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Historia

Capillas palatinas de Andalucía: poder y devoción en tiempos medeivales

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Las capillas palatinas, tanto en el contexto europeo como en el andaluz, fueron mucho más que simples lugares de culto. Representaban el poder y la devoción de la nobleza, contribuyendo al desarrollo urbano y cultural de sus regiones. 

La Capilla Palatina de los Duques de Medina Sidonia, la Colegiata de Osuna y la Iglesia de Santa María en Marchena son ejemplos claros de cómo la nobleza utilizaba la religión y el arte para consolidar su influencia y dejar un legado perdurable.

En Europa, las capillas palatinas surgieron como extensiones de las residencias reales y ducales. Estas capillas, como la famosa Capilla Palatina de Aquisgrán, construida por Carlomagno en el siglo VIII, eran centros de devoción y poder. Eran utilizadas para ceremonias religiosas privadas y a menudo albergaban reliquias sagradas que reforzaban la legitimidad y la autoridad de sus propietarios.

Características de las Capillas Palatinas

Las capillas palatinas se caracterizan por su ubicación privilegiada dentro de los palacios o residencias nobles, su rica decoración artística y su función como lugares de culto y simbolismo de poder. Estas capillas albergaban colecciones de arte, reliquias de santos y objetos suntuarios, reflejando el prestigio y la devoción de las familias nobiliarias y eran escenario perfecto para las grandes ceremonias donde se rendía culto a Dios, a la familia ducal gobernante del Estado señorial y a la monarquía como fuente de prestigio y de poder.

Integradas en los palacios, y comunicadas con ellos a través de corredores, arcos y tribunas permitían a los nobles acceder fácilmente al culto sin salir de sus residencias ni mezclarse con el pueblo. La arquitectura de estas capillas combinaba elementos mudéjares y renacentistas, adaptándose a las tendencias artísticas de su época.

Las capillas palatinas albergaban valiosas pinturas, esculturas y objetos litúrgicos de gran valor.

Las reliquias eran esenciales para estas capillas, ya que no solo fomentaban la devoción sino que también legitimaban el poder de la familia que las poseía. Las reliquias se exhibían en elaborados relicarios y eran objeto de veneración pública y privada.

La iglesia de Santa Maria de Marchena

La iglesia de Santa María de la Mota se comunicaba con el palacio a través de un sisitema de pasos elevados sujetos por arcos, por los que los Duques iban a oir misa, sobre su propia tribuna de forma que no podían ser vistos ni se mezclaban con el resto del pueblo. En las grandes ocasiones en esta iglesia se congregaban todos los cargos que trabajaban para el Duque que eran cenetenares.  Pero la iglesia perdió en el XIX su rica decoración de roleos barrocos y obras de arte. Lois roleos fueron encalados para mitigar epidemias y las obras de arte viajaron al cercano temnplo de San Juan. 

Las donaciones ducales a las capillas y conventos palatinos nutrieron la colección de más de doscientos grabados donados por Guadalupe Láncaster Duquesa de Aveiro y Arcos que incluía grabados de Durero que se conservan en el convento de la Concepción, Marchena. Gran parte de las joyas del arte del Palacio marchenero y su capilla palatina fue a parar a San Juan, como la cabeza de San Juan Bautista que se conservaba en Palacio, y era usado como un remedio contra dolores, la Inmaculada obra póstuma de Pedro de Mena, la Anunciación de Vasco Pereria, o la Virgen de la Expectación o Ama del Cuarto que llegó a Santa Isabel desde Palacio.

En 1623, parte del palacio adyacente a la iglesia fue transformada en un convento de Clarisas, el cual aún se conserva y se conecta con la iglesia a través de otra tribuna elevada. En 1670, bajo el patrocinio de Francisco Ponce de León, se realizaron importantes reformas en la decoración interior, incluyendo la renovación del presbiterio y el retablo mayor, así como la construcción de la capilla de la Soledad​.

Esta iglesia, junto con los conventos de la Concepción y Capuchinos, formaba un complejo religioso que no solo servía a la nobleza local también a la andaluza. Además de Marchena, la influencia de la Casa de Arcos se extendía a otros municipios, incluyendo Arcos, Rota, Chipiona, y Cádiz, donde fundaron diversas capillas e iglesias​​.

El cuerpo de Sor María de la Antigua, venerado como una reliquia desde las tribunas del templo, jugó un papel crucial en la fundación del convento de la Concepción. Las reliquias eran fundamentales en la devoción católica y su presencia en un convento no solo aumentaba su prestigio espiritual sino también su atractivo para las donaciones y el apoyo de los fieles y la nobleza. En el caso de Marchena, la veneración del cuerpo de la Madre Antigua no solo reforzaba la espiritualidad del convento sino que también consolidaba la influencia de los Ponce de León en Andalucía. 

La Colegiata de Osuna. Historia y Arquitectura

La Universidad de Osuna fue fundada el 10 de octubre de 1548 por Juan Téllez-Girón, IV Conde de Ureña, tras obtener la bula del Papa Paulo III. Esta institución se creó bajo la advocación de la Pura y Limpia Concepción de la Virgen María, y aunque inicialmente solo tuvo reconocimiento pontificio, obtuvo el reconocimiento real en 1551.

El edificio de la universidad también contiene importantes obras de arte y elementos arquitectónicos como la Capilla, con un retablo neoclásico que alberga pinturas de un antiguo retablo renacentista o la Sala de la Girona decorada con pinturas murales del siglo XVI que representan escenas religiosas y cortesanas​.

La Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción en Osuna es una joya del Renacimiento español. Fundada por Juan Téllez-Girón, cuarto conde de Ureña, y completada bajo la dirección de los arquitectos Diego de Riaño y Martín de Gaínza, que también sirve como panteón de los duques de Osuna, albergando un sepulcro impresionante​.

Dentro del patrocinio ducal destacan las pinturas de José de Ribera: Incluyendo «San Jerónimo y el Ángel del Juicio», «El Martirio de San Sebastián», «Las Lágrimas de San Pedro» y «El Martirio de San Bartolomé» el Relieve del Entierro de Cristo en el sepulcro ducal Obra maestra de Roque Balduque o Imágenes Escultóricas de Juan de Mesa y Martínez Montañés, destacando una escultura de San Francisco de Asís.

La Colegiata de Osuna no solo es un lugar de culto, sino también un símbolo del poder de los duques de Osuna. Su función como panteón refuerza el legado de la familia, mientras que su ubicación y arquitectura monumental destacan la importancia de Osuna como centro de poder ducal. Además, la colegiata alberga una vasta colección de arte, incluyendo obras de José de Ribera y el Cristo de Misericordia de Juan de Mesa, que reflejan el mecenazgo artístico de la nobleza​​.

El Convento de la Encarnación de Osuna es uno de los edificios más emblemáticos y representativos de la arquitectura religiosa en Andalucía. Fundado inicialmente como el Hospital de la Encarnación del Hijo de Dios en 1549, este edificio ha servido múltiples propósitos a lo largo de los siglos, reflejando el poder y la influencia de la nobleza local, en particular la Casa Ducal de Osuna.

El Convento de la Encarnación de Osuna es más que un simple edificio religioso; es un testimonio viviente de la historia y la cultura de Andalucía, y del papel crucial que desempeñaron la nobleza y las órdenes religiosas en su desarrollo. Su rica historia, su arquitectura impresionante y su valiosa colección de arte lo convierten en un destino imprescindible para quienes deseen explorar el legado de la Casa Ducal de Osuna.

Gran parte del interior de la clausura se ha convertido en un museo dispuesto en torno al claustro principal. El museo está compuesto por cuatro salas que albergan una importante colección de Niños Jesús, piezas de orfebrería y significativas obras de imaginería. Este museo no solo preserva el patrimonio artístico del convento, sino que también ofrece una ventana a la rica historia cultural y religiosa de Osuna.

Además del Convento de la Encarnación, los Téllez-Girón fundaron otros conventos en Osuna, incluyendo el Convento del Carmen, donado en 1606, y el Convento de San Pedro, originalmente ocupado por las Carmelitas Descalzas en 1575. Estos conventos no solo servían propósitos religiosos, sino que también eran centros de poder y prestigio para la nobleza ducal.

Palacio de los Guzmanes - Fundación Casa Medina Sidonia

La Capilla Palatina de los Duques de Medina Sidonia

La Capilla Ducal anexa al Palacio de Sanlúcar y al castillo de Santiago, estaba comunicado con la Iglesia Mayor de la O, a través de una Capilla-Tribuna. Se trataba de un gran balcón de unos 35 m2, al que se accedía desde el Palacio Ducal, adyacente al Templo.

Parroquia de Nuestra Señora de la O

La Capilla Palatina de los Duques de Medina Sidonia, ubicada en la Iglesia Mayor de Sanlúcar de Barrameda, representa un magnífico ejemplo de la arquitectura y el arte sacro andaluz. Su construcción y evolución están estrechamente ligadas a la familia Guzmán, quienes la utilizaron no solo como un espacio de culto privado, sino también como un símbolo de su poder y prestigio.

El séptimo Señor de la Villa, D. Enrique Pérez de Guzmán levantó entre 1477 y 1478 la fortaleza del Castillo de Santiago, para defensa de la ribera y desembocadura del Guadalquivir. Es es castillo más grande de la provincia de Cádiz con 5000 metros cuadrados y una altura máxima de sus torres de 47 metros. 

Los duques de Medina Sidonia fueron una de las familias más influyentes de Andalucía. Su poder no solo se manifestaba en la política y la economía, sino también en su patrocinio de obras religiosas y artísticas. La capilla palatina es un reflejo de esta dualidad, sirviendo tanto como lugar de devoción como de exhibición de su estatus social.

Las Covachas

El pasadizo de la Tribuna de (1540) que conecta el Palacio Ducal con la Iglesia Mayor, permitiendo a la familia ducal asistir a misa sin ser vistos. Este pasadizo fue reformado en 1561, ampliando significativamente su estructura para incluir un altar propio.

La Capilla de San Sebastián, situada en la Iglesia Mayor de Sanlúcar de Barrameda, es una de las capillas más significativas tanto por su ubicación como por su relevancia histórica y artística. Actuando como la cabecera de la tribuna-capilla ducal de los Duques de Medina Sidonia, esta capilla es un ejemplo destacado de la hibridación entre el poder temporal y espiritual en Andalucía.

La Iglesia de Nuestra Señora de la O es la Iglesia Mayor Parroquial de Sanlúcar de Barrameda. Se construyó sobre el año 1360, auspiciada por Isabel de la Cerda y Guzmán, I condesa de Medinaceli y nieta del primer señor de Sanlúcar, Guzmán el Bueno, aprovechando una de las torres del antiguo Alcázar que le sirvió como campanario.

Parroquia de Nuestra Señora de la O

El arquitecto Alonso de Vandelvira, por encargo de Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, en el año 1604 realizó el segundo cuerpo, de planta elíptica, de la torre del campanario.

El Palacio de los Guzmanes, Palacio Ducal de Medina Sidonia, ha pertenecido a la familia desde 1297. Concedido junto con la villa de Sanlúcar de Barrameda a Alonso Pérez de Guzmán, Guzmán El Bueno, por Fernando IV en cumplimiento de la promesa que su padre Sancho IV le hizo a éste por la defensa de Tarifa. Fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1978.

Palacio de los Guzmanes - Fundación Casa Medina Sidonia

El palacio alberga una vasta colección de pinturas y esculturas europeas, destacándose obras de artistas como José de Ribera y Murillo. Desde 1962, el palacio también alberga el Archivo General de la Casa de Medina Sidonia, uno de los archivos privados más importantes de Europa, gracias al trabajo de catalogación de Luisa Isabel Álvarez de Toledo​ 

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Actualidad

La V Gran Caracolá será en la Plaza de San Sebastián los días 29 y 30 de mayo

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La Plaza de San Sebastián volverá a llenarse de olor a hierbabuena, caracoles recién cocidos y música en directo con la celebración de la V Gran Caracolá de Marchena, que tendrá lugar los días 29 y 30 de mayo de 2026. La cita, organizada por la Pontificia, Real Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Dulce Nombre de Jesús, María Santísima de la Piedad y San Juan Evangelista, contará con actuaciones musicales, ambigú a precios populares y diversas actividades festivas en pleno centro histórico de la localidad.

El cartel anunciador confirma que la fiesta arrancará el viernes 29 a partir de las 21:30 horas con la actuación de la Agrupación Musical Dulce Nombre de Jesús, mientras que el sábado 30, desde las 13:00 horas, continuará la convivencia gastronómica y festiva que culminará por la noche con la actuación del grupo flamenco-fusión Maraké. Los caracoles volverán a estar elaborados por “José El Tontorrón”, conocido establecimiento de Paradas especializado en esta receta tradicional andaluza.

La Caracolá se ha consolidado en pocos años como una de las actividades gastronómicas y de convivencia más concurridas de la primavera marchenera. 

La edición anterior, celebrada en 2024, supuso la consolidación definitiva de esta iniciativa impulsada por la hermandad, que comenzó años atrás como una convivencia gastronómica de menor formato y terminó transformándose en una cita habitual dentro del calendario festivo de mayo en Marchena. 

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Cultura

De como las modas de Paris en la feria del siglo XIX desembocaron en los trajes de faralaes

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Las ferias de finales del siglo XIX eran muy distintas a las de hoy. Al amanecer las ganaderías tomaban el real, los turistas buscaban a las Cigarreras y a las gitanas como algo exótico y las modas francesas desplazaban a los trajes andaluces. 
La moda de Francia había invadido la moda y hasta el habla andaluza: «Oiga usted, señorita, ¿me hace usted el favor de cantar una petenera?. «Avec beaucoup de plaisir», dice la niña que habla muy mal francés y canta peor flamenco. «Donne moi un cigarrete».
Suena veces la guitarra pero va dominando el piano y aunque no están vedadas las malagueñas ni las sevillanas, suelen  oírse cuplets franceses en la feria de Sevilla según el relato de Más y Pratt.
Al alba del primer día de feria de Sevilla, el Prado de San Sebastián es tomado  por los ganaderos de Marchena, Écija, Lora, Carmona, Mairena, Morón, Estepa.
Los feriantes andaluces suelen llevar  a remolque sus familias, principalmente el tratante gitano. Las filas de carretas entran en El Prado produciendo un sonido original que procede de los crujidos de las llantas.

Los que llevan ganado boyar suelen ir al paso de sus carretas preparadas para la excursión con todos los aditamentos necesarios con toldos o tejidos de palma y bajo el tablón el cántaro de agua fresca.
Las caballerias llegan al Prado levantando nubes de polvo, la sangre del corcel andaluz se enciende con la fatiga y sus elásticas piernas se fortifican.
Se levantan tiendas provisionales, se amontona el ato de que forma parte la manta y la alforja, que han de servir de colchón y de almohada y se coloca en el lugar más seguro la bota de vino.
Los gitanos comienzam la tarea de los tratos, que para ellos es siempre fructuoso, corriendo como chispas eléctricas por todas partes con la faja mal compuesta, la chaquetilla arremangada, el pantalón a media pierna y el sombrero bailando sobre la coronilla.
Oiga usted excelencia, dicen a un señorito del pueblo con chaqueta de terciopelo. Tengo un tronco alazano que es el mismo que llevó al cielo el coche de San Elías.  El feriante le responde, que más bien parece propio de coche fúnebre de tercera clase, y se despide con un «que usted se alivie».
Después de que se ha valido de todos los subterfugios imaginables para engañar al feriante, metiendo a los caballos agujas en la oreja para que se avispe,  saca de su petaca un cigarro y le dice con exquisita finura: por estas cruces de Dios se lleva usted el bicho mejor de la feria.
Los ingleses y franceses que vienen a Sevilla por feria quieren ver la Fábrica de Tabacos y la calle San Fernando cuando salen a bandadas como las golondrinas las cigarreras que dejan la faena muy temprano y se dirigen al Real luciendo sus mantones de manila y sus peines altos y enroscados sobre la coronilla. La Cigarrera no es gitana ni flamenca sino un compuesto de ambas.
Las tiendas aristocráticas aparecen cercadas de macetas de porcelana con musgos y begonias, con colgaduras de Damasco, cubiertas de alfombras, llenas de jardineras y espejos, y a la puerta de su sencilla balaustrada, butacas escaños y elegantes mecedoras donde dormitan los señores de clase media.
La alta sociedad sevillana estos días se permite usar la falda corta de raso y la calada peineta de concha, la mantilla de encaje y el corpiño ajustado de la flamenca, comen jamón dulce y pavo trufado, emparedados y pastas de vainilla y beben Jerez y manzanilla.
Mas alla hay tascas de feria con carteles de vino y caracoles, menudo,  taberna, buñuelos y aguardiente. Alli se ven las hermosas gitanas de pura sangre. La flamenca, suele aparecer allí cantando por todo lo alto y ostentando todas las gracias de sus especies.
La gitana no se pone el pañuelo terciado con los flecos en la tierra sino que se envuelven el mantón y golpea las tablas haciéndoles crujir bajo sus plantas.
En las buñolerías, estos gitanos apuran todo el caudal de su ingenio para formar adornos y pabellones, puede decirse que en el recinto se pone las bordadas enaguas de las gitanas y sus sábanas de novia al entrar.
Texto: Mas y Pratt en La Ilustración española y americana. 22/4/1888. Fotos: Salvador Azpiazu. 1890.

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Historia

San Ginés: ermita, lazareto, manantial y molino de aceite

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San Ginés es uno de los lugares más interesantes del pasado de Marchena. Las fuentes históricas antiguas nos cuentan que aquí había una ermita donde vivían ermitaños. También se encontraron algunos restos romanos en la zona. Además hasta hace cincuenta años tuvo una fuente pública para el ganado. Era el inicio del camino de Osuna y Granada y fue usado como lazareto en las epidemias del XIX.
San Ginés de Arlés fue un mártir cristiano que falleció decapitado en 303 bajo el mandato de Diocleciano en el municipio de Trinquetaille, al pie de una morera. Nombrado secretario de un magistrado romano, se negó a abandonar el cristianismo y huyó y luego fue capturado y ejecutado por los romanos.
San Ginés en Marchena es un importante yacimiento arqueológico poblado desde el neolítico y donde aparecieron dos vasos campaniformes que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional y varias tumbas romanas.
Además San Ginés tuvo una Almazara de doble piso y patio central en unas  dependencias de molino incluyendo trujales, sala de prensa y restos de antiguas cuadras, según el IAPH.
San Ginés era además un lugar rico en aguas subterráneas donde se construyó una ermita, habitada por ermitaños, y donde había unos pilares con agua para el ganado que en el XIX se convirtieron en uno de los lavaderos públicos del municipio.
Lo que hasta entonces era un abrevadero de ganado comenzó a ser usado como lavadero público -San Ginés y de la Ventilla-, por lo que el Ayuntamiento publicó unos edictos «en los que se prohíbe lavar la ropa en dichos pilares bajo la pena de multa», según explica Pepe Villalobos en su obra Siglo XIX Tomo I Decadencia Guerra y Revolución.
En 1800 el arzobispo de Sevilla don Luis María de Borbón cedió las ermitas de San Roque y San Ginés para que sirvieran de lazaretos para curar a los enfermos y fortalecer a los convalecientes de la epidemia de fiebre amarilla, al mismo tiempo que el pueblo se cerraba y confinaba y se establecía una zona de va desde el camino de las cuestas hasta San Ginés y se prohibía enterrar a las victimas de la epidemia en los templos.
En 1824 el Arzobispado ofrece al Ayuntamiento de Marchena la venta de las abandonadas ermitas de San Ginés en la salida hacia La Puebla de Cazalla y San Roque, que luego se convierte en cementerio municipal, que junto con Santa Justa eran las tres ermitas rurales del entorno de Marchena.
De nuevo en 1830 el Arzobispado comunica por escrito al Ayuntamiento que quiere desprenderse de las ermitas por la cantidad anual que se estipule, incluyendo los edificios de las ermitas de San Ginés y San Roque, y los terrenos circundantes que disfrutaban los antiguos ermitaños, pero el Ayuntamiento entonces no está interesado. Será con la reiteración de las epidemias y la prohibición definitiva de enterramiento en todas las iglesias cuando el Ayuntamiento decide finalmente instalar el cementerio municipal a finales del XIX en la ermita de San Roque, junto al lavadero.
Igualmente, el Ayuntamiento se ve en la obligación de traer al pueblo el agua de San Ginés y del “El Lavadero”, situados ambos a más de una milla de la población, teniendo en cuenta que la única fuente del pueblo estaba en mal estado y no se podía usar.
El Ayuntamiento acuerda que los peritos estudien la conducción de las aguas desde el manantial de San Ginés hasta el pueblo solicitando, licencia al Real y al Consejo de Castilla para emprender la obra.

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Hermandades

Toros, danzas, fuegos artificiales y carros alegóricos: así era el Corpus del siglo de oro

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El Corpus era la principal celebración religiosa del año, y a ella se sumaban la iglesia, el Duque y el Ayuntamiento, que no reparaban en gastos y medios para realzar la fiesta.

Era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.

En las vísperas salía la Tarasca acompañada de diablillos y mojarrilas, también hubo carros alegóricos, arcos efímeros que se instalaban en las calles, que se empedraban, por donde pasaba la procesión, fiestas de toros, fuegos artificiales y luminarias, meriendas y reparto de pan, grupos de danzas de gitanos, música de ministriles, etc. Todo esto hacía del Corpus la principal fiesta de Marchena.

Los grupos de danzas, la tarasca, los diablillos y mojarrilas y los toros quedaron prohibidos por el Rey en toda España en 1765 al considerarse que restaba devoción y era poco serio para esta fiesta.

Esto nos cuenta la investigación realizada por Ramón Ramos sobre datos del Ayuntamiento que pagaba dichos gastos, que se sumaba a lo que gastara la iglesia y el propio Duque.

La Tarasca, que era una especie de dragón que simbolizaba el pecado, salía la víspera del Corpus. Era una talla también efímera porque se pagaba cada cierto tiempo por hacer una nueva.

Cristóbal Díaz hizo una Tarasca en 1603 y en 1667 el carpintero Francisco Martín cobró 600 reales por hacer otra. Salía acompañada de diablillos y mojarrillas, vestidos con trajes grotescos de colores. Los diablillos iban haciendo ruido con unas vejigas llenas de piedras. En 1656 el sastre Hernando Padilla hizo sus trajes.

Para la víspera las luminarias se colocaban en las plazas públicas y en las calles arcos y en altares y se gasta mucho dinero en el cera.

Las luminarias alumbraban las calles y plazas en la tarde noche de las Vísperas, consistían en barriles y lebrillos con pez y virutas, hachas.

También era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.

En 1656 en Marchena ya hubo corrida de toros en el Corpus . También en Marchena hubo procesiones de carros alegóricos una especie de teatro en carros en los que venían comediantes con un rico y complejo aparato escénico. Los pasos representaban escenas de las Sagradas Escrituras.

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Historia

La aduana olvidada de Marchena: los fielatos donde se pagaba por entrar con vino, aceite, carne o trigo

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Los antiguos fielatos de Marchena funcionaban como pequeñas aduanas locales situadas en las entradas del pueblo. La Puerta Real, al final de la calle Real o Carrera —hoy entorno de Compañía— fue uno de los puntos clave de control fiscal.

En Marchena hubo un tiempo en que entrar en el pueblo con un carro cargado no era simplemente cruzar una puerta. Era detenerse, declarar la mercancía, pesarla, medirla y pagar. Aceite, vino, vinagre, carne, trigo, jabón, ganado o cualquier producto destinado a la venta podía encontrarse con la mirada del fiel, la romana sobre la mesa y la cuenta abierta.

Aquellas pequeñas aduanas interiores se llamaban fielatos. No eran monumentos, ni conventos, ni palacios. Pero cuentan una parte fundamental de la historia cotidiana: la del impuesto que esperaba al vecino antes incluso de llegar al mercado.

La Puerta Real, el punto clave de la antigua fiscalidad

La documentación de 1826 sitúa uno de los espacios principales de control en la Puerta Real, también llamada Puerta de Osuna, ubicada “al final de la calle Real o Carrera”. Ese año, las autoridades marcheneras pusieron en marcha la recaudación de los llamados Derechos de Puertas, que habían sustituido a las antiguas Rentas Provinciales. Para evitar que nadie esquivara el pago, se acordó el cerramiento total de la villa y la vigilancia de sus entradas.

La razón era clara: todo producto introducido en la villa para venderse debía abonar una tasa. Para recaudarla se establecieron fielatos en las puertas de entrada, donde los dependientes cobraban según la cantidad y calidad de la mercancía.

De puerta militar a punto de pago

La tradición documental recogida en La Marchena Secreta añade un dato de gran valor urbano: la Puerta Real de la Calle Real —Compañía— fue tapiada por los franceses en 1810 para evitar ataques de las tropas españolas. Después, en ese entorno se instalaron fielatos para el pago de impuestos.

Es decir, el espacio de Compañía no solo fue paso de vecinos, tropas, arrieros y mercancías. También fue una frontera económica. Allí donde hoy se cruza casi sin mirar, antes podía levantarse una barrera más eficaz que una muralla: la del papel sellado, la báscula y el cobrador.

Los fielatos del siglo XIX: San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la estación

A finales del siglo XIX el sistema aparece mucho más organizado. En 1889 se acordó instalar el fielato central en la calle San Sebastián número 67, en una casa alquilada por 3 pesetas diarias. Además, se dispusieron casetas o puntos de intervención en las entradas de San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la Estación del ferrocarril.

La llegada del tren obligó a extender el control hasta la estación. Donde entraban mercancías, entraba también la Hacienda. Y donde había Hacienda, aparecían básculas, libros, impresos, rondas de vigilancia y empleados.

Plano de Marchena en 1826 que ubica los fielatos que había en Marchena

El gasto fue considerable: básculas para los fielatos por 627,50 pesetas, un escritorio para el fielato general por 3.000 reales, cinco escopetas, una carabina, pólvora, balas y hasta 30 pitos para la ronda de vigilantes. Aquello no era una simple mesa con un sello: era una maquinaria fiscal completa.

El fiel medidor: el hombre que daba fe del peso y la medida

En este mundo de impuestos, el personaje clave era el fiel medidor, junto al fiel de la romana o fiel romanero. Su función consistía en garantizar que los pesos y medidas fueran correctos en las compraventas. En una economía agraria, donde el trigo, el aceite, el vino o la carne se vendían por medidas concretas, una pesa trucada podía ser una ruina.

“Aquí se pesaba, se medía y se cobraba”.

Veleta del antiguo fielato de Marchena. Las balanzas recuerdan el trabajo del fiel medidor y del fiel de la romana, encargados de pesar, medir y controlar las mercancías sujetas al impuesto de consumos.

Tiene además un doble juego simbólico precioso. La palabra fiel se relaciona con el funcionario que da fe de la medida justa, pero también con el fiel de la balanza, la pieza que marca el equilibrio. Es decir, la veleta está diciendo, con hierro y viento, que aquel lugar era territorio de la medida oficial.

La cruz superior seguramente responde al lenguaje visual tradicional de la época: muchos edificios públicos o semipúblicos incorporaban símbolos religiosos, pero el mensaje específico del fielato lo dan las balanzas. No hablan de justicia abstracta, sino de algo mucho más cotidiano: el pan, el vino, el aceite, la carne y el impuesto que pesaba sobre todo ello.

En 1832, la Intendencia General de Andalucía pidió al Ayuntamiento de Marchena un informe sobre si debían mantenerse los oficios de Fiel medidor y Fiel Romanero. Los síndicos Juan Guerrero Estrella y Ramón de Torres y Atienza respondieron que entre 1812 y 1818 esos oficios habían quedado en libertad, pero que luego volvieron a manos de la duquesa de Arcos. Según el informe, durante los años sin control se produjo un “notable desorden en el arte de medir y pesar”, con perjuicio para labradores, tenedores de grano y compradores al por menor.

El sistema cobraba una pequeña retribución de cuatro maravedíes, que pagaba comprador o vendedor. A cambio, se pretendía evitar engaños en el comercio. El informe prefería la medición directa en el momento de la venta antes que el simple aforo de almacenes, porque este último permitía ocultar género.

Saber más

  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo. Marchena 1800-1833. Tomo II. Datos sobre Derechos de Puertas, Puerta Real, fielatos y fiel medidor.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Restauración plena y crisis finisecular. Datos sobre fielato central de San Sebastián, casetas de Compañía, Santa Clara, Barranco y estación.
  • La Marchena Secreta. Libro. Referencia a la Puerta Real / Calle Real / Compañía, tapiada en 1810, y posterior instalación de fielatos.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo I. Contexto sobre fiscalidad, portazgo, consumos y derechos señoriales.

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Historia

Los molinos históricos de Marchena: aceite, trigo y un viejo molino de viento flamenco

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Marchena no tuvo “un” molino: tuvo un pequeño mundo de molinos. En sus documentos aparecen molinos aceiteros, molinos harineros movidos por el agua del Corbones, tahonas, fábricas de harina y hasta un molino de viento traído desde Flandes en el siglo XVI. La cifra, por tanto, cambia según lo que contemos.

La fotografía más clara del primer tercio del siglo XIX dice que Marchena tenía 31 molinos de aceite y tres molinos harineros sobre el río Corbones. Es decir, 34 molinos documentados en ese momento, sin contar el antiguo molino de viento ni otros molinos que aparecen en épocas posteriores. José Alcaide Villalobos recoge para la villa 14 hornos de pan, tres molinos harineros en el Corbones y 31 molinos de aceite; además, señala que esos 31 molinos aceiteros producían 11.874 arrobas de aceite al año.

Pero la historia no se queda quieta. Los mapas y estudios locales elevan el máximo conocido de molinos aceiteros a 35 en 1861. Después llegó el declive: 19 en 1875, 23 en 1901, 13 en 1930 y apenas restos o supervivencias en el siglo XX. El estudio de María del Carmen Parias Sáinz de Rozas sobre las haciendas de olivar de Marchena, publicado en las Actas de las IV Jornadas sobre Historia de Marchena, es una referencia académica clave para entender ese paisaje olivarero.

Dónde estaban

Los molinos de aceite se repartían entre el casco urbano, el ruedo agrícola y las propiedades conventuales. No siempre conocemos la ubicación exacta de cada uno, porque muchos documentos citan al propietario y no la calle. Aun así, las fuentes permiten situar varios puntos:

En la calle Santa Clara estaba el molino vinculado al convento de Santa Clara, que rentaba 1.100 reales, y en la memoria oral del siglo XX aparece también el molino de Cortés en esa misma calle.

En Fontinas se ubicaba el molino aceitero del convento de San Agustín, que tras la Guerra de la Independencia sufrió robos en puertas, ventanas, cerrojos y fábrica interior.

En el Vallisco estaba el molino de Miguel Moreno; junto a los depósitos de agua de la carretera, el de José Aguilar Barea; en la calle Duarte, el de Cesáreo García Rubio, al lado del molino de Mariano Sanz; y en la calle Pernía, el de Antonio “El Granaíno”. También se citan el molino de Pepe Romero frente a la Industria Aceitunera Marciense, otro frente a la iglesia de Santa Isabel y otro en la finca La Cobatilla, propiedad de Mercedes de Sal y Sanz.

Un mapa de 1826 recoge además los molinos de San Andrés, Terneros, Guardaplata y Montiel, nombres que suenan casi como mojones de una Marchena agrícola ya desaparecida.

El molino de Mariano Sanz es citado como el molino antiguo mejor conservado de Marchena: mantuvo almazara, prensas hidráulicas, tinajas, correas, bombas de transmisión, cuadras, pajares, pozo y espacio para el alpechín. El de Los Pérez, situado frente a Mercadona según la fuente local, aparece como el último molino antiguo en funcionamiento durante buena parte del siglo XX.

Los molinos harineros del Corbones

Marchena también molía trigo. La documentación de 1815 habla de tres molinos harineros dentro del término, movidos por el agua del Corbones. En los expedientes se citan el molino de La Caridad, el molino de don Joaquín Clasevout y el molino de San Pedro.

La Diputación de Sevilla, en su información turística sobre el río Corbones, amplía la memoria hidráulica y afirma que sus aguas llegaron a mover hasta siete molinos harineros en Marchena. Esto no contradice necesariamente la cifra de tres: una fuente habla de los molinos documentados en un momento administrativo concreto; la otra resume una serie histórica más amplia del río.

El molino de viento de San Miguel

La pieza más singular es el molino de viento del barrio de San Miguel. La documentación citada en La Marchena Secreta habla de Maese Pedro Jaus, “el flamenco”, vecino de Sanlúcar de Barrameda, a quien en 1549 se le dieron 400 ducados para ir a Flandes y traer un molino de viento de madera para moler trigo.

La toponimia conserva una pista preciosa: cerca de La Ventilla se menciona el cerro del molinete de viento, asociado al abastecimiento de agua y a la antigua fuente de San Antonio.

Saber más

Fuentes principales consultadas: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX, tomos I y II; La Marchena Secreta; Ruta del León; María del Carmen Parias Sáinz de Rozas, Las haciendas de olivar de Marchena; informe del IAPH sobre la comarca Morón-Marchena, que destaca la importancia de molinos harineros hidráulicos y almazaras en el patrimonio industrial de la zona.

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