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Historia

De cómo el señor de Marchena se hizo con las almadrabas de Cádiz

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La guerra de banderas entre Marchena y Medina Sidonia, afectó a la posesión y derechos de armar almadrabas en la bahía por lo que en los acuerdos de paz de Marchenilla se acordó que las almadrabas de  Cádiz se dejasen para el Señor de Marchena. 

En el Palacio de Marchena se consumía atún que venía de las almadrabas gaditanas, de su propiedad, en la que trabajan moros esclavos que pescaban en Mayo y Junio, y en Julio se transportaba fuera de Cádiz. El jornal que pagaba el Marqués a los peones moros esclavos era de 16 ó 25 mrs., según estas cuentas. También tenía un «morero» el Marqués de Cádiz, encargado de los esclavos moros que cobraba de 20 a 25 mrs.

La debilidad de la monarquía del siglo XIV hizo que las casas de Marchena y Medina Sidonia se hicieran con el control de media Andalucía y que restando poder monárquico se enfrentaran en guerras internas por el control de distintos bienes hasta que los Reyes Católicos les paran los pies y les quitan el poder para fortalecer a la monarquía. 

Las cuentas de 1486 indican que la primera pesca de estas almadrabas de Cádiz y de Hércules, se enviaban a Marchena. Allí trabajaban armadores, atalayas, caloneros, mayordomo de la mojama, mayordomo de pilas, candelero, cloquero, sastre, mozos, etc.

«Otrosý, en quanto atañe a las almadrauas de Cádiz, mandamos que el dicho señor duque las dexe al dicho señor marqués libres y desembargadamete en aquella forma y manera que más cumpliere al dicho señor marqués, dexando el dicho señor marqués la otra almadraua que tiene de Rota, la qual non pueda armar nin fazer de aquí adelante, salvo dexando de fazer la de Cádiz».

Documentos del Fondo Osuna. Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional
Digitalización de microfilm de 35 mm

«Yo, don Enrique De Guzmán Duque de Medina Sidonia otorgo y reconozco a vos don Rodrigo Ponce de León, Marqués de la ciudad de Cádiz, conde de Arcos de la Frontera y señor de la villa de Marchena, que por luengo tiempo y costumbre inmemorial, la ciudad de Cádiz tiene derecho de hacer armar almadrabas de los Atunes».

La ciudad de Cádiz tenía derecho a hacer las dichas almadrabas siendo embargado el derecho por don Enrique De Guzmán, contra la voluntad del Concejo de Cádiz. 

El Castillo de la Villa de Cádiz como la Torre Gorda gaditana de las almadrabas fueran levantadas por Rodrigo Ponce de León según documento de Pedro de Pinos, alcaide y asistente de la ciudad de Cádiz por el conde de Arcos y veinticuatro de Jerez, da al deán y cabildo de Cádiz unas casas que tiene en ella a cambio de una casa que poseen dentro del castillo que mandó construir el señor Rodrigo Ponce de León. Archivo de la Catedral de Cádiz, doc. número 107, Cádiz, 14 de agosto de 1471.

«Que por cuanto, entre nos se levantaron grandes escándalos, discordias y guerras en toda esta tierra» se alcanzó «entre nos y el Señor don Íñigo López al servicio del Rey la pacificación de esta tierra con el conde de Tendilla, Fadrique Manrique y Alonso de Velasco, del consejo del Rey nuestro señor, pronunciaron cierta sentencia por la que el hicieron Capitulaciones de nuestra amistad incluyendo un capítulo de las almadrabas».

«En cuanto atañe a las almadrabas de Cádiz, mandamos que el dicho señor Duque ceda al dicho señor Marqués libres y desembargada en aquella forma y manera que más cumpliera al dicho señor Márquez, dejando el dicho señor Márquez la otra almadraba que tiene en Rota que no puede armar ni fazer de aquí en adelante salvo dejando de hacer la de Cádiz». 

La Almadraba de Cádiz llamada de Hércules se ubicaba en Torre Gorda.  Ponce Cordones, explica que en 1904 fueron encontrados allí los famosos duros antiguos de
los famosos tanguillos de Cádiz. Los desperdicios de los atunes  ya no podían ser aprovechados por los trabajadores, por lo que habían de ser enterrados en la playa en la almadraba de Cádiz (Hércules, en Torre Gorda).  Mientras escarbaban, encontraron los restos de un tesoro de monedas pesos de a 8 reales, acuñados en México a mediados del siglo XVIII.

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Actualidad

Cuando un grupo de vecinos consiguieron que la Justicia interviniera el Ayuntamiento de Marchena

Diego Villalón encabezó en 1763 un recurso contra el alcalde y otros cargos protegidos por el duque de Arcos. Los documentos revelan una batalla por el poder municipal y abren una investigación sobre una influyente familia presente en Marchena durante generaciones.

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En la primavera de 1763, un grupo de vecinos encabezado por Diego Villalón consiguió que la Justicia interviniera en una disputa que afectaba al corazón del poder local de Marchena: la elección y reelección del alcalde, el alguacil mayor, los regidores y otros responsables municipales bajo la autoridad del duque de Arcos.

La resolución tuvo consecuencias inmediatas. Un representante de la Justicia de Écija debía desplazarse a Marchena, examinar los libros del concejo y poner provisionalmente determinados empleos públicos en manos de personas que no tuvieran impedimentos legales. El alcalde ordinario, Antonio José de Paz, fue requerido además para comparecer ante el tribunal en un plazo de diez días, bajo una pena de 200 ducados.

No era todavía una sentencia definitiva, sino una medida provisional mientras se estudiaban las denuncias. Sin embargo, resultaba suficientemente grave como para alterar el gobierno cotidiano de la villa y obligar a la casa ducal a reaccionar.

Una batalla por el control del Ayuntamiento

Antonio José de Paz había sido alcalde en 1762 y volvió a ocupar el puesto en 1763. La documentación menciona también al alguacil mayor José de Layas y Guzmán y a distintos regidores y oficiales del concejo. Diego Villalón y sus compañeros cuestionaron aquellas designaciones y solicitaron que sus titulares fueran apartados.

La villa formaba parte del señorío de los duques de Arcos, y la casa ducal defendía como un derecho antiguo la facultad de escoger o confirmar a los hombres que ocupaban los principales oficios locales.

Los abogados del duque alegaron que aquella potestad se ejercía desde tiempo inmemorial. Sostenían además que la repetición de determinados nombres no respondía a una irregularidad, sino a la dificultad de encontrar suficientes personas de la «primera clase y distinción» para renovar anualmente todos los puestos.

Villalón y sus aliados entendían lo contrario: que la costumbre no podía utilizarse para mantener indefinidamente a las mismas personas ni para impedir que los nombramientos fueran revisados. 

¿Por qué se peleaban por aquellos cargos?

Controlar el Ayuntamiento significaba intervenir en buena parte de la vida económica y social de Marchena. El concejo administraba impuestos, tierras, pastos, propiedades y recursos comunales; vigilaba las cuentas públicas y participaba en el mantenimiento del orden y en la justicia cotidiana.

Ser alcalde, alguacil o regidor proporcionaba autoridad, prestigio, información y capacidad para influir en decisiones que afectaban directamente a propietarios, arrendadores, comerciantes y trabajadores. La defensa de los responsables cuestionados llegó a presentar como prueba de su buena gestión la existencia de un importante sobrante en las cuentas municipales. La afirmación formaba parte de su argumentación y no debe confundirse con una auditoría independiente, pero permite comprender cuánto estaba en juego.

Quién era el Diego Villalón de 1763

El Diego Villalón que encabezó en 1763 el recurso contra la elección de cargos municipales pertenecía muy probablemente a la rama de los Villalón Bohórquez Aguayo procedente de Morón de la Frontera. Una Real Provisión de la Chancillería de Granada documenta en Marchena desde 1756 a un Diego Villalón Bohórquez y Aguayo.

La genealogía de la familia permite identificar como principal candidato a Diego Joaquín Villalón Aguayo, nacido hacia 1723 y antepasado de la rama Villalón Orbaneja-Viaña de la que procedería el cronista Diego María Villalón Villalón. Sin embargo, los resúmenes catalográficos del pleito de 1763 lo denominan únicamente Diego Villalón, por lo que la identificación definitiva requiere comprobar su nombre completo o filiación en los autos originales.

La familia Villalón de Morón a Marchena

Saga de propietarios y juristas, originaria en parte de Morón de la Frontera y asentada progresivamente en Marchena, que aparece repetidamente en los espacios donde se cruzaban propiedad, Derecho y poder municipal.

Los documentos revelan la prolongada presencia de una familia de origen moronense en la vida política y patrimonial de Marchena. Un Diego Villalón desafió en 1763 los nombramientos respaldados por el duque; Diego Villalón Viaña atravesó la ocupación francesa y se convirtió después en alcalde constitucional; y Diego María Villalón Villalón dejó en 1886 un manuscrito dedicado a conservar la memoria histórica de la villa.

Diego Villalón Viaña

Diego José Villalón Viaña, nacido en Morón de la Frontera en 1782 y falleció en Marchena en 1842.  Vivía en la calle del Estudio, poseía 16 hazas que sumaban alrededor de 300 fanegas y obtenía unas rentas anuales calculadas en 10.147 reales. En 1803 figuraba entre los vecinos reconocidos como hijosdalgo y pertenecía al reducido grupo de grandes propietarios y contribuyentes de la localidad.

Durante la ocupación francesa fue teniente de la primera compañía de la Guardia Cívica y, en febrero de 1811, se incorporó como regidor a la Junta Municipal constituida bajo el gobierno josefino.

Tras la salida de los franceses dio un giro político decisivo. En las primeras elecciones municipales celebradas al amparo de la Constitución de 1812 fue elegido alcalde primero de Marchena. Formó parte también de la Diputación de Policía.

Villalón Viaña volvió al primer plano durante el Trienio Liberal. Elegido para la alcaldía, tomó posesión como alcalde de primer voto el 1 de enero de 1822. En 1832 reapareció como regidor primero decano y diputado de Hacienda. 

Diego Villalón Villalón

La continuidad del apellido llega hasta Diego María Villalón Villalón, autor en 1886 de Apuntes que comprenden las noticias más importantes sobre el origen, vicisitudes y cosas más notables de la villa de Marchena.

Diego María Villalón Villalón fue un abogado, propietario, ganadero y estudioso de la historia de Marchena, nacido en Marchena en 1838 y fallecido en la misma localidad en 1893. Cursó estudios en Santiago de Compostela y después en Sevilla; en diciembre de 1860 obtuvo el grado de bachiller en Derecho Civil y Canónico y en junio de 1861 alcanzó la licenciatura. Vivió durante estos años en distintos domicilios marcheneros: calle San Juan, calle San Francisco y calle Carrera, para terminar instalándose en San Francisco número 11, junto a la capilla de San Lorenzo. 

Su padre, Antonio María Villalón Viaña, tuvo una carrera jurídica y llegó a ejercer como auditor de guerra de Marina; precisamente un destino paterno en Ferrol. 

Diego María pertenecía de manera directa a las ramas Villalón, Viaña, Orbaneja y Díez de la Cortina. Su arbol genealógico incorpora, entre otros, a Diego Villalón Aguayo, de Morón de la Frontera; Diego María Villalón y Orbaneja, de Marchena; Ignacia Viaña Sánchez de Sanz, del Puerto de Santa María; Diego Villalón Viaña; María Manuela Orbaneja; y María Josefa Díez de la Cortina y Layna.

La posible conexión con el niño muerto en 1714

El apellido abre otra línea de investigación. Una carta de la Inquisición de Sevilla informó de las pesquisas realizadas tras la aparición, el 26 de diciembre de 1714, del cuerpo de un niño llamado Diego Bohórquez junto al convento de San Francisco de Marchena. Era hijo de Juan Bohórquez Villalón, miembro de una familia hidalga originaria de Morón.

Las sospechas recayeron sobre varias personas acusadas de judaizar, algunas vinculadas al entorno administrativo del duque. Sin embargo, la existencia de una investigación y de acusaciones no demuestra que los señalados asesinaran al niño. El episodio debe interpretarse dentro de un clima de rivalidad local, rumores y fuerte antijudaísmo, cuando la muerte de un menor podía convertirse en un arma contra personas señaladas como conversas.

Fuentes consultadas

  • PARES: Testimonio de varios autos sobre las elecciones de cargos públicos en Marchena, Archivo Histórico de la Nobleza, fondo Osuna.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833, tomo I.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo. Marchena 1800-1833, tomo II.
  • Diego María Villalón Villalón, Apuntes que comprenden las noticias más importantes sobre el origen, vicisitudes y cosas más notables de la villa de Marchena, manuscrito de 1886, transcripción y estudio de Manuel Antonio Ramos Suárez.
  • Antonio Domínguez Ortiz, referencia a la carta de la Inquisición de Sevilla sobre las pesquisas de 1714, AHN, Inquisición, legajo 3027.

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Historia

Una probanza de 1545 investigó las fortunas de alcaldes y regidores de Marchena

Un documento de 1545 conservado en PARES revela que se abrió una probanza para averiguar los caudales y haciendas de dos alcaldes y dos regidores de Marchena. La fuente no permite hablar de corrupción, pero sí documenta una investigación formal sobre el patrimonio de quienes gobernaban la villa.

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Vista histórica de Marchena hacia 1590 en el Civitates Orbis Terrarum

Un documento conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza abre una ventana poco habitual a la vida política de Marchena a mediados del siglo XVI. El 21 de noviembre de 1545 se mandó practicar una probanza para averiguar los caudales y haciendas de dos alcaldes y dos regidores de la villa. El expediente no permite afirmar que existiera corrupción ni ofrece, en su ficha descriptiva, el resultado de la pesquisa, pero sí demuestra que las fortunas de quienes ocupaban los principales cargos municipales fueron sometidas a investigación.

Los nombres han quedado fijados en el propio documento. La investigación fue encomendada a Diego Pérez, escribano y tesorero del II duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León. Debía averiguar y probar los bienes de los alcaldes Francisco Lebrón y Francisco García de Benjumea, y de los regidores Juan García de Benjumea y Antonio de Vega.

La pieza se conserva en PARES dentro del fondo del Ducado de Arcos, en el Archivo Histórico de la Nobleza, con la signatura OSUNA,C.170,D.73 y el código de referencia ES.45168.AHNOB/1.2.21.1.12//OSUNA,C.170,D.73. La descripción archivística la sitúa en Marchena el 21 de noviembre de 1545 y la clasifica entre los informes de administración del señorío. La ficha completa puede consultarse en PARES.

Una pregunta incómoda: cuánto tenían quienes gobernaban

Lo más revelador del documento está precisamente en su formulación. No habla de una obra, una compraventa o una ceremonia cortesana, sino de averiguar y probar los caudales y haciendas de cuatro responsables públicos. Es decir, la documentación nos lleva directamente a la relación entre poder municipal, patrimonio privado y control señorial.

Conviene no ir más lejos de lo que permite la fuente. PARES no explica en la descripción por qué se abrió la probanza, qué sospechas concretas pudieron motivarla, qué bienes fueron localizados ni si los investigados fueron finalmente acusados o exonerados. Por tanto, presentar el expediente como un caso demostrado de enriquecimiento ilícito sería añadir al documento algo que el documento, al menos en la información accesible, no dice.

Lo que sí podemos afirmar es que existió una investigación formal sobre el patrimonio de los dos alcaldes ordinarios y de dos regidores de Marchena. Y eso, por sí solo, resulta excepcionalmente expresivo para comprender cómo funcionaba el poder local hace casi cinco siglos.

Marchena, capital de un señorío

En 1545 Marchena no era un municipio gobernado con las reglas administrativas contemporáneas. Era el centro del estado señorial de los Ponce de León y estaba bajo la autoridad de Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos. Apenas quince años antes, tras la muerte del I duque, otro documento conservado en PARES había dejado constancia de la toma de posesión, en nombre de Luis Cristóbal, de los oficios municipales y del castillo de Marchena. Esa documentación, fechada entre julio y agosto de 1530, muestra hasta qué punto el gobierno de la villa y el poder de la Casa de Arcos estaban entrelazados. Puede consultarse también en PARES.

Los estudios sobre el municipio señorial del siglo XVI ayudan a interpretar este marco. La historiografía ha mostrado que, en las villas del Estado de Arcos, el duque intervenía de forma directa en la organización política local y en la designación o sostenimiento de determinados cargos. En el caso de Marchena, la villa desempeñaba un papel central dentro de ese entramado administrativo. Una síntesis especialmente útil es el estudio sobre Municipio y señorío en el siglo XVI, que analiza la estructura de gobierno del Estado de Arcos y el peso de la autoridad ducal en los concejos.

La investigación de 1545 aparece así en un contexto donde los límites entre administración municipal, intereses señoriales y patrimonio de las élites locales eran mucho más estrechos de lo que serían siglos después. Diego Pérez no era un observador externo: era escribano y tesorero del propio duque. Esa circunstancia convierte la probanza en un documento especialmente interesante para estudiar cómo la Casa de Arcos vigilaba a quienes ejercían los principales oficios de Marchena.

Los Benjumea vuelven a aparecer en la documentación

Dos de los cuatro investigados pertenecían a la familia Benjumea: Francisco García de Benjumea, alcalde, y Juan García de Benjumea, regidor. El apellido aparece de manera reiterada en la documentación de la Marchena del siglo XVI vinculada a oficios, rentas y pleitos. Pero este expediente obliga de nuevo a la prudencia: compartir apellido no permite reconstruir parentescos concretos sin documentación genealógica adicional.

El valor periodístico del hallazgo está precisamente en esos nombres propios. El documento deja de hablar de un sistema abstracto y nos coloca ante cuatro hombres que gobernaban la villa y ante un quinto, Diego Pérez, encargado de examinar sus patrimonios. Es una escena administrativa, sí, pero también profundamente humana: poder, dinero, reputación y control.

Lo que sabemos y lo que todavía no sabemos

El documento está identificado por PARES como una unidad documental simple y consta como digitalizado. La ficha pública confirma la existencia de la probanza, sus protagonistas, su fecha y su finalidad general. Sin embargo, mientras no se disponga de una lectura paleográfica completa de todos los folios, no es responsable atribuirle cifras, propiedades concretas, declaraciones de testigos ni conclusiones que no estén expresamente verificadas.

Precisamente ahí queda abierta una línea de investigación especialmente atractiva para Marchena Secreta: conocer qué bienes declararon o se atribuyeron a aquellos alcaldes y regidores, quién testificó, qué motivó la pesquisa y cuál fue su desenlace. Si esos datos aparecen en las imágenes del expediente, permitirán reconstruir con mucha mayor precisión la economía y las redes de poder de la Marchena de 1545.

Fuente documental principal: Archivo Histórico de la Nobleza, Fondo Ducado de Osuna, Ducado de Arcos, Señorío de Marchena, OSUNA,C.170,D.73. “Testimonio de la probanza que se mandó hacer a Diego Pérez, escribano y tesorero del II duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León, para averiguar y probar los caudales y haciendas de los alcaldes de la villa de Marchena, Francisco Lebrón y Francisco García de Benjumea, y de los regidores Juan García de Benjumea y Antonio de Vega”. Marchena, 21 de noviembre de 1545.

Imagen destacada: vista de Marchena realizada por Joris Hoefnagel para el Civitates Orbis Terrarum, hacia 1590. Es posterior al documento y se utiliza exclusivamente como imagen histórica de contexto. Obra en dominio público, procedente de Wikimedia Commons.

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Actualidad

Un documento de 1590 conecta la antigua ermita de Nuestra Señora de Gracia de Marchena con San Juan de Letrán en Roma

PARES conserva unas letras expedidas en Roma el 4 de agosto de 1590 a favor del ermitaño Luis Pérez, vinculado a la antigua ermita de Nuestra Señora de Gracia de Marchena, origen de un enclave que después sería convento agustino y acabaría formando parte de la actual Capilla de la Milagrosa.

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El 4 de agosto de 1590, desde Roma, el capítulo y los canónigos de San Juan de Letrán dirigieron unas letras a Luis Pérez, presbítero y ermitaño de Nuestra Señora de Gracia, en el término de Marchena, concediéndole las gracias y privilegios de que gozaba la basílica romana para una capilla vinculada a aquella fundación.

La ficha archivística identifica expresamente a Luis Pérez como presbítero y eremita de Nuestra Señora de Gracia, en el término de Marchena y dentro de la diócesis de Sevilla.

Un ermitaño de Marchena y una conexión con Roma

La descripción de PARES señala que aquellas letras concedían a Luis Pérez para su capilla las gracias y privilegios de que gozaba San Juan de Letrán.

La antigua ermita de Nuestra Señora de Gracia

Luis Pérez fue un ermitaño que obtuvo permiso para levantar una ermita dedicada a Nuestra Señora de Gracia en un pequeño solar al final de la calle Santa Clara con la implicación de los duques de Arcos en la fundación mediante la cesión de terrenos para la capilla mayor.

En 1590, el ermitaño hizo donación de la capilla a la Casa Grande de San Agustín de Sevilla para que pudiera establecerse allí una comunidad. Los agustinos llegaron a Marchena poco después y permanecieron inicialmente en este enclave antes de trasladarse, ya en 1616, al lugar donde se levantaría el gran convento de San Agustín.

La actual Capilla de la Milagrosa es la antigua ermita de la Virgen de Gracia, después convento agustino y más tarde hospital regentado por las Hijas de la Caridad durante el siglo XIX y buena parte del XX.

Un lugar que cambió de función sin desaparecer

Primero fue ermita. Después acogió a los agustinos. Más tarde tuvo otros usos asistenciales y religiosos. El edificio acabó asociado a la Milagrosa y al antiguo hospital.

La documentación también ayuda a comprender cómo funcionaba Marchena en la segunda mitad del siglo XVI. La villa estaba bajo el señorío de los Ponce de León y vivía una intensa expansión religiosa, con conventos, fundaciones y obras pías vinculadas tanto a iniciativas particulares como al patronazgo de la Casa de Arcos. 

Fuente documental

Archivo Histórico de la Nobleza. Fondo Ducado de Arcos. PARES.
Signatura: OSUNA,C.135,D.55.
Documento relacionado: OSUNA,CP.69,D.1.
Fecha: 4 de agosto de 1590, Roma.
Título archivístico: “Letras del capítulo y canónigos de San Juan de Letrán, en Roma, a Luis Pérez, presbítero y eremita de Nuestra Señora de Gracia, término de Marchena…”

Más información:
Ficha del documento en PARES
Referencia del pergamino OSUNA,CP.69,D.1 en PARES
Diputación de Sevilla: patrimonio religioso de Marchena
Estudio histórico sobre Marchena en la Edad Moderna

Imagen destacada: Capilla de la Milagrosa de Marchena, archivo de Marchena Secreta.

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Actualidad

Cuando el olor se convirtió en un arma contra la homosexualidad: de la Sevilla del siglo XVI a la psiquiatría franquista

Un estudio del catedrático Francisco Vázquez García reconstruye cómo, desde la Edad Media hasta el siglo XX, el olor fue utilizado en discursos religiosos, jurídicos y médicos para estigmatizar la homosexualidad. Entre sus testimonios aparece la Sevilla de finales del XVI y la Huerta del Rey.

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En la Sevilla de finales del siglo XVI, el jesuita Pedro de León dejó escrita una observación que hoy resulta tan reveladora como inquietante. Al referirse a los hombres acusados de sodomía que frecuentaban la zona de la Huerta del Rey, aseguraba que «se huelen y entienden los pensamientos» y que podían reconocerse por su forma de hablar, andar y moverse. No estaba describiendo una realidad biológica. Estaba dejando constancia de una manera de mirar, clasificar y perseguir a quienes se apartaban de la norma sexual de su tiempo.

Ese pasaje sevillano es uno de los muchos documentos reunidos y analizados por Francisco Vázquez García, catedrático de Filosofía de la Universidad de Cádiz y especialista en historia de la sexualidad, en el estudio El hedor de los invertidos. Biopolíticas olfativas y disidencia sexual, publicado en junio de 2026 en el número 20 de Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos.

La investigación propone una historia poco habitual: seguir durante siglos el rastro del olor como instrumento de estigmatización. El objetivo no es demostrar que existiera un olor específico asociado a la homosexualidad, sino justamente lo contrario: explicar cómo distintas sociedades construyeron esa asociación y la utilizaron para separar a los considerados normales de quienes eran presentados como desviados, pecadores, enfermos o degenerados.

Del pecado a la pestilencia

Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, el olor formaba parte de una concepción religiosa y médica del mundo muy diferente de la actual. La peste, la corrupción del aire, la descomposición de los cuerpos y el pecado podían integrarse dentro de un mismo sistema de significados. El estudio recuerda que la tradición jurídica y teológica llegó a vincular la sodomía con calamidades colectivas como el hambre, los terremotos o las epidemias.

Vázquez García rastrea esa asociación desde las constituciones promulgadas por el emperador Justiniano en el siglo VI hasta su presencia en la legislación castellana. Las Siete Partidas de Alfonso X y la Pragmática de los Reyes Católicos de 1497 se insertaron en una cultura jurídica en la que determinados comportamientos sexuales eran interpretados no solo como faltas individuales, sino como amenazas capaces de provocar el castigo divino sobre toda la comunidad.

Dentro de esa lógica, el hedor podía convertirse en una señal moral. Textos religiosos, predicaciones, crónicas y tratados fueron acumulando imágenes que relacionaban la sodomía con la suciedad, la putrefacción, el azufre, los excrementos o la enfermedad. La asociación no era inocente: permitía convertir la diferencia sexual en algo visible —o, en este caso, olfativamente reconocible— y justificar su persecución.

La Sevilla del XVI: “se huelen” y se reconocen

El documento más cercano a Andalucía aparece en el testimonio del jesuita Pedro de León, que conoció de primera mano la Sevilla de finales del Quinientos. Al hablar de los sodomitas que merodeaban por la Huerta del Rey durante la década de 1580, afirmaba que se reconocían unos a otros como si pudieran “olerse”. El olfato funcionaba aquí como metáfora de una supuesta capacidad para identificarse en público.

El interés del pasaje está en que permite entrar en la mentalidad de la Sevilla del Siglo de Oro. No nos habla de un dato fisiológico, sino de un prejuicio social profundamente incorporado. El gesto, la ropa, la voz, el modo de caminar o de relacionarse podían convertirse en señales sospechosas. El “olor” condensaba todas esas marcas y daba al prejuicio la apariencia de una evidencia inmediata: bastaba con estar cerca del otro para creer que se sabía quién era.

Vázquez García relaciona además esta estigmatización con otros grupos marginados. Prostitutas, extranjeros, pobres, minorías religiosas y raciales o personas consideradas desviadas fueron objeto en distintas épocas de discursos que los asociaban a la suciedad y al mal olor. El olfato, precisamente porque provoca reacciones físicas muy rápidas de atracción o rechazo, podía funcionar como una poderosa frontera social.

Cuando la medicina heredó el prejuicio

A partir del siglo XVIII, el marco comenzó a cambiar. La peste dejó de explicarse mediante la intervención del demonio y el castigo divino, mientras la higiene urbana, el alcantarillado, la desinfección, el baño y el jabón adquirían un peso creciente. Sin embargo, la desaparición del viejo lenguaje religioso no acabó con el estigma. En muchos casos, simplemente cambió de vocabulario.

Durante el siglo XIX, la medicina legal española comenzó a describir al llamado “pederasta” como un tipo humano reconocible. Tratados forenses de la época hablaban de maquillaje, perfumes intensos, determinadas formas de vestir y supuestos signos físicos o corporales. El olor dejó de ser principalmente una señal del pecado para convertirse en un presunto indicio clínico.

Hoy sabemos que aquellas descripciones estaban atravesadas por prejuicios y no constituían una ciencia neutral. Pero precisamente por eso son históricamente importantes. Muestran cómo la autoridad médica podía convertir estereotipos sociales en categorías aparentemente objetivas. El homosexual ya no era solo un pecador: podía ser presentado como un cuerpo anormal que debía ser inspeccionado, clasificado y explicado.

El cambio es fundamental. En la Edad Moderna, la persecución se justificaba por una amenaza al orden religioso y a la comunidad. En la sociedad liberal, la mirada se desplazó hacia la anatomía, la higiene, la sexualidad y la conducta individual. La medicina y la psiquiatría fueron ocupando espacios que antes pertenecían a teólogos, confesores y jueces.

De la anatomía a la idea de “degeneración”

Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX apareció otro giro. Las teorías evolucionistas y sexológicas comenzaron a interpretar la homosexualidad como una detención del desarrollo o una supervivencia de estadios considerados primitivos. También el olfato quedó atrapado en ese esquema.

Autores como Wilhelm Fliess y posteriormente Sigmund Freud relacionaron el olfato con determinadas fases del desarrollo sexual. En España, médicos, criminólogos y divulgadores incorporaron estas ideas a una literatura que describía al homosexual mediante perfumes, preferencias olfativas, supuesta hipersensibilidad o afinidad con olores corporales fuertes. El artículo de Vázquez García muestra cómo ese lenguaje participó en una clasificación biológica de la población que separaba lo sano de lo anormal, lo civilizado de lo primitivo.

La investigación presta especial atención a la persistencia de estas teorías en España. Gregorio Marañón y otros autores de comienzos del siglo XX aparecen en este recorrido, pero el prejuicio no desapareció con la Guerra Civil. En 1959, el catedrático de Psiquiatría y Medicina Legal Valentín Pérez Argilés todavía reproducía explicaciones que vinculaban la homosexualidad con una supuesta “perversión olfativa”.

Un prejuicio que sobrevivió a sus propias teorías

La tesis final del estudio es quizá la más incómoda. Las teorías médicas y religiosas que durante siglos justificaron estas asociaciones han perdido legitimidad, pero ciertas imágenes sobreviven. El mal olor continúa apareciendo de manera ocasional como recurso para deshumanizar o degradar a grupos sociales.

Vázquez García abre su trabajo recordando dos episodios de 2019. En España, un argumentario político sobre la celebración del Orgullo en Madrid utilizó la expresión “hedor insalubre e insoportable” para describir el efecto de la fiesta sobre el centro de la ciudad. Ese mismo verano, un obispo ortodoxo de Chipre afirmó que las personas gays “apestan”. Para el investigador, estos ejemplos muestran que bajo lenguajes contemporáneos pueden reaparecer restos de formas muy antiguas de estigmatización.

La historia del olor es, por tanto, mucho más que una curiosidad. Permite comprender cómo se construye socialmente al diferente y cómo sensaciones aparentemente privadas —asco, repulsión, incomodidad— pueden transformarse en argumentos políticos, jurídicos o médicos. El olor no habla por sí solo. Son las sociedades las que deciden a quién atribuírselo, qué significado darle y qué consecuencias extraer de esa atribución.

Y ahí reside el valor del trabajo de Francisco Vázquez García: mostrar que incluso algo tan íntimo y difícil de fijar como un olor puede convertirse en una tecnología de poder. Desde la Sevilla de Pedro de León hasta la psiquiatría franquista, el estigma fue cambiando de lenguaje, pero mantuvo una misma función: señalar al otro, marcarlo y colocarlo fuera de la normalidad.


Fuente principal: Francisco Vázquez García, El hedor de los invertidos. Biopolíticas olfativas y disidencia sexual, Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos, nº 20, junio de 2026, pp. 11-54. DOI: 10.5281/zenodo.20591009.

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Actualidad

Cuando los vecinos de Marchena llevaron al duque de Arcos a pleito por el monopolio de las carnicerías

Un expediente de 1578 conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza revela la demanda de Salvador de Benjumea y otros vecinos de Marchena contra Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, por el monopolio de las carnicerías.

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Archivo Histórico de la Nobleza, donde se conserva la documentación del Ducado de Arcos y del señorío de Marchena

Un expediente conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite asomarse a una Marchena de finales del siglo XVI donde el poder ducal no era absoluto ni silencioso. En 1578, Salvador de Benjumea y otros vecinos de la villa presentaron una demanda contra Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, por el estanco de las carnicerías. El documento no es una anécdota administrativa: muestra a vecinos organizados, reuniones de cabildo y un conflicto muy concreto sobre quién podía controlar un servicio básico como el abastecimiento de carne.

La pieza aparece en PARES con la signatura OSUNA,C.170,D.112-115 y está fechada entre el 3 de noviembre de 1578 y el 2 de junio de 1579. Se trata de una unidad documental compuesta por cuatro documentos en papel. La descripción oficial señala expresamente que contiene el testimonio de la demanda presentada por Salvador de Benjumea y otros vecinos de Marchena contra el III duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, «en lo tocante al estanco de las carnicerías», así como testimonios de varias reuniones de cabildo donde se trató la cuestión y la defensa de la demanda.

La palabra estanco, en este contexto, no alude a una tienda de tabaco, sino a un régimen de monopolio o control exclusivo sobre la venta o suministro de determinados productos. En una villa del siglo XVI, controlar las carnicerías significaba intervenir directamente en uno de los circuitos esenciales de abastecimiento cotidiano. Por eso el interés del expediente no está solo en el nombre de un demandante, sino en el choque entre dos niveles de poder: de un lado, el señorío ducal; de otro, vecinos y representantes locales que deciden recurrir a la vía judicial.

Rodrigo Ponce de León había sucedido a su padre como III duque de Arcos en 1573. PARES lo identifica como señor de Marchena, marqués de Zahara y conde de Casares, además de capitán general de las costas de Andalucía. La propia historia institucional de Marchena recuerda que la villa fue residencia habitual de los Ponce de León y centro principal del Estado de Arcos durante siglos. En 1578, por tanto, la demanda se produce en una localidad donde la presencia de la casa ducal era cotidiana, económica, jurisdiccional y política.

Un pleito sobre carne que habla de poder

El valor narrativo del documento está precisamente en su escala. No estamos ante una guerra, una fundación religiosa o una gran operación diplomática, sino ante algo que afectaba directamente a la mesa y al bolsillo de los vecinos. El expediente conserva además la huella de las reuniones de cabildo en las que se discutió el asunto, lo que permite ver que el conflicto no quedó limitado a una protesta individual.

La documentación no permite afirmar, al menos a partir de la ficha descriptiva disponible, cuál fue el resultado final del pleito. Tampoco sería riguroso reconstruir frases o intervenciones de los protagonistas sin una transcripción completa de los folios. Lo que sí puede afirmarse es que entre noviembre de 1578 y junio de 1579 la cuestión fue suficientemente importante como para generar una demanda formal contra el duque y varios testimonios de sesiones del cabildo.

El expediente encaja además con otros fondos de PARES que muestran tensiones parecidas dentro del propio Estado de Arcos. Décadas después, en 1610, una ejecutoria real relacionada con Pruna recoge otro pleito de vecinos contra el mismo III duque de Arcos por dehesas, estancos, hornos, mesones y otros derechos señoriales. No es el mismo conflicto ni debe confundirse con el de Marchena, pero ayuda a situar el problema dentro de una realidad más amplia: los derechos económicos del señor podían ser discutidos y llevados a los tribunales.

La Marchena que también discutía al señor

La imagen tradicional de la Marchena ducal suele construirse desde el palacio, las iglesias, los conventos y el mecenazgo artístico. Todo eso forma parte de la historia de la villa, pero documentos como éste introducen otra perspectiva: la de las fricciones cotidianas entre los habitantes y el poder señorial.

Las investigaciones reunidas en las Jornadas sobre Historia de Marchena han documentado la complejidad económica y administrativa del señorío durante los siglos XV y XVI. Estudios como el dedicado por María Luisa Pardo Rodríguez al arrendamiento de las escribanías públicas entre 1512 y 1529 muestran hasta qué punto determinados servicios y rentas locales formaban parte de un sistema económico estrechamente ligado a la casa señorial. El pleito de las carnicerías de 1578 añade ahora una escena concreta a ese paisaje.

Hay algo especialmente moderno en la escena que conserva el archivo: vecinos que no se limitan a aceptar una decisión, sino que demandan, buscan respaldo y hacen que el asunto llegue al cabildo. El documento no convierte a Marchena en una excepción ni permite hablar de una rebelión popular. Pero sí demuestra algo más sencillo y quizá más interesante: bajo la monumentalidad de la villa ducal existía una sociedad capaz de discutir intereses económicos y de utilizar los mecanismos jurídicos de su tiempo.

Fuente documental

Archivo Histórico de la Nobleza. Fondo Ducado de Arcos. Señorío de Marchena. Serie: Pleitos sobre jurisdicción.
Signatura: OSUNA,C.170,D.112-115.
Fechas: 3 de noviembre de 1578 – 2 de junio de 1579.
Título: Testimonio de la demanda que puso Salvador de Benjumea y otros vecinos de la villa de Marchena al III duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, en lo tocante al estanco de las carnicerías, y testimonio de varias reuniones de cabildo donde se trató esta cuestión y la defensa de dicha demanda.

Para ampliar información:
Ficha del documento en PARES
Rodrigo Ponce de León Toledo (1545-1630), autoridad PARES
Historia de Marchena – Turismo de Marchena
María Luisa Pardo Rodríguez: El arrendamiento de las escribanías públicas de Marchena (1512-1529)

Imagen destacada: Archivo Histórico de la Nobleza. Imagen de archivo utilizada como recurso visual. La pieza documental citada está digitalizada en PARES.

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Historia

Marchena vista por los viajeros: del embajador marroquí que encontró huellas de Al-Ándalus a Somerset Maugham

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Mucho antes de que existieran las guías turísticas, Marchena ya era lugar de paso de embajadores, científicos, escritores, artistas y aventureros. Un marroquí encontró aquí en 1690 vecinos que decían descender de los musulmanes de España;

Richard Ford se fijó en las mujeres tapadas; el alemán Carl Justi durmió entre campesinos y quedó sorprendido por las casas de patio, y Somerset Maugham llegó a caballo después de perderse por la Campiña y contempló una ciudad blanca todavía rodeada de murallas. Sus relatos permiten mirar Marchena con los ojos de quienes llegaron desde fuera hace siglos.

El antiguo Camino Real y posteriormente las carreteras y el ferrocarril hicieron que viajeros procedentes de media Europa atravesaran una población que, para muchos de ellos, tenía algo que llamaba inmediatamente la atención: sus murallas, sus iglesias, sus casas organizadas alrededor de patios y una forma de vivir que consideraban distinta de la que habían dejado atrás.

El testimonio más sorprendente encontrado hasta ahora no procede, sin embargo, del Romanticismo del XIX sino de finales del XVII.

Un embajador marroquí llega a Marchena en 1690

Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Ghassani llegó a España en 1690 como embajador del sultán marroquí Muley Ismail ante Carlos II. Su misión tenía carácter diplomático, pero durante el recorrido fue escribiendo sus impresiones sobre las ciudades, paisajes y habitantes que encontraba. Tras pasar por Cádiz, Jerez y Utrera, llegó a Marchena.

El texto original, posteriormente traducido al francés por Henri Sauvaire en Voyage en Espagne d’un ambassadeur marocain (1690-1691), constituye una de las descripciones extranjeras más antiguas que conocemos de la localidad. Al-Ghassani añade un detalle extraordinario: afirma que algunos vecinos aseguraban proceder de los antiguos musulmanes de España.

La observación resulta especialmente interesante porque habían pasado más de dos siglos desde la conquista cristiana de la villa y ochenta años desde la expulsión general de los moriscos. Demuestra, sin embargo, que en la Marchena de 1690 existía todavía una memoria oral de ese origen, hasta el punto de que un embajador musulmán extranjero la recogió durante su paso por la localidad.

Al abandonar Marchena camino de Écija, al-Ghassani describe además un paisaje que cualquier marchenero reconocería todavía hoy. Habla de una enorme extensión de huertas y terrenos cultivados donde dominaba el olivo. Según su relato, durante unas ocho millas después de salir de Marchena el viajero encontraba olivares prácticamente de manera continua. Dentro de cada explotación existía una construcción destinada a guardar la aceituna y a alojar a quienes trabajaban en ella.

José Celestino Mutis pasó por Marchena en 1760

Décadas más tarde, en agosto de 1760, pasó por Marchena José Celestino Mutis, médico y naturalista gaditano que posteriormente alcanzaría fama internacional por dirigir la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.

Según su propio Diario de Observaciones, viajaba hacia Cádiz antes de embarcar hacia América y aprovechó su estancia en Marchena para visitar a su hermano Francisco Mutis, entonces vinculado al convento jesuita situado en la actual calle Compañía.

Marchena aparece así no sólo como lugar atravesado por viajeros, sino como pequeña escala dentro de uno de los viajes científicos más importantes de la Ilustración española.

Richard Ford encontró en Marchena a las mujeres “tapadas”

En el siglo XIX el viaje a Andalucía se convirtió casi en una obsesión para numerosos escritores y artistas europeos.  Uno de los viajeros más importantes fue el inglés Richard Ford, que recorrió Andalucía a comienzos de la década de 1830 y publicó en 1845 su célebre A Hand-Book for Travellers in Spain.

Ford dejó una observación especialmente interesante sobre Marchena.

Se fijó en la manera en que algunas mujeres se cubrían utilizando la mantilla de modo que apenas dejaban visible parte del rostro. El investigador Gregorio Garrido García, al estudiar la tradición de las mujeres “tapadas” o “cobijadas”, recoge precisamente que Ford había contemplado en Marchena y Tarifa mujeres que se cubrían dejando prácticamente sólo un ojo visible.

Para el viajero inglés aquello constituía una reminiscencia oriental y musulmana.

Esa interpretación debe manejarse con prudencia, porque cubrirse con manto y saya formó parte también de tradiciones femeninas presentes en diferentes zonas de la España cristiana. Pero el dato esencial permanece: en la primera mitad del siglo XIX la manera de vestir de algunas mujeres de Marchena era suficientemente singular como para llamar la atención de uno de los viajeros británicos más importantes de su tiempo.

Podemos imaginar aquellas calles todavía sin electricidad, atravesadas por caballerías y carros, y a las mujeres marcheneras caminando envueltas en mantos oscuros mientras un extranjero las observaba y tomaba notas para los lectores londinenses.

Cuando viajar a Marchena era una aventura

Llegar hasta aquí no resultaba sencillo.

Durante buena parte del XIX coexistieron caminos de herradura, aptos fundamentalmente para mulos y caballerías, con los denominados caminos de rueda por los que podían circular carruajes y diligencias. Desde Sevilla salían galeras hacia distintos puntos de la provincia, entre ellos Arahal y Marchena. El texto previo de Marchena Secreta recuerda incluso que los billetes para la galera de Marchena se adquirían en la Posada del Príncipe de Sevilla.

Las quejas sobre el estado de las comunicaciones eran constantes. Viajeros extranjeros describían carreteras deterioradas, averías en las monturas y el temor permanente al bandolerismo. Josephine de Brinckmann llegó a escribir en 1850 que, si fuera reina de España, castigaría severamente a los responsables de unas carreteras que consideraba abandonadas.

Parte de aquella red comenzó después a modernizarse. En 1852 ya se documentaban trabajos preparatorios de la carretera que debía comunicar Sevilla con Málaga y Granada y la instalación de dependencias para los presidiarios empleados en las obras en Osuna, Arahal, Paradas y Marchena.

El tren cambió la forma de llegar a Marchena

La auténtica revolución llegó con el ferrocarril.

La documentación del Archivo Histórico Ferroviario permite precisar una fecha que a menudo aparece erróneamente adelantada: la estación de Marchena abrió al tráfico el 8 de octubre de 1868, al ponerse en servicio el tramo entre el Empalme de Morón y Marchena. Los proyectos del edificio de viajeros, depósito de locomotoras y muelle de mercancías se conservan fechados entre 1865 y 1866.

La llegada del tren transformó radicalmente la relación de Marchena con el exterior.

Una población a la que durante siglos se había llegado después de largas jornadas en carruaje o a caballo podía ahora recibir viajeros europeos con una rapidez impensable pocas décadas antes. Y uno de ellos fue Carl Justi.

Carl Justi durmió entre campesinos en la Marchena de 1873

Justi no era un turista cualquiera. Se convertiría en uno de los grandes historiadores alemanes del arte español y en un reconocido especialista en Velázquez. Durante su viaje de 1872-1873 atravesó Marchena y posteriormente recogió sus impresiones en sus Spanische Reisebriefe. Su relato nos introduce directamente dentro de una casa marchenera.

Justi explica que en Marchena tuvo que conformarse con alojarse en una pensión entre gente del campo. Lo que encontró allí le llamó poderosamente la atención.

Las habitaciones estaban distribuidas alrededor de un pequeño patio y recibían luz y aire a través de ese espacio interior. En las plantas superiores aparecían galerías, abiertas o acristaladas, mientras que las ventanas hacia el exterior eran escasas. Al alemán aquella arquitectura le parecía simultáneamente árabe, romana y pompeyana.

Comprendió perfectamente su utilidad frente a los veranos andaluces, aunque descubrió también su inconveniente en enero: las habitaciones inferiores podían resultar húmedas y poco ventiladas.

En ese mismo texto dejó un curioso dato sobre las temperaturas. Le aseguraron que el verano anterior se habían registrado en Marchena temperaturas extremas, mientras que cuando él estuvo aquí, el 12 de enero, había helado por la mañana. Aquel mismo día, sin embargo, pudo disfrutar del sol de la tarde en la plaza bajo los naranjos.

Justi regresó posteriormente por Marchena y dejó una de las escenas más humanas de cuantos viajeros pasaron por la localidad.

Le sorprendía que, en las pequeñas poblaciones españolas, el propietario de la posada o algún miembro de la familia permaneciera delante del viajero mientras comía. Cuando el hombre que lo atendía en Marchena tuvo que ausentarse, envió a su hija de once años para que continuara acompañando al extranjero.

La niña lo observaba tan atentamente que Justi terminó preguntándole si lo miraba porque era muy feo.  La pequeña rompió a reír.

British novelist and playwright W Somerset Maugham (1874 – 1965) relaxes on a sofa. Original Publication: People Disc – HH0153 (Photo by Evening Standard/Getty Images)

Somerset Maugham llegó buscando emociones y acabó perdido

Probablemente el relato literario más completo sobre la llegada a Marchena sea el de William Somerset Maugham, que años después se convertiría en uno de los grandes escritores británicos del siglo XX.

Sus impresiones andaluzas aparecieron originalmente en 1905 bajo el título The Land of the Blessed Virgin: Sketches and Impressions in Andalusia.

Maugham recorría Andalucía a caballo precisamente porque deseaba conocerla lentamente. En Écija preguntó cómo podía llegar hasta Marchena. Un vecino no terminaba de entender por qué aquel extranjero quería dar semejante rodeo cuando podía utilizar el tren.

Maugham respondió sencillamente que viajaba por placer, “en busca de emoción”.

La respuesta provocó la carcajada de su interlocutor.

La emoción apareció pronto.

El escritor se equivocó de camino y creyó que una población que veía en la distancia era Marchena. Cuando preguntó, descubrió que había llegado a Fuentes y que todavía tenía que continuar.

Cabalgó durante horas contra un viento violento atravesando una extensión inmensa de campos verdes. Hambriento y cansado, divisó finalmente una torre que sobresalía en el horizonte.

Poco después apareció Marchena.

La visión debió impresionarle: una población situada sobre una elevación, rodeada todavía por sus murallas, mientras el sol caía detrás del casco urbano.

Una Marchena completamente blanca

Maugham dejó después una descripción que tiene algo de fotografía.

Encontró una Marchena completamente blanca, silenciosa y prácticamente vacía por culpa del frío y del fuerte viento. Sólo de vez en cuando aparecía algún hombre envuelto hasta los ojos en su capa o una mujer con un mantón negro sobre la cabeza.

Se fijó también en unas estructuras de mimbre colocadas delante de algunas ventanas para dificultar la visión desde la calle hacia el interior de las casas. Como tantos viajeros románticos, interpretó aquella costumbre como supervivencia musulmana, una conclusión que hoy debe considerarse simplemente como la interpretación del escritor.

Pasó la noche en una habitación pequeña, sin ventanas y con un humilde colchón de paja.

Pero al amanecer todo cambió.

Cuando abandonó Marchena y miró hacia atrás, la encontró encantadora: levantada sobre la cresta verde de una colina, rodeada por sus antiguas fortificaciones y bañada por el sol de la mañana.

Pocas descripciones extranjeras han retratado con tanta sencillez la imagen que debió ofrecer Marchena antes de que buena parte de sus murallas y edificios históricos desaparecieran.

Aventureros a pie, periodistas y fotógrafos

A finales del siglo XIX viajar se había convertido además en una forma de aventura y espectáculo periodístico.

El material reunido por Marchena Secreta documenta cómo algunos jóvenes europeos emprendían recorridos internacionales caminando, financiándose mediante crónicas enviadas a periódicos y revistas. Edwin R. Louden, periodista inglés y fotógrafo aficionado, inició uno de aquellos viajes en la década de 1890 con una cámara Kodak y la intención de recorrer distintos continentes a pie.

En 1896 otros dos viajeros alemanes, citados por la prensa española como Guillermo Danneil y Arturo Fhielheim, recorrieron Andalucía dentro de una vuelta al mundo a pie vinculada a una apuesta.

Su itinerario los llevó desde Málaga y Granada hacia Antequera y después por Los Ojuelos, Marchena, Arahal, Alcalá y Sevilla, antes de dirigirse hacia Lisboa. Según las informaciones recopiladas entonces, recordaron especialmente el barro de los caminos, el bacalao, las legumbres y el gazpacho que encontraban en ventas y caseríos.

Una ciudad escrita por quienes pasaban

Por Marchena pasaron también soldados durante la Guerra de la Independencia, fotógrafos como Ludwik Tarszensky, conocido como Conde de Lipa, científicos, aristócratas y escritores. El material histórico reunido hasta ahora documenta incluso la presencia de Tarszensky y una temprana fotografía de la Virgen de la Soledad realizada en 1861.

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