Opinión
Opinión: Los atardeceres son de derechas
Una reflexión sobre el ruido político, la experiencia directa de la realidad, la tierra, la sabiduría y la necesidad de recuperar la paz para mirar el mundo sin caínismo.
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1 hora agoon
Ayer envié a una amiga la portada de un libro de historia sefardí y su respuesta acabó llevándome, de una manera que todavía me sorprende, a la izquierda y a la derecha. Algo parecido me había ocurrido con un amigo cuando le conté el inicio de un importante curso y la conversación terminó derivando otra vez hacia ese bucle, ese interminable tablero en el que parece que hoy tenemos la obligación de colocar absolutamente todo. Los toros, la agricultura, el fútbol, la copla, los hombres, las mujeres. ¿Se imaginan que mañana acabamos descubriendo que los atardeceres son de derecha?.
Y pensé: ¿en qué momento nos ha ocurrido esto?.
Quizá hemos perdido la calma. La capacidad de contemplar la realidad sin colocar etiquetas. Se nos ha despertado el juez interior y queremos juzgar a todo y a todos.
Vivimos un tiempo inestable, gobernados por mensajes mediáticos extraordinariamente rápidos y cambiantes. Por los medios nos llegan polémicas y escándalos que se suceden diariamente. Un asunto que esta mañana parecía decisivo puede haber desaparecido mañana, sustituido por otro que reclamará exactamente la misma indignación.
Mientras tanto, la vida continúa fuera. Hay que pagar una vivienda y una comida cada vez mas caras. Hay personas buscando empleo. Hay familias esperando una cita médica. Hay jóvenes intentando construir un proyecto de vida. Esa es la realidad que a los ciudadanos nos interesa y de los medios no se ocupan suficientemente.
Por eso trabajar con documentos antiguos produce a veces un efecto sorprendente. Abrir un expediente escrito hace quinientos años obliga a cambiar la velocidad de la mirada. A mirarlo todo con una amplia perspectiva y cierta lejanía y abandonar la visión de la actualidad de hoy que mañana cambiará. Con la debida calma, la historia nos enseña a enfriar la lectura de la realidad presente y pasada.
Un documento de quinientos años tiene una extraña capacidad para colocarnos en nuestro sitio. Nos recuerda que buena parte de aquello que hoy consideramos absolutamente decisivo mañana será una nota al pie. La historia enseña que las sociedades se acostumbran al enfrentamiento como si fuera lo normal. Cuando todo termina formulándose como una oposición entre bloques, desaparecen los matices. Dejamos de preguntarnos qué ocurrió realmente y buscamos culpables.
Ese caínismo permanente empobrece nuestra mirada.
Existen asuntos que deberían permitir conversaciones mucho más amplias. La calidad de lo público afecta a ciudadanos que votan de maneras completamente diferentes. Sobre ellos pueden existir legítimas discrepancias acerca de cómo organizar los recursos públicos. Pero reducir esos debates a una pelea identitaria termina impidiendo muchas veces discernir sobre lo verdaderamente importante: qué funciona, qué no funciona y cómo puede mejorarse.
El problema aparece cuando dejamos de analizar políticas concretas y comenzamos a analizar únicamente enemigos. Ahí perdemos todos.
La realidad sin intermediarios
Hay, además, otra forma de conocimiento que estamos perdiendo. La realidad sin mediadores y sin pantallas. Una cosa es la inteligencia y los datos y otra la sabiduría que nace de haber transitado los caminos.
Lo pienso mientras contemplo esta tierra de Marchena al caer la tarde. El camino de tierra, los campos secos después del verano, alguien que regresa a caballo y, al fondo, el pueblo recortado contra la última luz del día. Aquí no hay intermediarios. Nadie me está diciendo qué debo sentir ante lo que tengo delante. Está la tierra y está mi propia experiencia de ella.
Quizá ahí comience también la paz.
Hoy la realidad mediada ha muerto por la realidad vivida. Y cuando eso sucede, dejamos de mirar para empezar a recibir interpretaciones y órdenes.
Volver a la tierra significa, para mí, recuperar una medida de las cosas. Caminar un sendero enseña qué distancia hay que recorrer. El cansancio existe. La tarde cae a su ritmo. Los campos tienen estaciones.
Desencadenarse
Antonio Gala hablaba de la necesidad de salir de un laberinto de rutinas impuestas y desencadenarse, recuperar la vida propia, asumir incluso el riesgo de no ser comprendido y devolver a cada día su afán, su alegría, su color y su aroma.
Desencadenarse, entendido así, no significa huir de las responsabilidades sino dejar de entregar permanentemente nuestra atención a aquello que otros han decidido, qué merece de verdad en mi tiempo y qué parte del ruido puedo dejar pasar sin permitir que entre en mi casa ni en mi cabeza.
Quizá adquirir paz empiece precisamente ahí. Dándole a cada día su propio sentido. Volviendo al campo, al libro, a una conversación, al silencio o al camino.
Dentro de quinientos años nadie recordará la mayor parte de nuestras discusiones de hoy. Algunas de las cosas por las que hoy nos insultamos parecerán incomprensibles y otras, probablemente, insignificantes. Nosotros también seremos historia. Y quizá esa sea una buena razón para intentar vivir nuestro presente con un poco menos de furia, un poco menos de caínismo y bastante más paz.
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Hay momentos en los que uno camina por las calles de su propio pueblo y siente una extraña distancia.. No hablo únicamente de seguridad ni de determinados comportamientos que pueden observarse en la calle. Hablo de algo más profundo: la pérdida progresiva de confianza entre vecinos, el debilitamiento de la convivencia y la impresión de que cada vez existen menos espacios comunes donde personas diferentes puedan encontrarse sin enfrentamientos, prejuicios o sospechas.
Preocupa la marcha de personas que, pudiendo desarrollar aquí su vida, terminan buscando fuera el bienestar, la tranquilidad o las oportunidades que no encuentran en su localidad. La pérdida de población activa, de profesionales y de familias con capacidad para impulsar proyectos empobrece lentamente cualquier municipio. No se trata de dividir a los vecinos entre quienes se quedan y quienes se marchan, sino de preguntarnos qué condiciones estamos ofreciendo para que alguien desee construir su futuro en Marchena.
A ello se añade una creciente polarización que ha penetrado en la política, las asociaciones, las entidades culturales e incluso en espacios que tradicionalmente debían servir para unir. Cuando cada decisión se interpreta como una batalla entre bandos, la vida colectiva se vuelve agotadora. Muchas personas terminan apartándose, no por falta de interés, sino por cansancio ante las rivalidades, los comentarios malintencionados y las disputas permanentes.
Un pueblo no se deteriora únicamente cuando pierde habitantes o comercios. También se deteriora cuando desaparece la conversación respetuosa, cuando se normaliza el insulto, cuando dejamos de cuidar los espacios públicos o cuando consideramos enemigo a quien piensa de manera diferente. La degradación de la convivencia comienza mucho antes de aparecer en una estadística.
No obstante, conviene evitar la nostalgia fácil. El pasado tampoco fue perfecto y la Marchena de otros tiempos tuvo sus propios conflictos, silencios e injusticias. Idealizar lo que fuimos puede impedirnos comprender lo que somos. La cuestión no consiste en recuperar un pueblo imaginario, sino en construir una localidad capaz de afrontar sus problemas actuales con seriedad.
Para ello hacen falta políticas sociales, educativas y culturales sostenidas en el tiempo. Hace falta apoyar a las familias vulnerables, ofrecer alternativas de ocio saludable, recuperar espacios de convivencia y escuchar a los jóvenes antes de que encuentren pertenencia en entornos destructivos. También es necesario respaldar a quienes emprenden, trabajan, estudian, cuidan de otros o dedican su tiempo a mejorar la comunidad.
La inmigración, además, no puede convertirse en una explicación simplista para problemas mucho más complejos. Quienes llegan a Marchena para trabajar y construir aquí su vida forman parte de la realidad del municipio. La convivencia se fortalece mediante integración, derechos, deberes y respeto mutuo, no mediante etiquetas basadas en el origen.
Marchena no se ha acabado. Ningún pueblo desaparece mientras existan vecinos dispuestos a cuidarlo. Pero tampoco podemos conformarnos con afirmar que todo marcha bien. Reconocer el malestar social no significa despreciar a nuestra localidad, sino asumir la responsabilidad de mejorarla.
Quizá la pregunta más importante no sea qué le ha ocurrido a Marchena, sino qué estamos dispuestos a hacer por ella. Un pueblo se transforma con decisiones políticas, pero también con pequeños gestos cotidianos: respetar al vecino, educar sin odio, participar sin sectarismo, ayudar a quien atraviesa una dificultad y no alimentar rumores que puedan destruir vidas.
Marchena volverá a reconocerse cuando sus habitantes vuelvan a reconocerse entre sí. No como adversarios, sospechosos o extraños, sino como personas obligadas a compartir un mismo lugar y responsables de dejarlo algo mejor de como lo encontraron.
OPINIÓN/Hecho a mano. José A. Suárez.
Hubo un tiempo en donde los intereses del mercado y de los artistas, -escritores y pintores- coincidían en criterios de cantidad, calidad y negocio, y había cierto equilibrio entre ambas partes hasta que los gurús del marketing «Made in Usa», impusieron la «moda» de banalizar los contenidos de todos los productos culturales para vender más y surgieron grandes emporios e industrias que dejaro de lado a los autores, para centrarse en el negocio.
Surgieron entonces las grandes editoriales y premios que fueron moldeando una masa de consumidores hechos a imagen y semejanza del mercado. Y de eso hace ya tanto que nadie se acuerda o a nadie parece importar, cuando ahora vemos el Premio Planeta para Juan del Val como un síntoma y no como una enfermedad de la que nadie habla. La enfermedad del vacío, la que degenera en estrés, ansiedad, disputa y odio: la falta de sentido y profundidad y el retorno a nuestro ser animal primitivo.
El show del mercado impone radios para lanzar consignas, radios donde suenan presuntas músicas por las que alguien paga un dineral, y concurso literarios que están dados mucho antes de que abran siquiera la convocatoria. Por eso sale a librerías tan rápido, porque han tenido muchos meses para preparar la obra: corrección, maquetación, diseño, distribución.
La enfermedad la señaló décadas atrás, Jesús Quintero vaticinó una era en la que los incultos dominaban el mundo y se vanagloriaban de su incultura y no he podido evitar acordarme de él, cuando no hace tanto una influencer decía que los que leen no son mejores personas. Un Quintero que fue una máquina de hacer dinero y levantó la bandera de lo jondo y lo hondo y acabó denunciando la banalización televisiva, hasta que el mercado se cansó de él y lo arrinconó mientras la TV se llenaba de «mamachichos» y pechugas.
Los noventa cerraron el tiempo ancestral y milenario en que el conocimiento pasaba de padres a hijos, y la cadena de transmisión de conocimiento se sustituyó por la realidad mediada y mediatizada, inteligencia de pantallas imperio de los canallas. La ciudad tiene ahora mirada de hombre vencido y frío donde antes hubo río.
Paralelamente, las instituciones públicas y de gobierno han ido vaciándose poco a poco de contenido y de sentido, conforme la calidad de los líderes y gobernantes iba deteriorándose para dar paso a una serie de sátrapas y tiranos, a cada cual más esperpéntico que han ido creando chiringuitos a medida, para apropiarse de chistorras, soles y lechugas como si no hubiera un mañana.
Ahora ponemos la TV y vemos vacío: disputa, parodia, consumo, se elevan columnas de humo como pilares de una sociedad vacía, donde antes hubo incienso y ríos. Yo no sé qué metal perverso han volcado en las entrañas de los hombres «modernos»: cambiando dioses, héroes y líderes auténticos por objetos de deseo y consumo inmediato.
Las librerías están llenas de libros escritos por gente que no es escritora, escritos para gente que no lee. Paradójicamente, hoy todo el mundo publica, pero nadie lee. La diferencia entre los mercaderes y los escritores como ya dijo Juan Manuel de Prada es la perspectiva, y la mirada elevada. “Hay que escribir hoy para los que todavía no han nacido, o para los que ya han muerto”. No solamente hay que contar lo que pasa en nuestro tiempo al lector actual para conectar con él y vender, sino para explicarlo a futuras generaciones.
A base de vaciar la cultura vacía de contenido, nos hemos convertido en templos vacíos, donde ya ni lo sagrado es sagrado, ni el hombre tiene tiempo de dialogar con su alma porque tiene que vivir corriendo para poder pagar las facturas a fin de mes.
Al final las empresas no nos venden discos ni libros ni arte, sino que somos nosotros los que regalamos nuestro tiempo y nuestra propia alma a las empresas.
Precisamente denuncio esta tendencia en mi libro llamado «Melodías sagradas», aunque debería llamarse para vender más «Melodías profanas» para que conectara a la perfección con las demandas del mercado, porque hemos cambiado lo sagrado por lo profano.
El alma no existe, para muchos, es una cosa de la iglesia, y todo lo que no sea dinero y vivir corriendo está fuera del mercado. En esto conocerán estar equivocados los que creen que no es cierto que en los ochenta hubiera más libertad que ahora. La visión compleja del mundo, el pensamiento y la reflexión requieren lo que no tenemos ahora: tiempo, porque nos lo ha robado el mercado. Y sin tiempo y reflexión; ¿cómo podemos tener libertad para pensar y decidir lo que es verdad o mentira cuando nos venden una realidad prefabricada al pairo de emociones intensas y polarización?.
Se impone una vuelta al origen, o a la tierra sin mal. No basta con negar la tradición y rebelarse contra lo que existe, hay que crear un sistema de valores alternativo que responda a la necesidad del alma humana, unos Premios Alma, de los autores, que contraprograme a los Premios Planeta. Recordemos que existen libros, editoriales y premios literarios que apuestan por el calor del fuego lento y de la palabra dicha con regusto, aunque eso no salga en TV.
El despliegue de banderas que celebran la diversidad sexual y la inclusión se ha convertido en un símbolo visible y recurrente en muchas ciudades y pueblos alrededor del mundo. Sin embargo, este gesto simbólico, aunque significativo, no aborda la raíz del problema. La verdadera solución radica en la educación, ya que la ignorancia y la intolerancia son productos del desconocimiento y del miedo a lo diferente.
La naturaleza humana tiende a la ignorancia, la pereza y la dejadez cuando no se cuenta con la educación adecuada. Este estado natural se ve exacerbado en un mundo en constante cambio, donde el miedo a lo desconocido y a la diversidad puede llevar a la intolerancia y la discriminación. Este miedo, sin embargo, solo puede combatirse con la educación y la iluminación. Sabemos que del miedo no surge nada positivo, mientras que de la luz del conocimiento emana el progreso.
Históricamente, las asociaciones que promueven la diversidad sexual han encontrado mayor tolerancia en las ciudades, donde la diversidad es más visible y aceptada. Sin embargo, en áreas rurales, la situación es diferente. Las personas que desean expresar su sexualidad de manera diversa a menudo se sienten obligadas a abandonar sus hogares para encontrar un entorno más tolerante, lo cual no debería ser necesario.
El objetivo debe ser que las futuras generaciones puedan vivir en paz, sin ser motivo de burla ni estigmatización social, independientemente de sus opciones de vida. Para lograr esto, es esencial que la lucha por la diversidad sexual no se limite a un día al año con una bandera. En lugar de eso, se necesitan talleres educativos y actos de concienciación continuos a lo largo del año.
Colocar banderas no es suficiente si no llevamos luz y educación a los ciudadanos. Debemos entender que una cultura de inclusión y tolerancia no se construye de la noche a la mañana, especialmente cuando las raíces de la intolerancia están profundamente arraigadas en la mente de las personas durante siglos. La verdadera batalla contra la intolerancia se libra en las aulas, en los talleres educativos y en cada acto de concienciación que realizamos. Solo así podremos asegurarnos de que todas las personas, independientemente de su orientación sexual, puedan vivir libremente y sin miedo en cualquier lugar del mundo.
Para salir de la ignorancia, se necesita educación. No podemos convertir este tema en propaganda o en un eslogan político de un día, porque eso implicaría desvalorizar a las personas que desean expresar su sexualidad de manera diversa. Estas personas no deben sentirse agredidas, utilizadas, ni comprometidas. Deben poder vivir su sexualidad libremente en su entorno local sin necesidad de mudarse a otro lugar.
El objetivo es que las futuras generaciones puedan vivir en paz, sin ser motivo de burla ni de estigmatización social, independientemente de sus opciones de vida. La lucha por la diversidad sexual no se limita a un día al año con una bandera, sino que requiere talleres educativos y actos de concienciación constantes. Cambiar una cultura arraigada en la mente de las personas durante siglos no ocurre de la noche a la mañana.
Desde el fin de la pandemia vivimos una época marcada por una profunda transición, cambio desde lo local a lo global, donde cada aspecto de nuestras vidas está siendo reformulado y cuestionado. Aunque aún no podemos delinear claramente el rostro de lo que está por venir, la sensación de estar al borde de algo nuevo es innegable, donde lo flexible queda y lo inflexible se rompe. Los líderes e ideales caen y se levantan otros nuevos con pasmosa y desconocida rapidez.
La inteligencia artificial, la automatización y digitalización están transformando industrias enteras y redefiniendo el mundo laboral.
Las obras públicas se han convertido en una imagen común en nuestras calles, incluso lo más sagrado, las iglesias se preparan para renovar cubiertas, lo que obligará a cerrar algunas durante meses y trasladar imágenes, lo que acentúa la sensación generaliazda de cambio.
Se acercan eventos extraordinarios al mundo cofarde con procesiones y eventos pocas veces vistos. Mires donde mires hay cambio menos en uno: en el Paraíso de piscina, de los intocables de chalé y sueldo oficial, que siguen en el poder y fuera de las obras, cada vez se mueven menos y hacen menos, precisamente porque tanto cambio aparente se hace para que efectivamente nada cambie. La inercia del discurso oficial se echa a la calle para justificar lo injustificable. Que sea creido, no es ningun cambio, es inmovilismo y aferrarse con uñas y dientes al pasado, gracias a la teta de lo público.
A pesar de estos cambios nuestra sociedad a menudo parece perdida y sin rumbo ni reacdción. La desinformación y el caos, promovidos por aquellos que se benefician de la confusión y la ignorancia, dificultan la claridad sobre si estamos avanzando o retrocediendo. Este entorno de incertidumbre es explotado por los mismos de siempre, quienes se nutren de la incultura y del desconocimiento, perpetuando un ciclo de ocultación de la verdad gracias a un relato triunfalista y vacío. Mientras los privilegiados del sistema siguen a la sombra del poder, y el resto soporta calor e inclemencia. El verdadero cambio es que solo en nuestro dias, los de abajo creen y repiten los discursos del poder que busca perpetuarse.
Tanta obra pública ¿servirá para que haya más empresas, más y mejor turismo?, ¿para que nuestros jóvenes teengan mas y mejores viviendas?, ¿más cultura?, ¿ o se verán obligados a irse fuera a trabajar, a buscar conciertos, ocio, cultura u oportunidades, o a estudiar?. Tanta obra, ¿no será una forma de ocultar que entre tanto cambio nada cambia?. ¿Entonce en qué, porqué y para qué se gastan tanto dinero público. En construir el futuro o en destruirlo reforzando las estructuras de un viejo poder caduco y sin valores?. Mandar por encima de todo, y de todos, a costa incluso del futuro.
Se ha escuchado el grito retumbar en el zaguán: ¡Fran! Solo una persona me llama Fran, y no me opongo; aunque me suena demasiado cursi para un periodista con ínfulas de justiciero. Fran Chirino serviría en todo caso para un cantante cubano fracasado. En realidad, tampoco es muy diferente a lo que hago.
Bajo las escaleras con el ansia de una edad sin escalones y, en la puerta, espera Jesús Lino con su ford azul. Todos los coches de nuestro pasado nos resultan tremendamente grandes y solemnes. La libertad era eso, un ford azul y quemar gasolina sin remordimientos. Viene Suárez, un jornalero de la tinta del que aprendí que el periodismo es el arte de lo posible. Y ahora recogeremos a Francis, que maneja el doble de adjetivos que nosotros. El periodismo con adjetivos es literatura.
Vamos donde diga Jesús, que es el que tiene la intuición y el olfato; la llave maestra que abre la coraza de los entrevistados. Jesús no es solo un fotógrafo, es nuestra conciencia, la vergüenza deshabitada, las excusas de la tercera persona, el carisma que nos falta, la discreción por la soberbia que nos sobra.
Entonces hace clic y ya no tienes escapatoria, ha atrapado el momento irrepetible y ese trocito de tu vida ya no te pertenece; porque ha dejado de ser tu vida para convertirse en una fotografía. Eran esos tiempos en los que las fotografías se guardaban impresas en una caja de cartón, porque es la única forma que tenemos de regresar sobre lo vivido.
El archivo de Jesús preserva los colores de otra época de Osuna y de Marchena; los domingos por la tarde, los sábados de feria, la iluminada luz oscura de un Miércoles Santo, la nostalgia abandonada de las torres de las iglesias, los días henchidos de juventud. Tienen el color pardo de las vivencias y el brillo de los amores que no nos echaron ni puñetera cuenta.
Nos subimos al ford azul y nos reímos, porque el periodismo era todavía divertido; porque nos reíamos de los juegos de palabras de Francis, de cualquier impertinencia que yo habría dejado en un artículo, de la charla que Jesús le dará a Suárez porque se habrá equivocado en una foto. Si todo saliera como corresponde no serían necesarios los periódicos.
Una cerveza en el Molinillo. Después, otra. Cuando bebíamos y después seguíamos recordando las noticias. Ahora solo soy capaz de cumplir con esta premisa reportera a medias.
Me despido: “Jesús, a ver si nos vemos”. Y no me percato de que los años son unos vulgares desagradecidos, que me faltan las fotografías de Jesús para comprobar que he vivido.
A ver si nos vemos pero no nos hemos visto.
El deseo de gustar y ser aceptado es parte intrínseca del tejido social humano. Desde los albores de nuestra especie, buscamos el calor del grupo, el reconocimiento de nuestros pares. No hay nada censurable en el acto de querer ser popular, de disfrutar de la mirada aprobatoria de los demás. Es un motor que puede impulsar grandes hazañas y fomentar el crecimiento personal.
Sin embargo, cuando la sed de aprobación se transforma en una dictadura implacable, una autoimposición que asfixia, nos encontramos en un laberinto de espejos que distorsionan la realidad. La diversidad y la discrepancia, elementos vitales de la naturaleza humana, se desvanecen ante el temor de no encajar en los moldes que la sociedad proclama como ideales.
Vivimos en una época donde la uniformidad se premia y la espontaneidad se mira con recelo. Las redes sociales, las cámaras siempre listas para capturar el momento «perfecto», perpetúan un ciclo donde solo lo que es «likeable» parece merecer ser vivido. Pero en este teatro de la popularidad, ¿dónde queda el espacio para lo auténticamente humano?.
La espontaneidad, esa chispa que enciende la creatividad, se ve coartada. La aceptación de la diferencia, esencial para el avance de la sociedad, se vuelve una tarea pendiente. La necesidad de huir del patrón establecido, de romper con las cadenas de lo monótono, se convierte en una rebeldía necesaria.
La popularidad no debe medirse por cuánto nos ajustamos a un estándar, sino por cuánto somos capaces de aportar a la rica diversidad de la experiencia humana.
En la vorágine contemporánea, el término ‘postureo’ ha cobrado una relevancia simbólica, encapsulando la esencia de una sociedad que a menudo prefiere la apariencia al ser, el espejismo a la verdad. La imagen que proyectamos ha empezado a pesar más en la balanza social que el valor intrínseco de nuestras acciones y pensamientos. Vivimos en una era en la que la cuenta corriente y los ‘likes’ se han convertido en la moneda de cambio de la aceptación social.
El fenómeno no es exclusivo de nuestra época; la humanidad siempre ha jugado a las apariencias. Sin embargo, las redes sociales han exacerbado este comportamiento hasta el punto de convertir la autenticidad en una rareza. Nos encontramos sumergidos en una competición implacable por la validación digital, donde la cantidad de seguidores puede dictar desde el éxito profesional hasta la estabilidad emocional.
El gesto forzado de una sonrisa, ¿no nos recuerda acaso a la trágica máscara de un Joker contemporáneo? El miedo a no ser aceptados, a no encajar, impulsa esta constante teatralización de la vida diaria. La popular serie «Black Mirror» ha explorado esta realidad distópica donde la aprobación social se convierte en un mecanismo de supervivencia, un sistema que valora a las personas como acciones bursátiles, fluctuantes y precarias.
Fotografías de eventos sociales frecuentemente revelan sonrisas que parecen ensayadas, como si los rostros estuvieran eternamente preparados para una captura más. ¿Es simplemente una impresión subjetiva o es un reflejo de una triste verdad? La cámara del periodista a menudo actúa como el detonante de este ‘postureo’, transformando momentos genuinos en escenas cuidadosamente coreografiadas.
¿Es esto una señal de que nos estamos «muriendo por gustar», como dice la expresión popular? ¿Se está diluyendo nuestra esencia en la representación constante? Quizás seamos testigos de una nueva fase en la evolución social, donde la verdad y la autenticidad son sacrificadas en el altar de la imagen pública. La necesidad de aprobación no es un fenómeno nuevo, pero su manifestación en la era digital ha alcanzado una intensidad sin precedentes.
Así que celebremos la diferencia, honremos la espontaneidad y fomentemos la creatividad. Liberémonos de la tiranía de gustar a todos y encontremos el valor en el respeto a lo diverso. Solo así, en la aceptación de lo variado y en la genuina expresión de nuestro yo, encontraremos el verdadero significado de la popularidad: no el que impone la dictadura de la imagen, sino el que nace del corazón auténtico de la comunidad.
Algunos ni siquiera se atreven a expresar opiniones diversas por temor a quedarse anticuado. Obvio que el cambio es la única constante y que debemos adaptarnos. Pero podemos preguntarnos ¿hemos perdido algo esencial en el camino?. ¿Es posible, en un mundo dominado por la imagen, redescubrir la autenticidad que nos hace humanos? Quizás es tiempo de preguntarnos, no solo cómo nos vemos en el espejo de la sociedad, sino quiénes realmente somos cuando apagamos las pantallas y nos quedamos a solas con nuestros pensamientos.
¿Es posible vivir para gustar a un mundo que tiene una opinión distinta cada segundo?.
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