Un antiguo programa oficial permite reconstruir cómo celebraba Marchena sus festejos hace 66 años, del 31 de agosto al 4 de septiembre, entre caballistas, carreras ciclistas, concursos de sevillanas, casetas, atracciones y un alumbrado que entonces merecía anunciarse como uno de los acontecimientos de la feria
Hay documentos pequeños capaces de abrir una ventana completa hacia una época. El programa oficial de festejos de Marchena de 1960 es uno de ellos. Sobre una panorámica en blanco y negro del caserío marchenero aparecen cinco grandes globos amarillos que desgranan las diversiones previstas desde el 31 de agosto hasta el 4 de septiembre. Basta leerlos para encontrarse con otra forma de vivir la feria y, al mismo tiempo, reconocer costumbres que han sobrevivido más de seis décadas.
Era una feria de gigantes y cabezudos, bandas de música, ganado, bicicletas, caballos, casetas, sevillanas y fuegos artificiales, pero también de competiciones hoy casi desaparecidas, como las carreras de camareros o las carreras de sacos.
El programa comenzaba el 31 de agosto. Por la tarde estaba prevista la salida de la Cabalgata de Gigantes y Cabezudos y la Banda de Música, que recorrerían las calles de la población. Pero el acontecimiento principal llegaba con la oscuridad: por la noche se anunciaba solemnemente la inauguración del extraordinario alumbrado.
No era una cuestión menor. En una sociedad en la que la iluminación festiva conservaba todavía un fuerte componente de novedad y espectáculo, encender la feria se convertía por sí mismo en un acto digno de figurar en el programa.

De hecho, el propio folleto incluye en su parte inferior una publicidad que hoy constituye una curiosidad histórica: «La instalación eléctrica de esta Feria ha sido efectuada por ILUMINACIONES OCAÑA. Teléfono 127. Marchena». Hasta aquel número telefónico de apenas tres cifras nos devuelve de golpe a la Marchena de comienzos de los años sesenta.
El 1 de septiembre: ganado, bicicletas y fuegos artificiales
El 1 de septiembre comenzaba temprano. A las ocho de la mañana se anunciaba una alegre diana con desfile de Gigantes y Cabezudos.
Una hora después, a las nueve, llegaba uno de los actos que mejor explica la relación de aquellas ferias con la economía agrícola y ganadera: la inauguración del Mercado de Ganados.
La feria no era solamente diversión. El programa demuestra que continuaba siendo también un lugar de encuentro para un pueblo y una comarca profundamente vinculados al campo. Comprar, vender, contemplar animales, cerrar acuerdos o simplemente encontrarse con conocidos formaba parte de una jornada en la que lo económico y lo festivo todavía caminaban unidos.
A las seis de la tarde llegaba una Gran Carrera de Ciclistas, otro ejemplo del peso que las competiciones populares tenían en aquellas fiestas.
Y a las doce de la noche el cielo tomaba el protagonismo con una vistosa función de fuegos artificiales.
Carreras de camareros y carreras de sacos
Quizá el 2 de septiembre sea el día que ofrece algunas de las estampas más pintorescas vistas desde el presente.
La mañana volvía a comenzar con alegres dianas y desfile de Gigantes y Cabezudos. A las diez estaban previstas tiradas extraordinarias de pichón, con tres copas como premios.
Pero la tarde reservaba dos competiciones que permiten imaginar perfectamente el ambiente de la feria.
A las siete se celebraba una Carrera de Camareros.
Media hora después, a las siete y media, una Carrera de Sacos.
No hacían falta grandes producciones para convertir una tarde en espectáculo. El público era parte esencial de una feria en la que competir, mirar, animar y encontrarse en la calle constituían buena parte de la diversión.
La jornada volvía a terminar con una extraordinaria función de fuegos de artificio.
Sevillanas en la Caseta Municipal
El 3 de septiembre recuperaba desde la mañana la música de la banda y el desfile de los Gigantes y Cabezudos. El programa anunciaba asimismo grandes tiradas al plato.
Por la tarde llegaba uno de los elementos más reconocibles para cualquier marchenero actual: un concurso de sevillanas, anunciado con «extraordinarios premios», que se desarrollaría en la Caseta Municipal.
Aquí la distancia de 66 años parece desaparecer. Cambian los vestidos, las músicas, las orquestas y las generaciones, pero la sevillana y la caseta municipal continúan formando parte del lenguaje sentimental de muchas ferias de los pueblos sevillanos.
Aquella noche concluiría nuevamente entre fuegos artificiales y una traca final.
Coches de caballos, caballistas y parejas «a la andaluza»
Más allá de los actos programados para cada fecha, el documento contiene un párrafo especialmente revelador de cómo era el ambiente cotidiano del recinto.
Durante todos los días, mañana, tarde y noche, se anunciaban grandes fiestas en las casetas y paseos de coches, además de caballistas y parejas montadas a la andaluza.
Es probablemente una de las imágenes que mejor permite imaginar aquella Marchena de 1960: coches de caballos avanzando entre la gente, jinetes vestidos para la ocasión y parejas recorriendo el paseo mientras sonaba la música.
A su alrededor estaban las atracciones. El programa habla de tíovivo, carrusel, espectáculos, varietés, atracciones y conciertos de música.
No se trataba por tanto únicamente de una programación organizada desde el Ayuntamiento. La feria era todo aquello que ocurría entre un acto y otro: los paseos, las casetas, los caballos, las atracciones, las músicas y las conversaciones.
El último día
El 4 de septiembre todavía quedaba actividad. Por la mañana se anunciaban nuevamente grandes tiradas de pichón, con tres copas, mientras continuaban las actuaciones musicales en la caseta de la Comisión de Festejos.
Después llegaría el final y, con él, el desmontaje de una pequeña ciudad festiva que durante cinco días había alterado el ritmo normal de Marchena.
Vista desde 2026, aquella programación sorprende tanto por lo que ha desaparecido como por todo lo que permanece.
Ya no concebimos de igual manera un mercado de ganado dentro del programa festivo ni resultan habituales las carreras de camareros o las tiradas de pichón. Pero permanecen las casetas, las sevillanas, la música, el paseo, los caballos, las atracciones y, sobre todo, esa costumbre de terminar mirando hacia arriba mientras los fuegos artificiales iluminan durante unos segundos los tejados del pueblo.