Historia
Investigación: Documentos inéditos muestran el vínculo entre Marchena y Osuna y los comuneros castellanos
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1 mes agoon
El Portal de Archivos estatales, Pares, conserva cartas inéditas entre el Señor de Marchena, el de Osuna, y el Arzobispo de Sevilla sobre las rebeliones comuneras en Andalucía.
Cada 23 de abril se celebra en Villalar, Valladolid, la fiesta de los Comuneros, creada en 1821, por Juan Martín Díaz ‘El Empecinado’, héroe de la Guerra de la Independencia (1808-1812), que promovió una expedición para buscar los restos mortales de los líderes comuneros: Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, que culminó con un homenaje en la plaza principal de la localidad.

Cuando el hermano del Duque de Arcos tomó el Alcázar de Sevilla, en nombre del movimiento comunero
La bandera republicana añadió un tercer color, el morado, considerado como el color de Castilla y de los comuneros por decreto de 27 de abril de 1931 del Gobierno de la República.

Karl Marx escribió «no hubo en España hasta el presente siglo XX una revolución seria excepto la guerra de la Junta Santa contra Carlos V». Azaña y muchos otros diputados de la II República veían a los Comuneros como precursores.
La batalla de los comuneros en Huéscar y su reflejo en el callejero de Marchena
QUÉ SUCEDIÓ EN LA GUERRA DE LOS COMUNEROS
La guerra de los comuneros fue la primera y única guerra de Castilla contra el Estado.
Carlos I implantó un sistema más centralizado y absoluto, relegando a la nobleza y a los territorios, y sus cortes como las de Castilla y León con capacidad de limitar el poder real a través del común, es decir, los comuneros que eran los no privilegiados.
Las cortes de Castilla se proclaman hostiles al Rey y en mayo de 1520 y después de gran oposición interna Carlos V es nombrado emperador y se va a Alemania a ser coronado emperador. Se levanta en armas la ciudad de Toledo y el fraile Adriano de Utrecht es nombrado regente de Castilla. Se forma la Junta Comunera. y se inicia una rebelión en Toro, Toledo, Valladolid y Ávila.
LA GUERRA EN ANDALUCÍA

El Señor de Osuna Pedro Girón y su cuñado el I Duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, habían hecho una alianza con el arzobispo y contra el Duque de Medina Sidonia, por el control de Sevilla y Andalucía para quedarse con las posesiones de los Guzmán. Con esta petición Girón se dirigió al emperador Carlos V que no le hizo caso. Frustradas sus ambiciones personales, se unieron a la revuelta.
Rodrigo Ponce de León, era alguacil mayor de Sevilla, se casó en 1507 con Isabel Pacheco, hermana de la líder de la revuelta María Pacheco y luego con Juana Téllez Girón, hija del señor de Osuna, dos de los líderes del movimiento comunero.

En abril de 1520 Pedro Girón, duque de Osuna, lideró las tropas del levantamiento comunero de Valladolid junto a Juan de Padilla logrando desde octubre de 1520 la expulsión del Consejo Real de Valladolid, el 30 de septiembre de 1520, y el 1 de octubre salió al paso del cardenal Adriano de Utrecht, regente del reino. Pedro Girón fue capitán general comunero de Valladolid, señor de Osuna, Morón de la Frontera, Arahal y La Puebla de Cazalla.
Mientras Medina del Campo, ardía por la masa popular que se hizo con la artillería real en agosto de 1520 y rebelión se extiende por toda Castilla. Hubo alzamientos comuneros en Jaén,, Ubeda, Baeza y otros puntos de la Andalucía, y Sevilla.

El 16 de septiembre de 1520 don Juan Suárez de Figueroa, hermano de Rodrigo I Duque de Arcos -enterrado en Santo Domingo de Marchena- levanta sus tropas de Marchena y Mairena del Alcor apelando al movimiento comunero y contra el Duque de Medina Sidonia y su entorno de judeo conversos y toma el Alcázar de Sevilla por 24 horas justo mientras los comuneros toman Tordesillas e intentan atraer a la reina Juana.
El real de las tropas del Duque se asentó en los olivares de Mairena junto al Castillo, procedentes de Marchena y Paradas desde el domingo de la revuelta. «Por la mañana dicha misa a las ocho y comidos á las nueve a campana repicada salieron de Marchena y de Paradas e vinieron a Mairena» donde estuvieron una semana. Quedaron «los más lucidos caballeros, que serían hasta doscientos con el Duque » para entrar en la ciudad.
Sobre la una de la tarde, del domingo Juan de Figueroa se dirigió al Palacio de su hermano, el duque de Arcos, en la Plaza Santa Catalina, convocando a sus criados, familias y partidarios, tomó las armas y artillería y se dirigió al Alcázar de Sevilla a las tres de la tarde, varios centenares de hombres armados y varias piezas de artillería dando vivas al rey y a la Comunidad.

El Arzobispo Diego de Deza había retenido contra su voluntad al Alcalde de Justicia y Asistente en el Palacio Arzobispal apoyando al bando de los Ponces y Girones. Se vigilan las puertas de la ciudad para que no entrasen refuerzos desde Marchena o Mairena y se busca en las tabernas a marcheneros y maireneros.
Tras la derrota de Villalar fue María Pacheco la que lidera las tropas castellanas hija de Francisca Pacheco, hermana del II marqués de Villena quien a su vez era sobrina de Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos. Nació en la Alhambra, donde su padre vivía como virrey y capitán general que era de Granada desde 1492. En 1511 se casó, también en Granada, con Juan de Padilla, lider de los comuneros y a la muerte de éste lideró la defensa comunera de Toledo. Su hermana se casó con el I Duque de Arcos.
En 1521 se celebró la Liga de La Rambla, asamblea de ciudades andaluzas celebrada en la localidad de La Rambla a inicios de 1521, para apoyar al rey frente al movimiento comunero liderado por los nobles andaluces que desde el norte de Castilla amenazaba con extenderse a Andalucía.
El Rey inició un proceso judicial especial seguido de un indulto general a los cabecillas Juan de Figueroa, y Juan de Guzmán, vecino y veinticuatro de Sevilla. El perdón general se despachó en Valladolid el 18 de octubre de 1522, refrendado por el secretario de Carlos V Francisco de los Cobos.
En abril de 1521 fue la batalla de Villalar, entre comuneros y tropas del emperador Carlos V con una rotunda victoria real que marcó la historia de España.
En enero de 1521, el Almirante de Castilla informa al Rey de la actitud de Girón de las guerras nobiliarias de Sevilla, y pide el perdón real para Girón por haber apoyado a los Comuneros tras la batalla de Villalar y fue perdonado en 1522 por haber defendido Navarra en 1521 de un ataque francés y exiliado a Orán durante 6 años.
Los archivos estatales conservan abundante documentación y carteas entre Giron, el Duque de Arcos y el arzobispo de Sevilla sobre los Comuneros, que no ha sido suficientemente estudiada.

DOCUMENTOS DE LA GUERRA DE COMUNIDADES Y LA CASA DE ARCOS
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Actualidad
La V Gran Caracolá será en la Plaza de San Sebastián los días 29 y 30 de mayo
Published
9 horas agoon
27 mayo, 2026
La Plaza de San Sebastián volverá a llenarse de olor a hierbabuena, caracoles recién cocidos y música en directo con la celebración de la V Gran Caracolá de Marchena, que tendrá lugar los días 29 y 30 de mayo de 2026. La cita, organizada por la Pontificia, Real Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Dulce Nombre de Jesús, María Santísima de la Piedad y San Juan Evangelista, contará con actuaciones musicales, ambigú a precios populares y diversas actividades festivas en pleno centro histórico de la localidad.
El cartel anunciador confirma que la fiesta arrancará el viernes 29 a partir de las 21:30 horas con la actuación de la Agrupación Musical Dulce Nombre de Jesús, mientras que el sábado 30, desde las 13:00 horas, continuará la convivencia gastronómica y festiva que culminará por la noche con la actuación del grupo flamenco-fusión Maraké. Los caracoles volverán a estar elaborados por “José El Tontorrón”, conocido establecimiento de Paradas especializado en esta receta tradicional andaluza.
La Caracolá se ha consolidado en pocos años como una de las actividades gastronómicas y de convivencia más concurridas de la primavera marchenera.
La edición anterior, celebrada en 2024, supuso la consolidación definitiva de esta iniciativa impulsada por la hermandad, que comenzó años atrás como una convivencia gastronómica de menor formato y terminó transformándose en una cita habitual dentro del calendario festivo de mayo en Marchena.

Cultura
De como las modas de Paris en la feria del siglo XIX desembocaron en los trajes de faralaes
Published
10 horas agoon
27 mayo, 2026
Las ferias de finales del siglo XIX eran muy distintas a las de hoy. Al amanecer las ganaderías tomaban el real, los turistas buscaban a las Cigarreras y a las gitanas como algo exótico y las modas francesas desplazaban a los trajes andaluces.
La moda de Francia había invadido la moda y hasta el habla andaluza: «Oiga usted, señorita, ¿me hace usted el favor de cantar una petenera?. «Avec beaucoup de plaisir», dice la niña que habla muy mal francés y canta peor flamenco. «Donne moi un cigarrete».
Suena a veces la guitarra pero va dominando el piano y aunque no están vedadas las malagueñas ni las sevillanas, suelen oírse cuplets franceses en la feria de Sevilla según el relato de Más y Pratt.
Al alba del primer día de feria de Sevilla, el Prado de San Sebastián es tomado por los ganaderos de Marchena, Écija, Lora, Carmona, Mairena, Morón, Estepa.
Los feriantes andaluces suelen llevar a remolque sus familias, principalmente el tratante gitano. Las filas de carretas entran en El Prado produciendo un sonido original que procede de los crujidos de las llantas.
Los que llevan ganado boyar suelen ir al paso de sus carretas preparadas para la excursión con todos los aditamentos necesarios con toldos o tejidos de palma y bajo el tablón el cántaro de agua fresca.
Las caballerias llegan al Prado levantando nubes de polvo, la sangre del corcel andaluz se enciende con la fatiga y sus elásticas piernas se fortifican.
Se levantan tiendas provisionales, se amontona el ato de que forma parte la manta y la alforja, que han de servir de colchón y de almohada y se coloca en el lugar más seguro la bota de vino.
Los gitanos comienzam la tarea de los tratos, que para ellos es siempre fructuoso, corriendo como chispas eléctricas por todas partes con la faja mal compuesta, la chaquetilla arremangada, el pantalón a media pierna y el sombrero bailando sobre la coronilla.
Oiga usted excelencia, dicen a un señorito del pueblo con chaqueta de terciopelo. Tengo un tronco alazano que es el mismo que llevó al cielo el coche de San Elías. El feriante le responde, que más bien parece propio de coche fúnebre de tercera clase, y se despide con un «que usted se alivie».
Después de que se ha valido de todos los subterfugios imaginables para engañar al feriante, metiendo a los caballos agujas en la oreja para que se avispe, saca de su petaca un cigarro y le dice con exquisita finura: por estas cruces de Dios se lleva usted el bicho mejor de la feria.
Los ingleses y franceses que vienen a Sevilla por feria quieren ver la Fábrica de Tabacos y la calle San Fernando cuando salen a bandadas como las golondrinas las cigarreras que dejan la faena muy temprano y se dirigen al Real luciendo sus mantones de manila y sus peines altos y enroscados sobre la coronilla. La Cigarrera no es gitana ni flamenca sino un compuesto de ambas.
Las tiendas aristocráticas aparecen cercadas de macetas de porcelana con musgos y begonias, con colgaduras de Damasco, cubiertas de alfombras, llenas de jardineras y espejos, y a la puerta de su sencilla balaustrada, butacas escaños y elegantes mecedoras donde dormitan los señores de clase media.
La alta sociedad sevillana estos días se permite usar la falda corta de raso y la calada peineta de concha, la mantilla de encaje y el corpiño ajustado de la flamenca, comen jamón dulce y pavo trufado, emparedados y pastas de vainilla y beben Jerez y manzanilla.
Mas alla hay tascas de feria con carteles de vino y caracoles, menudo, taberna, buñuelos y aguardiente. Alli se ven las hermosas gitanas de pura sangre. La flamenca, suele aparecer allí cantando por todo lo alto y ostentando todas las gracias de sus especies.
La gitana no se pone el pañuelo terciado con los flecos en la tierra sino que se envuelven el mantón y golpea las tablas haciéndoles crujir bajo sus plantas.
En las buñolerías, estos gitanos apuran todo el caudal de su ingenio para formar adornos y pabellones, puede decirse que en el recinto se pone las bordadas enaguas de las gitanas y sus sábanas de novia al entrar.
Texto: Mas y Pratt en La Ilustración española y americana. 22/4/1888. Fotos: Salvador Azpiazu. 1890.
Historia
San Ginés: ermita, lazareto, manantial y molino de aceite
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4 días agoon
24 mayo, 2026
San Ginés es uno de los lugares más interesantes del pasado de Marchena. Las fuentes históricas antiguas nos cuentan que aquí había una ermita donde vivían ermitaños. También se encontraron algunos restos romanos en la zona. Además hasta hace cincuenta años tuvo una fuente pública para el ganado. Era el inicio del camino de Osuna y Granada y fue usado como lazareto en las epidemias del XIX.
San Ginés de Arlés fue un mártir cristiano que falleció decapitado en 303 bajo el mandato de Diocleciano en el municipio de Trinquetaille, al pie de una morera. Nombrado secretario de un magistrado romano, se negó a abandonar el cristianismo y huyó y luego fue capturado y ejecutado por los romanos.
San Ginés en Marchena es un importante yacimiento arqueológico poblado desde el neolítico y donde aparecieron dos vasos campaniformes que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional y varias tumbas romanas.
Además San Ginés tuvo una Almazara de doble piso y patio central en unas dependencias de molino incluyendo trujales, sala de prensa y restos de antiguas cuadras, según el IAPH.
San Ginés era además un lugar rico en aguas subterráneas donde se construyó una ermita, habitada por ermitaños, y donde había unos pilares con agua para el ganado que en el XIX se convirtieron en uno de los lavaderos públicos del municipio.
Lo que hasta entonces era un abrevadero de ganado comenzó a ser usado como lavadero público -San Ginés y de la Ventilla-, por lo que el Ayuntamiento publicó unos edictos «en los que se prohíbe lavar la ropa en dichos pilares bajo la pena de multa», según explica Pepe Villalobos en su obra Siglo XIX Tomo I Decadencia Guerra y Revolución.
En 1800 el arzobispo de Sevilla don Luis María de Borbón cedió las ermitas de San Roque y San Ginés para que sirvieran de lazaretos para curar a los enfermos y fortalecer a los convalecientes de la epidemia de fiebre amarilla, al mismo tiempo que el pueblo se cerraba y confinaba y se establecía una zona de va desde el camino de las cuestas hasta San Ginés y se prohibía enterrar a las victimas de la epidemia en los templos.
En 1824 el Arzobispado ofrece al Ayuntamiento de Marchena la venta de las abandonadas ermitas de San Ginés en la salida hacia La Puebla de Cazalla y San Roque, que luego se convierte en cementerio municipal, que junto con Santa Justa eran las tres ermitas rurales del entorno de Marchena.
De nuevo en 1830 el Arzobispado comunica por escrito al Ayuntamiento que quiere desprenderse de las ermitas por la cantidad anual que se estipule, incluyendo los edificios de las ermitas de San Ginés y San Roque, y los terrenos circundantes que disfrutaban los antiguos ermitaños, pero el Ayuntamiento entonces no está interesado. Será con la reiteración de las epidemias y la prohibición definitiva de enterramiento en todas las iglesias cuando el Ayuntamiento decide finalmente instalar el cementerio municipal a finales del XIX en la ermita de San Roque, junto al lavadero.
Igualmente, el Ayuntamiento se ve en la obligación de traer al pueblo el agua de San Ginés y del “El Lavadero”, situados ambos a más de una milla de la población, teniendo en cuenta que la única fuente del pueblo estaba en mal estado y no se podía usar.
El Ayuntamiento acuerda que los peritos estudien la conducción de las aguas desde el manantial de San Ginés hasta el pueblo solicitando, licencia al Real y al Consejo de Castilla para emprender la obra.
Hermandades
Toros, danzas, fuegos artificiales y carros alegóricos: así era el Corpus del siglo de oro
Published
1 semana agoon
19 mayo, 2026
El Corpus era la principal celebración religiosa del año, y a ella se sumaban la iglesia, el Duque y el Ayuntamiento, que no reparaban en gastos y medios para realzar la fiesta.
Era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.
En las vísperas salía la Tarasca acompañada de diablillos y mojarrilas, también hubo carros alegóricos, arcos efímeros que se instalaban en las calles, que se empedraban, por donde pasaba la procesión, fiestas de toros, fuegos artificiales y luminarias, meriendas y reparto de pan, grupos de danzas de gitanos, música de ministriles, etc. Todo esto hacía del Corpus la principal fiesta de Marchena.
Los grupos de danzas, la tarasca, los diablillos y mojarrilas y los toros quedaron prohibidos por el Rey en toda España en 1765 al considerarse que restaba devoción y era poco serio para esta fiesta.
Esto nos cuenta la investigación realizada por Ramón Ramos sobre datos del Ayuntamiento que pagaba dichos gastos, que se sumaba a lo que gastara la iglesia y el propio Duque.
La Tarasca, que era una especie de dragón que simbolizaba el pecado, salía la víspera del Corpus. Era una talla también efímera porque se pagaba cada cierto tiempo por hacer una nueva.
Cristóbal Díaz hizo una Tarasca en 1603 y en 1667 el carpintero Francisco Martín cobró 600 reales por hacer otra. Salía acompañada de diablillos y mojarrillas, vestidos con trajes grotescos de colores. Los diablillos iban haciendo ruido con unas vejigas llenas de piedras. En 1656 el sastre Hernando Padilla hizo sus trajes.
Para la víspera las luminarias se colocaban en las plazas públicas y en las calles arcos y en altares y se gasta mucho dinero en el cera.
Las luminarias alumbraban las calles y plazas en la tarde noche de las Vísperas, consistían en barriles y lebrillos con pez y virutas, hachas.
También era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.
En 1656 en Marchena ya hubo corrida de toros en el Corpus . También en Marchena hubo procesiones de carros alegóricos una especie de teatro en carros en los que venían comediantes con un rico y complejo aparato escénico. Los pasos representaban escenas de las Sagradas Escrituras.
Historia
La aduana olvidada de Marchena: los fielatos donde se pagaba por entrar con vino, aceite, carne o trigo
Published
1 semana agoon
18 mayo, 2026
Los antiguos fielatos de Marchena funcionaban como pequeñas aduanas locales situadas en las entradas del pueblo. La Puerta Real, al final de la calle Real o Carrera —hoy entorno de Compañía— fue uno de los puntos clave de control fiscal.
En Marchena hubo un tiempo en que entrar en el pueblo con un carro cargado no era simplemente cruzar una puerta. Era detenerse, declarar la mercancía, pesarla, medirla y pagar. Aceite, vino, vinagre, carne, trigo, jabón, ganado o cualquier producto destinado a la venta podía encontrarse con la mirada del fiel, la romana sobre la mesa y la cuenta abierta.
Aquellas pequeñas aduanas interiores se llamaban fielatos. No eran monumentos, ni conventos, ni palacios. Pero cuentan una parte fundamental de la historia cotidiana: la del impuesto que esperaba al vecino antes incluso de llegar al mercado.

La Puerta Real, el punto clave de la antigua fiscalidad
La documentación de 1826 sitúa uno de los espacios principales de control en la Puerta Real, también llamada Puerta de Osuna, ubicada “al final de la calle Real o Carrera”. Ese año, las autoridades marcheneras pusieron en marcha la recaudación de los llamados Derechos de Puertas, que habían sustituido a las antiguas Rentas Provinciales. Para evitar que nadie esquivara el pago, se acordó el cerramiento total de la villa y la vigilancia de sus entradas.
La razón era clara: todo producto introducido en la villa para venderse debía abonar una tasa. Para recaudarla se establecieron fielatos en las puertas de entrada, donde los dependientes cobraban según la cantidad y calidad de la mercancía.

De puerta militar a punto de pago
La tradición documental recogida en La Marchena Secreta añade un dato de gran valor urbano: la Puerta Real de la Calle Real —Compañía— fue tapiada por los franceses en 1810 para evitar ataques de las tropas españolas. Después, en ese entorno se instalaron fielatos para el pago de impuestos.
Es decir, el espacio de Compañía no solo fue paso de vecinos, tropas, arrieros y mercancías. También fue una frontera económica. Allí donde hoy se cruza casi sin mirar, antes podía levantarse una barrera más eficaz que una muralla: la del papel sellado, la báscula y el cobrador.

Los fielatos del siglo XIX: San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la estación
A finales del siglo XIX el sistema aparece mucho más organizado. En 1889 se acordó instalar el fielato central en la calle San Sebastián número 67, en una casa alquilada por 3 pesetas diarias. Además, se dispusieron casetas o puntos de intervención en las entradas de San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la Estación del ferrocarril.
La llegada del tren obligó a extender el control hasta la estación. Donde entraban mercancías, entraba también la Hacienda. Y donde había Hacienda, aparecían básculas, libros, impresos, rondas de vigilancia y empleados.

Plano de Marchena en 1826 que ubica los fielatos que había en Marchena
El gasto fue considerable: básculas para los fielatos por 627,50 pesetas, un escritorio para el fielato general por 3.000 reales, cinco escopetas, una carabina, pólvora, balas y hasta 30 pitos para la ronda de vigilantes. Aquello no era una simple mesa con un sello: era una maquinaria fiscal completa.
El fiel medidor: el hombre que daba fe del peso y la medida
En este mundo de impuestos, el personaje clave era el fiel medidor, junto al fiel de la romana o fiel romanero. Su función consistía en garantizar que los pesos y medidas fueran correctos en las compraventas. En una economía agraria, donde el trigo, el aceite, el vino o la carne se vendían por medidas concretas, una pesa trucada podía ser una ruina.

“Aquí se pesaba, se medía y se cobraba”.
Veleta del antiguo fielato de Marchena. Las balanzas recuerdan el trabajo del fiel medidor y del fiel de la romana, encargados de pesar, medir y controlar las mercancías sujetas al impuesto de consumos.
Tiene además un doble juego simbólico precioso. La palabra fiel se relaciona con el funcionario que da fe de la medida justa, pero también con el fiel de la balanza, la pieza que marca el equilibrio. Es decir, la veleta está diciendo, con hierro y viento, que aquel lugar era territorio de la medida oficial.
La cruz superior seguramente responde al lenguaje visual tradicional de la época: muchos edificios públicos o semipúblicos incorporaban símbolos religiosos, pero el mensaje específico del fielato lo dan las balanzas. No hablan de justicia abstracta, sino de algo mucho más cotidiano: el pan, el vino, el aceite, la carne y el impuesto que pesaba sobre todo ello.

En 1832, la Intendencia General de Andalucía pidió al Ayuntamiento de Marchena un informe sobre si debían mantenerse los oficios de Fiel medidor y Fiel Romanero. Los síndicos Juan Guerrero Estrella y Ramón de Torres y Atienza respondieron que entre 1812 y 1818 esos oficios habían quedado en libertad, pero que luego volvieron a manos de la duquesa de Arcos. Según el informe, durante los años sin control se produjo un “notable desorden en el arte de medir y pesar”, con perjuicio para labradores, tenedores de grano y compradores al por menor.
El sistema cobraba una pequeña retribución de cuatro maravedíes, que pagaba comprador o vendedor. A cambio, se pretendía evitar engaños en el comercio. El informe prefería la medición directa en el momento de la venta antes que el simple aforo de almacenes, porque este último permitía ocultar género.

Saber más
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo. Marchena 1800-1833. Tomo II. Datos sobre Derechos de Puertas, Puerta Real, fielatos y fiel medidor.
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Restauración plena y crisis finisecular. Datos sobre fielato central de San Sebastián, casetas de Compañía, Santa Clara, Barranco y estación.
- La Marchena Secreta. Libro. Referencia a la Puerta Real / Calle Real / Compañía, tapiada en 1810, y posterior instalación de fielatos.
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo I. Contexto sobre fiscalidad, portazgo, consumos y derechos señoriales.
Historia
Los molinos históricos de Marchena: aceite, trigo y un viejo molino de viento flamenco
Published
1 semana agoon
17 mayo, 2026
Marchena no tuvo “un” molino: tuvo un pequeño mundo de molinos. En sus documentos aparecen molinos aceiteros, molinos harineros movidos por el agua del Corbones, tahonas, fábricas de harina y hasta un molino de viento traído desde Flandes en el siglo XVI. La cifra, por tanto, cambia según lo que contemos.
La fotografía más clara del primer tercio del siglo XIX dice que Marchena tenía 31 molinos de aceite y tres molinos harineros sobre el río Corbones. Es decir, 34 molinos documentados en ese momento, sin contar el antiguo molino de viento ni otros molinos que aparecen en épocas posteriores. José Alcaide Villalobos recoge para la villa 14 hornos de pan, tres molinos harineros en el Corbones y 31 molinos de aceite; además, señala que esos 31 molinos aceiteros producían 11.874 arrobas de aceite al año.

Pero la historia no se queda quieta. Los mapas y estudios locales elevan el máximo conocido de molinos aceiteros a 35 en 1861. Después llegó el declive: 19 en 1875, 23 en 1901, 13 en 1930 y apenas restos o supervivencias en el siglo XX. El estudio de María del Carmen Parias Sáinz de Rozas sobre las haciendas de olivar de Marchena, publicado en las Actas de las IV Jornadas sobre Historia de Marchena, es una referencia académica clave para entender ese paisaje olivarero.
Dónde estaban
Los molinos de aceite se repartían entre el casco urbano, el ruedo agrícola y las propiedades conventuales. No siempre conocemos la ubicación exacta de cada uno, porque muchos documentos citan al propietario y no la calle. Aun así, las fuentes permiten situar varios puntos:
En la calle Santa Clara estaba el molino vinculado al convento de Santa Clara, que rentaba 1.100 reales, y en la memoria oral del siglo XX aparece también el molino de Cortés en esa misma calle.
En Fontinas se ubicaba el molino aceitero del convento de San Agustín, que tras la Guerra de la Independencia sufrió robos en puertas, ventanas, cerrojos y fábrica interior.

En el Vallisco estaba el molino de Miguel Moreno; junto a los depósitos de agua de la carretera, el de José Aguilar Barea; en la calle Duarte, el de Cesáreo García Rubio, al lado del molino de Mariano Sanz; y en la calle Pernía, el de Antonio “El Granaíno”. También se citan el molino de Pepe Romero frente a la Industria Aceitunera Marciense, otro frente a la iglesia de Santa Isabel y otro en la finca La Cobatilla, propiedad de Mercedes de Sal y Sanz.
Un mapa de 1826 recoge además los molinos de San Andrés, Terneros, Guardaplata y Montiel, nombres que suenan casi como mojones de una Marchena agrícola ya desaparecida.
El molino de Mariano Sanz es citado como el molino antiguo mejor conservado de Marchena: mantuvo almazara, prensas hidráulicas, tinajas, correas, bombas de transmisión, cuadras, pajares, pozo y espacio para el alpechín. El de Los Pérez, situado frente a Mercadona según la fuente local, aparece como el último molino antiguo en funcionamiento durante buena parte del siglo XX.

Los molinos harineros del Corbones
Marchena también molía trigo. La documentación de 1815 habla de tres molinos harineros dentro del término, movidos por el agua del Corbones. En los expedientes se citan el molino de La Caridad, el molino de don Joaquín Clasevout y el molino de San Pedro.
La Diputación de Sevilla, en su información turística sobre el río Corbones, amplía la memoria hidráulica y afirma que sus aguas llegaron a mover hasta siete molinos harineros en Marchena. Esto no contradice necesariamente la cifra de tres: una fuente habla de los molinos documentados en un momento administrativo concreto; la otra resume una serie histórica más amplia del río.
El molino de viento de San Miguel
La pieza más singular es el molino de viento del barrio de San Miguel. La documentación citada en La Marchena Secreta habla de Maese Pedro Jaus, “el flamenco”, vecino de Sanlúcar de Barrameda, a quien en 1549 se le dieron 400 ducados para ir a Flandes y traer un molino de viento de madera para moler trigo.
La toponimia conserva una pista preciosa: cerca de La Ventilla se menciona el cerro del molinete de viento, asociado al abastecimiento de agua y a la antigua fuente de San Antonio.
Saber más
Fuentes principales consultadas: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX, tomos I y II; La Marchena Secreta; Ruta del León; María del Carmen Parias Sáinz de Rozas, Las haciendas de olivar de Marchena; informe del IAPH sobre la comarca Morón-Marchena, que destaca la importancia de molinos harineros hidráulicos y almazaras en el patrimonio industrial de la zona.
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