritas, tirantres y llaveros con banderas de España. Cada uno portaba además una maleta repleta de objetos variopintos, recreando con precisión milimétrica la imagen del cuñado que llega «de visita» dispuesto a quedarse una temporada indefinida.

Un trampolín hacia el Colombino

La actuación en Marchena cobra especial relevancia teniendo en cuenta que «Los Triana» está inmersa en el concurso del Carnaval Colombino de Huelva, una de las citas más importantes del calendario carnavalero andaluz. También han participado en los últimos días en el concurso de Córdoba y mañana estarán en las tablas del teatro municipal de Arahal.  

Un certamen con múltiples protagonistas

El certamen de coplas celebrado en el Auditorio Pepe Marchena contó también con la participación de dos agrupaciones foráneas procedentes de la provincia de Sevilla, que completaron una velada marcada por la diversidad de estilos y la conexión con el público local. El acto estuvo presentado por Alberto Reina, habitual conductor de certámenes carnavalescos en el ámbito provincial, con experiencia como maestro de ceremonias en concursos y festivales celebrados en localidades como Morón de la Frontera y otros municipios del entorno.

Desde Los Palacios y Villafranca llegó la chirigota La noche me confunde, una agrupación de reciente trayectoria que forma parte del tejido carnavalesco palaciego y que ha venido participando en certámenes locales y comarcales durante el último ciclo carnavalesco. El grupo presentó un repertorio de corte humorístico clásico, apoyado en situaciones cotidianas y en una interpretación directa, siguiendo la línea habitual de las chirigotas de la campiña sevillana, con una propuesta pensada para el contacto cercano con el público.

Por su parte, Morón de la Frontera estuvo representada por la comparsa Sociedad Limitada, vinculada a la peña carnavalesca La Trupe. Esta agrupación da continuidad al proyecto desarrollado el pasado año bajo el nombre Sociedad Anónima, manteniendo una línea temática centrada en la crítica social y el análisis de la realidad contemporánea. En el último carnaval, el grupo dio un paso adelante en su propuesta artística, reforzando el apartado musical y la carga reivindicativa de sus letras, lo que les permitió ampliar su presencia en distintos certámenes y consolidar su proyección fuera de Morón.

La participación de estas agrupaciones foráneas aportó al certamen una visión más amplia del carnaval de la provincia, situando el escenario del Auditorio Pepe Marchena como punto de encuentro entre distintas tradiciones carnavalescas y reafirmando el papel de Marchena como espacio de acogida para el intercambio cultural dentro del calendario del carnaval sevillano.

Próximas citas del Carnaval de Marchena 

6 de febrero — Espectáculo de humor en el auditorio
El viernes 6 está programado el espectáculo titulado “El show de Wito. Un dúo, ningún guión”, previsto también en el Auditorio Pepe Marchena para cerrar con risas y entretenimiento musical.

7 de febrero — Pasacalles y gran Fiesta de Carnaval
El pasacalles carnavalesco reunirá a vecinos y visitantes en el centro de Marchena. La fiesta partirá desde la zona de San Pedro y se extenderá hasta el Parque Princesa, con animación, música y actividades abiertas a todos.

14 de febrero — Fiesta del Bocadillo de Manos Unidas
El sábado 14 de febrero tendrá lugar en el Parque Princesa una de las celebraciones más populares del programa: la Fiesta del Bocadillo, organizada en colaboración con la entidad solidaria Manos Unidas.

15 de febrero — Chirigoteo Callejero
El domingo 15 se celebrará el tradicional chirigoteo callejero, con actuaciones espontáneas y programadas de agrupaciones en distintos puntos del casco histórico, incluyendo la Plaza Padre Alvarado y la zona del Arco de la Rosa.

La Buñuelada de Carnaval, tendrá lugar el viernes 21 de febrero a partir de las 16:00 horas en la sede de la Asociación Xell@s, en el barrio de Ciudad Jardín. La jornada está concebida como una actividad abierta y familiar, con pintacaras, buñuelos, chocolate y animación, y contará con la participación de varias agrupaciones carnavalescas locales. En el apartado musical actuarán la Chirigota Los Triana, con su tipo de este año Gran Hermano; la agrupación infantil AC Los Trianitas, que representa la cantera del carnaval marchenero; y el grupo Los Tramposos.

22 de febrero — Domingo de Piñata
La programación del Carnaval concluirá con el Domingo de Piñata en el Parque Princesa, una jornada especialmente pensada para familias y público infantil con actividades festivas durante toda la mañana.

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El Club Shotoyama conquista un oro y dos platas en el Campeonato de Andalucía Máster celebrado en Málaga

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La Biblioteca de Marchena acoge la exposición ‘Paseo Matemático Al-Ándalus’

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La Biblioteca Pública Municipal José Fernando Alcaide Aguilar de Marchena acoge desde el 6 de febrero y hasta el 6 de marzo de 2026 la exposición ‘Paseo Matemático Al-Ándalus’, una muestra divulgativa que propone una mirada diferente al patrimonio andalusí a través de las matemáticas, el arte y la ciencia.

El proyecto está cofinanciado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, en convocatoria competitiva, y por la Consejería de Economía, Conocimiento, Empresas y Universidad de la Junta de Andalucía. En su desarrollo han colaborado con Fundación Descubre instituciones como la Universidad de Granada, la Universidad de Córdoba y el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.

La exposición tiene como objetivo acercar la ciencia a la ciudadanía desde un enfoque innovador, integrando matemáticas, arte, tecnología y turismo cultural. Está dirigida al público general, a amantes del patrimonio y la ciencia, a visitantes interesados en la historia de Al-Ándalus y, de forma especial, a la comunidad educativa, fomentando la participación del alumnado.

El recorrido propone pasear, de forma virtual y presencial, por algunos de los grandes monumentos del legado andalusí, como la Alhambra de Granada, la Mezquita y la Sinagoga de Córdoba, el Real Alcázar de Sevilla, la Torre del Oro, la Giralda y las antiguas puertas de la Catedral, ofreciendo una lectura que conecta su belleza con los principios matemáticos que los sustentan.

Las matemáticas ocupan un papel central en el arte andalusí porque formaban parte de su concepción del mundo. La geometría, la proporción y la repetición no eran solo recursos decorativos, sino herramientas para expresar orden, armonía y trascendencia. En monumentos como la Alhambra, los mosaicos y yeserías responden a complejos patrones geométricos basados en simetrías, teselaciones y relaciones numéricas precisas. En la Mezquita de Córdoba, la repetición rítmica de arcos y columnas genera una sensación de infinito que se apoya en cálculos exactos de proporción y escala. En la Giralda, la relación entre altura, volumen y estructura revela un profundo conocimiento matemático aplicado a la arquitectura.

Esta dimensión matemática suele pasar desapercibida al visitante, que percibe la belleza sin advertir la lógica que la hace posible. El ‘Paseo Matemático Al-Ándalus’ invita precisamente a descubrir esa ciencia invisible que convierte el arte andalusí en un ejemplo excepcional de unión entre conocimiento, estética y espiritualidad.

La exposición puede visitarse en el patio de la Biblioteca Pública Municipal José Fernando Alcaide Aguilar de Marchena, de lunes a viernes, en horario de 9:00 a 21:00 horas.

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Marchena proyecta la primera Sala Multisensorial para personas con autismo en la Campiña Sevillana

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La Asociación Autismo Marchena ha presentado el proyecto Campos de Calma, una iniciativa social y sanitaria que prevé la creación de la primera Sala Multisensorial de última generación en la Campiña Sevillana, destinada a la atención terapéutica de personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA).

El proyecto tiene como objetivo principal reducir la brecha territorial en el acceso a terapias especializadas, evitando que las familias tengan que desplazarse hasta Sevilla capital para recibir atención clínica. Según la entidad promotora, actualmente una parte significativa de los usuarios de la comarca depende de recursos situados a más de 60 kilómetros, con el consiguiente coste económico, logístico y emocional.

La sala multisensorial se plantea como un espacio terapéutico basado en evidencia clínica, con tecnología interactiva de estimulación y regulación sensorial (sistemas SHX), orientada a la mejora del bienestar emocional, la autorregulación y la calidad de vida de las personas con TEA. El proyecto estima una atención directa a unas 60 familias de Marchena y municipios del entorno como Morón de la Frontera, Arahal, Paradas, Osuna, Lantejuela o Fuentes de Andalucía.

La inversión prevista para la puesta en marcha del equipamiento clínico, la adecuación del espacio y la formación técnica del personal se sitúa entre los 30.000 y los 45.000 euros. Para ello, la Asociación Autismo Marchena ha iniciado una campaña de financiación abierta dirigida a ciudadanía, empresas, hermandades, centros educativos y administraciones públicas, con el fin de recabar apoyos económicos y colaboraciones institucionales.

El proyecto contempla el desarrollo en varias fases, que incluyen el diseño técnico del espacio, la captación de fondos, la adquisición e instalación del equipamiento profesional certificado y, finalmente, la apertura oficial de la sala con el inicio de las sesiones terapéuticas.

Desde la asociación señalan que la iniciativa pretende consolidar un recurso estable de proximidad en el medio rural, contribuyendo a que la atención especializada no dependa de la cercanía a grandes núcleos urbanos y reforzando la red de apoyo a la neurodiversidad en la comarca.

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Quién pagó la construcción de la Catedral de Sevilla: diezmos y aoirtaciones de la nobleza

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La Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla representa la culminación del arte gótico tardío y también un monumento a la complejidad de las estructuras de poder y financiación de la Edad Media y la Edad Moderna.

La construcción de un edificio de tales dimensiones —el mayor templo gótico del mundo y el tercero de la cristiandad— no podría haber sido el resultado de una única fuente de ingresos.

Si bien el Cabildo Catedral fue el motor institucional y el gestor principal a través de la institución de la Fábrica, el desarrollo, la ornamentación y la culminación del conjunto catedralicio dependieron de una red de patronazgo que incluyó a las familias más poderosas de la nobleza castellana, como los Guzmanes.

DIEGO DE RIAÑO: Sacristía Mayor 1534-1539

La génesis de la catedral gótica se sitúa en la histórica resolución capitular de 1401, cuando el Cabildo decidió edificar un templo «tan grande que los que lo vieren acabado nos tengan por locos».

La gestión financiera de esta empresa recayó en el Cabildo, que para el siglo XV era una de las instituciones más poderosas del sur de España.

 El Libro Blanco

El estudio de las fuentes documentales, específicamente el denominado Libro Blanco y los protocolos capitulares, revela cómo el Cabildo construyó su base económica mediante donaciones privadas y reales. En el momento de su confección, la catedral era propietaria de 376 inmuebles, de los cuales la inmensa mayoría fueron entregados por 165 donantes identificados. Es notable que, si bien el monarca Alfonso X donó 55 propiedades, el resto procedía de la nobleza media, clérigos y comerciantes que buscaban asegurar su memoria espiritual.   

HERNÁN RUIZ II: Cúpula Capilla Real 1568

Para sufragar las obras iniciales, los canónigos y racioneros acordaron renunciar a una parte sustancial de sus ingresos personales. Se instauró la práctica de la «media prebenda», donde los clérigos destinaban la mitad de su salario a los gastos de construcción.

Si el Cabildo proporcionó la estructura básica y el mantenimiento general, la compartimentación de la catedral en capillas laterales permitió la entrada masiva de capital nobiliario.

La familia Guzmán, establecida en Sevilla tras la reconquista, utilizó el templo metropolitano para consolidar su prestigio dinástico. Su influencia es palpable en la Capilla de la Concepción Grande, un espacio que se convirtió en el epicentro de su devoción inmaculista y en mausoleo de su linaje. La reja de esta capilla, terminada en 1668, luce con orgullo los escudos de armas de sus patronos, los Medina Sidonia.

Financiaron retablos de gran envergadura, como el presidido por una Inmaculada de gran tamaño, y esculturas de santos vinculados a la familia, como San Gonzalo de Amarante y San Antonio de Padua. La capilla de San Pablo sirvió primitivamente como lugar de enterramiento a los caballeros que acompañaron a Fernando III en la conquista de Sevilla. A partir de 1.654 (en esa fecha los restos de los caballeros allí enterrados se trasladaron a la Sacristía de los Cálices), su patronato pasa a Gonzalo Núñez de Sepúlveda, caballero de la Orden de Santiago y Veinticuatro de Sevilla, a quien le fue concedido el derecho a ser inhumado en este lugar tras una importante donación que realizó con motivo de la Octava de la Inmaculada Concepción.

La Casa de Ponce de León, señores de Marchena, mantuvo una relación igualmente íntima con la catedral. Su patronazgo se centró históricamente en la Capilla de San Laureano, también denominada de los Marmolejos, que goza de la distinción de haber sido la primera capilla de la obra gótica en concluirse y recibir culto en 1412. Este patronazgo permitía a los Ponce de León vincularse con la figura del santo arzobispo Laureano, reforzando su estatus frente al clero hispalense y la corona.   

La evidencia documental en los archivos de protocolos notariales de Jerez y Sevilla demuestra que los miembros de este linaje no solo pagaron por sus sepulcros, sino que dotaron a la capilla de una rica ornamentación barroca, incluyendo retablos de columnas salomónicas y ciclos pictóricos que narran la vida del santo. La importancia de este patronazgo era tal que, incluso durante la Guerra de los Bandos (1471-1474), la inversión en la catedral se mantenía como una herramienta de legitimación política. En inscripciones sepulcrales se identifica a miembros del linaje como Capellanes Mayores de la Real Capilla de Sevilla.

Las cinco pinturas dispuestas en los muros de la Capilla, que fueron realizadas por Matías de Arteaga entre 1700 y 1702.  El Fondo Pilar Ponce de León: Este fondo (estudiado recientemente y vinculado a la Universidad de Huelva) contiene legajos (como el legajo 3, expediente 88) que detallan la «huella documental» de la familia en sus fundaciones y patronatos. El Archivo de Protocolos Notariales de Jerez y Sevilla: En estos archivos se conservan los contratos de obras y dotaciones de capillas. Por ejemplo, existen registros de miembros de la familia, como Francisco y Mariana Ponce de León, quienes eligieron sepulturas en el entorno de la catedral debido a su devoción.

Linaje Nobiliario Capilla Principal en la Catedral Títulos Asociados Elementos Financiados
Guzmán Capilla de la Concepción Grande Duques de Medina Sidonia Reja (1668), Retablo Inmaculada, Sepulcros
Ponce de León Capilla de San Laureano Duques de Arcos, Marqueses de Cádiz Retablo salomónico, Ciclo pictórico, Reja (1702)
Hurtado de Mendoza Sepulcro y Capilla adyacente Cardenales y Nobles Monumento funerario de Diego H. de Mendoza

A partir del siglo XVI, la fisonomía financiera de la catedral experimentó un cambio radical con la apertura de la Carrera de Indias. Sevilla se convirtió en el puerto exclusivo para el comercio americano, y con ello, una nueva clase social de mercaderes y «peruleros» comenzó a competir con la nobleza de sangre en el patronazgo del templo.

Cúpula Sala Capitular con Inmaculada Siglo XVI

 El Consulado de Cargadores a Indias, organismo que regulaba el comercio transatlántico, fue un donante constante. Su riqueza, derivada de impuestos como la avería y de las fortunas personales de sus miembros, se tradujo en piezas de orfebrería masiva que hoy forman parte del Tesoro de la Catedral. 

Los mercaderes que retornaban ricos de América, o aquellos que residían en Cádiz tras el traslado de la Casa de la Contratación, dotaron altares a advocaciones como la Virgen de la Antigua, protectora de los navegantes. Donaciones de plata labrada de las minas de Potosí y México, imágenes de marfil filipino y alfombras indoportuguesas transformaron el interior gótico en un museo de la globalización del Siglo de Oro. 

Los Jácomes y los Bécquer

El dinamismo de Sevilla atrajo a familias de toda Europa que, tras enriquecerse con el comercio, buscaron ennoblecerse mediante el patronazgo catedralicio. Un caso prototípico es el de los Jácome de Linden, una dinastía de flamencos que pasó de mercaderes a ostentar el marquesado de Tablantes. Su presencia en la catedral se materializó en la Capilla de los Jácomes, dotada con pinturas flamencas y un retablo que simbolizaba su integración en la oligarquía local.   

De igual manera, familias como los Bécquer dotaron el Altar de Santa Justa y Rufina en 1622, encargando esculturas a maestros como Duque Cornejo para consolidar su prestigio en la collación del Salvador y en el templo metropolitano.

La Mesa Capitular gestionaba un vasto patrimonio de tierras dedicadas al cereal, el olivar y el viñedo, situadas principalmente en la comarca de la Ribera y el Aljarafe.

El crecimiento de estas rentas entre el primer cuarto del siglo XVI y los inicios del XVII fue extraordinario, permitiendo al Cabildo afrontar el encarecimiento de los materiales de construcción.

El denominado Estatuto de Gallinas de 1434 es un ejemplo curioso de la sofisticación administrativa: establecía pagos obligatorios en especie por cada mil maravedíes de renta, asegurando el abastecimiento del personal de la catedral y de los obreros que trabajaban en la fábrica. Esta base económica rural era la que permitía al Cabildo actuar como «mecenas permanente», mientras que las donaciones nobiliarias y mercantiles eran «impulsos extraordinarios» para zonas específicas del templo.   

En el siglo XVI, el arquitecto Hernán Ruiz fue el encargado de renovar la antigua torre almohade añadiéndole el cuerpo de campanas y el Giraldillo. Esta obra fue financiada íntegramente por los fondos de la Fábrica catedralicia, consolidando a la Giralda como el símbolo de la victoria de la fe sobre el Islam. La inversión en materiales como el mármol y el jaspe para los relieves y bustos de bronce del nuevo cuerpo de campanas fue costeada mediante la recaudación de los diezmos.

La construcción de la Iglesia del Sagrario (1618-1662) representa uno de los mayores esfuerzos financieros de la etapa barroca. Se derribó el ala oeste del Patio de los Naranjos para erigir este nuevo templo independiente pero anejo a la catedral.

Imagen cenital de la Capilla Real Siglo XVI

El proyecto arquitectónico de Zumárraga y Vandelvira fue posible gracias a la estabilidad económica de una Sevilla que aún dominaba el monopolio comercial con las Indias.

La Capilla Real: El Espacio de la Corona

La Capilla Real constituye una entidad distinta dentro del complejo. Al albergar los restos de Fernando III el Santo, Alfonso X el Sabio y Pedro I el Cruel, su financiación contó con el apoyo directo de la Corona castellana. Sin embargo, la reja magnífica que cierra la capilla fue costeada por el rey Carlos III en 1771.

Personajes como el arzobispo y virrey Juan Antonio Vizarrón, aunque vinculado a México, representaban esa red de familias gaditanas y sevillanas que veían en la catedral de Sevilla el panteón espiritual de su éxito comercial. Las «dádivas indianas» que hoy se exponen en el Tesoro de la Catedral, como la custodia de plata y los bustos relicarios de San Leandro y San Laureano, son el testimonio material de este capital gaditano que fluyó hacia Sevilla incluso cuando la primacía comercial se había trasladado a la Bahía de Cádiz.

Cúpula elíptica Sala Capitular Siglo XVI

 El Rastro del Dinero en los Archivos

La tesis de que «la catedral la pagaron todos» se sostiene sobre un cuerpo documental inmenso. Los Libros de Fábrica de la Catedral de Sevilla, organizados en la actualidad en el Palacio Arzobispal, contienen el registro diario de cada maravedí gastado.  

Registros de Arrendamientos: Los Libros de Gallinas y Casillas permiten trazar la procedencia de cada céntimo que pagó los salarios de los arquitectos renacentistas como Diego de Riaño y Martín de Gainza.    Codicilos y Testamentos: Los fondos nobiliarios, como el de Doña Pilar Ponce de León o el de la Casa de Medina Sidonia, contienen cláusulas específicas donde se destinan sumas para el entierro en capillas catedralicias y la dotación de misas perpetuas.   

Protocolos del Consulado: Los documentos del Consulado de Cargadores a Indias registran los «donativos» a la catedral como una forma de expiación o agradecimiento por el éxito de las flotas.   Libro Protocolo Capitular: Recoge las 38 donaciones iniciales que permitieron al Cabildo adquirir los terrenos y edificios colindantes a la antigua mezquita para expandir la planta del templo.   

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Marchena propone una ruta guiada por los castillos y atalayas de la antigua frontera nazarí

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El Ayuntamiento de Marchena ha organizado una visita al patrimonio cultural y natural de la provincia de Sevilla bajo el título “Castillos y atalayas de la antigua frontera nazarí”, una actividad gratuita que se celebrará el miércoles 11 de febrero de 2026 y que permitirá a las personas participantes conocer sobre el terreno uno de los paisajes históricos más decisivos de la Baja Edad Media andaluza.

La ruta se adentra en el sistema defensivo que, entre los siglos XIII y XV, marcó la frontera entre el reino nazarí de Granada y la Corona de Castilla. Un territorio salpicado de castillos, torres vigía y atalayas, concebidos no solo como fortalezas militares, sino como puntos de control visual, aviso y refugio en una tierra constantemente expuesta a incursiones, razias y conflictos fronterizos. Desde estas elevaciones se dominaban caminos, vegas y pasos naturales, tejiendo una red de vigilancia que permitía alertar rápidamente a las poblaciones del entorno.

Estas construcciones, muchas de ellas hoy en ruinas o integradas en el paisaje, fueron levantadas en distintos momentos y por manos diversas, musulmanas y cristianas, adaptándose a los cambios políticos del territorio. Tras la conquista castellana, algunas fortalezas se reforzaron y otras quedaron obsoletas, pero todas conservan la huella de una época en la que la frontera no era una línea fija, sino un espacio vivo, inestable y profundamente humano.

La actividad contará con plazas limitadas a 15 personas, con un máximo de dos solicitudes por persona. Las inscripciones podrán realizarse a partir del miércoles 4 de febrero, de forma presencial, en la Biblioteca Pública Municipal José Fernando Alcaide Aguilar, situada en la calle Milagrosa, número 1.

Este taller forma parte del programa de difusión del patrimonio impulsado por el Ayuntamiento de Marchena y está subvencionado por el Área de Cultura y Ciudadanía de la Diputación Provincial de Sevilla, con el objetivo de acercar a la ciudadanía el conocimiento histórico y paisajístico de la provincia a través de experiencias directas y accesibles.

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