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Historia

¿Porqué hay tantos lugares en España y América con el nombre de Marchena?

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En el área de Andalucía occidental encontramos muchos lugares con el nombre de Marchena o Marchenilla, relacionados con el proceso de expansión cristiana del siglo XV mientras que en el Caribe encontramos muchos enclaves con el nombre de Marchena derivados de las familias judías de este apellido que se expanden comercialmente por centroamérica a lo largo de varios siglos. 

 En cierta ocasión, una mujer en Granada, se subió a un autobús con la intención de venir a una boda  en Marchena, Sevilla y acabó en Marchena, Granada, una pequeña pedanía cercana a Dúrcal.

Y es que por razones históricas, son numerosos los lugares que llevan el nombre de Marchena por todo el sur de España y el Caribe americano, que ahora podemos detectar con exactitud gracias al programa informático Geonames, que ayuda a localizar con exactitud en los mapas, los nombres y topónimos.

EL BOSQUE O MARCHENILLA

Imagen

La villa de El Bosque fue una donación hecha por los Reyes Católicos a D. Rodrigo Ponce de León, capitán general que fue de la guerra de Granada firmado en Jaén a 11 de noviembre de 1490. Este fin de semana celebra su recreación histórica ambientada en la invasión francesa. 

El Bosque, la pequeña Marchena fundada por los Duques de Arcos en la sierra gaditana

En 1501, tras el levantamiento de Sierra Bermeja, sometidos los moriscos de la zona doña Beatriz de Pacheco, viuda del Duque encargó a Juan de Ayllón  poblar la serranía con 317 vecinos de Marchena, Arcos, Bornos, Villamartín, Espera, atraídos especialmente por el reparto de tierras. 

Uno de los duques levantó un palacio como lugar de descanso y cacería en el “Palacio del bosque de Benamahoma”, donde está ahora El Bosque. Requería un gran número de criados, ojeadores para montería. Ante la imposibilidad de que todos estuvieran viviendo en el Palacio, fueron edificándose diversas casas en sus alrededores por los criados de los duques al que llamaron Marchenilla, derivado de Marchena.

Mezquita de Marchena, Durcal, Granada. Este edificio de estructura neocolonial, está situado en carretera Bailen Motril N-323, en  la barriada de Marchena (Durcal). Esta casa Señorial, es llamada comúnmente «La Mezquita», está abandonada y fue propiedad de la familia Echebarria. 

Mezquita de Marchena. Durcal. 

EL NOMBRE DE MARCHENA

El nombre Marchena se repite en varios puntos de la geografía de España, en todos ellos es un lugar con agua abundante. Santa Cruz de  Marchena en la provincia de Almería, dá nombre a un monte y un antiguo castillo romano junto al río Andarax.  En las pedanías granadinas de Dúrcal y Padul, da nombre a acequias, torres y castillos  o en los jiennenses de Alcalá la Real y Santiago-Pontones es una aldea.  También hay una pedanía llamada Marchena en Lorca Murcia, famosa por sus huertas y la acequia principal del palmeral de Elche, Alicante, se llama Marchena.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

A unos 31 km de Almería se encuentra el pueblo de Santa Cruz de Marchena, pueblo de la Alpujarra almeriense que fue entregado por los Reyes Católicos junto con toda la taha de Marchena a Gutierre de Cárdenas y luego acabó en manos de la Casa Ducal de arcos por herencia. 

Según el linguista  Ruhstaller la palabra Marchena es “Un monumento lingüístico y una parte valiosa del patrimonio histórico y cultural, en la misma medida que las venerables murallas, iglesias y torres, a las que aún supera en antigüedad”. 

Municipio de Marchena, en Jaén, junto al río Marchena a unos 27 km aprox. por carretera de Santiago de la Espada,​ dentro del Parque natural de Cazorla, Segura y Las Villas.

Stefan Ruhstaller de la Universidad Pablo de Olavide dice que Marchena es una derivación del nombre de una persona y el sufijo -ana que quiere decir villa de Martius o Marcius  en clara alusión al origen romano. Dominique Aviñó McChesney  cree que proviene del árabe al-marj (zona inundable).

El pasado romano de Marchena es indudable; lo que aún discuten los expertos es si su origen fue una villa, o una ciudad como sugieren los hallazgos del yacimiento de El Lavadero. Debido a la abundancia de lugares llamados Marchena, en época árabe se conoce a Marchena, de Sevilla, como Marchena de los Olivos, o Marsenah Al-Zaituna.

Bahía de Marchena, Curazao. 

MARCHENA EN EL CARIBE. CURAZAO, LA ISLA JUDIA. 

Cuando Abraham De Marchena, apellido de origen judío sefardí, (1608 – 1657) murió en Amsterdam, su esposa Sarah y sus tres hijos fueron a la isla holandesa de Curazao formando parte de la histórica primera gran emigración de judíos que llegó a Curazao en 1659, formando parte de la fundación de la primera sinagoga americana. 

La imagen puede contener: nube, cielo y exterior

Casa de campo Marchena en Curazao, foto 1955. 

Esta familia era dueña de una plantación y mansión rural del tipo esclavista que fue propiedad de Isaac De Marchena, ubicada junto a uno de los cementerios judíos más antiguos del Caribe y América y data de 1659 propiedad de la sinagoga de Curazao. Hasta hoy esta zona se llama Marchena, y la bahía donde se ubica se llamó bahía de Marchena, aunque en los años 50 dejó paso a una refinería y una fábrica de azulejos. Los judíos de Curazao juegan un papel fundamental apoyando el proceso de independencia americana y apoyado económicamente a Simón Bolívar  e introduciéndose en Venezuela.

MARCHENA EN CUBA 

En Cuba, Marchena, es el nombre de una planta azucarera ubicada en Sibanicú, cerca de Camagüey, con una capacidad de producir 180.000 arrobas diarias de caña, con su propia para de ferrocarril  y y 1200 trabajadores. Además es el nombre de un municipio y una playa que después de la revolución se rebautiza con el nombre de Siboney. 
Fue fundada en 1924 por Moisés Marchena y David Maduro,  casado con Clara Marchena Marchena, hija del primero, fanmilia de judíos de la Isla de Curazao que en 1920 fundan la “Compañía Azucarera Najasa” que en 1951 vendieron a Gregorio Escagedo Salmón, con el nombre de “Central Najasa – Siboney” que luego es nacionalizada por el Estado y sigue funcionando hasta el dia de hoy. 

MARCHENA EN VENEZUELA

A través de la península de coro, Venezuela los judíos, y entre ellos el apellido Marchena se introducen en el conteniente americano.  Junto a la frontera entre Colombia y Venezuela se ubican las sabanas de Marchena.

EL APELLIDO MARCHENA EN PERU

En las sierras del norte de Perú, zona de Piura, provincia de Ayabaca al sur del municipio de Frías, se ubica el cerro Marchena.  El 21 de junio de 1,825 cuando el Libertador Simón Bolívar por Decreto supremo creó el distrito de Frías. 

En la provincia de Ayabaca, la familia Marchena es una de las que ostentan tradicionalmente el poder, de hecho Humberto Marchena Villegas, el patriarca de su familia es desde 1989 presidente de la  Municipalidad Provincial de Ayabaca. 

LA ISLA MARCHENA EN LAS GALÁPAGOS, ECUADOR

La isla Marchena es una isla perteneciente a Ecuador, ubicada en el centro de las islas Galápagos, en el océano Pacífico. Llamada en honor del monje español fray Antonio de Marchena tiene un volcán llamado Marchena, y un canal marino también llamado canal de Marchena al sur de la isla.

Al igual que muchas de las Galápagos, que son islas de volcanes, Marchena tiene una caldera. La caldera de Marchena es de aproximadamente 7 km de largo por 6 de ancho, y tiene forma elíptica. 

Archivo:Marchena Island.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

Al este de la ciudad de Panamá está el estero y la plata Marchena en la bahia de Panamá frente a la del Rey. 

 

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Actualidad

Vicente Bazo, el bordador del oro que dejó en Marchena una obra mayor del barroco sevillano

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La investigación de Manuel Antonio Ramos Suárez publicada en Archivo Hispalense permite situar a Marchena dentro del mapa del gran bordado sevillano del siglo XVIII. El estudio documenta con precisión la presencia en la villa del bordador Vicente Antonio Bazo, nacido en El Puerto de Santa María en 1726, antiguo miembro del Regimiento de Caballería de Borbón y establecido después en Sevilla, donde trabajó para la Catedral y para distintas instituciones religiosas del arzobispado hispalense.

El artículo no se limita a atribuir una obra. Reconstruye, con apoyo documental, el proceso de creación del sitial de la octava del Corpus de la Parroquia de San Juan Bautista, una pieza de terciopelo carmesí bordada en oro fino que debe ser leída como una de las grandes manifestaciones del aparato litúrgico barroco conservado en Marchena.

La primera huella documental de Bazo en la localidad aparece en 1768, cuando realiza “tres bolsas bordadas en oro” destinadas a las tres parroquias de la villa para llevar el Santísimo Sacramento a los enfermos. La fuente citada es el Archivo Parroquial de San Juan de Marchena, sección Fábrica, libro 33, año 1768. Aquellas piezas no se conservan.

A continuación, el investigador identifica otra obra clave: el estandarte de Nuestra Señora de los Remedios, vinculado a la Parroquia de San Miguel. El propio contrato posterior del sitial de San Juan toma este estandarte como modelo, lo que confirma su importancia dentro del catálogo de Bazo. La escritura notarial ordenaba que el dosel de San Juan se hiciera “a imitación del simpecado que bordé para la iglesia de Señor San Miguel de la propia villa”.

El encargo principal llegó tras la visita apostólica de 1769 a la Parroquia de San Juan. Allí se propuso hacer “un citial para el altar maior” empleando el terciopelo sobrante de las nuevas colgaduras del templo. El documento precisa que debía llevar “una bordadura de oro por alrededor primorosa” y que debía servir “para las funciones de primera clase”. La pieza nacía, por tanto, no como adorno menor, sino como arquitectura textil para las grandes solemnidades eucarísticas.

La escritura de obligación se firmó en Sevilla el 2 de marzo de 1771 ante escribano público. En ella compareció Vicente Bazo como maestro bordador, junto a sus fiadores José Romero, maestro botonero, y Juan Barberi, dueño de una sedería en la calle Conteros. La fábrica parroquial estuvo representada por Manuel Díaz de Yabarrena, apoderado del mayordomo Ramón García de Santa María.

El contrato describe con detalle el proyecto: un dosel para el altar mayor de San Juan Bautista, “bordado de oro fino de todo realce sobre terciopelo carmesí”. Debía medir cuatro varas de alto por dos varas y media de ancho, aproximadamente 344 por 215 centímetros, y contar con un cielo o techo cuadrado. La obra debía seguir el “modelo y diseño número dos” aprobado por el mayordomo, vicario, vicebeneficiados y curas el 25 de diciembre de 1770.

El precio inicial se fijó en “setecientos cincuenta pesos escudos de a quince reales”, pagaderos en tres plazos: el primero para comprar materiales, el segundo cuando estuviera mediada la obra y el tercero tras su conclusión y aprobación por peritos. Sin embargo, el proceso se complicó. Una vez terminado, los responsables parroquiales consideraron que faltaba decoración, por lo que Bazo amplió el conjunto: añadió un gran sol central, cubrió el campo del dosel y decoró por completo el cielo.

La ampliación fue tasada en abril de 1772 por los bordadores Juan Caro y Fulgencio Abril. Los peritos calcularon que el trabajo debía ascender a 27.000 reales. La fábrica abonó primero 20.000 reales, pero el bordador reclamó los 7.000 restantes ante la autoridad eclesiástica. Finalmente, con autorización del cardenal Solís, se le pagó esa cantidad en 1773.

El coste total del conjunto, incluyendo bordado, tejidos, borlas, flecos, carpintería, dorado, herrajes y gastos notariales, ascendió a 30.378 reales y 17 maravedís. Esta cifra sitúa el sitial entre las grandes inversiones artísticas realizadas por la parroquia marchenera en el siglo XVIII.

El estudio también subraya la relación simbólica entre San Juan de Marchena y la Catedral de Sevilla. El sitial marchenero imitaba, en clave local, los grandes aparatos eucarísticos catedralicios, especialmente el altar de plata y el dosel de terciopelo carmesí bordado en oro realizado para la Catedral en 1732. Marchena, como parroquia matriz de relevancia dentro del arzobispado, reproducía así modelos solemnes propios de los grandes templos hispalenses.

Desde el punto de vista artístico, el dosel presenta una decoración vegetal simétrica, con rocallas, ces, cuernos de la abundancia, espigas eucarísticas, flores campaniformes, hojas de acanto y las características “antenas” que el autor considera una marca de identidad del bordador. En el centro aparece un gran sol bordado, con un círculo de seda blanca destinado a coincidir con el lugar de exposición de la Sagrada Forma.

La trayectoria de Bazo en Marchena no terminó ahí. En 1772 recibió otro encargo: una manga de terciopelo negro bordada en oro para la iglesia matriz de San Juan. Según la investigación, parte de aquellos bordados se conservan hoy reutilizados en un terno de San Benito Abad en Castilblanco de los Arroyos, conocido por tradición oral como “el terno de Marchena”.

El sitial sufrió transformaciones posteriores. A finales del siglo XIX o principios del XX, el cielo o techo del dosel fue reducido a la mitad y la parte sobrante pasó a usarse como frontal de altar. El estudio advierte expresamente que “no ha quedado constancia documental del momento concreto” en que se produjo esa modificación.

En la actualidad, el sitial sigue vivo en el culto. Desde 2008 se utiliza como altar del triduo del Corpus Christi y también para el monumento eucarístico del Jueves Santo en la Parroquia de San Juan Bautista, empleándose la custodia de asiento de Francisco de Alfaro como sepulcro para la reserva. La pieza ha sido sometida a restauración por una empresa especializada en tejidos antiguos, con el objetivo de conservar el soporte original, limpiar los bordados y mejorar sus sistemas de sujeción.

La importancia del estudio reside en que no solo recupera el nombre de Vicente Bazo para Marchena, sino que incorpora de forma documentada varias obras locales a su catálogo. La conclusión es clara: Marchena conserva una pieza mayor del bordado barroco sevillano y posee documentación suficiente para situarla dentro de una red artística que conecta la villa con Sevilla, la Catedral, los talleres de bordado, los protocolos notariales y la liturgia eucarística del siglo XVIII.

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Historia

Las caballerizas del Palacio Ducal: de espacio de servicio a escenario de la Grandeza de los Ponce de León

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Las nuevas investigaciones sobre la caballeriza del Palacio Ducal de Marchena permiten ampliar y precisar una línea de trabajo que Marchena Secreta ya venía desarrollando en torno al antiguo complejo palatino de los Ponce de León: las caballerizas no fueron un simple espacio funcional destinado a guardar animales y carruajes, sino una pieza esencial de la escenografía del poder ducal.

Las caballerizas primitivas levantadas por Luis Cristóbal Ponce de León en el siglo XVI en la zona del hardín alto; añadiéndoles una cochera a comienzos del XVII; y a finales del XVII o comienzos del XVIII, adquieren un aspecto más monumental y se ubican en la actual explanada de Santa Maria.

El artículo de Juan Francisco Torres Cubero, publicado en 2024 en la revista Hipogrifo, estudia el inventario y la tasación de bienes redactados en 1673, año de la muerte de don Francisco Rodrigo Ponce de León, V duque de Arcos. La investigación documenta 534 bienes vinculados a la caballeriza del Palacio Ducal de Marchena, entre ellos esclavos, caballos, mulas, sillas, coches, literas, sillas de mano, jaeces y guarniciones.

 En el artículo “Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción”, se indicaba que la escritura de traslado del Convento de Santa María al interior del Palacio Ducal, fechada en octubre de 1631, dejaba claro que el lugar señalado por el duque para las monjas lindaba con las caballerizas levantadas por Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos.

Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción

Las primeras caballerizas importantes del palacio fueron levantadas en la década de 1540 por Luis Cristóbal Ponce de León, junto a aposentos para cerca de una veintena de pajes y en relación con la acemilería. A comienzos del siglo XVII, el III duque construyó la cochera.

En 1631 las caballerizas primitivas seguían siendo referencia dentro del palacio cuando se reorganizó el espacio conventual de Santa María junto a las caballerizas y se instaló definitivamente el convento dentro del palacio en 1625. 

La investigación de Torres Cubero muestra además qué había dentro de aquellas caballerizas en 1673. El V duque de Arcos poseía 152 caballos, de los cuales 106 eran yeguas y 41 potros. El inventario detalla colores, edades, nombres y lugares de cría de algunos animales. Aparecen ejemplares llamados Halcón, Doradillo, Perla, Dichoso o Donaire, lo que revela una cultura ecuestre cuidadosamente organizada.

La fama de los caballos criados en las caballerizas ducales de Marchena aparece recogida en el manuscrito “Adiciones a la Doctrina del Cavallo y Arte de Enfrenar”, de 1731, escrito por Alonso García, trabajador de las Caballerizas Reales de Córdoba. Este libro menciona el dato de que el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León, regaló  seis caballos españoles de su palacio al rey inglés.

LAS CABALLERIZAS EN EL MANDATO DE MANUEL PONCE DE LEÓN

De 1685 se conserva un registro por la contaduría del duque Manuel Ponce de León «de los caballos que hay en las caballerizas del duque señor de esta villa y lo que cada uno come cada día», desde el 19 de julio de ese año ocupando Juan Miguel Sota el cargo de caballerizo del duque de Arcos, es decir, responsable de las caballerizas ducales. 

Siendo consciente del lujo que suponía tener un caballo andaluz, el embajador Guillermo Rodolfin sugiere al rey de Inglaterra, Carlos II Estuardo (1630-1685) que debía tener en sus cuadras caballos españoles.

Finalmente, el rey inglés consiguió seis caballos españoles procedentes de Marchena a través del regalo que le hizo el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León (1673-1693), y de este Rey inglés se conserva una carta de agradecimiento donde el monarca británico habla de la belleza de dicho caballo marchenero.

En el siglo XVIII se construyeron caballerizas monumentales en la explanada de Santa María, en pie hasta principios del siglo XX. Torres Cubero precisa que a finales del siglo XVII el VI duque reformó las caballerizas para asemejarlas lo más posible a las del rey en Córdoba y Madrid.

Los datos del inventario de 1673 explican por qué fue necesaria esa evolución arquitectónica. El duque no solo tenía caballos: poseía tres tiros de mulas, dos de seis y uno de cinco, además de animales de paso llamados Halcona y la Valenciana. Las mulas eran esenciales para tirar de coches y literas, vehículos que en la corte de los Austrias se habían convertido en signos visibles de rango.

La caballeriza guardaba además 51 sillas de montar, muchas diferenciadas según el tipo de monta: brida, jineta, coche o mula. Algunas estaban decoradas con galón de oro, flecos de plata, bordados de plata, terciopelo verde o tafiletes de Berbería.

El apartado de jaeces resulta especialmente revelador del lujo ducal. Se documentan 32 piezas ricas para adornar monturas, entre ellas cuatro jaeces sobre terciopelo azul bordados en relieve de plata, tasados en 10.000 reales. También había estribos de plata, cabezadas con campanillas y petrales con cascabeles de plata.

Pero el punto más espectacular lo aportan los vehículos: siete coches, cuatro literas y tres sillas de mano. Entre ellos figuraban dos carrozas grandes procedentes de Nápoles, probablemente de tiempos en que Rodrigo el IV Duque, fue virrey napolitano. Una de damasco y terciopelo negro con vidrios y cortinas, y otra guarnecida de terciopelo bordado. La procedencia napolitana conecta con el prestigio adquirido por la Casa de Arcos tras el virreinato del IV duque.

El palacio no era solo residencia local, sino una corte nobiliaria conectada con Sevilla, Nápoles, Madrid y los circuitos aristocráticos europeos. Las caballerizas eran la parte móvil de esa grandeza: el poder no solo se veía dentro del palacio, también circulaba por las calles en forma de carroza, litera, caballo enjaezado y séquito.

 

 Las caballerizas ducales de Marchena fueron un sistema completo de poder: arquitectura, animales, criados, esclavos, coches, jaeces, tiros de mulas, sillas bordadas y memoria ecuestre. Servían para desplazarse, pero también para representar la Grandeza de España de los Ponce de León ante la villa y ante quienes visitaban el palacio.

Fuentes principales:

Juan Francisco Torres Cubero, “Representar la Grandeza. Lujo y ostentación en la caballeriza de don Francisco Rodrigo Ponce de León, V duque de Arcos (1673)”, Hipogrifo, 2024;

Marchena Secreta, “Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción”;

Marchena Secreta, “Un manuscrito presentado en la Maestranza de Sevilla recoge la fama de los equinos y caballerizas ducales de Marchena”

Marchena Secreta, “Lo que queda del Palacio Ducal de Marchena según excavaciones arqueológicas”.

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Historia

La armería perdida de los duques de Arcos: el tesoro militar y simbólico oculto en el Palacio Ducal de Marchena

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Durante los siglos XVI y XVII, el Palacio Ducal de Marchena custodió una de las colecciones armamentísticas nobiliarias más sorprendentes y desconocidas de Andalucía. Espadas toledanas, armaduras italianas, pistolas francesas, armas japonesas, banderas de guerra, sillas de montar bordadas en oro y hasta el alfanje del último rey morisco de las Alpujarras formaban parte de una armería que no solo servía para la guerra: era una gigantesca escenografía del poder.

La investigación ha sido reconstruida por el historiador cordobés Juan Francisco Torres Cubero en el artículo “Vestigio de una vocación secular: la armería de los duques de Arcos (siglos XVI-XVII)”, publicado en 2024 en la revista científica Historia. Instituciones. Documentos de la Universidad de Sevilla.

El estudio parte de una idea fundamental: los Ponce de León construyeron su identidad nobiliaria sobre la memoria de la guerra y las hazañas militares. La destreza caballeresca no era solo una virtud personal, sino un elemento central de la imagen pública del linaje. La propia Casa de Arcos, una de las más poderosas de Andalucía en la Edad Moderna, necesitaba exhibir visualmente ese prestigio mediante símbolos de riqueza, autoridad y gloria militar.

Lo que queda del Palacio Ducal de Marchena según excavaciones arqueológicas

Torres Cubero explica que, en la Europa renacentista y barroca, las armas dejaron de ser únicamente herramientas bélicas para convertirse en auténticos objetos de representación aristocrática. Las armaduras, espadas y escudos eran exhibidos en palacios y fortalezas como símbolos de rango social y legitimidad política.

En ese contexto surgieron las grandes armerías palatinas de la nobleza española, inspiradas en modelos como la Real Armería de Madrid creada por Felipe II en 1562 frente al Alcázar Real. Los duques del Infantado, Béjar, Medinaceli o Benavente desarrollaron importantes colecciones armamentísticas, y la Casa de Arcos hizo lo propio en Marchena.

El corazón de aquella colección se encontraba en el Palacio Ducal de Marchena, construido sobre la antigua alcazaba islámica desde el siglo XIV. El edificio sufrió sucesivas ampliaciones y reformas, especialmente bajo el II duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León (1528-1573), quien transformó el antiguo castillo medieval en un auténtico palacio renacentista.

Fue precisamente este duque quien convirtió Marchena en una corte nobiliaria humanista. Mandó construir jardines, caballerizas y nuevas salas representativas, reunió tapices, pinturas y relieves clásicos, y comenzó probablemente la organización de la armería palatina.

Las primeras noticias documentales sobre armas en el palacio aparecen en la década de 1540. En 1543 ya se registraba el traslado de arneses y coseletes a Marchena. Poco después, el duque encargó una espectacular silla de montar de terciopelo bordado en oro y plata con escenas de los Trabajos de Hércules, considerada una de las piezas más valiosas de la Casa de Arcos.

En 1552 aparece citado el armero sevillano Gonzalo Martínez, contratado para limpiar y reparar armaduras y armas conservadas en la “cámara” del duque. Aquella referencia es importante porque demuestra que las armas ya no estaban dispersas, sino agrupadas en un espacio específico del palacio.

El gran salto documental se produce entre 1579 y 1581, durante el gobierno de Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos (1545-1630). Las cuentas palaciegas revelan una impresionante actividad armamentística vinculada a la Guerra de Sucesión portuguesa y a la movilización militar impulsada por Felipe II.

En septiembre de 1579 el palacio almacenaba al menos 330 coseletes, 178 barbotes, 20 celadas y 18 morriones. Muchas de estas piezas fueron limpiadas y restauradas por armeros sevillanos. Además, se adquirieron alabardas doradas, partesanas ceremoniales, lanzas jinetas y banderas con leones pintados, símbolos heráldicos de los Ponce de León.

La documentación revela también un extraordinario nivel de lujo. Algunas corazas estaban cubiertas de terciopelo carmesí y adornadas con clavazón dorada. Los morriones lucían pasamanería roja y dorada. Varias bandas militares estaban confeccionadas en tela de oro.

Las armas personales del duque alcanzaban niveles aún más sofisticados. Se encargaron espadas y dagas con puños de marfil, oro y seda, además de sillas de montar bordadas, frenos dorados y guarniciones de cuero rojo y plateado para los caballos.

La investigación demuestra que la armería marchenera no era simplemente un almacén militar. Era una puesta en escena aristocrática destinada a impresionar y reforzar el prestigio del linaje. Por ello, la “cámara de armas” se situaba junto a bibliotecas, salones y dependencias nobles del palacio.

Uno de los objetos más fascinantes documentados en el inventario de 1630 era el alfanje de Abén Aboo, sucesor de Abén Humeya y líder de la rebelión morisca de las Alpujarras. Tras la muerte del caudillo morisco en 1571, el arma fue entregada al II duque de Arcos como trofeo de guerra.

La espada se convirtió desde entonces en un símbolo político y familiar. Representaba la victoria de los Ponce de León sobre la última gran rebelión morisca del reino de Granada y reforzaba la imagen caballeresca del linaje.

Aquel inventario de 1630 ofrece además una fotografía extraordinaria de la colección. Se documentan montantes ceremoniales, espadas toledanas, armas damasquinadas, rodelas venecianas, pistolas de rueda y armaduras procedentes de Milán y Augsburgo, dos de los grandes centros europeos de fabricación armamentística.

Entre las piezas más sorprendentes figuran dos catanas japonesas damasquinadas, una de ellas guardada en una caja de terciopelo verde y decorada con figuras y pájaros. La presencia de armas japonesas en Marchena demuestra hasta qué punto Sevilla y Andalucía estaban conectadas con las rutas comerciales internacionales entre Asia, América y Europa.

Las catanas eran objetos extremadamente exóticos y valiosos en la Europa barroca. Su presencia en la armería de los duques de Arcos refleja el refinamiento cultural de la nobleza andaluza y su interés por coleccionar piezas raras y prestigiosas.

La colección siguió creciendo durante el siglo XVII. Un inventario de 1656 menciona arcabuces catalanes, pistolas francesas con incrustaciones de marfil, carabinas, dagas, cuchillos de monte y trompetas militares con estandartes bordados en oro.

Sin embargo, la decadencia económica de la Casa de Arcos y el progresivo abandono del Palacio Ducal terminaron provocando la dispersión y desaparición de gran parte de aquella armería. El propio palacio acabó prácticamente destruido entre los siglos XVIII y XIX.

Hoy apenas sobreviven fragmentos físicos de aquel universo. La monumental portada del palacio fue trasladada a los Reales Alcázares de Sevilla, donde aún se conserva como la llamada “Puerta de Marchena”. Parte de la decoración de la escalera principal terminó en el Palacio de la Condesa de Lebrija.

El resto permanece oculto en archivos, inventarios y documentos históricos que investigadores como Juan Francisco Torres Cubero están devolviendo lentamente a la memoria colectiva de Marchena.

Fuentes:
Juan Francisco Torres Cubero, “Vestigio de una vocación secular: la armería de los duques de Arcos (siglos XVI-XVII)”, Historia. Instituciones. Documentos, nº 51, Universidad de Sevilla, 2024.

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Actualidad

La V Gran Caracolá será en la Plaza de San Sebastián los días 29 y 30 de mayo

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La Plaza de San Sebastián volverá a llenarse de olor a hierbabuena, caracoles recién cocidos y música en directo con la celebración de la V Gran Caracolá de Marchena, que tendrá lugar los días 29 y 30 de mayo de 2026. La cita, organizada por la Pontificia, Real Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Dulce Nombre de Jesús, María Santísima de la Piedad y San Juan Evangelista, contará con actuaciones musicales, ambigú a precios populares y diversas actividades festivas en pleno centro histórico de la localidad.

El cartel anunciador confirma que la fiesta arrancará el viernes 29 a partir de las 21:30 horas con la actuación de la Agrupación Musical Dulce Nombre de Jesús, mientras que el sábado 30, desde las 13:00 horas, continuará la convivencia gastronómica y festiva que culminará por la noche con la actuación del grupo flamenco-fusión Maraké. Los caracoles volverán a estar elaborados por “José El Tontorrón”, conocido establecimiento de Paradas especializado en esta receta tradicional andaluza.

La Caracolá se ha consolidado en pocos años como una de las actividades gastronómicas y de convivencia más concurridas de la primavera marchenera. 

La edición anterior, celebrada en 2024, supuso la consolidación definitiva de esta iniciativa impulsada por la hermandad, que comenzó años atrás como una convivencia gastronómica de menor formato y terminó transformándose en una cita habitual dentro del calendario festivo de mayo en Marchena. 

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Cultura

De como las modas de Paris en la feria del siglo XIX desembocaron en los trajes de faralaes

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Las ferias de finales del siglo XIX eran muy distintas a las de hoy. Al amanecer las ganaderías tomaban el real, los turistas buscaban a las Cigarreras y a las gitanas como algo exótico y las modas francesas desplazaban a los trajes andaluces. 
La moda de Francia había invadido la moda y hasta el habla andaluza: «Oiga usted, señorita, ¿me hace usted el favor de cantar una petenera?. «Avec beaucoup de plaisir», dice la niña que habla muy mal francés y canta peor flamenco. «Donne moi un cigarrete».
Suena veces la guitarra pero va dominando el piano y aunque no están vedadas las malagueñas ni las sevillanas, suelen  oírse cuplets franceses en la feria de Sevilla según el relato de Más y Pratt.
Al alba del primer día de feria de Sevilla, el Prado de San Sebastián es tomado  por los ganaderos de Marchena, Écija, Lora, Carmona, Mairena, Morón, Estepa.
Los feriantes andaluces suelen llevar  a remolque sus familias, principalmente el tratante gitano. Las filas de carretas entran en El Prado produciendo un sonido original que procede de los crujidos de las llantas.

Los que llevan ganado boyar suelen ir al paso de sus carretas preparadas para la excursión con todos los aditamentos necesarios con toldos o tejidos de palma y bajo el tablón el cántaro de agua fresca.
Las caballerias llegan al Prado levantando nubes de polvo, la sangre del corcel andaluz se enciende con la fatiga y sus elásticas piernas se fortifican.
Se levantan tiendas provisionales, se amontona el ato de que forma parte la manta y la alforja, que han de servir de colchón y de almohada y se coloca en el lugar más seguro la bota de vino.
Los gitanos comienzam la tarea de los tratos, que para ellos es siempre fructuoso, corriendo como chispas eléctricas por todas partes con la faja mal compuesta, la chaquetilla arremangada, el pantalón a media pierna y el sombrero bailando sobre la coronilla.
Oiga usted excelencia, dicen a un señorito del pueblo con chaqueta de terciopelo. Tengo un tronco alazano que es el mismo que llevó al cielo el coche de San Elías.  El feriante le responde, que más bien parece propio de coche fúnebre de tercera clase, y se despide con un «que usted se alivie».
Después de que se ha valido de todos los subterfugios imaginables para engañar al feriante, metiendo a los caballos agujas en la oreja para que se avispe,  saca de su petaca un cigarro y le dice con exquisita finura: por estas cruces de Dios se lleva usted el bicho mejor de la feria.
Los ingleses y franceses que vienen a Sevilla por feria quieren ver la Fábrica de Tabacos y la calle San Fernando cuando salen a bandadas como las golondrinas las cigarreras que dejan la faena muy temprano y se dirigen al Real luciendo sus mantones de manila y sus peines altos y enroscados sobre la coronilla. La Cigarrera no es gitana ni flamenca sino un compuesto de ambas.
Las tiendas aristocráticas aparecen cercadas de macetas de porcelana con musgos y begonias, con colgaduras de Damasco, cubiertas de alfombras, llenas de jardineras y espejos, y a la puerta de su sencilla balaustrada, butacas escaños y elegantes mecedoras donde dormitan los señores de clase media.
La alta sociedad sevillana estos días se permite usar la falda corta de raso y la calada peineta de concha, la mantilla de encaje y el corpiño ajustado de la flamenca, comen jamón dulce y pavo trufado, emparedados y pastas de vainilla y beben Jerez y manzanilla.
Mas alla hay tascas de feria con carteles de vino y caracoles, menudo,  taberna, buñuelos y aguardiente. Alli se ven las hermosas gitanas de pura sangre. La flamenca, suele aparecer allí cantando por todo lo alto y ostentando todas las gracias de sus especies.
La gitana no se pone el pañuelo terciado con los flecos en la tierra sino que se envuelven el mantón y golpea las tablas haciéndoles crujir bajo sus plantas.
En las buñolerías, estos gitanos apuran todo el caudal de su ingenio para formar adornos y pabellones, puede decirse que en el recinto se pone las bordadas enaguas de las gitanas y sus sábanas de novia al entrar.
Texto: Mas y Pratt en La Ilustración española y americana. 22/4/1888. Fotos: Salvador Azpiazu. 1890.

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Historia

San Ginés: ermita, lazareto, manantial y molino de aceite

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San Ginés es uno de los lugares más interesantes del pasado de Marchena. Las fuentes históricas antiguas nos cuentan que aquí había una ermita donde vivían ermitaños. También se encontraron algunos restos romanos en la zona. Además hasta hace cincuenta años tuvo una fuente pública para el ganado. Era el inicio del camino de Osuna y Granada y fue usado como lazareto en las epidemias del XIX.
San Ginés de Arlés fue un mártir cristiano que falleció decapitado en 303 bajo el mandato de Diocleciano en el municipio de Trinquetaille, al pie de una morera. Nombrado secretario de un magistrado romano, se negó a abandonar el cristianismo y huyó y luego fue capturado y ejecutado por los romanos.
San Ginés en Marchena es un importante yacimiento arqueológico poblado desde el neolítico y donde aparecieron dos vasos campaniformes que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional y varias tumbas romanas.
Además San Ginés tuvo una Almazara de doble piso y patio central en unas  dependencias de molino incluyendo trujales, sala de prensa y restos de antiguas cuadras, según el IAPH.
San Ginés era además un lugar rico en aguas subterráneas donde se construyó una ermita, habitada por ermitaños, y donde había unos pilares con agua para el ganado que en el XIX se convirtieron en uno de los lavaderos públicos del municipio.
Lo que hasta entonces era un abrevadero de ganado comenzó a ser usado como lavadero público -San Ginés y de la Ventilla-, por lo que el Ayuntamiento publicó unos edictos «en los que se prohíbe lavar la ropa en dichos pilares bajo la pena de multa», según explica Pepe Villalobos en su obra Siglo XIX Tomo I Decadencia Guerra y Revolución.
En 1800 el arzobispo de Sevilla don Luis María de Borbón cedió las ermitas de San Roque y San Ginés para que sirvieran de lazaretos para curar a los enfermos y fortalecer a los convalecientes de la epidemia de fiebre amarilla, al mismo tiempo que el pueblo se cerraba y confinaba y se establecía una zona de va desde el camino de las cuestas hasta San Ginés y se prohibía enterrar a las victimas de la epidemia en los templos.
En 1824 el Arzobispado ofrece al Ayuntamiento de Marchena la venta de las abandonadas ermitas de San Ginés en la salida hacia La Puebla de Cazalla y San Roque, que luego se convierte en cementerio municipal, que junto con Santa Justa eran las tres ermitas rurales del entorno de Marchena.
De nuevo en 1830 el Arzobispado comunica por escrito al Ayuntamiento que quiere desprenderse de las ermitas por la cantidad anual que se estipule, incluyendo los edificios de las ermitas de San Ginés y San Roque, y los terrenos circundantes que disfrutaban los antiguos ermitaños, pero el Ayuntamiento entonces no está interesado. Será con la reiteración de las epidemias y la prohibición definitiva de enterramiento en todas las iglesias cuando el Ayuntamiento decide finalmente instalar el cementerio municipal a finales del XIX en la ermita de San Roque, junto al lavadero.
Igualmente, el Ayuntamiento se ve en la obligación de traer al pueblo el agua de San Ginés y del “El Lavadero”, situados ambos a más de una milla de la población, teniendo en cuenta que la única fuente del pueblo estaba en mal estado y no se podía usar.
El Ayuntamiento acuerda que los peritos estudien la conducción de las aguas desde el manantial de San Ginés hasta el pueblo solicitando, licencia al Real y al Consejo de Castilla para emprender la obra.

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