Durante el reinado de los Reyes Católicos y en plena expansión religiosa reformista, muchas mujeres viudas o nobles financiaban la fundación de conventos como forma de devoción, patronazgo y salvación espiritual.
El Convento de Santa Clara emerge como una de las instituciones más significativas y, paradójicamente, una de las más trágicamente desaparecidas del patrimonio de Marchena. Fundado en los albores del siglo XVI, este recinto no solo sirvió como espacio de clausura para la orden de las clarisas durante cuatrocientos setenta y dos años, sino que funcionó como un depósito de arte excepcional y un símbolo del poderío de los Duques de Arcos. Su demolición en 1975 representa un hito de pérdida irreparable, dejando tras de sí apenas una capilla que hoy custodia la memoria de un complejo que una vez definió el perfil urbano de la localidad.

La implantación de la Orden de Santa Clara en la actual provincia de Sevilla se remonta al siglo XIII, con la fundación del monasterio de Santa Clara de Sevilla en 1289, tras la conquista cristiana de la ciudad. Durante el siglo XV y los primeros años del XVI, el fenómeno fundacional se intensifica con la creación de nuevos conventos vinculados al patrocinio nobiliario y a la espiritualidad femenina. Destacan en este período el Convento de Santa Clara de Carmona (ca. 1460), el Real Monasterio de Santa Inés del Valle de Écija (1487), el Convento de Santa Clara de Marchena, fundado por las hermanas Juana y Elvira González de Lucencilla tras la bula de Alejandro VI (1499), y el Convento de Santa María de Jesús de Sevilla (1502).
El documento de fundación de Santa Clara de Marchena es una bula del Papa Alejandro VI. En ella, el pontífice, a través de dos comisarios apostólicos (el doctor Bernardo de Carvajal, deán de Coria, y el doctor Bernardo de Sandoval, canónigo de Sevilla), responde favorablemente a la solicitud de dos mujeres viudas de Marchena, quienes desean fundar un monasterio de monjas de la orden de Santa Clara (clarisas). Las fundadoras fueron las hermanas Juana y Elvira González de Lucencilla, pertenecientes a una familia noble de Marchena.

Tras la aprobación papal solicitada por Juana y Elvira González de Lucencilla, el Convento de Santa Clara de Marchena fue durante casi cinco siglos un eje espiritual, económico y social en la villa. Más allá de su función religiosa, los documentos conservados en el Archivo Histórico de la Nobleza revelan cómo las monjas clarisas ejercieron un papel activo en la gestión de rentas, propiedades y censos, como acreedoras e incluso como litigantes en juicios por impagos.
La fundación del Convento de Santa Clara de Marchena se situa cronológicamente en un momento de efervescencia religiosa tras la toma de Granada y el inicio de la consolidación de las grandes casas nobiliarias en sus señoríos. La orden de las Clarisas, o Hermanas Pobres de Santa Clara, representaba el ideal de la vida contemplativa femenina, lo que atrajo el interés de los Ponce de León para dotar a su villa principal de un centro de espiritualidad de primer orden.
El establecimiento se localizó en la zona extramuros de la villa que conectaba el centro administrativo de la villa con sus arrabales. La elección de este emplazamiento permitía a la comunidad de religiosas mantenerse en contacto con el tejido social de Marchena sin renunciar a la estricta clausura que exigía la regla de San Damián

El proceso de fundación de un convento de estas características en el siglo XVI era complejo y requería no solo de la voluntad del fundador, sino de licencias eclesiásticas y reales, así como de una dotación económica suficiente para garantizar la subsistencia de las monjas. En Marchena, la interrelación entre la aristocracia y la Iglesia facilitó que este proceso se agilizara, convirtiendo al convento en un destino predilecto para las hijas de la nobleza local y de los servidores de la casa ducal, quienes ingresaban aportando dotes que enriquecían el patrimonio de la institución.
La relación entre los Ponce de León y el Convento de Santa Clara trasciende la mera financiación inicial. Los Duques de Arcos asumieron el papel de patronos, lo que les otorgaba derechos honoríficos y de enterramiento, pero también los obligaba a velar por el mantenimiento arquitectónico y artístico del recinto. Rodrigo Ponce de León, I Duque de Arcos, fue el gran impulsor de la transformación de Marchena en una ciudad conventual, favoreciendo no solo a las clarisas, sino también a los dominicos y agustinos.

Cristo gótico que se ubicaba en el Arco Toral.
El patronato de los Ponce de León se manifestaba en intervenciones directas sobre la fábrica del edificio y en la donación de obras de arte. Este vínculo era bidireccional: mientras el duque aseguraba su prestigio y la salvación de su alma mediante oraciones perpetuas.
A lo largo de los siglos XVI al XVIII, decenas de vecinos de Marchena —muchos de ellos clérigos, religiosas o descendientes de las propias fundadoras— firmaron contratos de censo con el convento. A cambio de dinero, hipotecaban casas, tierras o viñas, comprometiéndose a pagar al convento una renta anual. La documentación incluso recoge la intervención de la Casa de Arcos, poderosa familia nobiliaria que, al adquirir algunas de estas propiedades, pagó directamente al convento para cancelar esas deudas y liberar las tierras de cargas.
El complejo conventual de Santa Clara en Marchena experimentó diversas fases constructivas que reflejaban las modas estéticas de cada siglo. El núcleo original presentaba elementos de tradición mudéjar, comunes en las fundaciones bajomedievales de la provincia de Sevilla.

Entre los nombres que aparecen destaca también el del apellido Lucencilla, confirmando que los descendientes o familiares de las fundadoras mantuvieron relaciones económicas con el convento, asegurando así una continuidad tanto espiritual como patrimonial. Igualmente, religiosos como el presbítero Gaspar de Aguilar o la monja Isabel de Pineda intervinieron activamente en gestiones financieras en nombre del convento, lo que demuestra la implicación directa de figuras eclesiásticas en la economía local.

Dibujo de Salvador Azpiazu. 3 de mayo de 1915.

El convento permaneció activo desde 1502 hasta 1974, cuando se disolvió la comunidad religiosa. Al año siguiente, en 1975, el edificio conventual fue demolido, aunque se conservó la iglesia, que aún hoy forma parte del patrimonio monumental de Marchena y mantiene algunos usos devocionales vinculados a las cofradías.
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La hermana Clarisa, Sor Clara de la Eucaristía Olvera López, fue la última monja que quedaba viva del convento de Santa Clara de Marchena y murió en 2020 en el convento de Estepa, donde está enterrada.

El documento autoriza la fundación religiosa, siempre que se cumplan ciertas condiciones (como asegurar rentas y ubicación apropiada). Se menciona que los canónigos actuaban como comisarios apostólicos, es decir, con poder delegado directamente desde Roma para ejecutar y supervisar el cumplimiento de la bula papal.

Pintura de Santa Clara procedente del convento homónimo.
A mediados del siglo XVIII, el convento sufrió una transformación radical para adaptarse a las exigencias del barroco tardío. En 1751, bajo las trazas del arquitecto Nicolás Carretero, se levantó una nueva iglesia que respondía al esquema típico conventual: una sola nave con coro a los pies y acceso lateral desde el lado de la epístola.
Esta intervención dotó al templo de una bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones, así como de una capilla mayor cubierta con una bóveda semiesférica sobre pechinas decorada con los escudos de armas de los Duques de Arcos. La fachada principal, fechada posteriormente en 1773, presenta una portada barroca con frontón partido y una hornacina que custodia la imagen de Santa Clara, rematada por una sencilla pero elegante espadaña de ladrillo.

Una de las joyas más importantes del convento es su retablo mayor, contratado en marzo de 1641 con el escultor y maestro ensamblador astigitano Juan Fernández de Lara. Esta obra es fundamental para la historia del arte sevillano, ya que marca la transición del clasicismo hacia las primeras formas del barroco.
La piqueta sobre el claustro mudéjar
En 1975, la piqueta destruyó casi la totalidad de la zona conventual. Desaparecieron el claustro de tradición mudéjar, las celdas, el refectorio y todas las dependencias que conformaban la vida diaria de las monjas. El claustro, que contaba con arcos escarzanos y pilares poligonales, solo puede ser evocado hoy a través de escasas fotografías y documentos gráficos que atestiguan la magnitud de lo perdido.

La demolición de los coros
Especialmente dolorosa fue la demolición de los coros alto y bajo de la iglesia. El coro era el espacio donde la arquitectura y el arte mueble se fusionaban con mayor intensidad, albergando la sillería inspirada en Serlio y las ricas celosías de madera. Aunque se salvaron algunos elementos parciales, la ruptura de la unidad espacial de la iglesia con su coro supuso una mutilación estética y funcional definitiva para el templo.
A pesar del desastre de 1975, la movilización de algunos ciudadanos y la función que desempeñaba la iglesia como sede de una cofradía histórica permitieron que la capilla permaneciera en pie. Hoy en día, la Capilla de Santa Clara es el único elemento conservado del antiguo conjunto conventual.
La iglesia actual, aunque incompleta, mantiene su nave única y el presbiterio con el arco gótico y el retablo de Juan Fernández de Lara. Este espacio sirve de sede a la Hermandad de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de los Dolores, una de las corporaciones más queridas de la villa, lo que garantiza su mantenimiento y apertura al culto.
En la portada principal barroca se mantienen detalles de gran interés, como el corazón inflamado coronado de llamas, que simboliza el amor de Dios (introducido por la influencia jesuítica en el siglo XVIII), y las cinco llagas, que representan los estigmas de San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana. Asimismo, los escudos de los Duques de Arcos continúan presidiendo el interior, recordando el origen señorial del templo.

Talla de Jesús Nazareno procedente del convento de Santa Clara.
Las religiosas que se trasladaron a Estepa conservan parte del archivo y posiblemente algunas imágenes de pequeño formato y relicarios que formaban parte de su devoción diaria. Por otro lado, la Inmaculada Concepción de Santa Clara, una imagen de candelero del siglo XVII de gran calidad, permanece en Marchena y sigue saliendo en procesión durante la festividad del Corpus Christi, manteniendo vivo el vínculo espiritual con la comunidad desaparecida
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