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Historia

Cuando los moriscos se hicieron pasar por gitanos

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Tras la guerra de la Alpujarra los moriscos fueron repartidos por toda España y el morisco, convertido en un desarraigado en continuo movimiento, lo que facilitó su contacto con los gitanos.

Los alarifes locales de Marchena hasta el XVII eran moriscos o mudéjares. Se conserva documentación relativa a la gestión que tramitó el [III] duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, al decretarse la expulsión de los moriscos, eximiendo a los esclavos que tenía en Marchena (Sevilla) y a aquellos casados con cristianos viejos.

El resultado fue la declaración, por parte del juez de la Comisión de la Expulsión de los Moriscos, Alejo de Marimón, de no encontrarse incluidos los dichos esclavos, ni sus mujeres, ni sus hijos y nietos, expresando los nombres y apellidos de los mismos, documento fechado en Sevilla a 13 de diciembre de 1611.

Quienes eran los mejores gitanos flamencos de la Plaza Arriba

LOS MORISCOS SE HACÍAN PASAR POR GITANOS

Todos los tópicos que pesaban sobre los gitanos hasta hace poco, la vagancia, la vida errante, la falta de amor por el trabajo, aparecen ya en el XVI referidos a gitanos y moriscos en un texto de Aznar Cardona de 1612. Los moriscos son «muy amigos de burlerías, de bailes, danzas, solaces y cantarcillos» (…) Vanagloriábanse de bailones, del canto y de corredores de toros».  

El Arzobispo de Granada escribe un texto en el rey en 1533  advierte que «andan muchos gitanos con los moriscos y les enseñan cosas de hechicería y adivinaciones y supersticiones». 

Los gitanos viven en Marchena al menos desde el XVI y trabajaron tradicionalmente como herreros

Como los gitanos, los moriscos buscaban vivir en los lugares rurales o montañosos, donde no pudieran ser reconocidos, pudiendo además desempeñar actividades como el de herrador, arriero y hornero, prohibidas teóricamente pero consentidas en la práctica.

Según Manuel Martínez en su texto Moriscos y Gitanos, los moriscos se hacían pasar por gitanos, para escapar de la expulsión de 1609, al tener numerosas similitudes, no solo en el color de la piel, lo que hacía que se confundieran a ojos del castellano. En este tiempo el morisco había pasado a ser la minoría peor consideraba, convertida en «Bajo proletariado urbano, simple jornalero o colono, explotado por el castellano». Los castellanos se aprovechaban cuanto podían de la situación «coaccionando a los campesinos pobres, deteriorando cada vez más la situación económica y social del campesinado morisco».

El libro «Tradición oral en Marchena» sobre el romancero local se presenta hoy

El principal elemento de contacto entre moriscos y gitanos fue la música destaca Aznar Cardona. 

En el XVII los moriscos habían sido autorizados para bailar y cantar en la procesión del Corpus de ciudades y pueblos, sustituidos luego por gitanos, durante el  acoso a los moriscos de 1609. Los gitanos tocaban instrumentos moriscos en varias fiestas.  

En el Memorial de Francisco Núñez Muley elaborado tras la orden que Felipe II da en 1576 se dice que los gitanos vestían a la turquesa, hablaban Arábigo y turco. La primera noticia de los gitanos en Andalucía, en Jaén, los gitanos se hacen llamar condes de Egipto menor y les hacen fiestas para recibirlos. 

En distintos documentos se menciona la existencia de egipcios entre los moriscos, que en realidad eran gitanos.

Influencias mutuas entre moriscos y gitanos dieron forma a la música andalusí y el flamenco

En 1610 los gitanos procedían de territorios ocupados por los turcos. Margarita Torrejón explica que vestían con ropa de origen balcánico, algunos llevan turbante

Podemos encontrar palabras iguales como jamar, -comer- que se dice igual en árabe que en caló. La palabra  quinqui, que viene de quincallero, es de raiz árabe. Incluso los estudiosos de la lengua gitana encuentran grandes problemas a la hora de diferenciar las palabras propias del caló y las moriscas. 

Al año de decretarse la expulsión, 1610 muchas autoridades de todo el país, también Marchena, advierten de que los moriscos estaban volviendo, amparados por la población y por las propias justicias de los pueblos. La población los ocultaba y escondía pese a que estaba prohibido por el Rey.

En Marchena también volvían los moriscos, hasta el punto que el Ayuntamiento puso a un funcionario a controlar los moriscos que volvían.  

Pedro de Arriola, encargado de la expulsión de los moriscos andaluces, denuncia que una vez expulsados, los moriscos «se van volviendo de Berbería en navíos de franceses que los echan en esta costa, de donde se van entrando tierra adentro y ha habido que los más de ellos no vuelven a las suyas por temor de ser conocidos. Tengo presos 5 que se han atrevido a venir a esta ciudad y estos me dicen que se van volviendo todos». «Se sabe que vuelven cada día muchos y que la justicia lo disimulan». 

Orden para la prisión de gitanos en el XVIII.

LA MUSICA RELIGIOSA ANDALUSI

Marchena tuvo una importante escuela sufí, con Shams de Marchena, maestra de Ibn Arabí y Abdul Majid que enseñaba en la mezquita de Marchena, -probablemente ubicada en la iglesia de Santa María-. 

La presencia de Shams de Marchena y Fatimah de Córdoba como maestras de vida y experiencias del joven Ibn Arabi de Murcia, cuyos conocimientos sientan la base de lo que después escribe en su obra «Los engarces de la sabiduría» como la fortaleza de la mujer para la completa espiritualidad; o lo que también se ha dado a llamar el valor especial del principio femenino.

La Banda Morisca le dedicó el año pasado todo un disco a Shams de Marchena y la mujer andalusí con el nombre de Gitana Mora cuya letra dice «Gitana tu eres mora, mora de la morería». La morería eran los arrabales, o barrios de moriscos tras la conquista cristiana que en Marchena se ubicaban junto a la muralla en la zona del Arco de la Rosa, Plaza Vieja y Almona, (calle La  Mona) y zona de Las Torres.

La banda morisca le ha dedicado un disco a la Mujer sufí en Al Andalus. 

 La música andalusí, que incluía la tradición sufí se transmitió oralmente hasta 1610 -cuando fueron expulsados los moriscos- al norte de Africa en forma de nubas. Aún sigue viva en todo el Magreb a día de hoy en un rico repertorio que se transmite desde hace más de 12 siglos y aún perviven más de 1200 piezas en Marruecos, 900 en Argelia y 350 en Túnez.

Aljibe de agua bajo la torre de Santa María.  

Ibn Jaldun (Túnez, 1332) dice que a su llegada a Granada (1362)el zéjel era el género poético que más se escuchaba en la ciudad, relacionado con el sufismo se enseñaba en las madrazas hasta el siglo XIV.

Y es que una buena parte de la música andalusí no cortesana  venía de los cantos religiosos. Dentro del sufismo, la música y la danza tienen la función de llevar al trance a quienes la bailan.

La Escuela de Pechina dejó su impronta en el Reino Nazarí de Granada (Granada, Almería y Málaga.

Los excesos fueron criticados por Ibn ‘Arabi que consideraba que estas prácticas cofrades con éxtasis públicos, palabras, gritos y movimientos, no habituales, se alejaban de la auténtica espiritualidad sufí. Mientras reinaba la ortodoxia religiosa, había otra corriente  donde el vino, el libertinaje y el hachís eran una realidad.

Aziz Balouch escribe en su obra «Cante Jondo. Su origen y evolución. 1955» que «el cante grande» jondo como seguiriyas, soleares, cañas, polos, etc., está completamente identificado con las música folclórica Sufi, qawwalí, propias de su país, Pakistán.

La llegada del Islam abrió rutas comerciales y culturales desde la India a Andalucía, pasando por Persia, Egipto y Siria. 

El pakistaní, Aziz Balouch vino a España buscando referencias sobre el sufismo en los años 30 y cantó flamenco en la compañia de Pepe Marchena que lo llamaba Marchenita. Desde entonces se tiene la teoría que los melismas de las voces laínas del flamenco tienen que ver más con la tradición árabe, mientras que las voces negras son gitanas. 

Finalmente trabajó para la embajada de Paquistán en España. Según la teoría de Aziz Baluch el músico Ziryab sirvió de puente entre oriente y occidente trayendo elementos musicales a Córdoba desde su región natal de Sindh.

lbn Jaldún muerto en 1406 escribe qué Ziryab legó a los andaluces un repertorio de canciones que continuaron transmitiéndose después de la caída de Sevilla, por el norte de África, Túnez y Marruecos.

«Después de más de veinte años de investigaciones sobre el origen y raíz del Cante Jondo andaluz, he llegado a la conclusión de que éste, especialmente en sus modalidades “soleares”, “seguiriyas”, “serranas”, “fandanguillos”, “martinetes”, “cañas”, “polos” y otros más, tienen auténtica afinidad con el cante folklórico Indo-Pakistaní”.

Aljibe almohade en la finca de El parque.

ZIRYAB Y LA MUSICA CORTESANA

En el año 822 llegado a Córdoba procedente de Bagdad el músico Ziryab, -el mirlo, por su canto agudo y su piel morena- magnífico conocedor del repertorio de la tradición de la música clásica árabe y el discípulo aventajado del maestro Isaac Al-Mawsilí máximo exponente de la escuela Siria.

Ziryab fue el creador del estilo de la Nuba que propagó por Al-Andalus y Magreb.  

Según Ibn Jaldún cada noche un djin -genio- inspiraba a Ziryab  de forma que pudo componer miles de canciones y su fama ensombreció la vida y obra de los demás cantores y músicos de su tiempo. Tras su muerte floreció el comercio de esclavos cantores y cantoras que además eran instruidos en otras disciplinas como la medicina o las matemáticas y los reinos de taifas rivalizaban por tener los mejores músicos.

Monumento a Ziryab en Córdoba.

Ziryab dio las indicaciones para la ejecución del concierto de swat y la Nuba, tal como lo había aprendido en la corte de Bagdad. Tuvo ocho hijos que le ayudaron en su tarea como maestro en la Escuela de música que fundó en Córdoba y qué más tarde continuarían transmitieron la tradición a Sevilla, Valencia, Granada y otras ciudades.

 Ziryab fijó el tiempo de ejecución de una Nuba teniendo en cuenta el estado de ánimo que transmite y su relación con uno de los cuatro humores, que en la antigua medicina representaban los cuatro temperamentos del ser humano. También era tradición que se cantaran letras de los mejores poetas del momento. 

Su música era creación propia, letra y música, en su propio estilo y con su propio método. Así lo afirma Ibn Hazam de Córdoba en «El collar de la paloma» escrito en Játiva en el año 1026. También dijo que fue Aslam el autor del libro de las canciones del Ziryab.

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Arte

La custodia de Marchena, una joya de 2,5 millones de maravedíes (de 1586)

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La Custodia de Marchena es la obra maestra del platero cordobés Francisco  de Alfaro (1548-1610) hecha entre 1575 y 1580 , una de las principales obras de la platería española.
A lo largo de su carrera, Francisco de Alfaro trabajó principalmente en Sevilla, donde estableció su taller y desarrolló su arte influenciado por las innovaciones intelectuales y estéticas de su tiempo. Además de sus obras maestras, también se destacó por su habilidad en la platería religiosa, creando piezas de gran valor artístico y litúrgico.
Francisco de Alfaro aprendió el oficio de platero principalmente de su tío, Cristóbal de Rojas y Sandoval. Esta relación familiar fue crucial para su desarrollo profesional y su establecimiento en el mundo de la platería. Cristóbal de Rojas y Sandoval, al principio de la carrera de Francisco, le brindó el apoyo y las conexiones necesarias, lo cual también facilitó su posterior vinculación con la familia noble de los Sandoval y Rojas​ (Universidad de Almería)​​ (Wikipedia, la enciclopedia libre)​.
Además, Francisco de Alfaro continuó su aprendizaje y perfeccionamiento en Sevilla, una ciudad con una rica tradición en platería y donde se encontraba uno de los centros más importantes de este arte en la época.
Los franceses fueron verdaderos expoliadores de arte y llegaron a Marchena en 1812 con datos extraídos de la más famosa guia artística de la época obra de Juan Agustín Ceán Bermúdez, que cita como principales joyas artísticas de nuestra localidad la Custodia de Alfaro y la colección de pinturas de Francisco de Solís que estaban en el claustro de Santo Domingo, y que desde entonces  desaparecieron, según explica Manuel Antonio Ramos en su obra sobre la ocupación francesa de Marchena.
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La Custodia se libró de ser expoliada porque se ocultó. Sus piezas fueron desensambladas y repartidas en los domicilios particulares de vecinos del barrio con un documento por escrito.
Desde entonces cada vez que hay inestabilidad o peligro social, la custodia es retirada del culto o escondida y durante muchos años ha estado conservada tras la puerta blindada del museo de la parroquia.
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Abre un modelo que el mismo autor usa para las custodias de Carmona y
Ecija, copias de la de Marchena. Recoge todo el saber humanista y renacentista de la época con influencias de los principales maestros italianos.
Mercedes Valverde informa que Francisco Alfaro comenzó a ayudar a su padre desde muy joven. Firmó como testigo en una escritura de 1571 para comprar una tienda en la calle de la  Platería de Córdoba. Concluyó y cobró las obras de su padre tras su muerte en 1573 y fue nombrado tutor
de sus tres hermanos.
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Desde 1572 Francisco de Alfaro trabajaba para la parroquial de San Juan Bautista de Marchena, donde realizó obras durante veinticinco arios, informa Pilar Nieva Soto en su publicación sobre las obras de Alfaro en Jerez. El 8 de noviembre de 1583, Francisco  de Alfaro fue nombrado platero de la Catedral donde hizo el sagrario de la capilla mayor y era el orfebre más famoso de aquella época en Sevilla y España.
En 1599, Francisco de Alfaro dejó la platería para asumir el cargo de Tesorero episcopal de la diócesis de Toledo, un puesto que obtuvo gracias a sus conexiones con la familia noble de los Sandoval y Rojas. En 1606, se retiró de este cargo y se trasladó a Valladolid, donde vivió cómodamente hasta su muerte, gracias a las rentas de sus inversiones​.
Francisco Alfaro otorgó carta de pago en 1586 ante Diego Sánchez, escribano público de la villa de Marchena, de 2.543.409 maravedís, que se le entregó por el importe de la Custodia de San Juan. Esa cifra de maravedíes en moneda corriente se traduce aproximadamente en 468.000 euros, -80 millones de pesetas- sin contar el valor artístico por ser una pieza única.
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La Giralda como modelo del remate
Los expertos señalan que el remate del cuerpo superior de la Custodia de Marchena tiene como modelo el de la Giralda tomado porHernán Ruiz II de la linterna que Bramante hizo para el Vaticano tal como señalan Ravé y Manuel Varas Rivero.
Alfaro y Jerónimo Hernández tuvieron relación profesional en el trabajo de retablos importantes. Por eso se sabe que Alfaro aprendió de Hernández las últimas novedades del manierismo italiano y las influencias de Miguel Angel.

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Actualidad

Vicente Bazo, el bordador del oro que dejó en Marchena una obra mayor del barroco sevillano

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La investigación de Manuel Antonio Ramos Suárez publicada en Archivo Hispalense permite situar a Marchena dentro del mapa del gran bordado sevillano del siglo XVIII. El estudio documenta con precisión la presencia en la villa del bordador Vicente Antonio Bazo, nacido en El Puerto de Santa María en 1726, antiguo miembro del Regimiento de Caballería de Borbón y establecido después en Sevilla, donde trabajó para la Catedral y para distintas instituciones religiosas del arzobispado hispalense.

El artículo no se limita a atribuir una obra. Reconstruye, con apoyo documental, el proceso de creación del sitial de la octava del Corpus de la Parroquia de San Juan Bautista, una pieza de terciopelo carmesí bordada en oro fino que debe ser leída como una de las grandes manifestaciones del aparato litúrgico barroco conservado en Marchena.

La primera huella documental de Bazo en la localidad aparece en 1768, cuando realiza “tres bolsas bordadas en oro” destinadas a las tres parroquias de la villa para llevar el Santísimo Sacramento a los enfermos. La fuente citada es el Archivo Parroquial de San Juan de Marchena, sección Fábrica, libro 33, año 1768. Aquellas piezas no se conservan.

A continuación, el investigador identifica otra obra clave: el estandarte de Nuestra Señora de los Remedios, vinculado a la Parroquia de San Miguel. El propio contrato posterior del sitial de San Juan toma este estandarte como modelo, lo que confirma su importancia dentro del catálogo de Bazo. La escritura notarial ordenaba que el dosel de San Juan se hiciera “a imitación del simpecado que bordé para la iglesia de Señor San Miguel de la propia villa”.

El encargo principal llegó tras la visita apostólica de 1769 a la Parroquia de San Juan. Allí se propuso hacer “un citial para el altar maior” empleando el terciopelo sobrante de las nuevas colgaduras del templo. El documento precisa que debía llevar “una bordadura de oro por alrededor primorosa” y que debía servir “para las funciones de primera clase”. La pieza nacía, por tanto, no como adorno menor, sino como arquitectura textil para las grandes solemnidades eucarísticas.

La escritura de obligación se firmó en Sevilla el 2 de marzo de 1771 ante escribano público. En ella compareció Vicente Bazo como maestro bordador, junto a sus fiadores José Romero, maestro botonero, y Juan Barberi, dueño de una sedería en la calle Conteros. La fábrica parroquial estuvo representada por Manuel Díaz de Yabarrena, apoderado del mayordomo Ramón García de Santa María.

El contrato describe con detalle el proyecto: un dosel para el altar mayor de San Juan Bautista, “bordado de oro fino de todo realce sobre terciopelo carmesí”. Debía medir cuatro varas de alto por dos varas y media de ancho, aproximadamente 344 por 215 centímetros, y contar con un cielo o techo cuadrado. La obra debía seguir el “modelo y diseño número dos” aprobado por el mayordomo, vicario, vicebeneficiados y curas el 25 de diciembre de 1770.

El precio inicial se fijó en “setecientos cincuenta pesos escudos de a quince reales”, pagaderos en tres plazos: el primero para comprar materiales, el segundo cuando estuviera mediada la obra y el tercero tras su conclusión y aprobación por peritos. Sin embargo, el proceso se complicó. Una vez terminado, los responsables parroquiales consideraron que faltaba decoración, por lo que Bazo amplió el conjunto: añadió un gran sol central, cubrió el campo del dosel y decoró por completo el cielo.

La ampliación fue tasada en abril de 1772 por los bordadores Juan Caro y Fulgencio Abril. Los peritos calcularon que el trabajo debía ascender a 27.000 reales. La fábrica abonó primero 20.000 reales, pero el bordador reclamó los 7.000 restantes ante la autoridad eclesiástica. Finalmente, con autorización del cardenal Solís, se le pagó esa cantidad en 1773.

El coste total del conjunto, incluyendo bordado, tejidos, borlas, flecos, carpintería, dorado, herrajes y gastos notariales, ascendió a 30.378 reales y 17 maravedís. Esta cifra sitúa el sitial entre las grandes inversiones artísticas realizadas por la parroquia marchenera en el siglo XVIII.

El estudio también subraya la relación simbólica entre San Juan de Marchena y la Catedral de Sevilla. El sitial marchenero imitaba, en clave local, los grandes aparatos eucarísticos catedralicios, especialmente el altar de plata y el dosel de terciopelo carmesí bordado en oro realizado para la Catedral en 1732. Marchena, como parroquia matriz de relevancia dentro del arzobispado, reproducía así modelos solemnes propios de los grandes templos hispalenses.

Desde el punto de vista artístico, el dosel presenta una decoración vegetal simétrica, con rocallas, ces, cuernos de la abundancia, espigas eucarísticas, flores campaniformes, hojas de acanto y las características “antenas” que el autor considera una marca de identidad del bordador. En el centro aparece un gran sol bordado, con un círculo de seda blanca destinado a coincidir con el lugar de exposición de la Sagrada Forma.

La trayectoria de Bazo en Marchena no terminó ahí. En 1772 recibió otro encargo: una manga de terciopelo negro bordada en oro para la iglesia matriz de San Juan. Según la investigación, parte de aquellos bordados se conservan hoy reutilizados en un terno de San Benito Abad en Castilblanco de los Arroyos, conocido por tradición oral como “el terno de Marchena”.

El sitial sufrió transformaciones posteriores. A finales del siglo XIX o principios del XX, el cielo o techo del dosel fue reducido a la mitad y la parte sobrante pasó a usarse como frontal de altar. El estudio advierte expresamente que “no ha quedado constancia documental del momento concreto” en que se produjo esa modificación.

En la actualidad, el sitial sigue vivo en el culto. Desde 2008 se utiliza como altar del triduo del Corpus Christi y también para el monumento eucarístico del Jueves Santo en la Parroquia de San Juan Bautista, empleándose la custodia de asiento de Francisco de Alfaro como sepulcro para la reserva. La pieza ha sido sometida a restauración por una empresa especializada en tejidos antiguos, con el objetivo de conservar el soporte original, limpiar los bordados y mejorar sus sistemas de sujeción.

La importancia del estudio reside en que no solo recupera el nombre de Vicente Bazo para Marchena, sino que incorpora de forma documentada varias obras locales a su catálogo. La conclusión es clara: Marchena conserva una pieza mayor del bordado barroco sevillano y posee documentación suficiente para situarla dentro de una red artística que conecta la villa con Sevilla, la Catedral, los talleres de bordado, los protocolos notariales y la liturgia eucarística del siglo XVIII.

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Historia

Las caballerizas del Palacio Ducal: de espacio de servicio a escenario de la Grandeza de los Ponce de León

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Las nuevas investigaciones sobre la caballeriza del Palacio Ducal de Marchena permiten ampliar y precisar una línea de trabajo que Marchena Secreta ya venía desarrollando en torno al antiguo complejo palatino de los Ponce de León: las caballerizas no fueron un simple espacio funcional destinado a guardar animales y carruajes, sino una pieza esencial de la escenografía del poder ducal.

Las caballerizas primitivas levantadas por Luis Cristóbal Ponce de León en el siglo XVI en la zona del hardín alto; añadiéndoles una cochera a comienzos del XVII; y a finales del XVII o comienzos del XVIII, adquieren un aspecto más monumental y se ubican en la actual explanada de Santa Maria.

El artículo de Juan Francisco Torres Cubero, publicado en 2024 en la revista Hipogrifo, estudia el inventario y la tasación de bienes redactados en 1673, año de la muerte de don Francisco Rodrigo Ponce de León, V duque de Arcos. La investigación documenta 534 bienes vinculados a la caballeriza del Palacio Ducal de Marchena, entre ellos esclavos, caballos, mulas, sillas, coches, literas, sillas de mano, jaeces y guarniciones.

 En el artículo “Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción”, se indicaba que la escritura de traslado del Convento de Santa María al interior del Palacio Ducal, fechada en octubre de 1631, dejaba claro que el lugar señalado por el duque para las monjas lindaba con las caballerizas levantadas por Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos.

Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción

Las primeras caballerizas importantes del palacio fueron levantadas en la década de 1540 por Luis Cristóbal Ponce de León, junto a aposentos para cerca de una veintena de pajes y en relación con la acemilería. A comienzos del siglo XVII, el III duque construyó la cochera.

En 1631 las caballerizas primitivas seguían siendo referencia dentro del palacio cuando se reorganizó el espacio conventual de Santa María junto a las caballerizas y se instaló definitivamente el convento dentro del palacio en 1625. 

La investigación de Torres Cubero muestra además qué había dentro de aquellas caballerizas en 1673. El V duque de Arcos poseía 152 caballos, de los cuales 106 eran yeguas y 41 potros. El inventario detalla colores, edades, nombres y lugares de cría de algunos animales. Aparecen ejemplares llamados Halcón, Doradillo, Perla, Dichoso o Donaire, lo que revela una cultura ecuestre cuidadosamente organizada.

La fama de los caballos criados en las caballerizas ducales de Marchena aparece recogida en el manuscrito “Adiciones a la Doctrina del Cavallo y Arte de Enfrenar”, de 1731, escrito por Alonso García, trabajador de las Caballerizas Reales de Córdoba. Este libro menciona el dato de que el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León, regaló  seis caballos españoles de su palacio al rey inglés.

LAS CABALLERIZAS EN EL MANDATO DE MANUEL PONCE DE LEÓN

De 1685 se conserva un registro por la contaduría del duque Manuel Ponce de León «de los caballos que hay en las caballerizas del duque señor de esta villa y lo que cada uno come cada día», desde el 19 de julio de ese año ocupando Juan Miguel Sota el cargo de caballerizo del duque de Arcos, es decir, responsable de las caballerizas ducales. 

Siendo consciente del lujo que suponía tener un caballo andaluz, el embajador Guillermo Rodolfin sugiere al rey de Inglaterra, Carlos II Estuardo (1630-1685) que debía tener en sus cuadras caballos españoles.

Finalmente, el rey inglés consiguió seis caballos españoles procedentes de Marchena a través del regalo que le hizo el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León (1673-1693), y de este Rey inglés se conserva una carta de agradecimiento donde el monarca británico habla de la belleza de dicho caballo marchenero.

En el siglo XVIII se construyeron caballerizas monumentales en la explanada de Santa María, en pie hasta principios del siglo XX. Torres Cubero precisa que a finales del siglo XVII el VI duque reformó las caballerizas para asemejarlas lo más posible a las del rey en Córdoba y Madrid.

Los datos del inventario de 1673 explican por qué fue necesaria esa evolución arquitectónica. El duque no solo tenía caballos: poseía tres tiros de mulas, dos de seis y uno de cinco, además de animales de paso llamados Halcona y la Valenciana. Las mulas eran esenciales para tirar de coches y literas, vehículos que en la corte de los Austrias se habían convertido en signos visibles de rango.

La caballeriza guardaba además 51 sillas de montar, muchas diferenciadas según el tipo de monta: brida, jineta, coche o mula. Algunas estaban decoradas con galón de oro, flecos de plata, bordados de plata, terciopelo verde o tafiletes de Berbería.

El apartado de jaeces resulta especialmente revelador del lujo ducal. Se documentan 32 piezas ricas para adornar monturas, entre ellas cuatro jaeces sobre terciopelo azul bordados en relieve de plata, tasados en 10.000 reales. También había estribos de plata, cabezadas con campanillas y petrales con cascabeles de plata.

Pero el punto más espectacular lo aportan los vehículos: siete coches, cuatro literas y tres sillas de mano. Entre ellos figuraban dos carrozas grandes procedentes de Nápoles, probablemente de tiempos en que Rodrigo el IV Duque, fue virrey napolitano. Una de damasco y terciopelo negro con vidrios y cortinas, y otra guarnecida de terciopelo bordado. La procedencia napolitana conecta con el prestigio adquirido por la Casa de Arcos tras el virreinato del IV duque.

El palacio no era solo residencia local, sino una corte nobiliaria conectada con Sevilla, Nápoles, Madrid y los circuitos aristocráticos europeos. Las caballerizas eran la parte móvil de esa grandeza: el poder no solo se veía dentro del palacio, también circulaba por las calles en forma de carroza, litera, caballo enjaezado y séquito.

 

 Las caballerizas ducales de Marchena fueron un sistema completo de poder: arquitectura, animales, criados, esclavos, coches, jaeces, tiros de mulas, sillas bordadas y memoria ecuestre. Servían para desplazarse, pero también para representar la Grandeza de España de los Ponce de León ante la villa y ante quienes visitaban el palacio.

Fuentes principales:

Juan Francisco Torres Cubero, “Representar la Grandeza. Lujo y ostentación en la caballeriza de don Francisco Rodrigo Ponce de León, V duque de Arcos (1673)”, Hipogrifo, 2024;

Marchena Secreta, “Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción”;

Marchena Secreta, “Un manuscrito presentado en la Maestranza de Sevilla recoge la fama de los equinos y caballerizas ducales de Marchena”

Marchena Secreta, “Lo que queda del Palacio Ducal de Marchena según excavaciones arqueológicas”.

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Historia

La armería perdida de los duques de Arcos: el tesoro militar y simbólico oculto en el Palacio Ducal de Marchena

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Durante los siglos XVI y XVII, el Palacio Ducal de Marchena custodió una de las colecciones armamentísticas nobiliarias más sorprendentes y desconocidas de Andalucía. Espadas toledanas, armaduras italianas, pistolas francesas, armas japonesas, banderas de guerra, sillas de montar bordadas en oro y hasta el alfanje del último rey morisco de las Alpujarras formaban parte de una armería que no solo servía para la guerra: era una gigantesca escenografía del poder.

La investigación ha sido reconstruida por el historiador cordobés Juan Francisco Torres Cubero en el artículo “Vestigio de una vocación secular: la armería de los duques de Arcos (siglos XVI-XVII)”, publicado en 2024 en la revista científica Historia. Instituciones. Documentos de la Universidad de Sevilla.

El estudio parte de una idea fundamental: los Ponce de León construyeron su identidad nobiliaria sobre la memoria de la guerra y las hazañas militares. La destreza caballeresca no era solo una virtud personal, sino un elemento central de la imagen pública del linaje. La propia Casa de Arcos, una de las más poderosas de Andalucía en la Edad Moderna, necesitaba exhibir visualmente ese prestigio mediante símbolos de riqueza, autoridad y gloria militar.

Lo que queda del Palacio Ducal de Marchena según excavaciones arqueológicas

Torres Cubero explica que, en la Europa renacentista y barroca, las armas dejaron de ser únicamente herramientas bélicas para convertirse en auténticos objetos de representación aristocrática. Las armaduras, espadas y escudos eran exhibidos en palacios y fortalezas como símbolos de rango social y legitimidad política.

En ese contexto surgieron las grandes armerías palatinas de la nobleza española, inspiradas en modelos como la Real Armería de Madrid creada por Felipe II en 1562 frente al Alcázar Real. Los duques del Infantado, Béjar, Medinaceli o Benavente desarrollaron importantes colecciones armamentísticas, y la Casa de Arcos hizo lo propio en Marchena.

El corazón de aquella colección se encontraba en el Palacio Ducal de Marchena, construido sobre la antigua alcazaba islámica desde el siglo XIV. El edificio sufrió sucesivas ampliaciones y reformas, especialmente bajo el II duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León (1528-1573), quien transformó el antiguo castillo medieval en un auténtico palacio renacentista.

Fue precisamente este duque quien convirtió Marchena en una corte nobiliaria humanista. Mandó construir jardines, caballerizas y nuevas salas representativas, reunió tapices, pinturas y relieves clásicos, y comenzó probablemente la organización de la armería palatina.

Las primeras noticias documentales sobre armas en el palacio aparecen en la década de 1540. En 1543 ya se registraba el traslado de arneses y coseletes a Marchena. Poco después, el duque encargó una espectacular silla de montar de terciopelo bordado en oro y plata con escenas de los Trabajos de Hércules, considerada una de las piezas más valiosas de la Casa de Arcos.

En 1552 aparece citado el armero sevillano Gonzalo Martínez, contratado para limpiar y reparar armaduras y armas conservadas en la “cámara” del duque. Aquella referencia es importante porque demuestra que las armas ya no estaban dispersas, sino agrupadas en un espacio específico del palacio.

El gran salto documental se produce entre 1579 y 1581, durante el gobierno de Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos (1545-1630). Las cuentas palaciegas revelan una impresionante actividad armamentística vinculada a la Guerra de Sucesión portuguesa y a la movilización militar impulsada por Felipe II.

En septiembre de 1579 el palacio almacenaba al menos 330 coseletes, 178 barbotes, 20 celadas y 18 morriones. Muchas de estas piezas fueron limpiadas y restauradas por armeros sevillanos. Además, se adquirieron alabardas doradas, partesanas ceremoniales, lanzas jinetas y banderas con leones pintados, símbolos heráldicos de los Ponce de León.

La documentación revela también un extraordinario nivel de lujo. Algunas corazas estaban cubiertas de terciopelo carmesí y adornadas con clavazón dorada. Los morriones lucían pasamanería roja y dorada. Varias bandas militares estaban confeccionadas en tela de oro.

Las armas personales del duque alcanzaban niveles aún más sofisticados. Se encargaron espadas y dagas con puños de marfil, oro y seda, además de sillas de montar bordadas, frenos dorados y guarniciones de cuero rojo y plateado para los caballos.

La investigación demuestra que la armería marchenera no era simplemente un almacén militar. Era una puesta en escena aristocrática destinada a impresionar y reforzar el prestigio del linaje. Por ello, la “cámara de armas” se situaba junto a bibliotecas, salones y dependencias nobles del palacio.

Uno de los objetos más fascinantes documentados en el inventario de 1630 era el alfanje de Abén Aboo, sucesor de Abén Humeya y líder de la rebelión morisca de las Alpujarras. Tras la muerte del caudillo morisco en 1571, el arma fue entregada al II duque de Arcos como trofeo de guerra.

La espada se convirtió desde entonces en un símbolo político y familiar. Representaba la victoria de los Ponce de León sobre la última gran rebelión morisca del reino de Granada y reforzaba la imagen caballeresca del linaje.

Aquel inventario de 1630 ofrece además una fotografía extraordinaria de la colección. Se documentan montantes ceremoniales, espadas toledanas, armas damasquinadas, rodelas venecianas, pistolas de rueda y armaduras procedentes de Milán y Augsburgo, dos de los grandes centros europeos de fabricación armamentística.

Entre las piezas más sorprendentes figuran dos catanas japonesas damasquinadas, una de ellas guardada en una caja de terciopelo verde y decorada con figuras y pájaros. La presencia de armas japonesas en Marchena demuestra hasta qué punto Sevilla y Andalucía estaban conectadas con las rutas comerciales internacionales entre Asia, América y Europa.

Las catanas eran objetos extremadamente exóticos y valiosos en la Europa barroca. Su presencia en la armería de los duques de Arcos refleja el refinamiento cultural de la nobleza andaluza y su interés por coleccionar piezas raras y prestigiosas.

La colección siguió creciendo durante el siglo XVII. Un inventario de 1656 menciona arcabuces catalanes, pistolas francesas con incrustaciones de marfil, carabinas, dagas, cuchillos de monte y trompetas militares con estandartes bordados en oro.

Sin embargo, la decadencia económica de la Casa de Arcos y el progresivo abandono del Palacio Ducal terminaron provocando la dispersión y desaparición de gran parte de aquella armería. El propio palacio acabó prácticamente destruido entre los siglos XVIII y XIX.

Hoy apenas sobreviven fragmentos físicos de aquel universo. La monumental portada del palacio fue trasladada a los Reales Alcázares de Sevilla, donde aún se conserva como la llamada “Puerta de Marchena”. Parte de la decoración de la escalera principal terminó en el Palacio de la Condesa de Lebrija.

El resto permanece oculto en archivos, inventarios y documentos históricos que investigadores como Juan Francisco Torres Cubero están devolviendo lentamente a la memoria colectiva de Marchena.

Fuentes:
Juan Francisco Torres Cubero, “Vestigio de una vocación secular: la armería de los duques de Arcos (siglos XVI-XVII)”, Historia. Instituciones. Documentos, nº 51, Universidad de Sevilla, 2024.

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Actualidad

La V Gran Caracolá será en la Plaza de San Sebastián los días 29 y 30 de mayo

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La Plaza de San Sebastián volverá a llenarse de olor a hierbabuena, caracoles recién cocidos y música en directo con la celebración de la V Gran Caracolá de Marchena, que tendrá lugar los días 29 y 30 de mayo de 2026. La cita, organizada por la Pontificia, Real Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Dulce Nombre de Jesús, María Santísima de la Piedad y San Juan Evangelista, contará con actuaciones musicales, ambigú a precios populares y diversas actividades festivas en pleno centro histórico de la localidad.

El cartel anunciador confirma que la fiesta arrancará el viernes 29 a partir de las 21:30 horas con la actuación de la Agrupación Musical Dulce Nombre de Jesús, mientras que el sábado 30, desde las 13:00 horas, continuará la convivencia gastronómica y festiva que culminará por la noche con la actuación del grupo flamenco-fusión Maraké. Los caracoles volverán a estar elaborados por “José El Tontorrón”, conocido establecimiento de Paradas especializado en esta receta tradicional andaluza.

La Caracolá se ha consolidado en pocos años como una de las actividades gastronómicas y de convivencia más concurridas de la primavera marchenera. 

La edición anterior, celebrada en 2024, supuso la consolidación definitiva de esta iniciativa impulsada por la hermandad, que comenzó años atrás como una convivencia gastronómica de menor formato y terminó transformándose en una cita habitual dentro del calendario festivo de mayo en Marchena. 

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Cultura

De como las modas de Paris en la feria del siglo XIX desembocaron en los trajes de faralaes

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Las ferias de finales del siglo XIX eran muy distintas a las de hoy. Al amanecer las ganaderías tomaban el real, los turistas buscaban a las Cigarreras y a las gitanas como algo exótico y las modas francesas desplazaban a los trajes andaluces. 
La moda de Francia había invadido la moda y hasta el habla andaluza: «Oiga usted, señorita, ¿me hace usted el favor de cantar una petenera?. «Avec beaucoup de plaisir», dice la niña que habla muy mal francés y canta peor flamenco. «Donne moi un cigarrete».
Suena veces la guitarra pero va dominando el piano y aunque no están vedadas las malagueñas ni las sevillanas, suelen  oírse cuplets franceses en la feria de Sevilla según el relato de Más y Pratt.
Al alba del primer día de feria de Sevilla, el Prado de San Sebastián es tomado  por los ganaderos de Marchena, Écija, Lora, Carmona, Mairena, Morón, Estepa.
Los feriantes andaluces suelen llevar  a remolque sus familias, principalmente el tratante gitano. Las filas de carretas entran en El Prado produciendo un sonido original que procede de los crujidos de las llantas.

Los que llevan ganado boyar suelen ir al paso de sus carretas preparadas para la excursión con todos los aditamentos necesarios con toldos o tejidos de palma y bajo el tablón el cántaro de agua fresca.
Las caballerias llegan al Prado levantando nubes de polvo, la sangre del corcel andaluz se enciende con la fatiga y sus elásticas piernas se fortifican.
Se levantan tiendas provisionales, se amontona el ato de que forma parte la manta y la alforja, que han de servir de colchón y de almohada y se coloca en el lugar más seguro la bota de vino.
Los gitanos comienzam la tarea de los tratos, que para ellos es siempre fructuoso, corriendo como chispas eléctricas por todas partes con la faja mal compuesta, la chaquetilla arremangada, el pantalón a media pierna y el sombrero bailando sobre la coronilla.
Oiga usted excelencia, dicen a un señorito del pueblo con chaqueta de terciopelo. Tengo un tronco alazano que es el mismo que llevó al cielo el coche de San Elías.  El feriante le responde, que más bien parece propio de coche fúnebre de tercera clase, y se despide con un «que usted se alivie».
Después de que se ha valido de todos los subterfugios imaginables para engañar al feriante, metiendo a los caballos agujas en la oreja para que se avispe,  saca de su petaca un cigarro y le dice con exquisita finura: por estas cruces de Dios se lleva usted el bicho mejor de la feria.
Los ingleses y franceses que vienen a Sevilla por feria quieren ver la Fábrica de Tabacos y la calle San Fernando cuando salen a bandadas como las golondrinas las cigarreras que dejan la faena muy temprano y se dirigen al Real luciendo sus mantones de manila y sus peines altos y enroscados sobre la coronilla. La Cigarrera no es gitana ni flamenca sino un compuesto de ambas.
Las tiendas aristocráticas aparecen cercadas de macetas de porcelana con musgos y begonias, con colgaduras de Damasco, cubiertas de alfombras, llenas de jardineras y espejos, y a la puerta de su sencilla balaustrada, butacas escaños y elegantes mecedoras donde dormitan los señores de clase media.
La alta sociedad sevillana estos días se permite usar la falda corta de raso y la calada peineta de concha, la mantilla de encaje y el corpiño ajustado de la flamenca, comen jamón dulce y pavo trufado, emparedados y pastas de vainilla y beben Jerez y manzanilla.
Mas alla hay tascas de feria con carteles de vino y caracoles, menudo,  taberna, buñuelos y aguardiente. Alli se ven las hermosas gitanas de pura sangre. La flamenca, suele aparecer allí cantando por todo lo alto y ostentando todas las gracias de sus especies.
La gitana no se pone el pañuelo terciado con los flecos en la tierra sino que se envuelven el mantón y golpea las tablas haciéndoles crujir bajo sus plantas.
En las buñolerías, estos gitanos apuran todo el caudal de su ingenio para formar adornos y pabellones, puede decirse que en el recinto se pone las bordadas enaguas de las gitanas y sus sábanas de novia al entrar.
Texto: Mas y Pratt en La Ilustración española y americana. 22/4/1888. Fotos: Salvador Azpiazu. 1890.

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