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Historia

Inestabilidad política y crisis económica en la feria de 1934

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Testo: Alvaro Cabeza Andrés. Licenciado en Historia y Docente. Fotos: Fototeca de la Bilioteca Municipal de Marchena.  SABER MAS HISTORIA
La Corporación municipal encabezada por Vicente Andrés y Torre y compuesta por miembros del Partido Republicano Radical, Acción Popular y Partido Agrario tomó posesión a finales de junio de 1934, es decir, apenas contaba con dos meses para organizar la feria de ese año, la primera que se iba a celebrar en Marchena bajo el gobierno de la derecha republicana. Dada la importancia social y política que siempre tiene el éxito de una feria, el alcalde desde el principio quiso darle el mayor lustre posible y, por esa razón y porque había que dar jornales a los obreros, ya en julio dictó un bando pidiendo a los vecinos que encalaran las fachadas de cara al mes de septiembre.
La situación económica municipal no era nada favorable hasta el punto de que el concejal Rómulo Zúñiga Moreno comunicó que el Ayuntamiento no podía afrontar las 1.000 pts. de la caseta municipal y, de manera ventajista, solicitó ese espacio vacante para la caseta del PRR. Esto provocó la queja del concejal de AP Manuel Espina Romero que había tenido que escoger otro espacio pensando que el Ayuntamiento instalaría su caseta. Tanto Zúñiga como el alcalde, con la excusa de la escasez de tiempo, evitaron que Espina recabara la opinión de los demás miembros de la Comisión de Festejos y el alcalde apeló a su condición de “presidente nato” de todas las Comisiones para cortar de raíz el debate.

 

En medio de las dificultades económicas llegaron solicitudes tanto de particulares para montar casetas como de industriales que querían instalar atracciones. Entre ellas, hubo una petición de un terreno de 14 metros de circunferencia y otra de 16 metros cuadrados para el “Rápido Irún”, tren en miniatura que era la atracción de moda para los niños. Por su parte, varios empresarios encabezados por el Sr. Valero solicitaron una subvención para montar algunos espectáculos en el campo de fútbol y el concejal Sánchez-Jurado Morillas pidió que los bares pudieran abrir toda la noche en vísperas de feria.
Zúñiga, como miembro de la comisión de Festejos, propuso unos bocetos de José Romero Escassi, “un hijo de la localidad”, para los programas anunciadores y la cartelería. Aunque el alcalde y Espina coincidieron en pedir presupuesto a Sevilla, el alcalde unilateralmente encargó mil copias por importe de 200 ptas a una imprenta sevillana.

 

Pero si algo suscitó debate en la Corporación fue el asunto taurino por la gran inquietud existente en Marchena ante la posibilidad de que no hubiera festejos. El primer teniente de alcalde, Juan Fernández Croharé, se entrevistó con un empresario sevillano que se comprometía a tres festejos a cambio de la explotación de la plaza. Por su parte, el concejal Francisco Calvo Domínguez, reconocido aficionado a los toros, se ofreció “por el bien del Ayuntamiento” a matar dos novillos. Frente al ardor taurino de Calvo, el alcalde puso un punto de realismo al manifestar que sólo se estaba en condiciones de afrontar el pago de la mano de obra para el montaje del coso por importe de 3.000 pts. y que, de no conseguirse las otras 5.000 ptas. necesarias, no se podrían ofrecer espectáculos taurinos salvo aportación de los comerciantes.
Aunque Espina apoyó esto último, el concejal radical Barbero Dueñas afirmó que el comercio “está muy castigado” y se descartó esa opción. A propuesta de Manuel Suárez Ternero, concejal de AP, se conformó una comisión especial con la presencia del alcalde, Fernández Croharé, Calvo Domínguez y el mismo Suárez Ternero. Finalmente, no hubo espectáculos taurinos dentro del programa oficial pero sí una capea en el campo de fútbol previo pago de una entrada de 10 ptas. Los asistentes, en un número máximo de 150, tenían derecho a comer y a beber y, si alguno se atrevía, podría matar a estoque a la becerra. El organizador, cómo no, fue el radical Francisco Calvo. Los beneficios, 200 ptas., se repartieron entre varios conventos para obras de beneficencia y la Casa Caridad.

 

El alcalde informó del programa oficial de actos poco antes de comenzar la feria. Insistió en que las dificultades económicas obligaban a aplazar el proyecto de una “feria grande como corresponde al historial y renombre de Marchena” y deseaba que ”el elemento pudiente” no estuviera tan retraído como en los años anteriores. El presupuesto municipal para la feria era de 8.000 ptas. y habría 4.000 bombillas.
Cartel de Pepe Romero Escassi de la Feria de 1936.
El programa incluía, además de las casetas, del paseo de coches y de la calle del infierno habituales, cucañas, carreras de burros, tiradas a pichones, carreras de cintas y espectáculos privados apoyados por el Ayuntamiento si “por la moralidad lo merecían”. Por esa razón, quedaron prohibidos los juegos de cartas, las rifas, los billares americanos y “otras menudencias que no dejaban riqueza pero sí vaciaban los bolsillos”. La feria concluiría con un espectáculo de fuegos artificiales -“fuera de la vulgaridad de años anteriores”, según el alcalde- a cargo de Martínez de Pinillos por importe de 475 ptas.
La rivalidad política también estuvo presente en el exorno de las casetas. La caseta del Círculo Republicano Radical imitaba un patio sevillano y sorteaba regalos diarios entre “señoras y señoritas” al son de la orquesta de Rodríguez Chavarría. Competía con la de Acción Popular cuya decoración con los colores andalucistas se hizo bajo la dirección de Romero Escassi, Jesús Arcenegui Carmona y Francisco Jiménez González y la música corrió a cargo de la orquesta del Casino Militar de Sevilla.
Al finalizar la feria un sector de la población criticaba que el alcalde podría haber buscado atracciones que dieran más realce económico, porque el paseo de coches no reportaba nada y había que atraer visitantes que “trajeran pesetas”, como tiempo atrás ocurría con espectáculos taurinos de las primeras figuras. La causa del deslucimiento estaría, según esos comentarios, en que los egoísmos políticos habrían prevalecido sobre los intereses del pueblo y, como consecuencia, no había sido una feria sino una velada. El alcalde se defendió argumentando que la moderación se debía a la priorización de gastos: “prefiero atender al trabajador antes que hacer gastos en diversiones”.

 

Feria en los años 80.
No obstante, la prensa hizo un balance muy positivo en todos los aspectos destacando, entre otros elogios, el dedicado a la policía municipal por haber mantenido el orden público. Con clarísima intencionalidad política no desaprovechaba la ocasión para ensalzar la edición de 1934 “después de tres años en que el odio, la lucha de clases y los egoísmos luchaban enconadamente con un fin común: desprestigiar el buen nombre de Marchena”.
(Para más información o rectificación alvarocabezaandres@gmail.com)

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Historia

El sambenito: cómo la Inquisición convirtió la vergüenza pública en una herencia que aún vive en nuestro lenguaje

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El nuevo estudio de Manuel Peña Díaz reconstruye la vida cotidiana de la Inquisición a través de uno de sus símbolos más eficaces: una prenda capaz de destruir la honra de una persona y extender la mancha sobre toda su familia

Hubo un tiempo en que colgarle a alguien un sambenito no era solamente una expresión. Podía significar condenarlo socialmente durante el resto de su vida y dejar una mancha que alcanzaba incluso a sus descendientes. Cinco siglos después, la prenda prácticamente ha desaparecido, pero seguimos hablando de “colgar un sambenito”, de “tirar de la manta” o de “poner verde” a alguien. Esa supervivencia del vocabulario de la infamia constituye el punto de partida de El sambenito. Historia cotidiana de la Inquisición, obra de Manuel Peña Díaz, publicada en marzo de 2026 por El Paseo Editorial dentro de su colección Memoria.

El libro propone mirar a la Inquisición no únicamente desde los grandes autos de fe, los procesos judiciales o las hogueras que han dominado durante siglos su representación histórica, sino desde algo posiblemente más profundo: su capacidad para penetrar en la conversación, los miedos, los enfrentamientos personales y la vida diaria de pueblos y ciudades.

Para explicarlo, Peña Díaz abre su relato con una historia ocurrida en Andalucía.

Un asesinato en Antequera y un sambenito clavado en una puerta

En la primavera de 1638, poco antes de Semana Santa, un clérigo de Antequera acudió a casa del caballero Gregorio Uribe. Cuando este bajaba por la escalera, el religioso sacó un estoque que llevaba oculto y lo hirió mortalmente.

El acusado fue detenido y condenado a muerte, aunque las protestas del clero antequerano hicieron que el asunto llegara hasta la Chancillería de Granada. Desde allí fue enviado para encargarse del caso el letrado Francisco de Fonseca, de origen portugués.

La tensión fue creciendo. Fonseca sometió al detenido a nuevos interrogatorios y ordenó su ejecución mediante garrote. Después, el cadáver fue expuesto públicamente desde una ventana de la cárcel. La ciudad reaccionó con indignación y los enfrentamientos llegaron a adquirir tal intensidad que hubo clérigos intentando entrar por la fuerza en la prisión, peleas, espadas desenvainadas y compañías de soldados rodeando el edificio.

Pero entonces ocurrió algo que revela hasta qué punto la cultura inquisitorial había impregnado la sociedad.

Comenzó a difundirse la sospecha de que aquel juez portugués podía ser converso y seguir practicando secretamente el judaísmo. Poco después de que un fraile alimentase públicamente las sospechas durante un sermón, la puerta de la casa de Fonseca apareció con un sambenito clavado: un lienzo marcado con un aspa roja y el nombre del propio juez.

No hacía falta una sentencia inquisitorial.

El símbolo era suficiente.

Para buena parte del vecindario, aquella señal podía convertirse por sí misma en la aparente confirmación de que el magistrado era un “marrano portugués”, término utilizado entonces despectivamente contra los conversos sospechosos de judaizar. Fonseca pidió protección a la Chancillería mientras el conflicto alcanzaba dimensiones cada vez mayores.

La historia sirve a Peña Díaz para introducir una de las ideas fundamentales del libro: el sambenito había escapado de los tribunales para convertirse también en un arma social.

La Inquisición fuera de la Inquisición

El sambenito era originalmente una prenda o escapulario impuesto a determinados penitentes de la Inquisición. También podía ser el letrero colocado posteriormente en las iglesias con el nombre del condenado, su pena y los signos correspondientes a su castigo. De ahí procede el sentido moderno de la palabra como descrédito, estigma o difamación.

Pero su eficacia residía precisamente en que todo el mundo comprendía lo que significaba.

Peña Díaz muestra cómo clérigos y particulares llegaron a utilizarlo para señalar a enemigos, alimentar rumores o resolver venganzas privadas. En Cañete la Real, por ejemplo, una disputa entre vecinos terminó con otro sambenito clavado en una puerta. Durante tres años el episodio dividió al pueblo hasta que un antiguo fraile, ya gravemente enfermo, confesó haber realizado la acción para vengarse de uno de los implicados y provocar que las sospechas recayeran sobre él.
La escena resulta especialmente reveladora porque demuestra que no era necesario conocer personalmente a un inquisidor para sentir la presencia de la Inquisición.

En numerosos pueblos, explica el autor, los vecinos probablemente nunca habían contemplado un auto de fe ni tratado directamente con un miembro del tribunal. Sin embargo, existía la conciencia de que cualquier comentario considerado sospechoso podía terminar llegando a oídos del Santo Oficio.

El miedo circulaba de boca en boca.

Cuando el vecino podía resultar más peligroso que el tribunal

Aquí aparece otra de las claves del estudio. Peña Díaz plantea que la Inquisición no puede comprenderse simplemente como una institución todopoderosa que imponía su voluntad sobre una población completamente pasiva.

Su poder necesitaba colaboradores, redes sociales, denunciantes y personas dispuestas a asumir sus códigos.

La primera preocupación del denunciado podía no ser siquiera el propio tribunal, sino la capacidad de delación de sus vecinos. Las enemistades, rivalidades y desconfianzas de la vida cotidiana proporcionaban así un terreno extraordinariamente fértil para la actuación inquisitorial.

Y el castigo tampoco terminaba necesariamente en la persona condenada.

Francisco de Enzinas ya señalaba en el siglo XVI el efecto que provocaba obligar a alguien a vestir públicamente aquellas prendas, porque la deshonra podía permanecer sobre su parentela. Peña Díaz recoge también cómo Juan de Mariana entendió aquella exhibición pública como un mecanismo destinado a escarmentar mediante el castigo y la afrenta.

Era, por tanto, una pedagogía del miedo.

Mucho más que hogueras y autos de fe

La imagen popular de la Inquisición ha quedado asociada tradicionalmente al gran espectáculo público del auto de fe. El estudio de Peña Díaz propone ampliar esa mirada.

Para medir verdaderamente su impacto, sostiene, no basta con contar procesados o condenados. Hay que estudiar igualmente su presencia cotidiana, la construcción simbólica del poder y la capacidad de determinados signos para permanecer instalados en la mentalidad colectiva.

Y ninguno tuvo probablemente tanta eficacia como el sambenito.

La obra sigue su evolución desde sus primeros usos hasta las prendas y corozas de los condenados, los llamados “sambenitillos”, su exhibición, las resistencias frente a ellos y su aparición en comedias, poemas, bromas y representaciones artísticas. También dedica capítulos a las mantas, las injurias, los chantajes, la mirada de los viajeros extranjeros y al proceso final de desaparición de estas prácticas.
La cuestión deja entonces de pertenecer exclusivamente al pasado.

La mayor victoria de la Inquisición quizá esté en nuestras palabras

El sambenito comenzó a convertirse en uno de los grandes iconos del sistema inquisitorial poco después de la creación de la Inquisición moderna a finales del siglo XV. Su significado quedó asociado durante generaciones a la honra, la limpieza de sangre y las tensiones existentes entre cristianos viejos y cristianos nuevos.

Pero hay una paradoja fascinante.

El Santo Oficio desapareció hace aproximadamente dos siglos y prácticamente nadie ha visto ya un sambenito inquisitorial fuera de un museo, una pintura o un libro de historia. Sin embargo, la palabra sobrevivió perfectamente.

Seguimos “colgando sambenitos” a quienes quedan marcados por una acusación. Seguimos “tirando de la manta” cuando alguien amenaza con revelar secretos. Seguimos “poniendo verde” a otra persona cuando hablamos mal de ella.

Manuel Peña Díaz concluye precisamente su introducción preguntándose si esa supervivencia no constituye uno de los mayores éxitos históricos de la institución: siglos después de desaparecer, continuamos utilizando algunas de las expresiones asociadas a su universo de amenazas y estigmas.

Quizá ahí resida la dimensión más inquietante del sambenito.

La tela desapareció.

La posibilidad de marcar públicamente a una persona mediante una palabra, un rumor o una acusación permaneció entre nosotros.

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Historia

Las fiestas patronales de mitad de agosto ya se celebraban durante el periodo romano

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El 15 de agosto, día de la Asunción hay fiestas patronales en la mayoría de pueblos de Sevilla y España. El mismo mes lleva el nombre del emperador Augusto, y la palabra Feria en Latín, quiere decir fiesta. 

La fiesta de la Asunción se celebra mucho antes de su proclamación como dogma en 1950. Nació en la Iglesia oriental entre los siglos V y VI como la Dormición de María, conmemorada en Jerusalén el 15 de agosto. En el siglo VII el papa Sergio I la introdujo en Roma, y en el siglo IX se extendió como fiesta de precepto en toda la Iglesia, manteniéndose como una de las solemnidades más antiguas y populares.

En Occidente, con el paso de los siglos, se puso más el acento en el momento de la Asunción (su elevación al cielo), y no tanto en el acto de la muerte o dormición, por eso hablamos directamente de “Asunción” sin precisar si murió o no. De hecho, cuando Pío XII proclamó el dogma en 1950, evitó definir si María murió antes o fue asunta sin pasar por la muerte, dejando el misterio abierto a ambas interpretaciones.

En la provincia de Sevilla, el 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen María, se convierte en cita imprescindible para numerosos pueblos que honran a sus patronas con procesiones y actos populares. En Cantillana, la Virgen de la Asunción Gloriosa recorre las calles entre pétalos y fuegos artificiales. En Huévar del Aljarafe, la Virgen de la Asunción es el centro de una celebración profundamente arraigada. Dos Hermanas acompaña a su Virgen de la Asunción, titular de la Vera Cruz, mientras en Estepa sale la Virgen de la Asunción, una talla del siglo XVI. Utrera venera a la Virgen de la Mesa, y Alcalá de Guadaíra baja desde el Castillo a la Virgen del Águila.

Constantina rinde culto a la Virgen del Robledo y en La Puebla de Cazalla desfila la Virgen de las Virtudes. En Peñaflor la protagonista es la Virgen de Villadiego, y en Lebrija, la Virgen de la Aurora. Salteras celebra a la Virgen de la Oliva, y en El Real de la Jara la devoción se dirige a la Virgen de los Remedios. Almadén de la Plata festeja a la Virgen de Gracia, y Castilblanco de los Arroyos a la Virgen de Escardiel. Gelves honra a la Virgen de Gracia Coronada, mientras en Cazalla de la Sierra se adelanta la celebración para la Virgen del Monte. Alcalá del Río dedica su función solemne a la Virgen de la Asunción, y Sevilla capital venera a la Virgen de los Reyes, patrona de la Archidiócesis, que procesiona cada 15 de agosto.

En España el 15 de Agosto es llamado el día de la Virgen de Agosto, pero para buscar sus orígenes hay que irse a Italia. Allí se llama al 15 de agosto “Ferragosto” y se celebra el final del verano con fiestas populares que tienen su origen en el imperio romano.
“Ferragosto” deriva de “feriae Augusti”, es decir, descanso de Augusto, fiesta iniciada en el 18 a. C.,  por el emperador Octavio Augusto y el Senado romano. El mes de Agosto recibe el nombre del popular emperador romano, por ser el mes más grande (con más días). La palabra feria viene del latín y quiere decir fiesta.
Las fiestas de Agosto comenzaban con el mes celebrando a Salus la diosa de la salud y patrona de Roma el día cinco, siguiendo con las fiestas de la diosa Diana el Día 13,  -diosa de la luna las mujeres y los animales-  y terminaban con las fiestas por el fin de la cosecha y del trabajo agrícola con bailes,  mercados y carreras de caballos, organizados en todo el imperio romano según la “Nueva Enciclopedia popular” de  Torino Pomba (1845).

Con el paso del tiempo “feriae Augusti” fue abolido, pero la Iglesia Católica decidió unir los rituales cristianos y tradiciones paganas celebrando 15 de agosto, la Asunción de María. El dogma católico de la Asunción fue proclamado por el Papa Pío XII en 1950.
Entonces el gobierno de Musolini popularizó las vacaciones de agosto del 13 al 15 organizando viajes baratos “trenes populares de agosto”.  Se podía elegir visitar ciudades, playas  y montaña a precios muy reducidosEn Italia siguiendo antiguas fiestas roamanas el fin del verano se celebra el 15 de agosto,  encendiendo hogueras para ahuyentar a las fuerzas del mal  o sumergirse en las aguas a medianoche. A partir de esa fecha comienzan de nuevo las clases.
El origen de las fiestas patronales
En la antigua Roma cuando un vecino del pueblo salía de viaje se encomendaba al patrón o imagen de su devoción colocada en las puertas de las casas y en las puertas de las murallas  de la ciudad al que se invocaba además contra plagas, desastres naturales o enfermedades.La palabra patrón viene del latín, patrōnus que quiere decir defensor y protector.
Para ahuyentar enemigos y enfermedades ermitas a los santos cristianos  comenzaron a construirse a las entradas de los pueblos andaluces a partir del 312 cuando el emperador Constantino convierte el cristianismo en religión del imperio. Muchos de los santos protectores como San Roque tienen su origen en dioses griegos y romanos, como Esculapio.
Salus Populi Romani patrona de Roma
La diosa Salus Populi Romani era la diosa de la salud, relacionada con las aguas patrona de Roma y defensora del pueblo romano. El 5 de agosto se celebraba el Augurium Salutis, con plegarias para proteger el Estado Romano.   Salus se representaba con una serpiente y una copa hoy símbolo de las farmacias.  La serpiente representa poder,  y el cáliz el remedio. En muchas ciudades andaluzas como Ecija, Alcalá o Marchena se han constantado cultos salutíferos en la antigua Bética. 
En el año 352 el 5 de agosto, amaneció nevado el monte Esquilino de Roma, y allí se hizo la primera iglesia a la Virgen de las Nieves.  Hoy la patrona de Roma sigue siendo Salus Populi Romani un icono bizantino ubicado en Santa Maria la Mayor.

 

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Las joyas de Palacio Ducal que aún quedan entre los muros de los conventos marcheneros

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José de Medina, administrador del Palacio y Casa Ducal a principios del XIX defendió con uñas y dientes los intereses de la Casa Ducal, frente a la hostilidad del Cabildo municipal que se había desentendido por completo de la necesidad de conservar el edificio del Palacio Ducal.

Debido a la carga económica y al lastre feudal que representaba en Palacio Ducal, el Cabildo municipal no quiso asumir el coste de reparar el edificio cuando aún tenía arreglo. El calamitoso siglo XIX español, puso las bases de la ruina y Mariano Téllez, el Duque derrochador, le dió la puntilla. Se subastaron hasta las piedras, vendidas al peso. El resto son ruinas y obras de arte diseminadas por los conventos marcheneros.

No tenemos el Palacio pero tenemos los documentos y el arte, capaces de contar su memoria perdida.

Una de las joyas del Palacio era la cabeza de San Juan Bautista, que los duques tenían en sus habitaciones, y usaban como antídoto milagroso contra el dolor de cabeza, tallada por el francés Nicolás Cordier. O la sortija de diamantes con la que se casaban las duquesas que también conservan las monjas.

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Edán y Eva de Durero, grabado conservado en el convento de Santa Maria. 

Lucas Jordán, Murillo, Durero, Rubens,-diseñador de los tapices-, Ribera. Es el listado de artistas relacionados con el Palacio Ducal marchenero, bien porque trabajaron directamente para él, o porque sus obras acabaron en las colecciones ducales.

Una joya de Lucas Jordán en el convento de la Concepción de Marchena

Los Reyes Católicos, Colón, Carlos V, son algunos personajes que se alojaron en él. Los expertos creen que si existiera, el palacio de Marchena se asemejaría al de Pilatos de Sevilla y sería el principal polo de atracción turístico y cultural.

Lucas Jordán del convento de Santa Maria de Marchena. 

Las colecciones artísticas ducales conservadas en el Convento de Santa María darían para llenar un museo de gran calidad, como el San Agustín, posiblemente de Ribera, que se guarda en el templo del mismo nombre. También hay obras de Francisco Pacheco o El Divino Morales.

San Agustín de Ribera. 

Todas las iglesias y conventos marcheneros están perlados de obras de arte excepcionales donadas por los Duques en diversas épocas, especialmente por la muy culta Guadalupe Láncaster, que fue una de las últimas grandes duquesas de Arcos.

La cultura y el dinero de Doña Guadalupe le llevó a apoyar expediciones descubridoras o evangelizadoras en Armenia, California o Japón y esto se reflejó en su correspondencia y en sus donaciones a Marchena. En los grabados del convento hay escritos  de una japonesa que se convirtió al cristianismo.

Más joyas. Piezas de marfil procedentes de Japón traídas por jesuítas y conservadas en Santa Isabel. En este templo también hay pinturas flamencas, la exaltación de la Eucaristía y el niño Jesús coronando santos y un espejo coetáneo y similar al de la Meninas, donado por los Duques. Entre la colección artística de Joaquín Ponce de León, el hijo de Guadalupe, estaba Las Meninas de Orset, un estudio previo de pequeño formato hecho por Velázquez.

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Actualidad

De «hacer sábado» a «vete a la porra»: el origen real —y a veces legendario— de cinco expresiones populares

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Hay palabras que usamos sin pensar que arrastran detrás siglos de historia. Mandamos a alguien «a la porra», amenazamos con «tirar de la manta», hacemos «sábado» cuando limpiamos a fondo la casa o, cuando se agota la paciencia, dejamos caer un poco amistoso «que te den morcilla». Algunas de estas expresiones conservan rastros bastante claros de antiguas costumbres; otras han acabado rodeadas de historias tan buenas que cuesta distinguir dónde termina el documento y dónde empieza la leyenda.

Y entre todas ellas aparece incluso un personaje real de la Andalucía del siglo XV con un apellido difícil de olvidar: Pedro Hernández o Fernández Cabrón. Existió, navegó, combatió y participó en las expediciones castellanas a Canarias. Lo que ya es mucho más difícil de sostener es que a él le debamos uno de los insultos más universales del español.

«Hacer sábado»: cuando limpiar la casa podía decir algo sobre tu fe

La expresión «hacer sábado» ha ido desapareciendo de buena parte del habla cotidiana, aunque todavía se escucha en algunas zonas de España con un significado muy preciso: hacer una limpieza general de la casa.

 La propia Real Academia Española mantiene la locución y la define como realizar el sábado «una limpieza de la casa más esmerada y completa que el resto de la semana». El nombre del día tiene además una historia mucho más antigua: «sábado» procede, a través del latín y el griego, del hebreo šabbāt, vinculado precisamente al descanso sabático judío.

Aquí comienza una de esas explicaciones históricas que conviene contar con prudencia.

Se ha difundido ampliamente la teoría de que la expresión nació entre los conversos, especialmente después de las conversiones forzosas y bajo la vigilancia de la Inquisición. Como el sábado era día de descanso para los judíos observantes, algunos cristianos nuevos habrían hecho ostentación precisamente de lo contrario: limpiar, sacudir colchones, lavar y trabajar ostensiblemente durante el sábado para demostrar ante los vecinos que no guardaban en secreto el shabbat. Esta explicación aparece repetida en obras de divulgación y medios contemporáneos.

El contexto histórico que la haría posible es indudablemente real. Los conversos fueron vigilados durante generaciones y determinadas prácticas domésticas, alimentarias o religiosas podían despertar sospechas de judaizar. La literatura de los siglos XV y XVI demuestra, además, que la observancia del sábado y determinadas costumbres alimentarias eran utilizadas para señalar públicamente el supuesto judaísmo de una persona.

«Tirar de la manta»: una expresión con una inquietante historia 

Actualmente significa revelar aquello que alguien pretendía mantener oculto, especialmente cuando se trata de secretos comprometedores. El Diccionario histórico de la RAE ha localizado ya este sentido en 1811, en las Cartas críticas del Filósofo Rancio, de Francisco Alvarado.

Pero para comprender la posible manta original hay que viajar varios siglos atrás. Después de la expulsión de los judíos, muchos aceptaron el bautismo y permanecieron en España. La obsesión posterior por la llamada «limpieza de sangre» llevó a mantener públicamente la memoria de aquellos orígenes familiares.

En las parroquias mayores se solía colocar un gran lienzo con los nombres de los conversos para que las generaciones posteriores pudieran conocer quién descendía de aquellos llamados «cristianos nuevos». Aquella pieza, era conocida precisamente como la «manta de sambenitos» y tuvo un enorme peso social: permitía acusar a alguien de ser «de los de la manta», lo que constituía un grave insulto, porque cuestionaba públicamente la supuesta limpieza de su linaje. Aquellos instrumentos de discriminación permanecieron durante siglos asociados a la memoria de las familias judeoconversas.

De ahí procede la explicación tradicional de «tirar de la manta»: recurrir a esa memoria genealógica equivalía a destapar el origen que alguien deseaba mantener oculto.

«Que te den morcilla»: una frase mucho más siniestra de lo que parece

La morcilla no siempre fue únicamente el conocido embutido. La RAE conserva una segunda acepción: «trozo de carne envenenada usado para matar perros». Y todavía define «dar morcilla» como «matar con morcilla envenenada». Sólo después aparece su sentido figurado de fastidiar o incordiar. Finalmente, «que te den morcilla» se recoge como expresión de rechazo, desprecio o desinterés hacia alguien.

La evolución semántica resulta bastante transparente.

Durante mucho tiempo los perros vagabundos fueron considerados un grave problema urbano, especialmente por el temor a la rabia. Entre los procedimientos utilizados para eliminarlos estuvo la utilización de carne o embutido envenenado. De aquel significado literal de «dar morcilla» —dar muerte al animal mediante un cebo envenenado— se habría pasado al deseo figurado dirigido contra una persona: «que te den morcilla».

Con los años perdió su literalidad terrible. Hoy nadie que pronuncia la frase está deseando normalmente que el interlocutor coma un embutido envenenado; simplemente está diciéndole, con mayor o menor enfado, que desaparezca de su vista.

Pero debajo de la frase permanece la memoria de una práctica bastante menos inocente.

Otra teoria sobre su origen 

Los tribunales inquisitoriales prestaban atención a los hábitos alimentarios. En procesos contra personas acusadas de judaizar aparecen como indicios no comer carne de cerdo. Un estudio sobre autos de fe señala expresamente que entre las costumbres atribuidas a los judaizantes estaba «no comer carne de cerdo» y que esos indicios llegaron a utilizarse en condenas. Otro trabajo basado en documentación inquisitorial recoge igualmente la abstención de tocino, carne y manteca de cerdo dentro de las prácticas investigadas.

Por eso comer cerdo podía funcionar socialmente como demostración de cristianismo. Hay incluso estudios especializados sobre las relaciones entre «conversos, ollas e inquisidores» y sobre cómo la alimentación adquirió una dimensión identitaria en la España de los siglos XV y XVI. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recoge esa bibliografía académica específica.

Y la morcilla era especialmente significativa, porque una morcilla tradicional podía reunir dos elementos incompatibles con las normas alimentarias judías: cerdo y sangre. Por eso es perfectamente verosímil que comerla públicamente pudiera servir a un converso para alejar sospechas. Lo que no he encontrado en fuentes académicas fiables es una práctica institucional del Santo Oficio que pudiéramos formular así: «la Inquisición daba una morcilla al sospechoso para comprobar si era judío». Conviene no afirmarlo de esa manera sin un documento que lo demuestre.

«¡Vete a la porra!»: del campamento militar al enfado cotidiano

Otra de las historias más difundidas nos lleva a los Tercios españoles de los siglos XVI y XVII.

Según esta explicación, el sargento mayor llevaba una larga insignia o bastón de mando que servía también para organizar las formaciones. Cuando la unidad realizaba una parada prolongada, aquel bastón podía clavarse en el terreno señalando el puesto de mando; alrededor se situaba la guardia y allí quedaban custodiados elementos importantes de la unidad.

La tradición añade el detalle fundamental: los soldados arrestados eran enviados precisamente a aquel lugar, de manera que «mandar a alguien a la porra» habría significado originalmente enviarlo a cumplir arresto.

La explicación no procede solamente de páginas de curiosidades. Un estudio publicado en 2009 en la revista Berceo, dedicado al sargento mayor de los Tercios de Flandes Juan Bazo de Moreda, analiza su insignia de mando, de unos tres pies —aproximadamente 84 centímetros—, utilizada para ordenar las formaciones. El autor plantea su posible identificación con la «porra» y recoge la tradición según la cual, clavada en tierra durante una parada, señalaba el puesto de mando, quedando allí guardia, bandera y caudales; añade expresamente la relación tradicional entre «mandar a la porra» y arrestar a alguien.

Conviene, sin embargo, conservar el matiz que introduce el propio investigador: la identificación exacta del bastón de mando con aquella «porra» no se presenta como una certeza absoluta.

La RAE ya no conserva en la expresión ninguna memoria explícitamente militar. «A la porra» equivale hoy a «a paseo», mientras que «porra» o «porras» funcionan también como interjecciones de disgusto o enfado.

Así, una hipotética orden disciplinaria de los viejos ejércitos terminó convertida en una de las formas más españolas de quitarse a alguien de encima.

Pedro Hernández Cabrón: existió el hombre, pero no inventó el insulto

Y llegamos a la historia más irresistible de todas.

En la Andalucía del siglo XV hubo realmente un personaje llamado Pedro Hernández Cabrón, citado también como Pedro Fernández Cabrón. Fue marino y personaje destacado de las expediciones castellanas de finales de la Edad Media. Las crónicas canarias lo relacionan con la campaña de 1479 en Gran Canaria, donde resultó gravemente herido durante los combates con la población indígena. Su apellido ha quedado incluso vinculado tradicionalmente a la actual playa de El Cabrón, en Agüimes.

Cabrón estuvo además relacionado con las luchas nobiliarias de la Andalucía occidental del siglo XV y aparece vinculado al entorno de los Ponce de León, la poderosa Casa de Arcos. Las fuentes históricas lo sitúan en aquellas guerras de bandos y posteriormente en distintas empresas marítimas de finales del reinado de los Reyes Católicos.

Con semejante apellido y una biografía llena de violencia, corso, guerras y aventuras marítimas, era casi inevitable que surgiera una historia extraordinaria: que sus contemporáneos comenzaron a llamar «cabronadas» a sus malas acciones y que, finalmente, el apellido Cabrón terminó convertido en insulto.

El problema es que la lingüística no respalda esa historia.

La Real Academia Española es inequívoca respecto de la etimología. «Cabrón» procede del aumentativo de «cabro», es decir, del nombre tradicional del macho de la cabra. Entre sus significados posteriores aparecen el de persona que hace malas pasadas, el del hombre cuya mujer le es infiel y otras acepciones ofensivas o malsonantes.

Por tanto, Pedro Cabrón no dio origen a la palabra.

Es justamente al revés: el personaje histórico ya llevaba un término que existía independientemente de él.

Eso no resta interés a su biografía. Al contrario. La existencia de un marino tardomedieval llamado realmente Cabrón, vinculado a Cádiz, a las luchas de los Ponce de León y a la conquista castellana de Canarias, parece una de esas ironías que la historia reserva a los periodistas siglos después. Pero convertirlo en inventor involuntario de «cabrón» y «cabronada» supone abandonar la documentación para entrar en el terreno de la leyenda.

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Los Ríos: una dinastía marchenera que convirtió el hierro en arquitectura

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La historia de la forja en Marchena adquiere nombres y apellidos durante el siglo XVIII con la familia de los Ríos, una estirpe local de herreros y maestros cerrajeros cuyo trabajo alcanzó prestigio fuera de la villa. No eran simples reparadores de aperos o herraduras. Dominaban una especialidad mucho más compleja: la rejería artística, ese punto en el que el hierro deja de parecer un material pesado y comienza a dibujar en el aire.

Su obra más extraordinaria se conserva en la iglesia de San Juan Bautista. Se trata de la gran reja que cierra el coro, contratada en 1732 y concluida hacia 1742. La estructura presenta un solo cuerpo de barrotes y balaustres, coronado sobre la puerta central por un gran remate ornamental. En lo alto aparece una corona real flanqueada por ángeles con palmas; a ambos lados se levantan pequeñas espadañas con campanas, unidas mediante guirnaldas a otros ángeles que parecen tocar sus trompetas sobre el hierro. Algunas partes fueron doradas y policromadas, de modo que la reja no actuaba únicamente como cerramiento: formaba parte del gran escenario barroco compuesto por el coro, los órganos, la sillería y el trascoro.

La documentación y los estudios publicados ofrecen una autoría que debe entenderse dentro del funcionamiento de un taller familiar. Manuel Antonio Ramos Suárez atribuye la realización a Cristóbal de los Ríos, herrero de Marchena, y señala que los últimos pagos fueron entregados a José y Juan de los Ríos, hijos y herederos del maestro. El dorado y la policromía se ejecutaron posteriormente, entre 1755 y 1757, por el pintor Francisco Palomino.

Sin embargo, otro documento de 1780, estudiado por Manuel Clavijo Andújar, aporta un matiz fundamental. Al presentarse para realizar dos rejas en la iglesia de San Miguel de Morón de la Frontera, Juan de los Ríos Vallejo incluyó entre sus méritos profesionales la reja del coro de San Juan de Marchena, afirmando que en ella había contado con la ayuda de su padre. También se atribuía una reja para la capilla mayor de la misma iglesia marchenera y otra obra destinada al sagrario de la Casa Grande de San Francisco de Sevilla.

Por tanto, más que buscar una sola mano, resulta más correcto hablar del taller de los Ríos. Cristóbal habría transmitido el oficio a sus hijos, mientras Juan fue adquiriendo progresivamente mayor responsabilidad artística. La reja del coro pudo ser una obra de juventud realizada bajo la dirección o con la colaboración paterna. Los documentos conservan las dos perspectivas: las cuentas parroquiales relacionan el encargo con Cristóbal y los pagos finales con sus herederos; el expediente profesional de Juan reivindica su intervención directa.

La reja de San Juan demuestra hasta dónde llegó aquella familia. Su decoración calada, los balaustres, las guirnaldas, las figuras humanas y las aplicaciones metálicas convierten el conjunto coral en una especie de joyero monumental. El hierro parece perder su peso: se curva, se ramifica y asciende como si la fragua hubiera aprendido el lenguaje de los retablos. Clavijo Andújar considera a los Ríos una dinastía de artífices naturales de Marchena y sitúa su taller como un foco de irradiación provincial, con trabajos o influencias documentados en Morón, Paradas, Estepa y Arahal.

Juan de los Ríos aparece también documentado en 1765 como maestro cerrajero de la fábrica de San Juan. Participó en la construcción de la tribuna destinada al nuevo órgano de Juan de Chavarría junto al maestro carpintero Alonso Mesón y al albañil Francisco Navarro. El dato confirma que no era solamente un rejero ornamental: intervenía en estructuras arquitectónicas complejas, coordinándose con profesionales de la madera, la albañilería y la organería.

La familia de los Ríos permite hablar, por tanto, de una verdadera escuela marchenera de la forja. Su trabajo nació de la fragua familiar, pero atravesó los límites de la villa. En San Juan permanece su testimonio más visible: un muro transparente de hierro que lleva casi tres siglos separando espacios sin impedir que pasen la música, la luz y la mirada.

Saber más

  • Manuel Antonio Ramos Suárez, “Arquitecturas para la música: las cajas de órgano de la parroquia matriz de San Juan Bautista de Marchena”, Archivo Español de Arte, CSIC, 2013.
  • Manuel Clavijo Andújar, “Proyecto de rejas para la parroquia de San Miguel de Morón de la Frontera”, Laboratorio de Arte, Universidad de Sevilla, 1991.

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Rodrigo Ponce de León, el señor de Marchena que cinco siglos después continúa ganando batallas

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Más de cinco siglos después de su muerte, Rodrigo Ponce de León vuelve a conquistar cada verano Málaga, escala de nuevo las murallas de Zahara de la Sierra y reaparece entre soldados, embajadas y banderas en las fiestas de Setenil de las Bodegas. La televisión también le ha devuelto el rostro. En la serie Isabel, producida por Televisión Española, el actor Fernando Soto encarnó a aquel señor de Marchena que pasó de enemigo de Isabel la Católica a convertirse en uno de sus principales capitanes.

Rodrigo murió en Sevilla en agosto de 1492, pero su personaje sobrevivió. Lo hizo primero en las crónicas, después en la literatura nobiliaria y ahora en las fiestas históricas con las que numerosos municipios andaluces reconstruyen su pasado. Como el Cid, sigue ganando batallas después de muerto, aunque sus victorias actuales ya no se libran con lanzas y artillería, sino en la memoria colectiva.

El marqués de Cádiz vuelve a entrar cada agosto en Málaga

La Feria de Málaga nació de la conmemoración de la incorporación de la ciudad a la Corona de Castilla, consumada en agosto de 1487. La entrada solemne de los Reyes Católicos se produjo el 19 de agosto, después de uno de los asedios más largos y duros de la Guerra de Granada.

La Cabalgata Histórica organizada por la Asociación Cultural Zegrí reconstruye aquel episodio. El bando cristiano parte por el centro de Málaga, mientras la representación de las autoridades musulmanas desciende desde la Alcazaba. Ambos cortejos se encuentran en la plaza de la Aduana, donde se escenifica la entrega de las llaves de la ciudad.

Rodrigo Ponce de León aparece entre los personajes históricos de la comitiva como marqués de Cádiz. No es quien recibe las llaves —ese lugar corresponde al rey Fernando—, pero marcha junto a los monarcas, los arqueros, ballesteros, alabarderos, artilleros y capitanes castellanos. Así quedó documentado, por ejemplo, en la Cabalgata Histórica de 2019, en la que el pintor Antonio Montiel representó a Fernando el Católico y el marqués de Cádiz figuró entre los personajes del cortejo.

En 2025 participaron más de doscientas personas. Las tropas cristianas salieron de la plaza de la Merced y el bando musulmán lo hizo desde la Alcazaba antes de encontrarse para la entrega simbólica de las llaves. La página histórica de la Feria del Ayuntamiento confirma que la cabalgata rememora la entrada de los Reyes Católicos en 1487. Para 2026, el Consistorio ha fijado la Feria entre el 15 y el 22 de agosto.

El verdadero papel del señor de Marchena en la conquista de Málaga

La recreación concentra la atención en los Reyes Católicos y en la entrega de las llaves, pero la actuación de Rodrigo Ponce de León fue mucho más amplia que la imagen de un noble acompañando al monarca.

Su importancia residía en su experiencia en la frontera, en el conocimiento del territorio y en la capacidad de movilizar hombres y recursos desde sus dominios andaluces. Entre ellos se encontraba Marchena, centro político del Estado de Arcos y lugar desde el que partieron tropas para diferentes campañas.

Durante el asedio malagueño de 1487, el marqués participó en las operaciones militares y en el dispositivo que fue cerrando las comunicaciones de la ciudad. Málaga tenía una importancia excepcional por su puerto, su actividad comercial y su valor como puerta marítima del reino nazarí. Su conquista no fue una rápida entrada triunfal, sino el desenlace de un cerco de varios meses, con una resistencia especialmente dura en la Alcazaba y Gibralfaro.

La campaña estuvo dirigida por los Reyes Católicos y contó con numerosos nobles, mandos, contingentes concejiles y especialistas en artillería. El marqués fue uno de sus capitanes más destacados, pero la conquista fue una empresa militar de la Corona.

Zahara: la batalla que vuelve a librarse en las calles

Donde la memoria de Rodrigo Ponce de León alcanza una intensidad excepcional es en Zahara de la Sierra. Cada otoño, en octubre, sus vecinos representan la toma castellana de la villa, ocurrida en 1483.

La recreación incluye campamentos nazaríes y cristianos, desfiles, intercambios de alimentos, escaramuzas, caballos, escaladores y la capitulación de los defensores. Rodrigo no aparece aquí como un personaje secundario del séquito real, sino como el capitán que encabeza la conquista.

La Agenda Cultural de la Junta de Andalucía explica que el marqués partió de Marchena y, después de un breve asedio, logró apoderarse de la fortaleza en octubre de 1483. La documentación no permite determinar con absoluta seguridad el día exacto, aunque tradicionalmente se fija el 28 de octubre.

La conquista se realizó mediante escaladores que alcanzaron las defensas en una operación arriesgada. El éxito tuvo consecuencias territoriales directas: la villa quedó vinculada a la Casa de Arcos y Rodrigo recibió posteriormente el título de marqués de Zahara.

En 2025, la localidad celebró una nueva edición de la Recreación Histórica de la Toma de la Villa, con cientos de vecinos y voluntarios. La Diputación de Cádiz la presenta como una de las grandes celebraciones culturales y patrimoniales de la Sierra. 

Setenil: el capitán que se negó a abandonar el asedio

Setenil de las Bodegas conserva otra memoria especialmente poderosa del señor de Marchena. La localidad fue conquistada el 21 de septiembre de 1484, después de resistir diferentes intentos castellanos a lo largo del siglo XV.

La campaña estuvo encabezada por Fernando el Católico, pero Rodrigo Ponce de León desempeñó un papel relevante como capitán del ejército. La tradición histórica destaca su determinación cuando el asedio parecía estancarse. Frente a quienes aconsejaban levantar el cerco, el marqués habría defendido su continuación e incluso se habría mostrado dispuesto a mantenerlo con sus propios hombres y recursos.

La llegada y empleo de la artillería terminó resultando decisiva. Por eso sería más preciso afirmar que Rodrigo fue uno de los principales impulsores militares de la operación, no el conquistador único de Setenil.

La localidad recuerda aquellos hechos en su Fiesta de Moros y Cristianos. El pueblo se transforma en un escenario medieval y representa escenas teatrales relacionadas con el asedio y la entrada castellana. Los programas municipales han incorporado expresamente el nombre de Rodrigo Ponce de León y su participación en la toma. Ayuntamiento de Setenil de las Bodegas.

Alhama: la hazaña que encendió la Guerra de Granada

Antes de Zahara, Setenil y Málaga estuvo Alhama. Su conquista, en febrero de 1482, convirtió a Rodrigo Ponce de León en una figura de alcance peninsular.

La operación fue preparada con enorme secreto. Una fuerza integrada por hombres del marqués, del asistente de Sevilla Diego de Merlo y de otros capitanes alcanzó de noche la fortaleza. Un grupo de escaladores penetró en el recinto y abrió el camino al resto de las tropas.

La toma de Alhama provocó una conmoción en Granada y desencadenó una respuesta inmediata del emir Muley Hacén. Rodrigo permaneció dentro de la plaza durante el posterior cerco, hasta que llegaron refuerzos. Entre quienes acudieron estaba su tradicional enemigo, el duque de Medina Sidonia. La necesidad militar favoreció así la reconciliación de dos grandes casas nobiliarias andaluzas enfrentadas durante décadas.

Alhama no mantiene una recreación anual centrada exclusivamente en Rodrigo con la continuidad alcanzada por Zahara, pero su memoria está presente en la historiografía local, en rutas culturales, conferencias y actos relacionados con la conquista de la ciudad. La propia televisión pública lo presenta como “el capitán más destacado” de aquella toma.

De enemigo de Isabel a personaje de Televisión Española

La memoria contemporánea de Rodrigo Ponce de León alcanzó a millones de espectadores con la serie Isabel. Fernando Soto interpretó al marqués de Cádiz durante la segunda temporada.

La producción no lo redujo a un guerrero de frontera. Mostró también su pasado político: había respaldado primero a Enrique IV y después a Juana, conocida como la Beltraneja, durante la guerra sucesoria castellana. Tras la victoria de Isabel, el marqués consiguió ser perdonado y conservar sus títulos. Desde entonces puso su experiencia militar al servicio de la Corona.

RTVE destaca tres aspectos del personaje: su protagonismo en Alhama, su intervención en la estrategia de liberar a Boabdil para profundizar la división interna de la familia nazarí y su presencia en el final de la Guerra de Granada. Ficha oficial del personaje en RTVE y perfil histórico publicado por RTVE.

Las otras victorias que construyeron su leyenda

La biografía del marqués no se limita a cuatro ciudades. Su nombre está relacionado con buena parte de la fase final de la Guerra de Granada:

En Ronda intervino en la campaña de 1485 que terminó con la rendición de una de las principales fortalezas del occidente nazarí. Su experiencia sobre la serranía y la recuperación previa de Zahara fueron importantes para estrechar el cerco.

Participó también en las campañas de Álora, Loja, Vélez-Málaga, Baza y Granada, además de operaciones en la Axarquía. No todas fueron victorias. En 1483, la expedición cristiana por la Axarquía malagueña terminó en un grave desastre. Rodrigo logró escapar, pero perdió numerosos hombres y familiares. Este fracaso es fundamental para evitar una imagen puramente legendaria e invencible.

También estuvo presente en la fase final de la guerra y en la rendición de Granada. Murió pocos meses después, en agosto de 1492.

El Cid andaluz de la memoria popular

La comparación con el Cid no nació únicamente de su valor militar. Ambos personajes quedaron rodeados por una narración que comenzó muy pronto a separar al hombre histórico del héroe.

Después de la muerte de Rodrigo se difundió la Historia de los hechos de don Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz, una crónica nobiliaria que contribuyó decisivamente a fijar su imagen de caballero victorioso, prudente y providencial. En 1493, apenas unos meses después de su fallecimiento, Juan de Padilla publicó El laberinto del duque de Cádiz, prueba de que la construcción literaria del personaje comenzó casi inmediatamente.

Sin embargo, detrás del héroe permanecen las contradicciones del siglo XV: las guerras privadas entre linajes, la lucha por el territorio, los cautivos, la violencia de los asedios y la dureza que sufrieron las poblaciones vencidas. Las recreaciones actuales convierten esos hechos en patrimonio, teatro y celebración colectiva, pero no deben borrar esa complejidad.

Rodrigo Ponce de León continúa ganando batallas porque cada localidad lo reconstruye de una manera distinta. Zahara lo recuerda escalando sus murallas; Setenil, resistiéndose a abandonar el cerco; Málaga, entrando junto a los Reyes Católicos; Alhama, irrumpiendo en la noche; y la televisión, tomando decisiones en los campamentos de Isabel.

Marchena conserva la clave que une todas esas memorias. Desde aquí se administraba el Estado de Arcos, se reunían recursos y partían hombres hacia la frontera. Por eso, cuando el marqués vuelve a desfilar por Málaga o a subir las murallas de Zahara, también regresa simbólicamente el señor de Marchena. La historia lo enterró en 1492; la memoria andaluza todavía no ha permitido que abandone el campo de batalla.

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