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Historia

La torre de Santa María, una obra de gran belleza de Hernán Ruiz II

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La torre de Santa María de Marchena es una obra de gran belleza de un gran maestro, Hernán Ruiz II,  (Córdoba 1514-  Sevilla 1569) Maestro Mayor de obras del Arzobispado de Sevilla, quien trabajó en ella -con  genio y maestría-  en 1567, al mismo tiempo que trabajaba en la Giralda, tal y como expone Alfredo J. Morales en su trabajo para el laboratorio de arte hispalense de 1995.

Con él trabajaron una serie de colaboradores habituales de Ruiz en la catedral sevillana, tales como el herrero Cosme de Sonibas que hizo «un harpón e cruz», piezas metálicas para el remate del campanario por las que percibió 4.746 maravedís. Gaspar López, vecino de Sevilla trajo las maderas para los andamios, mientras los canteros Pedro Francés y Juan Ruiz labraron «los cartones para la torre».

Según Alfredo J. Morales la torre de Marchena ha perdido los remates, que coronaban el segundo cuerpo, que contribuían a enriquecer plásticamente el conjunto. 

Los hermanos Juan y Lorenzo Rodríguez, canteros que trabajaron en la Capilla Real hispalense, labraron los sillares para el campanario de Santa María de la Mota en 1567, junto con el cantero Juan de Ochoa, y Gonzalo Linar los cuatro sevillanos además de los tejeros Juan de Estepa y Antón Sánchez, vecinos ambos de Marchena, por diversas partidas de ladrillos para dicha obra.

Dos de las hijas de Hernán Ruiz II se casaron con Jerónimo Hernández y Andrés de Ocampo.

El ceramista sevillano Luis de Orellana, suministró los azulejos y espejos de cerámica vidriada de la torre 19 . Otro tanto ocurre con el cantero Gonzalo Linar, quien junto a Juan Rodríguez y Juan de Ochoa aparece labrando cantería para el campanario.

Los maestros albañiles Diego López Pavón y Juan de Morales cortaron y prepararon los ladrillos y azulejos, junto con sus ayudantes.

Hernán Ruiz II hizo además la torre de Santa Cruz de Ecija, las torres de San Felipe y San Pedro, de Carmona, llamada la Giraldilla, San Miguel de Morón y Santa María de Mesa de Utrera. Además de trabajar en la catedral de Sevilla, hospital de las Cinco Llagas, Puerta de la Macarena, Puerta de Jerez,  Ayuntamiento de Sevilla, San Jerónimo, Anunciación,  San Agustín, San Pedro y la Cartuja en Sevilla.

Los sillares fueron traídos de Morón y de Osuna y la cal se encargó a Cristóbal Rodríguez tal como aparece en el Libro 3° de cuentas de San Juan de 1566 asta 1568.

La torre de Santa María es una muestra del grado de maestría y especialización sobre campanarios desarrollado por Hernán Ruiz el Joven, adaptándose a los condicionantes, con un mismo lenguaje pero sin repetirse. 

Torre de Santa Cruz restaurada; detalle

Por los asientos del archivo parroquial de San Juan sabemos que previamente, el mismo maestro  trabajó en las torres de San Juan y San Miguel, sin que se conozcan detalles de su intervención.  En los libris dic e que Hernán Ruiz «vino a visitar la torre de San Juan e San Miguel».  En 1567 se proyectaba ampliar el templo aunque solo fue un proyecto irrealizado.

En el lado sur puede verse escudo de azulejos de Luis Cristóbal Ponce de León, Duque de Arcos, por ser este el frente de la torre visible desde el palacio. 

Su experiencia en resolver los problemas compositivos se había incrementado, como consecuencia de su trabajo en la Giralda, que aún no había concluido cuando inició el campanario de Marchena. El arquitecto construyó un cuerpo de campanas sobre una torre preexistente.

La torre de Santa Maria destaca por su esbeltez, -tiene  cuatro metros por cada lado-. Tiene  con una base de sillares, similares a los de la portada gótica, y encima una superposición de cajones de tapial medieval, con ladrillos en sus ángulos.

El remate del campanario de Santa María con una media naranja cubierta de azulejos recuerda al que Hernán Ruiz diseñó unos diez años antes para la torre  de San Lorenzo de Córdoba.

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Así es la ruta de Fray Luis de Bolaños entre Argentina y Paraguay

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Cada 16 de julio los argentinos y paraguayos realizan procesiones náuticas sobre el río Paraná con dos imágenes de la Madre de Dios: la Virgen de Itatí (Argentina) y la Virgen de Caacupé (Paraguay). Dos países, Argentina y Paraguay unidos por el marchenero Fray Luis de Bolaños.

El 16 de julio de 2016 se congregaron en el santuario de Itatí, 300.000 personas por el 116º aniversario de la coronación pontificia de la imagen de Nuestra Señora de Itatí, en su encuentro con la Virgen de Caacupé.

El propio sepulcro de Fray Luis de Bolaños fue sacado en procesión en 2007 por la ciudad de Caazapá conmemorando los cuatrocientos años de su fundación. De 1629, sus restos permanecieron en Buenos Aires pero en 1979, se trasladaron al templo de San Francisco de Asunción.

Durante todo el año, ambas imágenes reciben por separado multitud de romerías y peregrinaciones similares a las romerías de Andalucía con carretas y con folclore popular.  La devoción a la Virgen Azul de Caacupé ya se ha establecido en Málaga traída por emigrantes Paraguayos. En Marzo de 2010 el embajador de Paraguay vistó Marchena entrevistándose con su alcalde para estrechar lazos.

En el 2015 la festividad también coincidió con los 400 años de fundación de esta localidad argentina, denominada “Itatí, tierra de María”. Ambos países y ambas vírgenes tienen en común su origen; el franciscano marchenero Fray Luis de Bolaños.

La ruta de Fray Luis de Bolaños por Argentina y Paraguay

Santuario de Caacupé.  Patrona de Paraguay y los guaraníes, su templo fue declarado basílica menor por el Papa Francisco en 2015.  La Virgen es obra de un indio converso y apareció flotando tras la inundación del lago Ypacaraý (agua bendita) que amenazaba las aldeas cercanas hasta que Luis de Bolaños las bendijo y las aguas retrocedieron, según la leyenda. Desde entonces se llama la Virgen de los Milagros.

La Asociación de Paraguayos de Málaga donó en 2016 a la iglesia de San Juan Bautista una réplica de la Virgen de los Milagros de Caacupé, o Virgen Azul y en 2012 a Vélez Málaga.

Convento franciscano de Asunción Paraguay.

Asunción (Paraguay).  Luis de Bolaños y Alonso de Buenaventura se establecen en Asunción y comienzan su trabajo con los guaraníes. Juan Romero, primer superior jesuita de Asunción que se hizo cargo de las misiones franciscanas dice que «aquí nos enseñaba el padre fray Alonso de Buenventura, aquí sobre esta peña se ponía a orar; porque tenían y tienen tanta estima de su santidad los indios que notaban todo cuanto hacía como acciones de santo».

En 1585 Bolaños fue ordenado sacerdote por Alonso Guerra, obispo de Asunción y nombrado prior del franciscano de Asunción, que abandonó para seguir fundando reducciones.

San Lorenzo de los Altos. (Paraguay).  Bolaños  y Alonso de San Buenaventura fundan San Lorenzo de los Altos a 40 km. de Asunción en 1580. Fundan una reducción  iniciando la enseñanza de la doctrina cristiana en forma estable.

San Salvador de Jujuy. (Argentina) Fundan reducciones para asentar a las tribus nómades en poblaciones fijas y estables, donde se les enseñaba junto a la doctrina cristiana a leer y escribir, cultivar la tierra, domesticar animales y fabricar artesanías.

San José de Caazapá. Paraguay. Fundada en 1607 por Luis de Bolaños, se convirtió en la principal misión de la región y luego en un pueblo. La leyenda dice que los nativos rebeldes piden al franciscano, agua en prueba de la existencia de Dios. El fraile tocó una piedra con su bastón, bajo ella el agua comenzó a manar y desde ese momento no ha dejado de hacerlo en una fuente conocida como Ykua Bolaños. Conserva un museo franciscano.

Tobatí. (Paraguay).  A 63 kilometros de Asunción, tiene un afamado santuario a la Inmaculada. Fundada en 1539 por  Domingo Martínez de Irala, gobernador, fue entregada a Fray Luis de Bolaños en 1583. En esa época y fruto de la mexcla cultural nace el estilo guaraní-franciscano, una rama artesana del barroco hispanoamericano que se transmite hasta nuestros días de padre a hijo en varias familias de artesanos, en especial los Páez y Esquivel. En Tobatí los guaraníes aún trabajan la madera y el barro desde los tiempos de los franciscanos.

Atyrá  (Paraguay). Fundada por el gobernador Domingo Martínez de Irala  en 1539 y en 1580, llegan los misioneros franciscanos Alonso de San Buenaventura y Fray Luis de Bolaños El Cuero, se trabaja de modo artesanal desde la época de las misiones.

Yaguarón (Paraguay): En 1600, los franciscanos encabezados por Fray Alonso de Buenaventura y Fray Luis de Bolaños construyen la iglesia que aún se conserva y es una de las más hermosas muestras de las construcciones franciscanas en el Paraguay. En el altar de la iglesia puede apreciarse el estilo franciscano-guaraní de las tallas realizadas a mano por los indios. Su fiesta patronal es la de San Buenaventura.

Itaí (Argentina). La Virgen de Itatí es la devoción más importante de Argentina y patrona de la provincia de Corrientes. La tradición dice que el rezo del Rosario salvó a Luis de Bolaños y los aborígenes que este había convertido al catolicismo de un ataque de nativos rebeldes. La tradición dice que el arroyo Yaguarí se abrió gracias la Virgen.

Baradero (Argentina). Santiago del Varadero fue creada en el año de 1615, como una misión franciscana por Fray Luis de Bolaños por orden de Hernandarias, Fernando Arias de Saavedra, hijo del explorador sevillano Martín Suárez de Toledo y Saavedra.  gobernador de Asunción Río de la Plata y del Paraguay, entre 1572 y 1574.

Fray Luis de Bolaños con 72 años, comenzó a darle forma al pueblo; si bien Bolaños, por sus obligaciones misionales no pudo permanecer en forma absoluta en el lugar, dejó su espíritu organizador. Cuando llega el obispo de Buenos Aires se admira de su organización.

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Actualidad

Hijos y espadas: lo que el clero sevillano del siglo XVI obligó a prohibir

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Cuando el arzobispo fray Diego de Deza convocó el Concilio Provincial del Arzobispado de Sevilla en enero de 1512, no lo hizo para teorizar sobre virtudes abstractas. Lo hizo para corregir conductas reales, visibles y persistentes dentro del clero sevillano. Las constituciones que emanan de aquel concilio —y de otros sínodos diocesanos inmediatamente posteriores— revelan con crudeza dos problemas centrales: la existencia de hijos de clérigos y la presencia de clérigos armados en la vida pública.

No se trataba de sospechas aisladas. Eran prácticas suficientemente extendidas como para que la autoridad eclesiástica sintiera la necesidad de nombrarlas, describirlas y prohibirlas con precisión.

La Legislación de Deza: El Sínodo de Sevilla de 1512

Para abordar la relajación moral del clero, Diego de Deza convocó un concilio provincial en Sevilla en 1512. Este sínodo se enmarca en el movimiento de la reforma isabelina, que buscaba disciplinar al estamento eclesiástico y fortalecer su autoridad moral frente a la sociedad laica. Las constituciones sinodales de 1512 son una fuente rica en matices sobre la regulación de las costumbres clericales, estableciendo un marco jurídico para la persecución del concubinato.

Por eso se prohíbe expresamente que los clérigos estén presentes en bautismos, matrimonios o funerales de sus hijos, y que los lleven consigo o los exhiban en contextos litúrgicos. El problema no es solo moral; es público. El texto insiste una y otra vez en el concepto de escándalo, entendido no como rumor malicioso, sino como quiebra visible de la autoridad clerical ante la comunidad.

El lenguaje es significativo. No se habla de castigar al hijo, ni siquiera de investigar su existencia, sino de evitar la escena social en la que la paternidad clerical se hace evidente. El sistema no ignora el hecho: lo oculta, lo desplaza y lo silencia.

Este mecanismo —tolerancia práctica que exige discreción absoluta— es el que explica por qué tantas trayectorias vitales solo afloran cuando chocan con un expediente, una herencia o una promoción eclesiástica.

El Sistema de Penas en las Constituciones de 1512

Primera Amonestación: Si tras dos meses de haber sido requerido nominalmente, el clérigo continuaba con su manceba, se le privaba de la tercera parte de los frutos de todos sus beneficios.   

Segunda Amonestación: Si transcurrían otros dos meses sin enmienda, la sanción económica persistía y se añadía la posibilidad de ser encarcelado en la prisión episcopal.    Privación Definitiva: La persistencia en la relación después de un periodo prolongado (generalmente diez meses de amonestaciones acumuladas) conllevaba la privación total del beneficio eclesiástico y la inhabilitación para recibir nuevas órdenes o cargos por un tiempo determinado. 

Un aspecto curioso de esta legislación es que, en el mismo sínodo donde se condenaba el amancebamiento, también se procedía a defender a las mancebas de los clérigos frente a los posibles excesos de las autoridades civiles. Se establecía que estas mujeres no podían ser presas ni juzgadas por la justicia seglar sin que antes fueran sentenciadas como «públicas mancebas» por la autoridad eclesiástica. Este mecanismo no solo protegía la inmunidad eclesiástica, sino que indirectamente garantizaba que las familias de los clérigos tuvieran un proceso judicial más laxo que si fueran juzgadas por los tribunales reales.

. Los cánones prohibían que los clérigos dejaran sus bienes eclesiásticos a sus hijos, debiendo destinarlos a obras de caridad o a la fábrica de la iglesia. Sin embargo, los hijos de clérigos en Sevilla a menudo reclamaban con «sobervia» las posesiones de sus padres, argumentando que estos bienes procedían del patrimonio privado del eclesiástico o que habían sido adquiridos de forma legítima fuera del beneficio.

El Portal de Archivos Españoles (PARES) y otros fondos documentales locales recogen casos significativos de este periodo:

Hernando de Castro (1516): Se documenta la legitimación de varios juros impuestos sobre el almojarifazgo mayor de Sevilla a favor de Hernando de Castro, identificado como hijo de una figura eclesiástica local. Este proceso era esencial para asegurar que las rentas familiares no se perdieran a la muerte del progenitor.   

La Familia Ribera-Enríquez: Aunque se trata de alta nobleza, el caso de la legitimación del matrimonio entre Catalina de Ribera y Pedro Enríquez, que requirió bulas papales y la intervención del arzobispado, muestra cómo los procesos de limpieza de linaje y validación de descendencia eran una preocupación constante en la élite sevillana.   

Hijos de Caballeros y Clérigos: Era común que los genealogistas resaltaran que los hijos habían nacido antes de que el padre tomara las órdenes, como una forma de mitigar el estigma. Ejemplos como los hijos de don Gonzalo de Zúñiga, obispo de Jaén, ilustran esta tendencia a blanquear la biografía familiar.   

El Fenómeno del Amancebamiento Clerical en la Sevilla del Siglo XVI

La realidad del clero sevillano en tiempos de Deza distaba considerablemente del ideal de celibato promovido por la teología oficial. El «amancebamiento clerical» era una práctica extendida y, en muchos casos, socialmente tolerada, que consistía en relaciones de convivencia estables y duraderas entre clérigos y mujeres, de las cuales nacían hijos que formaban parte del tejido social de la ciudad y la provincia.   

Estas relaciones no eran meros episodios de debilidad moral, sino que a menudo constituían «verdaderas familias funcionales». Los clérigos amancebados buscaban en estas uniones una solución a la soledad y a las necesidades cotidianas, mientras que las mujeres, a menudo denominadas «mancebas», encontraban en el clérigo un protector económico y social. En Sevilla, se tiene constancia de que las autoridades eclesiásticas a menudo amonestaban a los clérigos, pero estos optaban por continuar públicamente con sus relaciones debido a la laxitud en la ejecución de las penas y a la protección que el propio estamento clerical brindaba a sus miembros.   

La descendencia de los clérigos sevillanos presentaba diversas realidades legales y sociales, dependiendo del estatus del padre y del reconocimiento de la madre. La documentación de la época distingue entre varios casos, reflejando la complejidad de las relaciones familiares en el entorno del altar.

Es relevante observar que la descendencia no se limitaba al clero secular. En las órdenes regulares, a pesar del rigor de la clausura, también se daban casos de relaciones que generaban descendencia, aunque con una mayor carga de ocultamiento y estigma social. En el caso de Deza, su círculo más cercano en Sevilla, compuesto por hombres como el canónigo Diego Vázquez Alderete y su provisor Diego de Flores, formaba parte de un entramado donde los vínculos de parentesco y la protección de hijos naturales eran elementos comunes de la estructura de poder.   

Las espadas: separar al clérigo del hombre armado

El segundo eje es igual de elocuente. Las constituciones insisten en que los clérigos no porten armas, ni ofensivas ni defensivas. La reiteración de esta norma en distintos textos diocesanos demuestra que no se trataba de una excepción extravagante, sino de una conducta real.

La Sevilla del XVI era una ciudad de conflictos, de linajes, de pleitos, de caminos inseguros y de una fuerte cultura del honor. En ese contexto, algunos clérigos vivían —o querían vivir— como hombres del común: armados, capaces de defenderse, de imponer respeto o de participar en disputas.

La Iglesia reacciona trazando una línea simbólica muy clara: las armas del clérigo no son de hierro, sino espirituales. No es solo una cuestión de seguridad; es una cuestión de identidad. Un sacerdote con espada se parece demasiado al seglar, y esa confusión erosiona la jerarquía social y religiosa sobre la que se sostiene el orden urbano.

Todo este entramado normativo cobra sentido pleno cuando se baja al terreno de los nombres propios. Y aquí aparece el canónigo de la Catedral de Sevilla Jerónimo de Peraza, cuya historia documentada encaja como un guante en aquello que los concilios querían evitar.

Peraza, músico y canónigo, mantuvo una relación con una mujer de la que nació un hijo. Ese hijo no fue reconocido públicamente como tal, pero tampoco fue abandonado. Se le protegió, se le educó y se le encauzó profesionalmente. El problema no fue su existencia, sino su visibilidad.

Cuando años después el hijo aspira a progresar en el ámbito eclesiástico y musical, la maquinaria institucional se pone en marcha. En el expediente de limpieza, el pasado aflora con cautela extrema. Los testimonios hablan de secreto, de recato, de evitar “que se entendiese cosa alguna que tocase a la honra”.

Y es aquí donde entra Marchena. La madre fue trasladada al convento de Santa Clara de Marchena, lejos del foco sevillano, en un espacio religioso femenino donde el silencio era norma y la reputación podía recomponerse. No es un detalle secundario: es una solución social perfectamente alineada con la lógica conciliar.

El concilio prohíbe al clérigo acudir al bautismo de su hijo. El sistema, en la práctica, envía al hijo y a la madre a otro lugar, donde nadie pregunte.

El caso Peraza no es una anomalía moral. Es un ejemplo funcional de cómo operaba la Iglesia sevillana del siglo XVI frente a una contradicción estructural: un ideal de celibato estricto en una sociedad donde muchos clérigos vivían insertos en redes familiares, afectivas y de honor.

Las constituciones no buscan tanto erradicar de raíz estas realidades —algo prácticamente imposible— como controlar su impacto público. Que no se vean. Que no se nombren. Que no escandalicen.

Lo mismo ocurre con las armas. El problema no es solo que un clérigo empuñe una espada, sino que se confunda su figura con la del hombre violento, del hombre de facción, del hombre de linaje. La Iglesia necesita distinguir, separar, marcar distancia.

Por eso hijos y espadas aparecen una y otra vez en la legislación eclesiástica sevillana. Porque ambos elementos tocan el mismo nervio: la credibilidad del clero ante la comunidad.

Cinco siglos después, cuando leemos esos textos, no estamos ante hipocresías abstractas, sino ante radiografías sociales. Y cuando miramos a Santa Clara de Marchena y al expediente de Peraza, entendemos que aquellas prohibiciones no eran retórica: eran la respuesta escrita a vidas concretas que se salían del molde, pero que el sistema aprendió a administrar sin romperse.

Si quieres, en el siguiente paso puedo convertir esto en un reportaje publicable para tu revista, con entradilla periodística, estructura clásica y cierre marchenero, o pulirlo aún más hacia un tono de crónica histórica, según lo necesites.

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Historia

Cuando los tercios de Marchena y Osuna fueron a luchar a Nápoles, Flandes y Cataluña

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En la España del siglo XVII, los pueblos bajo jurisdicción señorial, como Marchena y Osuna, se convirtieron en puntos estratégicos para el reclutamiento de tropas que nutrían los ejércitos de la monarquía. Los tercios formados en estos territorios, gestionados por nobles como los Duques de Arcos y Osuna, partían desde estas localidades andaluzas hacia los principales escenarios de conflicto del Imperio Español, como Nápoles, Flandes y Cataluña.

La organización de compañías o tercios liderados por nobles como los Duques de Osuna, Marchena y Arcos. En 1657, se formó un tercio con tropas reclutadas en los dominios del Duque de Osuna. Este tercio constaba de 8 compañías, con 508 soldados y 52 oficiales, liderado por Don Rodrigo Girón, tío del duque. En 1652, el Duque de Arcos organizó el reclutamiento de 300 hombres en sus territorios, incluyendo Marchena. Finalmente, se lograron alistar 200 soldados que fueron enviados a Málaga.

En la segunda mitad del siglo XVII, la nobleza jugó un papel fundamental en el reclutamiento de tropas para la monarquía. En el caso de Marchena, el linaje de los Ponce de León, desempeñó un papel destacado al actuar como intermediarios entre la Corona y el pueblo, en un momento en el que el poder señorial todavía marcaba el ritmo de la vida local.

En el siglo XVII, los señores nobles desempeñaban un papel clave en el reclutamiento de tropas para la monarquía española, actuando como intermediarios entre la Corona y las comunidades locales. En sus dominios, organizaban levas de soldados, recaudaban impuestos para financiar las campañas militares y, en algunos casos, lideraban personalmente las tropas reclutadas. También utilizaban su influencia social para fomentar el alistamiento, aunque a menudo enfrentaban resistencia de una población empobrecida y reacia a abandonar sus hogares.

Este sistema enfrentó dificultades debido a la crisis económica que llevó a la resistencia de la población, las tensiones sociales y la falta de recursos lo que complicaban el cumplimiento de sus responsabilidades. A medida que la monarquía buscaba centralizar el poder y profesionalizar sus ejércitos, el protagonismo de los nobles en el reclutamiento comenzó a disminuir, siendo reemplazados por administradores reales y unidades militares permanentes.

El papel de los Ponce de León en el reclutamiento militar

 En el contexto de las guerras contra Portugal y Francia, la Corona recurría a los nobles para organizar el reclutamiento militar, y los Ponce de León, con su capacidad para movilizar recursos y mano de obra, se convirtieron en aliados estratégicos de la monarquía.

En varias ocasiones, la Corona solicitó al Duque que aportara hombres para campañas militares como la defensa de la frontera con Portugal y el envío de tropas a Italia

En agosto de 1652, el Consejo de Guerra solicitó al Duque de Arcos, que organizara el reclutamiento de tropas para la campaña en Extremadura, con el objetivo de defender la plaza de Badajoz ante el avance portugués. Se le encomendó la formación de un tercio compuesto por 200 hombres, quienes serían movilizados en las tierras bajo su jurisdicción, incluyendo Marchena​.

En 1667 durante la invasión francesa de los Países Bajos, la Corona pidió a varios nobles andaluces, incluido el Duque de Arcos, que reclutaran contingentes para reforzar el ejército en Flandes. Al Duque se le solicitó el alistamiento de 100 hombres en sus dominios, aunque su participación fue limitada debido a la resistencia de sus vasallos y a las dificultades económicas​.

En 1676 se cursaron distintas órdenes para reunir hombres para el ejército de Cataluña e Italia, ante la sublevación de la ciudad de Mesina. A la nobleza andaluza se pedía el reclutamiento de 1.000 hombres. Al Marqués de Priego se le encomendó la recluta de 200 hombres, 100 se reclutarían en sus estados de Andalucía. 

Luego se informó de una reorganización del reclutamiento, pidiendo 1.000 hombres para Italia al Asistente de la ciudad de Sevilla que saldrían de Écija y Carmona, y los estados nobles de Arcos, Osuna, Villamanrique, la Algaba y Estepa. Para costear la recluta se estipuló la entrega de 4.000 escudos por cada compañía,
además de la paga de dos meses de salario de los capitanes y oficiales elegidos para realizar el reclutamiento.

La resistencia local y los desafíos del reclutamiento

A pesar de su influencia, los Ponce de León enfrentaban obstáculos en la implementación de las levas. Los habitantes de Marchena, afectados por la crisis económica que azotaba al país, mostraban reticencias al reclutamiento obligatorio y los impuestos militares. Estas dificultades reflejan el declive del sistema señorial en favor de un Estado cada vez más centralizado, que comenzaba a asumir el control directo del reclutamiento en detrimento de los nobles.

La decadencia del poder señorial y su impacto en Marchena

A medida que avanzaba el siglo XVII, el poder de los Ponce de León como reclutadores militares fue disminuyendo. Aunque continuaron siendo figuras importantes en la vida social y política de Marchena, su influencia directa en el ámbito militar se redujo. La administración real comenzó a tomar el control del reclutamiento, utilizando oficiales reales y autoridades locales en lugar de depender exclusivamente de los señores feudales.

Para Marchena, este cambio significó una transformación en la relación entre sus habitantes y los duques de Arcos. Aunque la familia Ponce de León siguió siendo símbolo de poder y prestigio, su papel como mediadores en el ámbito militar quedó relegado, reflejando el paso hacia un modelo estatal más centralizado.

Los datos presentados en este artículo han sido extraídos del estudio «Los servicios de la nobleza y el reclutamiento señorial en Andalucía durante la segunda mitad del siglo XVII», escrito por Antonio José Rodríguez Hernández.

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Actualidad

Santa Clara de Marchena: cinco siglos de poder femenino, economía y espiritualidad

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Durante el reinado de los Reyes Católicos y en plena expansión religiosa reformista, muchas mujeres viudas o nobles financiaban la fundación de conventos como forma de devoción, patronazgo y salvación espiritual.

 El Convento de Santa Clara emerge como una de las instituciones más significativas y, paradójicamente, una de las más trágicamente desaparecidas del patrimonio de Marchena. Fundado en los albores del siglo XVI, este recinto no solo sirvió como espacio de clausura para la orden de las clarisas durante cuatrocientos setenta y dos años, sino que funcionó como un depósito de arte excepcional y un símbolo del poderío de los Duques de Arcos. Su demolición en 1975 representa un hito de pérdida irreparable, dejando tras de sí apenas una capilla que hoy custodia la memoria de un complejo que una vez definió el perfil urbano de la localidad.

La implantación de la Orden de Santa Clara en la actual provincia de Sevilla se remonta al siglo XIII, con la fundación del monasterio de Santa Clara de Sevilla en 1289, tras la conquista cristiana de la ciudad. Durante el siglo XV y los primeros años del XVI, el fenómeno fundacional se intensifica con la creación de nuevos conventos vinculados al patrocinio nobiliario y a la espiritualidad femenina. Destacan en este período el Convento de Santa Clara de Carmona (ca. 1460), el Real Monasterio de Santa Inés del Valle de Écija (1487), el Convento de Santa Clara de Marchena, fundado por las hermanas Juana y Elvira González de Lucencilla tras la bula de Alejandro VI (1499), y el Convento de Santa María de Jesús de Sevilla (1502).

El documento de fundación de Santa Clara de Marchena es una bula del Papa Alejandro VI. En ella, el pontífice, a través de dos comisarios apostólicos (el doctor Bernardo de Carvajal, deán de Coria, y el doctor Bernardo de Sandoval, canónigo de Sevilla), responde favorablemente a la solicitud de dos mujeres viudas de Marchena, quienes desean fundar un monasterio de monjas de la orden de Santa Clara (clarisas). Las fundadoras fueron las hermanas Juana y Elvira González de Lucencilla, pertenecientes a una familia noble de Marchena.

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Tras la aprobación papal solicitada por Juana y Elvira González de Lucencilla, el Convento de Santa Clara de Marchena fue durante casi cinco siglos un eje espiritual, económico y social en la villa. Más allá de su función religiosa, los documentos conservados en el Archivo Histórico de la Nobleza revelan cómo las monjas clarisas ejercieron un papel activo en la gestión de rentas, propiedades y censos, como acreedoras e incluso como litigantes en juicios por impagos.

La fundación del Convento de Santa Clara de Marchena se situa cronológicamente en un momento de efervescencia religiosa tras la toma de Granada y el inicio de la consolidación de las grandes casas nobiliarias en sus señoríos. La orden de las Clarisas, o Hermanas Pobres de Santa Clara, representaba el ideal de la vida contemplativa femenina, lo que atrajo el interés de los Ponce de León para dotar a su villa principal de un centro de espiritualidad de primer orden.

El establecimiento se localizó en la zona extramuros de la villa que conectaba el centro administrativo de la villa con sus arrabales. La elección de este emplazamiento permitía a la comunidad de religiosas mantenerse en contacto con el tejido social de Marchena sin renunciar a la estricta clausura que exigía la regla de San Damián

El proceso de fundación de un convento de estas características en el siglo XVI era complejo y requería no solo de la voluntad del fundador, sino de licencias eclesiásticas y reales, así como de una dotación económica suficiente para garantizar la subsistencia de las monjas. En Marchena, la interrelación entre la aristocracia y la Iglesia facilitó que este proceso se agilizara, convirtiendo al convento en un destino predilecto para las hijas de la nobleza local y de los servidores de la casa ducal, quienes ingresaban aportando dotes que enriquecían el patrimonio de la institución.

La relación entre los Ponce de León y el Convento de Santa Clara trasciende la mera financiación inicial. Los Duques de Arcos asumieron el papel de patronos, lo que les otorgaba derechos honoríficos y de enterramiento, pero también los obligaba a velar por el mantenimiento arquitectónico y artístico del recinto. Rodrigo Ponce de León, I Duque de Arcos, fue el gran impulsor de la transformación de Marchena en una ciudad conventual, favoreciendo no solo a las clarisas, sino también a los dominicos y agustinos.

Cristo gótico que se ubicaba en el Arco Toral. 

El patronato de los Ponce de León se manifestaba en intervenciones directas sobre la fábrica del edificio y en la donación de obras de arte. Este vínculo era bidireccional: mientras el duque aseguraba su prestigio y la salvación de su alma mediante oraciones perpetuas.

A lo largo de los siglos XVI al XVIII, decenas de vecinos de Marchena —muchos de ellos clérigos, religiosas o descendientes de las propias fundadoras— firmaron contratos de censo con el convento. A cambio de dinero, hipotecaban casas, tierras o viñas, comprometiéndose a pagar al convento una renta anual. La documentación incluso recoge la intervención de la Casa de Arcos, poderosa familia nobiliaria que, al adquirir algunas de estas propiedades, pagó directamente al convento para cancelar esas deudas y liberar las tierras de cargas.

El complejo conventual de Santa Clara en Marchena experimentó diversas fases constructivas que reflejaban las modas estéticas de cada siglo. El núcleo original presentaba elementos de tradición mudéjar, comunes en las fundaciones bajomedievales de la provincia de Sevilla.

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Entre los nombres que aparecen destaca también el del apellido Lucencilla, confirmando que los descendientes o familiares de las fundadoras mantuvieron relaciones económicas con el convento, asegurando así una continuidad tanto espiritual como patrimonial. Igualmente, religiosos como el presbítero Gaspar de Aguilar o la monja Isabel de Pineda intervinieron activamente en gestiones financieras en nombre del convento, lo que demuestra la implicación directa de figuras eclesiásticas en la economía local.

Dibujo de Salvador Azpiazu. 3 de mayo de 1915.

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El convento permaneció activo desde 1502 hasta 1974, cuando se disolvió la comunidad religiosa. Al año siguiente, en 1975, el edificio conventual fue demolido, aunque se conservó la iglesia, que aún hoy forma parte del patrimonio monumental de Marchena y mantiene algunos usos devocionales vinculados a las cofradías.

El secreto mejor guardado del convento de Santa Clara: el falso sobrino del clérigo Peraza

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La hermana Clarisa, Sor Clara de la Eucaristía Olvera López, fue la última monja que quedaba viva del convento de Santa Clara de Marchena y murió en 2020 en el convento de Estepa, donde está enterrada.

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El documento autoriza la fundación religiosa, siempre que se cumplan ciertas condiciones (como asegurar rentas y ubicación apropiada). Se menciona que los canónigos actuaban como comisarios apostólicos, es decir, con poder delegado directamente desde Roma para ejecutar y supervisar el cumplimiento de la bula papal.

Pintura de Santa Clara procedente del convento homónimo. 

A mediados del siglo XVIII, el convento sufrió una transformación radical para adaptarse a las exigencias del barroco tardío. En 1751, bajo las trazas del arquitecto Nicolás Carretero, se levantó una nueva iglesia que respondía al esquema típico conventual: una sola nave con coro a los pies y acceso lateral desde el lado de la epístola.

Esta intervención dotó al templo de una bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones, así como de una capilla mayor cubierta con una bóveda semiesférica sobre pechinas decorada con los escudos de armas de los Duques de Arcos. La fachada principal, fechada posteriormente en 1773, presenta una portada barroca con frontón partido y una hornacina que custodia la imagen de Santa Clara, rematada por una sencilla pero elegante espadaña de ladrillo.

Una de las joyas más importantes del convento es su retablo mayor, contratado en marzo de 1641 con el escultor y maestro ensamblador astigitano Juan Fernández de Lara. Esta obra es fundamental para la historia del arte sevillano, ya que marca la transición del clasicismo hacia las primeras formas del barroco.

La piqueta sobre el claustro mudéjar

En 1975, la piqueta destruyó casi la totalidad de la zona conventual. Desaparecieron el claustro de tradición mudéjar, las celdas, el refectorio y todas las dependencias que conformaban la vida diaria de las monjas. El claustro, que contaba con arcos escarzanos y pilares poligonales, solo puede ser evocado hoy a través de escasas fotografías y documentos gráficos que atestiguan la magnitud de lo perdido.   

La demolición de los coros

Especialmente dolorosa fue la demolición de los coros alto y bajo de la iglesia. El coro era el espacio donde la arquitectura y el arte mueble se fusionaban con mayor intensidad, albergando la sillería inspirada en Serlio y las ricas celosías de madera. Aunque se salvaron algunos elementos parciales, la ruptura de la unidad espacial de la iglesia con su coro supuso una mutilación estética y funcional definitiva para el templo.   

A pesar del desastre de 1975, la movilización de algunos ciudadanos y la función que desempeñaba la iglesia como sede de una cofradía histórica permitieron que la capilla permaneciera en pie. Hoy en día, la Capilla de Santa Clara es el único elemento conservado del antiguo conjunto conventual.

La iglesia actual, aunque incompleta, mantiene su nave única y el presbiterio con el arco gótico y el retablo de Juan Fernández de Lara. Este espacio sirve de sede a la Hermandad de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de los Dolores, una de las corporaciones más queridas de la villa, lo que garantiza su mantenimiento y apertura al culto.

En la portada principal barroca se mantienen detalles de gran interés, como el corazón inflamado coronado de llamas, que simboliza el amor de Dios (introducido por la influencia jesuítica en el siglo XVIII), y las cinco llagas, que representan los estigmas de San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana. Asimismo, los escudos de los Duques de Arcos continúan presidiendo el interior, recordando el origen señorial del templo. 

Talla de Jesús Nazareno procedente del convento de Santa Clara. 

Las religiosas que se trasladaron a Estepa conservan parte del archivo y posiblemente algunas imágenes de pequeño formato y relicarios que formaban parte de su devoción diaria. Por otro lado, la Inmaculada Concepción de Santa Clara, una imagen de candelero del siglo XVII de gran calidad, permanece en Marchena y sigue saliendo en procesión durante la festividad del Corpus Christi, manteniendo vivo el vínculo espiritual con la comunidad desaparecida

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El belén napolitano de Capodimonte, un teatro del mundo en miniatura

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 El belén conservado en el Museo di Capodimonte es mucho más que una escena navideña. Se trata de una de las manifestaciones artísticas más complejas y singulares del Barroco europeo, fruto de una tradición que alcanza su máximo esplendor en el siglo XVIII y que convierte el Nacimiento en una auténtica crónica social del Reino de Nápoles.

Una tradición con raíces medievales y desarrollo ilustrado

El origen remoto del belén se sitúa en 1223, cuando Francisco de Asís escenificó el Nacimiento en Greccio. Sin embargo, la tradición napolitana introduce un giro decisivo a partir del siglo XVII y, sobre todo, en el XVIII, cuando el belén deja de ser una representación estrictamente devocional para convertirse en un relato contemporáneo, ambientado en la propia ciudad.

Este impulso coincide con el reinado de Carlos de Borbón, rey de Nápoles entre 1734 y 1759. Carlos y su corte fomentaron el belén como una expresión artística total, acorde con los ideales ilustrados de observación de la realidad, interés etnográfico y mecenazgo cultural. Estudios de Nicola Spinosa y Gennaro Borrelli señalan que el presepe se convirtió entonces en un símbolo de identidad napolitana y en un objeto de prestigio para la aristocracia.

Autoría colectiva y excelencia artesanal

A diferencia de otras tradiciones europeas, el belén napolitano no responde a un solo autor. Es una obra coral, resultado de la colaboración de múltiples oficios especializados. Las figuras, conocidas como pastori, presentan cabezas de terracota policromada, ojos de vidrio, extremidades articuladas y cuerpos de alambre y estopa, lo que permitía dotarlas de gestos y actitudes teatrales.

Entre los escultores documentados vinculados a esta tradición destacan Giuseppe Sanmartino, autor del célebre Cristo Velato, y Lorenzo Mosca, aunque muchas piezas conservadas en Capodimonte son anónimas, fruto de talleres activos en la ciudad durante décadas. La vestimenta se confeccionaba con telas reales —sedas, terciopelos y bordados— realizadas por sastres de corte, mientras que plateros y ebanistas aportaban miniaturas, muebles y objetos cotidianos.

Belén y sociedad: un retrato del Reino de Nápoles

Una de las claves del belén napolitano es su dimensión sociológica. Junto a la Sagrada Familia aparecen vendedores, músicos, nobles, mendigos, soldados, animales exóticos y escenas de taberna. Lejos de ser anecdóticos, estos personajes reflejan la estructura social del siglo XVIII y han sido estudiados como una fuente visual de primer orden para conocer la vida cotidiana napolitana, tal como recoge el historiador Franco Mancini en sus trabajos sobre cultura material.

La escenografía, dominada por ruinas clásicas, no es casual. Según Alessandra Mauro, estas arquitecturas simbolizan el fin del mundo antiguo y el nacimiento de una nueva era con la Encarnación. El Niño no nace en un espacio idealizado, sino entre los restos de imperios, en un mundo real y contradictorio.

El conjunto de Capodimonte

El belén del Museo de Capodimonte procede en gran parte de colecciones reales borbónicas y aristocráticas, reunidas y conservadas como patrimonio nacional. Su importancia ha sido reconocida por instituciones como el Ministero della Cultura italiano, que lo considera uno de los conjuntos más representativos del presepe settecentesco.

Las escenas conservadas destacan por la densidad narrativa, el dinamismo de las figuras y la convivencia de lo sagrado y lo profano. En muchos casos, la Adoración no ocupa el centro visual del conjunto: el protagonismo recae en la vida que rodea al misterio, una elección estética que subraya la idea de que la Encarnación acontece en medio del mundo.

Un legado vivo

Hoy, el belén napolitano sigue siendo objeto de investigación académica y divulgación museística. Publicaciones como Il Presepe Napoletano de Gennaro Borrelli o los catálogos científicos del propio Museo de Capodimonte han consolidado su estudio desde la historia del arte, la antropología y la teología visual.

Fuentes y bibliografía básica

  • Museo di Capodimonte, catálogos oficiales de la colección de presepi.

  • Spinosa, Nicola: Il Settecento a Napoli. Electa Napoli.

  • Borrelli, Gennaro: Il Presepe Napoletano. Grimaldi & C.

  • Mancini, Franco: estudios sobre cultura popular napolitana del siglo XVIII.

  • Ministero della Cultura (Italia), fichas patrimoniales sobre el presepe napoletano.

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La matanza de los inocentes en la Catedral de Sevilla y el altar mayor de San Juan de Marchena

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El altar mayor de la Catedral de Sevilla fijó a finales del siglo XV un modelo de retablo monumental y narrativo que se difundió por Andalucía occidental como instrumento de catequesis y representación del poder religioso. Su influencia es clara en la Iglesia de San Juan Bautista de Marchena, dentro del señorío de los Ponce de León, donde se adapta el concepto catedralicio a escala parroquial. 

Sevilla, erigida como el «Puerto y Puerta de las Indias», se convirtió en el epicentro de un fenómeno de hibridación artística donde la pervivencia del gótico flamígero y el mudéjar local comenzó a ceder ante el empuje de las corrientes renacentistas procedentes de Italia y, de manera muy significativa, de las tierras de Flandes y Alemania. 

Comparar las escenas de la Matanza de los Inocentes del retablo mayor de la Catedral de Sevilla y del altar mayor de la Iglesia de San Juan Bautista de Marchena resulta especialmente interesante porque permite observar, en un mismo tema iconográfico, la evolución del arte sacro andaluz entre finales del siglo XV y las primeras décadas del XVI. 

La comparación revela cómo un modelo fundacional, fijado en Sevilla con un lenguaje gótico-flamenco de fuerte carga doctrinal, es posteriormente reinterpretado en Marchena desde una mirada más humanizada y emocional, propia del primer Renacimiento.  Marchena participa activamente en los grandes debates visuales de su tiempo, lejos de ser un espacio periférico.

En términos comparativos, Sevilla fija el modelo desde una óptica doctrinal y monumental, mientras Marchena lo reformula desde una mirada más humana y emocional. El primero impacta, el segundo conmueve. La diferencia de estilos no responde a menor ambición artística, sino a un avance cronológico y cultural que sitúa a Marchena en una fase más madura del lenguaje visual heredado de la Catedral.

La figura de Alejo Fernández, pintor de origen alemán documentado en Córdoba desde 1496 y establecido en Sevilla hacia 1505, es clave para comprender la génesis de este lenguaje pictórico. Su estilo, que fusiona la minuciosidad descriptiva del norte de Europa con una incipiente monumentalidad italiana y el uso del color y la luz propios de la escuela sevillana en formación, definió una «manera» de pintar que se consideró el canon de la época. Esta influencia se extendió a través de una densa red de discípulos, colaboradores y parientes, como Pedro Fernández de Guadalupe, quienes llevaron estas formas a villas como Arcos de la Frontera, Marchena o Écija.

El altar mayor de la iglesia de San Juan Bautista de Marchena no es una obra aislada.  Desde su posición como Alguacil Mayor de Sevilla, y Señor de Marchena Rodrigo Ponce de León mantuvo vínculos con el Cabildo catedralicio y con los talleres artísticos que trabajaban en la ciudad. El entorno institucional sevillano a comienzos del XVI, dominado por la construcción y reforma de la catedral y sus principales retablos, incluía a destacados escultores y pintores que también fueron llamados a trabajar en Marchena.

Esto explica la presencia de Jorge y Alejo Fernández en el altar mayor de San Juan, autores que ya trabajaban en Sevilla y que trasladan a Marchena el lenguaje y la experiencia artística de la capital andaluza. La elección de estos artistas no fue casual, sino resultado de las redes de patrocinio y contactos que el duque había tejido por su cargo y su prestigio.

La investigación del musicólogo Juan Ruiz Jiménez para el proyecto Paisajes Históricos Sonoros documenta que Rodrigo Ponce de León tenía a su servicio una capilla musical propia en su palacio de Marchena, compuesta por capellanes, mozos de coro, cantores e instrumentistas de cámara, y que con frecuencia se unían a músicos de la Catedral de Sevilla en las grandes festividades religiosas y cortesanas.

Un ejemplo relevante son los villancicos impresos para los maitines de la Navidad de 1517-1518, compuestos por Cristóbal de Pedraza, criado del Duque de Arcos, cuya imprenta se atribuye a Juan Varela de Salamanca, uno de los editores más prestigiosos de la España renacentista.

El palacio ducal y sus proyectos

La capilla musical del Palacio Ducal de Marchena —residencia principal del duque— fue un centro activo de producción artística y musical. Los vínculos con la Catedral de Sevilla eran tan estrechos que muchas veces cantores y músicos de la catedral participaban en las festividades ducales y parroquiales de Marchena, reforzando un intercambio institucional y cultural que iba más allá de las fronteras del señorío.

El retablo de San Juan Bautista de Marchena combina pintura y escultura, mientras que el de la Catedral de Sevilla está íntegramente tallado en madera con escenas narrativas esculpidas.

La construcción del retablo mayor de San Juan Bautista (1521-1533) se inserta en el contexto de este mecenazgo artístico general. Rodrigo Ponce de León, como señor de Marchena y mecenas cultural, promovió la obra y costeó parte de su ejecución.

La presencia en el retablo de los escudos y blasones ducal y episcopal (del arzobispo fray Diego de Leza) no solo responde a una decoración heráldica, sino que documenta la parcela de poder simbólico e institucional que el duque articuló con las autoridades eclesiásticas para llevar adelante este proyecto monumental.

Aunque no está documentada formalmente su autoría, el retablo mayor de la iglesia de San Pedro de Arcos de la Frontera, posee una estructura muy similar al de San Juan de Marchena, ambas bajo el meceneazgo de los Ponce de León y fue construido aproximadamente entre 1538 y 1547, ya con una mayor presencia de formulaciones clásicas renacentistas integradas en una estructura gótica. Su autoría, según diversas atribuciones combina escultura (Antón Vázquez, autor del cristo de la Veracruz de Arcos, en las calles centrales) con pintura (Esturmio, Pedro Fernández de Guadalupe y Antón Sánchez de Guadalupe), 

El retablo mayor de la Catedral de Sevilla inicia su ejecución en 1482, según consta en la documentación capitular conservada y estudiada por José Gestoso y Pérez en Sevilla monumental y artística (1889-1892). El proyecto fue trazado por el escultor flamenco Pieter Dancart, cuyo contrato y pagos aparecen recogidos en los libros de fábrica de la Catedral, analizados posteriormente por Alfonso E. Pérez Sánchez y Teodoro Falcón Márquez.

La obra se prolonga hasta 1564, convirtiéndose en un proyecto intergeneracional. Durante esas décadas intervienen escultores documentados como Jorge Fernández Alemán, Roque Balduque y Juan Bautista Vázquez el Viejo, tal como recogen los estudios de Juan Miguel Serrera Contreras (El retablo sevillano del siglo XVI, Universidad de Sevilla) y María Jesús Sanz Serrano en sus trabajos sobre escultura renacentista andaluza.

La consecuencia directa de esta larga cronología es clara: el retablo sevillano no responde a un único estilo, sino que evoluciona desde un gótico tardío de raíz flamenca hacia fórmulas renacentistas plenamente asumidas en su fase final. Sevilla se convierte así en centro productor de modelos, tanto formales como iconográficos.

Ese modelo llega a Marchena cuando ya está consolidado. El altar mayor de la Iglesia de San Juan Bautista de Marchena se ejecuta entre 1521 y 1533, según documentación parroquial y contratos estudiados por Juan José Cortés Rodríguez en su investigación El retablo mayor de San Juan Bautista de Marchena y su contexto artístico (Universidad de Sevilla, disponible en IDUS).

A diferencia de Sevilla, donde la autoría es coral y fragmentada, en Marchena el encargo es unitario y coherente. La pintura del retablo se atribuye con seguridad a Alejo Fernández, mientras que la escultura se vincula al entorno de Jorge Fernández, artista documentado tanto en Sevilla como en Marchena. Esta relación directa está acreditada por pagos, similitudes técnicas y análisis estilísticos recogidos por Enrique Valdivieso González y Jesús Miguel Palomero Páramo en diversos estudios sobre pintura y escultura hispalense del primer Renacimiento.

La cronología es determinante para la lectura artística. Mientras Sevilla trabaja desde 1482 hasta 1564, Marchena lo hace cuando el gran relato visual ya ha sido fijado. No hay experimentación, sino selección y síntesis. La escena de la Matanza de los Inocentes, presente en ambos retablos, ilustra este proceso. En Sevilla responde a un planteamiento todavía gótico, más simbólico y jerárquico. En Marchena, ejecutada cuarenta años después, se aprecia un mayor naturalismo anatómico y una intensificación emocional, acorde con el nuevo clima espiritual del siglo XVI, como subraya Serrera Contreras en sus estudios comparativos.

Desde el punto de vista documental, no existe constancia de copia directa, pero sí de circulación de artistas, grabados y repertorios iconográficos, algo habitual en la diócesis sevillana, tal como recoge el Atlas del Patrimonio Inmaterial y Mueble del IAPH y los trabajos de Pedro José Lavado Paradinas sobre retablística andaluza.

La comparación cronológica y autoral permite una conclusión sólida y verificable: Sevilla actúa como matriz, Marchena como territorio de recepción cualificada. El altar mayor de San Juan no es una obra secundaria, sino una adaptación consciente y ambiciosa de un modelo catedralicio, ejecutada por artistas de primer nivel en un momento de plena madurez estética.

Marchena no copia Sevilla. Marchena llega después, y eso le permite decantar el lenguaje, hacerlo más humano, más directo y más acorde con la sensibilidad renacentista. La madera dorada de San Juan guarda así no solo una historia local, sino una página fundamental del gran relato artístico del sur peninsular.

Principales fuentes y estudios citados

  • Gestoso y Pérez, J. Sevilla monumental y artística, 1889-1892

  • Serrera Contreras, J. M. El retablo sevillano del siglo XVI, Universidad de Sevilla

  • Cortés Rodríguez, J. J. El retablo mayor de San Juan Bautista de Marchena, IDUS-US

  • Valdivieso González, E. Estudios sobre Alejo Fernández

  • Palomero Páramo, J. M. Escultura renacentista sevillana

  • Sanz Serrano, M. J. Escultura andaluza del Renacimiento

  • Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH)

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