El Atlántico le llegaba por Sevilla, por los caminos de Osuna y Carmona, por las cartas que entraban en el Palacio Ducal, por los mercaderes portugueses que subían desde la calle Sierpes y por los objetos extraños —cobres chinos, marfiles filipinos, reliquias lisboetas— que acabaron rezando en los conventos de la villa.
En 1526, Carlos V se casó en el Alcázar de Sevilla con Isabel de Portugal. Aquel enlace no fue solo una boda real: fue una operación política entre dos coronas ibéricas y un escaparate de poder ante embajadores, nobles, criados, soldados y curiosos. El duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, alcaide mayor de Sevilla, tuvo un papel destacado en la recepción de la reina portuguesa en la Puerta de la Macarena.

Después, la comitiva imperial salió hacia Granada y pasó por Marchena, donde el Palacio Ducal acogió a los recién casados y a su séquito internacional. El embajador veneciano Andrea Navagero dejó escrito que partieron de Sevilla el 21 de mayo camino de Granada “pasando por Marchena”.
Marchena era entonces uno de los corazones señoriales de la Casa de Arcos, una villa con rentas, caballos, palacio y capacidad de alojar a una corte en movimiento. En el banco de datos se recuerda que la localidad era “el pueblo principal del duque de Arcos”, con importantes rentas anuales y fama por la cría de caballos de silla.

RODAJE DE LA SERIE CARLOS REY EMPERADOR, EN LA ALHAMBRA
FOTO: ALFREDO AGUILAR
Desde finales del siglo XV, Marchena aparece como territorio de refugio para conversos sevillanos que huían de la jurisdicción real. La documentación recogida en el banco recuerda que los inquisidores Miguel de Morillo y Juan de San Martín ordenaron en 1481 a Rodrigo Ponce de León que no acogiera en sus villas a judíos conversos fugitivos, bajo amenaza de excomunión, confiscaciones y pérdida de privilegios.

El mandato inquisitorial era minucioso: se ordenaba hacer pesquisas en Marchena y otras villas del señorío, identificar a hombres y mujeres llegados recientemente, prenderlos, enviarlos a la cárcel inquisitorial y secuestrar sus bienes mediante inventario público. La frase documental es seca, pero deja ver el miedo de la época: las tierras ducales podían funcionar como margen, como escondite, como espacio donde la autoridad del rey y la del señor no siempre respiraban al mismo compás.
Ese primer capítulo converso tuvo una segunda vida tras la unión de las coronas de España y Portugal en 1580. Muchos judíos expulsados de Castilla en 1492 se habían refugiado en Portugal; allí, las conversiones forzosas y la instalación del Santo Oficio portugués en 1536 abrieron nuevas heridas. Durante los reinados de Felipe III y Felipe IV, y de manera especial con la política del conde-duque de Olivares, los cristianos nuevos portugueses encontraron una vía de entrada en Castilla a cambio de donativos, servicios financieros y redes comerciales. El banco de datos recoge que entre 1601 y 1610, y de nuevo desde 1627, hubo perdones generales y edictos de gracia que facilitaron la salida de conversos portugueses mediante importantes aportaciones económicas.

Sevilla fue el gran imán. La ciudad era puerto de Indias, caja fuerte del imperio y plaza mayor del comercio atlántico. En torno a 1600, la presencia portuguesa se hizo visible en la calle Sierpes, hasta el punto de que en algunos textos del banco se la recuerda como “calle de los Portugueses”. Allí se asentaron mercaderes, tratantes, financieros y familias de origen luso, muchos de ellos cristianos nuevos bajo sospecha de judaizar. Conviene manejar con cuidado el término “marrano”, usado en la época con carga despectiva; hoy resulta más preciso hablar de judeoconversos, cristianos nuevos portugueses o criptojudíos cuando la documentación lo permite.
La estrategia de aquellas familias no fue esconderse siempre, sino mostrarse. Patrocinar capillas, hermandades, fiestas del Corpus o devociones portuguesas como San Antonio era una forma de decir públicamente: somos buenos cristianos, somos útiles, somos necesarios. El banco recoge que la llamada “nación portuguesa” sostuvo la Capilla de San Antonio de los Portugueses en el convento de San Francisco de Sevilla y que la inversión de la comunidad mercantil llegó a cifras muy elevadas, en torno a 30.000 ducados, además de otros gastos fundacionales.

Marchena aparece dentro de esa red como villa de paso, refugio y negocio. Uno de los casos más sugerentes es el de Antonio Fernández Martos, vecino de Marchena, relacionado con el comercio de canela hacia México. En 1642 reclamaba seis cajones de canela embargados por la Inquisición mexicana a Gaspar Báez Sevilla, hijo de Simón Váez Sevilla, personaje central de la comunidad hebrea mexicana. La historia parece una novela de ultramar: Marchena, Sevilla, Veracruz, México, canela, Santo Oficio y pleitos fiscales enredados en la misma cuerda.
Otro hilo lleva a Diego Rodríguez Arias, vecino de Marchena, procesado en Tenerife en 1653. El banco de datos lo vincula con rutas comerciales entre México, Canarias, Lisboa e Inglaterra, y recoge que habría escapado a Londres, donde tomó el nombre de Abraham Rodríguez Arias. Su historia conecta la Campiña sevillana con la recuperación pública del judaísmo sefardí en el norte de Europa y con los contactos de los conversos hispanoportugueses en tiempos de Cromwell.

La represión llegó después con fuerza. La caída de Olivares en 1643 y la separación de Portugal en 1640 endurecieron la mirada sobre los cristianos nuevos portugueses. La Inquisición multiplicó procesos, autos de fe y secuestros de bienes. En el banco de datos se cita el caso de Francisca López, vecina que fue de Marchena, mujer de Diego Rodríguez Arias, incluida en un procedimiento de 1655 junto a otras mujeres “de nación portuguesa”. La sospecha ya no era solo religiosa; era también política, económica y familiar. Cuando caía uno, podían caer todos.
Y sin embargo, de esa persecución brotaron rutas nuevas. Algunos marcharon hacia Ámsterdam, Londres o el Caribe. El apellido Marchena aparece en la memoria sefardí atlántica, vinculado a Castelo de Vide, Ámsterdam, Curaçao y Aruba. El banco recoge también la figura de Antonio de Marchena, convertido en Moisés Mocatta en Londres, fundador en 1671 de una firma dedicada al oro y los metales preciosos, origen de una de las casas sefardíes más influyentes de la City.

La otra gran puerta portuguesa de Marchena fue la nobleza. El matrimonio de don Manuel Ponce de León, VI duque de Arcos, con doña María Guadalupe de Lencastre, duquesa de Aveiro y Maqueda, unió la Casa de Arcos con una de las grandes figuras femeninas del barroco ibérico. Don Manuel había heredado la jefatura de la casa tras una trayectoria inicialmente orientada hacia la Iglesia, y el inventario de sus bienes tras su muerte en 1693 muestra el universo aristocrático de los Arcos entre Madrid y Marchena.
Guadalupe Láncaster —o Lencastre— no fue una duquesa decorativa. Nacida en Azeitão, cerca de Setúbal, en 1630, aparece en el banco de datos como una mujer culta, políglota, conocedora de historia sagrada y profana, latín, griego y hebreo. Su casa madrileña fue lugar de paso para diplomáticos, artistas y científicos. También fue una gran mecenas de misiones en China, Japón, Filipinas y América, y reunió una colección artística de primer nivel, con pinturas atribuidas a grandes nombres europeos.

Su huella en Marchena fue profunda. Donó al convento de Santa Eulalia una biblioteca de unos cuatro mil volúmenes, principalmente de geografía e historia sagrada, perdida después durante la invasión francesa. También entregó grabados, miniaturas, relicarios y obras de arte a conventos marcheneros. A Santa Isabel envió una plancha de cobre con la Adoración de los Reyes Magos procedente de China, relacionada en la documentación con el jesuita Antonio Tomás y con el tesoro del emperador chino.
Uno de los objetos más simbólicos fue la sortija de diamantes de la Virgen de Guadalupe de Cáceres. Según la documentación conservada en el Archivo Histórico de la Nobleza, Guadalupe Láncaster la dejó vinculada al mayorazgo de Arcos y depositada en el convento de la Purísima Concepción de Marchena para que se usara en las bodas de los duques y sus descendientes. En 1824, una abadesa aún recordaba cómo los duques venían desde Madrid a recogerla para la ceremonia y luego la devolvían al convento.
También llegaron reliquias de clara procedencia portuguesa. Entre las donaciones de Guadalupe Láncaster y su hijo Joaquín Ponce de León se cita un diente de San Vicente Mártir, procedente de la Catedral de Lisboa y entregado para colocarse en Santa María de Marchena. Junto a él aparecen un Lignum Crucis, relicarios, pinturas, láminas y grabados, con la condición expresa de que permanecieran en el convento, sin salir ni prestarse.
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