Hay palabras que todavía pesan como piedras. Palabras que parecen dichas al pasar, en una conversación de calle, en una barra, en una esquina, en una sobremesa cualquiera, pero que pueden dejar a una persona marcada durante toda su vida.
Una de ellas es “loco” en esta Andalucía rural donde todos nos conocemos y donde una frase hecha puede correr más que una verdad, donde todavía se usa con demasiada facilidad para apartar a quien incomoda, a quien no entendemos, a quien actúa de una manera que no encaja en el molde común.
Hace poco, en Marchena, se produjo un gesto de una valentía poco frecuente. Pacientes y familiares hicieron un llamamiento público para crear una asociación de salud mental en la localidad, con el objetivo de reunir apoyo, información y acompañamiento para quienes conviven con estos problemas. Un llamamiento para la creación de una asociación de pacientes y familiares de salud mental, una iniciativa que pone voz a una necesidad real y todavía demasiado silenciosa.
El hecho no debería pasar inadvertido. Que sean los propios familiares quienes salgan a explicar que necesitan apoyo, orientación y comprensión revela dos cosas al mismo tiempo. La primera, que la salud mental ha dejado de ser un asunto escondido en las casas. La segunda, que aún cuesta mucho hablar de ella sin miedo, sin vergüenza y sin sospecha.
Porque el estigma sigue ahí. Cambia de forma, se disfraza, se suaviza en el lenguaje público, pero permanece en el habla cotidiana. Y muchas veces no se dice para describir una enfermedad, ni para pedir ayuda, ni para activar recursos sanitarios o sociales. Se dice para señalar. Para desacreditar. Para cortar vínculos. Para dejar a alguien fuera.
Ahí está la contradicción más evidente. Si una persona tuviera realmente un problema de salud mental, lo humano, lo responsable y lo civilizado no sería aislarla, sino acompañarla. Lo lógico sería orientar a esa persona y a su familia hacia los servicios sanitarios, hacia los recursos sociales, hacia las asociaciones de apoyo, hacia la atención profesional.
Cuando alguien utiliza la supuesta locura de otro solo para hacerle el vacío, probablemente no está preocupado por su salud. Está usando la salud mental como arma de marginación.
Y eso es precisamente el estigma.
El estigma no siempre aparece como insulto directo. A veces adopta la forma de silencio. De retirada. De sospecha. De comentario repetido. De una etiqueta que se pega a una persona y ya nadie se molesta en comprobar. Alguien dice que fulano “está mal”, que “no está bien de la cabeza”, que “está loco”, y a partir de ahí se activa una condena social sin juicio, sin diagnóstico, sin escucha y sin compasión.
Lo más grave es que muchas veces ni siquiera hablamos de enfermedad mental. Hablamos de diferencias de carácter, de heridas personales, de rarezas, de formas de vivir que no entendemos, de personas que atraviesan ansiedad, depresión, duelo, estrés, soledad o dificultades emocionales. Pero el pueblo, que puede ser cálido como una candela y cruel como una sentencia, a veces simplifica lo que no comprende y lo reduce todo a una palabra: loco.
La salud mental, sin embargo, no cabe en esa palabra. No existe “la locura” como un saco donde meterlo todo. Existen trastornos de ansiedad, depresiones, trastornos del sueño, adicciones, psicosis, trastornos de la personalidad, sufrimientos derivados del trauma, problemas adaptativos, crisis vitales, duelos mal cerrados, soledades que enferman y dolores interiores que no se ven.
Hay problemas leves, moderados y graves. Hay personas que necesitan medicación, otras terapia, otras apoyo familiar, otras descanso, otras comunidad, otras simplemente ser escuchadas antes de ser juzgadas
En España, los datos oficiales del Sistema Nacional de Salud muestran una realidad que ya no puede despacharse como una rareza: más de un tercio de la población tiene registrado en atención primaria algún problema de salud mental.
Por eso resulta tan injusto seguir usando la salud mental como descalificación. Porque lo que antes se escondía en las casas hoy sabemos que forma parte de la vida común. ¿Quién no ha tenido miedo? ¿Quién no ha pasado por una etapa de ansiedad? ¿Quién no ha visto a alguien cercano hundirse en una depresión? ¿Quién no carga con alguna herida invisible?.
Nadie debería señalar desde una supuesta superioridad moral a quien, sencillamente, está librando una batalla interior.
También conviene desmontar otra idea peligrosa: la asociación automática entre enfermedad mental y amenaza. La mayoría de las personas con problemas de salud mental no son peligrosas. La evidencia científica insiste en que convertir el trastorno mental en sinónimo de violencia alimenta un prejuicio falso y dañino.
Cuando existen conductas violentas, suelen intervenir muchos otros factores, como el consumo de sustancias, la exclusión, la historia previa de violencia o la falta de atención adecuada.
El daño del estigma no es menor. A veces duele más que la propia enfermedad. Una persona puede aprender a vivir con ansiedad, con depresión o con un diagnóstico grave si tiene tratamiento, familia, red social y respeto. Lo que resulta devastador es quedarse sola. Ser mirada como una carga. Ser convertida en rumor. Sentir que cada gesto será interpretado como síntoma y cada diferencia como prueba de culpabilidad.
Por eso la aparición pública de familiares y pacientes en Marchena tiene un valor que va más allá de la noticia local. Es un acto de dignidad. Es decir: estamos aquí, necesitamos apoyo, no queremos escondernos, no queremos vivir esto a solas. En una sociedad acostumbrada a callar estos asuntos, dar la cara es una forma de romper una cadena antigua.
La respuesta de un pueblo ante la salud mental no debería ser el chisme, sino la formación. No el vacío, sino la compañía. No la etiqueta, sino la escucha. No el miedo, sino los recursos. Hace falta educación emocional en los centros educativos, información clara para las familias, apoyo a los cuidadores, asociaciones fuertes, coordinación con los servicios públicos y un lenguaje más responsable en la calle y en los medios.
Porque llamar “loco” a quien no entendemos no nos hace más cuerdos. Solo nos hace más injustos.
Y quizá esa sea la lección más incómoda: el estigma no habla tanto de quien lo sufre como de quien lo reproduce. Habla de nuestra ignorancia, de nuestro miedo a la diferencia, de nuestra falta de cultura sanitaria y de nuestra tendencia a expulsar del círculo a quien nos obliga a mirar una parte frágil de la condición humana.
La salud mental no es un problema ajeno. Es una frontera que todos podemos cruzar alguna vez. Hoy puede ser otro. Mañana podemos ser nosotros. Por eso una comunidad verdaderamente sana no es la que no tiene personas heridas, sino la que sabe acompañarlas sin humillarlas. La que no convierte el sufrimiento en rumor. La que entiende que nadie se cura en el aislamiento, y que muchas veces el primer tratamiento empieza con algo tan sencillo y tan difícil como no apartar la mirada.
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