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Historia

Compañias de ministriles y otros músicos al servicio de los Ayuntamientos desde el siglo XVI

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En 1618, el concejo de Mairena del Alcor, una villa bajo el señorío de los duques de Arcos, realizó un movimiento cultural significativo al contratar a Diego de Alba. Este maestro de música fue encomendado con una misión especial: enseñar a varios jóvenes locales el arte de los ministriles, con el objetivo de establecer una compañía musical permanente en la localidad.

Era habitual que la propuesta de tener ministriles asalariados por los Ayuntamientos para evitar el enorme gasto de traerlos de fuera no se materializara de inmediato.

Esta iniciativa no fue un caso aislado, sino parte de una tendencia de la época en la que los municipios andaluces, como Écija y Carmona, buscaban enriquecer sus celebraciones religiosas y festividades con música en vivo, evitando el alto costo de contratar músicos de fuera. La propuesta inicial de Mairena del Alcor data de 1611, cuando el regidor Joan Salvador sugirió que el concejo comprara instrumentos y contratara un maestro para que los divinos oficios y las festividades locales se celebraran con mayor decoro.

Aunque el proyecto no se materializó de inmediato, la persistencia de los vecinos y el apoyo del duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, finalmente dieron fruto. En 1618, el concejo volvió a plantear la necesidad de la compañía de ministriles y llegó a un acuerdo con Diego de Alba, quien junto con Agustín Ortiz, maestro de sacabuche, formaría a un grupo de músicos locales. Se les ofreció un salario anual, vivienda y grano, estableciendo así un compromiso a largo plazo para el desarrollo y perpetuación de la música en la villa.

El 19 de septiembre, tras un primer contacto fallido con el ministril Francisco León, se informó que, a instancias del Duque “por una carta que escribió a este concejo Carlos Castaño de Góngora, secretario de su Excelencia”, se había llegado a un acuerdo con el ministril Diego de Alba “atento que con él ha de asistir y estar Agustín Ortiz, maestro de sacabuche, y ambos han de enseñar la dicha arte a la copla de ministriles que este Concejo les señalare; y servir desde luego con los dos discípulos que tienen las fiestas y regocijos que este Concejo hiciere, y las fiestas del Corpus Christi, y su octava, y las fiestas de la Candelaria, y ascensión de Nuestra Señora, y del Señor San Sebastián”.

El grupo tuvo la oportunidad de debutar en las festividades locales, y el contrato incluía la enseñanza de instrumentos como la chirimía, el bajoncillo, la corneta y el bajón. El legado de estos primeros ministriles de Mairena del Alcor ha dejado una marca indeleble en la historia cultural de la villa, recordándonos la importancia de la música en la vida comunitaria y religiosa de Andalucía.

Las compañías de ministriles municipales en Sevilla durante los siglos XVI y XVII fueron una parte integral de la vida cultural y musical de la ciudad.

Los ministriles eran músicos profesionales que, con sus instrumentos de viento, servían en diversas funciones musicales, desde la trasmisión de la cultura popular hasta el servicio en instituciones eclesiásticas y eventos de la nobleza y la burguesía mercantil. La catedral de Sevilla fue pionera al contratar a cinco ministriles asalariados en 1526, lo que marcó un precedente para otras catedrales y parroquias en España y el Nuevo Mundo.

En Sevilla, la participación de los ministriles en la Semana Santa del Renacimiento era especialmente significativa, aportando solemnidad y esplendor a los cortejos procesionales. Se sabe que los ministriles solían interpretar piezas litúrgicas y profanas adecuadas a la ocasión, y se agrupaban en coplas o conjuntos instrumentales que incluían flautas, chirimías, bajones, sacabuches y más tarde cornetas.

Los instrumentos típicos de los ministriles incluían la chirimía, un instrumento de viento con doble lengüeta parecido a la dulzaina actual, y el sacabuche, antepasado del trombón moderno. Además, usaban la corneta, que derivaba del cuerno de caza medieval, y el bajón, que complementaba los tonos graves. Estos instrumentos eran esenciales para las actuaciones en entornos festivos y bulliciosos, ya que permitían que la música se escuchara claramente.

La recuperación de la música original de los siglos XV, XVI y XVII ha sido posible gracias a los estudios de músicos, musicólogos e historiadores, lo que permite que hoy día se pueda disfrutar de estas sonoridades históricas en festivales y eventos que buscan recrear la atmósfera original de las procesiones y celebraciones de aquellos siglos​​​​ en la web  https://www.historicalsoundscapes.com. 

Bibliografía:

Bejarano Pellicer, Clara, El mercado de la música en la Sevilla del Siglo de Oro. Sevilla: Universidad de Sevilla / Fundación Focus-Abengoa, 2013, 320, 325, 362, 366 y 371.
Bejarano Pellicer, Clara, “Juventud y formación de los ministriles de Sevilla entre los siglos XVI-XVII”, Revista de Musicología XXXVI (2013), 85-91.

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Cultura

Paloma, La Marchenera, un desconocido mito inspirado en Carmen y en el siglo XIX marchenero

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«La Marchenera» es una zarzuela creada por Federico Moreno Torroba músico madrileño que desde 1928 lleva el nombre de Marchena por toda España y el mundo. Su pieza más famosa es La Petenera interpretada por los más grandes tenores y sopranos. La cantaora flamenca Sara Salado participó en la zarzuela que da vida a Paloma La Marchenera en el teatro de la Zarzuela de Madrid en 2015.
LIBRETO DE LA MARCHENERA
La Marchenera no se basa en hechos reales, pero está ambientada en una venta a las afueras de Marchena, concretamente en la zona de La Ventilla en 1842, época de los bandoleros. En su segunda parte se ambienta en la feria de Mairena.
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Si Carmen había sido un éxito mundial, el libretista de Torroba, Fernando Luque, imaginó que Paloma, La Marchenera, era una mujer  cantaora, valiente y rebelde, hija de un cantaor flamenco, cuyo amor se disputan un comerciante rico y un conde.  Ahijada de la Jeroma, la dueña de la venta, Paloma tenía esa valentía que enamora a los hombres que desean dominarla, siendo finalmente dominados por ella.  Cárdenas el mayoral del conde pone el elemento político al formar parte de una partida  de bandoleros que lucha a favor del alzamiento republicano en Sevilla.
Pastitura La Marchenera
Todos los elementos que aparecen en La Marchenera, bandoleros, republicanos, flamencos y gitanos, existieron en realidad en Marchena en la época en la que está ambientada la zarzuela.
El tren, la luz eléctrica y la revolución llegan a Marchena en 1868 y en el 69 el cura Pedregal toma el Palacio Ducal ondeando la bandera republicana por vez primera ayudado por un ex comandante de la Guardia Civil llamado Antonio Navarrete lider de revueltas campesinas. (La Iberia  de 9 de octubre de 1869) . La Gilica, primera cantaora flamenca  de la que se tiene constancia escrita en Marchena, fue María del Carmen de los Reyes Torres, nació en  la calle Quemada en 1866 y bautizada en San Miguel creó dos estilos de Soleá y se casó en Marchena con Juan Jiménez, tío de Melchor de Marchena.
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Los Conejero, se dedicaron al bandolerismo mas los muchos que venían de la Sierra de Estepa como el Pernales, el Vivillo, o los siete niños de Ecija.
Somerset Maugham escritor americano viajó a caballo de Sevilla a Écija, Marchena y Mairena en 1897, tierra «famosa por los bandoleros y forajidos», escribió donde hace más de 30 años que los hombres de negocios que viajaban en mulas «podían fácilmente sufrir un secuestro hasta que a sus amigos les pidieran un rescate donde las orejas y los dedos eran enviados como prueba». Para luchar contra el bandolerismo nació la Guardia Civil hace 175 años en 1844.
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Según Maugham la Guardia Civil a menudo disparaba por la espalda a los bandoleros capturados, camino de juicio en Madrid, con la excusa o con la evidencia de que trataban de huir, sabiendo que en la capital, a cambio de dinero, probaban su inocencia y volvían de nuevo al sur.
Imagen relacionada

Laureano Conejero a la derecha, un bandolero de Marchena

El juzgado de Marchena condenó en 1853 a doce años de cárcel a Juan Cano, a petición de la acusación particular ejercida por Antonio Alvarez Chocano, periodista y empresario estepeño, que sabía que en Estepa los hermanos Cano, comprarían al juez. Juan Cano, Alcalde de Casariche amparaba a los bandoleros de Estepa como Pernales y Juan Caballero en los cortijos de su familia y en el propio Ayuntamiento.
Los siete niños de Écija asaltaron un grupo de carretas en Marchena el 20 de agosto de 1814 en la finca La Tinajuela.
En 1908 el bandolero marchenero Laureano Conejero, y otro dos bandidos mataron dos guardias civiles que lo llevaban preso en un tren. Durante diez días huyeron a pié de Jerez a Estepa, pasando por Marchena. 10 día después fueron apresados en Pedrera.
En 1884 un tío suyo hermano de su padre, Antonio Conejero, fue ejecutado en la Plaza Ducal, tras asesinar y robar en el campo a un vecino de apellido Baeza. El consejo de guerra lo condenó el 3 de febrero a morir por garrote vil.
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Somerseth Maugham, escritor americano que vino a Marchena buscando bandoleros

Buscando noticias sobre bandoleros Somerseth Maugham recorrió a caballo las seis leguas de Ecija a Marchena. Al llegar a Marchena en Marzo de 1897 llovía y mucho. Le dieron refugio en los cortijos y durmió en las posadas de la calle Mesones muy cerca de la ventilla.
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Primer uniforme de la Guardia Civil

En 1906 el estepeño José Camargo El Vivillo, ex picador de toros, mandó un anónimo amenazando al ganadero local José Ternero reclamándole mil pesetas a cambio de que le dejaran en paz el ganado. Sus ocho hombres fueron vistos en el apeadero de Ojuelos en 1906 según El Imparcial de 17 de junio.
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El Vivillo, bandolero de Estepa

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Historia

El palacio -y principal monumento histórico- que Marchena perdió

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José Antonio Suárez López · Marchena Secreta


Fotografía histórica · c. 1900
El vergel del Parque hacia 1900: el ciprés, las palmeras y la fuente circular sobreviven al palacio que los plantó. Al fondo, Santa María de la Mota.

En 1658, mientras gobernaba Nápoles como virrey, don Rodrigo Ponce de León era dueño de uno de los palacios más ricos de Andalucía. No estaba en Sevilla ni en Madrid: estaba en Marchena, dentro de un recinto amurallado que guardaba jardines, huertos, dos conventos, una iglesia, caballerizas y un laberinto de salas vestidas de tapices flamencos. Hoy de todo aquello quedan muros, fotografías, un plano y —sobre todo— papeles: los inventarios que se levantaron a la muerte del duque tasaron el palacio objeto por objeto, con precios en reales, nombres de tasadores y hasta los nombres de los esclavos que servían en las cuadras.

Esos papeles, estudiados por Juan Francisco Torres Cubero en Nobleza y ostentación. El Palacio Ducal de Marchena en 1658, son la llave de esta serie. Con ellos, con el plano de evolución del recinto, con la portada que hoy vive en el Real Alcázar de Sevilla y con la ayuda de herramientas digitales, hemos vuelto a levantar el palacio. Lo que sigue es un paseo. Y una advertencia que repetiremos: aquí se distingue siempre, con etiquetas a la vista, lo documentado de lo reconstruido.

Un recinto, no un edificio

Geometría según el plano de evolución ss. XVI–XVIII

Lo primero que hay que desaprender es la palabra «palacio». Lo que los Ponce de León tenían en Marchena era una ciudadela: la antigua alcazaba, cerrada por su muralla, convertida en un mundo propio. Pulse sobre cada zona del plano para ir a su capítulo.

La portada que emigró a Sevilla

Documentado

Empezar por la puerta tiene truco: para verla hay que ir al Real Alcázar de Sevilla. La gran portada gótica del palacio fue desmontada piedra a piedra a comienzos del siglo XX y hoy se llama, con justicia melancólica, «Puerta de Marchena». Es la referencia material más fiable que existe para reconstruir el frente del palacio: sus tracerías, sus escudos, su piedra dorada son las mismas que vieron entrar y salir a cinco siglos de duques.


Pieza conservada · Real Alcázar
La portada del Palacio Ducal, remontada en los jardines del Real Alcázar de Sevilla. Cada reconstrucción del frente del palacio en esta serie parte de esta piedra.

El apeadero y el patio de las columnas italianas

Tras la puerta, el visitante de 1658 desmontaba en el patio apeadero: suelo de ladrillo «a sangre», pórticos en tres de sus lados, portadas y ventanas vestidas de yeserías y azulejos. En una de ellas, el alfiz lucía lambrequines pintados de rojo, amarillo y azul: los colores de los Ponce de León, que esta página ha tomado prestados.

Más adentro esperaba la pieza mayor de la reforma renacentista que el II duque emprendió tras el terremoto de 1522: un patio de unos diecinueve por dieciséis metros, abierto al sureste, con logias de arcos sobre columnas de mármol traídas de Italia, esbeltas hasta lo imposible —tres metros de altura para fustes de treinta centímetros—. Una fuente ochavada, desplazada del centro hacia el norte, ponía el agua en medio de la arquitectura.


Maqueta · reconstrucción volumétrica
El conjunto en volumen: en transparente, las crujías y el patio principal reconstruidos sobre los restos conservados.

La escalera que se mudó de casa

Junto al apeadero subía la escalera, en una caja cuadrangular cubierta por un artesonado de madera de castaño. Si quiere verlo, tampoco hace falta imaginar: se conserva, trasladado, en la Casa de la Condesa de Lebrija, en Sevilla. Las yeserías «al romano» desplegaban un programa culto y nupcial: putti, bustos y balaustres, Hércules niño, la lucha de Eros y Anteros, Venus y Marte. El amor sacro triunfando sobre el profano, espejo en escayola del flamante matrimonio ducal entre Rodrigo Ponce de León y María de Toledo.

De aquellos interiores el tiempo ha salvado poco más que astillas. Por eso importan tanto los objetos testigo: piezas reales que pasaron por las salas del palacio o por las casas de su órbita, como este bargueño con sus cajones etiquetados a mano, un archivo en miniatura de la vida administrativa de una gran casa.

Salones vestidos de Bruselas
La verdadera arquitectura interior del palacio era textil. Veinticuatro tapices, veinticuatro reposteros y ocho paños de corte vestían las salas según el calendario y el rango de las visitas. La serie estrella contaba la Historia de los caballos: siete paños con dosel y sitial, tejidos en Bruselas con realces de oro y plata, inspirados en el manual de equitación de Antoine de Pluvinel, maestro de Luis XIII, y en los grabados de Crispijn de Passe. Caballos de alta escuela entre arquitecturas antiguas, con Mercurio y Marte de testigos: el autorretrato perfecto de un linaje que presumía de cuadras.Había más: los Trabajos de Hércules, del siglo XVI, colgados en la antecámara donde las visitas aguardaban antes de ver al duque —virtud heroica como sala de espera, emulando la serie regia de Guillermo Dermoyen—; la historia del cónsul Decio Mus, comprada en Nápoles y procedente de la colección del marqués del Carpio; la de Ciro el Grande, sobre cartones atribuidos a Michiel Coxcie; la Historia de Jacob según modelos de Bernard van Orley, de la que el Museo Arqueológico Nacional conserva una serie hermana; y paños de boscajes y verduras para los días sin ceremonia.


Recreación digital (IA)
Recreación de ambiente: un banquete en los salones altos. La escena es interpretativa; los tapices, la plata y el ceremonial están documentados en los inventarios.

La armería: trofeos de una casa de frontera

Los Ponce de León se hicieron grandes guerreando en la frontera de Granada, y su palacio guardaba memoria armada de ello. La tradición de la casa vincula a sus colecciones piezas como el alfanje atribuido a la rendición de la guerra de las Alpujarras (1571), trofeo del II duque, y armas exóticas que pudieron llegar por la vía napolitana e italiana de los virreyes. Las imágenes que siguen son recreaciones digitales de ambiente: el contenido exacto de la armería en 1658 es una de las líneas que esta serie seguirá documentando.

Recreación digital (IA)
El alfanje como trofeo de la guerra de las Alpujarras: recreación interpretativa a partir de la tradición de la Casa de Arcos.

Recreación digital (IA)
La armería, recreación de ambiente.

Recreación digital (IA)
Una catana en Marchena: pieza exótica llegada por la vía del comercio italiano.

Cocinas, graneros, picadero: la maquinaria

Localización hipotética

Un palacio así era una fábrica de comer. Al suroeste del núcleo residencial, el plano sitúa el mundo del servicio: graneros, picadero, dependencias. Allí —es hipótesis razonada, no dato— debieron de humear las cocinas que alimentaban a la familia ducal, a su corte de criados y a los huéspedes de paso. Las recreaciones que siguen imaginan ese pulso cotidiano: el cobre colgado, el pan amasado a la vista de la torre de Santa María, la carne en el tajo.


Recreación digital (IA)
El amasijo del pan. La vista hacia Santa María es licencia compositiva.

Capítulo 7

Las caballerizas, y los nombres que el inventario guarda

En 1658 las cuadras alojaban un potro, dos rocines «de agua», once mulos y seis mulas, bajo el mando del caballerizo mayor Juan de Villegas Tello. Más de quinientos objetos fueron tasados pieza a pieza por el sotacaballerizo José Sánchez, el guarnicionero Pedro Ximénez y el sevillano Juan Hurtado de Mendoza, maestro de hacer coches: sillas jinetas de terciopelo, literas, sillas de manos para las señoras.

Y aquí el inventario nos obliga a mirar de frente la parte más incómoda del esplendor: en el palacio vivían y servían varios matrimonios de esclavos, y el documento de 1673 registra por su nombre a cuatro hombres destinados a las cuadras: Alí, Muza, Hergui y Hamete. Se tasaban, como los animales y los jaeces, en reales. Esta serie les dedicará un capítulo propio, porque la historia de un palacio no son solo sus mármoles: son también las manos que limpiaban sus cuadras y los nombres que casi se pierden entre las partidas de una herencia.

El agua: dos rocines y una rampa

Nada de aquello funcionaba sin agua, y el agua tenía su propia coreografía. Dos rocines la sacaban de la Mina —probablemente en la actual calle La Mina—, que abastecía al colegio de la Compañía; desde allí bajaba al Parque y al palacio, y las cargas subían por la rampa del Portillo. El vergel murado, con su pileta, su aljibe y su alberca, era a la vez despensa, jardín y depósito: la fotografía que abre este artículo muestra lo que quedaba de él hacia 1900, cuando el ciprés y las palmeras ya habían sobrevivido a sus dueños.

Puerta del Portillo

El largo adiós

El palacio no cayó: lo dejaron caer. Con la casa ducal ausente y endeudada, el siglo XIX consumó el desmantelamiento —materiales vendidos, techumbres dispersas, el artesonado camino de Sevilla— hasta que a comienzos del XX la propia portada emprendió su viaje al Alcázar. Lo que la fotografía antigua retrata entre escombros es el final de ese proceso. Esta serie existe, precisamente, para recorrerlo en dirección contraria.

Nota de rigor

Cómo lo hemos reconstruido

Documento El estudio de Juan Francisco Torres Cubero, Nobleza y ostentación. El Palacio Ducal de Marchena en 1658, construido sobre los inventarios y tasaciones post mortem de don Rodrigo Ponce de León (1658–1673), y el plano de evolución del recinto entre los siglos XVI y XVIII, que fija la geometría de nuestro plano interactivo.

Fotografía histórica Placas antiguas del vergel y de las caballerizas en ruina (coloreadas digitalmente), que documentan volúmenes, fábricas y vegetación reales.

Pieza conservada Lo que sobrevive fuera de Marchena: la portada en el Real Alcázar de Sevilla, el artesonado de la escalera en la Casa de la Condesa de Lebrija, series de tapices hermanas en el Museo Arqueológico Nacional y cartones en el Prado, y objetos testigo como el bargueño.

Recreación digital Imágenes generadas con inteligencia artificial a partir de fichas de escena redactadas sobre la documentación anterior. Son interpretaciones, no fotografías del pasado: cuando una vista, una pieza o una localización es hipótesis, se dice expresamente en su pie.


Documento · plano de evolución
El documento base de la geometría: evolución del palacio y el recinto del Parque entre los siglos XVI y XVIII.

Marchena Secreta
Serie «El palacio recuperado» · Capítulo I
Texto y edición: José Antonio Suárez López · Fuente principal: J. F. Torres Cubero, «Nobleza y ostentación» · 

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Actualidad

Así fue la «guerra del vino» en la campiña sevillana entre el clero y poder civil

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El juicio al cura de Paradas implicado en el fraude del vino contiene datos inéditos de quiénes eran los cosecheros y vendedores de vino en Marchena, Paradas, Utrera, Morón y Arahal a inicios del XVIII y que evidencia el intenso comercio de vino local, y puso en evidencia el conflicto abierto entre la autoridad eclesiástica que poco a poco perdía poder en la España de los Borbones y la civil. 

La producción local de vino acabó desapareciendo con la epidemia de la Filoxera a principios del XIX y ya nunca más se recuperó siendo sustituidos los vinos locales de la campiña sevillana por vinos de otras zonas como Jerez y Montilla.
El 8 de julio de 1717 Francisco González De Haro corregidor y administrador de rentas reales de Paradas estaba de paseo cuando vio a entrada de la calle Olivares a Juan Ángel Villanueva clérigo de menores subido en una cabalgadura con un Serón tapado con ropa y dos pellejos llenos de vino dentro. El cura sacó una escopeta que llevaba escondida en el serón del burro y salió huyendo. 
EL CONTROL DEL NEGOCIO DE LAS TABERNAS Y VINO EN MARCHENA Y PARADAS
Para entender esta reacción hay que entender en manos de quién estaba el negoicio de vino.  El vino era un negocio estanco, es decir cerrado y controlado en Marchena por el Duque de Arcos. El vino era el principal negocio estanco en Marchena y Paradas por su cuantía lo que quería decir que había mucha producción de vino local. Además el Rey se llevaba una cantidad importante en derecho de portazgo por todo el vino que entraba y salía de cada pueblo. Lo cual significaba que nadie fuera de las personas autorizadas podía meter vino en los pueblos y si lo hacía cometía dos delitos; fraude y desacato al Rey. Para controlar este fraude estaban los corregidores en cada pueblo.  
El único forastero autorizado a vender vino y montar tabernas en Marchena y Paradas era Fernando García Bueno vecino de ciudad de Sevilla que compró el derecho y estanco de vino de las tabernas en 1645  pagando 40.000 reales al Duque. Pero este negocio tenía una particularidad.
EL ESTANCO DEL VINO Y LAS TABERNAS EN MARCHENA Y PARADAS
De Enero a Abril solo podían venderse en Marchena y Paradas el vino producido aquí y por los vecinos de la zona y en las viñas locales. En palabras del Duque «de los vecinos cosecheros de la villa de Marchena y Paradas» pero «acabado el vino de su cosecha se entra vino de fuera y se vende en las tabernas públicas» para lo cual estaba autorizado Fernando García Bueno.
Mucha gente producía su propio vino que era la bebida más consumida y barata. La mayoría de la población cenaba pan y vino con algo más. La cerveza era aún una bebida de las élites y solo era de uso común en centro Europa, hasta que en el siglo XIX la familia Osborne trae la primera fábrica cervecera a Sevilla y funda la Cruzcampo.
EL PAPEL DEL CLERO EN LA PRODUCCIÓN DE VINO 
Debido a su uso para la misa durante siglos los conventos y clérigos producían su propio vino o bien lo compraban y vendían. Desde 1700 con la llegada de los Borbones Felipe V y Carlos III las leyes se hicieron cada vez más restrictivas para la iglesia que empezó a perder privilegios, y algunos curas como el de Paradas se negaban a perder el privilegio del control del vino a riesgo de entrar en conflicto con la Justicia.
EL PLEITO DEL VINO: LA IGLESIA CONTRA EL DUQUE EN MARCHENA
En medio de este proceso cinco sacerdotes cosecheros pleitearon en 1736 en nombre de la Iglesia y los labradores y cosecheros de vino de Marchena, contra el Duque por el privilegio de vender vino y de establecer el precio del vino rompiendo el monopolio Ducal. Los cinco curas eran Francisco Jiménez Fonseca, Pedro Baena, José Guerrero, Jerónimo Carmona, Francisco Román y José Ramiro iniciaron el pleito. 
Enviaron escritos para que el Ayuntamiento de Marchena, y la Catedral de Sevilla se sumaran a su causa y apelaron a los tribunales del Reino. En un documento los abogados del Duque cargaron contra los cinco clérigos, los acusó de usura, codicia y de ejercer «la violencia» contra los intereses del Duque. Incluso llegaron a preparar un documento enviado a varios puntos de España con un argumentario que desmontaba uno por uno todos los argumentos de los cinco clérigos y los acusaba de varios delitos.
Los principales productores de vino marcheneros eran los jesuitas que en el XVIII tenían en la Huerta de San Ignacio de Marchena un lagar que producía los considerados mejores vinos de la tierra de sus propias viñas. Vendían vino y aceite en Marchena Jerez y en Granada. Frente a la mentalidad de manos muertas (vivir de las rentas) del antiguo régimen. Ampliaron sus tierras sin dejar de modernizar sus cultivos. Exportaron pan, vino, lana y aceite, según  Julián J. Lozano Navarro de la Universidad de Granada, en su obra «El dinero de los jesuítas». La huerta San Ignacio de Los Angeles de Marchena comprada en 1588, fue su mayor y principal finca  donde construyeron una casa de recreo que costó mil ducados. 
EL JUICIO POR FRAUDE DEL VINO DEL CURA DE PARADAS
Hacía poco de que Cristóbal Torres arrendador de Tabernas de Paradas denunciara que alguien, no sabía quien, estaba metiendo vino de fuera, lo cual era ilegal y defraudaba la rentas reales.  Preguntado si llevaba vino el cura respondió: -qué quiere usted que haga. Mi desgracia ha sido que usted me haya encontrado y diciéndole el corregidor que se diese por prendido, lejos de acatar, el cura levantó un paño cogió una, escopeta y se la echó a la cara. 
Viñas
Levantando el gatillo dijo el cura: -Ea apartarse  por vuestra vida. El Corrregidor le dijo: -Señor mire usted lo que hace que se pierde. El cura pasó por en medio de los dos hombres con la escopeta encarada y huyó corriendo calle abajo y se metió en su casa.
Francisco González De Haro el Corregidor mandó entonces registrar la casa del cura de menores. Tardaron varios días  en recabar los permisos y cuando entraron encontraron más de cuarenta arrobas de vino, lo que supone unos 650 litros de hoy y ni rastro del cura que había huído.  Le preguntaron a doña Dionisia Buzón Ramírez madre de dicho cura pero ella no sabía donde había ido. 
Cristóbal Torres recaudador de las tabernas dijo que en la bodega del Duque en Arahal  Alonso Ruiz le dijo allí estuvo Juan Ángel y que sabe compra vino en la hacienda del Curtidor de Morón de Andrés Romero y también a Pedro Bello vecino de Morón en la hacienda que tienen arrendada a un vecino de Marchena Juan Maraver comprando la última tinaja por valor de seiscientos reales. Y que desde que hace tres o cuatro años que ha tenido la renta del vino de Arahal arrendada no ha dejado el cura de Paradas de introducir cargas de vino en sus casas trayéndolo de Morón y Utrera.
Alonso Ruiz capataz de la Bodega del Duque de Arahal declaró el perjuicio que le hacía el cura de Paradas introduciendo vino en sus casas para venderlo y que por esto mandó queja al Provisor de Sevilla quien pidió al cura más antiguo de Arahal que hiciera información de lo referido y que se le remitiese la información y se la presentara. 
Cristóbal Reina vecino de Paradas dijo que al ir  a errar su caballo a Arahal a casa de Manuel Gallego -herrador- dijo que era una pena que Alonso Rodríguez estuviera preso en la cárcel. «Ese pobre por seis reales lo que está padeciendo y dio a a entender que le había traído otra dicha carga de vino para Juan Ángel. 
Rodrigo López vecino de Paradas declaró haber oído que don Juan Ángel trae carga de vino y que lo vio en Arahal en compañía de un vecino de Marchena y que venían de Utrera.
Andrés Romero que administra la hacienda de Alonso Romero su padre en el sitio de La Matilla de Morón dice que es incierto que haya vendido vino a Juan Ángel cura de Paradas pero si sabe que hay  vecinos de Marchena que lo compran no sabe si para sí o para el cura paradeño. 
FUENTES

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Arte

La custodia de Marchena, una joya de 2,5 millones de maravedíes (de 1586)

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La Custodia de Marchena es la obra maestra del platero cordobés Francisco  de Alfaro (1548-1610) hecha entre 1575 y 1580 , una de las principales obras de la platería española.
A lo largo de su carrera, Francisco de Alfaro trabajó principalmente en Sevilla, donde estableció su taller y desarrolló su arte influenciado por las innovaciones intelectuales y estéticas de su tiempo. Además de sus obras maestras, también se destacó por su habilidad en la platería religiosa, creando piezas de gran valor artístico y litúrgico.
Francisco de Alfaro aprendió el oficio de platero principalmente de su tío, Cristóbal de Rojas y Sandoval. Esta relación familiar fue crucial para su desarrollo profesional y su establecimiento en el mundo de la platería. Cristóbal de Rojas y Sandoval, al principio de la carrera de Francisco, le brindó el apoyo y las conexiones necesarias, lo cual también facilitó su posterior vinculación con la familia noble de los Sandoval y Rojas​ (Universidad de Almería)​​ (Wikipedia, la enciclopedia libre)​.
Además, Francisco de Alfaro continuó su aprendizaje y perfeccionamiento en Sevilla, una ciudad con una rica tradición en platería y donde se encontraba uno de los centros más importantes de este arte en la época.
Los franceses fueron verdaderos expoliadores de arte y llegaron a Marchena en 1812 con datos extraídos de la más famosa guia artística de la época obra de Juan Agustín Ceán Bermúdez, que cita como principales joyas artísticas de nuestra localidad la Custodia de Alfaro y la colección de pinturas de Francisco de Solís que estaban en el claustro de Santo Domingo, y que desde entonces  desaparecieron, según explica Manuel Antonio Ramos en su obra sobre la ocupación francesa de Marchena.
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La Custodia se libró de ser expoliada porque se ocultó. Sus piezas fueron desensambladas y repartidas en los domicilios particulares de vecinos del barrio con un documento por escrito.
Desde entonces cada vez que hay inestabilidad o peligro social, la custodia es retirada del culto o escondida y durante muchos años ha estado conservada tras la puerta blindada del museo de la parroquia.
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Abre un modelo que el mismo autor usa para las custodias de Carmona y
Ecija, copias de la de Marchena. Recoge todo el saber humanista y renacentista de la época con influencias de los principales maestros italianos.
Mercedes Valverde informa que Francisco Alfaro comenzó a ayudar a su padre desde muy joven. Firmó como testigo en una escritura de 1571 para comprar una tienda en la calle de la  Platería de Córdoba. Concluyó y cobró las obras de su padre tras su muerte en 1573 y fue nombrado tutor
de sus tres hermanos.
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Desde 1572 Francisco de Alfaro trabajaba para la parroquial de San Juan Bautista de Marchena, donde realizó obras durante veinticinco arios, informa Pilar Nieva Soto en su publicación sobre las obras de Alfaro en Jerez. El 8 de noviembre de 1583, Francisco  de Alfaro fue nombrado platero de la Catedral donde hizo el sagrario de la capilla mayor y era el orfebre más famoso de aquella época en Sevilla y España.
En 1599, Francisco de Alfaro dejó la platería para asumir el cargo de Tesorero episcopal de la diócesis de Toledo, un puesto que obtuvo gracias a sus conexiones con la familia noble de los Sandoval y Rojas. En 1606, se retiró de este cargo y se trasladó a Valladolid, donde vivió cómodamente hasta su muerte, gracias a las rentas de sus inversiones​.
Francisco Alfaro otorgó carta de pago en 1586 ante Diego Sánchez, escribano público de la villa de Marchena, de 2.543.409 maravedís, que se le entregó por el importe de la Custodia de San Juan. Esa cifra de maravedíes en moneda corriente se traduce aproximadamente en 468.000 euros, -80 millones de pesetas- sin contar el valor artístico por ser una pieza única.
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La Giralda como modelo del remate
Los expertos señalan que el remate del cuerpo superior de la Custodia de Marchena tiene como modelo el de la Giralda tomado porHernán Ruiz II de la linterna que Bramante hizo para el Vaticano tal como señalan Ravé y Manuel Varas Rivero.
Alfaro y Jerónimo Hernández tuvieron relación profesional en el trabajo de retablos importantes. Por eso se sabe que Alfaro aprendió de Hernández las últimas novedades del manierismo italiano y las influencias de Miguel Angel.

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Actualidad

Vicente Bazo, el bordador del oro que dejó en Marchena una obra mayor del barroco sevillano

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La investigación de Manuel Antonio Ramos Suárez publicada en Archivo Hispalense permite situar a Marchena dentro del mapa del gran bordado sevillano del siglo XVIII. El estudio documenta con precisión la presencia en la villa del bordador Vicente Antonio Bazo, nacido en El Puerto de Santa María en 1726, antiguo miembro del Regimiento de Caballería de Borbón y establecido después en Sevilla, donde trabajó para la Catedral y para distintas instituciones religiosas del arzobispado hispalense.

El artículo no se limita a atribuir una obra. Reconstruye, con apoyo documental, el proceso de creación del sitial de la octava del Corpus de la Parroquia de San Juan Bautista, una pieza de terciopelo carmesí bordada en oro fino que debe ser leída como una de las grandes manifestaciones del aparato litúrgico barroco conservado en Marchena.

La primera huella documental de Bazo en la localidad aparece en 1768, cuando realiza “tres bolsas bordadas en oro” destinadas a las tres parroquias de la villa para llevar el Santísimo Sacramento a los enfermos. La fuente citada es el Archivo Parroquial de San Juan de Marchena, sección Fábrica, libro 33, año 1768. Aquellas piezas no se conservan.

A continuación, el investigador identifica otra obra clave: el estandarte de Nuestra Señora de los Remedios, vinculado a la Parroquia de San Miguel. El propio contrato posterior del sitial de San Juan toma este estandarte como modelo, lo que confirma su importancia dentro del catálogo de Bazo. La escritura notarial ordenaba que el dosel de San Juan se hiciera “a imitación del simpecado que bordé para la iglesia de Señor San Miguel de la propia villa”.

El encargo principal llegó tras la visita apostólica de 1769 a la Parroquia de San Juan. Allí se propuso hacer “un citial para el altar maior” empleando el terciopelo sobrante de las nuevas colgaduras del templo. El documento precisa que debía llevar “una bordadura de oro por alrededor primorosa” y que debía servir “para las funciones de primera clase”. La pieza nacía, por tanto, no como adorno menor, sino como arquitectura textil para las grandes solemnidades eucarísticas.

La escritura de obligación se firmó en Sevilla el 2 de marzo de 1771 ante escribano público. En ella compareció Vicente Bazo como maestro bordador, junto a sus fiadores José Romero, maestro botonero, y Juan Barberi, dueño de una sedería en la calle Conteros. La fábrica parroquial estuvo representada por Manuel Díaz de Yabarrena, apoderado del mayordomo Ramón García de Santa María.

El contrato describe con detalle el proyecto: un dosel para el altar mayor de San Juan Bautista, “bordado de oro fino de todo realce sobre terciopelo carmesí”. Debía medir cuatro varas de alto por dos varas y media de ancho, aproximadamente 344 por 215 centímetros, y contar con un cielo o techo cuadrado. La obra debía seguir el “modelo y diseño número dos” aprobado por el mayordomo, vicario, vicebeneficiados y curas el 25 de diciembre de 1770.

El precio inicial se fijó en “setecientos cincuenta pesos escudos de a quince reales”, pagaderos en tres plazos: el primero para comprar materiales, el segundo cuando estuviera mediada la obra y el tercero tras su conclusión y aprobación por peritos. Sin embargo, el proceso se complicó. Una vez terminado, los responsables parroquiales consideraron que faltaba decoración, por lo que Bazo amplió el conjunto: añadió un gran sol central, cubrió el campo del dosel y decoró por completo el cielo.

La ampliación fue tasada en abril de 1772 por los bordadores Juan Caro y Fulgencio Abril. Los peritos calcularon que el trabajo debía ascender a 27.000 reales. La fábrica abonó primero 20.000 reales, pero el bordador reclamó los 7.000 restantes ante la autoridad eclesiástica. Finalmente, con autorización del cardenal Solís, se le pagó esa cantidad en 1773.

El coste total del conjunto, incluyendo bordado, tejidos, borlas, flecos, carpintería, dorado, herrajes y gastos notariales, ascendió a 30.378 reales y 17 maravedís. Esta cifra sitúa el sitial entre las grandes inversiones artísticas realizadas por la parroquia marchenera en el siglo XVIII.

El estudio también subraya la relación simbólica entre San Juan de Marchena y la Catedral de Sevilla. El sitial marchenero imitaba, en clave local, los grandes aparatos eucarísticos catedralicios, especialmente el altar de plata y el dosel de terciopelo carmesí bordado en oro realizado para la Catedral en 1732. Marchena, como parroquia matriz de relevancia dentro del arzobispado, reproducía así modelos solemnes propios de los grandes templos hispalenses.

Desde el punto de vista artístico, el dosel presenta una decoración vegetal simétrica, con rocallas, ces, cuernos de la abundancia, espigas eucarísticas, flores campaniformes, hojas de acanto y las características “antenas” que el autor considera una marca de identidad del bordador. En el centro aparece un gran sol bordado, con un círculo de seda blanca destinado a coincidir con el lugar de exposición de la Sagrada Forma.

La trayectoria de Bazo en Marchena no terminó ahí. En 1772 recibió otro encargo: una manga de terciopelo negro bordada en oro para la iglesia matriz de San Juan. Según la investigación, parte de aquellos bordados se conservan hoy reutilizados en un terno de San Benito Abad en Castilblanco de los Arroyos, conocido por tradición oral como “el terno de Marchena”.

El sitial sufrió transformaciones posteriores. A finales del siglo XIX o principios del XX, el cielo o techo del dosel fue reducido a la mitad y la parte sobrante pasó a usarse como frontal de altar. El estudio advierte expresamente que “no ha quedado constancia documental del momento concreto” en que se produjo esa modificación.

En la actualidad, el sitial sigue vivo en el culto. Desde 2008 se utiliza como altar del triduo del Corpus Christi y también para el monumento eucarístico del Jueves Santo en la Parroquia de San Juan Bautista, empleándose la custodia de asiento de Francisco de Alfaro como sepulcro para la reserva. La pieza ha sido sometida a restauración por una empresa especializada en tejidos antiguos, con el objetivo de conservar el soporte original, limpiar los bordados y mejorar sus sistemas de sujeción.

La importancia del estudio reside en que no solo recupera el nombre de Vicente Bazo para Marchena, sino que incorpora de forma documentada varias obras locales a su catálogo. La conclusión es clara: Marchena conserva una pieza mayor del bordado barroco sevillano y posee documentación suficiente para situarla dentro de una red artística que conecta la villa con Sevilla, la Catedral, los talleres de bordado, los protocolos notariales y la liturgia eucarística del siglo XVIII.

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Historia

Las caballerizas del Palacio Ducal: de espacio de servicio a escenario de la Grandeza de los Ponce de León

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Las nuevas investigaciones sobre la caballeriza del Palacio Ducal de Marchena permiten ampliar y precisar una línea de trabajo que Marchena Secreta ya venía desarrollando en torno al antiguo complejo palatino de los Ponce de León: las caballerizas no fueron un simple espacio funcional destinado a guardar animales y carruajes, sino una pieza esencial de la escenografía del poder ducal.

Las caballerizas primitivas levantadas por Luis Cristóbal Ponce de León en el siglo XVI en la zona del hardín alto; añadiéndoles una cochera a comienzos del XVII; y a finales del XVII o comienzos del XVIII, adquieren un aspecto más monumental y se ubican en la actual explanada de Santa Maria.

El artículo de Juan Francisco Torres Cubero, publicado en 2024 en la revista Hipogrifo, estudia el inventario y la tasación de bienes redactados en 1673, año de la muerte de don Francisco Rodrigo Ponce de León, V duque de Arcos. La investigación documenta 534 bienes vinculados a la caballeriza del Palacio Ducal de Marchena, entre ellos esclavos, caballos, mulas, sillas, coches, literas, sillas de mano, jaeces y guarniciones.

 En el artículo “Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción”, se indicaba que la escritura de traslado del Convento de Santa María al interior del Palacio Ducal, fechada en octubre de 1631, dejaba claro que el lugar señalado por el duque para las monjas lindaba con las caballerizas levantadas por Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos.

Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción

Las primeras caballerizas importantes del palacio fueron levantadas en la década de 1540 por Luis Cristóbal Ponce de León, junto a aposentos para cerca de una veintena de pajes y en relación con la acemilería. A comienzos del siglo XVII, el III duque construyó la cochera.

En 1631 las caballerizas primitivas seguían siendo referencia dentro del palacio cuando se reorganizó el espacio conventual de Santa María junto a las caballerizas y se instaló definitivamente el convento dentro del palacio en 1625. 

La investigación de Torres Cubero muestra además qué había dentro de aquellas caballerizas en 1673. El V duque de Arcos poseía 152 caballos, de los cuales 106 eran yeguas y 41 potros. El inventario detalla colores, edades, nombres y lugares de cría de algunos animales. Aparecen ejemplares llamados Halcón, Doradillo, Perla, Dichoso o Donaire, lo que revela una cultura ecuestre cuidadosamente organizada.

La fama de los caballos criados en las caballerizas ducales de Marchena aparece recogida en el manuscrito “Adiciones a la Doctrina del Cavallo y Arte de Enfrenar”, de 1731, escrito por Alonso García, trabajador de las Caballerizas Reales de Córdoba. Este libro menciona el dato de que el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León, regaló  seis caballos españoles de su palacio al rey inglés.

LAS CABALLERIZAS EN EL MANDATO DE MANUEL PONCE DE LEÓN

De 1685 se conserva un registro por la contaduría del duque Manuel Ponce de León «de los caballos que hay en las caballerizas del duque señor de esta villa y lo que cada uno come cada día», desde el 19 de julio de ese año ocupando Juan Miguel Sota el cargo de caballerizo del duque de Arcos, es decir, responsable de las caballerizas ducales. 

Siendo consciente del lujo que suponía tener un caballo andaluz, el embajador Guillermo Rodolfin sugiere al rey de Inglaterra, Carlos II Estuardo (1630-1685) que debía tener en sus cuadras caballos españoles.

Finalmente, el rey inglés consiguió seis caballos españoles procedentes de Marchena a través del regalo que le hizo el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León (1673-1693), y de este Rey inglés se conserva una carta de agradecimiento donde el monarca británico habla de la belleza de dicho caballo marchenero.

En el siglo XVIII se construyeron caballerizas monumentales en la explanada de Santa María, en pie hasta principios del siglo XX. Torres Cubero precisa que a finales del siglo XVII el VI duque reformó las caballerizas para asemejarlas lo más posible a las del rey en Córdoba y Madrid.

Los datos del inventario de 1673 explican por qué fue necesaria esa evolución arquitectónica. El duque no solo tenía caballos: poseía tres tiros de mulas, dos de seis y uno de cinco, además de animales de paso llamados Halcona y la Valenciana. Las mulas eran esenciales para tirar de coches y literas, vehículos que en la corte de los Austrias se habían convertido en signos visibles de rango.

La caballeriza guardaba además 51 sillas de montar, muchas diferenciadas según el tipo de monta: brida, jineta, coche o mula. Algunas estaban decoradas con galón de oro, flecos de plata, bordados de plata, terciopelo verde o tafiletes de Berbería.

El apartado de jaeces resulta especialmente revelador del lujo ducal. Se documentan 32 piezas ricas para adornar monturas, entre ellas cuatro jaeces sobre terciopelo azul bordados en relieve de plata, tasados en 10.000 reales. También había estribos de plata, cabezadas con campanillas y petrales con cascabeles de plata.

Pero el punto más espectacular lo aportan los vehículos: siete coches, cuatro literas y tres sillas de mano. Entre ellos figuraban dos carrozas grandes procedentes de Nápoles, probablemente de tiempos en que Rodrigo el IV Duque, fue virrey napolitano. Una de damasco y terciopelo negro con vidrios y cortinas, y otra guarnecida de terciopelo bordado. La procedencia napolitana conecta con el prestigio adquirido por la Casa de Arcos tras el virreinato del IV duque.

El palacio no era solo residencia local, sino una corte nobiliaria conectada con Sevilla, Nápoles, Madrid y los circuitos aristocráticos europeos. Las caballerizas eran la parte móvil de esa grandeza: el poder no solo se veía dentro del palacio, también circulaba por las calles en forma de carroza, litera, caballo enjaezado y séquito.

 

 Las caballerizas ducales de Marchena fueron un sistema completo de poder: arquitectura, animales, criados, esclavos, coches, jaeces, tiros de mulas, sillas bordadas y memoria ecuestre. Servían para desplazarse, pero también para representar la Grandeza de España de los Ponce de León ante la villa y ante quienes visitaban el palacio.

Fuentes principales:

Juan Francisco Torres Cubero, “Representar la Grandeza. Lujo y ostentación en la caballeriza de don Francisco Rodrigo Ponce de León, V duque de Arcos (1673)”, Hipogrifo, 2024;

Marchena Secreta, “Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción”;

Marchena Secreta, “Un manuscrito presentado en la Maestranza de Sevilla recoge la fama de los equinos y caballerizas ducales de Marchena”

Marchena Secreta, “Lo que queda del Palacio Ducal de Marchena según excavaciones arqueológicas”.

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