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“Ahora madre, entiendo tu manto”: María Hurtado conmueve a Marchena con un pregón tejido de fe, memoria y verdad
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1 año agoon
Hay instantes en los que las palabras rompen en lágrimas, y otros en los que se hacen carne en los corazones de quienes las escuchan. Este domingo, en el templo abarrotado de San Juan, María Hurtado Bellido no ofreció solo un pregón. Abrió el pecho, remangó el alma y se colocó su túnica morada, no de tela, sino de verbo. Fue el atril su cruz, y la voz, la guía de una Marchena que ya huele a cera y azahar.
Desde la primera palabra hasta el último amén, María no dejó a nadie fuera. Habló a los cofrades y a los descreídos, a los que rezan cantando y a los que esperan en silencio. No lo hizo desde la superioridad, sino desde el suelo gastado de quien ha caminado todos los Viernes Santos. Su pregón fue, como dijo en sus propias palabras, “una levantá inmortal hacia ese balcón del cielo que brilla de manera perpetua en nuestros corazones”.
María habló con voz de nieta, de madre, de hermana y de Verónica. Recordó aquel año 2013 cuando cumplió su sueño de salir en la mañana del Viernes Santo y, justo ese día, su abuela Conchita partió al cielo. “Ese día no fue un día más en tu vida, María. Tu abuela también había cumplido un sueño”.
Desde el primer instante, quiso comenzar donde todo empieza: en la Caridad. “Herederos del buen Miguel Mañara”, recordó María, “con más de 375 años del aniversario de su fundación, han amparado al desamparado cada Domingo de Ramos, cuando el sol brilla sobre nuestros cuerpos”. Y evocó con una intensidad casi litúrgica el gesto solemne de esos hermanos de riguroso luto que, “caracterizados por un brazalete azul donde portan su escudo y una actitud seria propia de los más prudentes”, acompañan el féretro con una fidelidad inquebrantable. Para la pregonera, no se trata solo de una procesión: “Podemos escuchar uno de los sonidos más característicos del Domingo de Ramos: la esquila que acompaña el féretro que portan sus hermanos en el discurrir desde Milagrosa hacia San Sebastián”.
“Hermano de la Santa Caridad, a medida que escuches más de cerca el sonido de esa campanita, más próximo estará el momento de que seas tú el siguiente en tocarla”, proclamó, con una ternura que solo la experiencia puede dar.

“No hay banda, ni palio, ni palmas, ni claveles. Hay cera, hay cruz, hay compostura”, dijo, reivindicando lo esencial. Porque si en otras cofradías hay esplendor, en esta hay hondura. “La Santa Caridad no necesita pregón. Su ejemplo habla por ella”. Pero ella lo dio. Y lo dio bien. Con voz emocionada, recordó que “esta hermandad no solo desfila: acompaña, consuela, acoge, vela a los que parten y reza por los que quedan”.
Para María, la Caridad es más que una cofradía: es la raíz misma del Evangelio. “Hay hermandades que brillan con luz de cera, otras con luz de plata… pero la Santa Caridad brilla con la luz del servicio”. Por eso, su agradecimiento fue explícito, sin rodeos: “Gracias por cuidar a los que ya no están, a los que sufren, a los que nadie ve”.
Y cerró su evocación con la mirada puesta en lo eterno: “El Domingo de Ramos comienza con muerte, pero no con desesperanza. Ellos nos enseñan que todo final es también comienzo”. Por eso, “esta levantá va por todos los directores espirituales que nos acompañan durante todo el año a través de los cultos para alimentar nuestra fe”, y también por aquellos que, como los hermanos de la Caridad, “trabajan sin descanso para hacer visible lo invisible”.
Y así nos llevó a su infancia, cuando, con la impaciencia desbordada, pedía a su padre que la llevara a San Agustín. “Papá, venga, vamos ya para arriba que sale la Borriquita”, recordaba con una sonrisa casi infantil. Allí, entre la expectación del templo y el nervio en la garganta, aguardaba ese instante único en que se abren las puertas y comienza la vida pública del Señor. “Allí esperando al momento de mayor tensión, pues el miedo a esas edades no existe. Papá, que están de rodillas, que están desmontando el paso, que están bajando al Señor…”.
“Abrir el paso. Os traigo la salvación”, proclamó María, haciendo suyas las palabras de un Dios que se baja del cielo para jugar con sus hijos. “Es muy sencillo: escucharme y acompañarme. Acercaros a mí. Soy nuestro Padre Jesús de la Paz, montado en una borriquita, y vengo a salvar al pueblo de Marchena”.

El pregón se convirtió entonces en catequesis para los pequeños, en voz materna que susurra esperanza: “Niños y niñas de este pueblo, id a vuestras casas, corred la voz, que salgan todos a verme. Avisad a vuestras abuelas, que todos se vistan con sus mejores galas. A vuestros padres, decidles que os dejen estar por la calle junto a mí, que no pasa nada. Es el día de la Paz en Marchena”. Porque este día no es solo un comienzo litúrgico: es un renacer espiritual, un estallido de fe que convierte las calles en una nueva Jerusalén.
Con ternura dirigió esas palabras también a sus propios hijos: “Jesús y Jorge, hijos míos, ¿habéis escuchado el mensaje que el mismo Dios que ha bajado a la tierra ha dicho? Confiad, tened fe y amad desinteresadamente. Poneos en sus manos y agarrad fuerte esas ramitas de olivo que tienen la savia de la salvación. No las soltéis y no olvidéis llevarlas cada año después de misa a vuestras casas. Ponedle el lacito que más os guste, pero amarradla bien fuerte: tiene que durar todo un año”.

Desde ese instante del pregón, Marchena entera se vio montada en ese pollino, como si cada palmo de calle fuera una nueva bienvenida al Hijo de Dios. Y en la voz de María resonó el gozo de quien ha aprendido que la infancia no es una etapa, sino un don espiritual. Porque cada vez que sale la Borriquita, los que fuimos niños volvemos a serlo.
Y así, con la paz como estandarte, María nos recordó que la Semana Santa no empieza el Domingo de Ramos. Empieza mucho antes, en las miradas limpias de los niños, en los altares de cartón, en la rama de olivo que tiembla al viento… Y en el corazón que se prepara, año tras año, para volver a decir: “Papá, venga, que sale la Borriquita”.
Hay imágenes que no necesitan música para conmover, ni lágrimas para hablar. Basta con su andar sereno. Así es la Virgen de la Palma en la voz y en el corazón de María Hurtado, que la evocó en su pregón con la reverencia de quien ha sentido su consuelo tras la estrechez de la vida. “Madre de la Palma, eres madre de los que viven en acción de gracias. Llénanos este bonito día de algarabía”, dijo, iniciando con una súplica jubilosa lo que muy pronto se convirtió en letanía de devoción.

La estrechez del cancel de su iglesia fue imagen del alma que se prepara para acoger lo inmenso. “Tras la estrechez, aparece la calma. Palma, después de tu salida el pueblo impaciente te espera. El cancel está abierto. Comienza la Semana Grande y con ella uno de los mensajes: Dios aprieta, pero no ahoga”. Y en esa imagen de puertas que se abren está el símbolo del alma que se ensancha, del pueblo que espera, del milagro que comienza.
María supo captar ese contraste entre el rostro sereno y la hondura del mensaje. “¿Qué hay en tu mirada, Palma? ¿Dónde escondes tus lágrimas?”, se preguntaba, y cada palabra parecía buscar cobijo entre los entrevarales de ese palio que, año tras año, vuelve a tejer la esperanza con hilo de oro. “Los entrevarales son como los barrotes de las ventanas: están hechos para asomarnos a verte”, dijo, con una sencillez estremecedora.
Cuando el alma se arrodilla y el cuerpo detiene su prisa, es porque el Señor de la Humildad ha pasado. María Hurtado, en su pregón de la Semana Santa de 2025, no solo recordó la escena; la vivió de nuevo con la emoción intacta y la convirtió en espejo de tantas vidas marcheneras.
“Señor de la Humildad, una escuela de paciencia nos das”. Una lección aprendida en silencio, en los días lentos, en las noches largas, en los hospitales y en las salas de espera, donde “tus fieles desesperan sentado, como tú, en la piedra dura de la vida intentando comprender su rumbo”.

El Señor de la Humildad se convierte así en compañero de viaje, en intercesor del que no tiene fuerzas, en consuelo del que no entiende. “Junto a ti visitéis los hospitales, la residencia, las salas de espera…”. El lenguaje se volvió íntimo, casi confidencial. El tono del pregón descendió al susurro, al tú a tú de quien habla con su Dios en lo más profundo del alma.
Pero no se detuvo ahí. María hiló esta devoción con otra tradición muy marchenera: la saeta. “Una escuela de saetas, esa en la que se enseña a orar con una entonación que nunca falla, la que se canta desde el alma, la que está orada desde la autenticidad y con un pregón de un ángel desde ese balcón que sagrado parece estar afinado de año en año”. La saeta no es aquí un adorno musical, sino una plegaria que se eleva como incienso desde los balcones al cielo.
Hablar del Señor de la Humildad, es hablar de una enseñanza sin estridencias, de un ejemplo que no necesita alarde, de una presencia que sana sin tocar. “Regresa a tu templo con tu centuria detrás y no dejes nuestras vidas nunca en el azar. Pues hágase según tu voluntad”, concluyó María, dejando la oración como última palabra, como única respuesta posible ante el misterio de un Dios que se detiene para mirar al hombre desde su mismo nivel.

Hay una esquina de Marchena donde cada primavera se mece una novicia entre naranjos y flores. La Virgen de los Dolores no camina sola: la acompañan los suspiros de generaciones que han buscado en su rostro el consuelo a penas antiguas y recientes. María Hurtado lo expresó con palabras suaves y estremecidas, con la devoción de quien sabe que el dolor, cuando se ofrece, también puede ser redentor. “En el barrio de Santa Clara hay una Virgen con una mirada infinita y suplicante hacia el firmamento”, dijo. Y con esa frase abrió la puerta de un convento que es también refugio del alma.
Ella está “con un pañuelo colgando que casi te lo da si se lo pides”. Esa imagen sencilla –una mano tendida, un paño dispuesto a secar lágrimas ajenas– resume siglos de devoción popular. “Está esperándonos para consolar esas lágrimas que seguro que hoy no saben a sal, pues ya se ha encargado ella de quitarles ese mineral”.

El peso del pueblo está en ese pañuelo. “¿Cómo podemos pedirte tanto?”, se preguntó la pregonera, con una humildad desarmante. “¿Qué cansada tienes que acabar cada Miércoles Santo? ¿Cuánto pesa ese pañuelo sobre el que has absorbido todos los dolores de tu pueblo?”. Es la maternidad espiritual llevada al extremo: una madre que recoge, que escucha, que carga con lo que los demás no pueden.
En esa noche silenciosa de primavera, María reconoció que “madre dolorosa, es normal que mires al cielo en busca de tu consuelo”, pero le pidió algo más: “Baja tu mirada, que tus hijos queremos quitar la daga que atraviesa tu corazón, esa que profetizó el viejo Simeón”.

Hay nombres que se pronuncian con ternura. Nombres que no pesan, que no hieren, que no exigen. El de Jesús, cuando es niño, se dice con la suavidad con la que se acaricia un recuerdo, con la delicadeza con la que se habla de la infancia. Así lo proclamó María Hurtado en su pregón, elevando al Dulce Nombre de Jesús a la altura de un símbolo universal de consuelo y fortaleza: “Dulce Nombre de Jesús, siento la incongruencia de tu pronombre: ¿cómo puede ser dulce el que sabe, con tan pronta edad, lo que le espera?”.
Y sin embargo, lo es. Porque en ese rostro de niño con mirada sabia se concentra la ternura de Dios encarnado. “Tu nombre es dulce, y eso se refleja en la miel de tus labios”, dijo María, evocando la imagen de un Jesús que no teme, que se ofrece, que se entrega desde su inocencia.
Hablar del Dulce Nombre es hablar del primer asombro, del descubrimiento infantil de lo sagrado. “Aún recuerdo cómo te miraba de niña a niño”, confesó la pregonera. “Me fijaba en la pequeña crucecita de plata, la misma que después en madera yo portaría el Viernes Santo por las mismas calles que tú habías pisado”. Esa coincidencia entre la mirada del pasado y la vivencia del presente unió en una sola emoción a la niña que fue y a la mujer que ahora pregonaba.

María comprendió la paradoja de este Niño-Dios, que a pesar de su aparente fragilidad “tiene una mente de un diamante irrompible hacia el amor más puro y brillante que existe: el amor de Dios”. En esa contradicción entre niñez y divinidad, entre dulzura y sufrimiento, reside la grandeza de su imagen, y así lo expresó con una ternura que emocionó a todo el templo: “No llores, Dulce Nombre de Jesús, que todos los niños y niñas de tu pueblo te están mirando, te están ayudando”.

Y con un gesto de esperanza, selló el legado de generaciones: “Hoy los costaleros que te llevan son los mismos niños ya hechos hombres, y con la ayuda de tus ángeles, a pulso te elevarán al mismo cielo”.
Desde lo alto de una azotea, en un rincón que roza el cielo, una niña lanzaba su primera petalá sin saber que estaba sembrando una devoción que años más tarde haría florecer con palabras. Así nacía el amor de María Hurtado por la Virgen de la Piedad. “Desde la azotea de Cayetano veía de pequeña la salida del Dulce Nombre y desde allí también le ofrecía una petalá a la Virgen de la Piedad”, confesó con voz de memoria emocionada.

No hay calle en Marchena más silenciosa que aquella por la que pasa la Virgen de la Piedad. No hay rincón más íntimo que su paso lento, medido, donde todo parece pararse para dejar que el pueblo respire su consuelo. “Si te mecen, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de que puedas andar”, proclamó María, poniendo en boca del pueblo ese susurro que se convierte en plegaria cuando Ella aparece.
La oración siguió fluyendo, tejida como los bordados de su manto: “Si te levantan al cielo, déjate llevar, Piedad es la manera de hacerte volar”. Porque esta Virgen no solo camina, no solo llora: se eleva. La eleva su pueblo, que la sostiene con amor callado, la mece con ternura infinita. “Si te rezan en silencio, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de tus penas quitar”.
El Jueves Santo en Marchena no comienza en el reloj, sino en el corazón de quienes esperan que se abra el portón franciscano. De allí sale cada año, envuelto en lirios morados y recogimiento, el Cristo de la Santa y Vera Cruz, llevando consigo la memoria de generaciones que han hecho de este paso una oración viva. María Hurtado, con la emoción serena que da el amor antiguo, abrió su evocación con una confesión sincera: “Cuando habla mi corazón de la Vera Cruz, habla de recuerdos, sobre todo aquellos que guardo con un cariño muy especial”.

En su niñez, María deseaba ser costalera, pero en aquellos años no se podía. Así que se conformaba “con ir a los ensayos y llevar la radio”, porque lo importante no era el rol, sino estar cerca del Señor que camina entre sombras y cal.
La Vera Cruz, para María, no es una cofradía más: es la cofradía de su familia materna los Bellidos. Ess casa el Jueves Santo se convertía en una casa hermandad, «donde las túnicas de mis primos estaban muy bien colgadas y planchadas en los muebles del salón de cada casa”.
“El Jueves Santo en Marchena todo parece transformarse”, proclamó la pregonera. “La noche se oscurece, el cielo comienza a eclipsarse ante tu inminente muerte. Se abre un portón en la capilla franciscana, donde en el cancel espera un nazareno que porta esa peculiar cruz de guía”.
En ese momento, Marchena se vuelve un templo al aire libre. “Suena cornetas y tambores y una rampa de madera sobre la que rachean suavemente con un poco de cuerpo a tierra”, y Él baja “camino del barrio más monumental, entre esquinas que se retuercen, muy padeciente, coronado de espinas y la sangre derramada”. La marcha no es música, es latido; la cera no es luz, es lágrima; y el paso no es madera, es altar: “Una elegante levantá a pulso siempre te eleva, esas trabajaderas sagradas que rachean suavemente y que rezan sin parar en una noche que parece que no tiene final”.

María describió el instante en que la silueta del Cristo se proyecta sobre las paredes blancas del barrio, como una aparición: “De repente, por las paredes encaladas previamente, una silueta se refleja del Señor que pasa por tu casa. Verte. ¡Cuánta elegancia hay en tu barrio! ¡Qué silencio tan solemne!”. Porque si algo distingue a la Vera Cruz es el recogimiento que envuelve su discurrir, la sobriedad que no necesita ornamento, el rezo callado que no exige respuesta.

Hay nombres que no se pronuncian, se respiran. Nombres que no hacen falta decir en voz alta porque ya viven en el corazón. Así es la Esperanza en Marchena: no necesita presentaciones ni alardes. Basta con mirarla para entender por qué su manto verde no es un color cualquiera. “Dicen que el color de la Esperanza no es un verde normal”, explicó María Hurtado. “A mí me recuerda al verde del mar”. Pero no a un mar en calma, sino al mar que lucha, al que no se rinde. “El mar revuelto, ese que arrastra toda la arena del fondo cuando rompe la ola, justo ese es el color”.
Así la sintió la pregonera desde niña. No como un símbolo decorativo, sino como una necesidad vital. “La Esperanza te tripula para poder navegar, allá en tu fondo más profundo que te arranca el alma sin avisar”. Y como quien se aferra a una tabla en mitad del naufragio, elevó su canto: “Cuando la mar esté revuelta, a cara a cara mírala: es la Esperanza la que te salva de la deriva en alta mar”.
Por eso, la Esperanza de Marchena no es simplemente bella. “No vas a ser bella, Esperanza, tienes que serlo por necesidad”. Porque cada mirada busca en Ella una respuesta, un consuelo, un sí o un no que cambie el rumbo de una vida. “Sino, ¿cómo te miramos esperando encontrar la respuesta a ese sí o a ese no que ansiamos escuchar?”.

En esa mezcla de ternura y fortaleza, María fue desgranando su oración íntima: “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar cuando la ves pasar, va demostrando un no sé qué que te sacia cuando se va”. Porque verla no basta. Se necesita, se ansía, se espera. “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar del que anhela encontrar los vaivenes de la vida que aparecen cuando no los sabemos tolerar”.
La pregonera describió con palabras sentidas esa conexión íntima entre la Virgen y su pueblo, donde cada uno lanza plegarias en silencio. “Miras para abajo, para nuestros ojos encontrar esas plegarias que te lanzamos y que en ti la respuesta está”. Y entonces se comprende que Ella, coronada y serena, no está solo para embellecer una calle, sino para sostener un alma. “Bella es la Esperanza, esa que porta alfajín de Capitán General y coronada está, la que navega sobre un palio estrellado hecho de terciopelo y plata, impregnada en nazar, y llevas más de 20 años siendo Reina de Marchena, de la cristiandad y de todo el mar”.

Hay imágenes que no se nombran sin estremecerse. Y en Marchena, si hay un nombre que agita las entrañas del pueblo entero, ese es el de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El Señor que no se menciona, se reza; el que no se mira, se sigue; el que no se explica, se siente. Y eso hizo María Hurtado: sentir. “¿En serio? ¿No me lo puedo creer? ¿Y ahora qué hago?”, se preguntaba recordando el instante en que se encontró frente a Él, tras veinte años de espera en una lista “que parece ser eterna para ponerme por un instante frente a ti, cara a cara”.
Su voz, que tantas veces se quebró a lo largo del pregón, pareció quebrarse aún más cuando pronunció esas palabras: “Ese día no sabía si hablarte desde mi tristeza o desde el agradecimiento”. Porque el día que María se revistió de Verónica fue el mismo día en que su abuela Conchita se despidió de este mundo. Y no, no fue casualidad. “Tú decidiste que yo, vestida de Verónica, justo ese día ascendiera a ti”.

Aquella escena no fue solo un rito ni un sueño cumplido: fue un abrazo entre generaciones, un gesto de la Providencia. “Tu rostro yo limpiar o tú el mío. A mí no podía estar nerviosa ese día, solo quería hablar contigo y que me explicaras qué es lo que pasaría”. Y en ese diálogo íntimo entre nieta y Señor, entre túnica morada y paño blanco, se selló una alianza de vida entera.
“No vi a mi abuela desde el balcón viendo pasar a su nieta, sino que fui yo la que la acerqué a ti al balcón infinito del cielo”. Y en ese gesto, María comprendió algo esencial: que cuando Dios está por medio, no hay casualidades, solo misterios que se revelan con amor.
No es extraño que su camino nazareno lo viva como una misión. “Por eso camino descalza y de morado, desde San Miguel, cuando las puertas están de par en par, un Viernes Santo de madrugada, bajo un cielo estremecido de gargantas que se rompen a rezar”. Porque seguir a Jesús Nazareno no es solo vestir la túnica: es descalzarse del mundo, entregarse sin medida, fundirse en cada chicotá con el latido de su pueblo.

Con la emoción contenida de quien ha sentido esa madrugada en la piel, fue relatando cada recoveco del recorrido, cada paso que Él da por las calles de Marchena. “Bajo una luna llena primaveral, camino descalza y de morado, siguiendo una cruz de guía bajando de la Rabal”. Esas calles, que de día son barrio, en su paso se hacen santuario: Plazuela del Topo, calle Estudio, calle Sevilla, San Sebastián, Milagrosa, Santa Clara… “Calle Sevilla, que no sube, que reza por la paz bajo una palma merced y pilar”.
Y en ese discurrir lento, fatigado, arrastrando la cruz, María descubre que no solo camina Jesús. Camina el pueblo entero con Él, cada cual con su herida, cada cual con su fe. “Camino descalza y de morado hasta llegar al más sagrado altar del Monumento, donde está Jesucristo ya no muerto, sino vivo”. Porque Jesús no cae, se arrodilla. No se cansa, se entrega. “Tú que caminas, tú que no te paras, tú que no te cansas y el que nos miras cara a cara”.
Hay lágrimas que no se ven, pero que mojan por dentro. Lágrimas de sal y de silencio, de fe y de desahogo. Lágrimas como las de María Santísima de las Lágrimas, que no brotan solo de sus ojos tallados, sino de todos los que la miran. María Hurtado, con la emoción desbordada, se dirigió a Ella no como pregonera, sino como hija, como mujer, como madre, como alguien que un día descubrió que aquellas manos abiertas no solo recogían súplicas: también sostenían vidas.

“Virgen de las Lágrimas, tengo que pedirte perdón por haberte dado de lado durante tantos años”, confesó con humildad, reconociendo que sus miradas y sentimientos “se concentraban en tu Hijo primero”. Pero la vida, con su manera extraña de ponernos en nuestro sitio, hizo que fuese precisamente Ella quien la tomara de la mano en uno de los momentos más íntimos y reveladores. “Me pusieron junto a ti. Mejor dicho, en tus manos. Siempre abiertas se quedaron desde entonces, como hacen todas las madres”.
Ese instante, que quedó “fosilizado” en el corazón cofrade de la pregonera, ocurrió cuando estaba embarazada de su hijo Jorge. “Con uno de mis hijos en mi vientre pude acompañarte al son de la misma marcha que hoy aquí ha acontecido: Amarguras, Fondeanta”. La misma marcha que abría el pregón y que ahora regresaba para abrazar la memoria de aquella noche. “Lo admito: estaba algo triste de no poder hacer mi estación de penitencia ese año. Aunque lo intenté, me puse mi túnica, pero solo aguanté hasta pasar el arco”.

En su interior, una vida latía, y afuera, otra Vida —la de la Virgen— se desbordaba en compasión. “Qué mágicos son los momentos”, dijo, cuando, “a la voz de un Jorge costalero al mando de su capatá, daba voz a otro Jorge, el de mis adentros”. Porque no todas las lágrimas son de tristeza, y María supo reconocerlo: “También las hay de agradecerte, Virgen de las Lágrimas, que tu amargura se desvanece y la vida resurge al pasar y verte”.
De ese dolor hecho belleza brotó una descripción que conmovió a todo el templo: “Ahora, Madre, entiendo tu manto. Tu manto azul, de azul cobalto. No va a ser de otro color si está lleno de penas y de llanto”. Un manto que no cubre solo una imagen, sino que arropa a todo un pueblo. “Lo llenas tanto y tanto que es el océano de Marchena cada Viernes Santo”.
Y como ola tras ola, sus palabras se hicieron poesía. “Ahora, Madre, entiendo tu manto: de Nazarenos ahogados entre el dolor acumulado de los porrazos que la vida te golpea cuando menos estás preparado”. Ese manto, dijo, recoge las lágrimas de las madres que luchan en silencio, “de las que los vaivenes del día a día te consumen más todavía y esperan a verte para desahogar su agonía”.

Hay imágenes que parecen detenidas en el tiempo. Y otras que, aunque inertes, respiran. El Santísimo Cristo de San Pedro no camina, pero avanza en el alma de quien lo contempla. Así lo vio María Hurtado cuando, con la voz encogida, narró su primer reencuentro con Él al saber que sería pregonera: “¿Cómo no sentir ese dolor, Santísimo Cristo de San Pedro, al verte pasar a través de las calles estrechas, donde el silencio se rompe con el crujir de tu madera y el rachear del esparto sobre el suelo desgastado, al eco de tu ‘Miserere’ y entonaciones de quintas y sextas?”
En ese momento, lo esencial no fue hablar, sino ver. “La primera hermandad que fui a visitar fue esta”, confesó, “y ¿qué vi? Vi a ese Cristo que está allí, a lo lejos, en Santo Domingo, fundido en madera. Madera convertida en talla. Talla traducida a vida”. Porque en Marchena, el arte no es adorno, sino dogma: las imágenes respiran y sangran, y el Cristo de San Pedro es prueba de ello.

Fue en una visita posterior cuando la pregonera se atrevió a mirarlo desde más cerca, desde abajo, desde sus pies. Y en ese ángulo inédito descubrió una dimensión hasta entonces desconocida: “Tuve el atrevimiento de acercarme y, desde ese ángulo, pude percatarme de algo que jamás vi en la tarde del Viernes Santo: la dureza que padeciste. Tus manos moradas, tus brazos estirados, tus piernas fatigadas, tus pies ensangrentados y tu rostro, Señor, desfigurado”.
No lo dijo con aspavientos, sino con la seriedad de quien ha tocado el dolor. “Parece que vives, aunque estás recién muerto”, sentenció. Porque en el Cristo de San Pedro no hay dulzura ni calma, sino el espanto contenido de una muerte real. Y eso fue lo que más conmovió a María: la crudeza.

Recordó, entonces, aquella última vez que Marchena lo vio por sus calles, en andas y sin dosel, y comprendió por qué sus hermanos quisieron bordarle un dosel de terciopelo que disimulara las heridas: “Tuvieron que mandar hacer tal reliquia para que se pudieran disimular tus lesiones, tu frialdad, tus traumatismos, tus llagas y esa mirada perdida en busca de consuelo”.
El dosel, entendido como refugio, no como adorno. “Todo, Señor, para salvar a tu pueblo”. Porque no hay ornamento más sagrado que el que envuelve el sufrimiento. María lo entendió y lo explicó con una claridad conmovedora: ese dosel no es sólo belleza, es compasión. Un escudo bordado frente al horror.
La noche del Viernes Santo no se apaga del todo mientras quede encendida la mirada de una madre. Y en Marchena, esa madre tiene un nombre: María Santísima de las Angustias. A Ella se dirigió María Hurtado con un susurro convertido en plegaria, con ese respeto que sólo se puede tener hacia quien lo ha perdido todo y, sin embargo, sigue en pie.

“Madre, aunque eres modelo y maestra de la fe, me ha costado enfrentarme a ti”, comenzó diciendo. No porque no la amara, sino porque representa aquello que a nadie le gusta atravesar: “Representas una de las advocaciones que menos queremos sentir en nuestras vidas: la angustia, el temor, el miedo, la desesperación”.
La pregonera imaginó su dolor no desde la distancia, sino como hija, como madre, como mujer. Y se preguntó con temblor en la voz: “¿Qué día tan largo tuviste que pasar? ¿Cuál fue el más duro? ¿Su condena? ¿Las burlas? ¿Ver cómo caminaba y caía con la cruz? ¿Ver cómo lo crucificaban? ¿O tenerlo de nuevo entre tus brazos ya sin vida?”
La escena es desgarradora. Y María no la suavizó, no la embelleció con palabras vacías. Fue al centro del abismo, al instante exacto en el que la Virgen recoge a su Hijo muerto. “Ya no hay mayor espanto, pues llegó el instante. La palabra está cumplida. La muerte ha discurrido por las calles. Tu hijo, crucificado, ya sin dolor, esperando la salvación, su resurrección”.

Cada palabra fue tallada con lágrimas. “Madre, en esta noche teñida de luto, donde las calles de Marchena han intercambiado luces por sombras y el silencio se ha apoderado del murmullo, la cera de tus nazarenos va llorando por el suelo”. Esa cera que llora, como tú, como todos.
“Seis lágrimas de angustia resbalan por tu bello y blanquecino rostro, donde el sofoco del pánico que debiste sufrir le dan color a tu mejilla”, continuó, como quien ha sostenido la imagen entre las manos y ha sentido el temblor del alma. “Madre de negro y pálido corazón, aunque sintieras en tu garganta ese nudo que te hace callar, aunque sintieras en tu alma ese dolor que te ahoga aún más, aunque sintieras en tu corazón cien puñales al hincar… angustias más desamparadas quisieran los marcheneros quitar”.

El Sábado Santo en Marchena no es una noche de duelo, sino un umbral. Y ese umbral tiene forma de paso: el Santo Entierro, el “resumen del que todo lo consume”, como lo definió María Hurtado, con el corazón lleno y la voz hecha incienso. Porque tras la muerte, dijo, “es el poliedro perfecto, donde Cristo yacente, descendido de la cruz, triunfante, duerme por poco tiempo”.
No habló sólo del silencio ni de la solemnidad, sino del milagro tallado en madera. “Si hubiese sabido tu escultor, Jerónimo Hernández, que luego vendría un Guzmán Bejarano para dejarnos perplejos ante tan majestuosa obra, no se lo hubiese imaginado. Nada falta, Señor”. Y es que ese paso no es un paso: es un retablo andante que late con cada zancada.

Es un libro abierto, con capítulos de oro y lirios morados. “Es un retablo abierto que camina entre decorados con lirios pasionantes, que van haciendo justicia ante tu paso”. En sus esquinas, las cuatro esquinas del mundo: “¿Quién no ha mirado a sus esquinas, con sus evangelistas? A San Lucas, acompañado con la fuerza del toro. A San Marcos, con el poder del león. A San Juan, con el águila que todo lo divisa. O a San Mateo, con ese ángel que nos aguarda”.
Y allí, en el vértice de todo, en el centro geométrico de la fe, está Él: “Sí, porque en el vértice, en el extremo de tu poliedro, Señor, estás una vez más tú, transformado en polígono, para que podamos vivir a través de ti”. Un paso que, al avanzar, no pisa, sino que flota. “Da igual que subas a toda prisa con un izquierdo que rachea por el susurrar del paso del tiempo, ante un suelo desgastado y unas paredes que, si hablaran, Señor, quizás no seguirían en pie”.
Marchena no sólo lo contempla, lo acompaña. Y Él, a su vez, la guía en su ascenso hacia la esperanza. “Sigue subiendo hacia la mota más alta y atraviesa esa puerta medieval, esa que nos acerca más de ti, pues tu fe nos guía”.

Pero no va solo. Le siguen las que no fallan nunca. “Seguido de tus tres Marías: Salomé, Magdalena, María Cleofás, y la Verónica, que nos muestra tu Santa Faz”. Son ellas las custodias del silencio, las guardianas de ese cuerpo que duerme, pero que no ha muerto del todo.
Y María lo proclama con la certeza de quien lo ha sentido en carne viva: “Santo Entierro, que no te hemos enterrado. Que a tu sepulcro te hemos acompañado solo para que vuelvas a vivir, ahora sí, toda la eternidad”.
Cuando ya la Semana Santa declina, cuando las túnicas se guardan y el silencio vuelve a tomar las calles, una figura sigue en pie. Es la Virgen de la Soledad, coronada de estrellas, sostenida por la oración de un pueblo entero que, aunque la llama sola, nunca la deja sola.
Así la describió María Hurtado, con ese respeto que sólo se profesa a lo que es eterno. “Madre, eres modelo de amor, y das todo aunque te duela”, comenzó, en un tono de íntima veneración. “¿Cómo te llaman Soledad, con un pueblo que te corona y que sola no te deja estar?”

La contradicción de tu nombre no hace sino subrayar el consuelo que repartes. “Te llaman Soledad, pero en tu tiro te cobijan y no te dejan escapar. Te llaman Soledad, pero eres la madre de todos los marcheneros”, afirmó la pregonera, recogiendo ese anhelo callado que acompaña a tantos en la noche más honda del año.
Hay instantes que sólo Marchena entiende. Uno de ellos ocurre bajo tu palio, cuando los cirios titilan y las bambalinas tiemblan. María no lo dejó pasar: “¿Capatá, qué se siente cogiendo ese llamador de plata? ¿Dónde están puestas todas las plegarias de un pueblo? Saber que en ti está la voz que hace que los milagros se cumplan”.
No son versos, son verdades de fe. “Cuántos rezos de madre desconsolada hacia la madre de Marchena, Soledad Coronada”. Madres que encuentran en ti un espejo, un refugio, un bálsamo. Porque tú, aunque rota, sigues de pie. Porque tú, aunque te llamen Soledad, estás acompañada de todas las mujeres de Marchena: “baja, acordonada por mujeres que sola no te van a dejar, vestidas de manto y que no paran de rezar”.

Tu palio es más que orfebrería, es un cielo tangible. “Tu palio repleto de estrellas relucientes entre una palmera muy ducal que tiene siete hojas, una por cada hermandad”, dijo María, hilando historia, estética y símbolo en una sola imagen. “Tus bambalinas son lunas que se mecen sin parar, camino de ese sepulcro que vacío dicen que está”.
María nos lleva al instante último de tu tránsito por las calles, allí donde los adioses se pronuncian sin voz. “Soledad, abre un poco esas manos, déjalas de apretar, que desde mi ventana te lanzo una plegaria más. Recíbela: de cariño es igual de importante que las demás, pero esta tiene más peso. No, no es para mí. Es para quien tú ya sabes”.

Y en ese gesto final, en ese cerrar de manos, María Hurtado depositó el anhelo más profundo de todos: salud para quienes luchan. “No te olvides, Soledad, a por otro año de salud para los que están”. Porque si alguien puede guardar ese deseo, eres tú, que llevas siglos custodiando el dolor, la esperanza y la fe de Marchena.
“Cierra tus manos. El secreto dicho está. ¡Viva la Soledad Coronada! ¡Viva María sin pecado original!”. Con esa exclamación concluyó María su ofrenda, con el corazón en vilo y los ojos húmedos de quien ha comprendido que la Soledad no es ausencia, sino compañía fiel hasta el final.

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Actualidad
La escuela de baile Flow de Marchena lleva a Julio Verne al Auditorio Pepe Marchena
Published
2 horas agoon
14 junio, 2026
El próximo 20 de junio, alumnos, familias y profesores ofrecerán una función inspirada en el universo literario del padre de la ciencia ficción
El Auditorio Pepe Marchena acogerá el próximo viernes 20 de junio, a partir de las 20:00 horas, el espectáculo de fin de curso de la escuela de baile, bajo el título Un viaje al el universo de Julio Verne. La función promete transportar al público a través de la imaginación, la emoción y el espíritu de aventura que caracteriza la obra del escritor francés, padre de la ciencia ficción moderna.
Según han comunicado desde la organización, las últimas semanas están siendo de intensa preparación, con ensayos continuos en los que bailarines, profesores, familias y colaboradores trabajan con ilusión para que cada detalle esté a punto. «Estas semanas están siendo intensas, llenas de trabajo, dedicación, creatividad y muchas horas de preparación para ofreceros una experiencia inolvidable», señalan desde la escuela.

El espectáculo de fin de curso es uno de los momentos más esperados del calendario de la escuela, y en esta edición la elección temática apunta a un montaje de ambición narrativa, tomando como hilo conductor el universo imaginario de Verne, que con obras como Veinte mil leguas de viaje submarino, La vuelta al mundo en ochenta días o Viaje al centro de la Tierra construyó algunos de los escenarios de aventura más icónicos de la literatura universal.
La entrada al espectáculo está prevista para las 20:00 horas en el Auditorio Pepe Marchena.
Actualidad
El Shotoyama cosecha 17 medallas en el Trofeo de Andalucía de Karate
Published
2 horas agoon
14 junio, 2026
El club marchenero logró 8 platas y 9 bronces en las modalidades de katas y kumite, consolidando una de las canteras más sólidas del karate provincial
El Club Shotoyama-Mercantil de Marchena regresó este sábado de Antequera con un balance sobresaliente: 17 medallas cosechadas en el Trofeo de Andalucía de Karate, distribuidas entre 8 platas y 9 bronces en las dos modalidades de competición, katas y kumite.
En la categoría de katas, Juan Sánchez se colgó la medalla de plata y Daniela Gerena el bronce. En kumite, la lluvia de medallas fue aún más abundante: Alejandro Jiménez, Juan Diego, Alejandra Pérez, Daniel Joe, Ismael Bellido, Jaime Talaverón y Hugo Pérez lograron la plata, mientras que Juan Vicente, Fede, José Antonio, Paula Castro, Germán Pliego, Jimena Guerrero, Julia Sánchez y Juan Talaverón subieron al podio con el bronce.
El oro se resistió en esta ocasión. Hasta en ocho finales y combates decisivos la balanza se inclinó del lado contrario, en esos pequeños detalles que a menudo deciden el deporte de alta competición. Sin embargo, desde la dirección del club se subrayó que el nivel mostrado por los deportistas marcheneros a lo largo de toda la jornada fue alto y constante, y que las 17 medallas son el reflejo fiel de un trabajo acumulado durante todo el año.
El comunicado del club quiso destacar también a quienes compitieron sin llegar al podio: «Se plantaron frente a sus rivales con valentía, firmeza y determinación, defendiendo nuestros colores con orgullo y demostrando los valores que nos identifican como club.»
Detrás de estos resultados está un equipo técnico encabezado por el director técnico Juan José Chacón Molero, los coaches Germán González, Andrea Romero, Marta Rodríguez, Guiomar González, Javier Rodríguez y Julio Rafael, y el director general Manuel Serralbo Gamero. En Marchena, el trabajo de tecnificación lo desarrolla José Antonio Martín López, cuya labor fue expresamente reconocida por el club.
Los resultados de Antequera se producen apenas días después de que el Shotoyama-Mercantil fuera reconocido como mejor club deportivo de Marchena en la Gala del Deporte 2026, celebrada el pasado fin de semana en el Auditorio Municipal, donde Manuel Serralbo recogió el galardón anunciando precisamente que ese mismo día el club venía de competir con 17 medallas en la maleta.
Actualidad
Martia Romanorum convierte el centro de Marchena en una escena viva de la antigua Roma
Published
2 horas agoon
14 junio, 2026
Marchena vivió este fin de semana una nueva edición de Martia Romanorum, una recreación histórica que llenó la Plaza Alvarado y varias calles del casco histórico de desfiles, rituales, actividades infantiles, escenas de ambientación romana y degustaciones inspiradas en la gastronomía antigua. La cita, organizada por la Asociación Collegivm Emeritae, se celebró los días 13 y 14 de junio y estuvo condicionada por las altas temperaturas, que obligaron a retrasar la apertura del sábado hasta las 19:30 horas.
La Plaza Alvarado volvió a cambiar de rostro durante unas horas. Donde cualquier día pasan vecinos, niños y coches, este fin de semana aparecieron vestales, soldados, personajes civiles, esclavos, niños jugando a las minicuádrigas y recreadores dispuestos a devolver a Marchena una parte de su imaginario romano. Martia Romanorum no fue una feria al uso, sino una propuesta de historia viva que buscó acercar al público a escenas, símbolos y costumbres de la antigua Roma.
La jornada del sábado tuvo que adaptarse al calor. La organización modificó el horario inicial, previsto a las 18:00 horas, y retrasó la apertura a las 19:30 horas para hacer más cómoda y segura la participación de recreadores y visitantes. Aun así, se mantuvo la estructura principal de la tarde, con la recepción de personajes, rituales de inspiración romana, actividades de vida cotidiana, carreras infantiles de minicuádrigas y el desfile por calles del centro histórico.

Uno de los momentos más llamativos fue el recorrido por el casco histórico y la recreación vinculada a la venta de esclavos en el entorno del Arco de la Rosa, una escena pensada desde la teatralización histórica y no desde la simple animación festiva. El itinerario previsto incluyó Plaza Alvarado, Plaza de la Constitución, Rojas Marcos, Cantillo, San Sebastián, Obispo Salvador Barrera, Santa Clara y San Pedro, lo que permitió que la actividad saliera de la plaza y se integrara en la trama monumental de Marchena.
El domingo, la programación se concentró en horario de mañana, con la entrada del gobernador de la Bética acompañado por su séquito militar y civil, actividades infantiles de gladiatura y una degustación de vinos romanos y comidas de la época antes de la despedida final, prevista a las 15:00 horas.

Martia Romanorum deja una lectura positiva como propuesta cultural familiar y divulgativa, especialmente por su capacidad para usar el centro histórico como escenario y no como simple decorado. Pero también deja margen de mejora: la fecha elegida, en pleno mes de junio y con altas temperaturas, obliga a pensar en horarios más nocturnos, mayor señalización, más explicación histórica para el público y una promoción más amplia que permita convertir la recreación en un producto cultural con mayor impacto turístico.
Actualidad
El escritor marchenero Raúl Vega presenta «El brillante de Estambul», nueva entrega de la saga de Lucas Alarcón
Published
3 horas agoon
14 junio, 2026
La novela, continuación directa de «El misterio del marcapáginas», arrastra a su protagonista hacia una trama internacional de robo de arte, la camorra napolitana y un diamante que conecta Portugal con Estambul
El escritor marchenero Raúl Vega ha presentado su nueva novela, El brillante de Estambul, la sexta entrega de su carrera literaria y la continuación directa de El misterio del marcapáginas, su obra más celebrada hasta la fecha, recuperando la saga del personaje Lucas Alarcón después de dos novelas de corte más costumbrista y andaluz.
Una novela que estuvo tres años en el horno
Raúl Vega no oculta la historia particular de este libro. Lo escribió en 2023, paralelamente a El misterio del marcapáginas, pero quedó aparcado en la editorial mientras el autor publicaba otras dos novelas. Desde las últimas Navidades lo ha revisado, reescrito y enriquecido con nuevos capítulos, aunque la base narrativa es la que concibió hace tres años. «Cada libro es como un hijo», reconoció Vega durante la entrevista, y este en particular ha necesitado tiempo para madurar.
Lucas Alarcón: un hombre entre la lealtad y la traición
El protagonista de la novela es Lucas Alarcón, el señorito andaluz de mediana edad que Vega creó para El misterio del marcapáginas y que se ha convertido en su personaje favorito. Lucas, tras décadas de vida errante por Europa buscando recuperarse de la muerte de su esposa en el parto de su hija, había encontrado refugio en la Axarquía malagueña, donde vivía como un ermitaño hasta que la vida comenzó a abrirle una grieta de luz a través de su hija y su nieta.
Esa aparente paz se rompe de golpe cuando un violento asalto a su casa lo arrastra hacia una trama que él no buscó. La familia italiana Girardi, a la que Lucas consideraba amigos íntimos, no era lo que aparentaba: lejos de ser restauradores de arte y un médico retirado, resultaron ser miembros de una banda internacional dedicada al robo y la falsificación de obras de arte, con cuentas pendientes con la camorra napolitana. Al pedirle cuentas a los Girardi, la organización criminal involucra a Lucas en un conflicto que no le pertenece pero del que no puede escapar.

En paralelo, dos monasterios franciscanos en el norte y el sur de Portugal sufren robos inexplicables de obras de arte. El inspector portugués Somoza, que Vega describe como «uno de los personajes más bonitos que he escrito en todos mis libros», lleva la investigación de estos casos. La conexión entre ambas tramas va tejiéndose a lo largo de la novela hasta confluir en torno a un brillante desaparecido que la camorra busca con determinación y que Lucas, en un giro moral decisivo, decide que no llegue a sus manos.
Una diatriba moral en el corazón de la trama
Más allá de la intriga, Vega sitúa en el centro de la novela un conflicto ético que define al personaje. Lucas sabe dónde está el brillante. En sus manos está entregarlo a la justicia portuguesa o facilitar la huida de quienes lo utilizaron. Aunque los Girardi lo traicionaron, Lucas los consideraba amigos, y la lealtad es para él el pilar inquebrantable de cualquier relación humana. Esa tensión entre los valores propios y la realidad de la traición es, según el autor, el verdadero motor de la novela.
A diferencia de entregas anteriores, el final de El brillante de Estambul es cerrado y, según Vega, profundamente místico. «Los dos últimos capítulos cada vez que los leo me ponen los vellos de punta», confesó, destacando la resolución de la trama de los monasterios franciscanos y la forma en que recuperan lo que les fue robado.
Un proyecto ambicioso en el horizonte: Marchena en el siglo XV
Durante la entrevista, Vega avanzó también su próximo proyecto literario, el más ambicioso de su carrera: una novela histórica ambientada en la Marchena del siglo XV, en torno a la Casa de los Ponce de León y una biblioteca excepcional que llegó al Palacio Ducal de Marchena gracias al matrimonio de uno de los Ponce de León con una noble de la Casa de Aveiro. Aquella colección, que en su época era una de las más importantes de Europa, acabó desapareciendo, y su rastro ficticio, en la novela del autor, conduce hasta una universidad de Burdeos.
Vega reconoció que el proyecto le exigirá al menos dos años de investigación y que no está seguro de poder llevarlo a buen puerto, pero que la trama existe y merece ser contada. «Sería la novela más ambiciosa que yo hubiera sido capaz de plantearme», admitió, aunque advirtió que para llegar a lectores más allá de Marchena habría que considerar cambiar los nombres propios y desligarla del localismo estricto.
Antes de esa obra, prevé publicar Los recuerdos arañados, una novela ya escrita sobre Lucas Alarcón en su vejez, como un canto a las enfermedades degenerativas como el párkinson y el alzhéimer. Vega quiere darle a este libro un tratamiento especial, con tiempo y con la colaboración de asociaciones relacionadas con estas enfermedades, por lo que ha retrasado su publicación hasta el verano de 2027 pese a la insistencia de la editorial.
Dónde conseguirlo
El brillante de Estambul está disponible en Amazon y en las principales plataformas de venta en línea, así como en la librería González y en la librería de Dani, en Marchena. La portada fue creada por el propio autor utilizando herramientas de inteligencia artificial generativa de imagen.
Actualidad
El pintor marchenero Juan Antonio Cortés convierte el cartón en memoria rural en la exposición “Paisajes de papel” en Málaga
Published
4 horas agoon
14 junio, 2026
La Sala La Alcazaba de la Federación Malagueña de Peñas, Centros Culturales y Casas Regionales acoge hasta el 26 de junio la exposición “Paisajes de papel”, una muestra del artista Juan Antonio Cortés Gavira, natural de Marchena y afincado en Málaga, que fue inaugurada el pasado 8 de junio a las 18.30 horas en la sede situada en la calle Victoria, 17.
La propuesta reúne una serie de obras realizadas con papel, cartón y pintura, materiales humildes que el artista transforma en paisajes de casas blancas, calles silenciosas, fachadas desnudas y horizontes rurales. Según el texto de sala firmado por Isabel García Belmonte, la muestra se sitúa “entre la tierra y el cielo blanquecino de los días de invierno”, con composiciones donde los colores emergen del cartón y sugieren “cal sobre ladrillo o adobe”, hasta configurar una arquitectura sencilla, casi detenida en la memoria.

La exposición destaca por el uso del rayado manual sobre cartón y por una estética próxima al arte povera, en la que la pobreza aparente del material se convierte en lenguaje artístico. Las piezas no buscan reproducir literalmente un paisaje, sino evocar la huella de los pueblos: muros, tejados, ventanas, líneas quebradas y espacios vacíos que parecen conservar la vida que un día los habitó.
Cortés Gavira construye así un universo plástico contenido y sobrio, donde el blanco, el pardo y las texturas del cartón dialogan con la arquitectura popular. Sus obras remiten a esos paisajes del sur en los que la belleza no está en la abundancia, sino en lo esencial: una pared encalada, una calle sin gente, una sombra mínima, una ventana abierta sobre el recuerdo.

El acto inaugural contó con la participación del presidente de la Academia Malagueña de las Artes y las Letras, Diego Ceano, y del experto internacional en arte Mario Poggio, encargados de presentar una muestra que fue recibida con interés por el público asistente. La documentación aportada destaca la originalidad de una propuesta capaz de convertir materiales cotidianos en piezas de notable fuerza visual y expresiva.
“Paisajes de papel” puede visitarse hasta el 26 de junio en la Sala La Alcazaba de la Federación Malagueña de Peñas, Centros Culturales y Casas Regionales, en Málaga. La muestra cuenta con la colaboración de la Academia Malagueña de las Artes y las Letras, el Centro de Iniciativas Culturales, el Ayuntamiento de Málaga, la Diputación Provincial de Málaga y varias entidades patrocinadoras, según figura en el cartel de la exposición.
Actualidad
Marchena celebra su Gala del Deporte 2026 tras ocho años de pausa con once premios elegidos por votación popular
Published
4 horas agoon
14 junio, 2026
El Auditorio Municipal vivió una noche histórica para el deporte local con momentos de emoción, humor, acrobacias y reconocimientos que nacieron directamente de la ciudadanía
Hacía ocho años que Marchena no celebraba su Gala del Deporte. Ocho años en los que la pandemia, las circunstancias y el tiempo fueron aparcando un evento que muchos reclamaban. Este sábado, el Auditorio Municipal recuperó esa cita con una edición que no solo rescató la tradición sino que la reinventó: por primera vez en la historia de la gala, fueron los propios vecinos y vecinas quienes propusieron a los candidatos, votaron a los ganadores y construyeron, con sus clics y su participación, una noche que desde el principio perteneció al pueblo.
Así lo quiso la concejala delegada de Deportes, Asociaciones, Colectivos y Nuevas Tecnologías, Julia Begoña Iriarte, artífice de un proyecto que llevaba dos años gestándose y que este sábado encontró por fin su noche. «Llevamos trabajando en este día cerca de dos años y por fin ha llegado el momento», reconoció desde el escenario al inaugurar oficialmente el acto.

Una apertura entre el arte y la risa
La gala arrancó con dos registros bien distintos que marcaron el tono de la velada. Primero fue el turno de Carlos Cañada, que dejó al público sin palabras con una actuación de danza aérea de notable factura. Después llegó el humor directo y sin filtros del cómico Antonio Caña, que calentó el auditorio con un monólogo sobre el deporte, los gimnasios y las depilaciones masculinas que arrancó carcajadas continuas durante más de veinte minutos.
Caña, que reconoció haber confundido la «gala del deporte» con una «cena de gala» y haber llegado con el estómago preparado, desarrolló entre risas una reflexión más o menos filosófica sobre la forma física humana, el reggaetón como fenómeno social y los padecimientos de quienes se atreven con la cera caliente por primera vez. «Lo que menos necesitamos es que venga alguien a restarnos las ganas de reír y de pasarlo bien», concluyó antes de ceder el escenario a las presentadoras.
La conducción de la gala corrió a cargo de Elizabeth Luque y Sara Rojas, dos marcheneras que alternaron la presentación de los premios con breves reflexiones personales sobre el deporte en sus propias vidas, aportando cercanía y naturalidad a una noche que no buscaba artificios.

Once premios, once historias
La gala entregó reconocimientos en once categorías. En todas ellas, tres finalistas elegidos por la ciudadanía competían por un galardón que también fue decidido por votación popular, en un proceso que el Ayuntamiento calificó de «abierto, transparente y accesible a todos».
Empresa colaboradora con el deporte fue para JK Fitness, empresa de servicios deportivos que colabora en numerosas actividades públicas y privadas del municipio. Su responsable, Juan Carlos Palboa, agradeció el reconocimiento al Ayuntamiento y a los técnicos del área de deportes con los que habitualmente trabaja.
El premio al Colectivo más colaborador vivió uno de los momentos más curiosos de la noche. El trofeo correspondía al Club Maratón Marchena, pero por una confusión en el escenario lo recogió inicialmente un representante de otra candidatura nominada. El error fue corregido con deportividad y buen humor, y César Luna subió finalmente al escenario para recoger un galardón que reconoce a una entidad que organiza cada año la media maratón Marchena-Paradas, entre otras actividades. «Colaborar ha sido siempre una forma de entender el deporte», señaló Luna en su discurso.

El Mejor evento deportivo recayó en la Media Maratón Marchena-Paradas, que este año cumplió su 26ª edición con cerca de 500 corredores llegados de toda España. Francisco Javier Flores recogió el premio y compartió el mérito con todos los colaboradores, patrocinadores, voluntarios y participantes que han hecho posible mantener viva la prueba durante más de un cuarto de siglo. «Sin su esfuerzo, dedicación y compromiso esto no hubiera sido posible», afirmó.
El Mejor club deportivo fue para el Sotoama Karate, una entidad con más de 35 años de trayectoria, más de 150 alumnos en activo y una docena de campeones de España en su palmarés. Su representante, Manuel Serralvo, llegó al acto con los deberes hechos: venía de competir ese mismo día en Antequera y se trajo consigo 17 medallas para Marchena. «Los pueblos y las ciudades se miden por el nivel del deporte y Marchena tiene muy buena salud», aseguró desde el micrófono antes de dedicar el premio a su mujer Eva, que aguanta desde hace años unos horarios que, reconoció entre risas, «todavía no le cuadran del todo».
La categoría de Deportista promesa o revelación fue la más emotiva de la primera mitad de la gala. La ganadora, María Díaz, tiene nueve años, compite en atletismo de fondo, logró un tercer puesto en el Cross de Itálica y es campeona provincial al aire libre. Subió al escenario visiblemente nerviosa, apenas pudo hablar, y cuando las presentadoras le preguntaron qué era lo que más le gustaba de su deporte, respondió con una sola palabra: «Correr». El auditorio le devolvió un aplauso largo y cariñoso.

Mejor entrenadora fue Paula Hierro, técnico de formación en categoría femenina en la escuela de fútbol base, que recogió el galardón con unas palabras breves pero cargadas de sentido: «Esto va dedicado a mis padres, que están en el cielo.» Apenas añadió nada más. No hacía falta.
El premio a los Valores deportivos recayó en Agustina Galán, definida en la propia gala como «un auténtico terremoto del deporte de Marchena, capaz de mover montañas con su implicación y su entusiasmo.» Galán subió al escenario acompañada, compartió el micrófono con naturalidad y emoción, y le dijo al público lo que muchos esperaban escuchar: «Os quiero. Este premio no es solo mío, sino de todos nosotros porque somos los que hacemos el deporte en Marchena.»
La Trayectoria deportiva fue para María Teresa Siles, pescadora deportiva con 36 años de carrera, 13 mundiales a sus espaldas y una medalla de campeona del mundo individual y por equipos en 2010. En su discurso dedicó el galardón a la persona que, dijo, más ha trabajado su trayectoria deportiva: su padre Antonio, presente en la sala. «Papá, este premio es tuyo», le dijo desde el escenario, en uno de los momentos más aplaudidos de la noche.
El Premio honorífico fue, sin duda, el de mayor carga emocional de toda la velada. Lo recibió Rafael López Ordóñez, triatleta marchenero, campeón del mundo de Dual Long, campeón de Europa de Iron Man y única persona en silla de ruedas que ha completado diez pruebas Iron Man en todo el mundo. López Ordóñez agradeció el reconocimiento a su pueblo y a su familia, pero reservó el momento más impactante de su discurso para el final: anunció que su último gran reto no había sido una competición, sino vencer un cáncer de colon con metástasis hepática. «Y ya me lo he cargado», dijo, con la serenidad de quien sabe lo que es cruzar líneas de meta imposibles. El auditorio respondió con una ovación que tardó en apagarse.
El Mejor deportista masculino fue Said El Buchiquín, atleta de medio fondo y fondo, bronce en el Campeonato de Andalucía al aire libre y cuarto en el campeonato de campo a través. En su discurso tuvo palabras de reconocimiento para los deportistas veteranos que abrieron el camino «cuando el deporte no se llevaba como se lleva hoy» y animó a las promesas a seguir creciendo «como deportistas, pero sobre todo como personas.»
El último premio de la noche, el de Mejor deportista femenina, fue también el más esperado. La ganadora, Pilar de Guindos, es maratoniana en categoría máster y la primera atleta marchenera en bajar de las tres horas y treinta minutos en maratón. Leyó su discurso con el micrófono en mano y la voz emocionada, y pronunció una frase que resonó en el auditorio: «El esfuerzo no es sufrimiento, es crecimiento.» Dedicó el premio a su entrenador, que también es su marido: «Antonio, cariño, gracias por guiar mis entrenamientos, aguantar mis madrugones y compartir esta bendita locura conmigo. Hoy esto es de los dos.»
El espectáculo de Pirámidos
Entre premios, la gala reservó un espacio para la actuación más espectacular de la noche: una exhibición del club de gimnasia acrobática Pirámidos, de Sevilla, con 36 gimnastas de entre 9 y 20 años que interpretaron una secuencia acrobática sobre temas de Queen, desde Bohemian Rhapsody hasta We Are the Champions, pasando por I Want to Break Free y Radio Ga Ga. La actuación combinó equilibrios, pirámides humanas, contorsiones y figuras aéreas de notable dificultad técnica, y cerró con una ovación generalizada que obligó a pedir un segundo aplauso desde el escenario.
La alcaldesa cierra con inversiones y un anuncio
La alcaldesa de Marchena, María del Mar Romero Aguilar, cerró el acto con un discurso que repasó las inversiones municipales en deporte realizadas durante los últimos once años de gobierno: la renovación del campo de fútbol de Miguelete y del campo Mariano Pulido, la transformación de las pistas de atletismo de hormigón en tartán, el parque de calistenia, la instalación de sombra en la grada de Miguelete y la conexión con la galería cubierta. También tuvo palabras para la oposición municipal, a la que agradeció públicamente votar a favor de las propuestas del equipo de gobierno en materia deportiva.
Y reservó para el final el anuncio más práctico de la velada, recibido con aplauso: «Ya estamos arreglando el techo del pabellón. Va por ustedes.»
La gala concluyó con la interpretación de los himnos de Andalucía y España y una fotografía de familia en el escenario con todos los premiados y autoridades.
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