Marchena acogió esta tarde la presentación de Los días de los tiros. Marchena 19-20 de julio de 1936, del investigador Álvaro Cabeza Andrés, en un acto respaldado por el Ayuntamiento y arropado por representantes del Observatorio de Memoria Histórica de la Diputación de Sevilla, la asociación Dignidad y Memoria (DIME) y público local. El autor defendió que su trabajo busca “sacar a la luz lo que realmente ocurrió” en las jornadas que abrieron la Guerra Civil en el municipio, a partir de documentación contemporánea a los hechos y un análisis crítico de fuentes oficiales y testimonios.
La intervención de bienvenida corrió a cargo de Víctor Montes, quien destacó el “bagaje” investigador de Cabeza Andrés, subrayando que en los últimos cinco años sus publicaciones se han concentrado en Marchena, con trabajos sobre la Segunda República local, la huelga general de 1934, el semanario Eco de Marchena, o el exilio del marchenero Ricardo Calderón Serrano. En su introducción, vinculó la presentación con la actualidad de la memoria democrática en el municipio, al aludir a los “hallazgos” difundidos “hace menos de un mes” en el cementerio de San Roque, donde —según indicó— se han recuperado o identificado tres cuerpos en una fosa.

Ya en su turno, Álvaro Cabeza agradeció el apoyo municipal —mencionando expresamente a la alcaldesa, al personal del archivo y a DIME por la cesión de fotografías “con una calidad bastante aceptable” para el libro. A continuación justificó el enfoque de una obra centrada en solo dos días: “van a cambiar la historia de Marchena por completo en los 40 años posteriores”, dijo, por el impacto político del golpe y, sobre todo, por la huella emocional que dejó en la población.
El investigador explicó que su reconstrucción se apoya en correspondencia oficial, informes militares, judiciales y policiales, así como en prensa de la época y documentación municipal, pero señaló que el núcleo del trabajo procede del archivo del Tribunal Militar en Sevilla, donde consultó sumarios de consejos de guerra. “He llegado hasta donde los documentos nos permiten saber”, afirmó, tras señalar que revisó “varios miles” de documentos y que aún hay expedientes de personas de Marchena que no ha podido localizar por problemas de clasificación como el caso del Alcalde Luis Arispón.
También advirtió de la necesidad de leer con cautela las fuentes del primer franquismo por su carga propagandística, la censura y la presencia de testimonios interesados, “mentiras” y “pseudotestigos”, según sus palabras.

En su exposición, Cabeza Andrés sostuvo que la transmisión oral mantuvo viva la memoria de aquellos sucesos, pero que con el paso de las generaciones se fue desvirtuando con añadidos y silencios. Defendió que el libro no pretende desacreditar relatos familiares, sino contrastarlos con lo que aparece documentado. En ese sentido, aseguró que la historiografía local ofrecía “casi nada” sobre lo ocurrido y citó como excepción un documento municipal de 1937 sobre la muerte del capitán Juan Sanz y una mención breve de Javier Gavira y su listado de víctimas de la represión.
El autor trazó una secuencia cronológica de los hechos del 19 y 20 de julio de 1936: la toma de la central telefónica por obreros —que, según dijo, dejó incomunicado el pueblo, las requisas de armas en fincas, las primeras detenciones en la antigua jefatura de orden público de la calle Cristóbal Colón y el primer tiroteo en la zona de Las Torres hacia Los Cantillos.
Para el día 20 describió la llegada de una columna desde Écija, el avance hacia la Telefónica, y después el combate prolongado en la calle San Sebastián hasta el Centro Obrero, con disparos desde azoteas y entradas casa por casa. En ese relato situó muertes, heridos, huidas hacia otras localidades y la reorganización del poder local tras el “alto el fuego” decretado a última hora de la tarde.
Entre las aportaciones que destacó del libro, Cabeza defendió haber precisado el número de fallecidos en aquellos “días de los tiros”, frente a cifras contradictorias que atribuyó a Queipo de Llano, a un parte publicado en prensa y a informes locales posteriores. También abordó episodios concretos que, a su juicio, se habían mitificado, como la muerte de José María Rojas Lobo, sobre la que afirmó disponer de testimonios directos de supervivientes que describen un disparo en la rodilla y el posterior fallecimiento por complicaciones. Además, explicó que ha incorporado un corpus de “microbiografías” de más de 250 personas y un listado de apodos para identificar a protagonistas citados en los documentos.
Según explicó el autor, la noche del sábado 18 ya hay movimiento en Marchena aunque aún no se hayan producido disparos. El detonante, tal como lo relató, es la escucha de las alocuciones radiofónicas que anuncian el control de Sevilla por las fuerzas sublevadas. En ese clima, se empiezan a organizar patrullas obreras por las calles, se ordena a los guardias municipales que cierren comercios y que detengan a derechistas que encuentren, y se producen intimidaciones puntuales (menciona el caso del último alcalde de la monarquía, al que “amenazan” y al que finalmente mandan a casa). En paralelo, los falangistas locales, ya advertidos de lo que va a ocurrir, se presentan en el cuartel para ofrecerse, pero son rechazados. El autor insistió en que el puesto de la Guardia Civil en Marchena, en ese primer momento, no proclama el estado de guerra ni toma las instituciones.
Domingo 19 de julio: mañana de agitación y primer choque armado
El 19 amanece, en el relato del autor, como una mañana de agitación en las calles. Se celebran misas, pero patrullas de obreros desalojan al menos la iglesia de San Juan y la de San Agustín (de San Sebastián dijo que era posible, sin afirmarlo con rotundidad). A primera hora llegan a Marchena diez guardias civiles procedentes de Arahal y Paradas, con la orden de incorporarse al cuartel de la cabecera del partido judicial. También llegan obreros desde Paradas. De manera temprana se inicia la requisa de armas en fincas del campo, sobre todo escopetas de caza, con un doble objetivo: armarse y, a la vez, desarmar a posibles adversarios.
El punto que el autor subraya como “dato clave” es la toma de la central telefónica por los obreros. Con el control de la centralita, Marchena queda incomunicada y, por extensión, el cuartel de la Guardia Civil pierde capacidad para coordinarse por vía telefónica.
En esa mañana se producen detenciones de derechistas: el autor mostró un documento de la Causa General (1942) que relaciona 15 detenidos, retenidos durante pocas horas —según dijo, ninguno llegó a tres— en la jefatura de orden público (casa nº 20 de la calle Cristóbal Colón). Destacó que hasta ahora se discutía incluso cuántos habían sido y que en testimonios se llegó a inflar la cifra, pero que el documento aporta nombres concretos.
Hacia el tramo final de la mañana, alrededor de las 11:30 o 12:00, llega el primer episodio de tiros. La Guardia Civil sale del cuartel (situado en calle Ánimas, nº 1, según precisó) y avanza por calle Las Torres hacia Los Cantillos para “controlar el orden público”, no para “sublevarse”, en la interpretación del autor. Ahí se produce un tiroteo. Los guardias se ven superados, uno resulta herido, y el grupo repliega por calle San Francisco de vuelta al cuartel, donde se acuartelan.
Poco después, se registra la primera víctima mortal del relato: un joven apodado “Villego”, muerto en la plaza de San Andrés, y el autor recalcó que, según su versión, no lo mata la Guardia Civil sino disparos desde una casa particular. En ese mismo 19 muere también un obrero de Paradas (lo nombró en el fragmento como “Cojonazo”), y en este caso sí atribuyó su muerte a disparos de la Guardia Civil.
Tras esas muertes, interviene el juez de instrucción, que se persona en la Casa de Socorro (la ubica en calle San Pedro, junto a la entrada de la plaza) para realizar diligencias: interrogatorios, actuaciones judiciales y autopsias. El autor señaló además que el propio clima entre los obreros empieza a mostrar tensiones internas. A partir de las 16:00–16:30, según su exposición, ya no se registran nuevos “eventos” relevantes, más allá de patrullas y las diligencias del juez.
Lunes 20 de julio: el “día grande de los tiros”
El autor presentó el 20 como la jornada decisiva. Continúan las requisas de armas. Se detiene a cuatro personas, entre ellas José María Rojas Lobo, y son llevadas al Centro Obrero, que ubica en el nº 20 de la calle San Sebastián (junto a lo que hoy identifica como entorno de Casa Manolo). Dijo que allí fueron insultadas, pero remarcó que los insultos documentados son relativamente “leves” para un contexto de máxima tensión (“fascistas”, “canallas”, “granujas”).
Mientras tanto, los obreros organizan puestos de vigilancia en entradas y puntos estratégicos de la localidad. Se registra también el disparo que hiere a una mujer en la plaza Alvarado, de nuevo desde una casa particular. Ese tiro genera un episodio significativo: un industrial local conocido como “Rabán”, identificado por el autor como hombre destacado de derechas, acude al Centro Obrero para pedir ayuda y que se aclare que no ha sido él; y dos obreros, uno de ellos Salvador Sarría, lo protegen y salen en su defensa para testificar que no tenía relación con los disparos.
La llegada de la columna desde Écija
El momento de giro, en su cronología, ocurre cuando un marchenero —Francisco Aguilar Galindo— llega a Écija sobre las 10:00 y comunica la situación de Marchena. A partir de ahí se organiza una columna de unas 40 personas: diez guardias civiles y unos treinta soldados y oficiales. La columna entra en Marchena entre las 11:15 y las 11:30. El autor dijo que probablemente entran por la calle Molino y situó allí la muerte de un obrero, Manuel Ledesma, al que afirmó que “lo matan allí”. La columna se dirige al cuartel, donde el teniente del puesto informa al comandante que viene al mando (López Morales, según lo mencionó después). El objetivo inmediato pasa a ser recuperar la Telefónica.
Primer gran tiroteo: del cuartel a la Telefónica
El trayecto entre el cuartel de Ánimas y la Telefónica por calle San Francisco se convierte, según su narración, en un avance bajo fuego con “tiroteo continuo” que se prolonga alrededor de una hora u hora y media, con especial intensidad al acercarse al edificio de la Telefónica. Sobre este punto introdujo una duda concreta: dijo que es posible que en la Telefónica murieran dos muchachos de Paradas, pero que no lo tiene confirmado; citó a un testigo que vivía enfrente y lo afirma, pero el autor lo dejó como incertidumbre.
Tras ese primer gran choque, situó un receso hacia alrededor de la una: parte de la tropa regresa al cuartel para aprovisionarse de munición.
Segundo gran tiroteo: la subida por San Sebastián hasta el Centro Obrero
Reanudada la operación, las fuerzas avanzan hacia el Centro Obrero (San Sebastián, 20). El autor colocó un tiroteo breve en Los Cantillos, atribuido a disparos de guardias municipales desde calle San Pedro, que se repliegan rápidamente al verse superados.
A partir de ahí, el núcleo del combate se desplaza a la calle San Sebastián. El autor describe un tiroteo largo, “lento” y de desgaste, desde aproximadamente las 14:00 hasta las 16:30 (unas dos horas y media). Los obreros se habrían hecho fuertes en azoteas, balcones y ventanas, hostigando el avance, mientras las tropas suben “entrando casa por casa” para detener a algunos, o para incautar escopetas abandonadas cuando los defensores huyen por las azoteas.
En ese tramo sitúa una muerte relevante: José María Ballesta Delgado, concejal socialista, abatido y “tirado en la calle” durante horas, casi hasta la noche. También ubica aquí las muertes de tres miembros de la columna: el capitán Juan Sans, un guardia civil llamado Rafael Cuevas, y el teniente Ismael del Pozo, al que identificó como jefe del puesto de Paradas.
El alto el fuego y la huida
Una vez tomado el Centro Obrero, el autor fijó el alto el fuego a las 17:00. En ese momento sostiene que “ya no queda ningún obrero en Marchena”, porque han huido en distintas direcciones: Arahal, Morón, La Puebla, y desde ahí varios hacia Málaga por rutas diferentes (menciona Ronda y Antequera como pasos de algunos). Dio una cifra atribuida a la Guardia Civil: 76 personas habrían huido, según ese cómputo oficial.
Martes 21 de julio: registros, detenciones y nuevo poder municipal
El 21, en su reconstrucción, ya no hay tiros. Lo que se impone es la resaca social: comentarios, miedo y un municipio sometido al mando militar. Se realizan registros en casas y en el Centro Obrero, y se suceden detenciones.
A última hora de la tarde, sobre las 20:00, se constituye una nueva gestora municipal. El autor citó un telegrama de nombramiento con José de Montero Góngora como alcalde junto a otros cinco falangistas. Aquí hizo una afirmación de gran calado dentro de su propio discurso: señaló que tres de esos nombres aparecen en documentación del Tribunal Militar como “pistoleros” implicados en ejecuciones posteriores en el verano de 1936, y habló de “más de 180 personas” ejecutadas en meses sucesivos (julio-agosto-septiembre), distinguiendo ese período de represión posterior de los dos días concretos del 19 y 20.
La controversia sobre el teniente Ismael del Pozo y el juez
En el debate público que recoges al final, el relato añade un elemento interpretativo, siempre apoyado —según él— en sumarios: el autor sostuvo que el teniente Ismael del Pozo desobedeció órdenes iniciales de sublevación y que fue señalado por “tendencias izquierdistas”. En ese contexto, afirmó que cuando llega la columna de Écija el comandante lo reprocha y lo obliga a ir “por delante”, quedando expuesto como “carne de cañón” en la calle San Sebastián. Añadió un dato de posguerra que, en su lectura, refuerza ese marco: la viuda habría pedido una cruz en el lugar donde cayó y el Ayuntamiento se la negó, mientras que a otros caídos sí se les concedieron honores (como el nombre de una plaza al capitán Juan Sans).
Respecto al juez Mariano Iscla Rovira, el autor describió un itinerario igualmente revelador: tras actuar el 19 y el 20 con diligencias (levantamientos, autopsias, registros), el 21 la Guardia Civil le impide seguir ejerciendo, alegando que con el estado de guerra la autoridad recae en el mando militar; al insistir, es encarcelado durante varios días. En un giro que él mismo subraya para evitar lecturas simplistas, añadió que ese juez no era “revolucionario”: se incorporó como voluntario al ejército sublevado y murió en el frente, y dijo que existe un artículo en ABC ensalzando su figura.
La muerte de José María Rojas Lobo: qué cambia en este relato
Como punto especialmente sensible, el autor negó una versión local previa (la de que intentó huir del Centro Obrero y por eso murió). Según su explicación, había cuatro detenidos, y dos murieron después por heridas. En su reconstrucción, las tropas liberan a los dos supervivientes, y ambos describen el encierro y los disparos. Sobre Rojas Lobo, afirmó que recibió un disparo en la rodilla durante la retirada de los últimos obreros del edificio, y que falleció días después por infección y septicemia, no por una ejecución directa. Añadió un detalle clave: el padre lo recoge y evita que lo trasladen al hospital, y un médico advierte que la herida no es grave “salvo complicaciones”; las complicaciones, según dijo, llegaron.
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