

Hay cosas que no se anuncian con pregones ni necesitan cartel ni programa de mano, ni caben enteras en el silencio de una noche de Pasión, cuando el aire de la noche se templa y empieza a oler a azahar y a cera, y un barrio entero se para a esperar lo que lleva años esperando. En noches como esta sale el Cautivo de Marchena desde San Agustín. Y Marchena, que es pueblo de saeteros y de memoria larga, lo sabe.

No es casual que esta procesión nazca entre los muros del convento de San Agustín donde el padre Fray Tomás Javier Gago Sotelo, mercedario descalzo, vivía precisamente aquí, en este convento que huele a siglos, fue donde se celebró su funeral el 4 de febrero de 2019, el día después de que su corazón se detuviera. El alma mater de todo este proyecto ya no puede ver esta noche lo que él sembró.

Pero está. Está en cada hombre y mujer que mete el hombro bajo las parihuelas del señor Cautivo o en cada vela encendida en un balcón del barrio que él quiso evangelizar. Porque el fue el gran arquitecto de la espiritualidad de este barrio en el que todos nosotros fuimos las piedras a las que él dio forma, para levantar un templo no de piedra sino de alma, almas cautivas por la materia buscando su redención.

Nacido en una familia humilde de Zamora, llegó a Marchena en 1969, castellano de tierra fría al que Andalucía fue calando despacio, como el agua al barro, hasta que el barro se hizo arcilla y la arcilla, iglesia. En 1980 cuando se convirtió en párroco del Arcángel San Miguel, el patrón de la iglesia.

Cuarenta años de Marchena. Cuarenta años de barrios, de catequesis, de obras, de sueños trazados a mano en servilletas de bar. En el acto de su nombramiento como párroco emérito le dijeron: «No te rindas y enséñanos a confiar en la providencia divina.» Él nunca se rindió. Ni siquiera cuando las instituciones cambiaron el destino de su templo.

Son las nueve de la noche y el incienso sube como una plegaria que ya estaba a medio decir por los muros de San Agustín en la noche del sábado de Pasión, entre palmeras que parecen olivos esperando el alba de un nuevo Domingo de Ramos.

Las parihuelas viran hacia el pasaje Sergio Rodriguez lejos de las avenidas anchas abiertas en un barrio que creció más deprisa que sus instituciones. Más adelante, por Mariano Lopez el imaginero del Cautivo, contempla su obra, el marchenero Marco Antonio Humanes, que desde el día de la primera salida no quiere perderse el momento de contemplar quizá que efecto causa al mirada del Cautivo entre su gente de Marchena, esa sensación de serenidad magistral en su mirada — no la serenidad del que no ha sufrido, sino la del que ha sufrido tanto que ya no le queda miedo.

Calle Sevilla. Qué nombre para traer aires cofrades en un barrio que siempre miró hacia el centro sin que el centro lo mirase a él y que esta noche sirve para llegar al popular barrio de La Guita. El Cautivo cruza esa frontera esta noche, como él mismo cruzó la frontera entre la vida y la Pasión. Con las manos atadas. Con la mirada alta. Sin miedo.

Esta asociación de Madre de Dios de la Merced nació en 2006 en la parroquia de San Miguel, encargando primero la imagen de la Virgen de la Merced —bendecida en diciembre de ese mismo año—, trasladada después al nuevo templo en 2009, y al Señor, bendecido en 2012. Ocho años desde la semilla hasta los primeros frutos.


Cuando el paso llega a Mariano López Goitia, algo cambia en el aire. Porque desde aquí se intuye ya la Plaza de la Huerta de la Cruz, que es el corazón latiente del barrio, el lugar donde se celebraron misas de campaña, donde el Padre Javier convenció al cardenal Amigo Vallejo de que este barrio merecía su propio templo, donde los vecinos donaron lo que tenían —que muchas veces no era mucho— para construir algo que fuera suyo.

Y a un tiro de piedra más allá, en la calle que lleva el nombre de la santa de los pobres —Madre Teresa de Calcuta—, se hicieron otras misas y mas allá está el Complejo Parroquial Madre de Dios y donde en otro tiempo glorioso, sobre ese mismo terreno se le otorgó a Nuestro Padre Jesús Nazareno la Medalla de Oro de la Villa de Marchena.

Hoy ese complejo, levantado ladrillo a ladrillo con las donaciones de los marcheneros, está pendiente de reabrirse tras las negociaciones entre el Ayuntamiento y el Arzobispado. Lo que iba a ser iglesia se convertirá en equipamiento cultural para el barrio. El sueño del templo propio que el Padre Javier soñó murió con él, o quizás no del todo, y quede en los salones parroquiales que prometen ser reabiertos, porque los sueños de los mercedarios descalzos son obstinados como el agua y tarde o temprano encuentran su cauce.

Aquí la procesión recorre la calle que da nombre al barrio y que es también, en el fondo, el nombre de todo este proyecto. Madre de Dios. No Hermandad de algo ilustre, no Cofradía de algo antiguo. Madre de Dios. El nombre más humano y más sagrado que puede llevar una corporación cristiana.

La Virgen de la Merced es, desde 1218, la que libera, consuela y protege a todos los que están presos, a todos los cautivos en el más amplio sentido de la palabra. Y este barrio ha conocido el cautiverio. El cautiverio del olvido institucional, del ostracismo. El cautiverio de una asociación que no terminaba de ser hermandad, de un templo que no terminaba de ser iglesia, de un proyecto que no terminaba de ser reconocido. Esta noche, el Cautivo los libera a todos.

Madre Carmen Ternero. Otro nombre de mujer que se entregó. Esta procesión está llena de ellos —Teresa de Calcuta, la Merced, la Madre de Dios— como si el barrio hubiera decidido que sus calles llevasen los nombres de quienes dieron sin pedir nada a cambio. Memoria de quien tomó un barrio sin iglesia propia y lo trató como si fuera la catedral de Sevilla. Que consideraba «hijo espiritual» a todo lo que germinó en el Complejo Parroquial Madre de Dios. Hijo espiritual. El Cautivo que esta noche sale a la calle es, en cierta manera, su hijo. El hijo de un cura zamorano que amó a Marchena con la terquedad de los mercedarios.

El paso viacrucis regresa al Paseo Sergio Rodríguez, que es por donde salió, que es el principio y el fin de este viacrucis sin calvario porque el calvario aquí no está en el paso, sino en la historia que el paso lleva encima. El señor Cautivo enta lentamente de vuelta hasta San Agustín.

El alma mater de este proyecto no pueda ver enoches como esta ni las que estarán por venir. Pero alguien que conoce bien estas calles diría que sí la vio. Que la está viendo desde donde se ven las cosas que realmente importan, sin relojes ni actas notariales.

Él quería una iglesia de personas y almas, no de ladrillos. Y hoy, en ese Complejo Parroquial que aún espera su reapertura, para atender a cientos de familias y el barrio más grande de Marchena ya tiene voz y tiene paso y tiene Señor. El Cautivo entra en San Agustín. Marchena respira.

Y en algún lugar entre el incienso y las estrellas un fraile zamorano que aprendió a hablar con acento marchenero sonríe, descalzo y libre, como manda su Orden. Y mañana volverá a disfrutar con otro de sus proyectos con final feliz. Un Domingo de Ramos lleno de paz y de palmas.








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