Historia
Jácaras: La música de las mancebías y los canallas
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2 años agoon
La jácara nació como una balada sobre los rufianes proxenetas, putas, carteristas y estafadores que componían el pequeño mundo criminal del Madrid y la Sevilla del siglo XVII. Cantadas por actrices en los teatros públicos, sin duda se escucharon también en tabernas, plazas y ferias, dondequiera que se presentara un buen narrador. Cervantes, en El Rufián Dichoso, cuenta con humor un bravo que muestra a un compañero rufián una jácara que acaba de componer.
La jácara, en el contexto de la danza y el teatro en Sevilla y otras ciudades españolas durante el Siglo de Oro, era un género poético y teatral que también incluía elementos de música y coreografía. Este género se caracterizaba por sus temas relacionados con el mundo marginal de la delincuencia y la prostitución, y por el uso de un lenguaje especial, conocido como germanía o jerigonza, que era propio de estos ambientes.

Los personajes típicos de las jácaras eran delincuentes, pícaros, chulos, guapos y otros miembros del mundo del hampa. Estas composiciones destacaban por su agudo humor y crítica social. La jácara podía ser recitada por un actor o una actriz en forma de romance, o presentada como una composición dialogada, conocida como jácara entremesada. En sus orígenes, la jácara no era un género dramático propiamente dicho, sino una poesía cantada y a veces bailada, conocida y popular entre la gente. Con el tiempo, se fue vinculando más estrechamente con la representación teatral, incluyendo música y posiblemente baile.
Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, la jácara se define como un romance alegre en el que se relatan hechos de la vida airada, una cierta música para cantar o bailar, y una especie de danza formada al tañido o son propio de la jácara.
LA JACARA NUEVA

Documentos del Archivo Personal de Luis Rosales, Sección Diversos del Archivo Histórico Nacional. Jacara impresa s. XVII – XVIII (romancillo jocoso).
Recopilación de versos, de diversos autores como Gabriel del Corral, P. de la Torre, Solís. Sonetos, décimas. Casi todos llevan signatura. S/f.
La «jácara nueva», es un tipo de poesía narrativa popular del Siglo de Oro español. Este género poético solía contar historias en verso, a menudo con temas de amor, traición, y venganza, ambientadas en el mundo marginal del hampa y la delincuencia.
La historia que se relata en esta jácara se centra en una doncella de Trujillo que fue engañada y sacada de su casa con promesas falsas de matrimonio por un amante. Este la abandona en la Sierra Morena, un lugar que, por su naturaleza salvaje y remota, simboliza su desgracia y desolación. La doncella busca venganza y justicia ante la traición sufrida, una temática común en las jácaras que reflejan las duras realidades de la época y los sentimientos de los personajes implicados.
Este género alcanzó una gran popularidad durante los siglos XVI y XVII, especialmente en ciudades como Sevilla, Madrid y Valencia, donde los temas de la jácara resonaban con las experiencias de la vida urbana de la época. La jácara formaba parte de las representaciones teatrales del Siglo de Oro, apareciendo frecuentemente en los entreactos de las comedias.
LAS MANCEBIAS COMO SERVICIO PUBLICO
La trata de prostitutas fue en sus inicios regulado y controlado por los grandes señores y la corona que veia necesario su control para evitar enfermedades y sodomía.
Los Reyes Católicos pidieron a los Ayuntamientos fundar mancebías, para pacificar Andalucía de las guerras entre los Ponce, Señores de Marchena y los Guzmanes, señores de Medina Sidonia quienes contrataban a los rufianes o chulos que controlaban las casas de prostitución ilegales.
La guerra entre señores en ciudades, pueblos y la falta de una autoridad fuerte disparó la criminalidad, contra las mujeres en medio de un ambiente de guerra civil, y epidemias de peste.
LAS PUTAS DE CARMONA PIDEN SU LIBERACIÓN
«Las mujeres del partido que estamos en la mancebía de esta villa por nuestros pecados, con el acatamiento y reverencia que debemos. Muchas de nosotras que ha dos o tres años que estamos empeñadas en poder de Cuenca. por lo que hemos comido y gastado y no vemos Sol ni Luna, y estamos peor que cautivas en poder de infieles».
El solar del Pósito de Osuna albergó en el siglo XVI, la mancebía y la taberna que se encontraba en su vecindad. En 1608, el prostíbulo se traslada a las afueras de la villa y en su lugar se asienta el corral de comedias. Prohibidas las representaciones teatrales, en 1731, el ayuntamiento adquirió el inmueble para construir las paneras del Pósito.
Los Reyes Católicos, asumieron como instrumento de control y pacificación la creación de mancebías en Carmona, Ecija o Cádiz.
El primer texto escrito por prostitutas pide al Ayuntamiento de Carmona tras el terremoto ocurrido allí el Viernes Santo de 1504, ser liberadas de las deudas que las mantenían atadas al padre putas. Son los mismos Reyes Católicos los que en 1500 piden al Concejo de Carmona crear una mancebía pública. Igualmente en Ecija los Reyes Católicos piden al Ayuntamiento construir y reglar un prostíbulo municipal tras escrito enviado por los vecinos denunciando asaltos de rameras y rufianes.
La putería funcionaba como válvula de escape para jóvenes que a menudo causaban adulterios y violaciones, sembrando el terror entre niñas, mozas y criadas que eran acechadas en los lavaderos y fuentes públicas. Muchas víctimas eran niñas y jóvenes menores, criadas que salían a la calle a realizar mandados, de zonas rurales y sin protección familiar. Las mujeres forzadas no se podían casar por lo que su familia buscaba venganza.
LAS RAMERAS VESTÍAN ROPAS ESPECIALES PARA SER RECONOCIDAS
Se crea entonces un mesón en Ecija con 50 habitaciones para otras tantas rameras, adjudicado a los hermanos Luna, por 68.125 maravedíes anuales.
En Écija las prostitutas vestían trajes especiales para ser reconocidas como putas al salir del local público. Mantos, sombreros, pantuflos y guantes. Se advirtió a los mesoneros que sólo empleasen a verdaderas prostitutas y no amas de casa u «otras que se echen por dineros». En Sevilla y Carmona se prohibía la entrada de casados y se cerraba los domingos cuando se tocase a misa en la iglesia de San Pedro. Alcalá de Guadaíra, solicita en 1491 a Sevilla que le enviase una comisión para asesorarles en la creación de su mancebía.
LA MANECBIA DE MARCHENA
Marchena era la tercera ciudad más poblada de la actual provincia hispalense tras Ecija y Carmona con 9.738 habitantes en 1534 y atendiendo a su alto numero de habitantes también tuvo mancebía.
Las casa pública de la Mancebía de Marchena -cuya ubicación desconocemos, era propiedad de los Ponce de León que también cobraban rentas por el ejercicio de la prostitución. En 1572 el duque de Arcos otorga la mitad de las rentas de la casa pública de las mujeres de la villa de Marchena para pagar un colegio de estudiantes pobres en Córdoba fundado por el doctor Pedro López Alba.
La mancebía o prostíbulo de Marchena aparece en el listado de posesiones de los Ponce de León a inicios del Siglo XVI en la investigación La Hacienda de las casas de Medina Sidonia y Arcos en la Andalucía del siglo XV de Emma Solano Ruiz.
Cuando el oficio más antiguo del mundo se ejercía en la Plaza Ducal de Marchena
Desde el XIV al XVI se fundaron las mancebías públicas o burdeles locales.
PACIFICAR SEVILLA ACABANDO CON LAS PROSTITUTAS ILEGALES
Ya en tiempos de Juan II se prohibía que los alguaciles de Sevilla protegiesen a rufianes, «ni malos omes, ni omes que tengan mancebas públicas» que se reunían en torno al Corral de los Olmos, frente a la Giralda y junto al Patio de los Naranjos donde era fácil acogerse a sagrado en caso de apuros.
El antiguo Corral de los Olmos se encontraba en la actual Plaza Virgen de los Reyes. Era el lugar de reuniones oficiales de los Cabildos Municipal y Catedralicio.
Desde 1470 hay normas en Sevilla ordenando que todas las prostitutas se acogiesen a ejercer su trabajo en la mancebía municipal junto con la prohibición de llevar armas por la ciudad; y exigen al Marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de León, señor de Marchena y al Adelantado Mayor de Andalucía Duque de Medina Sidonia que cesen de reclutar y proteger a forajidos y rufianes para sus huestes particulares en la ciudad.
En 1473, prohiben los juegos de naipes y afirma que «las mugeres de mundo están derramadas por las calles desta çibdad ganando dineros e façiendo mançebía que causan muchos roydos e escándalos, muertes e otros daños e males» ordenando tapiar todo el contorno de la mancebía que estaba en el Compás de la Laguna, barrio del Arenal.
La Calle Castelar y Plaza de Molviedro era el antiguo Compás de la Laguna donde se ubicó la muralla de la mancebía destruida en el siglo XVIII.
Francisco de Quevedo, exploró este género en su obra, utilizando un lenguaje rufianesco y expresiones vulgares. La literatura de Quevedo, particularmente sus jácaras, ha sido objeto de traducción y adaptación en otros idiomas, resaltando la relevancia de su obra satírica y burlesca y su impacto en la literatura española.
Allí llegaban los domingos y festivos multitud de jóvenes labriegos de los pueblos de los alrededores para gastarse sus jornales en la casa pública, marineros y trabajadores del cercano puerto donde anclaban las naves de la Carrera de Indias. Para evitar peleas se permitió que la casa llana se abriese los domingos a partir del toque de campana del mediodía y en la festividad de la Magdalena, espejo de prostitutas arrepentidas; acudía al burdel un predicador
para que amonestase a las mancebas y les pedía abandonar el oficio y entrar en una casa de arrepentidas con la promesa de obtener una dote y casarse.
Cortesana de Tintoretto.
Los Fajardo familia aristocrática fueron los “Señores de las Putas” que poseyeron en Andalucía quince mancebías. Por su parte, las duquesas de Osuna y Medina Sidonia ejercían su caridad y ofrecían dotes a toda ramera que quisiese casarse.
Por la Real Pragmática del 10 de Febrero de 1623, Felipe IV prohibió formalmente las mancebías, burdeles públicos, en todo el Reino de Castilla, lo que no supuso el fin de la prostitución, que continuó existiendo toda la Edad Moderna como una actividad ilegal.
FUENTE: Formas y funciones de la prostitución hispánica en la edad moderna: el caso andaluz
Andrés MORENO MENGÍBAR. I.E.S. Santa Aurelia-Sevilla. Francisco VÁZQUEZ GARCÍA. Universidad de Cádiz
María Luisa Lobato, catedrática de Literatura Española en la Universidad de Burgos. «Loas, entremeses y bailes de Agustín Moreto» y «La jácara en el Siglo de Oro».
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Actualidad
La V Gran Caracolá será en la Plaza de San Sebastián los días 29 y 30 de mayo
Published
8 horas agoon
27 mayo, 2026
La Plaza de San Sebastián volverá a llenarse de olor a hierbabuena, caracoles recién cocidos y música en directo con la celebración de la V Gran Caracolá de Marchena, que tendrá lugar los días 29 y 30 de mayo de 2026. La cita, organizada por la Pontificia, Real Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Dulce Nombre de Jesús, María Santísima de la Piedad y San Juan Evangelista, contará con actuaciones musicales, ambigú a precios populares y diversas actividades festivas en pleno centro histórico de la localidad.
El cartel anunciador confirma que la fiesta arrancará el viernes 29 a partir de las 21:30 horas con la actuación de la Agrupación Musical Dulce Nombre de Jesús, mientras que el sábado 30, desde las 13:00 horas, continuará la convivencia gastronómica y festiva que culminará por la noche con la actuación del grupo flamenco-fusión Maraké. Los caracoles volverán a estar elaborados por “José El Tontorrón”, conocido establecimiento de Paradas especializado en esta receta tradicional andaluza.
La Caracolá se ha consolidado en pocos años como una de las actividades gastronómicas y de convivencia más concurridas de la primavera marchenera.
La edición anterior, celebrada en 2024, supuso la consolidación definitiva de esta iniciativa impulsada por la hermandad, que comenzó años atrás como una convivencia gastronómica de menor formato y terminó transformándose en una cita habitual dentro del calendario festivo de mayo en Marchena.

Cultura
De como las modas de Paris en la feria del siglo XIX desembocaron en los trajes de faralaes
Published
9 horas agoon
27 mayo, 2026
Las ferias de finales del siglo XIX eran muy distintas a las de hoy. Al amanecer las ganaderías tomaban el real, los turistas buscaban a las Cigarreras y a las gitanas como algo exótico y las modas francesas desplazaban a los trajes andaluces.
La moda de Francia había invadido la moda y hasta el habla andaluza: «Oiga usted, señorita, ¿me hace usted el favor de cantar una petenera?. «Avec beaucoup de plaisir», dice la niña que habla muy mal francés y canta peor flamenco. «Donne moi un cigarrete».
Suena a veces la guitarra pero va dominando el piano y aunque no están vedadas las malagueñas ni las sevillanas, suelen oírse cuplets franceses en la feria de Sevilla según el relato de Más y Pratt.
Al alba del primer día de feria de Sevilla, el Prado de San Sebastián es tomado por los ganaderos de Marchena, Écija, Lora, Carmona, Mairena, Morón, Estepa.
Los feriantes andaluces suelen llevar a remolque sus familias, principalmente el tratante gitano. Las filas de carretas entran en El Prado produciendo un sonido original que procede de los crujidos de las llantas.
Los que llevan ganado boyar suelen ir al paso de sus carretas preparadas para la excursión con todos los aditamentos necesarios con toldos o tejidos de palma y bajo el tablón el cántaro de agua fresca.
Las caballerias llegan al Prado levantando nubes de polvo, la sangre del corcel andaluz se enciende con la fatiga y sus elásticas piernas se fortifican.
Se levantan tiendas provisionales, se amontona el ato de que forma parte la manta y la alforja, que han de servir de colchón y de almohada y se coloca en el lugar más seguro la bota de vino.
Los gitanos comienzam la tarea de los tratos, que para ellos es siempre fructuoso, corriendo como chispas eléctricas por todas partes con la faja mal compuesta, la chaquetilla arremangada, el pantalón a media pierna y el sombrero bailando sobre la coronilla.
Oiga usted excelencia, dicen a un señorito del pueblo con chaqueta de terciopelo. Tengo un tronco alazano que es el mismo que llevó al cielo el coche de San Elías. El feriante le responde, que más bien parece propio de coche fúnebre de tercera clase, y se despide con un «que usted se alivie».
Después de que se ha valido de todos los subterfugios imaginables para engañar al feriante, metiendo a los caballos agujas en la oreja para que se avispe, saca de su petaca un cigarro y le dice con exquisita finura: por estas cruces de Dios se lleva usted el bicho mejor de la feria.
Los ingleses y franceses que vienen a Sevilla por feria quieren ver la Fábrica de Tabacos y la calle San Fernando cuando salen a bandadas como las golondrinas las cigarreras que dejan la faena muy temprano y se dirigen al Real luciendo sus mantones de manila y sus peines altos y enroscados sobre la coronilla. La Cigarrera no es gitana ni flamenca sino un compuesto de ambas.
Las tiendas aristocráticas aparecen cercadas de macetas de porcelana con musgos y begonias, con colgaduras de Damasco, cubiertas de alfombras, llenas de jardineras y espejos, y a la puerta de su sencilla balaustrada, butacas escaños y elegantes mecedoras donde dormitan los señores de clase media.
La alta sociedad sevillana estos días se permite usar la falda corta de raso y la calada peineta de concha, la mantilla de encaje y el corpiño ajustado de la flamenca, comen jamón dulce y pavo trufado, emparedados y pastas de vainilla y beben Jerez y manzanilla.
Mas alla hay tascas de feria con carteles de vino y caracoles, menudo, taberna, buñuelos y aguardiente. Alli se ven las hermosas gitanas de pura sangre. La flamenca, suele aparecer allí cantando por todo lo alto y ostentando todas las gracias de sus especies.
La gitana no se pone el pañuelo terciado con los flecos en la tierra sino que se envuelven el mantón y golpea las tablas haciéndoles crujir bajo sus plantas.
En las buñolerías, estos gitanos apuran todo el caudal de su ingenio para formar adornos y pabellones, puede decirse que en el recinto se pone las bordadas enaguas de las gitanas y sus sábanas de novia al entrar.
Texto: Mas y Pratt en La Ilustración española y americana. 22/4/1888. Fotos: Salvador Azpiazu. 1890.
Historia
San Ginés: ermita, lazareto, manantial y molino de aceite
Published
4 días agoon
24 mayo, 2026
San Ginés es uno de los lugares más interesantes del pasado de Marchena. Las fuentes históricas antiguas nos cuentan que aquí había una ermita donde vivían ermitaños. También se encontraron algunos restos romanos en la zona. Además hasta hace cincuenta años tuvo una fuente pública para el ganado. Era el inicio del camino de Osuna y Granada y fue usado como lazareto en las epidemias del XIX.
San Ginés de Arlés fue un mártir cristiano que falleció decapitado en 303 bajo el mandato de Diocleciano en el municipio de Trinquetaille, al pie de una morera. Nombrado secretario de un magistrado romano, se negó a abandonar el cristianismo y huyó y luego fue capturado y ejecutado por los romanos.
San Ginés en Marchena es un importante yacimiento arqueológico poblado desde el neolítico y donde aparecieron dos vasos campaniformes que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional y varias tumbas romanas.
Además San Ginés tuvo una Almazara de doble piso y patio central en unas dependencias de molino incluyendo trujales, sala de prensa y restos de antiguas cuadras, según el IAPH.
San Ginés era además un lugar rico en aguas subterráneas donde se construyó una ermita, habitada por ermitaños, y donde había unos pilares con agua para el ganado que en el XIX se convirtieron en uno de los lavaderos públicos del municipio.
Lo que hasta entonces era un abrevadero de ganado comenzó a ser usado como lavadero público -San Ginés y de la Ventilla-, por lo que el Ayuntamiento publicó unos edictos «en los que se prohíbe lavar la ropa en dichos pilares bajo la pena de multa», según explica Pepe Villalobos en su obra Siglo XIX Tomo I Decadencia Guerra y Revolución.
En 1800 el arzobispo de Sevilla don Luis María de Borbón cedió las ermitas de San Roque y San Ginés para que sirvieran de lazaretos para curar a los enfermos y fortalecer a los convalecientes de la epidemia de fiebre amarilla, al mismo tiempo que el pueblo se cerraba y confinaba y se establecía una zona de va desde el camino de las cuestas hasta San Ginés y se prohibía enterrar a las victimas de la epidemia en los templos.
En 1824 el Arzobispado ofrece al Ayuntamiento de Marchena la venta de las abandonadas ermitas de San Ginés en la salida hacia La Puebla de Cazalla y San Roque, que luego se convierte en cementerio municipal, que junto con Santa Justa eran las tres ermitas rurales del entorno de Marchena.
De nuevo en 1830 el Arzobispado comunica por escrito al Ayuntamiento que quiere desprenderse de las ermitas por la cantidad anual que se estipule, incluyendo los edificios de las ermitas de San Ginés y San Roque, y los terrenos circundantes que disfrutaban los antiguos ermitaños, pero el Ayuntamiento entonces no está interesado. Será con la reiteración de las epidemias y la prohibición definitiva de enterramiento en todas las iglesias cuando el Ayuntamiento decide finalmente instalar el cementerio municipal a finales del XIX en la ermita de San Roque, junto al lavadero.
Igualmente, el Ayuntamiento se ve en la obligación de traer al pueblo el agua de San Ginés y del “El Lavadero”, situados ambos a más de una milla de la población, teniendo en cuenta que la única fuente del pueblo estaba en mal estado y no se podía usar.
El Ayuntamiento acuerda que los peritos estudien la conducción de las aguas desde el manantial de San Ginés hasta el pueblo solicitando, licencia al Real y al Consejo de Castilla para emprender la obra.
Hermandades
Toros, danzas, fuegos artificiales y carros alegóricos: así era el Corpus del siglo de oro
Published
1 semana agoon
19 mayo, 2026
El Corpus era la principal celebración religiosa del año, y a ella se sumaban la iglesia, el Duque y el Ayuntamiento, que no reparaban en gastos y medios para realzar la fiesta.
Era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.
En las vísperas salía la Tarasca acompañada de diablillos y mojarrilas, también hubo carros alegóricos, arcos efímeros que se instalaban en las calles, que se empedraban, por donde pasaba la procesión, fiestas de toros, fuegos artificiales y luminarias, meriendas y reparto de pan, grupos de danzas de gitanos, música de ministriles, etc. Todo esto hacía del Corpus la principal fiesta de Marchena.
Los grupos de danzas, la tarasca, los diablillos y mojarrilas y los toros quedaron prohibidos por el Rey en toda España en 1765 al considerarse que restaba devoción y era poco serio para esta fiesta.
Esto nos cuenta la investigación realizada por Ramón Ramos sobre datos del Ayuntamiento que pagaba dichos gastos, que se sumaba a lo que gastara la iglesia y el propio Duque.
La Tarasca, que era una especie de dragón que simbolizaba el pecado, salía la víspera del Corpus. Era una talla también efímera porque se pagaba cada cierto tiempo por hacer una nueva.
Cristóbal Díaz hizo una Tarasca en 1603 y en 1667 el carpintero Francisco Martín cobró 600 reales por hacer otra. Salía acompañada de diablillos y mojarrillas, vestidos con trajes grotescos de colores. Los diablillos iban haciendo ruido con unas vejigas llenas de piedras. En 1656 el sastre Hernando Padilla hizo sus trajes.
Para la víspera las luminarias se colocaban en las plazas públicas y en las calles arcos y en altares y se gasta mucho dinero en el cera.
Las luminarias alumbraban las calles y plazas en la tarde noche de las Vísperas, consistían en barriles y lebrillos con pez y virutas, hachas.
También era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.
En 1656 en Marchena ya hubo corrida de toros en el Corpus . También en Marchena hubo procesiones de carros alegóricos una especie de teatro en carros en los que venían comediantes con un rico y complejo aparato escénico. Los pasos representaban escenas de las Sagradas Escrituras.
Historia
La aduana olvidada de Marchena: los fielatos donde se pagaba por entrar con vino, aceite, carne o trigo
Published
1 semana agoon
18 mayo, 2026
Los antiguos fielatos de Marchena funcionaban como pequeñas aduanas locales situadas en las entradas del pueblo. La Puerta Real, al final de la calle Real o Carrera —hoy entorno de Compañía— fue uno de los puntos clave de control fiscal.
En Marchena hubo un tiempo en que entrar en el pueblo con un carro cargado no era simplemente cruzar una puerta. Era detenerse, declarar la mercancía, pesarla, medirla y pagar. Aceite, vino, vinagre, carne, trigo, jabón, ganado o cualquier producto destinado a la venta podía encontrarse con la mirada del fiel, la romana sobre la mesa y la cuenta abierta.
Aquellas pequeñas aduanas interiores se llamaban fielatos. No eran monumentos, ni conventos, ni palacios. Pero cuentan una parte fundamental de la historia cotidiana: la del impuesto que esperaba al vecino antes incluso de llegar al mercado.

La Puerta Real, el punto clave de la antigua fiscalidad
La documentación de 1826 sitúa uno de los espacios principales de control en la Puerta Real, también llamada Puerta de Osuna, ubicada “al final de la calle Real o Carrera”. Ese año, las autoridades marcheneras pusieron en marcha la recaudación de los llamados Derechos de Puertas, que habían sustituido a las antiguas Rentas Provinciales. Para evitar que nadie esquivara el pago, se acordó el cerramiento total de la villa y la vigilancia de sus entradas.
La razón era clara: todo producto introducido en la villa para venderse debía abonar una tasa. Para recaudarla se establecieron fielatos en las puertas de entrada, donde los dependientes cobraban según la cantidad y calidad de la mercancía.

De puerta militar a punto de pago
La tradición documental recogida en La Marchena Secreta añade un dato de gran valor urbano: la Puerta Real de la Calle Real —Compañía— fue tapiada por los franceses en 1810 para evitar ataques de las tropas españolas. Después, en ese entorno se instalaron fielatos para el pago de impuestos.
Es decir, el espacio de Compañía no solo fue paso de vecinos, tropas, arrieros y mercancías. También fue una frontera económica. Allí donde hoy se cruza casi sin mirar, antes podía levantarse una barrera más eficaz que una muralla: la del papel sellado, la báscula y el cobrador.

Los fielatos del siglo XIX: San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la estación
A finales del siglo XIX el sistema aparece mucho más organizado. En 1889 se acordó instalar el fielato central en la calle San Sebastián número 67, en una casa alquilada por 3 pesetas diarias. Además, se dispusieron casetas o puntos de intervención en las entradas de San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la Estación del ferrocarril.
La llegada del tren obligó a extender el control hasta la estación. Donde entraban mercancías, entraba también la Hacienda. Y donde había Hacienda, aparecían básculas, libros, impresos, rondas de vigilancia y empleados.

Plano de Marchena en 1826 que ubica los fielatos que había en Marchena
El gasto fue considerable: básculas para los fielatos por 627,50 pesetas, un escritorio para el fielato general por 3.000 reales, cinco escopetas, una carabina, pólvora, balas y hasta 30 pitos para la ronda de vigilantes. Aquello no era una simple mesa con un sello: era una maquinaria fiscal completa.
El fiel medidor: el hombre que daba fe del peso y la medida
En este mundo de impuestos, el personaje clave era el fiel medidor, junto al fiel de la romana o fiel romanero. Su función consistía en garantizar que los pesos y medidas fueran correctos en las compraventas. En una economía agraria, donde el trigo, el aceite, el vino o la carne se vendían por medidas concretas, una pesa trucada podía ser una ruina.

“Aquí se pesaba, se medía y se cobraba”.
Veleta del antiguo fielato de Marchena. Las balanzas recuerdan el trabajo del fiel medidor y del fiel de la romana, encargados de pesar, medir y controlar las mercancías sujetas al impuesto de consumos.
Tiene además un doble juego simbólico precioso. La palabra fiel se relaciona con el funcionario que da fe de la medida justa, pero también con el fiel de la balanza, la pieza que marca el equilibrio. Es decir, la veleta está diciendo, con hierro y viento, que aquel lugar era territorio de la medida oficial.
La cruz superior seguramente responde al lenguaje visual tradicional de la época: muchos edificios públicos o semipúblicos incorporaban símbolos religiosos, pero el mensaje específico del fielato lo dan las balanzas. No hablan de justicia abstracta, sino de algo mucho más cotidiano: el pan, el vino, el aceite, la carne y el impuesto que pesaba sobre todo ello.

En 1832, la Intendencia General de Andalucía pidió al Ayuntamiento de Marchena un informe sobre si debían mantenerse los oficios de Fiel medidor y Fiel Romanero. Los síndicos Juan Guerrero Estrella y Ramón de Torres y Atienza respondieron que entre 1812 y 1818 esos oficios habían quedado en libertad, pero que luego volvieron a manos de la duquesa de Arcos. Según el informe, durante los años sin control se produjo un “notable desorden en el arte de medir y pesar”, con perjuicio para labradores, tenedores de grano y compradores al por menor.
El sistema cobraba una pequeña retribución de cuatro maravedíes, que pagaba comprador o vendedor. A cambio, se pretendía evitar engaños en el comercio. El informe prefería la medición directa en el momento de la venta antes que el simple aforo de almacenes, porque este último permitía ocultar género.

Saber más
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo. Marchena 1800-1833. Tomo II. Datos sobre Derechos de Puertas, Puerta Real, fielatos y fiel medidor.
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Restauración plena y crisis finisecular. Datos sobre fielato central de San Sebastián, casetas de Compañía, Santa Clara, Barranco y estación.
- La Marchena Secreta. Libro. Referencia a la Puerta Real / Calle Real / Compañía, tapiada en 1810, y posterior instalación de fielatos.
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo I. Contexto sobre fiscalidad, portazgo, consumos y derechos señoriales.
Historia
Los molinos históricos de Marchena: aceite, trigo y un viejo molino de viento flamenco
Published
1 semana agoon
17 mayo, 2026
Marchena no tuvo “un” molino: tuvo un pequeño mundo de molinos. En sus documentos aparecen molinos aceiteros, molinos harineros movidos por el agua del Corbones, tahonas, fábricas de harina y hasta un molino de viento traído desde Flandes en el siglo XVI. La cifra, por tanto, cambia según lo que contemos.
La fotografía más clara del primer tercio del siglo XIX dice que Marchena tenía 31 molinos de aceite y tres molinos harineros sobre el río Corbones. Es decir, 34 molinos documentados en ese momento, sin contar el antiguo molino de viento ni otros molinos que aparecen en épocas posteriores. José Alcaide Villalobos recoge para la villa 14 hornos de pan, tres molinos harineros en el Corbones y 31 molinos de aceite; además, señala que esos 31 molinos aceiteros producían 11.874 arrobas de aceite al año.

Pero la historia no se queda quieta. Los mapas y estudios locales elevan el máximo conocido de molinos aceiteros a 35 en 1861. Después llegó el declive: 19 en 1875, 23 en 1901, 13 en 1930 y apenas restos o supervivencias en el siglo XX. El estudio de María del Carmen Parias Sáinz de Rozas sobre las haciendas de olivar de Marchena, publicado en las Actas de las IV Jornadas sobre Historia de Marchena, es una referencia académica clave para entender ese paisaje olivarero.
Dónde estaban
Los molinos de aceite se repartían entre el casco urbano, el ruedo agrícola y las propiedades conventuales. No siempre conocemos la ubicación exacta de cada uno, porque muchos documentos citan al propietario y no la calle. Aun así, las fuentes permiten situar varios puntos:
En la calle Santa Clara estaba el molino vinculado al convento de Santa Clara, que rentaba 1.100 reales, y en la memoria oral del siglo XX aparece también el molino de Cortés en esa misma calle.
En Fontinas se ubicaba el molino aceitero del convento de San Agustín, que tras la Guerra de la Independencia sufrió robos en puertas, ventanas, cerrojos y fábrica interior.

En el Vallisco estaba el molino de Miguel Moreno; junto a los depósitos de agua de la carretera, el de José Aguilar Barea; en la calle Duarte, el de Cesáreo García Rubio, al lado del molino de Mariano Sanz; y en la calle Pernía, el de Antonio “El Granaíno”. También se citan el molino de Pepe Romero frente a la Industria Aceitunera Marciense, otro frente a la iglesia de Santa Isabel y otro en la finca La Cobatilla, propiedad de Mercedes de Sal y Sanz.
Un mapa de 1826 recoge además los molinos de San Andrés, Terneros, Guardaplata y Montiel, nombres que suenan casi como mojones de una Marchena agrícola ya desaparecida.
El molino de Mariano Sanz es citado como el molino antiguo mejor conservado de Marchena: mantuvo almazara, prensas hidráulicas, tinajas, correas, bombas de transmisión, cuadras, pajares, pozo y espacio para el alpechín. El de Los Pérez, situado frente a Mercadona según la fuente local, aparece como el último molino antiguo en funcionamiento durante buena parte del siglo XX.

Los molinos harineros del Corbones
Marchena también molía trigo. La documentación de 1815 habla de tres molinos harineros dentro del término, movidos por el agua del Corbones. En los expedientes se citan el molino de La Caridad, el molino de don Joaquín Clasevout y el molino de San Pedro.
La Diputación de Sevilla, en su información turística sobre el río Corbones, amplía la memoria hidráulica y afirma que sus aguas llegaron a mover hasta siete molinos harineros en Marchena. Esto no contradice necesariamente la cifra de tres: una fuente habla de los molinos documentados en un momento administrativo concreto; la otra resume una serie histórica más amplia del río.
El molino de viento de San Miguel
La pieza más singular es el molino de viento del barrio de San Miguel. La documentación citada en La Marchena Secreta habla de Maese Pedro Jaus, “el flamenco”, vecino de Sanlúcar de Barrameda, a quien en 1549 se le dieron 400 ducados para ir a Flandes y traer un molino de viento de madera para moler trigo.
La toponimia conserva una pista preciosa: cerca de La Ventilla se menciona el cerro del molinete de viento, asociado al abastecimiento de agua y a la antigua fuente de San Antonio.
Saber más
Fuentes principales consultadas: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX, tomos I y II; La Marchena Secreta; Ruta del León; María del Carmen Parias Sáinz de Rozas, Las haciendas de olivar de Marchena; informe del IAPH sobre la comarca Morón-Marchena, que destaca la importancia de molinos harineros hidráulicos y almazaras en el patrimonio industrial de la zona.
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