Durante años hemos contado en Marchena Secreta que la presencia morisca en Marchena no terminó con la conquista cristiana, ni siquiera con el decreto de expulsión de comienzos del siglo XVII. Sabíamos de moros libres viviendo en el arrabal medieval, de esclavos musulmanes de los Ponce de León, de mujeres moriscas trabajando la seda, de familias llegadas desde Jubrique y Genalguacil después de la guerra de las Alpujarras y de moriscos que todavía permanecían aquí cuando la Corona intentaba expulsarlos definitivamente.
Ahora un documento fechado en Marchena el 16 de junio de 1613 permite dar un paso más. Ya no hablamos simplemente de «los moriscos». Podemos empezar a llamarlos por sus nombres.
María González, Isabel de Mendoza, María Ramírez, Juan Rosado, Isabel Méndez, Luis de Benjumea, Miguel Martín, Rodrigo Gallego, María Paloma, Elena de la Torre, Lucía de Rojas, Inés Jiménez, Francisco Alharras o Juan de Reina aparecen ante nosotros cuatro siglos después, cada uno con una historia distinta y todos intentando responder a la misma pregunta: ¿podían seguir viviendo en Marchena?

La historia venía de mucho antes. Marchena Secreta había documentado ya la existencia de «moros horros», es decir, musulmanes libres, en el entorno de la Plaza Vieja desde finales del siglo XIII, así como la estrecha relación que durante siglos mantuvieron los Ponce de León con población musulmana y posteriormente morisca. También habíamos recogido las cartas de libertad concedidas en 1483 a antiguos musulmanes como Pedro de León, Juan de León, Cristóbal de Marchena y Alfonso de León, y la llegada en 1485 de mujeres musulmanas esclavizadas durante la Guerra de Granada.
Aquella relación con el poder señorial continuaría durante generaciones. En 1530 aparecen moriscas trabajando la seda en Marchena y pagando el correspondiente diezmo al arzobispado. La fabricación y tratamiento de la seda era una actividad característica de muchas comunidades moriscas andaluzas y su presencia en Marchena demuestra que no hablamos únicamente de una minoría residual, sino también de trabajadores integrados en la economía local.
Pero el gran cambio llegó después de la rebelión morisca de las Alpujarras y la Serranía de Ronda de 1568-1570.
Tras sofocarse la revuelta, población morisca de las zonas sublevadas fue dispersada por Castilla. Marchena recibió a un grupo procedente de Jubrique y Genalguacil. En un trabajo anterior localizamos incluso a dos de ellos: Alonso Carrasco y Gracia Carrasco, naturales de Jubrique y primos entre sí, que fueron procesados después de establecerse en Marchena porque se habían casado «conforme a la ley de Mahoma». Los testimonios conservados afirmaban que un alfaquí llegado de Berbería había intervenido en aquella ceremonia. La documentación inquisitorial añade un detalle decisivo: uno de los testigos declaró que «por orden del duque de Arcos binieron los moriscos del partido de Ronda reducidos».
Es decir, parte de la comunidad morisca que encontramos en la Marchena de finales del XVI no necesariamente descendía de los antiguos mudéjares locales. Algunas familias habían llegado apenas unas décadas antes desde las tierras malagueñas pertenecientes también al universo político de la Casa de Arcos.
Y es aquí donde el nuevo documento de 1613 empieza a cobrar una dimensión mucho mayor.
El 15 de mayo de aquel año, las autoridades de Marchena recibieron nuevas órdenes destinadas a localizar a quienes habían eludido la expulsión o habían regresado después de ser expulsados. El duque de Arcos transmitió que se cumpliese la voluntad real «con toda diligensia y puntualidad». Se ordenó pregonar por las plazas que todos los moriscos que permanecieran en la villa presentaran sus privilegios y sentencias, mientras los vecinos quedaban obligados a denunciar a quienes conocieran. Nadie debía «acoxan en sus casas ni haziendas, ni los oculten ni escondan, ni les den fauor ni ayuda». La amenaza podía llegar a la pérdida de bienes e incluso a la pena de muerte.
Pero cuando las autoridades empezaron a mirar de cerca descubrieron que aquella población no podía dividirse fácilmente entre moriscos y cristianos.
María González era morisca, sí, pero había estado casada con Diego Montero, cristiano viejo. Había pleiteado y obtenido una sentencia que la excluía del bando. Isabel de Mendoza estaba casada con Juan Martín, cochero y cristiano viejo. Sus hijas Isabel y Ana quedaban atrapadas en la misma situación familiar y una resolución anterior había establecido que ninguna de las tres debía ser obligada «a se enbarcar». María González, esposa de Luis Fernández, consiguió también permanecer por estar casada con cristiano viejo, y María Ramírez defendía no sólo su propia permanencia sino la de su hijo Juan por ser su marido, Diego Bohórquez, cristiano viejo.
Detrás de la burocracia aparece así una Marchena profundamente mezclada. Mujeres consideradas moriscas convivían desde hacía años con hombres considerados cristianos viejos y habían formado familias con ellos. La expulsión obligaba ahora a la administración a decidir qué identidad correspondía a sus hijos.
También aparecen hombres cuya identidad estaba siendo discutida. Juan Rosado afirmaba ser cristiano viejo. Luis de Benjumea sostenía ser hijo de cristiano viejo. Miguel Martín alegaba estar reconocido y vivir «en posessión de christiano viejo». Los tres habían conseguido resoluciones favorables.
Pero quizá una de las historias más reveladoras sea la de la familia Gallego. Rodrigo Gallego, Andrés Gallego, Beatriz Martínez, Francisco Gallego, Isabel de Velasco y varios niños construyeron su defensa mirando hacia atrás, hacia sus antepasados. No negaban proceder de musulmanes. Alegaban exactamente lo contrario: descendían de moriscos que «antes de la general reduçión se conuirtieron a nuestra santa fee voluntariamente» y reclamaban por ello los privilegios concedidos desde época de los Reyes Católicos.
En 1613, por tanto, la memoria familiar podía significar la diferencia entre conservar la casa o perderla, entre permanecer en Marchena o ser conducido a un puerto para abandonar el reino.
Elena de la Torre tuvo que reconstruir igualmente su árbol genealógico para defenderse a sí misma y a sus cuatro hijos, Miguel, Luis, Isabel y María. Explicó que había estado casada con Lucas Hernández de Ali y que éste descendía de Francisco de la Huerta, quien se había convertido voluntariamente al cristianismo antes de la conversión general. El apellido o sobrenombre «de Ali», conservado todavía en el nombre del marido, es uno de esos pequeños detalles que el documento deja caer y que nos permiten intuir la memoria de un origen que había sobrevivido durante generaciones.
También aparece Lucía de Rojas.
El nombre es especialmente interesante porque Marchena Secreta llevaba años señalando Rojas entre los apellidos moriscos documentados en la localidad. Ahora podemos poner detrás del apellido a una persona concreta. Lucía estaba casada con Francisco Montero, un portugués que intentaba demostrar ante la justicia que era cristiano viejo mientras se discutía si su mujer pertenecía a los moriscos procedentes del Reino de Granada. La documentación previa de Marchena Secreta había destacado precisamente los apellidos Rojas, Alharras y Valenzuela entre los asociados a población morisca local.
Y entonces llegamos a uno de los personajes más fascinantes del expediente: Francisco Alharras.
Hasta ahora conocíamos Alharras como otro de aquellos apellidos moriscos conservados en la documentación marchenera. El nuevo texto nos cuenta su historia.
Francisco estaba preso en la cárcel de Marchena junto a Juan de Reina acusado de no haber abandonado los reinos cuando se ordenó la expulsión. Para defenderse recurrió a su genealogía y declaró ser descendiente de Rodrigo de León, «cauallero moro, alcaide que fue de la villa de Casares», quien se habría convertido voluntariamente al cristianismo en tiempos de los Reyes Católicos, antes de la conversión general. Francisco afirmaba además que sus «primos hermanos los Alharrases, vezinos desta uilla» ya disponían de una sentencia favorable del conde de Salazar que les permitía quedarse.
Ese párrafo abre una nueva línea de investigación formidable.
Los Alharras no aparecen como una persona aislada. El documento habla de «los Alharrases, vezinos desta uilla», es decir, de una familia asentada en Marchena, suficientemente conocida como para ser identificada por su apellido y con miembros que habían conseguido ya una resolución que reconocía su derecho a permanecer.
Además, Francisco vinculaba su linaje con Casares, uno de los grandes núcleos mudéjares y posteriormente moriscos relacionados históricamente con la Casa de Arcos. Los estudios de Juan Luis Carriazo sobre los Ponce de León y sus comunidades mudéjares muestran precisamente la importancia de Casares dentro de esta historia señorial.
Hay además una coincidencia que merece investigarse pero que no podemos presentar todavía como parentesco probado. Marchena Secreta había publicado hace años la carta de libertad concedida en 1483 a Pedro de León, antiguo musulmán de Zahara convertido al cristianismo, junto a documentos semejantes para Juan de León, Cristóbal de Marchena y Alfonso de León. Ahora Francisco Alharras afirmaba descender de otro convertido antiguo llamado Rodrigo de León. El apellido y el contexto fronterizo hacen inevitable plantearse una posible relación, pero los documentos disponibles hasta ahora no permiten identificar a unos con otros ni establecer una genealogía común. Precisamente ahí podría encontrarse una de las próximas investigaciones.
No todos pudieron defenderse desde sus casas.
Inés Jiménez estaba ya en la cárcel pública de Marchena. Había sido esposa de Juan de Yébenes y se investigaba si debía ser incluida en el bando. El propio asistente recibió información de que su marido había sido cristiano viejo. Pero el escribano añadió una frase que rompe la fría prosa administrativa: Inés «por su aspecto paresçe ser uieja e ympedida». Aquella mujer anciana esperaba encarcelada a que los funcionarios decidieran si su matrimonio le daba derecho a terminar sus días en Marchena.
En la misma cárcel estaban una mujer morisca llamada María y sus hijos Isabel y Juan Simple, acusados de haber regresado a la villa después de la expulsión. También había un hombre del Reino de Granada denunciado por un vecino, Diego de Olmedo, por no haber salido nunca de España, además de Francisco Alharras y Juan de Reina.
Este dato enlaza directamente con otro de los asuntos que Marchena Secreta había publicado: muchos expulsados regresaron. El fenómeno llegó a ser tan importante que fue necesario controlar específicamente la vuelta de moriscos a las poblaciones de las que habían salido.
Y conocemos incluso a un marchenero al que la expulsión hizo perder su casa: Alonso de Villacastín. Vivía en la Plaza de San Andrés y sus bienes fueron objeto en 1613 de las operaciones de venta de propiedades pertenecientes a moriscos expulsados. Su historia constituye el reverso de las personas que aparecen en el nuevo expediente buscando una excepción: Villacastín no consiguió conservar su presencia y su patrimonio terminó en el proceso de enajenación de bienes de los expulsados.
Todavía existe otro documento distinto, que ya habíamos citado anteriormente en Marchena Secreta, según el cual en 1613 quedaba en Marchena un contingente de alrededor de un centenar de moriscos vinculado al ámbito ducal. Ese dato no procede del testimonio que estamos leyendo ahora y debe tratarse documentalmente por separado, aunque ayuda a comprender que los nombres de este expediente no agotaban toda la presencia morisca de la villa.
Dos años antes, en diciembre de 1611, encontramos precisamente otra cara de esta historia. Un representante del duque de Arcos compareció para defender la permanencia de «los seis esclauos quel dicho duque tiene que son moriscos y sus hijos y demás familia». Aquellas personas habían sido registradas y declaradas fuera del bando, por lo que «no auer de ser expelidos del reyno».
Así, cuando reunimos las piezas que Marchena Secreta ha ido publicando durante años con el documento de 1613, la imagen cambia.
Ya no tenemos una vaga «presencia morisca». Tenemos una comunidad formada por personas de procedencias muy diferentes. Estaban los descendientes de antiguos musulmanes locales; quienes podían remontar sus conversiones a tiempos de los Reyes Católicos; los moriscos llegados desde Jubrique y Genalguacil después de la guerra de 1570; mujeres que trabajaban la seda; esclavos directamente pertenecientes al duque; matrimonios mixtos; hijos de cristianos viejos; retornados después de la expulsión y familias que conservaban memoria precisa de antepasados musulmanes de hacía más de un siglo.
Y tenemos, sobre todo, nombres.
Francisco Alharras no era ya simplemente «un morisco». Era un hombre encarcelado que afirmaba descender de un caballero musulmán de Casares y que señalaba a otros Alharras de Marchena como familiares que habían conseguido quedarse.
Lucía de Rojas era una mujer cuyo marido portugués trataba de demostrar ante los jueces que era cristiano viejo.
Elena de la Torre defendía a cuatro hijos recurriendo a la conversión voluntaria de un antepasado.
Isabel de Mendoza intentaba evitar que ella y sus dos hijas fueran obligadas a embarcar.
Inés Jiménez era una anciana encerrada en la cárcel mientras se averiguaba si haber estado casada con un cristiano viejo podía salvarla del destierro.
Y Alonso de Villacastín perdió su casa de la Plaza de San Andrés después de ser expulsado.
La gran historia de la expulsión se convierte así en una suma de pequeñas historias domésticas.
En mayo y junio de 1613, mientras el pregonero recorría las plazas de Marchena ordenando que nadie escondiera o ayudara a los moriscos, detrás de muchas puertas había familias buscando apresuradamente sentencias antiguas, partidas, testimonios y genealogías. Cada papel podía decidir quién se quedaba y quién marchaba.
Cuatro siglos después, esos mismos documentos nos permiten hacer el camino contrario: devolver los nombres a quienes durante demasiado tiempo quedaron reducidos a una sola palabra, moriscos.
You must be logged in to post a comment Login