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Historia

La sana costumbre de criticar al Alcalde que dejó una comedia musical en 1889

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Insultos, excesos, broncas, esperpentos, personajes que rozan lo verosímil, luchas de poder sin sentido; si usted también piensa que la realidad pública que le rodea, roza el surrealismo y que  bien podría alimentar una ficción distópica novelada con tintes humorísticos, sepan que el vecino de Marchena José Giraldo Sáenz de Tejada ya lo hizo en 1889 hace 140 años.
Sus dos obras más conocidas son la comedia musical «El Proyecto H», que cuenta las peripecias de un empresario que decide abrir un periódico en Marchena y «Villavendida» que retrataba los personajes de un pueblo imaginario.
La primera se estrenó en 1889 en el teatro Eslava de Marchena y también se representó en la actual Plaza del Ayuntamiento, criticando al Alcalde y sus opíparas comilonas y a sus arreglos de calles -incluyendo la calle San Pedro-, a finales del XIX que se puede leer íntegra en internet,. «Apuntes para la historia política de «Villavendida» de la cual la bilioteca de Montilla tiene una copia en su catálogo. 
Lo poco que sabemos de Tejada es que era corresponsal en Marchena de varios periódicos sevillanos y como tal aparece firmando varios artículos informando de lo que pasaba en Marchenaa finales del XIX en medio del caciquismo y el turnismo entre liberales y conservadores que llevaban décadas turnándose en el poder en tiempos del Alcalde Florentino B. Zorilla. 
VILLAVENDIDA O MARCHENA
«Villavendida es una localidad ilusoria, pero las alusiones son tan frecuentes y claras, que no hemos podido menos de reconocer determinadas siluetas que convienen á personajes y poblaciones reales. En Sevilla ha impreso el Sr. Giraldo sus Apuntes, formando con ellos un texto de 58 páginas de lectura. Los tipos y casos de Villavendida descritos por el Sr. Giraldo, son comunes á todas las localidades». Esta es la crítica que hace «La España artística» de 1888 de dicha obra. Si Villavendida era un trasunto de Marchena lo desconocemos y para averiguarlo habrá que leer la obra.   
EL PROYECTO H: FUNDAR UN PERIODICO
Lo que está fuera de dudas es que en el «Proyecto H» Giraldo reflejó con mirada critica, irónica, inteligente y elegante la sociedad de su tiempo con la sana intención de mover a la risa y hacer una crítica política y social, en una obra que fue censurada tal y como recoge un aviso en la portada. «ADVERTENCIA.—Por orden de la Autoridad, fue prohibida la representación del cuadro tercero» justo donde los empleados municipales se quejaban de que llevaban 16 meses  sin cobrar y pasaban hambre. 
Aunque el texto está escrito hace 140 años parece asombrosamente actual. Se habla de las obras en la calle San Pedro, del dispendio en el Ayuntamiento, y del fundador de un periódico que se queja de cómo  «el dueño de un establecimiento de masa frita lo amenazaba con la sana intención de romperle el alma, «si no rectificaba». 
La obra se inicia en las puertas del Circulo Liberal y habla de un empresario que expone a sus amigos el proyecto de crear un periódico en Marchena, llamado «El Eco de Marchena» que décadas después se llevaría a cabo, de ideología conservadora. La novedad es que se trata de una obra musical, y que empieza y concluye con piezas cantadas por un coro, todas sobre temas locales. 
Sorprende conocer que entonces y ahora el tema de conversación era el arreglo de la calle San Pedro y otras. El empedrado de las calles era pésimo y daba lugar a frecuentes accidentes y a eso se unía la falta de iluminación que daba lugar a situaciones cómicas. «En cualquiera ocasión,  nos vamos á matar, al pasar por la calle,  de San Sebastián». «Y si cualquiera pasa por la calle San Juan, lo llevan entre cuatro al Hospital». Así que las grandes promesas eran el adoquinado de las calles y la extensión de la luz eléctrica. «Figúrense Vds. que al acercarme á la ventana para pelar la pava, le eché una flor á mi suegro creyendo que era mi novia». 
La conversación cotidiana sobre el orden en que deberían arreglarse las calles sería un reflejo de lo que pasaba en el pleno municipal.  «Pero eso es una injusticia, el empiedro debe empezar por la calle San Pedro. De ningún modo, esa calle no se merece tal honra. Yo opino que la primera debe ser la calle San Juan. Como está tan cerca de la Iglesia.. -Pues mi parecer es que empiece por la Plaza de la Constitución.
-¡Protesto!.. La Plaza de la Constitución no es más que un foco de inmundicias… la calle que debe ser más considerada es la de Santo Domingo».  Y en medio de esa conversación banal y atemporal el empresario propone fundar un periódico que tendrá su redacción en la Plaza de San Sebastián:
—¡Un periódico!.
—Sí, amigos, un periódico. Un periódico que venga á defender con nobleza los intereses de este desgraciado pueblo, los intereses todos de la Nación. Marchena, queridos compañeros, es una población rica, muy rica, pero al mismo tiempo  pobre, muy pobre. Rica, por su posición topográfica, por su suelo feraz y por su extenso comercio; y pobre, por la  opresión cruel en que la tienen sus gobernantes.
 Los periodistas y el director del periódico sufrirán una serie de peripecias que harán casi fracasar el proyecto hasta que se proclama la República y entonces el director del periódico en un nuevo cambio de ideología se proclame el más ferviente republicano y sus compatriotas lo sacan en procesión como nuevo líder local.  
Mientras tanto en el Ayuntamiento los funcionarios se quejan de que no cobran y no pueden comer y el Alcalde se queja de que los trabajadores del Ayuntamiento no quieren trabajar y se quejan demasiado.  «Ten piedad. Dios clemente, de este empleado tan infeliz, y dános prontamente el sueldo amado para vivir. Ya debemos al sastre, al panadero y á varios más, y si nó nos socorres iremos pronto á un hospital».
EL AYUNTAMIENTO PARECIA  UN HOSPITAL POR LOS LAMENTOS DE LOS TRABAJADORES
«La manía de mis empleados en exhalar quejas á diestro y siniestro, da lugar á escenas verdaderamente cómicas. Ayer, sin ir más lejos, entró en mí despacho una mujer que al punto conocí no era de Marchena. La pregunté qué deseaba, y me respondió llorando más que una Magdalena, que tenía un hijo enfermo de gravedad y que deseaba le admitiesen en el Establecimiento» se quejaba el Alcalde.
—Bueno; la respondí; vaya V. á la oficina tal y que le den una papeleta para que ingrese en el Hospital.—
-Pero, ésto, entonces, que es?—Pues que ha de ser, hija mía, el Ayuntamiento!—Ah! V. dispense, replicó; como al pasar oí tantos ayes y lamentos me figuré que sería el hospital!.. Y en parte llevaba razón, porque esto más que Ayuntamiento parece una casa de socorro.». 
LA PARTE CENSURADA POR EL ALCALDE
Luego el Alcalde da orden a un municipal de comprar viandas para un banquete en honor al Diputado á Cortes por este distrito. «300 botellas de manzanilla, Otras 300 de Jerez, 50 de Aguardiente de uva. 30 de Champagne, 23 Jamones, 100 Pollos, 40 Pavos, 43 Piernas de carneros. 70 Libras de Salchichón y 33 Hogazas de pan».
-Pero, señor Alcalde; {va V. á poner una tienda de Ultramarinos al por mayor?.  Calla, tonto, que no faltará quien se coma lo que sobre. 
El Municipal replica. «Me parece mucho dinero y máxime cuando en Depositaría no hay un cuarto. Alcalde.—{Que no hay un cuarto? —Según le dijo V. á un empleado esta mañana. Toma; se lo dije porque quería que le librase tres meses y para eso no hay dinero. Pero para lo otro…
Alcalde.—Lo hay; pues no lo ha de haber!.. Con que, anda y prepara todo cuanto dice esta lista. En mi casa le espero».

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Historia

San Agustín, la arquitectura de la Corte llevada a Marchena: los papeles de 1690-1694 explican cómo se construyó

Los documentos de PARES, cruzados con los estudios de Juan Luis Ravé, Juan Antonio Arenillas y Jesús Suárez Arévalo, revelan que San Agustín fue un gran proyecto cortesano llevado a Marchena, con problemas de madera, financiación, plomo y especialistas llegados desde Madrid.

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Los documentos conservados en el Archivo Histórico de la Nobleza no cuentan simplemente que San Agustín seguía en obras entre 1690 y 1694. Cruzados con los estudios de Juan Luis Ravé Prieto, Juan Antonio Arenillas y Jesús Suárez Arévalo, permiten ver algo mucho más interesante: Marchena estaba intentando levantar un gran panteón ducal con un lenguaje arquitectónico traído de la Corte, dirigido por maestros formados en Toledo y Madrid y sostenido con materiales, técnicos y decisiones que llegaban desde fuera de Andalucía.

El expediente OSUNA,C.172,D.83-103, conservado en PARES, reúne testimonios sobre madera, proyectos para las cubiertas, entregas de plomo, presupuestos y correspondencia enviada al VI duque de Arcos. No estamos, por tanto, ante unas cuentas aisladas, sino ante la documentación material de un proyecto político y artístico: trasladar a Marchena una arquitectura vinculada al ambiente cortesano de Carlos II.

Un edificio de Madrid levantado en la campiña

Esta es precisamente la tesis que Juan Luis Ravé Prieto desarrolló en sus estudios sobre San Agustín. Ravé ha definido el templo como una verdadera “arquitectura de ida y vuelta”, pero no en el sentido americano que durante años se atribuyó a algunas de sus formas decorativas. Su lectura documental sitúa el origen del proyecto en Madrid y en la arquitectura cortesana postrenacentista. El responsable de llevar ese modelo a Marchena fue Manuel Ponce de León, VI duque de Arcos, que quiso convertir el templo en su panteón y trasladar a sus estados formas propias de la Corte.

El proyecto fue trazado por Bartolomé Zúmbigo, maestro mayor de la Catedral de Toledo y arquitecto que había intervenido en El Escorial. Tras su muerte en 1682 tomó el mando de la obra Alonso Moreno, discípulo suyo, que se estableció en Marchena, dirigió la construcción y ejecutó materialmente la portada. Juan Antonio Arenillas considera San Agustín el gran hito arquitectónico de la Marchena del siglo XVII y recuerda que la llegada de Moreno para esta obra acabó teniendo consecuencias mucho más amplias: el arquitecto se convirtió después en una figura fundamental de la arquitectura marchenera.

La madera no servía y el arquitecto amenazaba con marcharse

El relato cambia por completo cuando se leen los documentos publicados por Ravé. Alonso Moreno llegó a quejarse de la calidad de la madera disponible en la obra. Según recoge el historiador, el arquitecto consideraba que muchas piezas eran más apropiadas “para coches que para construir”. El problema no era menor: la iglesia necesitaba todavía cubrirse y las torres estaban lejos de concluirse.

Moreno calculó en torno a 70.000 reales el coste necesario para terminar las torres, sin incluir los chapiteles, y reclamó además una deuda de 7.200 reales que la Casa Ducal mantenía con él. Ravé interpreta la documentación como señal de unas condiciones económicas que no se estaban cumpliendo. El arquitecto llegó a plantear que, sin dinero, materiales y oficiales, no podía fijar un plazo de terminación y podía abandonar Marchena.

Esto encaja directamente con el documento 83 del expediente de PARES, fechado el 30 de diciembre de 1690, que deja testimonio de la recogida de madera del denominado “Monte-Palacio” para las obras. Lo que en la ficha archivística parece una noticia administrativa adquiere así otro sentido: la madera era uno de los problemas críticos de una fábrica monumental que seguía sin resolver su cubrición.

1692: plomo enviado desde Madrid para la cúpula y las torres

El segundo cruce documental es todavía más revelador. PARES conserva una copia del proyecto de necesidades de plomo fechada en Madrid el 27 de agosto de 1692, seguida de entregas de material en septiembre y octubre de ese año. Ravé publica precisamente la tasación del maestro Andrés Hurtado: para cubrir la media naranja y las dos torres calculó un coste de 35.000 reales entre plomo y jornales, sin incluir portes, bagajes, alojamiento ni manutención de los oficiales.

El documento incluso prevé el desplazamiento desde Madrid de tres oficiales especializados. Es un detalle decisivo porque demuestra que la arquitectura cortesana no llegó a Marchena únicamente como dibujo o inspiración estética. Llegó también como tecnología constructiva, materiales, especialistas y costes de transporte. San Agustín fue, literalmente, una obra conectada con la Corte.

La Junta de Andalucía señala que en abril de 1692 el edificio estaba ya muy avanzado y se preparaba la cubrición de las torres, la cúpula del crucero y la capilla mayor. El expediente de PARES completa esa imagen: en agosto se calculaba el plomo en Madrid, en septiembre y octubre llegaban entregas y el 5 de enero de 1694 se redactaba un nuevo informe con las obras todavía pendientes y su presupuesto.

El panteón ducal y la arquitectura del poder

El proyecto no puede entenderse como una simple iglesia conventual. La Junta de Andalucía define San Agustín como una obra de escuela madrileña en Andalucía cuya función era la de panteón ducal. Su emplazamiento, dominando la colina del arrabal y enfrentado simbólicamente al área del palacio, formaba parte de la construcción visual del poder de los Ponce de León.

Ese trasfondo tiene raíces mucho más antiguas. Juan Luis Carriazo Rubio ha estudiado la prolongada vinculación de los Ponce de León con los agustinos y con el antiguo panteón familiar de San Agustín de Sevilla. El nuevo templo marchenero prolongaba, por tanto, una relación dinástica de siglos, pero trasladándola ahora al corazón de los estados ducales y dotándola de una arquitectura monumental de lenguaje cortesano.

¿Y las famosas yeserías “americanas”?

Aquí conviene introducir una precisión importante. Algunas fuentes turísticas han repetido durante años la idea de influencias americanas o “poscolombinas” en las yeserías interiores. Ravé cuestiona esa explicación y considera que la genealogía fundamental del edificio debe buscarse en Madrid y en la cultura arquitectónica de la Corte. El historiador no niega la singularidad visual de las yeserías, pero rechaza que esa apariencia baste para convertir América en el origen del proyecto.

Jesús Suárez Arévalo añade un dato que ayuda a separar las fases: las yeserías que hoy llaman la atención del visitante pertenecían al programa previsto para el templo, pero fueron ejecutadas ya a mediados del siglo XVIII por maestros yeseros locales bajo la dirección de Nicolás Carretero. Es decir, el edificio que vemos hoy es el resultado de dos tiempos distintos: una arquitectura cortesana del XVII y una terminación decorativa marchenera del XVIII.

Lo que realmente cuentan los papeles

El valor del expediente de 1690-1694 no está en decir simplemente que “la iglesia estaba en obras”. Los documentos permiten ver cómo una idea de poder concebida en la Corte tuvo que convertirse en madera, plomo, jornales y deudas en Marchena. Zúmbigo trazó el modelo; Alonso Moreno tuvo que hacerlo posible sobre el terreno; Andrés Hurtado calculó desde Madrid el plomo y los oficiales necesarios; la Casa Ducal intentó sostener económicamente una obra que exigía inversiones enormes.

San Agustín se vuelve así mucho más interesante: no es sólo un monumento barroco ni un edificio extraño dentro de la arquitectura sevillana. Es el rastro material de un intento de llevar la Corte a Marchena, y también de las dificultades que aparecieron cuando aquel ideal arquitectónico tuvo que enfrentarse a los materiales disponibles, al dinero y a la realidad cotidiana de una obra que tardaría décadas en cerrarse.

Fuentes

Archivo Histórico de la Nobleza, PARES. OSUNA,C.172,D.83-103.
Juan Luis Ravé Prieto, “La obra seiscentista de San Agustín de Marchena”, Actas de las III Jornadas sobre Historia de Marchena.
Juan Luis Ravé Prieto, “Arquitectura de ida y vuelta”.
Juan Antonio Arenillas Torrejón, “Aproximación al estudio de la Arquitectura y Urbanismo del siglo XVII en Marchena”.
Jesús Suárez Arévalo, estudio sobre ciudad nobiliaria y fundaciones ducales.
Junta de Andalucía, Iglesia de San Agustín de Marchena.

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Historia

«El sambenito», de Manuel Peña Díaz: cómo la Inquisición convirtió la infamia en una marca cotidiana

El historiador Manuel Peña Díaz estudia en su nuevo libro cómo el sambenito pasó de ser una prenda y una señal inquisitorial a convertirse en una marca social de larga duración que todavía sobrevive en nuestro lenguaje.

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Portada de El sambenito. Historia cotidiana de la Inquisición, de Manuel Peña Díaz, El Paseo Editorial

La Inquisición no actuó solo en los grandes autos de fe, en las cárceles o en los quemaderos. También entró en la vida cotidiana a través de símbolos capaces de marcar a una persona y a su familia durante generaciones. Sobre uno de esos símbolos, quizá el más reconocible de todos, gira El sambenito. Historia cotidiana de la Inquisición, obra del historiador Manuel Peña Díaz cuya primera edición apareció en marzo de 2026 en El Paseo Editorial.

La obra parte de una pregunta que sigue teniendo eco en el presente: por qué expresiones como «colgar un sambenito», «tirar de la manta» o «poner verde» continúan vivas en el vocabulario cotidiano. El sambenito fue una prenda penitencial, pero también un instrumento de descrédito. Podía señalar públicamente al condenado y, en determinados contextos, prolongar la infamia más allá de la persona castigada, alcanzando a su entorno y a su memoria familiar.

El volumen, de 280 páginas y publicado dentro de la colección Memoria, recorre la historia del sambenito desde sus orígenes y sus usos penitenciales hasta su transformación en un auténtico icono inquisitorial. El índice del libro aborda la memoria de la infamia, el odio a los conversos, los hábitos y corozas, los llamados sambenitillos, las resistencias frente a estas marcas, el uso del sambenito en burlas, injurias, chantajes, literatura y sátira, así como su presencia en relatos de viajeros y en la cultura visual de la Edad Moderna.

Una acusación podía quedar clavada en una puerta

El avance editorial incluye episodios que muestran hasta qué punto aquella simbología había sido interiorizada por la sociedad. En Antequera, en 1638, el juez Francisco de Fonseca quedó envuelto en una fuerte polémica tras ordenar la ejecución de un clérigo. Días después apareció clavado en la puerta de su casa un lienzo con un aspa roja y su nombre. El gesto bastó para convertir una disputa judicial en una acusación pública de origen converso y judaizante. El sambenito, incluso fuera del procedimiento formal del Santo Oficio, podía funcionar como un arma de señalamiento social.

Ese es uno de los ejes centrales del libro: desplazar la mirada desde la Inquisición entendida únicamente como tribunal hacia la Inquisición como presencia cotidiana. Peña Díaz insiste en que el miedo no dependía solo de inquisidores y procesos, sino también de la capacidad de los vecinos para denunciar, propagar rumores o convertir una sospecha en una marca duradera. La obra analiza así la relación entre vigilancia, honra, limpieza de sangre, memoria colectiva y participación social.

Un lenguaje inquisitorial que ha sobrevivido

La cuestión más sugerente aparece al final del avance: más de dos siglos después de la desaparición del Santo Oficio, buena parte de aquel vocabulario sigue entre nosotros. «Colgar un sambenito» continúa significando atribuir a alguien una fama negativa difícil de borrar, mientras que otras expresiones nacidas o popularizadas en aquel universo de deshonra siguen funcionando con naturalidad en el español actual.

Manuel Peña Díaz es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba y sus líneas de investigación incluyen la Inquisición, la historia del libro y de la lectura y la vida cotidiana. La obra prolonga esa trayectoria y propone observar el Santo Oficio no solo desde sus grandes procesos, sino desde los pequeños mecanismos con los que penetró en las relaciones sociales.

Para los lectores interesados en la historia conversa de Andalucía y de Marchena, el libro ofrece un marco especialmente útil para comprender el peso que tuvieron la honra, la sospecha y la memoria de la infamia en las sociedades de la Edad Moderna. El avance facilitado a este medio no contiene un capítulo específico sobre Marchena, pero sí herramientas históricas para interpretar mejor muchos documentos inquisitoriales y genealogías conversas que hoy vuelven a estudiarse desde archivos y fondos históricos.

Ficha: El sambenito. Historia cotidiana de la Inquisición, Manuel Peña Díaz, El Paseo Editorial, colección Memoria, 2026, 280 páginas, ISBN 978-84-19188-86-1.

Fuentes: avance editorial de la obra facilitado a Marchena Secreta; El Paseo Editorial; Universidad de Córdoba. Puede consultarse también nuestro reportaje anterior: «El sambenito: cómo la Inquisición convirtió la vergüenza pública en una herencia que aún vive en nuestro lenguaje».

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Historia

La fiesta del Toisón de Oro que convirtió Marchena en escenario de la alta nobleza en 1611

Un documento de PARES registra los gastos del tablado preparado en Marchena para la investidura de Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, como caballero del Toisón de Oro.

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Collar, insignia de cuello y miniatura de la Orden española del Toisón de Oro

Una cuenta de gastos abre una ventana inesperada a la Marchena de comienzos del siglo XVII. El Archivo Histórico de la Nobleza conserva una relación de lo gastado en el tablado y los atajos preparados para la fiesta de investidura del duque de Arcos en la Orden del Toisón de Oro. El documento está fechado en Marchena el 5 de septiembre de 1611 y se conserva con la signatura OSUNA,CT.616,D.91.

No es una crónica literaria de la celebración, sino una cuenta administrativa. La ficha de PARES no detalla las partidas y no permite afirmar cuánto costó cada elemento, quién trabajó en ellos o dónde se levantó exactamente el tablado. Lo seguro es que hubo una infraestructura efímera preparada expresamente para una ceremonia ducal y que su coste quedó registrado por la administración de la Casa de Arcos.

Collar, insignia de cuello y miniatura de la Orden española del Toisón de Oro
Collar, insignia de cuello y miniatura de la Orden española del Toisón de Oro. Fotografía: Alexeinikolayevichromanov, Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 4.0.

¿Qué era el Toisón de Oro y por qué tenía tanta importancia?

El Toisón de Oro no era una medalla corriente ni un simple adorno nobiliario. Era una de las órdenes de caballería más exclusivas y prestigiosas de Europa. Había sido fundada en Brujas en 1430 por Felipe el Bueno, duque de Borgoña, y quedó después vinculada a la Casa de Habsburgo y a la Monarquía Hispánica. En 1611 su soberano y gran maestre era el rey Felipe III, de manera que el ingreso dependía de una decisión del monarca y situaba al elegido dentro de un reducido círculo de grandes señores unidos a la Corona.

Su insignia era un collar del que pendía un pequeño vellocino o piel de carnero de oro, inspirado en el relato mitológico de Jasón y los argonautas. Por eso recibir el Toisón tenía un enorme valor político y simbólico: reconocía el rango, la fidelidad y los servicios de quien lo recibía. La ceremonia celebrada en Marchena no fue, por tanto, una fiesta privada más. Escenificaba públicamente que el señor de la villa acababa de incorporarse a una de las mayores dignidades caballerescas de la Europa de su tiempo.

Rodrigo Ponce de León y el Toisón de Oro

El protagonista era Rodrigo Ponce de León Toledo (Marchena, 1545-1630), III duque de Arcos. Había sucedido a su padre al frente de la Casa de Arcos en 1573 y reunía, entre otros títulos, los de marqués de Zahara, conde de Casares y señor de Marchena. PARES lo identifica además como capitán general de las costas de Andalucía. No debe confundirse con el Rodrigo Ponce de León del siglo XV, marqués de Cádiz y célebre capitán de la Guerra de Granada: el homenajeado en 1611 pertenecía a una generación posterior del mismo linaje.

Marchena era el principal centro señorial de los Ponce de León y una de sus residencias fundamentales. Por eso la investidura adquiría aquí un significado especial. El reconocimiento concedido por Felipe III no elevaba únicamente el prestigio personal del duque: proyectaba sobre su casa, su corte y la propia villa la cercanía política de los Ponce de León a la Monarquía.

Otro expediente del Archivo Histórico de la Nobleza conserva la provisión real de Felipe III, expedida en Aranda del Duero el 20 de agosto de 1610, por la que Rodrigo Ponce de León fue nombrado caballero de la Orden del Toisón de Oro. Su signatura es OSUNA,C.234,D.47-48.

Las dos piezas permiten seguir el acontecimiento desde dos perspectivas: primero, la decisión de la Corona; después, su traducción material en una fiesta celebrada en Marchena.

Un tablado para representar el poder

La palabra que convierte esta pequeña pieza contable en una historia es tablado. El documento demuestra que la ceremonia exigió preparar un espacio específico en la villa. Durante aquella celebración Marchena no fue simplemente residencia de los Ponce de León: se convirtió en escenario donde se hacía visible públicamente la posición del duque dentro de la nobleza de la Monarquía.

El dato resulta especialmente interesante porque Rodrigo Ponce de León no era un personaje de paso. PARES lo identifica como III duque de Arcos desde 1573 y señor de Marchena. Murió en Marchena en 1630. La Real Academia de la Historia lo sitúa entre los miembros destacados de uno de los grandes linajes andaluces.

Lo que todavía queda por descubrir

La relación de gastos plantea preguntas que solo podrán responderse con una lectura paleográfica completa de la pieza: cuánto se pagó, qué materiales se utilizaron, quiénes trabajaron en el montaje y dónde se instaló. Hasta que esos extremos puedan comprobarse directamente, no deben presentarse como hechos.

Ahí reside precisamente el valor del hallazgo. Una cuenta aparentemente secundaria permite descubrir que las grandes ceremonias de la Monarquía también dejaron huellas en la vida cotidiana de Marchena. Detrás de los títulos aparecen estructuras, gastos y preparativos: la maquinaria necesaria para convertir el poder en espectáculo.

Fuente documental

Archivo Histórico de la Nobleza, OSUNA,CT.616,D.91. Relación de lo que se gastó en el tablado y atajos para la fiesta el día que fue investido con la orden del Toisón el duque de Arcos. Marchena, 5 de septiembre de 1611. PARES, Ministerio de Cultura.

Documento complementario: OSUNA,C.234,D.47-48, Provisión Real de Felipe III a favor de Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, por la que es nombrado caballero de la Orden del Toisón de Oro, Aranda del Duero, 20 de agosto de 1610.

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Historia

De la carnicería medieval al matadero: el mapa de la carne en la Marchena antigua

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Hubo un tiempo en que entrar en Marchena por la Puerta de Sevilla significaba hacerlo entre vendedores, caballerías, fuentes, mesones y puestos de abastecimiento. Muy cerca se cortaba y pesaba la carne, se cobraban derechos y se discutía quién podía controlar su venta.

La carne no era solamente un alimento. Era una fuente de ingresos para el señorío, un servicio imprescindible para los vecinos, una preocupación sanitaria y, en algunas ocasiones, motivo de enfrentamiento con el poder ducal.

El cruce de documentos conservados en PARES y en el Archivo Histórico Municipal de Marchena con diferentes estudios sobre el urbanismo de la localidad permite reconstruir una parte de aquel paisaje. Las fuentes conducen hacia el corredor formado por la antigua Puerta de Sevilla, actual Arco de la Rosa; la calle Manuel Rojas Marcos; la plaza del Padre Alvarado y la desaparecida Puerta del Berral.

Una carnicería documentada en 1447

La primera referencia conocida aparece en una relación de rentas de Marchena fechada el 1 de enero de 1447, conservada en el Archivo Histórico de la Nobleza con la signatura OSUNA,C.169,D.26.

Entre las diferentes rentas y actividades económicas de la villa figura expresamente una “carnicería”.

El dato demuestra que, durante la Baja Edad Media, el abastecimiento de carne ya formaba parte del sistema económico del señorío de los Ponce de León. No era una actividad ocasional desarrollada al margen de las autoridades. Producía ingresos y tenía suficiente importancia como para aparecer en las cuentas señoriales.

Las viejas carnicerías situadas junto a la torre

Una provisión fechada el 23 de enero de 1545 y conservada en el Archivo Histórico Municipal, dentro del legajo 67, explica que el concejo solicitó autorización para reformar las:“viejas carnicerías de la villa que estaban junto a la Torre”.

La propuesta contemplaba la construcción de dos tajos nuevos: uno destinado a vender carne de vaca y otro reservado para la carne de puerco. El mismo documento menciona la Torre de la Puerta de Sevilla.

La expresión “viejas carnicerías” también resulta reveladora. Indica que las instalaciones no eran nuevas en 1545 y que probablemente llevaban funcionando desde tiempo atrás. Sin embargo, los documentos conocidos todavía no permiten asegurar que fueran exactamente las mismas que aparecen en la relación de rentas de 1447.

Un espacio comercial entre dos puertas

El historiador Juan Luis Ravé Prieto precisa todavía más la localización. En su reconstrucción del urbanismo histórico de Marchena señala que en 1545 las carnicerías fueron construidas entre la Puerta de Sevilla y el primer torreón curvo, presentando una fachada uniforme de arcadas que daba acceso a los comercios.

La antigua Puerta de Sevilla ha llegado hasta nuestros días con el nombre de Arco de la Rosa.

 

En sus proximidades se encontraba la Plaza de la Fuente, conocida también como Plaza Vieja, Plaza de las Fuentes o Plaza de Abajo. Este espacio comunicaba la Puerta de Sevilla con la Puerta del Berral y servía de articulación entre la antigua villa amurallada y el arrabal de San Miguel.

Dos tajos para organizar la venta

La decisión de construir dos tajos diferenciados en 1545 revela una voluntad de ordenar y controlar la venta.

El tajo era el lugar donde se cortaba y despachaba la carne. La separación entre vaca y puerco permitía organizar el producto, supervisar su distribución y facilitar el cobro de los correspondientes derechos.

Las autoridades debían procurar que no faltara carne, controlar su peso, vigilar su estado y supervisar los precios. Sin medios modernos de conservación, la organización diaria del abastecimiento era fundamental.

Había que disponer de ganado, conducirlo hasta la villa, sacrificarlo, despiezarlo y poner la carne a la venta antes de que se deteriorara.

Salvador de Benjumea contra el estanco de la carne

Treinta y tres años después de las obras de 1545, las carnicerías se convirtieron en el centro de un importante conflicto.

El Archivo Histórico de la Nobleza conserva el expediente OSUNA,C.170,D.112-115, fechado entre el 3 de noviembre de 1578 y el 2 de junio de 1579. El documento recoge la demanda presentada por Salvador de Benjumea y otros vecinos de Marchena contra el III duque de Arcos por el estanco de las carnicerías.

El término “estanco” designaba entonces el monopolio o control exclusivo sobre la venta de un producto.

Lo que estaba en juego era quién podía controlar la carne, quién tenía derecho a pesarla y quién obtenía las rentas derivadas de su comercialización.

No era una simple disputa entre carniceros. El conflicto afectaba a un alimento básico y enfrentaba los intereses de los vecinos con determinados derechos ejercidos por el señor de Marchena.

Carnicerías Viejas: la huella permanece en el callejero

La continuidad topográfica se vuelve todavía más clara durante el siglo XVII.

El estudio de Ramón Ramos Alfonso sobre el callejero histórico de Marchena recoge la denominación “Carnicerías Viejas”en la calle Manuel Rojas Marcos , Arco de la Rosa, la antigua Puerta de Sevilla.

La actividad económica dejó una huella suficientemente profunda como para dar nombre a una calle, incluso después de la transformación o desaparición de las instalaciones originales.

La Puerta de las Carnicerías

Las actas municipales estudiadas por Juan Antonio Arenillas proporcionan otra referencia especialmente valiosa.

Durante las medidas adoptadas ante la amenaza de peste de 1648, las autoridades acordaron mantener abiertas solamente algunas entradas de Marchena. Entre ellas aparece una denominada “la puerta de la carne”.

Dos años después, en 1650, el cabildo menciona de manera inequívoca:

“la puerta de las Carnicerías, adosada a la Puerta de Sevilla”.

El Ayuntamiento acordó construir allí un pequeño tejado o refugio destinado a las personas encargadas de vigilar el acceso.

Esta referencia confirma la relación física entre las carnicerías y la Puerta de Sevilla. No se habla solamente de un establecimiento situado en un barrio amplio, sino de una Puerta de las Carnicerías adosada a una entrada concreta de la muralla.

La secuencia documental resulta coherente: carnicerías junto a la torre en 1545, Carnicerías Viejas en el callejero histórico y Puerta de las Carnicerías junto a la Puerta de Sevilla en 1650.

El propio Archivo Municipal de Marchena resume esta continuidad señalando que entre los siglos XVI y XVIII existieron carnicerías junto al Arco de la Rosa.

Carnicerías y matadero: dos espacios diferentes

Uno de los principales resultados de esta investigación es la necesidad de diferenciar las carnicerías del matadero.

Las carnicerías estaban dedicadas al corte, la pesada y la venta. El matadero era el lugar donde se sacrificaban los animales.

El sacrificio generaba sangre, vísceras, pieles, olores y otros residuos. El matadero necesitaba agua, facilidad para evacuar los desperdicios y una posición relativamente periférica.

Las carnicerías, en cambio, debían situarse en un espacio accesible, transitado y próximo a los compradores.

La Fuente de San Antonio y la Puerta del Berral

La documentación sobre la historia urbana de Marchena sitúa el antiguo matadero en el entorno de la Fuente de San Antonio y la Puerta del Berral.

Una referencia de 1817 recogida por José Alcaide Villalobos describe el viejo matadero como un edificio prácticamente arruinado, situado junto a una de las principales entradas y salidas de la población: la Puerta del Berral.

El lugar estaba afectado por aguas estancadas procedentes de una fuente próxima. El Ayuntamiento pretendía construir un nuevo matadero fuera del núcleo urbano por razones de higiene y salubridad.

La antigua Plaza de la Fuente, Plaza Vieja, Plaza de las Fuentes o Plaza de Abajo corresponde a la actual plaza del Padre Alvarado.

La carne como espejo del poder

Si unimos las referencias comprendidas entre 1447 y comienzos del siglo XIX, no aparece solamente la historia de unos edificios. Surge una institución que permaneció durante siglos en el centro de la vida económica de Marchena.

En 1447 la carnicería ya generaba rentas para el señorío.

En 1545 el concejo pretendía renovar las viejas instalaciones y construir tajos diferenciados para vender vaca y puerco.

En 1578 Salvador de Benjumea y otros vecinos se enfrentaron al duque de Arcos por el monopolio y los derechos relacionados con la carne.

A mediados del siglo XVII existían unas Carnicerías Viejas, una Puerta de las Carnicerías y una calle del Matadero.

En 1817 el antiguo matadero próximo al Berral se encontraba en estado ruinoso y planteaba un problema sanitario que exigía su traslado fuera de la población.

Fuentes para ampliar la información

La referencia medieval de 1447 se conserva en el Archivo Histórico de la Nobleza con la signatura OSUNA,C.169,D.26.

La provisión de 1545 sobre las viejas carnicerías junto a la torre se conserva en el Archivo Histórico Municipal de Marchena, AMMa, legajo 67.

La localización de las carnicerías entre la Puerta de Sevilla y el primer torreón curvo procede del estudio de Juan Luis Ravé Prieto, Marchena, una villa de señorío a comienzos de la Edad Moderna.

El pleito promovido por Salvador de Benjumea y otros vecinos contra el duque de Arcos se conserva como OSUNA,C.170,D.112-115.

Las referencias a la Puerta de las Carnicerías y las medidas adoptadas durante los años de la peste proceden del estudio de Juan Antonio Arenillas sobre la arquitectura y el urbanismo histórico de Marchena.

La mención de 1651 a terrenos cercanos a la calle del Matadero aparece en OSUNA,C.171,D.230-267, documento 252.

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Historia

Luis de Pernía, el alcaide de Osuna que luchó junto a los Ponce y dejó su huella en Marchena

Alcaide de Osuna, capitán de la frontera y compañero de Rodrigo Ponce de León, Luis de Pernía combatió en el Madroño, participó en la toma de Archidona y murió en Carmona en 1472.

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Una calle del recinto histórico de Marchena conserva el apellido Pernía. Detrás de ese nombre aparece la figura de Luis de Pernía, veterano capitán de la frontera granadina, alcaide de Osuna y compañero de armas del joven Rodrigo Ponce de León. Los documentos y las crónicas lo sitúan entre Osuna, Marchena, Estepa, Archidona y Carmona, donde murió durante las luchas nobiliarias del siglo XV.

Su nombre reaparece al investigar el acta de toma de posesión de Osuna y del castillo de Cazalla por Alfonso Téllez-Girón, primer conde de Ureña. Luis de Pernía actuó como representante del nuevo señor. No era, por tanto, un soldado ocasional: era un hombre de confianza de la casa de Girón, con capacidad para mandar tropas, custodiar fortalezas y convertir una orden señorial en posesión efectiva.

El veterano que salió al encuentro del ejército granadino

El estudio de Marcelin Defourneaux sobre la batalla del Madroño, publicado en el Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, lo presenta como «el ya viejo alcaide de Osuna». En la primavera de 1462, una importante fuerza del reino nazarí penetró por las tierras de Estepa, Teba, Osuna y Écija, llevándose ganado y cautivos. Las cifras cambian según los cronistas medievales y no deben tomarse como un recuento exacto.

Pernía organizó la defensa y avisó a los núcleos vecinos. Rodrigo Ponce de León, que rondaba entonces los dieciocho años, salió de Marchena y se reunió con él cerca de Osuna. Durante el camino se agregaron combatientes hasta formar, según una de las crónicas, unos 260 jinetes y 600 peones. La fuerza cristiana seguía siendo inferior, pero consiguió presentar batalla cerca del río Yeguas, en el paraje llamado del Madroño o Madroñal.

Las versiones no coinciden en todos los movimientos ni en cuál de los dos jefes tomó la iniciativa. Alonso de Palencia convierte a Pernía en el alma de la resistencia; otros cronistas conceden mayor protagonismo al futuro marqués de Cádiz. Lo seguro es que ambos aparecen juntos y que Marchena aportó hombres a una respuesta militar organizada desde Osuna.

Una carta conservada en PARES

El episodio dejó una huella documental directa. PARES conserva una carta de Fernando de Narváez, alcaide de Antequera, dirigida a Enrique IV, relacionada con la reclamación de Rodrigo Ponce de León y Luis de Pernía sobre una parte del beneficio obtenido después de aquella campaña. La pieza resulta especialmente valiosa porque permite contrastar los relatos heroicos de las crónicas con las disputas políticas y económicas surgidas tras el combate.

De Osuna a la conquista de Archidona

La trayectoria de Pernía estuvo estrechamente ligada a Pedro Girón. La investigación sobre los primeros alcaides de Archidona señala que era alcaide de Osuna cuando Girón conquistó aquella plaza en 1462 y que desempeñó un papel fundamental en la operación. Otros documentos lo sitúan tomando posesión de Archidona en nombre del señor y participando en las redes militares que unían las fortalezas de Osuna, Morón y Arahal.

Su oficio de alcaide tenía una dimensión mucho mayor que la simple vigilancia de un castillo. Administraba una plaza, dirigía su guarnición, movilizaba recursos y respondía ante el señor al que servía. En una frontera inestable, era al mismo tiempo militar, agente político y representante territorial.

La muerte en las calles de Carmona

Una década después, Luis de Pernía volvió a aparecer junto al bando de los Ponce de León, pero ya no frente al reino nazarí. Las casas de Arcos y Medina Sidonia disputaban el control político de Sevilla y de distintas fortalezas del entorno. Durante el intento de tomar Carmona, Pernía murió el 26 de marzo de 1472, alcanzado por un disparo de espingarda efectuado, según la tradición cronística, por un joven barbero.

La escena refleja el cambio de escenario de la guerra medieval. El veterano acostumbrado al campo abierto cayó en un combate urbano, entre calles y posiciones fortificadas, donde un arma de fuego portátil podía terminar con la vida del caballero más experimentado.

¿La calle Pernía recuerda realmente a Luis?

Marchena Secreta ya había relacionado la calle Pernía con este capitán en un reportaje sobre la memoria histórica del callejero y volvió a citar el topónimo en el artículo dedicado a las batallas medievales presentes en los nombres de sus calles.

La asociación es histórica y verosímil: Pernía combatió con Rodrigo Ponce de León, movilizó tropas de Marchena y murió defendiendo los intereses del bando de los Ponce. Sin embargo, no se ha localizado todavía el acuerdo municipal, padrón o escritura que demuestre de manera definitiva que la calle recibió el nombre en su honor. Por ello debe presentarse como una hipótesis sólida pendiente de confirmación documental, no como una certeza cerrada.

Tampoco debe confundirse a este Luis de Pernía del siglo XV con Luis de Pernía y Girón, a quien se concedió el condado de Pernía en el siglo XVIII. Son personajes de épocas distintas.

Un hombre entre tres ciudades

Osuna conserva su memoria como alcaide y organizador de la frontera; Marchena, como aliado y compañero de armas de Rodrigo Ponce de León; y Carmona, como escenario de su muerte. El apellido grabado en el callejero marchenero puede ser así la última sombra urbana de un capitán que ayudó a articular el poder de los Girón y los Ponce en la Andalucía del siglo XV.

Fuentes: PARES–Portal de Archivos Españoles; Marcelin Defourneaux, «Un episodio de la frontera de Granada»; estudio «Los primeros alcaides de Archidona (1462-1513)»; trabajos sobre los conflictos entre Ponce de León y Guzmán publicados en Dialnet, Archivo Hispalense y repositorios universitarios. Las fechas y cifras controvertidas se han expresado con cautela, atendiendo a las diferencias entre las crónicas.

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Actualidad

Cuando un grupo de vecinos consiguieron que la Justicia interviniera el Ayuntamiento de Marchena

Diego Villalón encabezó en 1763 un recurso contra el alcalde y otros cargos protegidos por el duque de Arcos. Los documentos revelan una batalla por el poder municipal y abren una investigación sobre una influyente familia presente en Marchena durante generaciones.

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En la primavera de 1763, un grupo de vecinos encabezado por Diego Villalón consiguió que la Justicia interviniera en una disputa que afectaba al corazón del poder local de Marchena: la elección y reelección del alcalde, el alguacil mayor, los regidores y otros responsables municipales bajo la autoridad del duque de Arcos.

La resolución tuvo consecuencias inmediatas. Un representante de la Justicia de Écija debía desplazarse a Marchena, examinar los libros del concejo y poner provisionalmente determinados empleos públicos en manos de personas que no tuvieran impedimentos legales. El alcalde ordinario, Antonio José de Paz, fue requerido además para comparecer ante el tribunal en un plazo de diez días, bajo una pena de 200 ducados.

No era todavía una sentencia definitiva, sino una medida provisional mientras se estudiaban las denuncias. Sin embargo, resultaba suficientemente grave como para alterar el gobierno cotidiano de la villa y obligar a la casa ducal a reaccionar.

Una batalla por el control del Ayuntamiento

Antonio José de Paz había sido alcalde en 1762 y volvió a ocupar el puesto en 1763. La documentación menciona también al alguacil mayor José de Layas y Guzmán y a distintos regidores y oficiales del concejo. Diego Villalón y sus compañeros cuestionaron aquellas designaciones y solicitaron que sus titulares fueran apartados.

La villa formaba parte del señorío de los duques de Arcos, y la casa ducal defendía como un derecho antiguo la facultad de escoger o confirmar a los hombres que ocupaban los principales oficios locales.

Los abogados del duque alegaron que aquella potestad se ejercía desde tiempo inmemorial. Sostenían además que la repetición de determinados nombres no respondía a una irregularidad, sino a la dificultad de encontrar suficientes personas de la «primera clase y distinción» para renovar anualmente todos los puestos.

Villalón y sus aliados entendían lo contrario: que la costumbre no podía utilizarse para mantener indefinidamente a las mismas personas ni para impedir que los nombramientos fueran revisados. 

¿Por qué se peleaban por aquellos cargos?

Controlar el Ayuntamiento significaba intervenir en buena parte de la vida económica y social de Marchena. El concejo administraba impuestos, tierras, pastos, propiedades y recursos comunales; vigilaba las cuentas públicas y participaba en el mantenimiento del orden y en la justicia cotidiana.

Ser alcalde, alguacil o regidor proporcionaba autoridad, prestigio, información y capacidad para influir en decisiones que afectaban directamente a propietarios, arrendadores, comerciantes y trabajadores. La defensa de los responsables cuestionados llegó a presentar como prueba de su buena gestión la existencia de un importante sobrante en las cuentas municipales. La afirmación formaba parte de su argumentación y no debe confundirse con una auditoría independiente, pero permite comprender cuánto estaba en juego.

Quién era el Diego Villalón de 1763

El Diego Villalón que encabezó en 1763 el recurso contra la elección de cargos municipales pertenecía muy probablemente a la rama de los Villalón Bohórquez Aguayo procedente de Morón de la Frontera. Una Real Provisión de la Chancillería de Granada documenta en Marchena desde 1756 a un Diego Villalón Bohórquez y Aguayo.

La genealogía de la familia permite identificar como principal candidato a Diego Joaquín Villalón Aguayo, nacido hacia 1723 y antepasado de la rama Villalón Orbaneja-Viaña de la que procedería el cronista Diego María Villalón Villalón. Sin embargo, los resúmenes catalográficos del pleito de 1763 lo denominan únicamente Diego Villalón, por lo que la identificación definitiva requiere comprobar su nombre completo o filiación en los autos originales.

La familia Villalón de Morón a Marchena

Saga de propietarios y juristas, originaria en parte de Morón de la Frontera y asentada progresivamente en Marchena, que aparece repetidamente en los espacios donde se cruzaban propiedad, Derecho y poder municipal.

Los documentos revelan la prolongada presencia de una familia de origen moronense en la vida política y patrimonial de Marchena. Un Diego Villalón desafió en 1763 los nombramientos respaldados por el duque; Diego Villalón Viaña atravesó la ocupación francesa y se convirtió después en alcalde constitucional; y Diego María Villalón Villalón dejó en 1886 un manuscrito dedicado a conservar la memoria histórica de la villa.

Diego Villalón Viaña

Diego José Villalón Viaña, nacido en Morón de la Frontera en 1782 y falleció en Marchena en 1842.  Vivía en la calle del Estudio, poseía 16 hazas que sumaban alrededor de 300 fanegas y obtenía unas rentas anuales calculadas en 10.147 reales. En 1803 figuraba entre los vecinos reconocidos como hijosdalgo y pertenecía al reducido grupo de grandes propietarios y contribuyentes de la localidad.

Durante la ocupación francesa fue teniente de la primera compañía de la Guardia Cívica y, en febrero de 1811, se incorporó como regidor a la Junta Municipal constituida bajo el gobierno josefino.

Tras la salida de los franceses dio un giro político decisivo. En las primeras elecciones municipales celebradas al amparo de la Constitución de 1812 fue elegido alcalde primero de Marchena. Formó parte también de la Diputación de Policía.

Villalón Viaña volvió al primer plano durante el Trienio Liberal. Elegido para la alcaldía, tomó posesión como alcalde de primer voto el 1 de enero de 1822. En 1832 reapareció como regidor primero decano y diputado de Hacienda. 

Diego Villalón Villalón

La continuidad del apellido llega hasta Diego María Villalón Villalón, autor en 1886 de Apuntes que comprenden las noticias más importantes sobre el origen, vicisitudes y cosas más notables de la villa de Marchena.

Diego María Villalón Villalón fue un abogado, propietario, ganadero y estudioso de la historia de Marchena, nacido en Marchena en 1838 y fallecido en la misma localidad en 1893. Cursó estudios en Santiago de Compostela y después en Sevilla; en diciembre de 1860 obtuvo el grado de bachiller en Derecho Civil y Canónico y en junio de 1861 alcanzó la licenciatura. Vivió durante estos años en distintos domicilios marcheneros: calle San Juan, calle San Francisco y calle Carrera, para terminar instalándose en San Francisco número 11, junto a la capilla de San Lorenzo. 

Su padre, Antonio María Villalón Viaña, tuvo una carrera jurídica y llegó a ejercer como auditor de guerra de Marina; precisamente un destino paterno en Ferrol. 

Diego María pertenecía de manera directa a las ramas Villalón, Viaña, Orbaneja y Díez de la Cortina. Su arbol genealógico incorpora, entre otros, a Diego Villalón Aguayo, de Morón de la Frontera; Diego María Villalón y Orbaneja, de Marchena; Ignacia Viaña Sánchez de Sanz, del Puerto de Santa María; Diego Villalón Viaña; María Manuela Orbaneja; y María Josefa Díez de la Cortina y Layna.

La posible conexión con el niño muerto en 1714

El apellido abre otra línea de investigación. Una carta de la Inquisición de Sevilla informó de las pesquisas realizadas tras la aparición, el 26 de diciembre de 1714, del cuerpo de un niño llamado Diego Bohórquez junto al convento de San Francisco de Marchena. Era hijo de Juan Bohórquez Villalón, miembro de una familia hidalga originaria de Morón.

Las sospechas recayeron sobre varias personas acusadas de judaizar, algunas vinculadas al entorno administrativo del duque. Sin embargo, la existencia de una investigación y de acusaciones no demuestra que los señalados asesinaran al niño. El episodio debe interpretarse dentro de un clima de rivalidad local, rumores y fuerte antijudaísmo, cuando la muerte de un menor podía convertirse en un arma contra personas señaladas como conversas.

Fuentes consultadas

  • PARES: Testimonio de varios autos sobre las elecciones de cargos públicos en Marchena, Archivo Histórico de la Nobleza, fondo Osuna.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833, tomo I.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo. Marchena 1800-1833, tomo II.
  • Diego María Villalón Villalón, Apuntes que comprenden las noticias más importantes sobre el origen, vicisitudes y cosas más notables de la villa de Marchena, manuscrito de 1886, transcripción y estudio de Manuel Antonio Ramos Suárez.
  • Antonio Domínguez Ortiz, referencia a la carta de la Inquisición de Sevilla sobre las pesquisas de 1714, AHN, Inquisición, legajo 3027.

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