Historia
La calle de la Almona o de la fábrica de jabón
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4 años agoon
Portada: Calle de la Almona, o La Mona, hoy calle Mariana Pineda.
En el XIX La libra de jabón blando seguía siendo un bien preciado que se vendía a dos reales y medio la libra en la Casa de Venta del Jabón propiedad de la Casa Ducal que producía rentas de 550 reales al año mientras que la Casa de la Almona o fábrica de Jabón generaba 440 reales anuales. 12.500 reales percibía la hacienda del duque por las rentas del jabón de Marchena.
Para hacer jabón se necesitaba aceite y almarjos, planta que crece en terrenos con agua y de cuya quema se obtiene la sosa o barrilla, cenizas ricas en sales alcalinas para blanquear la ropa. Por este motivo el impuesto se llamó renta del jabón, de la sosa y barrilla.
Mucha gente podría hacer jabón en Marchena por la riqueza en aguas hasta que en 1572 el Duque se hizo con el monopolio del jabón y los vecinos acudieron a los jueces iniciando un pleito ante la chancillería de Granada.
Antigua Almona de Dos Hermanas.
Los vecinos se quejaban de que el Duque había puesto «estanco en ella para que ningún vecino pudiese hacer jabón en su casa ni meterlo de fuera parte bajo de graves penas» sobre lo que decían las ordenanzas de Marchena.
Un escribano de Marchena declaró que el Estado de Arcos cobraba la renta de la almona de jabón desde 1486.
Un vecino de Marchena, Diego Trigueros afirma que desde 1455 se venían registrando las cuentas del jabón por el mayordomo de Marchena. según esas cuentas a Nicolás de Rojas le cobraron en 1462, 760 maravedíes por las rentas de jabón que tenía arrendadas a Juan Fernández y en 1463 Ruy Fernández paga 2200 reales, y Juan Alfonso arrendador de la renta de jabón de Marchena, 300 maravedíes.
Almona en Guadalcanal.
El Estado de Arcos fabricaba jabón en Marchena, al menos «desde 200 años antes» según los testigos del pleito de 1759 iniciado por el Duque de Medinaceli por el derecho del jabón de Marchena, Arcos y Jerez.
Almona de la Cilla de Osuna.
Los reyes castellanos heredaron y mantuvieron los impuestos creados por los reyes taifas musulmanes, y en Marchena el «tesoro real» o almojarifazgo fue a los Ponce de León incluyendo la renta de la teja y ladrillo, cal y yeso, madera, cenizas de hornos de pan, etc.
Los que la cobraban la renta se llamaban almojarifes, tesoreros de la Real o ducal Hacienda, de Jalifa, máxima autoridad árabe, similar a califa. Aún en 1497 en Arcos se afirma que nadie podía hacer ni vender jabón en la ciudad sin permiso de dicho Jarife o jalifa (sic).
La fabricación del jabón en Sevilla pasa de los reyes musulmanes a la Casa de Medinaceli, y luego Catalina de Ribera por merced de los Reyes Católicos. Las Almonas Reales de la calle Castilla produjeron el jabón más cotizado, el jabón «Castilla» y antes en el siglo XII, en tiempos de Al-Andalus, las jabonerías estaban en Triana cuyos restos aparecieron en una obra en 1989.
Torre de la Almona de Dos Hermanas.
En 1773 Santiago Fernández, vecino de Marchena (Sevilla),pide permiso para fabricar y vender jabón en Marchena y el el Duque le dice que no tiene impedimento alguno en sacarlo a subasta.
Pero el Duque de Medinaceli había comprado el monopolio del jabón del Arzobispado y quien lo incumplía era encarcelado, como le pasó a Diego Alonso de Silva lo que dio origen a pleitos contra los Duques de Arcos y le reclaman en 1761 que dejara libre el derecho del jabón en Marchena y Arcos, pero el derecho a fabricar jabón en Marchena era del Duque de Arcos «desde tiempo inmemorial» alegan las autoridades marcheneras.
La casa de Medinaceli esgrimió los acuerdos de Febrero de 1492 donde Rodrigo Ponce de León vendía al hijo de Pedro Enriquez, 2000 maravedies de las rentas de jabón de Sevilla pero no sobre Marchena.
En 1811 con la toma francesa de Marchena el gobierno local del corregidor Antonio Leguey, colaborador de los franceses acuerda eliminar el monopolio del negocio del jabón del control de los Duques de Medinaceli que pesaba sobre toda la provincia y arzobispado de Sevilla desde el siglo XVI.
Entonces Sebastián de Vega, vecino de Carmona, pide al Ayuntamiento de Marchena que se le permita el comercio de jabón en los puestos públicos marcheneros de acuerdo a impuestos municipales, no pudiendo excederse de los precios que están acordados para su venta por el Ayuntamiento.
FUENTES:
1.-Ejecutoria y memorial ajustado del pleito seguido por el [X] duque de Arcos, Francisco Ponce de León y el [XI] duque de Medinaceli, [Luis Férnandez de Córdoba Figueroa], sobre el derecho de permiso, fabrica y venta del jabón de la almona de Marchena (Sevilla), Arcos y Jerez de la Frontera (Cádiz). 1759-10-13.
2.-Las almonas de Carrión de los Céspedes (Sevilla). Pleitos sobre su propiedad entre el marqués de Villafranca del Pítamo y el duque de Medinaceli en el siglo XVIII.
3.-La composición de los almojarifazgos señoriales del reino de Sevilla, siglos XIII-XV
4.-E. Solano Ruiz. “La hacienda de las casas de Medina Sidonia y Arcos en la Andalucía del siglo XV”. AH, 55, 168, 1972, pp. 96-97).
5.-Autos con las tomas de posesión de todo lo perteneciente a la casa de Arcos en Marchena: castillo, contaduría, alcabalas, censos, cárcel, almona, Monte Palacio, donadíos, cortijos y tierras. Marchena, desde el 10 al 17 septiembre de 1743.
6.-Documentación relativa al convenio establecido entre Francisca Ponce de León, señora de Zahara, y Catalina de Ribera, en nombre de Fernando Enríquez, su hijo y del adelantado mayor de Andalucía, Pedro Enríquez, cediendo la primera cierta cantidad de renta sobre las jabonerías de Sevilla y Cádiz, a cambio de la almona y jabonería de Jerez de la Frontera.
7.-Documentos de posesión de derechos sobre jabonerias de la Casa de Arcos en Sevilla y Jerez en 1448.
8.-Testimonio de la denuncia que presentó Antonio de Herrera, arrendador del abasto y renta del jabón, contra Benito Márquez y su mujer María Hernández, por haber actuado contra las ordenanzas de la renta del jabón, y sentencia por dicha denuncia. 1560.
9.-Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo II. Actas municipales. 1800-1933. José Alcaide Villalobos.
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Historia
San Ginés: ermita, lazareto, manantial y molino de aceite
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2 días agoon
24 mayo, 2026
San Ginés es uno de los lugares más interesantes del pasado de Marchena. Las fuentes históricas antiguas nos cuentan que aquí había una ermita donde vivían ermitaños. También se encontraron algunos restos romanos en la zona. Además hasta hace cincuenta años tuvo una fuente pública para el ganado. Era el inicio del camino de Osuna y Granada y fue usado como lazareto en las epidemias del XIX.
San Ginés de Arlés fue un mártir cristiano que falleció decapitado en 303 bajo el mandato de Diocleciano en el municipio de Trinquetaille, al pie de una morera. Nombrado secretario de un magistrado romano, se negó a abandonar el cristianismo y huyó y luego fue capturado y ejecutado por los romanos.
San Ginés en Marchena es un importante yacimiento arqueológico poblado desde el neolítico y donde aparecieron dos vasos campaniformes que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional y varias tumbas romanas.
Además San Ginés tuvo una Almazara de doble piso y patio central en unas dependencias de molino incluyendo trujales, sala de prensa y restos de antiguas cuadras, según el IAPH.
San Ginés era además un lugar rico en aguas subterráneas donde se construyó una ermita, habitada por ermitaños, y donde había unos pilares con agua para el ganado que en el XIX se convirtieron en uno de los lavaderos públicos del municipio.
Lo que hasta entonces era un abrevadero de ganado comenzó a ser usado como lavadero público -San Ginés y de la Ventilla-, por lo que el Ayuntamiento publicó unos edictos «en los que se prohíbe lavar la ropa en dichos pilares bajo la pena de multa», según explica Pepe Villalobos en su obra Siglo XIX Tomo I Decadencia Guerra y Revolución.
En 1800 el arzobispo de Sevilla don Luis María de Borbón cedió las ermitas de San Roque y San Ginés para que sirvieran de lazaretos para curar a los enfermos y fortalecer a los convalecientes de la epidemia de fiebre amarilla, al mismo tiempo que el pueblo se cerraba y confinaba y se establecía una zona de va desde el camino de las cuestas hasta San Ginés y se prohibía enterrar a las victimas de la epidemia en los templos.
En 1824 el Arzobispado ofrece al Ayuntamiento de Marchena la venta de las abandonadas ermitas de San Ginés en la salida hacia La Puebla de Cazalla y San Roque, que luego se convierte en cementerio municipal, que junto con Santa Justa eran las tres ermitas rurales del entorno de Marchena.
De nuevo en 1830 el Arzobispado comunica por escrito al Ayuntamiento que quiere desprenderse de las ermitas por la cantidad anual que se estipule, incluyendo los edificios de las ermitas de San Ginés y San Roque, y los terrenos circundantes que disfrutaban los antiguos ermitaños, pero el Ayuntamiento entonces no está interesado. Será con la reiteración de las epidemias y la prohibición definitiva de enterramiento en todas las iglesias cuando el Ayuntamiento decide finalmente instalar el cementerio municipal a finales del XIX en la ermita de San Roque, junto al lavadero.
Igualmente, el Ayuntamiento se ve en la obligación de traer al pueblo el agua de San Ginés y del “El Lavadero”, situados ambos a más de una milla de la población, teniendo en cuenta que la única fuente del pueblo estaba en mal estado y no se podía usar.
El Ayuntamiento acuerda que los peritos estudien la conducción de las aguas desde el manantial de San Ginés hasta el pueblo solicitando, licencia al Real y al Consejo de Castilla para emprender la obra.
Hermandades
Toros, danzas, fuegos artificiales y carros alegóricos: así era el Corpus del siglo de oro
Published
6 días agoon
19 mayo, 2026
El Corpus era la principal celebración religiosa del año, y a ella se sumaban la iglesia, el Duque y el Ayuntamiento, que no reparaban en gastos y medios para realzar la fiesta.
Era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.
En las vísperas salía la Tarasca acompañada de diablillos y mojarrilas, también hubo carros alegóricos, arcos efímeros que se instalaban en las calles, que se empedraban, por donde pasaba la procesión, fiestas de toros, fuegos artificiales y luminarias, meriendas y reparto de pan, grupos de danzas de gitanos, música de ministriles, etc. Todo esto hacía del Corpus la principal fiesta de Marchena.
Los grupos de danzas, la tarasca, los diablillos y mojarrilas y los toros quedaron prohibidos por el Rey en toda España en 1765 al considerarse que restaba devoción y era poco serio para esta fiesta.
Esto nos cuenta la investigación realizada por Ramón Ramos sobre datos del Ayuntamiento que pagaba dichos gastos, que se sumaba a lo que gastara la iglesia y el propio Duque.
La Tarasca, que era una especie de dragón que simbolizaba el pecado, salía la víspera del Corpus. Era una talla también efímera porque se pagaba cada cierto tiempo por hacer una nueva.
Cristóbal Díaz hizo una Tarasca en 1603 y en 1667 el carpintero Francisco Martín cobró 600 reales por hacer otra. Salía acompañada de diablillos y mojarrillas, vestidos con trajes grotescos de colores. Los diablillos iban haciendo ruido con unas vejigas llenas de piedras. En 1656 el sastre Hernando Padilla hizo sus trajes.
Para la víspera las luminarias se colocaban en las plazas públicas y en las calles arcos y en altares y se gasta mucho dinero en el cera.
Las luminarias alumbraban las calles y plazas en la tarde noche de las Vísperas, consistían en barriles y lebrillos con pez y virutas, hachas.
También era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.
En 1656 en Marchena ya hubo corrida de toros en el Corpus . También en Marchena hubo procesiones de carros alegóricos una especie de teatro en carros en los que venían comediantes con un rico y complejo aparato escénico. Los pasos representaban escenas de las Sagradas Escrituras.
Historia
La aduana olvidada de Marchena: los fielatos donde se pagaba por entrar con vino, aceite, carne o trigo
Published
1 semana agoon
18 mayo, 2026
Los antiguos fielatos de Marchena funcionaban como pequeñas aduanas locales situadas en las entradas del pueblo. La Puerta Real, al final de la calle Real o Carrera —hoy entorno de Compañía— fue uno de los puntos clave de control fiscal.
En Marchena hubo un tiempo en que entrar en el pueblo con un carro cargado no era simplemente cruzar una puerta. Era detenerse, declarar la mercancía, pesarla, medirla y pagar. Aceite, vino, vinagre, carne, trigo, jabón, ganado o cualquier producto destinado a la venta podía encontrarse con la mirada del fiel, la romana sobre la mesa y la cuenta abierta.
Aquellas pequeñas aduanas interiores se llamaban fielatos. No eran monumentos, ni conventos, ni palacios. Pero cuentan una parte fundamental de la historia cotidiana: la del impuesto que esperaba al vecino antes incluso de llegar al mercado.

La Puerta Real, el punto clave de la antigua fiscalidad
La documentación de 1826 sitúa uno de los espacios principales de control en la Puerta Real, también llamada Puerta de Osuna, ubicada “al final de la calle Real o Carrera”. Ese año, las autoridades marcheneras pusieron en marcha la recaudación de los llamados Derechos de Puertas, que habían sustituido a las antiguas Rentas Provinciales. Para evitar que nadie esquivara el pago, se acordó el cerramiento total de la villa y la vigilancia de sus entradas.
La razón era clara: todo producto introducido en la villa para venderse debía abonar una tasa. Para recaudarla se establecieron fielatos en las puertas de entrada, donde los dependientes cobraban según la cantidad y calidad de la mercancía.

De puerta militar a punto de pago
La tradición documental recogida en La Marchena Secreta añade un dato de gran valor urbano: la Puerta Real de la Calle Real —Compañía— fue tapiada por los franceses en 1810 para evitar ataques de las tropas españolas. Después, en ese entorno se instalaron fielatos para el pago de impuestos.
Es decir, el espacio de Compañía no solo fue paso de vecinos, tropas, arrieros y mercancías. También fue una frontera económica. Allí donde hoy se cruza casi sin mirar, antes podía levantarse una barrera más eficaz que una muralla: la del papel sellado, la báscula y el cobrador.

Los fielatos del siglo XIX: San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la estación
A finales del siglo XIX el sistema aparece mucho más organizado. En 1889 se acordó instalar el fielato central en la calle San Sebastián número 67, en una casa alquilada por 3 pesetas diarias. Además, se dispusieron casetas o puntos de intervención en las entradas de San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la Estación del ferrocarril.
La llegada del tren obligó a extender el control hasta la estación. Donde entraban mercancías, entraba también la Hacienda. Y donde había Hacienda, aparecían básculas, libros, impresos, rondas de vigilancia y empleados.

Plano de Marchena en 1826 que ubica los fielatos que había en Marchena
El gasto fue considerable: básculas para los fielatos por 627,50 pesetas, un escritorio para el fielato general por 3.000 reales, cinco escopetas, una carabina, pólvora, balas y hasta 30 pitos para la ronda de vigilantes. Aquello no era una simple mesa con un sello: era una maquinaria fiscal completa.
El fiel medidor: el hombre que daba fe del peso y la medida
En este mundo de impuestos, el personaje clave era el fiel medidor, junto al fiel de la romana o fiel romanero. Su función consistía en garantizar que los pesos y medidas fueran correctos en las compraventas. En una economía agraria, donde el trigo, el aceite, el vino o la carne se vendían por medidas concretas, una pesa trucada podía ser una ruina.

“Aquí se pesaba, se medía y se cobraba”.
Veleta del antiguo fielato de Marchena. Las balanzas recuerdan el trabajo del fiel medidor y del fiel de la romana, encargados de pesar, medir y controlar las mercancías sujetas al impuesto de consumos.
Tiene además un doble juego simbólico precioso. La palabra fiel se relaciona con el funcionario que da fe de la medida justa, pero también con el fiel de la balanza, la pieza que marca el equilibrio. Es decir, la veleta está diciendo, con hierro y viento, que aquel lugar era territorio de la medida oficial.
La cruz superior seguramente responde al lenguaje visual tradicional de la época: muchos edificios públicos o semipúblicos incorporaban símbolos religiosos, pero el mensaje específico del fielato lo dan las balanzas. No hablan de justicia abstracta, sino de algo mucho más cotidiano: el pan, el vino, el aceite, la carne y el impuesto que pesaba sobre todo ello.

En 1832, la Intendencia General de Andalucía pidió al Ayuntamiento de Marchena un informe sobre si debían mantenerse los oficios de Fiel medidor y Fiel Romanero. Los síndicos Juan Guerrero Estrella y Ramón de Torres y Atienza respondieron que entre 1812 y 1818 esos oficios habían quedado en libertad, pero que luego volvieron a manos de la duquesa de Arcos. Según el informe, durante los años sin control se produjo un “notable desorden en el arte de medir y pesar”, con perjuicio para labradores, tenedores de grano y compradores al por menor.
El sistema cobraba una pequeña retribución de cuatro maravedíes, que pagaba comprador o vendedor. A cambio, se pretendía evitar engaños en el comercio. El informe prefería la medición directa en el momento de la venta antes que el simple aforo de almacenes, porque este último permitía ocultar género.

Saber más
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo. Marchena 1800-1833. Tomo II. Datos sobre Derechos de Puertas, Puerta Real, fielatos y fiel medidor.
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Restauración plena y crisis finisecular. Datos sobre fielato central de San Sebastián, casetas de Compañía, Santa Clara, Barranco y estación.
- La Marchena Secreta. Libro. Referencia a la Puerta Real / Calle Real / Compañía, tapiada en 1810, y posterior instalación de fielatos.
- José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo I. Contexto sobre fiscalidad, portazgo, consumos y derechos señoriales.
Historia
Los molinos históricos de Marchena: aceite, trigo y un viejo molino de viento flamenco
Published
1 semana agoon
17 mayo, 2026
Marchena no tuvo “un” molino: tuvo un pequeño mundo de molinos. En sus documentos aparecen molinos aceiteros, molinos harineros movidos por el agua del Corbones, tahonas, fábricas de harina y hasta un molino de viento traído desde Flandes en el siglo XVI. La cifra, por tanto, cambia según lo que contemos.
La fotografía más clara del primer tercio del siglo XIX dice que Marchena tenía 31 molinos de aceite y tres molinos harineros sobre el río Corbones. Es decir, 34 molinos documentados en ese momento, sin contar el antiguo molino de viento ni otros molinos que aparecen en épocas posteriores. José Alcaide Villalobos recoge para la villa 14 hornos de pan, tres molinos harineros en el Corbones y 31 molinos de aceite; además, señala que esos 31 molinos aceiteros producían 11.874 arrobas de aceite al año.

Pero la historia no se queda quieta. Los mapas y estudios locales elevan el máximo conocido de molinos aceiteros a 35 en 1861. Después llegó el declive: 19 en 1875, 23 en 1901, 13 en 1930 y apenas restos o supervivencias en el siglo XX. El estudio de María del Carmen Parias Sáinz de Rozas sobre las haciendas de olivar de Marchena, publicado en las Actas de las IV Jornadas sobre Historia de Marchena, es una referencia académica clave para entender ese paisaje olivarero.
Dónde estaban
Los molinos de aceite se repartían entre el casco urbano, el ruedo agrícola y las propiedades conventuales. No siempre conocemos la ubicación exacta de cada uno, porque muchos documentos citan al propietario y no la calle. Aun así, las fuentes permiten situar varios puntos:
En la calle Santa Clara estaba el molino vinculado al convento de Santa Clara, que rentaba 1.100 reales, y en la memoria oral del siglo XX aparece también el molino de Cortés en esa misma calle.
En Fontinas se ubicaba el molino aceitero del convento de San Agustín, que tras la Guerra de la Independencia sufrió robos en puertas, ventanas, cerrojos y fábrica interior.

En el Vallisco estaba el molino de Miguel Moreno; junto a los depósitos de agua de la carretera, el de José Aguilar Barea; en la calle Duarte, el de Cesáreo García Rubio, al lado del molino de Mariano Sanz; y en la calle Pernía, el de Antonio “El Granaíno”. También se citan el molino de Pepe Romero frente a la Industria Aceitunera Marciense, otro frente a la iglesia de Santa Isabel y otro en la finca La Cobatilla, propiedad de Mercedes de Sal y Sanz.
Un mapa de 1826 recoge además los molinos de San Andrés, Terneros, Guardaplata y Montiel, nombres que suenan casi como mojones de una Marchena agrícola ya desaparecida.
El molino de Mariano Sanz es citado como el molino antiguo mejor conservado de Marchena: mantuvo almazara, prensas hidráulicas, tinajas, correas, bombas de transmisión, cuadras, pajares, pozo y espacio para el alpechín. El de Los Pérez, situado frente a Mercadona según la fuente local, aparece como el último molino antiguo en funcionamiento durante buena parte del siglo XX.

Los molinos harineros del Corbones
Marchena también molía trigo. La documentación de 1815 habla de tres molinos harineros dentro del término, movidos por el agua del Corbones. En los expedientes se citan el molino de La Caridad, el molino de don Joaquín Clasevout y el molino de San Pedro.
La Diputación de Sevilla, en su información turística sobre el río Corbones, amplía la memoria hidráulica y afirma que sus aguas llegaron a mover hasta siete molinos harineros en Marchena. Esto no contradice necesariamente la cifra de tres: una fuente habla de los molinos documentados en un momento administrativo concreto; la otra resume una serie histórica más amplia del río.
El molino de viento de San Miguel
La pieza más singular es el molino de viento del barrio de San Miguel. La documentación citada en La Marchena Secreta habla de Maese Pedro Jaus, “el flamenco”, vecino de Sanlúcar de Barrameda, a quien en 1549 se le dieron 400 ducados para ir a Flandes y traer un molino de viento de madera para moler trigo.
La toponimia conserva una pista preciosa: cerca de La Ventilla se menciona el cerro del molinete de viento, asociado al abastecimiento de agua y a la antigua fuente de San Antonio.
Saber más
Fuentes principales consultadas: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX, tomos I y II; La Marchena Secreta; Ruta del León; María del Carmen Parias Sáinz de Rozas, Las haciendas de olivar de Marchena; informe del IAPH sobre la comarca Morón-Marchena, que destaca la importancia de molinos harineros hidráulicos y almazaras en el patrimonio industrial de la zona.
Historia
Marchena rompió con la Constitución de Cádiz el 14 de mayo de 1814
Published
1 semana agoon
15 mayo, 2026
Marchena vivió el 14 de mayo de 1814 uno de los episodios políticos más simbólicos de su historia contemporánea: la ruptura pública con la Constitución de 1812 y la adhesión al absolutismo de Fernando VII.
Aquel día se reunió una junta extraordinaria formada por los alcaldes Vicente Rodríguez y Juan Fernández, varios regidores, síndicos, el vicario eclesiástico, representantes religiosos y vecinos principales de la villa. El acuerdo fue claro: colocar en la puerta principal del Ayuntamiento una nueva lápida con la inscripción: “La única soberanía reside en la cabeza del monarca don Fernando Séptimo”.
El gesto tenía una enorme carga política. La Constitución de Cádiz había proclamado la soberanía nacional; Marchena, siguiendo el clima contrarrevolucionario iniciado en Sevilla días antes, devolvía simbólicamente esa soberanía al rey. Según el acta recogida por José Alcaide Villalobos, la lápida constitucional fue hecha pedazos en las puertas del Ayuntamiento y después se quemó en la Plaza Mayor un ejemplar de la Constitución.
El contexto explica la escena. Fernando VII había regresado a España tras la Guerra de la Independencia y, lejos de aceptar el régimen constitucional nacido en Cádiz, impulsó la vuelta al absolutismo. En Marchena, ese giro se tradujo en una rápida adaptación de las élites locales al nuevo poder. La plaza de la Constitución pasó a llamarse plaza de Fernando Séptimo.
La adhesión al monarca tuvo además una intención local: el Ayuntamiento pidió que Marchena fuese reconocida como villa de realengo, es decir, dependiente directamente del rey y no del señorío ducal. La villa quería ser fiel a Fernando VII, pero también liberarse del peso histórico de la Casa de Arcos.
Seis años después, en 1820, Marchena volvería a celebrar la Constitución tras el triunfo liberal. Las campanas repicaron de nuevo, esta vez en sentido contrario. La piedra rota de 1814 resume así una época de cambios bruscos, lealtades mudables y política escrita a golpe de lápida.
Los meses anteriores fueron de transición: fin de la guerra, esperanza, celebraciones religiosas y patrióticas, pero con una élite local ya dividida. Los meses posteriores fueron de restauración pura y dura: censura, persecución de liberales, borrado de actas constitucionales, regreso de instituciones antiguas y devolución de derechos a los poderes señoriales. Marchena no fue una excepción: fue un espejo pequeño, de piedra y papel quemado, de lo que estaba pasando en toda España.
El año empezó todavía dentro del marco constitucional. El Ayuntamiento electo siguió funcionando, con Vicente Rodríguez como alcalde primero y Juan Fernández Vázquez como alcalde segundo. El 30 de marzo incluso se presentó un presupuesto municipal, señal de que el cabildo seguía trabajando con cierta normalidad administrativa. Pero debajo de esa normalidad crujía la política: a comienzos de año un grupo de notables intentó impedir el nombramiento del juez Lorenzo Casans, al que acusaban de parcialidad, conspiración y cercanía a quienes habían jurado fidelidad al gobierno intruso francés. El propio autor señala que ya se veía que la corporación constitucional estaba muy cuestionada por sectores influyentes contrarios a la Constitución.
La guerra parecía acabarse. Fernando VII entró en España el 22 de marzo de 1814, y en Marchena llegaron noticias de victorias aliadas y del regreso del “Deseado”. El 3 de abril se recibió la noticia de que el rey había quedado libre de su cautiverio; se acordaron misa solemne, sermón, Te Deum, repiques, iluminación de calles y colgaduras. Aquello coincidió con Semana Santa, así que la política y la religión salieron juntas a la calle.
2 de mayo: todavía se habla de libertad.
Pocos días antes de romper con la Constitución, el Ayuntamiento acordó conmemorar a los caídos del Dos de Mayo como “primeros mártires por la libertad española”. Hubo misa, sermón, Te Deum y hasta corridas de novillos para celebrar la caída de Napoleón, el regreso del rey y el fin de las desgracias de la guerra. Es decir: Marchena aún celebraba al rey dentro de un lenguaje patriótico que sonaba constitucional.
El 4 de mayo, desde Valencia, Fernando VII decretó el cese de las Cortes y se negó a jurar la Constitución de 1812. El 6 de mayo, Sevilla derribó la lápida constitucional y la sustituyó por otra dedicada a Fernando VII. Y el 14 de mayo, Marchena siguió el camino de la capital: junta extraordinaria, autoridades civiles y religiosas, vecinos principales, lápida nueva proclamando que la soberanía residía solo en Fernando VII, lápida constitucional rota y ejemplar de la Constitución quemado en la Plaza Mayor.
El 19 de mayo, el cabildo elevó una representación al rey declarando su fidelidad absoluta y pidiendo incluso que Marchena fuese nombrada villa de realengo, “no de señorío”, porque no quería otro señor que Fernando VII. La plaza de la Constitución pasó a llamarse plaza de Fernando Séptimo. El 15 de junio llegó la respuesta de Pedro Macanaz comunicando el agradecimiento del rey, y el Ayuntamiento decidió publicar y fijar el decreto, además de trasladarlo a una tabla para perpetuarlo en la sala capitular.
Julio-agosto: adiós al Ayuntamiento constitucional.
La fidelidad de Marchena no salvó a sus autoridades. Fernando VII ordenó disolver los ayuntamientos constitucionales, cesar a los alcaldes constitucionales y volver a la planta municipal de 1808. Además, las actas de elecciones constitucionales debían borrarse de los libros del Ayuntamiento. En los cabildos del 8 y 12 de agosto se acordó cumplir la orden, y el 13 de agosto tomó posesión la corporación restaurada.
El 25 de julio se comunicó la derogación de la Contribución Directa y el regreso de las rentas provinciales y fiscales como estaban en 1808. El 19 de agosto se restablecieron antiguos arbitrios municipales; el 14 de septiembre, la Contaduría General de Pósitos; y el 19 de octubre, los señores jurisdiccionales recuperaron rentas, frutos, prestaciones y derechos. Dicho claro: no solo cambió la placa de la plaza; cambió el sistema entero.
Saber más
Fuente principal: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833. Tomo I.
Historia
John Downie, el quijote escocés que salvó la vida en el Palacio Ducal de Marchena
Published
1 semana agoon
15 mayo, 2026
Herido en un ojo, atado a un cañón y conducido por los franceses desde Sevilla hasta Marchena, el brigadier John Downie llegó al Palacio Ducal entre el 3 y el 4 de septiembre de 1812. Allí coincidió con la retirada de las tropas napoleónicas y con una de las escenas más singulares de la Guerra de la Independencia en la Campiña sevillana.
Hay episodios de la historia local que parecen escritos para una novela de aventuras. Uno de ellos ocurrió en Marchena durante los días finales de la ocupación francesa, cuando un militar escocés al servicio de la causa española, llamado John Downie, fue llevado malherido al Palacio Ducal, donde se encontraban el mariscal Soult y José I Bonaparte, ya en retirada.
Downie no era un soldado cualquiera. Nacido en Stirling, Escocia, en 1777, había hecho fortuna en América, se había arruinado en Londres y terminó combatiendo en España contra Napoleón. Su figura tenía algo de romántica y quijotesca: luchaba vestido a la antigua, al frente de tropas extremeñas, y llevaba consigo la que se decía era la espada de Francisco Pizarro, regalo de la Condesa de la Conquista.
En 1812, tras la salida francesa de Sevilla, Downie persiguió a las tropas de Soult junto al ejército británico. En el avance hacia el Puente de Triana fue herido de un disparo en un ojo y cayó prisionero. Según la prensa gaditana de la época, concretamente El Conciso, el capitán francés Villatte lo trató con gran dureza: lo llevó atado a un cañón, desangrándose, durante dos días de camino entre Sevilla y Marchena.

Retrato de John Downey.
Cuando por fin llegó al Palacio Ducal, su estado era desesperado. La herida estaba infectada y, según el propio relato recogido por la prensa, el cirujano que lo atendió más tarde encontró gusanos en la lesión. De haber permanecido un día más en manos francesas, probablemente habría muerto.
La escena que se produjo en Marchena resume la tensión de aquel momento. En el Palacio Ducal estaban Soult y José I, que abandonaban Andalucía. Al encontrarse ante el mariscal francés, Downie afirmó que prefería morir antes que seguir bajo las órdenes de Villatte. Finalmente fue canjeado por 150 soldados ingleses. Aquella misma noche, los franceses tuvieron que abandonar Marchena y dejaron al escocés en el palacio.
Al día siguiente fue atendido por un buen cirujano y comenzó su recuperación. La documentación conservada aporta un detalle extraordinario, casi doméstico, que permite imaginar la escena dentro del antiguo palacio de los Ponce de León. El administrador José Medina le proporcionó comida y bebida: una gallina, dos pollos grandes, una botella de aguardiente, otra de resoli, bizcochos, dulces de almíbar, seis hogazas de pan, media libra de chocolate superior y media arroba de vino bueno. Todo ello costó 173 reales de vellón.
La imagen resulta poderosa: fuera, el ejército francés se retira; dentro, un oficial escocés, herido y exhausto, se repone en uno de los palacios más importantes de Andalucía. Marchena, que durante siglos había sido villa ducal y centro de poder nobiliario, se convertía por una noche en escenario de la guerra europea contra Napoleón.
Downie no olvidó aquel episodio. Después escribió una carta de agradecimiento a El Conciso, en la que se declaró “con todo su corazón el más fiel español”. Sobrevivió, se recuperó en Sevilla y más tarde fue nombrado conservador de los Reales Alcázares. La herida le dejó una cicatriz junto al ojo, memoria física de aquellos días en los que estuvo a punto de morir entre Sevilla y Marchena.
El paso de la guerra dejó también cicatrices en la propia villa. El puente sobre el Corbones, por donde huyeron los franceses, tuvo que ser reedificado. El Hospital de Misericordia quedó necesitado de reparaciones urgentes. Una posada de la Plaza Vieja denunció destrozos tras ser ocupada por tropas francesas. La Puerta Real fue tapiada para evitar ataques, la Puerta del Tiro del Palacio Ducal tuvo que restaurarse, y conventos como Capuchinos o Santa Eulalia sufrieron ocupaciones y daños.
Pero entre todos esos rastros de destrucción destaca esta historia mínima y enorme a la vez: la de un escocés que luchaba por España, entró moribundo en Marchena y salió vivo gracias a un canje, un cirujano y una mesa servida en el Palacio Ducal.
Fuente base: datos recogidos en el archivo de Marchena Secreta sobre John Downie, El Conciso y documentación del Archivo Histórico de la Nobleza, AHN Nobleza, Cartas, legajo 194-17.
Foto de portada: recreación de IA de John Downey basada en su propio retrato.
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