La Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla representa la culminación del arte gótico tardío y también un monumento a la complejidad de las estructuras de poder y financiación de la Edad Media y la Edad Moderna.
La construcción de un edificio de tales dimensiones —el mayor templo gótico del mundo y el tercero de la cristiandad— no podría haber sido el resultado de una única fuente de ingresos.
Si bien el Cabildo Catedral fue el motor institucional y el gestor principal a través de la institución de la Fábrica, el desarrollo, la ornamentación y la culminación del conjunto catedralicio dependieron de una red de patronazgo que incluyó a las familias más poderosas de la nobleza castellana, como los Guzmanes.

La génesis de la catedral gótica se sitúa en la histórica resolución capitular de 1401, cuando el Cabildo decidió edificar un templo «tan grande que los que lo vieren acabado nos tengan por locos».
La gestión financiera de esta empresa recayó en el Cabildo, que para el siglo XV era una de las instituciones más poderosas del sur de España.
El Libro Blanco
El estudio de las fuentes documentales, específicamente el denominado Libro Blanco y los protocolos capitulares, revela cómo el Cabildo construyó su base económica mediante donaciones privadas y reales. En el momento de su confección, la catedral era propietaria de 376 inmuebles, de los cuales la inmensa mayoría fueron entregados por 165 donantes identificados. Es notable que, si bien el monarca Alfonso X donó 55 propiedades, el resto procedía de la nobleza media, clérigos y comerciantes que buscaban asegurar su memoria espiritual.

Para sufragar las obras iniciales, los canónigos y racioneros acordaron renunciar a una parte sustancial de sus ingresos personales. Se instauró la práctica de la «media prebenda», donde los clérigos destinaban la mitad de su salario a los gastos de construcción.
Si el Cabildo proporcionó la estructura básica y el mantenimiento general, la compartimentación de la catedral en capillas laterales permitió la entrada masiva de capital nobiliario.
La familia Guzmán, establecida en Sevilla tras la reconquista, utilizó el templo metropolitano para consolidar su prestigio dinástico. Su influencia es palpable en la Capilla de la Concepción Grande, un espacio que se convirtió en el epicentro de su devoción inmaculista y en mausoleo de su linaje. La reja de esta capilla, terminada en 1668, luce con orgullo los escudos de armas de sus patronos, los Medina Sidonia.

Financiaron retablos de gran envergadura, como el presidido por una Inmaculada de gran tamaño, y esculturas de santos vinculados a la familia, como San Gonzalo de Amarante y San Antonio de Padua. La capilla de San Pablo sirvió primitivamente como lugar de enterramiento a los caballeros que acompañaron a Fernando III en la conquista de Sevilla. A partir de 1.654 (en esa fecha los restos de los caballeros allí enterrados se trasladaron a la Sacristía de los Cálices), su patronato pasa a Gonzalo Núñez de Sepúlveda, caballero de la Orden de Santiago y Veinticuatro de Sevilla, a quien le fue concedido el derecho a ser inhumado en este lugar tras una importante donación que realizó con motivo de la Octava de la Inmaculada Concepción.

La Casa de Ponce de León, señores de Marchena, mantuvo una relación igualmente íntima con la catedral. Su patronazgo se centró históricamente en la Capilla de San Laureano, también denominada de los Marmolejos, que goza de la distinción de haber sido la primera capilla de la obra gótica en concluirse y recibir culto en 1412. Este patronazgo permitía a los Ponce de León vincularse con la figura del santo arzobispo Laureano, reforzando su estatus frente al clero hispalense y la corona.
La evidencia documental en los archivos de protocolos notariales de Jerez y Sevilla demuestra que los miembros de este linaje no solo pagaron por sus sepulcros, sino que dotaron a la capilla de una rica ornamentación barroca, incluyendo retablos de columnas salomónicas y ciclos pictóricos que narran la vida del santo. La importancia de este patronazgo era tal que, incluso durante la Guerra de los Bandos (1471-1474), la inversión en la catedral se mantenía como una herramienta de legitimación política. En inscripciones sepulcrales se identifica a miembros del linaje como Capellanes Mayores de la Real Capilla de Sevilla.

Las cinco pinturas dispuestas en los muros de la Capilla, que fueron realizadas por Matías de Arteaga entre 1700 y 1702. El Fondo Pilar Ponce de León: Este fondo (estudiado recientemente y vinculado a la Universidad de Huelva) contiene legajos (como el legajo 3, expediente 88) que detallan la «huella documental» de la familia en sus fundaciones y patronatos. El Archivo de Protocolos Notariales de Jerez y Sevilla: En estos archivos se conservan los contratos de obras y dotaciones de capillas. Por ejemplo, existen registros de miembros de la familia, como Francisco y Mariana Ponce de León, quienes eligieron sepulturas en el entorno de la catedral debido a su devoción.
| Linaje Nobiliario |
Capilla Principal en la Catedral |
Títulos Asociados |
Elementos Financiados |
| Guzmán |
Capilla de la Concepción Grande |
Duques de Medina Sidonia |
Reja (1668), Retablo Inmaculada, Sepulcros |
| Ponce de León |
Capilla de San Laureano |
Duques de Arcos, Marqueses de Cádiz |
Retablo salomónico, Ciclo pictórico, Reja (1702) |
| Hurtado de Mendoza |
Sepulcro y Capilla adyacente |
Cardenales y Nobles |
Monumento funerario de Diego H. de Mendoza |
A partir del siglo XVI, la fisonomía financiera de la catedral experimentó un cambio radical con la apertura de la Carrera de Indias. Sevilla se convirtió en el puerto exclusivo para el comercio americano, y con ello, una nueva clase social de mercaderes y «peruleros» comenzó a competir con la nobleza de sangre en el patronazgo del templo.

El Consulado de Cargadores a Indias, organismo que regulaba el comercio transatlántico, fue un donante constante. Su riqueza, derivada de impuestos como la avería y de las fortunas personales de sus miembros, se tradujo en piezas de orfebrería masiva que hoy forman parte del Tesoro de la Catedral.
Los mercaderes que retornaban ricos de América, o aquellos que residían en Cádiz tras el traslado de la Casa de la Contratación, dotaron altares a advocaciones como la Virgen de la Antigua, protectora de los navegantes. Donaciones de plata labrada de las minas de Potosí y México, imágenes de marfil filipino y alfombras indoportuguesas transformaron el interior gótico en un museo de la globalización del Siglo de Oro.

Los Jácomes y los Bécquer
El dinamismo de Sevilla atrajo a familias de toda Europa que, tras enriquecerse con el comercio, buscaron ennoblecerse mediante el patronazgo catedralicio. Un caso prototípico es el de los Jácome de Linden, una dinastía de flamencos que pasó de mercaderes a ostentar el marquesado de Tablantes. Su presencia en la catedral se materializó en la Capilla de los Jácomes, dotada con pinturas flamencas y un retablo que simbolizaba su integración en la oligarquía local.
De igual manera, familias como los Bécquer dotaron el Altar de Santa Justa y Rufina en 1622, encargando esculturas a maestros como Duque Cornejo para consolidar su prestigio en la collación del Salvador y en el templo metropolitano.

La Mesa Capitular gestionaba un vasto patrimonio de tierras dedicadas al cereal, el olivar y el viñedo, situadas principalmente en la comarca de la Ribera y el Aljarafe.
El crecimiento de estas rentas entre el primer cuarto del siglo XVI y los inicios del XVII fue extraordinario, permitiendo al Cabildo afrontar el encarecimiento de los materiales de construcción.
El denominado Estatuto de Gallinas de 1434 es un ejemplo curioso de la sofisticación administrativa: establecía pagos obligatorios en especie por cada mil maravedíes de renta, asegurando el abastecimiento del personal de la catedral y de los obreros que trabajaban en la fábrica. Esta base económica rural era la que permitía al Cabildo actuar como «mecenas permanente», mientras que las donaciones nobiliarias y mercantiles eran «impulsos extraordinarios» para zonas específicas del templo.

En el siglo XVI, el arquitecto Hernán Ruiz fue el encargado de renovar la antigua torre almohade añadiéndole el cuerpo de campanas y el Giraldillo. Esta obra fue financiada íntegramente por los fondos de la Fábrica catedralicia, consolidando a la Giralda como el símbolo de la victoria de la fe sobre el Islam. La inversión en materiales como el mármol y el jaspe para los relieves y bustos de bronce del nuevo cuerpo de campanas fue costeada mediante la recaudación de los diezmos.
La construcción de la Iglesia del Sagrario (1618-1662) representa uno de los mayores esfuerzos financieros de la etapa barroca. Se derribó el ala oeste del Patio de los Naranjos para erigir este nuevo templo independiente pero anejo a la catedral.

El proyecto arquitectónico de Zumárraga y Vandelvira fue posible gracias a la estabilidad económica de una Sevilla que aún dominaba el monopolio comercial con las Indias.
La Capilla Real: El Espacio de la Corona
La Capilla Real constituye una entidad distinta dentro del complejo. Al albergar los restos de Fernando III el Santo, Alfonso X el Sabio y Pedro I el Cruel, su financiación contó con el apoyo directo de la Corona castellana. Sin embargo, la reja magnífica que cierra la capilla fue costeada por el rey Carlos III en 1771.

Personajes como el arzobispo y virrey Juan Antonio Vizarrón, aunque vinculado a México, representaban esa red de familias gaditanas y sevillanas que veían en la catedral de Sevilla el panteón espiritual de su éxito comercial. Las «dádivas indianas» que hoy se exponen en el Tesoro de la Catedral, como la custodia de plata y los bustos relicarios de San Leandro y San Laureano, son el testimonio material de este capital gaditano que fluyó hacia Sevilla incluso cuando la primacía comercial se había trasladado a la Bahía de Cádiz.

El Rastro del Dinero en los Archivos
La tesis de que «la catedral la pagaron todos» se sostiene sobre un cuerpo documental inmenso. Los Libros de Fábrica de la Catedral de Sevilla, organizados en la actualidad en el Palacio Arzobispal, contienen el registro diario de cada maravedí gastado.
Registros de Arrendamientos: Los Libros de Gallinas y Casillas permiten trazar la procedencia de cada céntimo que pagó los salarios de los arquitectos renacentistas como Diego de Riaño y Martín de Gainza. Codicilos y Testamentos: Los fondos nobiliarios, como el de Doña Pilar Ponce de León o el de la Casa de Medina Sidonia, contienen cláusulas específicas donde se destinan sumas para el entierro en capillas catedralicias y la dotación de misas perpetuas.
Protocolos del Consulado: Los documentos del Consulado de Cargadores a Indias registran los «donativos» a la catedral como una forma de expiación o agradecimiento por el éxito de las flotas. Libro Protocolo Capitular: Recoge las 38 donaciones iniciales que permitieron al Cabildo adquirir los terrenos y edificios colindantes a la antigua mezquita para expandir la planta del templo.