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“Ahora madre, entiendo tu manto”: María Hurtado conmueve a Marchena con un pregón tejido de fe, memoria y verdad

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Hay instantes en los que las palabras rompen en lágrimas, y otros en los que se hacen carne en los corazones de quienes las escuchan. Este domingo, en el templo abarrotado de San Juan, María Hurtado Bellido no ofreció solo un pregón. Abrió el pecho, remangó el alma y se colocó su túnica morada, no de tela, sino de verbo. Fue el atril su cruz, y la voz, la guía de una Marchena que ya huele a cera y azahar.

Desde la primera palabra hasta el último amén, María no dejó a nadie fuera. Habló a los cofrades y a los descreídos, a los que rezan cantando y a los que esperan en silencio. No lo hizo desde la superioridad, sino desde el suelo gastado de quien ha caminado todos los Viernes Santos. Su pregón fue, como dijo en sus propias palabras, “una levantá inmortal hacia ese balcón del cielo que brilla de manera perpetua en nuestros corazones”.

María habló con voz de nieta, de madre, de hermana y de Verónica. Recordó aquel año 2013 cuando cumplió su sueño de salir en la mañana del Viernes Santo y, justo ese día, su abuela Conchita partió al cielo. “Ese día no fue un día más en tu vida, María. Tu abuela también había cumplido un sueño”.

 Desde el primer instante, quiso comenzar donde todo empieza: en la Caridad.  “Herederos del buen Miguel Mañara”, recordó María, “con más de 375 años del aniversario de su fundación, han amparado al desamparado cada Domingo de Ramos, cuando el sol brilla sobre nuestros cuerpos”. Y evocó con una intensidad casi litúrgica el gesto solemne de esos hermanos de riguroso luto que, “caracterizados por un brazalete azul donde portan su escudo y una actitud seria propia de los más prudentes”, acompañan el féretro con una fidelidad inquebrantable. Para la pregonera, no se trata solo de una procesión: “Podemos escuchar uno de los sonidos más característicos del Domingo de Ramos: la esquila que acompaña el féretro que portan sus hermanos en el discurrir desde Milagrosa hacia San Sebastián”.

 “Hermano de la Santa Caridad, a medida que escuches más de cerca el sonido de esa campanita, más próximo estará el momento de que seas tú el siguiente en tocarla”, proclamó, con una ternura que solo la experiencia puede dar. 

“No hay banda, ni palio, ni palmas, ni claveles. Hay cera, hay cruz, hay compostura”, dijo, reivindicando lo esencial. Porque si en otras cofradías hay esplendor, en esta hay hondura. “La Santa Caridad no necesita pregón. Su ejemplo habla por ella”. Pero ella lo dio. Y lo dio bien. Con voz emocionada, recordó que “esta hermandad no solo desfila: acompaña, consuela, acoge, vela a los que parten y reza por los que quedan”. 

 Para María, la Caridad es más que una cofradía: es la raíz misma del Evangelio. “Hay hermandades que brillan con luz de cera, otras con luz de plata… pero la Santa Caridad brilla con la luz del servicio”. Por eso, su agradecimiento fue explícito, sin rodeos: “Gracias por cuidar a los que ya no están, a los que sufren, a los que nadie ve”.

Y cerró su evocación con la mirada puesta en lo eterno: “El Domingo de Ramos comienza con muerte, pero no con desesperanza. Ellos nos enseñan que todo final es también comienzo”. Por eso, “esta levantá va por todos los directores espirituales que nos acompañan durante todo el año a través de los cultos para alimentar nuestra fe”, y también por aquellos que, como los hermanos de la Caridad, “trabajan sin descanso para hacer visible lo invisible”.

Y así nos llevó a su infancia, cuando, con la impaciencia desbordada, pedía a su padre que la llevara a San Agustín. “Papá, venga, vamos ya para arriba que sale la Borriquita”, recordaba con una sonrisa casi infantil. Allí, entre la expectación del templo y el nervio en la garganta, aguardaba ese instante único en que se abren las puertas y comienza la vida pública del Señor. “Allí esperando al momento de mayor tensión, pues el miedo a esas edades no existe. Papá, que están de rodillas, que están desmontando el paso, que están bajando al Señor…”.

“Abrir el paso. Os traigo la salvación”, proclamó María, haciendo suyas las palabras de un Dios que se baja del cielo para jugar con sus hijos. “Es muy sencillo: escucharme y acompañarme. Acercaros a mí. Soy nuestro Padre Jesús de la Paz, montado en una borriquita, y vengo a salvar al pueblo de Marchena”.

El pregón se convirtió entonces en catequesis para los pequeños, en voz materna que susurra esperanza: “Niños y niñas de este pueblo, id a vuestras casas, corred la voz, que salgan todos a verme. Avisad a vuestras abuelas, que todos se vistan con sus mejores galas. A vuestros padres, decidles que os dejen estar por la calle junto a mí, que no pasa nada. Es el día de la Paz en Marchena”. Porque este día no es solo un comienzo litúrgico: es un renacer espiritual, un estallido de fe que convierte las calles en una nueva Jerusalén.

Con ternura dirigió esas palabras también a sus propios hijos: “Jesús y Jorge, hijos míos, ¿habéis escuchado el mensaje que el mismo Dios que ha bajado a la tierra ha dicho? Confiad, tened fe y amad desinteresadamente. Poneos en sus manos y agarrad fuerte esas ramitas de olivo que tienen la savia de la salvación. No las soltéis y no olvidéis llevarlas cada año después de misa a vuestras casas. Ponedle el lacito que más os guste, pero amarradla bien fuerte: tiene que durar todo un año”.

Desde ese instante del pregón, Marchena entera se vio montada en ese pollino, como si cada palmo de calle fuera una nueva bienvenida al Hijo de Dios. Y en la voz de María resonó el gozo de quien ha aprendido que la infancia no es una etapa, sino un don espiritual. Porque cada vez que sale la Borriquita, los que fuimos niños volvemos a serlo.

Y así, con la paz como estandarte, María nos recordó que la Semana Santa no empieza el Domingo de Ramos. Empieza mucho antes, en las miradas limpias de los niños, en los altares de cartón, en la rama de olivo que tiembla al viento… Y en el corazón que se prepara, año tras año, para volver a decir: “Papá, venga, que sale la Borriquita”.

Hay imágenes que no necesitan música para conmover, ni lágrimas para hablar. Basta con su andar sereno. Así es la Virgen de la Palma en la voz y en el corazón de María Hurtado, que la evocó en su pregón con la reverencia de quien ha sentido su consuelo tras la estrechez de la vida. “Madre de la Palma, eres madre de los que viven en acción de gracias. Llénanos este bonito día de algarabía”, dijo, iniciando con una súplica jubilosa lo que muy pronto se convirtió en letanía de devoción.

La estrechez del cancel de su iglesia fue imagen del alma que se prepara para acoger lo inmenso. “Tras la estrechez, aparece la calma. Palma, después de tu salida el pueblo impaciente te espera. El cancel está abierto. Comienza la Semana Grande y con ella uno de los mensajes: Dios aprieta, pero no ahoga”. Y en esa imagen de puertas que se abren está el símbolo del alma que se ensancha, del pueblo que espera, del milagro que comienza.

María supo captar ese contraste entre el rostro sereno y la hondura del mensaje. “¿Qué hay en tu mirada, Palma? ¿Dónde escondes tus lágrimas?”, se preguntaba, y cada palabra parecía buscar cobijo entre los entrevarales de ese palio que, año tras año, vuelve a tejer la esperanza con hilo de oro. “Los entrevarales son como los barrotes de las ventanas: están hechos para asomarnos a verte”, dijo, con una sencillez estremecedora.

Cuando el alma se arrodilla y el cuerpo detiene su prisa, es porque el Señor de la Humildad ha pasado.  María Hurtado, en su pregón de la Semana Santa de 2025, no solo recordó la escena; la vivió de nuevo con la emoción intacta y la convirtió en espejo de tantas vidas marcheneras. 

“Señor de la Humildad, una escuela de paciencia nos das”. Una lección aprendida en silencio, en los días lentos, en las noches largas, en los hospitales y en las salas de espera, donde “tus fieles desesperan sentado, como tú, en la piedra dura de la vida intentando comprender su rumbo”.

El Señor de la Humildad se convierte así en compañero de viaje, en intercesor del que no tiene fuerzas, en consuelo del que no entiende. “Junto a ti visitéis los hospitales, la residencia, las salas de espera…”. El lenguaje se volvió íntimo, casi confidencial. El tono del pregón descendió al susurro, al tú a tú de quien habla con su Dios en lo más profundo del alma.

Pero no se detuvo ahí. María hiló esta devoción con otra tradición muy marchenera: la saeta. “Una escuela de saetas, esa en la que se enseña a orar con una entonación que nunca falla, la que se canta desde el alma, la que está orada desde la autenticidad y con un pregón de un ángel desde ese balcón que sagrado parece estar afinado de año en año”. La saeta no es aquí un adorno musical, sino una plegaria que se eleva como incienso desde los balcones al cielo.

Hablar del Señor de la Humildad, es hablar de una enseñanza sin estridencias, de un ejemplo que no necesita alarde, de una presencia que sana sin tocar. “Regresa a tu templo con tu centuria detrás y no dejes nuestras vidas nunca en el azar. Pues hágase según tu voluntad”, concluyó María, dejando la oración como última palabra, como única respuesta posible ante el misterio de un Dios que se detiene para mirar al hombre desde su mismo nivel.

Hay una esquina de Marchena donde cada primavera se mece una novicia entre naranjos y flores. La Virgen de los Dolores no camina sola: la acompañan los suspiros de generaciones que han buscado en su rostro el consuelo a penas antiguas y recientes. María Hurtado lo expresó con palabras suaves y estremecidas, con la devoción de quien sabe que el dolor, cuando se ofrece, también puede ser redentor. “En el barrio de Santa Clara hay una Virgen con una mirada infinita y suplicante hacia el firmamento”, dijo. Y con esa frase abrió la puerta de un convento que es también refugio del alma.

Ella está “con un pañuelo colgando que casi te lo da si se lo pides”. Esa imagen sencilla –una mano tendida, un paño dispuesto a secar lágrimas ajenas– resume siglos de devoción popular. “Está esperándonos para consolar esas lágrimas que seguro que hoy no saben a sal, pues ya se ha encargado ella de quitarles ese mineral”.

El peso del pueblo está en ese pañuelo. “¿Cómo podemos pedirte tanto?”, se preguntó la pregonera, con una humildad desarmante. “¿Qué cansada tienes que acabar cada Miércoles Santo? ¿Cuánto pesa ese pañuelo sobre el que has absorbido todos los dolores de tu pueblo?”. Es la maternidad espiritual llevada al extremo: una madre que recoge, que escucha, que carga con lo que los demás no pueden.

En esa noche silenciosa de primavera, María reconoció que “madre dolorosa, es normal que mires al cielo en busca de tu consuelo”, pero le pidió algo más: “Baja tu mirada, que tus hijos queremos quitar la daga que atraviesa tu corazón, esa que profetizó el viejo Simeón”.

Hay nombres que se pronuncian con ternura. Nombres que no pesan, que no hieren, que no exigen. El de Jesús, cuando es niño, se dice con la suavidad con la que se acaricia un recuerdo, con la delicadeza con la que se habla de la infancia. Así lo proclamó María Hurtado en su pregón, elevando al Dulce Nombre de Jesús a la altura de un símbolo universal de consuelo y fortaleza: “Dulce Nombre de Jesús, siento la incongruencia de tu pronombre: ¿cómo puede ser dulce el que sabe, con tan pronta edad, lo que le espera?”.

Y sin embargo, lo es. Porque en ese rostro de niño con mirada sabia se concentra la ternura de Dios encarnado. “Tu nombre es dulce, y eso se refleja en la miel de tus labios”, dijo María, evocando la imagen de un Jesús que no teme, que se ofrece, que se entrega desde su inocencia.

Hablar del Dulce Nombre es hablar del primer asombro, del descubrimiento infantil de lo sagrado. “Aún recuerdo cómo te miraba de niña a niño”, confesó la pregonera. “Me fijaba en la pequeña crucecita de plata, la misma que después en madera yo portaría el Viernes Santo por las mismas calles que tú habías pisado”. Esa coincidencia entre la mirada del pasado y la vivencia del presente unió en una sola emoción a la niña que fue y a la mujer que ahora pregonaba.

María comprendió la paradoja de este Niño-Dios, que a pesar de su aparente fragilidad “tiene una mente de un diamante irrompible hacia el amor más puro y brillante que existe: el amor de Dios”. En esa contradicción entre niñez y divinidad, entre dulzura y sufrimiento, reside la grandeza de su imagen, y así lo expresó con una ternura que emocionó a todo el templo: “No llores, Dulce Nombre de Jesús, que todos los niños y niñas de tu pueblo te están mirando, te están ayudando”.

Y con un gesto de esperanza, selló el legado de generaciones: “Hoy los costaleros que te llevan son los mismos niños ya hechos hombres, y con la ayuda de tus ángeles, a pulso te elevarán al mismo cielo”.

Desde lo alto de una azotea, en un rincón que roza el cielo, una niña lanzaba su primera petalá sin saber que estaba sembrando una devoción que años más tarde haría florecer con palabras. Así nacía el amor de María Hurtado por la Virgen de la Piedad. “Desde la azotea de Cayetano veía de pequeña la salida del Dulce Nombre y desde allí también le ofrecía una petalá a la Virgen de la Piedad”, confesó con voz de memoria emocionada.

No hay calle en Marchena más silenciosa que aquella por la que pasa la Virgen de la Piedad. No hay rincón más íntimo que su paso lento, medido, donde todo parece pararse para dejar que el pueblo respire su consuelo. “Si te mecen, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de que puedas andar”, proclamó María, poniendo en boca del pueblo ese susurro que se convierte en plegaria cuando Ella aparece.

La oración siguió fluyendo, tejida como los bordados de su manto: “Si te levantan al cielo, déjate llevar, Piedad es la manera de hacerte volar”. Porque esta Virgen no solo camina, no solo llora: se eleva. La eleva su pueblo, que la sostiene con amor callado, la mece con ternura infinita. “Si te rezan en silencio, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de tus penas quitar”.

El Jueves Santo en Marchena no comienza en el reloj, sino en el corazón de quienes esperan que se abra el portón franciscano. De allí sale cada año, envuelto en lirios morados y recogimiento, el Cristo de la Santa y Vera Cruz, llevando consigo la memoria de generaciones que han hecho de este paso una oración viva. María Hurtado, con la emoción serena que da el amor antiguo, abrió su evocación con una confesión sincera: “Cuando habla mi corazón de la Vera Cruz, habla de recuerdos, sobre todo aquellos que guardo con un cariño muy especial”.

En su niñez, María deseaba ser costalera, pero en aquellos años no se podía. Así que se conformaba “con ir a los ensayos y llevar la radio”, porque lo importante no era el rol, sino estar cerca del Señor que camina entre sombras y cal. 

La Vera Cruz, para María, no es una cofradía más: es la cofradía de su familia materna los Bellidos. Ess casa el Jueves Santo se convertía en una casa hermandad, «donde las túnicas de mis primos estaban muy bien colgadas y planchadas en los muebles del salón de cada casa”. 

 “El Jueves Santo en Marchena todo parece transformarse”, proclamó la pregonera. “La noche se oscurece, el cielo comienza a eclipsarse ante tu inminente muerte. Se abre un portón en la capilla franciscana, donde en el cancel espera un nazareno que porta esa peculiar cruz de guía”.

En ese momento, Marchena se vuelve un templo al aire libre. “Suena cornetas y tambores y una rampa de madera sobre la que rachean suavemente con un poco de cuerpo a tierra”, y Él baja “camino del barrio más monumental, entre esquinas que se retuercen, muy padeciente, coronado de espinas y la sangre derramada”. La marcha no es música, es latido; la cera no es luz, es lágrima; y el paso no es madera, es altar: “Una elegante levantá a pulso siempre te eleva, esas trabajaderas sagradas que rachean suavemente y que rezan sin parar en una noche que parece que no tiene final”.

María describió el instante en que la silueta del Cristo se proyecta sobre las paredes blancas del barrio, como una aparición: “De repente, por las paredes encaladas previamente, una silueta se refleja del Señor que pasa por tu casa. Verte. ¡Cuánta elegancia hay en tu barrio! ¡Qué silencio tan solemne!”. Porque si algo distingue a la Vera Cruz es el recogimiento que envuelve su discurrir, la sobriedad que no necesita ornamento, el rezo callado que no exige respuesta.

Hay nombres que no se pronuncian, se respiran. Nombres que no hacen falta decir en voz alta porque ya viven en el corazón. Así es la Esperanza en Marchena: no necesita presentaciones ni alardes. Basta con mirarla para entender por qué su manto verde no es un color cualquiera. “Dicen que el color de la Esperanza no es un verde normal”, explicó María Hurtado. “A mí me recuerda al verde del mar”. Pero no a un mar en calma, sino al mar que lucha, al que no se rinde. “El mar revuelto, ese que arrastra toda la arena del fondo cuando rompe la ola, justo ese es el color”.

Así la sintió la pregonera desde niña. No como un símbolo decorativo, sino como una necesidad vital. “La Esperanza te tripula para poder navegar, allá en tu fondo más profundo que te arranca el alma sin avisar”. Y como quien se aferra a una tabla en mitad del naufragio, elevó su canto: “Cuando la mar esté revuelta, a cara a cara mírala: es la Esperanza la que te salva de la deriva en alta mar”.

Por eso, la Esperanza de Marchena no es simplemente bella. “No vas a ser bella, Esperanza, tienes que serlo por necesidad”. Porque cada mirada busca en Ella una respuesta, un consuelo, un sí o un no que cambie el rumbo de una vida. “Sino, ¿cómo te miramos esperando encontrar la respuesta a ese sí o a ese no que ansiamos escuchar?”.

En esa mezcla de ternura y fortaleza, María fue desgranando su oración íntima: “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar cuando la ves pasar, va demostrando un no sé qué que te sacia cuando se va”. Porque verla no basta. Se necesita, se ansía, se espera. “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar del que anhela encontrar los vaivenes de la vida que aparecen cuando no los sabemos tolerar”.

La pregonera describió con palabras sentidas esa conexión íntima entre la Virgen y su pueblo, donde cada uno lanza plegarias en silencio. “Miras para abajo, para nuestros ojos encontrar esas plegarias que te lanzamos y que en ti la respuesta está”. Y entonces se comprende que Ella, coronada y serena, no está solo para embellecer una calle, sino para sostener un alma. “Bella es la Esperanza, esa que porta alfajín de Capitán General y coronada está, la que navega sobre un palio estrellado hecho de terciopelo y plata, impregnada en nazar, y llevas más de 20 años siendo Reina de Marchena, de la cristiandad y de todo el mar”.

Hay imágenes que no se nombran sin estremecerse. Y en Marchena, si hay un nombre que agita las entrañas del pueblo entero, ese es el de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El Señor que no se menciona, se reza; el que no se mira, se sigue; el que no se explica, se siente. Y eso hizo María Hurtado: sentir. “¿En serio? ¿No me lo puedo creer? ¿Y ahora qué hago?”, se preguntaba recordando el instante en que se encontró frente a Él, tras veinte años de espera en una lista “que parece ser eterna para ponerme por un instante frente a ti, cara a cara”.

Su voz, que tantas veces se quebró a lo largo del pregón, pareció quebrarse aún más cuando pronunció esas palabras: “Ese día no sabía si hablarte desde mi tristeza o desde el agradecimiento”. Porque el día que María se revistió de Verónica fue el mismo día en que su abuela Conchita se despidió de este mundo. Y no, no fue casualidad. “Tú decidiste que yo, vestida de Verónica, justo ese día ascendiera a ti”.

Aquella escena no fue solo un rito ni un sueño cumplido: fue un abrazo entre generaciones, un gesto de la Providencia. “Tu rostro yo limpiar o tú el mío. A mí no podía estar nerviosa ese día, solo quería hablar contigo y que me explicaras qué es lo que pasaría”. Y en ese diálogo íntimo entre nieta y Señor, entre túnica morada y paño blanco, se selló una alianza de vida entera.

“No vi a mi abuela desde el balcón viendo pasar a su nieta, sino que fui yo la que la acerqué a ti al balcón infinito del cielo”. Y en ese gesto, María comprendió algo esencial: que cuando Dios está por medio, no hay casualidades, solo misterios que se revelan con amor.

No es extraño que su camino nazareno lo viva como una misión. “Por eso camino descalza y de morado, desde San Miguel, cuando las puertas están de par en par, un Viernes Santo de madrugada, bajo un cielo estremecido de gargantas que se rompen a rezar”. Porque seguir a Jesús Nazareno no es solo vestir la túnica: es descalzarse del mundo, entregarse sin medida, fundirse en cada chicotá con el latido de su pueblo.

Con la emoción contenida de quien ha sentido esa madrugada en la piel, fue relatando cada recoveco del recorrido, cada paso que Él da por las calles de Marchena. “Bajo una luna llena primaveral, camino descalza y de morado, siguiendo una cruz de guía bajando de la Rabal”. Esas calles, que de día son barrio, en su paso se hacen santuario: Plazuela del Topo, calle Estudio, calle Sevilla, San Sebastián, Milagrosa, Santa Clara… “Calle Sevilla, que no sube, que reza por la paz bajo una palma merced y pilar”.

Y en ese discurrir lento, fatigado, arrastrando la cruz, María descubre que no solo camina Jesús. Camina el pueblo entero con Él, cada cual con su herida, cada cual con su fe. “Camino descalza y de morado hasta llegar al más sagrado altar del Monumento, donde está Jesucristo ya no muerto, sino vivo”. Porque Jesús no cae, se arrodilla. No se cansa, se entrega. “Tú que caminas, tú que no te paras, tú que no te cansas y el que nos miras cara a cara”.

Hay lágrimas que no se ven, pero que mojan por dentro. Lágrimas de sal y de silencio, de fe y de desahogo. Lágrimas como las de María Santísima de las Lágrimas, que no brotan solo de sus ojos tallados, sino de todos los que la miran. María Hurtado, con la emoción desbordada, se dirigió a Ella no como pregonera, sino como hija, como mujer, como madre, como alguien que un día descubrió que aquellas manos abiertas no solo recogían súplicas: también sostenían vidas.

“Virgen de las Lágrimas, tengo que pedirte perdón por haberte dado de lado durante tantos años”, confesó con humildad, reconociendo que sus miradas y sentimientos “se concentraban en tu Hijo primero”. Pero la vida, con su manera extraña de ponernos en nuestro sitio, hizo que fuese precisamente Ella quien la tomara de la mano en uno de los momentos más íntimos y reveladores. “Me pusieron junto a ti. Mejor dicho, en tus manos. Siempre abiertas se quedaron desde entonces, como hacen todas las madres”.

Ese instante, que quedó “fosilizado” en el corazón cofrade de la pregonera, ocurrió cuando estaba embarazada de su hijo Jorge. “Con uno de mis hijos en mi vientre pude acompañarte al son de la misma marcha que hoy aquí ha acontecido: Amarguras, Fondeanta”. La misma marcha que abría el pregón y que ahora regresaba para abrazar la memoria de aquella noche. “Lo admito: estaba algo triste de no poder hacer mi estación de penitencia ese año. Aunque lo intenté, me puse mi túnica, pero solo aguanté hasta pasar el arco”.

En su interior, una vida latía, y afuera, otra Vida —la de la Virgen— se desbordaba en compasión. “Qué mágicos son los momentos”, dijo, cuando, “a la voz de un Jorge costalero al mando de su capatá, daba voz a otro Jorge, el de mis adentros”. Porque no todas las lágrimas son de tristeza, y María supo reconocerlo: “También las hay de agradecerte, Virgen de las Lágrimas, que tu amargura se desvanece y la vida resurge al pasar y verte”.

De ese dolor hecho belleza brotó una descripción que conmovió a todo el templo: “Ahora, Madre, entiendo tu manto. Tu manto azul, de azul cobalto. No va a ser de otro color si está lleno de penas y de llanto”. Un manto que no cubre solo una imagen, sino que arropa a todo un pueblo. “Lo llenas tanto y tanto que es el océano de Marchena cada Viernes Santo”.

Y como ola tras ola, sus palabras se hicieron poesía. “Ahora, Madre, entiendo tu manto: de Nazarenos ahogados entre el dolor acumulado de los porrazos que la vida te golpea cuando menos estás preparado”. Ese manto, dijo, recoge las lágrimas de las madres que luchan en silencio, “de las que los vaivenes del día a día te consumen más todavía y esperan a verte para desahogar su agonía”.

Hay imágenes que parecen detenidas en el tiempo. Y otras que, aunque inertes, respiran. El Santísimo Cristo de San Pedro no camina, pero avanza en el alma de quien lo contempla. Así lo vio María Hurtado cuando, con la voz encogida, narró su primer reencuentro con Él al saber que sería pregonera: “¿Cómo no sentir ese dolor, Santísimo Cristo de San Pedro, al verte pasar a través de las calles estrechas, donde el silencio se rompe con el crujir de tu madera y el rachear del esparto sobre el suelo desgastado, al eco de tu ‘Miserere’ y entonaciones de quintas y sextas?”

En ese momento, lo esencial no fue hablar, sino ver. “La primera hermandad que fui a visitar fue esta”, confesó, “y ¿qué vi? Vi a ese Cristo que está allí, a lo lejos, en Santo Domingo, fundido en madera. Madera convertida en talla. Talla traducida a vida”. Porque en Marchena, el arte no es adorno, sino dogma: las imágenes respiran y sangran, y el Cristo de San Pedro es prueba de ello.

Fue en una visita posterior cuando la pregonera se atrevió a mirarlo desde más cerca, desde abajo, desde sus pies. Y en ese ángulo inédito descubrió una dimensión hasta entonces desconocida: “Tuve el atrevimiento de acercarme y, desde ese ángulo, pude percatarme de algo que jamás vi en la tarde del Viernes Santo: la dureza que padeciste. Tus manos moradas, tus brazos estirados, tus piernas fatigadas, tus pies ensangrentados y tu rostro, Señor, desfigurado”.

No lo dijo con aspavientos, sino con la seriedad de quien ha tocado el dolor. “Parece que vives, aunque estás recién muerto”, sentenció. Porque en el Cristo de San Pedro no hay dulzura ni calma, sino el espanto contenido de una muerte real. Y eso fue lo que más conmovió a María: la crudeza.

Recordó, entonces, aquella última vez que Marchena lo vio por sus calles, en andas y sin dosel, y comprendió por qué sus hermanos quisieron bordarle un dosel de terciopelo que disimulara las heridas: “Tuvieron que mandar hacer tal reliquia para que se pudieran disimular tus lesiones, tu frialdad, tus traumatismos, tus llagas y esa mirada perdida en busca de consuelo”.

El dosel, entendido como refugio, no como adorno. “Todo, Señor, para salvar a tu pueblo”. Porque no hay ornamento más sagrado que el que envuelve el sufrimiento. María lo entendió y lo explicó con una claridad conmovedora: ese dosel no es sólo belleza, es compasión. Un escudo bordado frente al horror.

La noche del Viernes Santo no se apaga del todo mientras quede encendida la mirada de una madre. Y en Marchena, esa madre tiene un nombre: María Santísima de las Angustias. A Ella se dirigió María Hurtado con un susurro convertido en plegaria, con ese respeto que sólo se puede tener hacia quien lo ha perdido todo y, sin embargo, sigue en pie.

“Madre, aunque eres modelo y maestra de la fe, me ha costado enfrentarme a ti”, comenzó diciendo. No porque no la amara, sino porque representa aquello que a nadie le gusta atravesar: “Representas una de las advocaciones que menos queremos sentir en nuestras vidas: la angustia, el temor, el miedo, la desesperación”.

La pregonera imaginó su dolor no desde la distancia, sino como hija, como madre, como mujer. Y se preguntó con temblor en la voz: “¿Qué día tan largo tuviste que pasar? ¿Cuál fue el más duro? ¿Su condena? ¿Las burlas? ¿Ver cómo caminaba y caía con la cruz? ¿Ver cómo lo crucificaban? ¿O tenerlo de nuevo entre tus brazos ya sin vida?”

La escena es desgarradora. Y María no la suavizó, no la embelleció con palabras vacías. Fue al centro del abismo, al instante exacto en el que la Virgen recoge a su Hijo muerto. “Ya no hay mayor espanto, pues llegó el instante. La palabra está cumplida. La muerte ha discurrido por las calles. Tu hijo, crucificado, ya sin dolor, esperando la salvación, su resurrección”.

Cada palabra fue tallada con lágrimas. “Madre, en esta noche teñida de luto, donde las calles de Marchena han intercambiado luces por sombras y el silencio se ha apoderado del murmullo, la cera de tus nazarenos va llorando por el suelo”. Esa cera que llora, como tú, como todos.

“Seis lágrimas de angustia resbalan por tu bello y blanquecino rostro, donde el sofoco del pánico que debiste sufrir le dan color a tu mejilla”, continuó, como quien ha sostenido la imagen entre las manos y ha sentido el temblor del alma. “Madre de negro y pálido corazón, aunque sintieras en tu garganta ese nudo que te hace callar, aunque sintieras en tu alma ese dolor que te ahoga aún más, aunque sintieras en tu corazón cien puñales al hincar… angustias más desamparadas quisieran los marcheneros quitar”.

El Sábado Santo en Marchena no es una noche de duelo, sino un umbral. Y ese umbral tiene forma de paso: el Santo Entierro, el “resumen del que todo lo consume”, como lo definió María Hurtado, con el corazón lleno y la voz hecha incienso. Porque tras la muerte, dijo, “es el poliedro perfecto, donde Cristo yacente, descendido de la cruz, triunfante, duerme por poco tiempo”.

No habló sólo del silencio ni de la solemnidad, sino del milagro tallado en madera. “Si hubiese sabido tu escultor, Jerónimo Hernández, que luego vendría un Guzmán Bejarano para dejarnos perplejos ante tan majestuosa obra, no se lo hubiese imaginado. Nada falta, Señor”. Y es que ese paso no es un paso: es un retablo andante que late con cada zancada.

Es un libro abierto, con capítulos de oro y lirios morados. “Es un retablo abierto que camina entre decorados con lirios pasionantes, que van haciendo justicia ante tu paso”. En sus esquinas, las cuatro esquinas del mundo: “¿Quién no ha mirado a sus esquinas, con sus evangelistas? A San Lucas, acompañado con la fuerza del toro. A San Marcos, con el poder del león. A San Juan, con el águila que todo lo divisa. O a San Mateo, con ese ángel que nos aguarda”.

Y allí, en el vértice de todo, en el centro geométrico de la fe, está Él: “Sí, porque en el vértice, en el extremo de tu poliedro, Señor, estás una vez más tú, transformado en polígono, para que podamos vivir a través de ti”. Un paso que, al avanzar, no pisa, sino que flota. “Da igual que subas a toda prisa con un izquierdo que rachea por el susurrar del paso del tiempo, ante un suelo desgastado y unas paredes que, si hablaran, Señor, quizás no seguirían en pie”.

Marchena no sólo lo contempla, lo acompaña. Y Él, a su vez, la guía en su ascenso hacia la esperanza. “Sigue subiendo hacia la mota más alta y atraviesa esa puerta medieval, esa que nos acerca más de ti, pues tu fe nos guía”.

Pero no va solo. Le siguen las que no fallan nunca. “Seguido de tus tres Marías: Salomé, Magdalena, María Cleofás, y la Verónica, que nos muestra tu Santa Faz”. Son ellas las custodias del silencio, las guardianas de ese cuerpo que duerme, pero que no ha muerto del todo.

Y María lo proclama con la certeza de quien lo ha sentido en carne viva: “Santo Entierro, que no te hemos enterrado. Que a tu sepulcro te hemos acompañado solo para que vuelvas a vivir, ahora sí, toda la eternidad”.

Cuando ya la Semana Santa declina, cuando las túnicas se guardan y el silencio vuelve a tomar las calles, una figura sigue en pie. Es la Virgen de la Soledad, coronada de estrellas, sostenida por la oración de un pueblo entero que, aunque la llama sola, nunca la deja sola.

Así la describió María Hurtado, con ese respeto que sólo se profesa a lo que es eterno. “Madre, eres modelo de amor, y das todo aunque te duela”, comenzó, en un tono de íntima veneración. “¿Cómo te llaman Soledad, con un pueblo que te corona y que sola no te deja estar?”

La contradicción de tu nombre no hace sino subrayar el consuelo que repartes. “Te llaman Soledad, pero en tu tiro te cobijan y no te dejan escapar. Te llaman Soledad, pero eres la madre de todos los marcheneros”, afirmó la pregonera, recogiendo ese anhelo callado que acompaña a tantos en la noche más honda del año.

Hay instantes que sólo Marchena entiende. Uno de ellos ocurre bajo tu palio, cuando los cirios titilan y las bambalinas tiemblan. María no lo dejó pasar: “¿Capatá, qué se siente cogiendo ese llamador de plata? ¿Dónde están puestas todas las plegarias de un pueblo? Saber que en ti está la voz que hace que los milagros se cumplan”.

No son versos, son verdades de fe. “Cuántos rezos de madre desconsolada hacia la madre de Marchena, Soledad Coronada”. Madres que encuentran en ti un espejo, un refugio, un bálsamo. Porque tú, aunque rota, sigues de pie. Porque tú, aunque te llamen Soledad, estás acompañada de todas las mujeres de Marchena: “baja, acordonada por mujeres que sola no te van a dejar, vestidas de manto y que no paran de rezar”.

Tu palio es más que orfebrería, es un cielo tangible. “Tu palio repleto de estrellas relucientes entre una palmera muy ducal que tiene siete hojas, una por cada hermandad”, dijo María, hilando historia, estética y símbolo en una sola imagen. “Tus bambalinas son lunas que se mecen sin parar, camino de ese sepulcro que vacío dicen que está”.

María nos lleva al instante último de tu tránsito por las calles, allí donde los adioses se pronuncian sin voz. “Soledad, abre un poco esas manos, déjalas de apretar, que desde mi ventana te lanzo una plegaria más. Recíbela: de cariño es igual de importante que las demás, pero esta tiene más peso. No, no es para mí. Es para quien tú ya sabes”.

Y en ese gesto final, en ese cerrar de manos, María Hurtado depositó el anhelo más profundo de todos: salud para quienes luchan. “No te olvides, Soledad, a por otro año de salud para los que están”. Porque si alguien puede guardar ese deseo, eres tú, que llevas siglos custodiando el dolor, la esperanza y la fe de Marchena.

“Cierra tus manos. El secreto dicho está. ¡Viva la Soledad Coronada! ¡Viva María sin pecado original!”. Con esa exclamación concluyó María su ofrenda, con el corazón en vilo y los ojos húmedos de quien ha comprendido que la Soledad no es ausencia, sino compañía fiel hasta el final.

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El mundo como escenario: La obra de Calderón recuperada en vísperas del Corpus

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Cuando se acerca el Corpus, la ciudad recupera una vieja intuición barroca: la vida entera cabe en un escenario. Eso es, en esencia, El gran teatro del mundo, el auto sacramental más célebre de Pedro Calderón de la Barca: una obra en la que Dios aparece como Autor, el Mundo como escenario y cada ser humano recibe un papel que debe representar antes de rendir cuentas. No importa tanto haber sido rey, rico, pobre, labrador o hermosura; importa cómo se ha vivido el papel concedido. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes conserva el texto de la obra y la define como “auto sacramental alegórico”, con personajes simbólicos como el Autor, el Mundo, el Rey, el Rico, el Labrador, el Pobre o la Ley de Gracia.

La obra vuelve ahora a tener actualidad en Andalucía porque el Cabildo Catedral de Córdoba ha programado su representación los días 21 y 22 de mayo de 2026, a las 21:30 horas, en el Patio de San Eulogio, junto a la Mezquita-Catedral, con entrada libre hasta completar aforo. La puesta en escena corre a cargo de la Compañía de Teatro Clásico de Córdoba / Producciones Teatro Par, bajo la dirección de Antonio Barrios.

No es casualidad que esta recuperación llegue cuando el calendario litúrgico se acerca al Corpus Christi, que en 2026 se celebra el 4 de junio, aunque en algunos lugares se traslada al domingo 7. La relación entre El gran teatro del mundo y el Corpus es directa: los autos sacramentales nacieron como teatro religioso barroco pensado para celebrar, explicar y exaltar el misterio de la Eucaristía. La Biblioteca Nacional de España define el auto sacramental como un género dramático propio del Barroco español, de carácter religioso, representado generalmente en el Corpus Christi para exaltar el misterio eucarístico, con música, vestuario, decorados y una puesta en escena de gran vistosidad.

En la España del Siglo de Oro, el Corpus no era solo una procesión. Era una gran fiesta urbana. Las calles se convertían en templo, teatro y plaza pública. Los autos se representaban en carros, ante cabildos, autoridades y vecinos, y acompañaban el recorrido solemne del Santísimo. En Sevilla, por ejemplo, las representaciones de autos sacramentales fueron una de las señas de identidad del Corpus en la Edad Moderna. El estudio de Juan Ruiz Jiménez sobre los paisajes sonoros históricos de Sevilla recoge que los comediantes actuaban ante el Santísimo y que los carros repetían las representaciones en distintos puntos del itinerario procesional.

¿Por qué se representaban en el Corpus? Porque el auto sacramental era una catequesis teatral. En una sociedad donde la imagen, la música, la ceremonia y la palabra tenían una enorme fuerza pública, el teatro servía para hacer visible lo invisible. El dogma eucarístico, complejo y teológico, se convertía en escena: el mundo como teatro, la vida como papel fugaz, la muerte como final de la función y la Eucaristía como banquete final de salvación. Calderón no escribía solo para entretener; escribía para enseñar, conmover y ordenar simbólicamente el mundo.

Durante los siglos XVI y XVII, estas representaciones formaron parte del corazón festivo del Corpus. En Sevilla llegaron a hacerse varias funciones el mismo día, y durante la octava se repetían ante distintos públicos. A mediados del siglo XVII, según la documentación citada por Ruiz Jiménez, los autos sevillanos se habían reducido a dos, cada uno con cuatro carros, aunque en décadas anteriores el número había variado.

La tradición se interrumpió en el siglo XVIII. La mentalidad ilustrada empezó a mirar con desconfianza aquella mezcla de teatro, religión, música, danza, fiesta popular y aparato escénico. En 1765, una Real Cédula mandó prohibir los autos sacramentales, al considerar impropio que los misterios sagrados fueran representados en los teatros por comediantes. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recoge esa prohibición y la polémica ilustrada contra los autos, acusados de mezclar lo sagrado y lo profano.

Aun así, la obra no murió. Volvió una y otra vez como memoria cultural. En Andalucía se ha recuperado de forma intermitente en espacios de fuerte carga patrimonial. Córdoba es ahora el foco más claro. Además de la función de mayo de 2026 en el Patio de San Eulogio, la Agenda Cultural de Andalucía recoge representaciones recientes de El gran teatro del mundo en Córdoba organizadas por CECOSAM y producidas por Loyola Teatro, con funciones en marzo de 2026 en el Cementerio de San Rafael y en el Cementerio de Nuestra Señora de la Salud.

Granada también mantiene una relación simbólica con la obra. El Patronato de la Alhambra y el Generalife programó El gran teatro del mundo en el Corral del Carbón dentro del programa de Teatro en el Corpus, con la Compañía Mira de Amescua, en junio de 2023. Sevilla, por su parte, la incluyó en la programación oficial del Corpus Christi de 2018, con una representación en la Plaza de San Francisco organizada por el Círculo Mercantil.

La noticia de fondo, por tanto, no es solo que Calderón vuelva a representarse. La noticia es que el Corpus conserva todavía una memoria teatral que explica buena parte de la cultura barroca andaluza. Antes de que la ciudad moderna separara procesión, teatro, música, calle y fe, todo formaba parte de una misma dramaturgia pública. El Corpus sacaba a la calle la custodia, pero también sacaba una manera de mirar el mundo: la vida como representación, la muerte como desenlace y la conciencia como único aplauso verdadero.

En ese sentido, El gran teatro del mundo sigue hablando al presente. Cuatro siglos después, su pregunta continúa intacta: no qué papel nos ha tocado, sino cómo lo estamos representando.

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La Aemet no descarta máximas de 38 grados el fin de semana en Sevilla y la primera noche tropical con casi 20 grados

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El delegado de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Andalucía, Juan de Dios del Pino, ha pronosticado un aumento significativo de las temperaturas para esta semana en la región con valores que podrían alcanzar los 38 grados en la provincia de Sevilla durante el fin de semana como consecuencia de una entrada de aire procedente del sur que traerá consigo calima. Además, «tampoco se descarta la primera noche tropical o quedarnos cerca de una noche tropical con temperaturas mínimas cercanas a los 20 grados durante la madrugada del viernes al sábado», ha precisado.

El delegado de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Andalucía, Juan de Dios del Pino, ha pronosticado un aumento significativo de las temperaturas para esta semana en la región con valores que podrían alcanzar los 38 grados en la provincia de Sevilla durante el fin de semana como consecuencia de una entrada de aire procedente del sur que traerá consigo calima. Además, «tampoco se descarta la primera noche tropical o quedarnos cerca de una noche tropical con temperaturas mínimas cercanas a los 20 grados durante la madrugada del viernes al sábado», ha precisado.

En declaraciones a Europa Press, Del Pino ha explicado que «tenemos una semana de pantano barométrico –no hay ni borrasca ni antesiglón– lo que propiciará condiciones de estabilidad atmosférica con cielos poco nubosos y despejados en la península». Sin embargo, «no va a haber mucho viento», un factor que, combinado con la duración de los días, «contribuirá al aumento de las temperaturas a lo largo de la semana».

En este sentido, Del Pino ha explicado que «a partir del miércoles se espera una entrada de aire del sur con calima que hará que suban las temperaturas, siendo los valores más altos los previstos en torno al viernes, sábado y domingo». Por tanto, «se podría llegar a superar los 35 grados en el Valle del Guadalquivir y no se descarta que se pueda llegar incluso a los 38 grados en la provincia de Sevilla».

Por su parte, el delegado ha advertido que las temperaturas nocturnas van a ser «relativamente altas», «sobre todo en el fin de semana podrían no bajar de los 18, 19 e incluso 20 grados». Esto podría dar lugar a fenómenos meteorológicos «especiales».

Respecto a otras zonas, el delegado en Andalucía ha indicado que «en la Costa del Sol se esperan valores máximos por encima de los 25 grados, pero en general por debajo de los 30», mientras que en Huelva «podría ser que se llegue a los 34 o 35 grados el fin de semana de romería».

Por último, Del Pino ha aclarado que la próxima semana empiezan a bajar las temperaturas «porque cesa este viento del sur y viene viento del noroeste, siendo este descenso más acusado en la parte occidental de Andalucía».

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Un contenedor con 20 toneladas de ayuda humanitaria parte desde Marchena rumbo a Togo y Burkina Faso

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El Taller Verde-Ecologistas en Acción Marchena se ha sumado un año más al proyecto solidario impulsado por el Grupo Junior de Marchena, que supera ya las treinta expediciones de ayuda humanitaria. El envío incluye material escolar, sanitario, ropa infantil, ordenadores, máquinas de coser, productos de higiene y otros enseres destinados a centros sociales, educativos y asistenciales de Togo y Burkina Faso.

Un año más, Marchena ha vuelto a mirar hacia África con un gesto concreto de solidaridad. El contenedor cargado con ayuda humanitaria ha partido rumbo a Togo con unas 20 toneladas de bienes y equipos recogidos a lo largo del año gracias al trabajo del Grupo Junior de Marchena y a la colaboración de numerosas personas y colectivos locales.

El Taller Verde-Ecologistas en Acción Marchena ha destacado públicamente su apoyo a este proyecto, al que se suma como parte de una red solidaria que permite hacer llegar material básico a comunidades, centros educativos, sanitarios y sociales de distintos puntos de Togo y Burkina Faso.

Según la información difundida por El Taller Verde, el envío incluye material escolar, jabones, material sanitario, enseres de cocina, ordenadores, ropa infantil, máquinas de coser y otros recursos destinados a mejorar la vida cotidiana de muchas personas. La entidad ha felicitado al Grupo Junior de Marchena por este nuevo logro, recordando que ya son más de treinta los envíos realizados dentro de esta iniciativa humanitaria.

El reparto de la ayuda se realizará entre distintos centros e instituciones, entre ellos la Guardería de Togo-Tokoin, el Centro de Rehabilitación Funcional Badtenga y el Centro de Costura de Badtenga, en Burkina Faso; albergues, escuelas y residencias en Niantougou, en Togo; el dispensario de Yaka, el servicio de oftalmología de Baga en Niantougou, la prisión de Kara, guarderías de Niantougou y otras instituciones beneficiarias.

Desde El Taller Verde han trasladado su agradecimiento a todas las personas que hacen posible esta cadena de solidaridad, una labor silenciosa que, año tras año, convierte la colaboración vecinal en ayuda directa para quienes más lo necesitan.

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Acupamar pide una actuación urgente en el tramo de muralla entre la Torre del Oro y el torreón del Tiro

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La Asociación para la Conservación del Patrimonio de Marchena, Acupamar, ha dirigido un escrito a la alcaldesa de Marchena para reclamar una intervención urgente en el tramo de muralla que discurre desde la llamada Torre del Oro hasta el torreón del Tiro, en la trasera de la calle Doctor Diego Sánchez, una zona que separa la Medina del conjunto de la Alcazaba y el antiguo Palacio Ducal.

Según el comunicado remitido por la entidad, el estado de conservación de este sector del recinto amurallado presenta “erosión y pérdida de parte del tapial, vegetación invasiva, oquedades, fisuras, desplomes parciales y acumulación de materiales caídos”, una situación que Acupamar considera especialmente preocupante tanto por su impacto patrimonial como por el posible riesgo físico para las viviendas anexas.

La asociación recuerda que desde su creación, en septiembre de 2014, viene trabajando en la defensa, conservación, conocimiento y puesta en valor del patrimonio local. En ese sentido, destaca la celebración de nueve Jornadas sobre el Patrimonio de Marchena, así como la colocación de cartelas informativas en los templos de la localidad, con el objetivo de mejorar la interpretación de los bienes históricos y artísticos del municipio.

Acupamar valora positivamente la rehabilitación de la fase I de la muralla, ejecutada entre 2016 y 2018, así como la redacción del proyecto de la segunda fase, cuya licitación y ejecución espera que se produzcan próximamente. Sin embargo, la entidad advierte de que hay zonas que no pueden esperar al ritmo actual de intervención, porque el deterioro avanza y puede provocar daños irreversibles.

En el escrito, la asociación afirma que no entiende que hasta ahora no se haya acometido en el tramo señalado una actuación urgente de limpieza, documentación, consolidación y protección. Para Acupamar, no se trata solo de un problema de imagen urbana o de mantenimiento, sino de una pérdida patrimonial grave que afecta a la lectura histórica del recinto amurallado.

La entidad recuerda además que el Plan Especial del Conjunto Histórico del Barrio de San Juan, aprobado en 1994, ya contemplaba este tramo como una continuación de la actual Ronda de la Alcazaba. Desde entonces, señala la asociación, han transcurrido más de treinta años sin que esa actuación se haya materializado.

Acupamar solicita al Ayuntamiento de Marchena que los técnicos municipales inspeccionen y valoren de forma inmediata la situación de la muralla, y que posteriormente se redacte un proyecto de actuación urgente para su autorización por parte del organismo competente.

La asociación anuncia también que dará traslado de esta situación a la Delegación Territorial de Turismo, Cultura y Deporte de Sevilla, con un doble objetivo: informar de la preocupación ciudadana por el estado de esta parte del recinto amurallado, integrado en un Bien de Interés Cultural, y propiciar una valoración conjunta entre técnicos municipales y autonómicos sobre la urgencia de la intervención.

Por último, Acupamar reitera su petición de mantener una reunión presencial con el Ayuntamiento para abordar este asunto y otros relacionados con el patrimonio de Marchena, una solicitud que, según indica la propia entidad, ya había sido planteada semanas atrás.

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Marchena acogerá el 12 de junio la entrega de premios de la XVII edición de JOVEMPRENDE

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El IES López de Arenas de Marchena acogerá el próximo 12 de junio la XVII edición del Concurso de Proyectos de Empresas JOVEMPRENDE, una iniciativa dirigida a fomentar el espíritu emprendedor entre el alumnado de Ciclos Formativos de Grado Medio y Grado Superior de la provincia de Sevilla.

En esta edición, la final de Grado Superior contará con la participación de diez proyectos empresariales procedentes de distintos centros educativos. El IES Punta del Verde de Sevilla concurrirá con un proyecto, la SAFA de Écija presentará cuatro propuestas y el IES López de Arenas de Marchena competirá con cinco proyectos.

JOVEMPRENDE tiene como finalidad fomentar la excelencia en la elaboración de iniciativas empresariales, potenciar la idea como punto de partida de un proyecto emprendedor de éxito y acercar el mundo educativo a la realidad de la creación de empresas. El certamen busca, además, estimular la creatividad, la iniciativa y el comportamiento emprendedor del alumnado mediante la presentación y desarrollo de proyectos basados en ideas novedosas relacionadas con servicios, productos, procesos, sistemas o modelos de negocio.

La convocatoria también valora capacidades especialmente vinculadas al emprendimiento, como la observación, la asunción de riesgos, la toma de decisiones, la resolución de conflictos y el trabajo en equipo. Otro de sus objetivos es potenciar el trabajo compartido entre diferentes familias profesionales, favoreciendo una visión más amplia y práctica del mundo empresarial.

En esta XVII edición se otorgarán tres premios a los mejores proyectos de Grado Superior y otros tres a los mejores proyectos de Grado Medio. Los galardones consistirán en tablets para los dos mejores proyectos de Grado Superior y para el mejor proyecto de Grado Medio. El resto de finalistas premiados recibirán un pen de recuerdo.

Además, los proyectos finalistas que deseen dar el paso de llevar sus ideas a la práctica contarán con asesoramiento de PC Asesores y de técnicos de la Fundación Andalucía Emprende, dependiente de la Consejería de Empleo, Formación y Trabajo Autónomo de la Junta de Andalucía.

La XVII edición de JOVEMPRENDE cuenta con la colaboración de la Fundación “la Caixa”, Procavi, PC Asesores, el CADE de Marchena, la Consejería de Educación y Deporte, la Consejería de Empleo, Formación y Trabajo Autónomo de la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Marchena.

Durante el acto de entrega de premios también se hará entrega de los Reconocimientos Diego López de Arenas a las empresas AulaForum y Oleand Manzanilla Olive S. Coop. And., en reconocimiento a su trayectoria y vinculación con el ámbito empresarial y formativo.

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Madre de Dios volvió a ser barrio, música y verbena

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La Verbena de Madre de Dios volvió a dejar en Marchena una de esas estampas que no se miden solo por el cartel de actuaciones. Durante varios días, del 14 al 17 de mayo, el barrio recuperó su condición de punto de encuentro primaveral, con música, convivencia vecinal, ambiente familiar y esa mezcla tan marchenera de silla en la puerta, barra cercana, escenario encendido y conversación larga bajo la noche.

La fiesta arrancó el jueves con el tradicional “Pescaito de Verbena” en el Bar Leño, con Miguel Talaverón y Ana Vílchez, abriendo un fin de semana que se presentaba como uno de los más animados de la primavera local. La programación se repartió entre el recinto principal de la Verbena de Madre de Dios, el Bar Leño y la Verbena del Cepo, convertida ya en otro de los focos musicales del barrio.

El viernes fue la primera gran noche. La Banda Sagrado Corazón abrió el ambiente con un pasacalles por las calles del barrio, antes de que el escenario recibiera a Arte y Compás, Isaac Cruz y Pepe Begines en solitario. La verbena tomó entonces ese tono de fiesta popular en el que la música no solo se escucha: acompaña, llama, reúne y convierte una calle conocida en un pequeño teatro abierto.

El sábado llegó uno de los momentos más esperados, con el encierro infantil por la tarde y una noche de fuerte contenido flamenco y popular. Pasaron por la programación la Asociación Cultural El Roete, Miguel Talaverón con “De la Vega a la Campiña” y La Húngara, una de las artistas más reconocibles del flamenco-pop actual, que figuraba como uno de los grandes nombres del cartel.

La Verbena del Cepo y el Bar Leño completaron el mapa festivo con sesiones DJ, conciertos y ambiente musical paralelo. DJ Kike Botano, DJ Growler X, Nacho Oropesa, Vericuetos Swing y nombres como DJ Baste, Bad Bitch, Malkerer, Los Niños del Sur, DJ Hilario y Lola Pop formaron parte de una programación que extendió la fiesta más allá del escenario principal.

El domingo, la verbena bajó el pulso sin perder vida. Fue el día más familiar, con espectáculo de magia a las siete de la tarde y la actuación humorística de Chely Capitán a las nueve de la noche. Después de las noches largas, el cierre tuvo sabor de despedida: ese momento en que las luces siguen encendidas, pero el barrio sabe que la fiesta ya empieza a guardarse hasta el año siguiente.

La pasada Verbena de Madre de Dios dejó, en definitiva, algo más que una sucesión de conciertos. Dejó la imagen de un barrio que volvió a reconocerse en su propia fiesta. Entre el olor de la comida, los niños corriendo, las voces de los artistas, la gente entrando y saliendo de los bares y las conversaciones de madrugada, Madre de Dios volvió a demostrar que una verbena no es solo un escenario: es una forma de ocupar la calle, de encontrarse con los vecinos y de recordarle a Marchena que mayo también se celebra en los barrios.

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