
En abril de 1660, Sevilla asistió a uno de los grandes autos de fe del siglo XVII. Pero una parte importante de aquella historia había comenzado lejos de la capital, en plena Campiña. Las fuentes sitúan en Osuna un núcleo de portugueses acusados de judaizar cuyos nombres terminaron formando parte de las relaciones del Santo Oficio.
No parece que estemos ante unos cuantos individuos aislados. Los apellidos se repiten, aparecen hombres y mujeres vinculados al mismo espacio y todo apunta a relaciones familiares y sociales.

Entre los vecinos de Osuna identificados en las relaciones vinculadas al auto de fe figuran nombres como Tomás Dionís, Francisco López Vega, Manuel de Miranda, Martín García de Castilla, Rafael Rodríguez, Manuel Carrasco, Manuel de Orellana, Francisco Carrasco, Diego Rodríguez Núñez, Miguel Esteban, Manuel de la Peña, Pedro López de Vega, Francisco Gutiérrez de Miranda, Diego Rodríguez Márquez y Luis Gómez.
También aparecen mujeres como Beatriz Núñez, Clara Rodríguez, Gracia Rodríguez, Isabel Rodríguez, Guiomar Rodríguez, María Gómez de Salazar y Felipa Gómez.
El término “reconciliado” tenía un sentido preciso dentro del lenguaje inquisitorial. No significaba una simple reconciliación personal o religiosa, sino la readmisión de un acusado en la comunidad cristiana después de reconocer los delitos que le atribuía el tribunal y cumplir las penas correspondientes. Detrás de aquella expresión administrativa había vidas enteras sometidas a investigación.

La presencia judeoconversa en la Campiña sevillana no desapareció con la expulsión de 1492. Más de un siglo después, otro movimiento humano volvió a conectar estas tierras con la memoria de Sefarad. Eran los cristianos nuevos portugueses, descendientes en muchos casos de aquellos judíos obligados a convertirse en Portugal a finales del siglo XV. Durante la unión de las coronas ibéricas y a través de las redes comerciales del Atlántico, numerosas familias portuguesas se instalaron en Sevilla y extendieron sus vínculos hacia las villas de la Campiña. Osuna, Écija, Marchena o Morón aparecen así integradas en una geografía mucho más amplia de parentescos, negocios y desplazamientos.

Documentos de la Sección de Inquisición del Archivo Histórico Nacional
Aquellas familias no formaban necesariamente comunidades religiosas organizadas. Algunas pudieron conservar prácticas judías en secreto; otras eran ya cristianas desde generaciones atrás. Para el Santo Oficio, sin embargo, el origen portugués y determinados parentescos bastaban con frecuencia para despertar sospechas. Tras la independencia de Portugal en 1640 y la caída del conde-duque de Olivares en 1643, la tolerancia política hacia los grandes comerciantes portugueses se redujo y comenzó una de las últimas grandes campañas contra los acusados de judaizar. Durante la segunda mitad del siglo XVII los procesos se multiplicaron también en Andalucía y alcanzaron con fuerza las poblaciones de la Campiña.
Tomás Dionís, una muerte después del auto de fe
Uno de los casos más dramáticos es el de Tomás Dionís. La relación histórica que recoge los acontecimientos de 1660 lo incluye entre los portugueses judaizantes de Osuna y añade un episodio excepcional: permanecía recluido en la cárcel de penitencia y, apenas dos días después del auto de fe, habría muerto tras arrojarse a un pozo.

Aparece de pronto una persona sometida a una presión difícil de imaginar: interrogatorios, prisión, exposición pública, condena y el peso social que acompañaba a una sentencia inquisitorial.
Diego Lopez Duro, la red conversa continuó una generación después
Diego López Duro, mercader vecino de Osuna y de origen portugués, fue condenado por la Inquisición de Sevilla por judaísmo y ejecutado el 28 de octubre de 1703. Su caso ha quedado ligado a uno de los grandes frescos de Lucas Valdés conservados en la iglesia de Santa María Magdalena de Sevilla, donde tradicionalmente se ha identificado al reo conducido al suplicio con este procesado ursaonense.

La importancia del caso está en su continuidad con la represión contra los judaizantes portugueses documentada en Osuna durante la segunda mitad del siglo XVII. Más de cuarenta años después del gran auto de fe de 1660, en el que aparecen numerosos vecinos de la villa acusados de mantener prácticas judías, la Inquisición seguía actuando contra personas del mismo entorno social y geográfico.
La propia parroquia de la Magdalena recoge la identificación de López Duro con el condenado representado en el fresco y señala su condición de mercader de Osuna y su ejecución en 1703. La escena se encuentra en un templo especialmente vinculado a la historia del Santo Oficio, ya que el antiguo convento dominico de San Pablo fue una de las primeras sedes de la Inquisición sevillana.

El caso de López Duro permite comprobar que la presencia de cristianos nuevos portugueses en Osuna no fue un episodio puntual limitado a 1660. La documentación muestra una continuidad de varias décadas que convierte a la villa en uno de los focos más interesantes para estudiar las redes de judaizantes de la Campiña sevillana durante los siglos XVII y comienzos del XVIII.
El misterio de la Osuna medieval
La Osuna medieval, que incluyó una comunidad judía sobre la que apenas tenemos noticias, fue una ciudad mucho más concentrada que la actual: su núcleo se extendía fundamentalmente por la zona alta, en torno a la antigua alcazaba y dentro de un recinto amurallado cuyo trazado todavía puede seguirse parcialmente por calles como Luis de Molina y por elementos conservados como la Torre del Agua.

Tras la conquista cristiana de 1239 se reorganizó ese espacio urbano y, sobre la zona fortificada, se levantó la principal parroquia medieval, conocida como Santa María o Iglesia del Castillo, antecedente directo de la actual Colegiata, construida en el siglo XVI sobre su solar.

La arqueología está empezando a devolvernos esa ciudad casi desaparecida: las excavaciones de Caldenegros han documentado la muralla, estructuras urbanas, barrios periféricos de época taifa, fases almorávides y almohades y la transformación posterior a la conquista castellana; otras intervenciones han localizado incluso un arrabal islámico extramuros.
Respecto a una posible sinagoga medieval transformada después en iglesia, las fuentes institucionales y arqueológicas disponibles no muestran por ahora ninguna iglesia de Osuna cuya identificación como antigua sinagoga esté demostrada documental o arqueológicamente.
La Iglesia del Castillo es el templo medieval mejor documentado, pero las fuentes consultadas la presentan como una fundación cristiana posterior a la conquista.

Esto no excluye que existiera una sinagoga vinculada a la población judía de la Osuna bajomedieval; simplemente significa que su emplazamiento todavía no puede afirmarse con seguridad. Precisamente ahí hay una línea de investigación muy interesante: cruzar excavaciones del casco medieval, protocolos y documentación señorial de los Téllez Girón y fondos del Archivo Histórico Nacional para intentar localizar la judería y su posible espacio de culto.
Los Téllez Girón y los judíos
Los Téllez Girón gobernaron territorios donde existían comunidades judías consolidadas, y el caso mejor documentado es Peñafiel, incorporada al señorío de Pedro Girón en el siglo XV. Allí los judíos aparecen como propietarios, comerciantes, prestamistas y arrendadores, y la documentación muestra que los señores no desarrollaron, al menos de forma general, una política de expulsión propia antes de 1492. Tras el decreto de los Reyes Católicos, sin embargo, Juan Téllez Girón, II conde de Ureña, adquirió bienes que habían pertenecido a judíos de Peñafiel; PARES conserva, por ejemplo, la venta realizada en junio de 1492 por el rabino David Jayate y otros miembros de su familia al conde de cuatro ruedas de molino y una heredad.
Con la implantación de la Inquisición surgieron además procesos contra judeoconversos: Alfonso Sánchez de Soto, vecino de Roa y propietario de tierras entre Roa y Peñafiel, fue condenado a la hoguera por judaizante; sus bienes fueron confiscados y parte de la heredad de Valdeparral terminó en manos de Juan Téllez Girón, II conde de Ureña. PARES conserva además documentación de 1492 relativa a bienes confiscados por la Inquisición a los hermanos Gonzalo, Diego y Juan de Soto, directamente relacionada con el conde de Ureña.
También encontramos un caso muy significativo en Arahal, localidad integrada en los dominios de los condes de Ureña y posteriormente de los duques de Osuna. Allí nació el médico Juan Muñoz y Peralta, personaje de enorme relieve científico a finales del XVII y comienzos del XVIII. El propio Archivo Municipal de Arahal conserva copias de su documentación inquisitorial y señala que, debido a su ascendencia judeoconversa, fue acusado de judaizante, procesado y encarcelado por la Inquisición. Es especialmente interesante porque demuestra que la cuestión conversa continuaba viva en una antigua villa del señorío Girón más de dos siglos después de la expulsión de 1492
En Archidona, otro territorio fundamental de los Téllez Girón, también existe documentación inquisitorial. Una investigación reciente sobre las visitas del Tribunal de Granada recoge en 1606 a Isabel de la Serna, vecina de Archidona, investigada por “actos heréticos”. Antequera–Archidona–Loja constituyó uno de los espacios donde se detectaron comunidades y redes de conversos judaizantes: en el auto de fe granadino de 1528 fueron condenadas 86 personas por prácticas relacionadas con el judaísmo. Dialnet Ya en el siglo XVIII aparece además José de Silvetra, nacido en Archidona, procesado en 1722 por la Inquisición de Jaén como “judaizante protervo”.

Osuna no estaba aislada
La aparición de estos portugueses en Osuna tampoco puede entenderse como un fenómeno exclusivamente local. Durante los siglos XVI y XVII hubo importantes desplazamientos de cristianos nuevos portugueses hacia Castilla. Parte de ellos se dedicaron al comercio y establecieron relaciones familiares y económicas entre distintas ciudades. Sevilla era un lugar especialmente atractivo por su actividad mercantil y por el comercio americano, pero las redes no se detenían en la capital.
Osuna, Morón, Utrera y otras poblaciones de la Campiña estaban perfectamente integradas en aquellos circuitos económicos.
El secreto de la Sevilla lusa y de San Antonio de los Portugueses
Lo que Juan Gil nos enseñó sobre los conversos de la Campiña
La monumental obra de Juan Gil, Los conversos y la Inquisición sevillana, permite reconstruir el mundo de los cristianos nuevos desde finales del siglo XV. Su método es especialmente valioso porque no se limita a estudiar grandes procesos inquisitoriales. Gil reconstruye nombres, familias, profesiones, matrimonios, movimientos geográficos y relaciones económicas.
Los datos estudiados por Juan Gil para Marchena pertenecen principalmente al periodo inicial de la Inquisición sevillana, especialmente finales del siglo XV y comienzos del XVI. El grupo portugués de Osuna pertenece, en cambio, a 1660, casi dos siglos después. La Campiña sevillana fue durante siglos un territorio atravesado por familias conversas, comerciantes, funcionarios, arrendadores, artesanos y posteriormente cristianos nuevos portugueses.
Los apellidos como pistas, no como pruebas
La lista de Osuna contiene apellidos como Núñez, Rodríguez, Gómez, Carrasco, Miranda o Vega. Algunos de esos apellidos aparecen también en documentación conversa de otras localidades.
Precisamente uno de los principales méritos del trabajo de Juan Gil es evitar esa simplificación: las familias se reconstruyen mediante matrimonios, filiaciones, testamentos, profesiones y documentos notariales.

Documentos de la Sección de Inquisición del Archivo Histórico Nacional
Una red que ahora podemos intentar reconstruir
A partir de los nombres de 1660 se abre una investigación extraordinaria. Los Carrasco, los Miranda, los Rodríguez, los López Vega, los Núñez o los Gómez pueden dejar huellas en protocolos notariales, expedientes inquisitoriales, escrituras de compraventa, testamentos, registros parroquiales y documentación del ducado de Osuna.
Los procesos inquisitoriales contienen muchas veces declaraciones sobre asuntos aparentemente insignificantes: qué se comía en una casa, cuándo se cambiaba la ropa, cómo se preparaba una comida, qué palabras se pronunciaban, quién visitaba a quién o qué se hacía un viernes por la tarde.
De los conversos de 1495 a los portugueses de 1660
Entre los conversos documentados por Juan Gil en la Marchena de finales del siglo XV y los portugueses perseguidos en Osuna en 1660 hay casi ciento setenta años. Son contextos diferentes. Pero ambas historias forman parte de un mismo proceso de larga duración: la vigilancia ejercida durante generaciones sobre los descendientes de judíos convertidos al cristianismo y sobre aquellos cristianos nuevos sospechosos de conservar prácticas judías. Marchena permite observar el comienzo de ese mundo. Osuna nos muestra que el fenómeno continuaba vivo en pleno siglo XVII.

El fenómeno de los conversos y criptojudíos no terminó con el siglo. Todavía durante las primeras décadas del XVIII se documentan procesos y delaciones contra descendientes de aquellas familias. La represión iniciada en torno a 1718 constituye uno de los últimos ecos de esta historia. Hacia 1720-1730 el grupo había dejado ya de constituir una realidad social visible: unas familias habían emigrado, otras habían sido desarticuladas por los procesos y confiscaciones, y muchas otras se habían integrado definitivamente en la sociedad cristiana. Lo que quedaba ya no era una comunidad reconocible, sino apellidos, parentescos y memorias familiares que sólo vuelven a emerger cuando se cruzan los expedientes de la Inquisición con protocolos notariales, padrones y archivos señoriales.