La investigación arqueológica relaciona este depósito con la infraestructura hidráulica del antiguo alcázar islámico. Tras abastecer durante siglos al recinto palaciego y sus huertas, perdió su función y quedó relegado a un rincón casi olvidado de El Parque.
A los pies de la antigua alcazaba de Marchena permanece una enorme alberca que todavía retiene el agua, aunque ya no alimenta jardines ni conduce su caudal hacia las dependencias de un palacio. En su superficie oscura se reflejan ahora árboles secos, muros descarnados y una vegetación que avanza sin orden. Entre las ramas caídas aparecen restos de obra y desperdicios. Es la imagen actual de una infraestructura histórica que, durante siglos, formó parte del sistema que hizo habitable uno de los conjuntos palaciegos más importantes de la Andalucía señorial.

Su historia debe entenderse dentro del recinto fortificado de la Mota, donde se levantó el alcázar de la Marchena andalusí y, después de la conquista cristiana, el castillo y Palacio Ducal de los Ponce de León.
La intervención arqueológica desarrollada en el Palacio Ducal en 2003 por los arqueólogos Rocío López Serena y Manuel Vera Reina localizó una ocupación continuada del lugar desde época almohade hasta la Edad Contemporánea. El estudio describe el alcázar musulmán como un espacio dotado de una importante infraestructura hidráulica, con dos grandes aljibes, posibles baños o depósitos, conducciones subterráneas y la gran alberca de El Parque, capaz de mantener una considerable reserva de agua.

Este dato permite relacionar la alberca con la organización hidráulica del alcázar islámico. No obstante, conviene mantener la precisión: la investigación publicada estudia el conjunto y su evolución, pero no ofrece una datación individual y definitiva de todos los revestimientos y recrecidos que hoy contemplamos. Una construcción utilizada durante tantos siglos tuvo necesariamente reparaciones, transformaciones y añadidos.
El agua que ascendía hasta la Mota
La ubicación del palacio, sobre la parte más elevada y mejor defendida de Marchena, convertía el abastecimiento de agua en una necesidad esencial. Aljibes, depósitos, canales y albercas no eran elementos decorativos: garantizaban el consumo cotidiano, el mantenimiento de los animales, el riego de los árboles y la supervivencia de las huertas.
Juan de Morales y Sastre dejó escrito en su Descripción topográfica de Marchena, redactada hacia 1826, que existía un pozo denominado de la Mina, elevado precisamente para poder dar salida a sus aguas hacia distintos puntos. La obra moderna que reproduce su información señala que esas aguas abastecían al antiguo colegio de la Compañía de Jesús, El Parque y el Palacio, y que desde 1775 también se llevaron al convento de Capuchinos. La referencia bibliográfica remite al manuscrito de Morales y Sastre conservado en la Biblioteca del Instituto de Historia del CSIC.
La antigua infraestructura hidráulica no perdió entonces su utilidad. El agua siguió siendo el corazón silencioso del recinto. La alberca almacenaba una reserva desde la que podía atenderse el espacio productivo situado en El Parque: una zona de huertas, árboles frutales y terrenos vinculados al abastecimiento del palacio.

Donde hoy vemos tierra seca, vegetación descontrolada y restos quemados debió existir un paisaje trabajado diariamente. El agua pasaba de un depósito a otro, recorría canales y regaba las parcelas. Hortelanos, criados y trabajadores cuidaban una tierra que era al mismo tiempo despensa, jardín y espacio de representación del poder ducal.
Una medición de El Parque realizada en 1777 por Ignacio de Rueda describe una finca de unas 26 fanegas y hace referencia a terrenos reservados para producir forraje destinado a “las mulas de la Mina”, desde donde se conducía el agua al Palacio Ducal por las rampas de la muralla de la barbacana. El documento también menciona arroyos en la parte alta del Parque. Además, se conservan restos de una muralla que rodeaba el recinto del parque y que protegía la fuente de agua.

En El Parque se conserva además noticia de un pozo de noria, junto a la zona de Los Barreros. Testimonios contemporáneos señalan que mantiene agua incluso durante periodos secos, aunque esto último procede de observación y tradición oral y no de un estudio hidrogeológico publicado.
Del esplendor al desmantelamiento
La desaparición del Palacio Ducal no se produjo de una sola vez. Fue un proceso lento, especialmente intenso durante el siglo XIX y los primeros años del XX. La ausencia de la casa ducal, la pérdida de uso del edificio, las dificultades económicas y la venta o reutilización de sus materiales fueron descomponiendo el conjunto.
El depósito no desapareció físicamente, pero sí perdió su función. Sin huerta que regar y sin palacio que abastecer, quedó convertido en una enorme cavidad sin uso. La naturaleza empezó a ocupar sus bordes, los revestimientos se degradaron y el espacio fue alejándose de la vida cotidiana de Marchena.

Cuando los arqueólogos publicaron los resultados de la intervención de 2003 todavía destacaron que la gran alberca de El Parque había permanecido en pie. Más de dos décadas después, las fotografías tomadas el 27 de agosto de 2026 muestran que sigue existiendo, pero también revelan su preocupante estado: agua estancada, ramas, escombros, basura, pérdida de revestimientos, vegetación adherida a los paramentos y un entorno castigado por la falta de mantenimiento.
Un patrimonio que todavía puede recuperarse
La alberca es uno de los pocos elementos que permiten explicar de manera visible cómo funcionaba el territorio situado alrededor del desaparecido Palacio Ducal. Su interés no reside únicamente en su antigüedad, sino en la historia que conecta: la ingeniería hidráulica andalusí, el alcázar medieval, la transformación cristiana del recinto, las huertas ducales y la posterior desaparición del palacio.
Antes de plantear cualquier intervención sería necesario realizar un estudio arqueológico y constructivo específico que diferenciara sus distintas fases, documentara los revestimientos, investigara las entradas y salidas de agua y determinara qué partes pueden proceder del periodo andalusí y cuáles corresponden a reformas posteriores.

Limpiar no significa borrar sus huellas. Recuperar la alberca debería implicar documentarla, consolidar sus muros, retirar los residuos bajo control técnico, garantizar la seguridad y hacer comprensible su historia mediante un proyecto de interpretación patrimonial.
Marchena no conserva intacto su antiguo palacio, pero aún mantiene fragmentos capaces de devolverle una parte de su memoria. La gran alberca de El Parque es uno de ellos. Durante siglos guardó el agua que sostenía la vida al pie de la Mota. Hoy guarda otra cosa: el reflejo de un patrimonio que continúa esperando ser reconocido, estudiado y protegido.
Fuentes consultadas
Nota de rigor histórico: la adscripción de la alberca al sistema hidráulico del alcázar islámico se apoya en el estudio arqueológico publicado por la Junta de Andalucía. La datación exacta de todos los muros, revestimientos y reformas actualmente visibles requeriría una investigación arqueológica específica.