Marchena ha vivido este domingo 4 de octubre la salida extraordinaria de Nuestra Señora del Santísimo Rosario, Patrona y Asistente Perpetua de la localidad, recuperando la antigua Procesión de Tercia, una celebración inspirada en la que recorrió la villa hace trescientos años y que hoy ha vuelto a unir en las calles a la Virgen, Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís.


La jornada había comenzado a las siete de la mañana cuando partía desde Santo Domingo el tradicional Rosario de la Aurora camino de Santa Isabel, acompañado por la reliquia de San Francisco, los faroles, las capas españolas y las antiguas coplas del Rosario. En Santa Isabel se celebró posteriormente la Misa de Alba, coincidiendo precisamente con la festividad litúrgica de San Francisco de Asís.


Pero el momento más esperado llegó a las diez y media de la mañana, cuando Santo Domingo volvió a convertirse en el centro de la vida religiosa marchenera. La salida no reproducía una procesión ordinaria de la Virgen del Rosario: lo que se había planteado era la recuperación de un lenguaje procesional mucho más antiguo, casi barroco, en el que imágenes, reliquias y personajes alegóricos formaban parte de una misma narración.

Abría el cortejo Santo Domingo de Guzmán. Tras él figuraba la reliquia de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús y posteriormente San Francisco de Asís, cuya presencia adquiría este año una significación especial por el VIII centenario de su tránsito. Después aparecía el Lignum Crucis de la Hermandad de la Vera Cruz y, cerrando el conjunto, Nuestra Señora del Santísimo Rosario.
Uno de los grandes momentos se produjo ante la capilla de San Francisco y la Vera Cruz. Allí la Virgen del Rosario se situó frente al Señor de la Santa Vera Cruz y Nuestra Señora de la Esperanza Coronada y se realizó una oración por los fieles difuntos de Marchena y por las hermandades de la localidad. La escena tenía además un poderoso eco histórico. El acta que describe la procesión de 1726 menciona expresamente la entrada de la Virgen del Rosario en el antiguo convento franciscano, donde la comunidad religiosa recibió entonces a la procesión entre luces y ceremonias. Trescientos años después, aquel mismo espacio volvía a adquirir protagonismo.

Uno de los aspectos que más diferenciaba esta procesión de cualquier otra salida contemporánea eran precisamente sus elementos alegóricos. Los diablillos, representando los pecados capitales, regresaban a las calles como recuerdo de aquellas celebraciones en las que la religión se explicaba también mediante el teatro, el gesto, el color y la representación simbólica. Junto a ellos participaron niños vestidos de frailes dominicos y franciscanos y niñas caracterizadas como ángeles con atributos de las letanías lauretanas.

La procesión recorrió el eje formado por Manuel Rojas Marcos, San Francisco, Carreras, San Andrés, Las Torres, San Sebastián, Obispo Salvador Barrera, Santa Clara y San Pedro, antes de regresar nuevamente a Santo Domingo. El acompañamiento musical correspondió a la Banda de Cornetas y Tambores María Santísima de la Palma y a la Banda de Música Villa de Marchena.
Y ahí reside quizá una de las imágenes más interesantes de esta mañana: escuchar las bandas actuales mientras por delante avanzaban personajes y símbolos que remiten a las procesiones de la Marchena del XVIII. El presente acompañando literalmente al pasado.
La celebración recuerda la gran procesión rosariana documentada en 1726, vinculada a los privilegios otorgados por Benedicto XIII a la Orden de Predicadores. La conmemoración de su tercer centenario se ha hecho coincidir además con los ochocientos años del tránsito de San Francisco, permitiendo que las tradiciones dominica y franciscana confluyeran en una misma celebración.
El itinerario hizo tres estaciones de oración: por las hermandades y fieles difuntos, por la vida consagrada y las vocaciones y por los vecinos de Marchena, especialmente enfermos y quienes trabajan por el bienestar de la localidad.

El regreso a Santo Domingo estaba concebido como algo más que una entrada procesional. En el atrio se situaba el último capítulo de esta reconstrucción histórica: «El Abrazo», un auto sacramental inspirado en el encuentro entre San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán y en la fraternidad entre las dos órdenes.

Las imágenes de ambos santos frente a frente, con la Virgen del Rosario como eje de la celebración, resumían el sentido de una jornada concebida desde el principio como una representación religiosa completa y no únicamente como una salida extraordinaria.
Trescientos años caben en una mañana

Quizá lo verdaderamente singular de este 4 de octubre no haya sido solamente ver nuevamente a la Virgen del Rosario recorriendo Marchena. La Patrona sale cada octubre y su presencia pertenece a la memoria habitual del pueblo.
Lo excepcional ha sido la forma de hacerlo.

Por unas horas han regresado los diablillos, los ángeles, los hábitos franciscanos y dominicos, las reliquias, el Rosario de la Aurora, la procesión matinal y una escenografía religiosa que durante siglos sirvió para contar la fe a una población que aprendía tanto mirando como escuchando.
La Marchena de 2026 ha caminado así sobre las huellas de la Marchena de 1726.
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