El cantaor extremeño cerró los preludios de la LII Fiesta de la Guitarra con un recital en la Ronda de la Alcazaba, donde reivindicó la memoria del flamenco y presentó algunas de las piezas de su último disco
El Perrete no podía comenzar su recital en Marchena de otra manera que acordándose de Pepe Marchena. Antes de que aparecieran los primeros compases, Francisco Escudero Márquez quiso explicar lo que significaba para él cantar en la tierra del maestro. Habló de un sueño cumplido, de la enorme influencia del Niño de Marchena y de los grandes guitarristas nacidos en una localidad cuya historia parece estar escrita también sobre las seis cuerdas.

Aquellas palabras situaron desde el principio el sentido de la noche. El Perrete no había llegado a la Ronda de la Alcazaba solamente para presentar un disco. Había venido a dialogar con la memoria flamenca de Marchena, a recoger voces antiguas y devolverlas transformadas por su propia sensibilidad.
El recital, celebrado el sábado 18 de julio, cerraba los actos previos de la LII Fiesta de la Guitarra de Marchena. El espacio monumental de la Ronda de la Alcazaba, iluminado para la ocasión, se convirtió en un escenario especialmente apropiado para un espectáculo construido sobre la raíz, la transmisión oral y la permanencia del cante. La programación municipal había anunciado la actuación como una de las citas gratuitas de esta edición del festival, dedicada nuevamente a preservar el legado de Pepe Marchena y de la saga de los Melchor.

Uno de los momentos más cercanos llegó con Yo me enamoré una vez, la conocida sevillana del repertorio de Manuel Pareja Obregón que El Perrete ha hecho suya en Luz de guía. En la grabación publicada dentro del álbum participa Arturo Pareja Obregón, estableciendo un puente emocional entre el universo de los Pareja Obregón y la voz del cantaor extremeño. El Perrete no se limitó a reproducirla: la llevó a su terreno, la pasó por su manera de frasear y consiguió que una sevillana reconocible adquiriera una nueva intimidad.

Pero el instante de mayor profundidad histórica llegó con los pregones y la aparición del viejo romance de Gerineldo. La historia del paje amado por la hija del rey nació en el Romancero medieval y sobrevivió durante siglos gracias a la transmisión oral. Sus versos fueron pasando de unas generaciones a otras, cambiando de melodía y de palabras, hasta encontrar acomodo en el ámbito del cante flamenco.
El Perrete recuperó aquella historia dentro de los pregones, con una interpretación narrativa, libre y solemne, en la que la voz parecía avanzar por un camino muy antiguo. El clarinete de Javier Carmona apareció entonces como una segunda voz. No fue un simple acompañamiento, sino un hilo sonoro que entraba y salía del relato, envolviendo el cante y acentuando su carácter misterioso.

La elección de Gerineldo adquiría en Marchena una significación especial. En enero de 1825, el erudito Bartolomé José Gallardo, encarcelado en Sevilla durante la represión absolutista, escuchó cantar este romance a Curro el Moreno, natural de Marchena, y a Pepe Sánchez. Gallardo dejó constancia de aquella versión, considerada uno de los primeros testimonios escritos modernos de la supervivencia del Romancero en la tradición oral andaluza.
El romance es uno de los estratos más antiguos del flamenco. Antes de que el cante se organizara en los palos que hoy conocemos, los corridos y romances ya eran interpretados por cantores gitanos andaluces. En 1842, Serafín Estébanez Calderón describió al histórico cantaor El Planeta interpretando un «romance o corrido» durante una fiesta en Triana. Esta referencia vincula de manera todavía más clara el Romancero con los ambientes en los que se estaba formando lo que hoy llamamos flamenco.

Dos siglos después, Gerineldo regresaba a Marchena por la voz de El Perrete. No como una reliquia conservada bajo una vitrina, sino como un material vivo, capaz de mezclarse con el lenguaje de los pregones y con el sonido inesperado del clarinete. El romance volvía así al mismo territorio del que procedía uno de sus primeros transmisores conocidos.
Ese momento resumió buena parte de la filosofía de Luz de guía. El segundo trabajo discográfico de El Perrete está formado por nueve piezas y propone una relación personal entre el pasado y el presente del flamenco. En él aparecen milongas, bulerías por soleá, alegrías de Córdoba, malagueñas, cantes de arar, jaleos extremeños, sevillanas, pregones, peteneras y fandangos. El álbum no busca únicamente conservar los llamados cantes troncales, sino también devolver visibilidad a estilos y formas que se escuchan cada vez menos.

El Perrete se acordó durante el recital de esos cantes menos transitados. Su reivindicación no fue una lección teórica, sino una demostración práctica: cantarlos, exponerlos ante el público y probar que todavía pueden conmover. En una época en la que buena parte del repertorio flamenco se concentra en unos pocos estilos, el cantaor extremeño amplía el mapa y recupera músicas relacionadas con el trabajo, la calle, la memoria familiar y la antigua poesía narrativa.
Ahí reside la principal virtud de su propuesta. El Perrete respeta las formas heredadas, pero no las trata como piezas inmóviles. Las estudia, las recrea y les proporciona un nuevo vestido sonoro. Él mismo ha explicado que concibe Luz de guía como una manera de relacionar el flamenco antiguo con el presente y de agradecer a todas las personas y maestros que han iluminado su camino artístico.

Tras el recogimiento de los pregones, el recital avanzó hacia los fandangos, donde El Perrete pudo mostrar otra de las cualidades de su voz: la capacidad de pasar de la narración contenida a un cante más abierto y expansivo. Cada estilo iba descubriendo una faceta distinta del artista, pero todos parecían unidos por la misma voluntad de memoria.
La noche terminó por bulerías de Triana. Después del peso histórico de Gerineldo, de los pregones y de los cantes menos frecuentes, el compás abrió las puertas a la celebración. Fue un final luminoso, como si toda aquella búsqueda por los caminos antiguos del flamenco tuviera que desembocar necesariamente en la fiesta.

Al concluir el recital, El Perrete permaneció junto al público firmando ejemplares de Luz de guía. La escena tenía algo de coherencia profunda: un disco nacido para agradecer a los maestros era presentado y entregado precisamente en Marchena, la localidad de Pepe Marchena y de algunas de las familias guitarrísticas fundamentales del flamenco.
El Perrete llegó a la Ronda de la Alcazaba diciendo que cantar en Marchena era un sueño. Se marchó después de haber unido en una misma noche al Niño de Marchena, los Pareja Obregón, los antiguos pregoneros, los romances medievales y aquellos dos hombres que, en una cárcel sevillana de 1825, mantuvieron viva la historia de Gerineldo.
No fue solamente la presentación de un disco. Fue una forma de recordar que el flamenco necesita mirar hacia atrás para continuar caminando y que los cantes aparentemente olvidados solo esperan una voz que vuelva a pronunciarlos.
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