Una vecina de Sevilla y otra de Marchena coincidían este miércoles en una decisión que, a primera vista, puede resultar sorprendente en 2026: preferían quedarse en casa durante el eclipse. Habían visto vídeos en YouTube de videntes y creadores de contenidos que advertían de que el fenómeno podía traer «oscuridad», malas energías o consecuencias negativas.
Son dos testimonios particulares y no permiten saber cuántas personas comparten esos temores, pero el fenómeno que revelan sí está documentado. Precisamente ante el eclipse solar de este 12 de agosto de 2026, psicólogos, historiadores y divulgadores científicos han advertido de la circulación de supersticiones que presentan el eclipse como presagio de desgracias, problemas de salud o acontecimientos extraordinarios sin ninguna evidencia científica.
Mientras millones de personas se preparan para mirar esta tarde hacia el cielo, otras parecen repetir una reacción humana que tiene miles de años de historia: cuando el Sol desaparece, aunque sepamos perfectamente por qué ocurre, una parte de nosotros continúa buscando un significado.
El fenómeno astronómico de hoy no tiene nada de misterioso desde el punto de vista científico. La Luna pasará entre la Tierra y el Sol, ocultándolo total o parcialmente según el lugar desde el que se observe. El Instituto Geográfico Nacional confirma que será el primer eclipse total de Sol visible desde la Península Ibérica en más de un siglo. La totalidad atravesará fundamentalmente la mitad norte de España, mientras que desde Andalucía se contemplará como un eclipse parcial de enorme intensidad.
En Marchena, por tanto, el Sol no desaparecerá completamente, pero durante el máximo del eclipse quedará oculto en una proporción muy elevada y el paisaje experimentará durante unos minutos una disminución extraordinaria de luminosidad antes del atardecer.
Y ahí termina lo extraordinario desde el punto de vista físico.
El eclipse no desprende ninguna energía peligrosa, no anuncia desgracias y no existe evidencia científica de que afecte al destino, al embarazo, a las emociones o a la salud. El único peligro real procede de mirar directamente al Sol sin protección adecuada. El IGN recuerda que durante un eclipse parcial nunca debe observarse el disco solar directamente ni mediante gafas de sol normales, radiografías, cristales ahumados o filtros caseros.
No es exactamente que sigamos viviendo en la Edad Media
Resultaría tentador interpretar estas reacciones como una simple supervivencia del «pensamiento medieval». La realidad histórica es bastante más interesante.
Los hombres y mujeres medievales podían interpretar los eclipses como señales relacionadas con reyes, guerras, muertes o acontecimientos religiosos, pero eso no significa que desconocieran necesariamente sus causas astronómicas.
La historiadora Laura Ackerman Smoller, de la Universidad de Rochester, ha explicado que los astrónomos medievales conocían suficientemente bien los movimientos celestes como para predecir eclipses y conjunciones planetarias. El conocimiento astronómico y la interpretación astrológica o religiosa podían convivir perfectamente en una misma sociedad e incluso en una misma persona.
De hecho, la búsqueda de explicaciones racionales para los eclipses es mucho más antigua. Griegos y babilonios habían estudiado durante siglos la periodicidad de estos fenómenos y desarrollado sistemas para preverlos.
Por eso, lo que sucede hoy no debería entenderse simplemente como el regreso de la Edad Media. Estamos ante algo probablemente mucho más profundo: el pensamiento mágico forma parte de los mecanismos normales de la mente humana.
Una revisión sistemática publicada en mayo de 2026 en Frontiers in Psychiatry, tras analizar 191 estudios, señala que el pensamiento mágico aparece también entre la población general y puede expresarse mediante creencias en la clarividencia, influencias espirituales, astrología, supersticiones o supuestas conexiones causales que no siguen principios científicos conocidos.
No significa necesariamente enfermedad, ignorancia o falta de inteligencia.
Fernando Blanco Bregón, profesor de Psicología Social de la Universidad de Granada e investigador del Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento, explicaba precisamente con motivo de este eclipse que ninguna persona está completamente a salvo de las supersticiones porque son, en cierta medida, un producto natural de nuestra manera de pensar.
El mecanismo resulta bastante sencillo. Los seres humanos soportamos mal la incertidumbre. Preferimos encontrar una explicación, incluso equivocada, antes que aceptar que determinados acontecimientos suceden sin relación alguna con nuestra vida.
El antropólogo Bronisław Malinowski ya observó hace un siglo algo parecido estudiando a los pescadores de las islas Trobriand. Cuando pescaban en aguas tranquilas, donde podían controlar mejor la situación, apenas recurrían a rituales mágicos. Cuando salían al océano abierto, donde aumentaban el riesgo y la incertidumbre, aumentaban también las prácticas supersticiosas. La magia proporcionaba una sensación subjetiva de control. Investigaciones posteriores han encontrado mecanismos semejantes en situaciones de estrés e incertidumbre.
Un eclipse reúne casi todos los ingredientes capaces de despertar ese mecanismo ancestral. El astro que organiza nuestros días comienza aparentemente a desaparecer. La temperatura puede descender, cambia la iluminación del paisaje y durante unos minutos la naturaleza parece comportarse de una manera completamente distinta.
Nuestro cerebro sabe que es la Luna.
Pero nuestra imaginación continúa viendo una señal.
Las viejas supersticiones ahora viajan por YouTube y TikTok
Aquí aparece la gran diferencia respecto al pasado.
Durante siglos, estas interpretaciones estuvieron integradas en sistemas religiosos, comunitarios y rituales colectivos. Hoy muchas reaparecen convertidas en vídeos de astrología, tarot, manifestación, energías, predicciones o espiritualidad difundidos individualmente a través del teléfono móvil.
La religión institucional puede retroceder al mismo tiempo que crecen otras formas de espiritualidad.
El Barómetro sobre Religión y Creencias en España de 2025 ofrece un dato especialmente revelador: un 40% de la población afirma creer mucho o bastante en las «energías», un 21% en la astrología y un 15% en la videncia. El estudio describe la aparición de una espiritualidad cada vez más individualizada, construida a partir de elementos procedentes de la meditación, la naturaleza, el tarot, la psicología o distintas tradiciones espirituales.
La socióloga Mar Griera habla incluso de una especie de espiritualidad do it yourself, hecha por cada individuo seleccionando prácticas y creencias diferentes al margen de las instituciones religiosas tradicionales.
La intuición de que antiguamente existían rituales compartidos y hoy muchos se han convertido en experiencias privadas tiene, por tanto, parte de fundamento, aunque el proceso es más complejo: los rituales no han desaparecido, sino que se han transformado.
Y las redes sociales han creado nuevos espacios para ellos.
Un estudio de la Universidad de Pensilvania publicado en 2025 analizó los contenidos sobre «manifestación» en TikTok y encontró prácticas de interacción ritualizada y una peculiar relación entre espiritualidad y algoritmo. La investigadora Sara Reinis describe cómo estas creencias terminan adaptándose a la propia lógica de funcionamiento de la plataforma.
El oráculo ya no tiene necesariamente un templo.
Puede aparecer recomendado entre dos vídeos mientras deslizamos el dedo por una pantalla.
El eclipse como espejo de algo profundamente humano
Quizá por eso resulta demasiado fácil reírse de quien decide quedarse en casa porque un vídeo le ha dicho que un eclipse trae malas energías.
El fenómeno merece una mirada algo más profunda.
En el fondo encontramos un comportamiento antiquísimo: intentar dotar de significado a aquello que nos sobrepasa. La ciencia ha explicado con enorme precisión el movimiento de la Tierra y la Luna, hasta el punto de poder anunciar con años de antelación a qué minuto comenzará un eclipse en cada municipio. Pero comprender físicamente un acontecimiento no elimina necesariamente nuestra necesidad psicológica de convertirlo en símbolo.
La diferencia es que los antiguos miraban al cielo y consultaban sacerdotes, astrólogos o adivinos.
Nosotros miramos una pantalla.
Y detrás de ella puede aparecer otro vidente explicándonos exactamente lo mismo.
Esta tarde, cuando la Luna comience a cubrir el Sol sobre Marchena, habrá quienes salgan al campo con sus gafas homologadas, quienes intenten fotografiarlo, quienes simplemente se detengan unos minutos para contemplarlo y también quienes cierren las ventanas porque alguien en YouTube les ha aconsejado quedarse dentro.
Más de un siglo después del último eclipse total visible desde la Península, el acontecimiento no sólo permitirá observar un fenómeno astronómico excepcional.
También nos ofrece un pequeño experimento antropológico.
Ha cambiado nuestra tecnología mucho más deprisa que nuestra manera profunda de interpretar el mundo.
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