Historia
Investigación: Documentos inéditos muestran el vínculo entre Marchena y Osuna y los comuneros castellanos
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3 meses agoon
El Portal de Archivos estatales, Pares, conserva cartas inéditas entre el Señor de Marchena, el de Osuna, y el Arzobispo de Sevilla sobre las rebeliones comuneras en Andalucía.
Cada 23 de abril se celebra en Villalar, Valladolid, la fiesta de los Comuneros, creada en 1821, por Juan Martín Díaz ‘El Empecinado’, héroe de la Guerra de la Independencia (1808-1812), que promovió una expedición para buscar los restos mortales de los líderes comuneros: Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, que culminó con un homenaje en la plaza principal de la localidad.

Cuando el hermano del Duque de Arcos tomó el Alcázar de Sevilla, en nombre del movimiento comunero
La bandera republicana añadió un tercer color, el morado, considerado como el color de Castilla y de los comuneros por decreto de 27 de abril de 1931 del Gobierno de la República.

Karl Marx escribió «no hubo en España hasta el presente siglo XX una revolución seria excepto la guerra de la Junta Santa contra Carlos V». Azaña y muchos otros diputados de la II República veían a los Comuneros como precursores.
La batalla de los comuneros en Huéscar y su reflejo en el callejero de Marchena
QUÉ SUCEDIÓ EN LA GUERRA DE LOS COMUNEROS
La guerra de los comuneros fue la primera y única guerra de Castilla contra el Estado.
Carlos I implantó un sistema más centralizado y absoluto, relegando a la nobleza y a los territorios, y sus cortes como las de Castilla y León con capacidad de limitar el poder real a través del común, es decir, los comuneros que eran los no privilegiados.
Las cortes de Castilla se proclaman hostiles al Rey y en mayo de 1520 y después de gran oposición interna Carlos V es nombrado emperador y se va a Alemania a ser coronado emperador. Se levanta en armas la ciudad de Toledo y el fraile Adriano de Utrecht es nombrado regente de Castilla. Se forma la Junta Comunera. y se inicia una rebelión en Toro, Toledo, Valladolid y Ávila.
LA GUERRA EN ANDALUCÍA

El Señor de Osuna Pedro Girón y su cuñado el I Duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, habían hecho una alianza con el arzobispo y contra el Duque de Medina Sidonia, por el control de Sevilla y Andalucía para quedarse con las posesiones de los Guzmán. Con esta petición Girón se dirigió al emperador Carlos V que no le hizo caso. Frustradas sus ambiciones personales, se unieron a la revuelta.
Rodrigo Ponce de León, era alguacil mayor de Sevilla, se casó en 1507 con Isabel Pacheco, hermana de la líder de la revuelta María Pacheco y luego con Juana Téllez Girón, hija del señor de Osuna, dos de los líderes del movimiento comunero.

En abril de 1520 Pedro Girón, duque de Osuna, lideró las tropas del levantamiento comunero de Valladolid junto a Juan de Padilla logrando desde octubre de 1520 la expulsión del Consejo Real de Valladolid, el 30 de septiembre de 1520, y el 1 de octubre salió al paso del cardenal Adriano de Utrecht, regente del reino. Pedro Girón fue capitán general comunero de Valladolid, señor de Osuna, Morón de la Frontera, Arahal y La Puebla de Cazalla.
Mientras Medina del Campo, ardía por la masa popular que se hizo con la artillería real en agosto de 1520 y rebelión se extiende por toda Castilla. Hubo alzamientos comuneros en Jaén,, Ubeda, Baeza y otros puntos de la Andalucía, y Sevilla.

El 16 de septiembre de 1520 don Juan Suárez de Figueroa, hermano de Rodrigo I Duque de Arcos -enterrado en Santo Domingo de Marchena- levanta sus tropas de Marchena y Mairena del Alcor apelando al movimiento comunero y contra el Duque de Medina Sidonia y su entorno de judeo conversos y toma el Alcázar de Sevilla por 24 horas justo mientras los comuneros toman Tordesillas e intentan atraer a la reina Juana.
El real de las tropas del Duque se asentó en los olivares de Mairena junto al Castillo, procedentes de Marchena y Paradas desde el domingo de la revuelta. «Por la mañana dicha misa a las ocho y comidos á las nueve a campana repicada salieron de Marchena y de Paradas e vinieron a Mairena» donde estuvieron una semana. Quedaron «los más lucidos caballeros, que serían hasta doscientos con el Duque » para entrar en la ciudad.
Sobre la una de la tarde, del domingo Juan de Figueroa se dirigió al Palacio de su hermano, el duque de Arcos, en la Plaza Santa Catalina, convocando a sus criados, familias y partidarios, tomó las armas y artillería y se dirigió al Alcázar de Sevilla a las tres de la tarde, varios centenares de hombres armados y varias piezas de artillería dando vivas al rey y a la Comunidad.

El Arzobispo Diego de Deza había retenido contra su voluntad al Alcalde de Justicia y Asistente en el Palacio Arzobispal apoyando al bando de los Ponces y Girones. Se vigilan las puertas de la ciudad para que no entrasen refuerzos desde Marchena o Mairena y se busca en las tabernas a marcheneros y maireneros.
Tras la derrota de Villalar fue María Pacheco la que lidera las tropas castellanas hija de Francisca Pacheco, hermana del II marqués de Villena quien a su vez era sobrina de Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos. Nació en la Alhambra, donde su padre vivía como virrey y capitán general que era de Granada desde 1492. En 1511 se casó, también en Granada, con Juan de Padilla, lider de los comuneros y a la muerte de éste lideró la defensa comunera de Toledo. Su hermana se casó con el I Duque de Arcos.
En 1521 se celebró la Liga de La Rambla, asamblea de ciudades andaluzas celebrada en la localidad de La Rambla a inicios de 1521, para apoyar al rey frente al movimiento comunero liderado por los nobles andaluces que desde el norte de Castilla amenazaba con extenderse a Andalucía.
El Rey inició un proceso judicial especial seguido de un indulto general a los cabecillas Juan de Figueroa, y Juan de Guzmán, vecino y veinticuatro de Sevilla. El perdón general se despachó en Valladolid el 18 de octubre de 1522, refrendado por el secretario de Carlos V Francisco de los Cobos.
En abril de 1521 fue la batalla de Villalar, entre comuneros y tropas del emperador Carlos V con una rotunda victoria real que marcó la historia de España.
En enero de 1521, el Almirante de Castilla informa al Rey de la actitud de Girón de las guerras nobiliarias de Sevilla, y pide el perdón real para Girón por haber apoyado a los Comuneros tras la batalla de Villalar y fue perdonado en 1522 por haber defendido Navarra en 1521 de un ataque francés y exiliado a Orán durante 6 años.
Los archivos estatales conservan abundante documentación y carteas entre Giron, el Duque de Arcos y el arzobispo de Sevilla sobre los Comuneros, que no ha sido suficientemente estudiada.

DOCUMENTOS DE LA GUERRA DE COMUNIDADES Y LA CASA DE ARCOS
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Historia
Investigación: Cuando los marranos de Marchena ayudaron a fundar la comunidad judía de Londres
Published
1 día agoon
6 julio, 2026
Desde 1600 Marchena y Sevilla se llenaron de marranos ricos comerciantes criptojudíos portugueses atraídos por la protección nobiliaria del Conde Duque de Olivares y la gran nobleza española como los Toledo, los Córdoba o el III Duque de Arcos Rodrigo Ponce de León.
Tras la expulsión de 1492, los judíos buscaron Portugal donde no hubo Inquisición hasta 1536. La unión en 1580 de España y Portugal, y la llegada de la Inquisición a Portugal movió a muchos a volver a España. En 1602 los marranos, -de marrar, equivocarse-ofrecieron a Felipe III 1.8 millones de ducados a cambio de entrar en España buscando comerciar con América desde Sevilla.
La calle Sierpes era entonces la calle de los Portugueses, participando en la fundación de la cofradía de mareantes de la ciudad y se establecieron en México desde donde enviaban productos de Filipinas a España y comerciaban por toda América.
Inquisición de la ciudad de México donde fue juzgada la familia báez de Sevilla.
APELLIDOS MARRANOS DE MARCHENA
El III Duque de Arcos Rodrigo Ponce de León Toledo, cuya madre María de Toledo venía de un linaje de conversos toledano, se casó con Ana Francisca de Aragón y Córdoba, hermana del VI Duque de Segorbe del linaje de los Fernández de Córdoba dueños de todo el sur de la provincia de Córdoba, Lucena, Dos Hermanas y Alcaudete en Jaén.
El Conde Duque de Olivares.
Uno de los condenados por judaizante en el proceso del tribunal de Cuenca en 1654 -la mayoría importantes comerciantes criptojudíos portugueses relacionados con la corte madrileña del Conde Duque de Olivares- fue Juan Fernández Martos, vecino de Marchena, que antes de que le llegara la condena huyó y fue quemada su estatua en memoria.
Familiar del anterior, otro cripto judío de Marchena, Antonio Fernández Martos hacía negocios –le mandó a México seis cajones de canela- en 1642 con otro grupo de los marranos de Sevilla, del poderoso Simón Báez Sevilla, entonces encarcelado por la Inquisición en México y procesado junto a 200 miembros de su familia en el mayor proceso de la época.
Palacio de la Inquisición de México.
LOS RODRIGUEZ ARIAS
El vecino de Marchena Diego Rodriguez Arias, hijo de Antonio Rodríguez Arias y Blanca Enríquez fue procesado en Tenerife en 1653 que pudo ser “sacristán” de la sinagoga de Rotterdam y escapó a Londres para volverse judío donde se puso el nombre de Abraham Rodríguez Arias y donde murió en 1676 en el Beth Holim, luego hospital judío fundado por españoles y portugueses.
Antes en 1646 hacia negocios en México. Comerciaba con Canarias, Lisboa e Inglaterra y estableció contactos con Cromwell para permitir la vuelta de los judíos a Londres. Era pues hijo del último rabino conocido de Sevilla, Antonio Rodriguez Arias y ambos fueron procesados también por la Inquisición en México.
Plaza Ducal de Marchena.
MARRANOS EN MARCHENA, JUDIOS EN LONDRES
«En todo Londres se sabe que son judíos muy conocidos y que han solicitado ante Cromwell y su consejo ser parte para hacer una Sinagoga ofreciéndose para ello a dar 300.000 libras» dice de Diego Rodriguez Arias, el testigo Juan Molina, ante la Inquisición Canaria. Añade que Diego Rodriguez Arias se llevó a su mujer «de Marchena a Londres y allí se establecieron «y la murmuración común es que todos éstos son judíos pero que lo disimulan yendo a «oír misa en casa del embajador de España y luego de que salió de Londres no le han visto más oír misa».
Sinagoga bevis Marcs de Londres.
LOS MOCATTA: RICOS BANQUEROS EN LONDRES
Antonio de Marchena era un cripto judío que había permanecido en España hasta 1660, y que una vez establecido en Amsterdam se vuelve judío y se cambia el nombre por el de Moshé Mocatta, y pasa a Londres en 1670 dando origen a la más antigua y rica familias sefarditas de Londres. Al año de estar en Londres funda una empresa de compra de lingotes de oro en la calle bevis Marks donde luego se funda la primera sinagoga de la ciudad con el mismo nombre. En 1787 la empresa familiar pasó a llamarse Mocatta y Goldsmith y aún existe.
Mocatta fue fundada en 1671 por Moisés Mocatta, que fue corredor para el Banco de Inglaterra y la Compañía de las Indias Orientales en el siglo XVIII. La empresa se convirtió en Mocatta Goldsmid en 1779 y siempre estuvo dirigida por un miembro de la familia Mocatta o Goldsmid hasta 1957 y hoy es la banca global de metales preciosos Scotia Mocatta.
Mocatta y sus descendientes continuarían construyendo lo que se convirtió en uno de los negocios de comercio de metales más grandes del mundo y el miembro más antiguo del mercado de lingotes de Londres. La firma ha participado durante mucho tiempo en la subasta de oro de Londres, donde se establece el precio de referencia del oro en todo el mundo.
LOS MARCHENA DE AMSTERDAM
Cuando Abraham De Marchena, apellido de origen judío sefardí, (1608 – 1657) murió en Amsterdam, su esposa Sarah y sus tres hijos fueron a la isla holandesa de Curazao formando parte de la histórica primera gran emigración de judíos que llegó a Curazao en 1659, formando parte de la fundación de la primera sinagoga americana. El éxodo de esta familia se había iniciado en Sevilla en 1492, habían pasado por Castelo de Vide, Portugal, y de allí a Holanda y Curazao. Desde Curacao los judíos sefarditas se expanden por América y ayudan a fundar la primer sinagoga de Nueva York.
Casa de campo Marchena en Curazao, foto 1955.
Esta familia era dueña de una plantación y mansión rural del tipo esclavista que fue propiedad de Isaac De Marchena, ubicada junto a uno de los cementerios judíos más antiguos del Caribe y América y data de 1659 propiedad de la sinagoga de Curazao. Hasta hoy esta zona se llama Marchena, y la bahía donde se ubica se llamó bahía de Marchena, aunque en los años 50 dejó paso a una refinería y una fábrica de azulejos. Los judíos de Curazao juegan un papel fundamental apoyando el proceso de independencia americana y apoyado económicamente a Simón Bolívar e introduciéndose en Venezuela. La familia Marchena funda una plantación de azúcar en Cuba en el XIX.
LOS FERNANDEZ MARTOS
Rodrigo Ponce de León III Duque de Arcos.
El 17 de Octubre de 1616 el abuelo tambien llamado Juan Fenández Martos «vassallo de su excelencia en ésta villa de Marchena» solicita a Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, licencia para repartirse la renta de una hacienda embargada a Lucas Martín, vecino de Marchena, por impago. «Salió a la ejecución que en sus bienes tenía a deuda Miguel Ortiz de Lucenilla en nombre de la hacienda de su excelencia» que fueron luego embargados.
En 1655 la Inquisición tenía varios frentes abiertos en Marchena. Mientras la Inquisición de Córdoba intervino en Marchena contra varias familias de origen portugués entre ellos los España
En 1656 Antonio y su hijo Juan Fernández Martos marchan a Madrid con su tío Pedro, según informe de la Inquisición.
«De España» un apellido de origen judío en la Marchena del XVII
Juan Fernández Martos era esposo de beatriz Manuel, hija de regidor de Ecija Manuel Díaz Fernández -administrador de los Fernández de Córdoba casado con Leonor de Faro, de un linaje de conversos del Algarve, según el estudio sobre conversos portugueses de Marcos Cañas Pelayo que entre 1644-8 sufren varios procesos por judaizar, en la Inquisición de Córdoba. El padre muere en la cárcel y la hija es torturada, reconciliada y obligada a llevar sambenito.
JUICIO FISCAL EN CÓRDOBA
En 1661 la Inquisición ordena poner al cobro los bienes de Juan Fernández Martos, natural de Marchena, su nieto de 23 años u acido en Ecija, del mismo nombre solicita a la Inquisición de Córdoba levantar el embargo de los bienes de su abuelo declarándose legítimo heredero «que como hijo mayor de Antonio Fernández Martos mi difunto padre me pertenecen».
Exposición la Inquisición en Córdoba.
Por este motivo fue preso en la Inquisición de Córdoba, hasta que no entregara los libros de cuentas de su abuelo. Dijo que tenia el testamento de Gonzalo Cardoso por habérselo entregado su tio Pedro Fernández Martos heredero del dicho Cardoso. Un testigo declara a la Inquisición que por entonces vivía en Marchena con su tÍo Pedro.
LOS CARDOSO
El 1 de Agosto de 1586 Diego Cardoso, el «viejo», paga a Rodrigo Ponce de León Toledo, III duque de Arcos, rentas por una tenería y una zapatería en Marchena. Cardoso apellido marrano portugués más conocido por Yshac Fernando Cardozo escribió «Excelencias de los hebreos» impreso en Amsterdam en 1679, fué médico de los Reyes hasta la caída del Conde Duque de Olivares, cuando volvió a Venecia para recuperar el judaísmo.
Hermandades
La virgen del Carmen de San Sebastián y los marinos de Marchena del XIX
Published
1 día agoon
6 julio, 2026
La Virgen del Carmen es una talla de gran valor artístico firmanda en su pecho por Manuel Gutiérrez Cano, quien también es autor de la Virgen de Las Lágrimas de Jesus Nazareno, hecha en 1860.
Juan Ternero Olmo, fundó la hermandad de la Virgen del Carmen de San Sebastián y su tumba está desde 1866 en una cripta ante el altar de la Virgen, junto a la de su mujer, hijos y otros descendientes.
Era dueño del cortijo de los Olivos, Porcún, Fuente Mora, El Donadío, Platosa, Platosilla, La Coronerla, Palmarete, La Torre, Coronela, Trujeta, Huerta de Santa Clara, Dehesa de las Yeguas. Es decir, el mayor propietario de Marchena y uno de los mayores de Andalucía.
Levantó la casa palacio de la calle San Pedro, junto al hogar que luego heredaron sus descendientes hasta llegar a Juan Torres. La casa hogar la levantan sus primos, los Ibarra Bejumea.
Su esposa Carmen Banjumea Vecino, muerta en 1873, natural de La Puebla de Cazalla fue llevaba a hombros en su entierro desde su casa en calle Santa Clara y hasta San Sebastián por una multitud de marcheneros que la consideraron como su benefactora, ya que tenía fama de dar todo lo que tenía, que era mucho.
Carmen fue el nombre de la mayoría de las mujeres de la familia propietaria de la imagen pero además es la patrona de los marineros, como Luis Pérez de Vargas Díez de la Cortina, Marqués de Castellón, casado con Maria Gracia Ternero Ibarra (hija de Juan Ternero Benjumea y Carmen Ibarra Benjumea) y enterrado en la cripta bajo la Virgen del Carmen cuya hija y sucesora fue Cayetana Pérez de Vargas Ternero, muerta en 1937. La Virgen del Carmen de San Sebastián luce la mantilla de Cayetana Pérez de Vargas Ternero.
MARINOS DE MARCHENA
Luis Pérez de Vargas, perteneciente a una larga saga de marinos, dio la vuelta al mundo como marino de guerra, estuvo en China, Cuba y Filipinas. Después de casarse en Marchena viajó a Cuba con su esposa, adonde llevó todo su séquito. Murió en Marchena con 40 años después de contraer la epidemia de la fiebre amarilla en sus vajes por el mundo.Los tesoros que traía de los países que visitaba los guardaba en baúles en su casa Palacio, hoy Peña Bética.
Historia
De dónde venía el hielo cuando no se había inventado la electicidad
Published
2 días agoon
5 julio, 2026
El hielo llegaba a Marchena y Sevilla cada noche -especialmente en las épocas de más calor- desde los pozos de nieve propiedad del Duque que existían al menos desde 1629 en la Sierra del Pinar, y San Cristóbal en Grazalema con 1654 metros, dentro del Señorío de Villaluenga máxima altura de la provincia de Cádiz y también de Andalucía occidental.
60 cargas de nieve al año valoradas en 16.000 reales anuales se enviaban al Palacio Ducal de Marchena y el resto se vendía en Morón, Arahal, Olvera, Carmona, Sevilla, Jerez y Cádiz.
«La recogen aquí con parihuelas, que llevan dos hombres, puesta encima una estera. En San Cristóbal en los harapos de las mantas o la cargan al hombro; aquí todo son balsas, que llaman sin embargo pozos. Las hacen en cualquiera parte cerca de las ventiscas, levantando mucho en ellas el montón de nieve que cubren solo con las ramas de pinsapo y tierra encima. Así es que se les derrite mucha cantidad», informa Simón de Rojas Clemente Rubio en 1809.
El hielo se usaba además con fines alimentarios y medicinales, para rebajar la fiebre, como calmante en procesos de congestión cerebral, con el fin de detener hemorragias o como antiinflamatorio.
«Al Duque de Arcos, dueño de la nieve, le vale ésta 20.000 reales anuales (…) habiendo sucedido pagar en un día hasta mil y quinientos jornales» (…) No se permite a los vecinos de Grazalema que recojan nieve para su consumo, por el derecho que cree tener sobre ella el Duque» decía el mismo autor.
En 1629 Alonso de Cabrera, miembro del Consejo y Cámara y General de la Inquisición, dona por privilegio real los cuatro pozos de nieve de Grazalema a Rodrigo Ponce de León a cambio de su ayuda para reclutar soldados para las guerras de Italia y Flandes.
El Rey necesita dinero por lo que pide en 1670 a Francisco de Vargas, corregidor de Ronda, administrador de rentas reales que cobre el «quinto» real de los pozos de nieve del Duque, pero éste se niega, el Rey los embarga y Don Rodrigo comienza un largo pleito con Hacienda alegando que eran de su propiedad y que tenía escrituras donde se le libraba del pago del quinto real.
En los sucesivo los arrendatarios, naturales de Ronda se niegan a pagar tributos al Rey alegando que ya pagaban al Duque 19.200 reales a razón de 3.200 reales anuales.
Los neveros de Benaoján tenían pilas excavadas en la roca en las que se congelaba el agua en años de nieves escasas.
En 1685 Hacienda ordena al Duque a pagar los impuestos desde el año 1629, fecha en que se le concede la merced de los pozos, “por ser notoria traición y fraude a la Real Hacienda”. El total del débito, transcurridos unos 51 años, sumó 163.200 reales.
Se transportaba en serones que se cerraban por arriba, por donde se introducía el hielo envuelto en un aislante térmico compuesto de paja menuda y polvo obtenido de la trilla del cereal, llamado tamo.
Al final del XVIII se produce un nuevo pleito entre la Casa Ducal y los municipios de la Sierra de Villaluenga que habían empezado a explotar los pozos de nieve sin consentimiento del Duque lo que éste consideraba una agresión a su propiedad sobre los mismos.
Durante el invierno y el inicio de la primavera, los neveros acumulaban la nieve y la compactaban con pisones hasta convertirla en hielo. La nieve se cubría con una capa de arbustos, y por último, con una capa de tierra.
Los pozos se cubrían con una cubierta que formaba una cámara de aire que impedía que el calor estuviera en contacto con el hielo.
Fuente: Documentación relativa al pleito mantenido entre el [VI] duque de Arcos, Manuel Ponce de León y la corona sobre el uso de cuatro pozos de nieve ubicados en la Sierra del Pinar y de San Cristóbal, en el término de las llamadas «cuatro villas» situadas en la sierra de Villaluenga del Rosario (Cádiz). Fecha creación: 1678.
Fuente: Simón de Rojas Clemente Rubio – Viaje a Andalucía – Historia natural del Reino de Granada (1804-1809),
Actualidad
Lujo asiático en Marchena: los tesoros de oriente ocultos en las iglesias y conventos de Marchena
Published
4 días agoon
3 julio, 2026
La afluencia sostenida de objetos suntuarios asiáticos hacia Marchena resulta incomprensible sin delinear previamente la infraestructura logística e ideológica que la sustentaba. El Imperio español y la Unión Ibérica establecieron, a partir del tornaviaje de Andrés de Urdaneta en 1565, un puente ininterrumpido a través del Océano Pacífico: el Galeón de Manila. ç
Esta flota anual conectaba el puerto filipino de Cavite con Acapulco en Nueva España, trasladando sedas, porcelanas, especias, lacas y marfiles. Desde allí, las mercancías atravesaban el virreinato mexicano hasta Veracruz para integrarse en la Flota de Indias, cuyo destino final era la Casa de la Contratación en Sevilla (y posteriormente Cádiz). La proximidad geográfica e institucional de Marchena a Sevilla garantizó a la aristocracia local un acceso inmejorable a estos mercados de hiperlujo.
Este fenómeno de acumulación y transculturación fue posible gracias a la convergencia de tres grandes vectores sistémicos: el mecenazgo omnipotente de la Casa Ducal de Arcos, la capilaridad diplomática y espiritual de las misiones religiosas (fundamentalmente jesuíticas y franciscanas), y la fluidez de las rutas comerciales transpacíficas vertebradas en torno al Galeón de Manila.
La Compañía de Jesús y las órdenes mendicantes dependían del músculo financiero y la influencia política de la alta nobleza peninsular para sostener y expandir sus misiones en el Extremo Oriente. Como contrapartida a estas rentas y favores, los misioneros enviaban a sus protectores informes cartográficos, reliquias de mártires y obras de arte devocional ejecutadas con técnicas y estéticas nativas, pero adaptadas a las necesidades litúrgicas europeas.
En el epicentro de este ecosistema de intercambio resplandece la figura de doña María Guadalupe de Láncaster y Cárdenas (1630-1715), VI duquesa de Arcos por su matrimonio con el duque Manuel Ponce de León, y duquesa de Aveiro por derecho propio. Esta aristócrata del Barroco, célebre en las cortes europeas, poseía una vasta formación humanista y dominaba varios idiomas, llegando a atesorar una biblioteca privada que superaba los cuatro mil volúmenes. Su fervor inquebrantable por la empresa evangelizadora le valió el apelativo de «Madre de las Misiones».
Las desconocidas joyas de arte asiático que conservan los conventos desde hace cuatro siglos
La duquesa de Aveiro no se limitó a financiar expediciones; estableció una red de inteligencia y correspondencia directa con la vanguardia misional en Asia, rastreando los progresos en la cristianización de China, las Islas Marianas y las malogradas intentonas en Japón. Gracias a este flujo constante de información y presentes, logró acumular un patrimonio oriental extraordinario, gran parte del cual fue desviado intencionadamente hacia las fundaciones religiosas de la Casa de Arcos en Marchena, destacando el antiguo colegio jesuítico de la Encarnación (actual convento de Santa Isabel) y el convento de las Franciscanas Descalzas.

Marchena, capital ducal y nodo jesuítico
La clave está en entender qué era Marchena en la Edad Moderna. No hablamos de una localidad secundaria, sino de la capital de los estados señoriales de los duques de Arcos, una casa nobiliaria de enorme poder político, económico y simbólico. El Colegio de la Encarnación de la Compañía de Jesús, hoy vinculado al conjunto de Santa Isabel, fue fundado en la década de 1560 por María de Toledo, esposa de Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos, y llegó a convertirse en un centro de enorme peso dentro de la Provincia Bética jesuítica durante los siglos XVI y XVII. Los duques escogieron la iglesia jesuita como lugar de enterramiento y los rectores del colegio actuaron como confesores, maestros y consejeros de la casa ducal.
Ese colegio no era un simple edificio religioso. En 1568, apenas fundado, contaba ya con 300 estudiantes; tenía escuelas gratuitas de primeras letras y una iglesia ricamente decorada con escudos de los Ponce de León, retablos, pinturas, ornamentos preciosos y dádivas de particulares y de la propia casa ducal. Parte del conjunto subsiste hoy como convento de Santa Isabel, aunque la documentación señala que perdió buena parte de su mobiliario original.

Al otro lado de la ciudad patrimonial, San Juan Bautista funcionaba como otro gran depósito de memoria artística. La propia web turística municipal recuerda que la iglesia, de finales del siglo XV, fue declarada Bien de Interés Cultural en 1931, conserva estructura gótico-mudéjar, cinco naves, un gran retablo mayor del primer tercio del XVI y una colección parroquial de nueve lienzos de Zurbarán encargados en 1634 y entregados en 1637.
Marchena estaba, por tanto, en el lugar exacto para recibir objetos extraordinarios: cerca de Sevilla, conectada con la Casa de la Contratación y las rutas americanas; dominada por una nobleza con capacidad de compra, donación y patronazgo; y atravesada por redes religiosas que miraban a Asia, América y Tierra Santa.

La ruta que traía Asia a Andalucía
Para que una pieza japonesa o filipina acabara en una clausura marchenera había que cruzar medio mundo. El Galeón de Manila, también llamado Nao de China, unió durante más de dos siglos Asia, América y Europa. El Museo Naval resume esa ruta como una conexión que, entre 1565 y 1815, enlazó tres continentes a través del Galeón de Manila y la Carrera de Indias. Casa de América recuerda que el tornaviaje de Urdaneta permitió abrir en 1565 el camino de regreso desde Manila a Acapulco, y que la ruta conectó Manila, Acapulco, Veracruz y Sevilla en viajes anuales desde 1571 hasta 1815.
Eso significa que un marfil tallado en Manila podía salir de Filipinas, cruzar el Pacífico hasta Acapulco, atravesar Nueva España por tierra, embarcar en Veracruz y llegar a Sevilla o Cádiz. Desde allí, una casa nobiliaria como la de Arcos podía hacerlo circular hacia sus palacios, conventos, iglesias y fundaciones. Lo mismo ocurría con lacas japonesas, porcelanas, sedas, objetos de nácar, piezas de carey, maderas oscuras, abanicos, relojes, instrumentos científicos, reliquias y cartas de misión.
La duquesa de Aveiro: una mujer mirando a China y Japón
En el centro de esta historia aparece una figura decisiva: María Guadalupe de Lencastre y Cárdenas, VI duquesa de Aveiro, duquesa consorte de Arcos por su matrimonio con Manuel Ponce de León. No fue una aristócrata decorativa. La investigación de Natalia Maillard Álvarez la presenta como una mujer célebre en su tiempo por su cultura extraordinaria y por su apoyo a las misiones católicas.

Los panegíricos escritos tras su muerte en 1715 destacaban precisamente dos aspectos: su respaldo a las misiones, que le valió el apelativo de “madre de las misiones”, y una biblioteca de más de 4.000 volúmenes. Además, la documentación estudiada por Maillard muestra que la duquesa mantuvo una abundante correspondencia con religiosos repartidos por Asia y América, con cartas procedentes de China, Macao, Goa y Nueva España, entre otros lugares.
La propia biblioteca de la duquesa confirma esa mirada global: Japón aparece en 24 entradas y China en 15, con obras sobre mártires japoneses, historia de Tartaria y China, textos jesuíticos y manuscritos relacionados con la misión. No era curiosidad superficial: las matemáticas, la astronomía, la geografía y las lenguas formaban parte de la estrategia misionera, porque los jesuitas sabían que la ciencia era una llave para entrar en las cortes asiáticas.

La lámina china de la Adoración de los Reyes
Uno de los episodios más fascinantes de esta red mundial se conserva en la historia del antiguo sagrario del retablo de San Ignacio, hoy en la sacristía de la parroquia de San Juan. La publicación patrimonial dedicada al Colegio de la Encarnación recoge que la duquesa de Aveiro entregó una lámina de cobre con la Adoración de los Reyes, regalo que el emperador de China habría hecho al padre Antonio Tomás, misionero jesuita, y que este remitió a la duquesa.
La pieza no llegó como simple objeto decorativo. Según esa misma publicación, la duquesa quiso que se conservase en el colegio jesuítico y costeó la transformación del sagrario: se hizo una puerta con un pelícano en la parte superior, la lámina en el centro protegida por cristal y, abajo, un cordero con los siete sellos. En otro pasaje del mismo estudio, al hablar de los grandes benefactores de Santa Isabel, se dice que Guadalupe de Láncaster entregó seis mil ducados al colegio y numerosos bienes, entre ellos la lámina de cobre de la Adoración de los Reyes, una imagen de la Concepción, el retrato de San Ignacio, el bonete de San Francisco Javier y reliquias de los mártires del Japón.
Aquí conviene una precisión de rigor: la publicación maneja la fecha de 1713 en el resumen de donaciones y aparece también 1717 en el desarrollo del relato. Para un texto periodístico prudente, lo más exacto es decir que la entrega está documentada en los primeros años del siglo XVIII, con mención expresa a 1713/1717 según el propio estudio.
La presencia del padre Antonio Tomás no es anecdótica. La investigación sobre la duquesa de Aveiro confirma que Antoine Thomas, jesuita belga, fue uno de sus grandes corresponsales desde Asia, con quince cartas localizadas, y que su formación matemática y astronómica fue esencial para la misión china. La misma investigación recuerda que los objetos científicos, como relojes y telescopios, eran fundamentales para ganar prestigio ante las élites chinas.
Así, la pequeña lámina de San Juan no habla solo de la Epifanía. Habla de Pekín, de la corte Qing, de jesuitas astrónomos, de una duquesa que leía cartas de Asia en Madrid y de una Marchena que recibía los restos materiales de aquella diplomacia sagrada.
Las arcas namban de Santa Isabel: Japón en una clausura andaluza
El rastro japonés aparece asociado a las arcas namban conservadas o documentadas en el entorno de Santa Isabel. El arte namban nació del contacto entre Japón y los portugueses y españoles en los siglos XVI y XVII. El propio catálogo CERES del Ministerio de Cultura registra piezas namban como arcas de madera, nácar, bronce, pigmento dorado y laca negra, fechadas en torno a 1580-1600.
Estas piezas eran objetos de lujo fabricados para una clientela europea fascinada por la técnica japonesa. La laca urushi ofrecía un negro profundo, casi líquido, sobre el que se aplicaban decoraciones doradas y plateadas mediante makie, mientras el nácar incrustado, raden, producía destellos irisados. En el contexto de una iglesia o convento iluminado por velas, una arqueta de ese tipo no era un simple cofre: era una pequeña noche brillante, un objeto donde el lujo oriental se convertía en envoltorio de reliquias, documentos y memoria misionera.
La pieza marchenera se inscribe en esa sensibilidad: una arqueta de laca, nácar y decoración geométrica o vegetal, relacionada con los circuitos jesuíticos y con la devoción a los mártires de Japón, según el documento base y la línea de investigación local aportada.
Marfiles filipinos: los sangleyes y la fe tallada en colmillo
La tercera gran familia de objetos nos lleva a Manila. Los marfiles hispano-filipinos fueron una de las producciones devocionales más características del comercio transpacífico. La investigación de Zhou Meng sobre las fuentes chinas del marfil hispano-filipino explica que estas piezas fueron realizadas por artesanos chinos en Manila, por encargo de españoles durante el dominio hispánico de Filipinas. A estos artesanos se les conocía como sangleyes, y muchas obras muestran rasgos anatómicos chinos.
La importancia de estos marfiles está en su mestizaje. Los frailes y clientes españoles pedían Cristos, Vírgenes, Niños Jesús o santos conforme a la iconografía católica, pero quienes los tallaban procedían de una tradición visual asiática. Por eso, en muchas piezas aparecen rostros serenos, ojos almendrados, pliegues pesados, cabellos tratados con otra sensibilidad y cuerpos adaptados a la curvatura natural del colmillo.
El documento base sitúa en Marchena una serie de marfiles y piezas de filiación filipina en conventos como San Andrés, Santa María y la Concepción. Esa ubicación encaja con el papel de las clausuras como espacios de recepción de bienes de prestigio. San Andrés, por ejemplo, fue una antigua ermita mudéjar fundada en 1537 y transformada en convento de mercedarias descalzas en 1637 gracias al patronazgo de Rodrigo Ponce de León, IV duque de Arcos.
Santa María o la Purísima Concepción, por su parte, fue fundada el 4 de marzo de 1624 por Rodrigo Ponce de León, IV duque de Arcos, y Ana de Aragón y Sandoval, dentro del recinto de lo que fue el palacio ducal. La propia comunidad de Clarisas conserva memoria de su patrimonio artístico, con grabados, miniaturas, relicarios y trabajos de taracea de madera y nácar, algunos vinculados a la colección personal de Guadalupe de Láncaster y Cárdenas.
Actualidad
El año en que el pan se comió el jornal: trigo, hambre y miedo en una villa sin cosecha
Published
1 semana agoon
27 junio, 2026
En 1804 Marchena no pasó hambre de golpe. El hambre fue entrando despacio, como una humedad mala por debajo de las puertas. Venía de lejos: de los gastos extraordinarios provocados por la fiebre amarilla de 1800, de la ayuda que la propia villa había enviado a Sevilla —600 fanegas de trigo y 10.000 reales—, de las malas cosechas de 1803 y de una economía local sostenida sobre el cereal, el jornal y la obediencia a un orden señorial que empezaba a mostrar sus costuras.
España vivía bajo el reinado de Carlos IV, con Manuel Godoy como figura política dominante, en una monarquía cada vez más atrapada entre la Francia napoleónica y Gran Bretaña. El país no estaba todavía en la Guerra de la Independencia —faltaban cuatro años para 1808—, pero ya caminaba por un suelo agrietado: deuda, presión fiscal, malas cosechas, epidemias, comercio alterado y un sistema municipal obligado a apagar incendios con cubos vacíos.
La crisis de subsistencias de 1803-1805 fue una de las más duras de la España de comienzos del siglo XIX. Los estudios sobre los precios del cereal señalan que la carestía de 1803/1804 y 1804/1805 partió de una situación previa ya muy tensionada: el trigo llevaba años encareciéndose, y la subida alcanzó niveles excepcionales. La Real Academia de la Historia ha destacado que la crisis de 1803-1805 fue un fenómeno muy marcado en España, sin equivalentes tan intensos en otros territorios europeos en esos mismos años.
A esa crisis agrícola se sumó otro enemigo: la fiebre amarilla. Andalucía había sufrido el gran golpe epidémico de 1800, con especial incidencia en Cádiz y Sevilla, y los brotes volvieron en los años siguientes. Los estudios sobre la fiebre amarilla en Andalucía indican que en 1804 hubo un nuevo brote, más virulento que el anterior, coincidiendo además con una crisis agrícola de gran calado.
El dato más duro cabe en una hogaza. La fanega de trigo llegó a dispararse hasta los 240 reales y una hogaza de pan de dos libras —menos de un kilo— superó los cuatro reales, una cantidad equivalente al jornal diario de un bracero. Es decir: un trabajador podía gastar todo lo ganado en un solo pan. No en carne, no en aceite, no en vino, no en lumbre. En pan.
La cosecha que no llegó
El Cabildo vio venir el desastre en mayo. El día 7, el diputado del común don Andrés Echenique y el síndico personero promovieron un expediente para asegurar trigo destinado al abasto público. Las medidas fueron tajantes: se prohibió a cosecheros y dueños de grano sacar trigo de la población o venderlo a forasteros; se les obligó a declarar sus existencias en el plazo de dos días; y se autorizó el reconocimiento de casas y graneros cuando hubiese sospecha de ocultación o fraude.
El trigo debía ir al pan diario de los vecinos, no al negocio de quienes pudieran vender más caro fuera. El Ayuntamiento quiso convertir el término municipal en una despensa vigilada.
El 29 de mayo la decisión se endureció aún más: el Ayuntamiento acordó comunicar al Real y Supremo Consejo de Castilla que intervendría y retendría todo el trigo recolectado en la cosecha, vendiéndolo a precio corriente exclusivamente para el pan del pueblo. Los forasteros quedaban fuera del comercio local del grano.
Aquello no era solo economía. Era orden público. Cuando falta el pan, la calle cambia de sonido. Ya no suenan igual las campanas, ni los carros, ni las voces en la plaza. El hambre convierte cualquier esquina en una pregunta: quién tiene trigo, quién lo esconde, quién lo vende, quién lo protege.
Jornaleros sin jornal
La crisis golpeó primero a los más frágiles: los jornaleros. Las lluvias intensas habían dejado sin trabajo a muchos pobres, y el Ayuntamiento tuvo que recurrir a obras públicas y a limosnas de vecinos pudientes para socorrerlos.
Esta es una de las claves del reportaje: no hablamos solo de una subida de precios, sino de una sociedad en la que miles de personas dependían de trabajar cada día para comer ese mismo día. Sin cosecha no había jornal; sin jornal no había pan; sin pan, la autoridad temía el desorden.
Por eso el hambre de 1804 no puede contarse como una simple “crisis agrícola”. Fue una crisis total: de producción, de abastecimiento, de crédito, de beneficencia, de poder municipal y de confianza.
La Junta de Abastos: mandar sobre el trigo
El 4 de junio se creó una Junta de Abastos para hacer frente a la continua escasez de granos. Participaron el asistente don Agustín Barrera, los alcaldes ordinarios don Juan Manuel Montiel y don Antonio Leguey, el síndico personero don Diego Villalón, y los diputados del común don Andrés Echenique y don Manuel Sáenz de Tejada.
Su primera preocupación fue el Pósito, institución fundamental en épocas de escasez. El Pósito debía servir para prestar grano a los labradores y estabilizar el abastecimiento, pero en 1804 estaba prácticamente sin recursos. El Ayuntamiento pidió que se suspendiera la cobranza de deudas a los labradores, porque la ruina hacía imposible exigir pagos ese año.
Aquí aparece una paradoja amarga: Marchena había prestado antes dinero y trigo a instancias superiores, pero cuando necesitó ayuda, aquello no volvió. El Ayuntamiento reclamó cantidades que, según la documentación, sumaban 351.984 reales y 19 maravedíes en reintegros pendientes. Si ese dinero hubiese regresado, el Pósito habría podido comprar trigo al contado, que era la única forma eficaz de acopiar grano en tiempos de escasez.
El Consejo de Castilla reconoció esas cantidades, pero no las devolvió. Lo que sí concedió fue suspender por ese año los apremios contra los labradores deudores del Pósito. Fue alivio, pero no solución.
La “paternal benignidad” del duque
En julio apareció una esperanza con sello nobiliario. El duque de Osuna y Arcos, don Pedro de Alcántara Téllez Girón y Pacheco, escribió desde Madrid mostrando su preocupación por la escasez de granos en la provincia de Sevilla. Planteó traer trigo del extranjero al puerto más inmediato para surtir de pan a sus pueblos a precios más equitativos.
Pero la esperanza duró poco. El propio duque reconoció después que la cantidad necesaria para atender a todos los pueblos de sus estados era “portentosa” y que su valor ascendía a muchos millones de reales, una suma que no podían afrontar sus finanzas ni las de ningún particular. Recomendó entonces que los ayuntamientos formasen fondos locales y juntas de beneficencia para comprar granos.
Dicho en claro: el señor jurisdiccional mostraba compasión, pero quería cobrar. El Ayuntamiento respondió que sus propios apenas alcanzaban para pagar salarios, que el Pósito no tenía dinero ni trigo suficiente y que solo quedaba acudir a los vecinos pudientes para formar un fondo de entre 150.000 y 200.000 reales.
Los ricos abren la bolsa
El 11 de agosto comenzó a funcionar la Junta de Beneficencia. Se reunieron el asistente, los alcaldes, el vicario don Joseph Guerrero de Ahumada, don Sebastián de Morales y Palma, don Joseph Antonio Díez de la Cortina, don Manuel Diosdado, don Diego Vergara, don Joseph Antonio Montiel y don Andrés Uruñuela. Todos se ofrecieron a constituir un fondo para comprar trigo destinado al pan del vecindario.
Las aportaciones fueron importantes: el vicario dio 15.000 reales; Sebastián de Morales y Palma, otros 15.000; Díez de la Cortina, 22.000; Manuel Diosdado, 22.000; Diego Vergara, 2.000; Joseph Antonio Montiel, 15.000; Andrés de Uruñuela, 5.000; y Antonio Leguey, en nombre de Miguel Ponze Navarro, 15.000. El asistente ofreció incluso alhajas de plata de su propiedad. En total, se reunieron 111.000 reales.
El 20 de agosto se mandó pregonar que cualquier vecino o forastero que quisiera vender trigo a precio corriente acudiera a don Sebastián de Morales y Palma, nombrado depositario del fondo. El hambre empezaba a tener contabilidad, nombres propios y recibos.
La compra del trigo ducal
La negociación con la Casa Ducal fue un tira y afloja. Finalmente, el asistente y don Joseph Antonio alcanzaron un acuerdo con el apoderado ducal: se compró una primera partida de 1.300 fanegas de trigo para entrega inmediata y otra de 1.200 fanegas que debía llegar a Marchena entre quince y veinte días después. Para pagar, se comisionó a don Juan Ternero, que debía trasladar a Sevilla 90.000 reales con la custodia correspondiente.
Pero en noviembre todo volvió a complicarse. Se solicitaron 2.000 fanegas más, aunque la Junta de Beneficencia ya había agotado sus fondos. El duque quería cobrar, y el Ayuntamiento tuvo que recurrir a un doloroso repartimiento entre los vecinos contribuyentes.
La escena resume bien el drama: el pueblo necesitaba pan; el Ayuntamiento necesitaba trigo; el duque exigía pago; los pudientes prestaban dinero; los pobres esperaban. En medio, el Cabildo hacía de equilibrista sobre una cuerda de harina.
Los horneros protestan
La crisis llegó también a quienes trabajaban el pan. El 13 de diciembre de 1804 protestaron los horneros y atahoneros de la villa: Felipe Rodríguez, Juan de Atoche, Juan de Herrera, Francisco García, Jerónimo Poleo, Manuel García “El Pelao” y Juan Lebrón. Se quejaban de que el Cabildo les permitía cobrar solo una hogaza de dos libras por cada fanega de pan cocido, cuando antes recibían dos. Alegaban que así no cubrían los gastos de cocción.
El Ayuntamiento no cedió. Ordenó que los molineros continuaran con sus maquilas, que los horneros cobrasen una sola hogaza por fanega de trigo y que los panaderos no pudieran vender la hogaza de pan común por encima de 28 cuartos. Quien incumpliera sería castigado con cuatro ducados de multa y ocho días de cárcel. Los edictos debían fijarse en lugares concurridos, como los Cantillos de San Pedro y las puertas de las carnicerías.
Ahí está el pulso más humano del reportaje. Los horneros no eran grandes especuladores; también peleaban por sobrevivir. Pero el Ayuntamiento sabía que, si el precio del pan seguía subiendo, la villa podía arder sin necesidad de pólvora.
Madrid, Sevilla y Marchena
Mientras Marchena luchaba por su pan, las autoridades superiores tenían otras prioridades. El Supremo Consejo de Castilla facilitaba el abastecimiento de la Corte, y desde Sevilla se ordenaba no impedir a los trajinantes comprar trigo para la capital, que también sufría escasez. Además, en septiembre de 1804 se comunicó la obtención de un salvoconducto del Gabinete inglés para evitar la detención de barcos que venían del extranjero cargados de grano hacia España.
El eco de 1805
La hambruna no terminó con el año. En enero de 1805, el Cabildo seguía preocupado por los jornaleros y sus familias, que mendigaban por el pueblo y amenazaban con desórdenes empujados por el hambre. Se acordó formar una lista de jornaleros y repartirlos entre labradores, pegujaleros y arrendadores de tierras, obligando a cada propietario a mantener cierto número de trabajadores con siete reales secos o con tres libras de pan y tres reales.
Durante los primeros meses de 1805, el trigo comprado, requisado a ocultadores o adquirido al duque fue almacenado en el Pósito y en la Cilla eclesiástica. Desde allí se despachaba diariamente a los atahoneros al precio de 160 reales la fanega. La intervención municipal consiguió rebajar la tensión, y en mayo de 1805 se consideró que la abundancia de trigo permitía disolver la Junta de Beneficencia.
Pero el daño ya estaba hecho. La Marchena de 1804 había aprendido que el pan podía convertirse en frontera: entre quien tenía y quien no, entre el vecino y el forastero, entre la caridad y el negocio, entre el poder señorial y la necesidad popular.
Saber más
Fuente principal: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833. Tomo I, especialmente el capítulo “La hambruna. Marchena, año 1804” y los apartados relacionados con la crisis de abastecimiento de 1805.
Historia
El Bosque, la pequeña Marchena fundada por los Duques de Arcos en la sierra gaditana
Published
2 semanas agoon
25 junio, 2026
La villa de El Bosque fue una donación hecha por los Reyes Católicos a D. Rodrigo Ponce de León, firmado en Jaén a 11 de noviembre de 1490.

“Acatando los muchos e buenos y leales y señalados servicios” de D. Rodrigo “y para siempre jamás”, se le hace “donación de Villaluenga, Ubrique, Benaocaz, y Grazalema, con sus fortalezas y alquerías y vasallos y vecinos y moradores de ella”.
En 1501, tras el levantamiento de Sierra Bermeja, sometidos los moriscos de la zona doña Beatriz de Pacheco, viuda del Duque encargó a Juan de Ayllón poblar la serranía con 317 vecinos de Marchena, Arcos, Bornos, Villamartín, Espera, atraídos especialmente por el reparto de tierras.
Uno de los duques levantó un palacio como lugar de descanso y cacería en el “Palacio del bosque de Benamahoma”, donde está ahora El Bosque. Requería un gran número de criados, ojeadores para montería. Ante la imposibilidad de que todos estuvieran viviendo en el Palacio, fueron edificándose diversas casas en sus alrededores por los criados de los duques al que llamaron Marchenilla, derivado de Marchena.
El oratorio de palacio resultaba insuficiente para recoger todos los vecinos, estos levantaron una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Este primer intento de poblamiento recibiera el nombre de Santa María de Guadalupe.
Durante siglos todos sus vecinos, desde el alcalde corregidor hasta el más modesto palafrenero, –dependían muy directamente de la jurisdicción del Duque.
Poco a poco los duques de Arcos, dejaron de realizar estancias periódicas en ella. Entonces el palacio serrano de El Bosque dejó de ser la “Marchena pequeña” y recibió el nombre de El Bosque o La puebla de Santa María de Guadalupe nombre que también perdió por coincidir con El Algar fundado por D. Domingo López de Carvajal.
En la Real Orden de 1815, por la que Su Majestad el Rey concede al pueblo la categoría de villa, emplea el término de “El Bosque”. Y, por el contrario, en los libros parroquiales de este mismo año prosigue, quizás por inercia o costumbre, el de “Marchenilla”. Sin embargo, hacia mediados de siglo, en 1851, se simultanea en las actas matrimoniales, bautizos o defunciones: “villa de Marchenilla o Bosque”.
En este pueblo se educó Fray Diego José de Cádiz, hijo del administrador del duque de Arcos. En El Bosque, recibió las primeras letras y luego se convirtió en gran misionero de las tierras de Andalucía.
El Bosque fue el primer pueblo de la Sierra que se enfrentó a Napoleón. Prepararon una emboscada a algunos franceses rezagados causándole ocho muertos y tres heridos.
Esto encolerizó al general francés Víctor que ordenó a una división de ocupación –Marasín o Latour Maubourg–, que asolasen y quemasen inmediatamente a El Bosque y Prado del Rey. “habiendo tenido que sufrir varios saqueos y un incendio que arruinó gran parte de sus edificios”. Sus vecinos, antes de capitular, prefirieron “ver quemados sus hogares y andar errantes por los montes» antes que entregarse al enemigo.
QUE HACER EN EL BOSQUE
SENDERISMO El río de El Bosque es uno de los principales atractivos turísticos de la Sierra de Grazalema, durante los fines de semanas se llena de amantes del senderismo que disfrutan de sus maravillosos paisajes. La ruta conecta El Bosque con Benamahoma y tiene un recorrido de 4,3 km. Desde el pico Albarracín podéis ver El Bosque y diferentes pueblos colindantes.
Uno de los lugares donde poder apreciar la toda la Sierra de Grazalema y disfrutar de las puestas de sol. En El Bosque y en la Sierra de Cádiz puedes disfrutar del paintball en unos escenarios naturales. Una forma de descargar adrenalina y pasar un grandes ratos de risas. El campo de juego se encuentra en plena Sierra de Grazalema y proporcionan todo el material necesario (marcadoras, protecciones, ropa…). En El Bosque se encuentra el Centro de Interpretación del Queso de la Quesería El Bosqueño, empresa con numerosos premios internacionales y nacionales por sus quesos de cabra payoya y oveja merina grazalemeña.
El Jardín Botánico de El Castillejo representa la flora más autóctona de la Sierra de Cádiz y Serranía de Ronda. Un lugar que no puede faltar en tu visita a El Bosque. Forma parte de la Red de Jardines Botánicos en Espacios Naturales Protegidos de Andalucía. La entrada es gratuita y ofrece un servicio de visitas guiadas gratuitas para los grupos que lo soliciten.
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