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Historia

El palacio -y principal monumento histórico- que Marchena perdió

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José Antonio Suárez López · Marchena Secreta


Fotografía histórica · c. 1900
El vergel del Parque hacia 1900: el ciprés, las palmeras y la fuente circular sobreviven al palacio que los plantó. Al fondo, Santa María de la Mota.

En 1658, mientras gobernaba Nápoles como virrey, don Rodrigo Ponce de León era dueño de uno de los palacios más ricos de Andalucía. No estaba en Sevilla ni en Madrid: estaba en Marchena, dentro de un recinto amurallado que guardaba jardines, huertos, dos conventos, una iglesia, caballerizas y un laberinto de salas vestidas de tapices flamencos. Hoy de todo aquello quedan muros, fotografías, un plano y —sobre todo— papeles: los inventarios que se levantaron a la muerte del duque tasaron el palacio objeto por objeto, con precios en reales, nombres de tasadores y hasta los nombres de los esclavos que servían en las cuadras.

Esos papeles, estudiados por Juan Francisco Torres Cubero en Nobleza y ostentación. El Palacio Ducal de Marchena en 1658, son la llave de esta serie. Con ellos, con el plano de evolución del recinto, con la portada que hoy vive en el Real Alcázar de Sevilla y con la ayuda de herramientas digitales, hemos vuelto a levantar el palacio. Lo que sigue es un paseo. Y una advertencia que repetiremos: aquí se distingue siempre, con etiquetas a la vista, lo documentado de lo reconstruido.

Un recinto, no un edificio

Geometría según el plano de evolución ss. XVI–XVIII

Lo primero que hay que desaprender es la palabra «palacio». Lo que los Ponce de León tenían en Marchena era una ciudadela: la antigua alcazaba, cerrada por su muralla, convertida en un mundo propio. Pulse sobre cada zona del plano para ir a su capítulo.

La portada que emigró a Sevilla

Documentado

Empezar por la puerta tiene truco: para verla hay que ir al Real Alcázar de Sevilla. La gran portada gótica del palacio fue desmontada piedra a piedra a comienzos del siglo XX y hoy se llama, con justicia melancólica, «Puerta de Marchena». Es la referencia material más fiable que existe para reconstruir el frente del palacio: sus tracerías, sus escudos, su piedra dorada son las mismas que vieron entrar y salir a cinco siglos de duques.


Pieza conservada · Real Alcázar
La portada del Palacio Ducal, remontada en los jardines del Real Alcázar de Sevilla. Cada reconstrucción del frente del palacio en esta serie parte de esta piedra.

El apeadero y el patio de las columnas italianas

Tras la puerta, el visitante de 1658 desmontaba en el patio apeadero: suelo de ladrillo «a sangre», pórticos en tres de sus lados, portadas y ventanas vestidas de yeserías y azulejos. En una de ellas, el alfiz lucía lambrequines pintados de rojo, amarillo y azul: los colores de los Ponce de León, que esta página ha tomado prestados.

Más adentro esperaba la pieza mayor de la reforma renacentista que el II duque emprendió tras el terremoto de 1522: un patio de unos diecinueve por dieciséis metros, abierto al sureste, con logias de arcos sobre columnas de mármol traídas de Italia, esbeltas hasta lo imposible —tres metros de altura para fustes de treinta centímetros—. Una fuente ochavada, desplazada del centro hacia el norte, ponía el agua en medio de la arquitectura.


Maqueta · reconstrucción volumétrica
El conjunto en volumen: en transparente, las crujías y el patio principal reconstruidos sobre los restos conservados.

La escalera que se mudó de casa

Junto al apeadero subía la escalera, en una caja cuadrangular cubierta por un artesonado de madera de castaño. Si quiere verlo, tampoco hace falta imaginar: se conserva, trasladado, en la Casa de la Condesa de Lebrija, en Sevilla. Las yeserías «al romano» desplegaban un programa culto y nupcial: putti, bustos y balaustres, Hércules niño, la lucha de Eros y Anteros, Venus y Marte. El amor sacro triunfando sobre el profano, espejo en escayola del flamante matrimonio ducal entre Rodrigo Ponce de León y María de Toledo.

De aquellos interiores el tiempo ha salvado poco más que astillas. Por eso importan tanto los objetos testigo: piezas reales que pasaron por las salas del palacio o por las casas de su órbita, como este bargueño con sus cajones etiquetados a mano, un archivo en miniatura de la vida administrativa de una gran casa.

Salones vestidos de Bruselas
La verdadera arquitectura interior del palacio era textil. Veinticuatro tapices, veinticuatro reposteros y ocho paños de corte vestían las salas según el calendario y el rango de las visitas. La serie estrella contaba la Historia de los caballos: siete paños con dosel y sitial, tejidos en Bruselas con realces de oro y plata, inspirados en el manual de equitación de Antoine de Pluvinel, maestro de Luis XIII, y en los grabados de Crispijn de Passe. Caballos de alta escuela entre arquitecturas antiguas, con Mercurio y Marte de testigos: el autorretrato perfecto de un linaje que presumía de cuadras.Había más: los Trabajos de Hércules, del siglo XVI, colgados en la antecámara donde las visitas aguardaban antes de ver al duque —virtud heroica como sala de espera, emulando la serie regia de Guillermo Dermoyen—; la historia del cónsul Decio Mus, comprada en Nápoles y procedente de la colección del marqués del Carpio; la de Ciro el Grande, sobre cartones atribuidos a Michiel Coxcie; la Historia de Jacob según modelos de Bernard van Orley, de la que el Museo Arqueológico Nacional conserva una serie hermana; y paños de boscajes y verduras para los días sin ceremonia.


Recreación digital (IA)
Recreación de ambiente: un banquete en los salones altos. La escena es interpretativa; los tapices, la plata y el ceremonial están documentados en los inventarios.

La armería: trofeos de una casa de frontera

Los Ponce de León se hicieron grandes guerreando en la frontera de Granada, y su palacio guardaba memoria armada de ello. La tradición de la casa vincula a sus colecciones piezas como el alfanje atribuido a la rendición de la guerra de las Alpujarras (1571), trofeo del II duque, y armas exóticas que pudieron llegar por la vía napolitana e italiana de los virreyes. Las imágenes que siguen son recreaciones digitales de ambiente: el contenido exacto de la armería en 1658 es una de las líneas que esta serie seguirá documentando.

Recreación digital (IA)
El alfanje como trofeo de la guerra de las Alpujarras: recreación interpretativa a partir de la tradición de la Casa de Arcos.

Recreación digital (IA)
La armería, recreación de ambiente.

Recreación digital (IA)
Una catana en Marchena: pieza exótica llegada por la vía del comercio italiano.

Cocinas, graneros, picadero: la maquinaria

Localización hipotética

Un palacio así era una fábrica de comer. Al suroeste del núcleo residencial, el plano sitúa el mundo del servicio: graneros, picadero, dependencias. Allí —es hipótesis razonada, no dato— debieron de humear las cocinas que alimentaban a la familia ducal, a su corte de criados y a los huéspedes de paso. Las recreaciones que siguen imaginan ese pulso cotidiano: el cobre colgado, el pan amasado a la vista de la torre de Santa María, la carne en el tajo.


Recreación digital (IA)
El amasijo del pan. La vista hacia Santa María es licencia compositiva.

Capítulo 7

Las caballerizas, y los nombres que el inventario guarda

En 1658 las cuadras alojaban un potro, dos rocines «de agua», once mulos y seis mulas, bajo el mando del caballerizo mayor Juan de Villegas Tello. Más de quinientos objetos fueron tasados pieza a pieza por el sotacaballerizo José Sánchez, el guarnicionero Pedro Ximénez y el sevillano Juan Hurtado de Mendoza, maestro de hacer coches: sillas jinetas de terciopelo, literas, sillas de manos para las señoras.

Y aquí el inventario nos obliga a mirar de frente la parte más incómoda del esplendor: en el palacio vivían y servían varios matrimonios de esclavos, y el documento de 1673 registra por su nombre a cuatro hombres destinados a las cuadras: Alí, Muza, Hergui y Hamete. Se tasaban, como los animales y los jaeces, en reales. Esta serie les dedicará un capítulo propio, porque la historia de un palacio no son solo sus mármoles: son también las manos que limpiaban sus cuadras y los nombres que casi se pierden entre las partidas de una herencia.

El agua: dos rocines y una rampa

Nada de aquello funcionaba sin agua, y el agua tenía su propia coreografía. Dos rocines la sacaban de la Mina —probablemente en la actual calle La Mina—, que abastecía al colegio de la Compañía; desde allí bajaba al Parque y al palacio, y las cargas subían por la rampa del Portillo. El vergel murado, con su pileta, su aljibe y su alberca, era a la vez despensa, jardín y depósito: la fotografía que abre este artículo muestra lo que quedaba de él hacia 1900, cuando el ciprés y las palmeras ya habían sobrevivido a sus dueños.

Puerta del Portillo

El largo adiós

El palacio no cayó: lo dejaron caer. Con la casa ducal ausente y endeudada, el siglo XIX consumó el desmantelamiento —materiales vendidos, techumbres dispersas, el artesonado camino de Sevilla— hasta que a comienzos del XX la propia portada emprendió su viaje al Alcázar. Lo que la fotografía antigua retrata entre escombros es el final de ese proceso. Esta serie existe, precisamente, para recorrerlo en dirección contraria.

Nota de rigor

Cómo lo hemos reconstruido

Documento El estudio de Juan Francisco Torres Cubero, Nobleza y ostentación. El Palacio Ducal de Marchena en 1658, construido sobre los inventarios y tasaciones post mortem de don Rodrigo Ponce de León (1658–1673), y el plano de evolución del recinto entre los siglos XVI y XVIII, que fija la geometría de nuestro plano interactivo.

Fotografía histórica Placas antiguas del vergel y de las caballerizas en ruina (coloreadas digitalmente), que documentan volúmenes, fábricas y vegetación reales.

Pieza conservada Lo que sobrevive fuera de Marchena: la portada en el Real Alcázar de Sevilla, el artesonado de la escalera en la Casa de la Condesa de Lebrija, series de tapices hermanas en el Museo Arqueológico Nacional y cartones en el Prado, y objetos testigo como el bargueño.

Recreación digital Imágenes generadas con inteligencia artificial a partir de fichas de escena redactadas sobre la documentación anterior. Son interpretaciones, no fotografías del pasado: cuando una vista, una pieza o una localización es hipótesis, se dice expresamente en su pie.


Documento · plano de evolución
El documento base de la geometría: evolución del palacio y el recinto del Parque entre los siglos XVI y XVIII.

Marchena Secreta
Serie «El palacio recuperado» · Capítulo I
Texto y edición: José Antonio Suárez López · Fuente principal: J. F. Torres Cubero, «Nobleza y ostentación» · 

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Actualidad

Cuando el olor se convirtió en un arma contra la homosexualidad: de la Sevilla del siglo XVI a la psiquiatría franquista

Un estudio del catedrático Francisco Vázquez García reconstruye cómo, desde la Edad Media hasta el siglo XX, el olor fue utilizado en discursos religiosos, jurídicos y médicos para estigmatizar la homosexualidad. Entre sus testimonios aparece la Sevilla de finales del XVI y la Huerta del Rey.

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En la Sevilla de finales del siglo XVI, el jesuita Pedro de León dejó escrita una observación que hoy resulta tan reveladora como inquietante. Al referirse a los hombres acusados de sodomía que frecuentaban la zona de la Huerta del Rey, aseguraba que «se huelen y entienden los pensamientos» y que podían reconocerse por su forma de hablar, andar y moverse. No estaba describiendo una realidad biológica. Estaba dejando constancia de una manera de mirar, clasificar y perseguir a quienes se apartaban de la norma sexual de su tiempo.

Ese pasaje sevillano es uno de los muchos documentos reunidos y analizados por Francisco Vázquez García, catedrático de Filosofía de la Universidad de Cádiz y especialista en historia de la sexualidad, en el estudio El hedor de los invertidos. Biopolíticas olfativas y disidencia sexual, publicado en junio de 2026 en el número 20 de Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos.

La investigación propone una historia poco habitual: seguir durante siglos el rastro del olor como instrumento de estigmatización. El objetivo no es demostrar que existiera un olor específico asociado a la homosexualidad, sino justamente lo contrario: explicar cómo distintas sociedades construyeron esa asociación y la utilizaron para separar a los considerados normales de quienes eran presentados como desviados, pecadores, enfermos o degenerados.

Del pecado a la pestilencia

Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, el olor formaba parte de una concepción religiosa y médica del mundo muy diferente de la actual. La peste, la corrupción del aire, la descomposición de los cuerpos y el pecado podían integrarse dentro de un mismo sistema de significados. El estudio recuerda que la tradición jurídica y teológica llegó a vincular la sodomía con calamidades colectivas como el hambre, los terremotos o las epidemias.

Vázquez García rastrea esa asociación desde las constituciones promulgadas por el emperador Justiniano en el siglo VI hasta su presencia en la legislación castellana. Las Siete Partidas de Alfonso X y la Pragmática de los Reyes Católicos de 1497 se insertaron en una cultura jurídica en la que determinados comportamientos sexuales eran interpretados no solo como faltas individuales, sino como amenazas capaces de provocar el castigo divino sobre toda la comunidad.

Dentro de esa lógica, el hedor podía convertirse en una señal moral. Textos religiosos, predicaciones, crónicas y tratados fueron acumulando imágenes que relacionaban la sodomía con la suciedad, la putrefacción, el azufre, los excrementos o la enfermedad. La asociación no era inocente: permitía convertir la diferencia sexual en algo visible —o, en este caso, olfativamente reconocible— y justificar su persecución.

La Sevilla del XVI: “se huelen” y se reconocen

El documento más cercano a Andalucía aparece en el testimonio del jesuita Pedro de León, que conoció de primera mano la Sevilla de finales del Quinientos. Al hablar de los sodomitas que merodeaban por la Huerta del Rey durante la década de 1580, afirmaba que se reconocían unos a otros como si pudieran “olerse”. El olfato funcionaba aquí como metáfora de una supuesta capacidad para identificarse en público.

El interés del pasaje está en que permite entrar en la mentalidad de la Sevilla del Siglo de Oro. No nos habla de un dato fisiológico, sino de un prejuicio social profundamente incorporado. El gesto, la ropa, la voz, el modo de caminar o de relacionarse podían convertirse en señales sospechosas. El “olor” condensaba todas esas marcas y daba al prejuicio la apariencia de una evidencia inmediata: bastaba con estar cerca del otro para creer que se sabía quién era.

Vázquez García relaciona además esta estigmatización con otros grupos marginados. Prostitutas, extranjeros, pobres, minorías religiosas y raciales o personas consideradas desviadas fueron objeto en distintas épocas de discursos que los asociaban a la suciedad y al mal olor. El olfato, precisamente porque provoca reacciones físicas muy rápidas de atracción o rechazo, podía funcionar como una poderosa frontera social.

Cuando la medicina heredó el prejuicio

A partir del siglo XVIII, el marco comenzó a cambiar. La peste dejó de explicarse mediante la intervención del demonio y el castigo divino, mientras la higiene urbana, el alcantarillado, la desinfección, el baño y el jabón adquirían un peso creciente. Sin embargo, la desaparición del viejo lenguaje religioso no acabó con el estigma. En muchos casos, simplemente cambió de vocabulario.

Durante el siglo XIX, la medicina legal española comenzó a describir al llamado “pederasta” como un tipo humano reconocible. Tratados forenses de la época hablaban de maquillaje, perfumes intensos, determinadas formas de vestir y supuestos signos físicos o corporales. El olor dejó de ser principalmente una señal del pecado para convertirse en un presunto indicio clínico.

Hoy sabemos que aquellas descripciones estaban atravesadas por prejuicios y no constituían una ciencia neutral. Pero precisamente por eso son históricamente importantes. Muestran cómo la autoridad médica podía convertir estereotipos sociales en categorías aparentemente objetivas. El homosexual ya no era solo un pecador: podía ser presentado como un cuerpo anormal que debía ser inspeccionado, clasificado y explicado.

El cambio es fundamental. En la Edad Moderna, la persecución se justificaba por una amenaza al orden religioso y a la comunidad. En la sociedad liberal, la mirada se desplazó hacia la anatomía, la higiene, la sexualidad y la conducta individual. La medicina y la psiquiatría fueron ocupando espacios que antes pertenecían a teólogos, confesores y jueces.

De la anatomía a la idea de “degeneración”

Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX apareció otro giro. Las teorías evolucionistas y sexológicas comenzaron a interpretar la homosexualidad como una detención del desarrollo o una supervivencia de estadios considerados primitivos. También el olfato quedó atrapado en ese esquema.

Autores como Wilhelm Fliess y posteriormente Sigmund Freud relacionaron el olfato con determinadas fases del desarrollo sexual. En España, médicos, criminólogos y divulgadores incorporaron estas ideas a una literatura que describía al homosexual mediante perfumes, preferencias olfativas, supuesta hipersensibilidad o afinidad con olores corporales fuertes. El artículo de Vázquez García muestra cómo ese lenguaje participó en una clasificación biológica de la población que separaba lo sano de lo anormal, lo civilizado de lo primitivo.

La investigación presta especial atención a la persistencia de estas teorías en España. Gregorio Marañón y otros autores de comienzos del siglo XX aparecen en este recorrido, pero el prejuicio no desapareció con la Guerra Civil. En 1959, el catedrático de Psiquiatría y Medicina Legal Valentín Pérez Argilés todavía reproducía explicaciones que vinculaban la homosexualidad con una supuesta “perversión olfativa”.

Un prejuicio que sobrevivió a sus propias teorías

La tesis final del estudio es quizá la más incómoda. Las teorías médicas y religiosas que durante siglos justificaron estas asociaciones han perdido legitimidad, pero ciertas imágenes sobreviven. El mal olor continúa apareciendo de manera ocasional como recurso para deshumanizar o degradar a grupos sociales.

Vázquez García abre su trabajo recordando dos episodios de 2019. En España, un argumentario político sobre la celebración del Orgullo en Madrid utilizó la expresión “hedor insalubre e insoportable” para describir el efecto de la fiesta sobre el centro de la ciudad. Ese mismo verano, un obispo ortodoxo de Chipre afirmó que las personas gays “apestan”. Para el investigador, estos ejemplos muestran que bajo lenguajes contemporáneos pueden reaparecer restos de formas muy antiguas de estigmatización.

La historia del olor es, por tanto, mucho más que una curiosidad. Permite comprender cómo se construye socialmente al diferente y cómo sensaciones aparentemente privadas —asco, repulsión, incomodidad— pueden transformarse en argumentos políticos, jurídicos o médicos. El olor no habla por sí solo. Son las sociedades las que deciden a quién atribuírselo, qué significado darle y qué consecuencias extraer de esa atribución.

Y ahí reside el valor del trabajo de Francisco Vázquez García: mostrar que incluso algo tan íntimo y difícil de fijar como un olor puede convertirse en una tecnología de poder. Desde la Sevilla de Pedro de León hasta la psiquiatría franquista, el estigma fue cambiando de lenguaje, pero mantuvo una misma función: señalar al otro, marcarlo y colocarlo fuera de la normalidad.


Fuente principal: Francisco Vázquez García, El hedor de los invertidos. Biopolíticas olfativas y disidencia sexual, Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos, nº 20, junio de 2026, pp. 11-54. DOI: 10.5281/zenodo.20591009.

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Actualidad

Cuando los vecinos de Marchena llevaron al duque de Arcos a pleito por el monopolio de las carnicerías

Un expediente de 1578 conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza revela la demanda de Salvador de Benjumea y otros vecinos de Marchena contra Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, por el monopolio de las carnicerías.

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Archivo Histórico de la Nobleza, donde se conserva la documentación del Ducado de Arcos y del señorío de Marchena

Un expediente conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite asomarse a una Marchena de finales del siglo XVI donde el poder ducal no era absoluto ni silencioso. En 1578, Salvador de Benjumea y otros vecinos de la villa presentaron una demanda contra Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, por el estanco de las carnicerías. El documento no es una anécdota administrativa: muestra a vecinos organizados, reuniones de cabildo y un conflicto muy concreto sobre quién podía controlar un servicio básico como el abastecimiento de carne.

La pieza aparece en PARES con la signatura OSUNA,C.170,D.112-115 y está fechada entre el 3 de noviembre de 1578 y el 2 de junio de 1579. Se trata de una unidad documental compuesta por cuatro documentos en papel. La descripción oficial señala expresamente que contiene el testimonio de la demanda presentada por Salvador de Benjumea y otros vecinos de Marchena contra el III duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, «en lo tocante al estanco de las carnicerías», así como testimonios de varias reuniones de cabildo donde se trató la cuestión y la defensa de la demanda.

La palabra estanco, en este contexto, no alude a una tienda de tabaco, sino a un régimen de monopolio o control exclusivo sobre la venta o suministro de determinados productos. En una villa del siglo XVI, controlar las carnicerías significaba intervenir directamente en uno de los circuitos esenciales de abastecimiento cotidiano. Por eso el interés del expediente no está solo en el nombre de un demandante, sino en el choque entre dos niveles de poder: de un lado, el señorío ducal; de otro, vecinos y representantes locales que deciden recurrir a la vía judicial.

Rodrigo Ponce de León había sucedido a su padre como III duque de Arcos en 1573. PARES lo identifica como señor de Marchena, marqués de Zahara y conde de Casares, además de capitán general de las costas de Andalucía. La propia historia institucional de Marchena recuerda que la villa fue residencia habitual de los Ponce de León y centro principal del Estado de Arcos durante siglos. En 1578, por tanto, la demanda se produce en una localidad donde la presencia de la casa ducal era cotidiana, económica, jurisdiccional y política.

Un pleito sobre carne que habla de poder

El valor narrativo del documento está precisamente en su escala. No estamos ante una guerra, una fundación religiosa o una gran operación diplomática, sino ante algo que afectaba directamente a la mesa y al bolsillo de los vecinos. El expediente conserva además la huella de las reuniones de cabildo en las que se discutió el asunto, lo que permite ver que el conflicto no quedó limitado a una protesta individual.

La documentación no permite afirmar, al menos a partir de la ficha descriptiva disponible, cuál fue el resultado final del pleito. Tampoco sería riguroso reconstruir frases o intervenciones de los protagonistas sin una transcripción completa de los folios. Lo que sí puede afirmarse es que entre noviembre de 1578 y junio de 1579 la cuestión fue suficientemente importante como para generar una demanda formal contra el duque y varios testimonios de sesiones del cabildo.

El expediente encaja además con otros fondos de PARES que muestran tensiones parecidas dentro del propio Estado de Arcos. Décadas después, en 1610, una ejecutoria real relacionada con Pruna recoge otro pleito de vecinos contra el mismo III duque de Arcos por dehesas, estancos, hornos, mesones y otros derechos señoriales. No es el mismo conflicto ni debe confundirse con el de Marchena, pero ayuda a situar el problema dentro de una realidad más amplia: los derechos económicos del señor podían ser discutidos y llevados a los tribunales.

La Marchena que también discutía al señor

La imagen tradicional de la Marchena ducal suele construirse desde el palacio, las iglesias, los conventos y el mecenazgo artístico. Todo eso forma parte de la historia de la villa, pero documentos como éste introducen otra perspectiva: la de las fricciones cotidianas entre los habitantes y el poder señorial.

Las investigaciones reunidas en las Jornadas sobre Historia de Marchena han documentado la complejidad económica y administrativa del señorío durante los siglos XV y XVI. Estudios como el dedicado por María Luisa Pardo Rodríguez al arrendamiento de las escribanías públicas entre 1512 y 1529 muestran hasta qué punto determinados servicios y rentas locales formaban parte de un sistema económico estrechamente ligado a la casa señorial. El pleito de las carnicerías de 1578 añade ahora una escena concreta a ese paisaje.

Hay algo especialmente moderno en la escena que conserva el archivo: vecinos que no se limitan a aceptar una decisión, sino que demandan, buscan respaldo y hacen que el asunto llegue al cabildo. El documento no convierte a Marchena en una excepción ni permite hablar de una rebelión popular. Pero sí demuestra algo más sencillo y quizá más interesante: bajo la monumentalidad de la villa ducal existía una sociedad capaz de discutir intereses económicos y de utilizar los mecanismos jurídicos de su tiempo.

Fuente documental

Archivo Histórico de la Nobleza. Fondo Ducado de Arcos. Señorío de Marchena. Serie: Pleitos sobre jurisdicción.
Signatura: OSUNA,C.170,D.112-115.
Fechas: 3 de noviembre de 1578 – 2 de junio de 1579.
Título: Testimonio de la demanda que puso Salvador de Benjumea y otros vecinos de la villa de Marchena al III duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, en lo tocante al estanco de las carnicerías, y testimonio de varias reuniones de cabildo donde se trató esta cuestión y la defensa de dicha demanda.

Para ampliar información:
Ficha del documento en PARES
Rodrigo Ponce de León Toledo (1545-1630), autoridad PARES
Historia de Marchena – Turismo de Marchena
María Luisa Pardo Rodríguez: El arrendamiento de las escribanías públicas de Marchena (1512-1529)

Imagen destacada: Archivo Histórico de la Nobleza. Imagen de archivo utilizada como recurso visual. La pieza documental citada está digitalizada en PARES.

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Historia

Marchena vista por los viajeros: del embajador marroquí que encontró huellas de Al-Ándalus a Somerset Maugham

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Mucho antes de que existieran las guías turísticas, Marchena ya era lugar de paso de embajadores, científicos, escritores, artistas y aventureros. Un marroquí encontró aquí en 1690 vecinos que decían descender de los musulmanes de España;

Richard Ford se fijó en las mujeres tapadas; el alemán Carl Justi durmió entre campesinos y quedó sorprendido por las casas de patio, y Somerset Maugham llegó a caballo después de perderse por la Campiña y contempló una ciudad blanca todavía rodeada de murallas. Sus relatos permiten mirar Marchena con los ojos de quienes llegaron desde fuera hace siglos.

El antiguo Camino Real y posteriormente las carreteras y el ferrocarril hicieron que viajeros procedentes de media Europa atravesaran una población que, para muchos de ellos, tenía algo que llamaba inmediatamente la atención: sus murallas, sus iglesias, sus casas organizadas alrededor de patios y una forma de vivir que consideraban distinta de la que habían dejado atrás.

El testimonio más sorprendente encontrado hasta ahora no procede, sin embargo, del Romanticismo del XIX sino de finales del XVII.

Un embajador marroquí llega a Marchena en 1690

Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Ghassani llegó a España en 1690 como embajador del sultán marroquí Muley Ismail ante Carlos II. Su misión tenía carácter diplomático, pero durante el recorrido fue escribiendo sus impresiones sobre las ciudades, paisajes y habitantes que encontraba. Tras pasar por Cádiz, Jerez y Utrera, llegó a Marchena.

El texto original, posteriormente traducido al francés por Henri Sauvaire en Voyage en Espagne d’un ambassadeur marocain (1690-1691), constituye una de las descripciones extranjeras más antiguas que conocemos de la localidad. Al-Ghassani añade un detalle extraordinario: afirma que algunos vecinos aseguraban proceder de los antiguos musulmanes de España.

La observación resulta especialmente interesante porque habían pasado más de dos siglos desde la conquista cristiana de la villa y ochenta años desde la expulsión general de los moriscos. Demuestra, sin embargo, que en la Marchena de 1690 existía todavía una memoria oral de ese origen, hasta el punto de que un embajador musulmán extranjero la recogió durante su paso por la localidad.

Al abandonar Marchena camino de Écija, al-Ghassani describe además un paisaje que cualquier marchenero reconocería todavía hoy. Habla de una enorme extensión de huertas y terrenos cultivados donde dominaba el olivo. Según su relato, durante unas ocho millas después de salir de Marchena el viajero encontraba olivares prácticamente de manera continua. Dentro de cada explotación existía una construcción destinada a guardar la aceituna y a alojar a quienes trabajaban en ella.

José Celestino Mutis pasó por Marchena en 1760

Décadas más tarde, en agosto de 1760, pasó por Marchena José Celestino Mutis, médico y naturalista gaditano que posteriormente alcanzaría fama internacional por dirigir la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.

Según su propio Diario de Observaciones, viajaba hacia Cádiz antes de embarcar hacia América y aprovechó su estancia en Marchena para visitar a su hermano Francisco Mutis, entonces vinculado al convento jesuita situado en la actual calle Compañía.

Marchena aparece así no sólo como lugar atravesado por viajeros, sino como pequeña escala dentro de uno de los viajes científicos más importantes de la Ilustración española.

Richard Ford encontró en Marchena a las mujeres “tapadas”

En el siglo XIX el viaje a Andalucía se convirtió casi en una obsesión para numerosos escritores y artistas europeos.  Uno de los viajeros más importantes fue el inglés Richard Ford, que recorrió Andalucía a comienzos de la década de 1830 y publicó en 1845 su célebre A Hand-Book for Travellers in Spain.

Ford dejó una observación especialmente interesante sobre Marchena.

Se fijó en la manera en que algunas mujeres se cubrían utilizando la mantilla de modo que apenas dejaban visible parte del rostro. El investigador Gregorio Garrido García, al estudiar la tradición de las mujeres “tapadas” o “cobijadas”, recoge precisamente que Ford había contemplado en Marchena y Tarifa mujeres que se cubrían dejando prácticamente sólo un ojo visible.

Para el viajero inglés aquello constituía una reminiscencia oriental y musulmana.

Esa interpretación debe manejarse con prudencia, porque cubrirse con manto y saya formó parte también de tradiciones femeninas presentes en diferentes zonas de la España cristiana. Pero el dato esencial permanece: en la primera mitad del siglo XIX la manera de vestir de algunas mujeres de Marchena era suficientemente singular como para llamar la atención de uno de los viajeros británicos más importantes de su tiempo.

Podemos imaginar aquellas calles todavía sin electricidad, atravesadas por caballerías y carros, y a las mujeres marcheneras caminando envueltas en mantos oscuros mientras un extranjero las observaba y tomaba notas para los lectores londinenses.

Cuando viajar a Marchena era una aventura

Llegar hasta aquí no resultaba sencillo.

Durante buena parte del XIX coexistieron caminos de herradura, aptos fundamentalmente para mulos y caballerías, con los denominados caminos de rueda por los que podían circular carruajes y diligencias. Desde Sevilla salían galeras hacia distintos puntos de la provincia, entre ellos Arahal y Marchena. El texto previo de Marchena Secreta recuerda incluso que los billetes para la galera de Marchena se adquirían en la Posada del Príncipe de Sevilla.

Las quejas sobre el estado de las comunicaciones eran constantes. Viajeros extranjeros describían carreteras deterioradas, averías en las monturas y el temor permanente al bandolerismo. Josephine de Brinckmann llegó a escribir en 1850 que, si fuera reina de España, castigaría severamente a los responsables de unas carreteras que consideraba abandonadas.

Parte de aquella red comenzó después a modernizarse. En 1852 ya se documentaban trabajos preparatorios de la carretera que debía comunicar Sevilla con Málaga y Granada y la instalación de dependencias para los presidiarios empleados en las obras en Osuna, Arahal, Paradas y Marchena.

El tren cambió la forma de llegar a Marchena

La auténtica revolución llegó con el ferrocarril.

La documentación del Archivo Histórico Ferroviario permite precisar una fecha que a menudo aparece erróneamente adelantada: la estación de Marchena abrió al tráfico el 8 de octubre de 1868, al ponerse en servicio el tramo entre el Empalme de Morón y Marchena. Los proyectos del edificio de viajeros, depósito de locomotoras y muelle de mercancías se conservan fechados entre 1865 y 1866.

La llegada del tren transformó radicalmente la relación de Marchena con el exterior.

Una población a la que durante siglos se había llegado después de largas jornadas en carruaje o a caballo podía ahora recibir viajeros europeos con una rapidez impensable pocas décadas antes. Y uno de ellos fue Carl Justi.

Carl Justi durmió entre campesinos en la Marchena de 1873

Justi no era un turista cualquiera. Se convertiría en uno de los grandes historiadores alemanes del arte español y en un reconocido especialista en Velázquez. Durante su viaje de 1872-1873 atravesó Marchena y posteriormente recogió sus impresiones en sus Spanische Reisebriefe. Su relato nos introduce directamente dentro de una casa marchenera.

Justi explica que en Marchena tuvo que conformarse con alojarse en una pensión entre gente del campo. Lo que encontró allí le llamó poderosamente la atención.

Las habitaciones estaban distribuidas alrededor de un pequeño patio y recibían luz y aire a través de ese espacio interior. En las plantas superiores aparecían galerías, abiertas o acristaladas, mientras que las ventanas hacia el exterior eran escasas. Al alemán aquella arquitectura le parecía simultáneamente árabe, romana y pompeyana.

Comprendió perfectamente su utilidad frente a los veranos andaluces, aunque descubrió también su inconveniente en enero: las habitaciones inferiores podían resultar húmedas y poco ventiladas.

En ese mismo texto dejó un curioso dato sobre las temperaturas. Le aseguraron que el verano anterior se habían registrado en Marchena temperaturas extremas, mientras que cuando él estuvo aquí, el 12 de enero, había helado por la mañana. Aquel mismo día, sin embargo, pudo disfrutar del sol de la tarde en la plaza bajo los naranjos.

Justi regresó posteriormente por Marchena y dejó una de las escenas más humanas de cuantos viajeros pasaron por la localidad.

Le sorprendía que, en las pequeñas poblaciones españolas, el propietario de la posada o algún miembro de la familia permaneciera delante del viajero mientras comía. Cuando el hombre que lo atendía en Marchena tuvo que ausentarse, envió a su hija de once años para que continuara acompañando al extranjero.

La niña lo observaba tan atentamente que Justi terminó preguntándole si lo miraba porque era muy feo.  La pequeña rompió a reír.

British novelist and playwright W Somerset Maugham (1874 – 1965) relaxes on a sofa. Original Publication: People Disc – HH0153 (Photo by Evening Standard/Getty Images)

Somerset Maugham llegó buscando emociones y acabó perdido

Probablemente el relato literario más completo sobre la llegada a Marchena sea el de William Somerset Maugham, que años después se convertiría en uno de los grandes escritores británicos del siglo XX.

Sus impresiones andaluzas aparecieron originalmente en 1905 bajo el título The Land of the Blessed Virgin: Sketches and Impressions in Andalusia.

Maugham recorría Andalucía a caballo precisamente porque deseaba conocerla lentamente. En Écija preguntó cómo podía llegar hasta Marchena. Un vecino no terminaba de entender por qué aquel extranjero quería dar semejante rodeo cuando podía utilizar el tren.

Maugham respondió sencillamente que viajaba por placer, “en busca de emoción”.

La respuesta provocó la carcajada de su interlocutor.

La emoción apareció pronto.

El escritor se equivocó de camino y creyó que una población que veía en la distancia era Marchena. Cuando preguntó, descubrió que había llegado a Fuentes y que todavía tenía que continuar.

Cabalgó durante horas contra un viento violento atravesando una extensión inmensa de campos verdes. Hambriento y cansado, divisó finalmente una torre que sobresalía en el horizonte.

Poco después apareció Marchena.

La visión debió impresionarle: una población situada sobre una elevación, rodeada todavía por sus murallas, mientras el sol caía detrás del casco urbano.

Una Marchena completamente blanca

Maugham dejó después una descripción que tiene algo de fotografía.

Encontró una Marchena completamente blanca, silenciosa y prácticamente vacía por culpa del frío y del fuerte viento. Sólo de vez en cuando aparecía algún hombre envuelto hasta los ojos en su capa o una mujer con un mantón negro sobre la cabeza.

Se fijó también en unas estructuras de mimbre colocadas delante de algunas ventanas para dificultar la visión desde la calle hacia el interior de las casas. Como tantos viajeros románticos, interpretó aquella costumbre como supervivencia musulmana, una conclusión que hoy debe considerarse simplemente como la interpretación del escritor.

Pasó la noche en una habitación pequeña, sin ventanas y con un humilde colchón de paja.

Pero al amanecer todo cambió.

Cuando abandonó Marchena y miró hacia atrás, la encontró encantadora: levantada sobre la cresta verde de una colina, rodeada por sus antiguas fortificaciones y bañada por el sol de la mañana.

Pocas descripciones extranjeras han retratado con tanta sencillez la imagen que debió ofrecer Marchena antes de que buena parte de sus murallas y edificios históricos desaparecieran.

Aventureros a pie, periodistas y fotógrafos

A finales del siglo XIX viajar se había convertido además en una forma de aventura y espectáculo periodístico.

El material reunido por Marchena Secreta documenta cómo algunos jóvenes europeos emprendían recorridos internacionales caminando, financiándose mediante crónicas enviadas a periódicos y revistas. Edwin R. Louden, periodista inglés y fotógrafo aficionado, inició uno de aquellos viajes en la década de 1890 con una cámara Kodak y la intención de recorrer distintos continentes a pie.

En 1896 otros dos viajeros alemanes, citados por la prensa española como Guillermo Danneil y Arturo Fhielheim, recorrieron Andalucía dentro de una vuelta al mundo a pie vinculada a una apuesta.

Su itinerario los llevó desde Málaga y Granada hacia Antequera y después por Los Ojuelos, Marchena, Arahal, Alcalá y Sevilla, antes de dirigirse hacia Lisboa. Según las informaciones recopiladas entonces, recordaron especialmente el barro de los caminos, el bacalao, las legumbres y el gazpacho que encontraban en ventas y caseríos.

Una ciudad escrita por quienes pasaban

Por Marchena pasaron también soldados durante la Guerra de la Independencia, fotógrafos como Ludwik Tarszensky, conocido como Conde de Lipa, científicos, aristócratas y escritores. El material histórico reunido hasta ahora documenta incluso la presencia de Tarszensky y una temprana fotografía de la Virgen de la Soledad realizada en 1861.

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Actualidad

Los molinos medievales de Marchena en el Río Corbones ya existían en 1428

PARES conserva documentos de 1428, 1456 y 1490-1496 que permiten reconstruir una red de molinos medievales en Marchena, entre ellos el Molino de Vicos junto al antiguo Guadajoz, hoy Corbones.

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Los documentos medievales conservados en el Archivo Histórico de la Nobleza permiten reconstruir una parte poco conocida del paisaje de Marchena: la existencia de una red de molinos vinculada al río y a las grandes explotaciones agrícolas de la villa.

La referencia más antigua localizada hasta ahora está fechada el 29 de mayo de 1428. Se trata de una escritura de compraventa por la que Diego Ortiz vendió a Antonio Sánchez, serrador, un molino denominado “de Vicos”, situado en el río Guadajoz , hoy Corbones cerca de Marchena. El documento original, conservado en pergamino, tiene la signatura OSUNA,CP.74,D.10.

Ese Guadajoz que aparece en la documentación medieval es el antiguo nombre del actual río Corbones a su paso por Marchena. El dato permite situar el Molino de Vicos dentro del paisaje fluvial histórico de la localidad y demuestra que ya a comienzos del siglo XV existían instalaciones de molienda aprovechando o vinculadas al curso del río.

La documentación continúa pocas décadas después. En 1456 aparece un expediente relativo a “unos molinos y otras pertenencias” de María Jiménez, viuda de Antón Sánchez Ferrador. La pieza, conservada como OSUNA,C.169,D.40, confirma que no estamos ante un caso aislado: a mediados del siglo XV existían varios molinos integrados en patrimonios particulares de vecinos o familias vinculadas a Marchena.

A finales del mismo siglo vuelve a aparecer otro topónimo de enorme interés: Molino Nuevo. Entre 1490 y 1496 se documentan distintas escrituras de compraventa de las llamadas tierras del Molino Nuevo, en término de Marchena, conservadas bajo la signatura OSUNA,C.169,D.79-81.

El historiador Alfonso Franco Silva, que estudió esta documentación, explica que las tierras terminaron en manos de Beatriz Pacheco, viuda de Rodrigo Ponce de León, III conde de Arcos, tras ser adquiridas por 45.000 maravedíes a Fernando de Medina e Isabel González. El dato es especialmente valioso porque el documento permite conocer sus linderos: las tierras estaban relacionadas con las dehesas de Gamarra y Trojique y con el camino de Marchena a Fuentes.

La suma de estas referencias empieza a dibujar una geografía económica de la Marchena bajomedieval. No solo había cultivos y dehesas. Había también molinos, norias, caminos y explotaciones vinculadas al agua y a la transformación de productos agrícolas.

Otros estudios sobre la actividad agraria marchenera al final de la Edad Media señalan además la importancia de los molinos de aceite, algunos con más de una viga, en una economía en la que el olivar tenía un peso creciente. Esto obliga a distinguir entre los molinos hidráulicos relacionados con el río y los molinos aceiteros asociados a las explotaciones agrícolas.

Fuentes: Portal de Archivos Españoles (PARES), Archivo Histórico de la Nobleza, signaturas OSUNA,CP.74,D.10; OSUNA,C.169,D.40; OSUNA,C.169,D.79-81. Estudios de Alfonso Franco Silva sobre Marchena en la Baja Edad Media y de Mercedes Borrero Fernández sobre la actividad agraria marchenera.

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Actualidad

Del colegio jesuita al Real Colegio de Santa Isabel

Un plano conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite reconstruir la planta baja del antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena poco después de la expulsión de los jesuitas: aulas, claustro, bodegas, cocina, huerta, caballerizas e incluso una taberna separada del recinto.

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Un plano conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite recorrer, casi habitación por habitación, el antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena pocos años después de la expulsión de los jesuitas. El documento, trazado a tinta y aguada y firmado por fray Antonio Ramírez, no es una simple planta arquitectónica: es una radiografía de cómo funcionaba uno de los grandes complejos religiosos y educativos de la villa en el siglo XVIII.

. El propio registro lo integra en el fondo del Ducado de Arcos, dentro del Archivo de los Duques de Osuna. Ver ficha original en PARES.

Un edificio que aún conservaba la huella de los jesuitas

. La investigación de Manuel Antonio Ramos Suárez sobre el Colegio de la Encarnación identifica este plano con un encargo realizado en 1780, cuando el edificio estaba siendo reorganizado tras la marcha de la Compañía de Jesús.

Antiguo colegio jesuita de la Encarnación de Marchena, actual Santa Isabel

La imagen muestra una enorme huerta ocupando buena parte del recinto y, junto a ella, la planta del edificio. El acceso se hacía desde la calle Compañía a través de un pórtico o compás. Desde allí se llegaba a la llamada primera escuela, a la iglesia y al patio de las escuelas, desde el que se distribuían la segunda, tercera y cuarta escuela.

Uno de los detalles más llamativos aparece junto a esas dependencias docentes: una taberna con patio interior, con entrada propia desde un callejón de la calle Compañía y sin comunicación con el edificio. 

Claustro, rector, cocina, bodegas y caballerizas

El recorrido continúa hacia el interior del colegio. Desde el compás se accedía a la portería y al claustro principal. Alrededor de ese patio se distribuían los aposentos de la comunidad y las dependencias de gobierno. Cerca de la portería estaba el cuarto del procurador; en el lado opuesto se encontraba el aposento del rector, que comunicaba con un jardín de uso propio.

 Desde el claustro se pasaba a la sala de profundis y, desde allí, a la cocina y a las oficinas domésticas: refectorio, bodegas de tinajas, una bodeguilla pequeña, bodega de toneles, despensa, cuarto para los mozos de cocina y fregaderos. Más allá se abría la huerta, donde había dependencias para los trabajadores, caballerizas y una puerta de salida al campo. El inventario espacial llega incluso a mencionar un cuarto para recoger pájaros.

Tras la expulsión de los jesuitas de los dominios de Carlos III en 1767, sus bienes fueron reorganizados y reutilizados. El estudio sobre Santa Isabel recoge que en 1769 se fijaron nuevos destinos para muchos edificios de la Compañía y que el Cabildo de Marchena consideró el antiguo colegio adecuado para escuelas de primeras letras, clases de gramática y habitaciones para maestros.

La cronología documentada en esa misma investigación señala un paso decisivo en abril de 1779, cuando una Real Cédula entregó el edificio a las Educandas. En abril de 1780 se aprobaron las Constituciones del Real Colegio de Santa Isabel y al mes siguiente el templo pasó a funcionar como oratorio público. 

El origen del colegio se remonta al siglo XVI entre 1556 y 1588 por el II duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León, y a María de Toledo. 

Fuente documental exacta

Archivo Histórico de la Nobleza, fondo Ducado de Osuna, sección Señorío de Marchena. Signatura OSUNA,CP.18,D.2. Título: Plano del colegio, iglesia y huerta de los ex-jesuitas de Marchena (Sevilla) para su futura reforma. Autor: fray Antonio Ramírez. Tinta y aguada a color. Escala en varas castellanas. Digitalizado en PARES.

Para ampliar: PARES; Manuel Antonio Ramos Suárez, El Colegio de la Encarnación de Marchena; Turismo de la Provincia de Sevilla; Junta de Andalucía, delimitación del Conjunto Histórico de Marchena.

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Actualidad

Antonio Baena, el panadero de Marchena que murió a bordo del navío Matamoros en el siglo XVIII

Un expediente de 1767 conservado en el Archivo General de Indias rescata la historia de Antonio Baena, natural de Marchena y panadero del navío San Francisco de Paula, alias Matamoros, que murió a bordo dejando esposa y dos hijos.

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Recreación artística de un navío español del siglo XVIII, imagen de contexto para la historia de Antonio Baena; no representa de forma documentada al San Francisco de Paula alias Matamoros

Hay vidas que no entraron en los grandes libros de historia, pero quedaron atrapadas en un expediente. No fueron almirantes, virreyes ni comerciantes enriquecidos con el tráfico de Indias. Fueron hombres que trabajaron en las entrañas de los barcos, cruzaron océanos y, a veces, murieron lejos de casa. Uno de ellos se llamaba Antonio Baena. Era natural de Marchena y ejercía como panadero del navío San Francisco de Paula, conocido también por el inquietante alias de Matamoros.

Once hojas para devolver un nombre a la historia

La ficha de PARES es precisa. El documento lleva por título Bienes de difuntos: Antonio Baena, tiene la signatura CONTRATACION,5655,N.5 y pertenece al fondo de la Casa de la Contratación de las Indias. Son once hojas en tamaño folio y el expediente está digitalizado completamente.

En apenas unas líneas aparece reconstruida una familia. Antonio Baena era hijo de Sebastián Baena y de Isabel Tristana. Estaba casado con Ana Tristana. Tras su muerte quedaron como herederos su esposa y sus dos hijos, Juan Diego y María Gertrudis. El documento lo identifica expresamente como natural de Marchena y como panadero del navío San Francisco de Paula, alias Matamoros, y añade una frase escueta que abre toda la historia: “difunto a bordo”.

El hombre que hacía el pan en un navío de la Carrera de Indias

 Antonio Baena no aparece como capitán ni como maestre, sino como panadero del barco. Es una de esas profesiones que permiten mirar la navegación atlántica desde abajo, desde el trabajo cotidiano de quienes hacían posible la vida a bordo.

¿Qué barco era el Matamoros?

El nombre del buque también ha podido contrastarse en otras fuentes. El historiador Carlos Alberto González Sánchez, en su estudio La organización del tráfico comercial con las Indias en la Real Compañía de San Fernando de Sevilla, incluye entre los barcos de aquella compañía al San Francisco de Paula, “Matamoros”. Lo define como navío de fábrica genovesa y le atribuye un tonelaje de 531 5/8 toneladas. Según el mismo trabajo, era la única embarcación de fabricación extranjera entre las seis que llegó a poseer la compañía.

La documentación conservada al otro lado del Atlántico ayuda a seguir su rastro. El Archivo General de la Nación del Perú conserva una solicitud fechada entre el 27 y el 30 de septiembre de 1766 en la que Manuel Pascual de Herasso pedía autorización para remitir a Arequipa mercancías de Castilla que habían llegado desde Cádiz en el San Francisco de Paula, alias Matamoros. Entre aquellos efectos había mercancías destinadas a la priora del monasterio de Santa Rosa de Arequipa y marquetas de cera de Guayaquil.

Una década después, en 1777, los registros del Archivo General de Indias vuelven a mencionar un San Francisco de Paula, alias El Matamoros, entre las embarcaciones llegadas de Veracruz y San Juan de Ulúa. Figura entonces como maestre Manuel Antonio de Estayola. Es otra pieza del recorrido documental de un nombre de barco que aparece reiteradamente en los papeles de la navegación atlántica del siglo XVIII.

Una esposa y dos hijos esperando detrás del expediente

Pero el centro de esta historia no es el barco. Es la familia que queda escrita en el expediente. Ana Tristana, Juan Diego y María Gertrudis aparecen porque la muerte de Antonio Baena obligó a determinar quién tenía derecho a sus bienes. Esa enumeración administrativa permite, más de dos siglos y medio después, imaginar el reverso de tantos viajes a Indias: las familias que esperaban noticias y los patrimonios que tenían que regresar cuando el viajero no lo hacía.

Fuentes documentales

La fuente principal es el expediente Bienes de difuntos: Antonio Baena, Archivo General de Indias, Casa de la Contratación, signatura CONTRATACION,5655,N.5, fechado en 1767 y accesible en PARES: consultar ficha documental.

Para identificar y contextualizar el navío se ha utilizado el estudio de Carlos Alberto González Sánchez, La organización del tráfico comercial con las Indias en la Real Compañía de San Fernando de Sevilla, conservado en repositorios de la Universidad Internacional de Andalucía y de la Universidad de Sevilla; el Repositorio Histórico Digital del Archivo General de la Nación del Perú, colección Miscelánea Lima, unidad PE AGN 06.2-G4-CO-MI-14-971; y los registros de venida de Veracruz y San Juan de Ulúa de 1777 conservados en el Archivo General de Indias.

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