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“Ahora madre, entiendo tu manto”: María Hurtado conmueve a Marchena con un pregón tejido de fe, memoria y verdad

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Hay instantes en los que las palabras rompen en lágrimas, y otros en los que se hacen carne en los corazones de quienes las escuchan. Este domingo, en el templo abarrotado de San Juan, María Hurtado Bellido no ofreció solo un pregón. Abrió el pecho, remangó el alma y se colocó su túnica morada, no de tela, sino de verbo. Fue el atril su cruz, y la voz, la guía de una Marchena que ya huele a cera y azahar.

Desde la primera palabra hasta el último amén, María no dejó a nadie fuera. Habló a los cofrades y a los descreídos, a los que rezan cantando y a los que esperan en silencio. No lo hizo desde la superioridad, sino desde el suelo gastado de quien ha caminado todos los Viernes Santos. Su pregón fue, como dijo en sus propias palabras, “una levantá inmortal hacia ese balcón del cielo que brilla de manera perpetua en nuestros corazones”.

María habló con voz de nieta, de madre, de hermana y de Verónica. Recordó aquel año 2013 cuando cumplió su sueño de salir en la mañana del Viernes Santo y, justo ese día, su abuela Conchita partió al cielo. “Ese día no fue un día más en tu vida, María. Tu abuela también había cumplido un sueño”.

 Desde el primer instante, quiso comenzar donde todo empieza: en la Caridad.  “Herederos del buen Miguel Mañara”, recordó María, “con más de 375 años del aniversario de su fundación, han amparado al desamparado cada Domingo de Ramos, cuando el sol brilla sobre nuestros cuerpos”. Y evocó con una intensidad casi litúrgica el gesto solemne de esos hermanos de riguroso luto que, “caracterizados por un brazalete azul donde portan su escudo y una actitud seria propia de los más prudentes”, acompañan el féretro con una fidelidad inquebrantable. Para la pregonera, no se trata solo de una procesión: “Podemos escuchar uno de los sonidos más característicos del Domingo de Ramos: la esquila que acompaña el féretro que portan sus hermanos en el discurrir desde Milagrosa hacia San Sebastián”.

 “Hermano de la Santa Caridad, a medida que escuches más de cerca el sonido de esa campanita, más próximo estará el momento de que seas tú el siguiente en tocarla”, proclamó, con una ternura que solo la experiencia puede dar. 

“No hay banda, ni palio, ni palmas, ni claveles. Hay cera, hay cruz, hay compostura”, dijo, reivindicando lo esencial. Porque si en otras cofradías hay esplendor, en esta hay hondura. “La Santa Caridad no necesita pregón. Su ejemplo habla por ella”. Pero ella lo dio. Y lo dio bien. Con voz emocionada, recordó que “esta hermandad no solo desfila: acompaña, consuela, acoge, vela a los que parten y reza por los que quedan”. 

 Para María, la Caridad es más que una cofradía: es la raíz misma del Evangelio. “Hay hermandades que brillan con luz de cera, otras con luz de plata… pero la Santa Caridad brilla con la luz del servicio”. Por eso, su agradecimiento fue explícito, sin rodeos: “Gracias por cuidar a los que ya no están, a los que sufren, a los que nadie ve”.

Y cerró su evocación con la mirada puesta en lo eterno: “El Domingo de Ramos comienza con muerte, pero no con desesperanza. Ellos nos enseñan que todo final es también comienzo”. Por eso, “esta levantá va por todos los directores espirituales que nos acompañan durante todo el año a través de los cultos para alimentar nuestra fe”, y también por aquellos que, como los hermanos de la Caridad, “trabajan sin descanso para hacer visible lo invisible”.

Y así nos llevó a su infancia, cuando, con la impaciencia desbordada, pedía a su padre que la llevara a San Agustín. “Papá, venga, vamos ya para arriba que sale la Borriquita”, recordaba con una sonrisa casi infantil. Allí, entre la expectación del templo y el nervio en la garganta, aguardaba ese instante único en que se abren las puertas y comienza la vida pública del Señor. “Allí esperando al momento de mayor tensión, pues el miedo a esas edades no existe. Papá, que están de rodillas, que están desmontando el paso, que están bajando al Señor…”.

“Abrir el paso. Os traigo la salvación”, proclamó María, haciendo suyas las palabras de un Dios que se baja del cielo para jugar con sus hijos. “Es muy sencillo: escucharme y acompañarme. Acercaros a mí. Soy nuestro Padre Jesús de la Paz, montado en una borriquita, y vengo a salvar al pueblo de Marchena”.

El pregón se convirtió entonces en catequesis para los pequeños, en voz materna que susurra esperanza: “Niños y niñas de este pueblo, id a vuestras casas, corred la voz, que salgan todos a verme. Avisad a vuestras abuelas, que todos se vistan con sus mejores galas. A vuestros padres, decidles que os dejen estar por la calle junto a mí, que no pasa nada. Es el día de la Paz en Marchena”. Porque este día no es solo un comienzo litúrgico: es un renacer espiritual, un estallido de fe que convierte las calles en una nueva Jerusalén.

Con ternura dirigió esas palabras también a sus propios hijos: “Jesús y Jorge, hijos míos, ¿habéis escuchado el mensaje que el mismo Dios que ha bajado a la tierra ha dicho? Confiad, tened fe y amad desinteresadamente. Poneos en sus manos y agarrad fuerte esas ramitas de olivo que tienen la savia de la salvación. No las soltéis y no olvidéis llevarlas cada año después de misa a vuestras casas. Ponedle el lacito que más os guste, pero amarradla bien fuerte: tiene que durar todo un año”.

Desde ese instante del pregón, Marchena entera se vio montada en ese pollino, como si cada palmo de calle fuera una nueva bienvenida al Hijo de Dios. Y en la voz de María resonó el gozo de quien ha aprendido que la infancia no es una etapa, sino un don espiritual. Porque cada vez que sale la Borriquita, los que fuimos niños volvemos a serlo.

Y así, con la paz como estandarte, María nos recordó que la Semana Santa no empieza el Domingo de Ramos. Empieza mucho antes, en las miradas limpias de los niños, en los altares de cartón, en la rama de olivo que tiembla al viento… Y en el corazón que se prepara, año tras año, para volver a decir: “Papá, venga, que sale la Borriquita”.

Hay imágenes que no necesitan música para conmover, ni lágrimas para hablar. Basta con su andar sereno. Así es la Virgen de la Palma en la voz y en el corazón de María Hurtado, que la evocó en su pregón con la reverencia de quien ha sentido su consuelo tras la estrechez de la vida. “Madre de la Palma, eres madre de los que viven en acción de gracias. Llénanos este bonito día de algarabía”, dijo, iniciando con una súplica jubilosa lo que muy pronto se convirtió en letanía de devoción.

La estrechez del cancel de su iglesia fue imagen del alma que se prepara para acoger lo inmenso. “Tras la estrechez, aparece la calma. Palma, después de tu salida el pueblo impaciente te espera. El cancel está abierto. Comienza la Semana Grande y con ella uno de los mensajes: Dios aprieta, pero no ahoga”. Y en esa imagen de puertas que se abren está el símbolo del alma que se ensancha, del pueblo que espera, del milagro que comienza.

María supo captar ese contraste entre el rostro sereno y la hondura del mensaje. “¿Qué hay en tu mirada, Palma? ¿Dónde escondes tus lágrimas?”, se preguntaba, y cada palabra parecía buscar cobijo entre los entrevarales de ese palio que, año tras año, vuelve a tejer la esperanza con hilo de oro. “Los entrevarales son como los barrotes de las ventanas: están hechos para asomarnos a verte”, dijo, con una sencillez estremecedora.

Cuando el alma se arrodilla y el cuerpo detiene su prisa, es porque el Señor de la Humildad ha pasado.  María Hurtado, en su pregón de la Semana Santa de 2025, no solo recordó la escena; la vivió de nuevo con la emoción intacta y la convirtió en espejo de tantas vidas marcheneras. 

“Señor de la Humildad, una escuela de paciencia nos das”. Una lección aprendida en silencio, en los días lentos, en las noches largas, en los hospitales y en las salas de espera, donde “tus fieles desesperan sentado, como tú, en la piedra dura de la vida intentando comprender su rumbo”.

El Señor de la Humildad se convierte así en compañero de viaje, en intercesor del que no tiene fuerzas, en consuelo del que no entiende. “Junto a ti visitéis los hospitales, la residencia, las salas de espera…”. El lenguaje se volvió íntimo, casi confidencial. El tono del pregón descendió al susurro, al tú a tú de quien habla con su Dios en lo más profundo del alma.

Pero no se detuvo ahí. María hiló esta devoción con otra tradición muy marchenera: la saeta. “Una escuela de saetas, esa en la que se enseña a orar con una entonación que nunca falla, la que se canta desde el alma, la que está orada desde la autenticidad y con un pregón de un ángel desde ese balcón que sagrado parece estar afinado de año en año”. La saeta no es aquí un adorno musical, sino una plegaria que se eleva como incienso desde los balcones al cielo.

Hablar del Señor de la Humildad, es hablar de una enseñanza sin estridencias, de un ejemplo que no necesita alarde, de una presencia que sana sin tocar. “Regresa a tu templo con tu centuria detrás y no dejes nuestras vidas nunca en el azar. Pues hágase según tu voluntad”, concluyó María, dejando la oración como última palabra, como única respuesta posible ante el misterio de un Dios que se detiene para mirar al hombre desde su mismo nivel.

Hay una esquina de Marchena donde cada primavera se mece una novicia entre naranjos y flores. La Virgen de los Dolores no camina sola: la acompañan los suspiros de generaciones que han buscado en su rostro el consuelo a penas antiguas y recientes. María Hurtado lo expresó con palabras suaves y estremecidas, con la devoción de quien sabe que el dolor, cuando se ofrece, también puede ser redentor. “En el barrio de Santa Clara hay una Virgen con una mirada infinita y suplicante hacia el firmamento”, dijo. Y con esa frase abrió la puerta de un convento que es también refugio del alma.

Ella está “con un pañuelo colgando que casi te lo da si se lo pides”. Esa imagen sencilla –una mano tendida, un paño dispuesto a secar lágrimas ajenas– resume siglos de devoción popular. “Está esperándonos para consolar esas lágrimas que seguro que hoy no saben a sal, pues ya se ha encargado ella de quitarles ese mineral”.

El peso del pueblo está en ese pañuelo. “¿Cómo podemos pedirte tanto?”, se preguntó la pregonera, con una humildad desarmante. “¿Qué cansada tienes que acabar cada Miércoles Santo? ¿Cuánto pesa ese pañuelo sobre el que has absorbido todos los dolores de tu pueblo?”. Es la maternidad espiritual llevada al extremo: una madre que recoge, que escucha, que carga con lo que los demás no pueden.

En esa noche silenciosa de primavera, María reconoció que “madre dolorosa, es normal que mires al cielo en busca de tu consuelo”, pero le pidió algo más: “Baja tu mirada, que tus hijos queremos quitar la daga que atraviesa tu corazón, esa que profetizó el viejo Simeón”.

Hay nombres que se pronuncian con ternura. Nombres que no pesan, que no hieren, que no exigen. El de Jesús, cuando es niño, se dice con la suavidad con la que se acaricia un recuerdo, con la delicadeza con la que se habla de la infancia. Así lo proclamó María Hurtado en su pregón, elevando al Dulce Nombre de Jesús a la altura de un símbolo universal de consuelo y fortaleza: “Dulce Nombre de Jesús, siento la incongruencia de tu pronombre: ¿cómo puede ser dulce el que sabe, con tan pronta edad, lo que le espera?”.

Y sin embargo, lo es. Porque en ese rostro de niño con mirada sabia se concentra la ternura de Dios encarnado. “Tu nombre es dulce, y eso se refleja en la miel de tus labios”, dijo María, evocando la imagen de un Jesús que no teme, que se ofrece, que se entrega desde su inocencia.

Hablar del Dulce Nombre es hablar del primer asombro, del descubrimiento infantil de lo sagrado. “Aún recuerdo cómo te miraba de niña a niño”, confesó la pregonera. “Me fijaba en la pequeña crucecita de plata, la misma que después en madera yo portaría el Viernes Santo por las mismas calles que tú habías pisado”. Esa coincidencia entre la mirada del pasado y la vivencia del presente unió en una sola emoción a la niña que fue y a la mujer que ahora pregonaba.

María comprendió la paradoja de este Niño-Dios, que a pesar de su aparente fragilidad “tiene una mente de un diamante irrompible hacia el amor más puro y brillante que existe: el amor de Dios”. En esa contradicción entre niñez y divinidad, entre dulzura y sufrimiento, reside la grandeza de su imagen, y así lo expresó con una ternura que emocionó a todo el templo: “No llores, Dulce Nombre de Jesús, que todos los niños y niñas de tu pueblo te están mirando, te están ayudando”.

Y con un gesto de esperanza, selló el legado de generaciones: “Hoy los costaleros que te llevan son los mismos niños ya hechos hombres, y con la ayuda de tus ángeles, a pulso te elevarán al mismo cielo”.

Desde lo alto de una azotea, en un rincón que roza el cielo, una niña lanzaba su primera petalá sin saber que estaba sembrando una devoción que años más tarde haría florecer con palabras. Así nacía el amor de María Hurtado por la Virgen de la Piedad. “Desde la azotea de Cayetano veía de pequeña la salida del Dulce Nombre y desde allí también le ofrecía una petalá a la Virgen de la Piedad”, confesó con voz de memoria emocionada.

No hay calle en Marchena más silenciosa que aquella por la que pasa la Virgen de la Piedad. No hay rincón más íntimo que su paso lento, medido, donde todo parece pararse para dejar que el pueblo respire su consuelo. “Si te mecen, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de que puedas andar”, proclamó María, poniendo en boca del pueblo ese susurro que se convierte en plegaria cuando Ella aparece.

La oración siguió fluyendo, tejida como los bordados de su manto: “Si te levantan al cielo, déjate llevar, Piedad es la manera de hacerte volar”. Porque esta Virgen no solo camina, no solo llora: se eleva. La eleva su pueblo, que la sostiene con amor callado, la mece con ternura infinita. “Si te rezan en silencio, déjate llevar, Piedad es nuestra manera de tus penas quitar”.

El Jueves Santo en Marchena no comienza en el reloj, sino en el corazón de quienes esperan que se abra el portón franciscano. De allí sale cada año, envuelto en lirios morados y recogimiento, el Cristo de la Santa y Vera Cruz, llevando consigo la memoria de generaciones que han hecho de este paso una oración viva. María Hurtado, con la emoción serena que da el amor antiguo, abrió su evocación con una confesión sincera: “Cuando habla mi corazón de la Vera Cruz, habla de recuerdos, sobre todo aquellos que guardo con un cariño muy especial”.

En su niñez, María deseaba ser costalera, pero en aquellos años no se podía. Así que se conformaba “con ir a los ensayos y llevar la radio”, porque lo importante no era el rol, sino estar cerca del Señor que camina entre sombras y cal. 

La Vera Cruz, para María, no es una cofradía más: es la cofradía de su familia materna los Bellidos. Ess casa el Jueves Santo se convertía en una casa hermandad, «donde las túnicas de mis primos estaban muy bien colgadas y planchadas en los muebles del salón de cada casa”. 

 “El Jueves Santo en Marchena todo parece transformarse”, proclamó la pregonera. “La noche se oscurece, el cielo comienza a eclipsarse ante tu inminente muerte. Se abre un portón en la capilla franciscana, donde en el cancel espera un nazareno que porta esa peculiar cruz de guía”.

En ese momento, Marchena se vuelve un templo al aire libre. “Suena cornetas y tambores y una rampa de madera sobre la que rachean suavemente con un poco de cuerpo a tierra”, y Él baja “camino del barrio más monumental, entre esquinas que se retuercen, muy padeciente, coronado de espinas y la sangre derramada”. La marcha no es música, es latido; la cera no es luz, es lágrima; y el paso no es madera, es altar: “Una elegante levantá a pulso siempre te eleva, esas trabajaderas sagradas que rachean suavemente y que rezan sin parar en una noche que parece que no tiene final”.

María describió el instante en que la silueta del Cristo se proyecta sobre las paredes blancas del barrio, como una aparición: “De repente, por las paredes encaladas previamente, una silueta se refleja del Señor que pasa por tu casa. Verte. ¡Cuánta elegancia hay en tu barrio! ¡Qué silencio tan solemne!”. Porque si algo distingue a la Vera Cruz es el recogimiento que envuelve su discurrir, la sobriedad que no necesita ornamento, el rezo callado que no exige respuesta.

Hay nombres que no se pronuncian, se respiran. Nombres que no hacen falta decir en voz alta porque ya viven en el corazón. Así es la Esperanza en Marchena: no necesita presentaciones ni alardes. Basta con mirarla para entender por qué su manto verde no es un color cualquiera. “Dicen que el color de la Esperanza no es un verde normal”, explicó María Hurtado. “A mí me recuerda al verde del mar”. Pero no a un mar en calma, sino al mar que lucha, al que no se rinde. “El mar revuelto, ese que arrastra toda la arena del fondo cuando rompe la ola, justo ese es el color”.

Así la sintió la pregonera desde niña. No como un símbolo decorativo, sino como una necesidad vital. “La Esperanza te tripula para poder navegar, allá en tu fondo más profundo que te arranca el alma sin avisar”. Y como quien se aferra a una tabla en mitad del naufragio, elevó su canto: “Cuando la mar esté revuelta, a cara a cara mírala: es la Esperanza la que te salva de la deriva en alta mar”.

Por eso, la Esperanza de Marchena no es simplemente bella. “No vas a ser bella, Esperanza, tienes que serlo por necesidad”. Porque cada mirada busca en Ella una respuesta, un consuelo, un sí o un no que cambie el rumbo de una vida. “Sino, ¿cómo te miramos esperando encontrar la respuesta a ese sí o a ese no que ansiamos escuchar?”.

En esa mezcla de ternura y fortaleza, María fue desgranando su oración íntima: “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar cuando la ves pasar, va demostrando un no sé qué que te sacia cuando se va”. Porque verla no basta. Se necesita, se ansía, se espera. “Bella es la Esperanza que de verde tiñes el mar del que anhela encontrar los vaivenes de la vida que aparecen cuando no los sabemos tolerar”.

La pregonera describió con palabras sentidas esa conexión íntima entre la Virgen y su pueblo, donde cada uno lanza plegarias en silencio. “Miras para abajo, para nuestros ojos encontrar esas plegarias que te lanzamos y que en ti la respuesta está”. Y entonces se comprende que Ella, coronada y serena, no está solo para embellecer una calle, sino para sostener un alma. “Bella es la Esperanza, esa que porta alfajín de Capitán General y coronada está, la que navega sobre un palio estrellado hecho de terciopelo y plata, impregnada en nazar, y llevas más de 20 años siendo Reina de Marchena, de la cristiandad y de todo el mar”.

Hay imágenes que no se nombran sin estremecerse. Y en Marchena, si hay un nombre que agita las entrañas del pueblo entero, ese es el de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El Señor que no se menciona, se reza; el que no se mira, se sigue; el que no se explica, se siente. Y eso hizo María Hurtado: sentir. “¿En serio? ¿No me lo puedo creer? ¿Y ahora qué hago?”, se preguntaba recordando el instante en que se encontró frente a Él, tras veinte años de espera en una lista “que parece ser eterna para ponerme por un instante frente a ti, cara a cara”.

Su voz, que tantas veces se quebró a lo largo del pregón, pareció quebrarse aún más cuando pronunció esas palabras: “Ese día no sabía si hablarte desde mi tristeza o desde el agradecimiento”. Porque el día que María se revistió de Verónica fue el mismo día en que su abuela Conchita se despidió de este mundo. Y no, no fue casualidad. “Tú decidiste que yo, vestida de Verónica, justo ese día ascendiera a ti”.

Aquella escena no fue solo un rito ni un sueño cumplido: fue un abrazo entre generaciones, un gesto de la Providencia. “Tu rostro yo limpiar o tú el mío. A mí no podía estar nerviosa ese día, solo quería hablar contigo y que me explicaras qué es lo que pasaría”. Y en ese diálogo íntimo entre nieta y Señor, entre túnica morada y paño blanco, se selló una alianza de vida entera.

“No vi a mi abuela desde el balcón viendo pasar a su nieta, sino que fui yo la que la acerqué a ti al balcón infinito del cielo”. Y en ese gesto, María comprendió algo esencial: que cuando Dios está por medio, no hay casualidades, solo misterios que se revelan con amor.

No es extraño que su camino nazareno lo viva como una misión. “Por eso camino descalza y de morado, desde San Miguel, cuando las puertas están de par en par, un Viernes Santo de madrugada, bajo un cielo estremecido de gargantas que se rompen a rezar”. Porque seguir a Jesús Nazareno no es solo vestir la túnica: es descalzarse del mundo, entregarse sin medida, fundirse en cada chicotá con el latido de su pueblo.

Con la emoción contenida de quien ha sentido esa madrugada en la piel, fue relatando cada recoveco del recorrido, cada paso que Él da por las calles de Marchena. “Bajo una luna llena primaveral, camino descalza y de morado, siguiendo una cruz de guía bajando de la Rabal”. Esas calles, que de día son barrio, en su paso se hacen santuario: Plazuela del Topo, calle Estudio, calle Sevilla, San Sebastián, Milagrosa, Santa Clara… “Calle Sevilla, que no sube, que reza por la paz bajo una palma merced y pilar”.

Y en ese discurrir lento, fatigado, arrastrando la cruz, María descubre que no solo camina Jesús. Camina el pueblo entero con Él, cada cual con su herida, cada cual con su fe. “Camino descalza y de morado hasta llegar al más sagrado altar del Monumento, donde está Jesucristo ya no muerto, sino vivo”. Porque Jesús no cae, se arrodilla. No se cansa, se entrega. “Tú que caminas, tú que no te paras, tú que no te cansas y el que nos miras cara a cara”.

Hay lágrimas que no se ven, pero que mojan por dentro. Lágrimas de sal y de silencio, de fe y de desahogo. Lágrimas como las de María Santísima de las Lágrimas, que no brotan solo de sus ojos tallados, sino de todos los que la miran. María Hurtado, con la emoción desbordada, se dirigió a Ella no como pregonera, sino como hija, como mujer, como madre, como alguien que un día descubrió que aquellas manos abiertas no solo recogían súplicas: también sostenían vidas.

“Virgen de las Lágrimas, tengo que pedirte perdón por haberte dado de lado durante tantos años”, confesó con humildad, reconociendo que sus miradas y sentimientos “se concentraban en tu Hijo primero”. Pero la vida, con su manera extraña de ponernos en nuestro sitio, hizo que fuese precisamente Ella quien la tomara de la mano en uno de los momentos más íntimos y reveladores. “Me pusieron junto a ti. Mejor dicho, en tus manos. Siempre abiertas se quedaron desde entonces, como hacen todas las madres”.

Ese instante, que quedó “fosilizado” en el corazón cofrade de la pregonera, ocurrió cuando estaba embarazada de su hijo Jorge. “Con uno de mis hijos en mi vientre pude acompañarte al son de la misma marcha que hoy aquí ha acontecido: Amarguras, Fondeanta”. La misma marcha que abría el pregón y que ahora regresaba para abrazar la memoria de aquella noche. “Lo admito: estaba algo triste de no poder hacer mi estación de penitencia ese año. Aunque lo intenté, me puse mi túnica, pero solo aguanté hasta pasar el arco”.

En su interior, una vida latía, y afuera, otra Vida —la de la Virgen— se desbordaba en compasión. “Qué mágicos son los momentos”, dijo, cuando, “a la voz de un Jorge costalero al mando de su capatá, daba voz a otro Jorge, el de mis adentros”. Porque no todas las lágrimas son de tristeza, y María supo reconocerlo: “También las hay de agradecerte, Virgen de las Lágrimas, que tu amargura se desvanece y la vida resurge al pasar y verte”.

De ese dolor hecho belleza brotó una descripción que conmovió a todo el templo: “Ahora, Madre, entiendo tu manto. Tu manto azul, de azul cobalto. No va a ser de otro color si está lleno de penas y de llanto”. Un manto que no cubre solo una imagen, sino que arropa a todo un pueblo. “Lo llenas tanto y tanto que es el océano de Marchena cada Viernes Santo”.

Y como ola tras ola, sus palabras se hicieron poesía. “Ahora, Madre, entiendo tu manto: de Nazarenos ahogados entre el dolor acumulado de los porrazos que la vida te golpea cuando menos estás preparado”. Ese manto, dijo, recoge las lágrimas de las madres que luchan en silencio, “de las que los vaivenes del día a día te consumen más todavía y esperan a verte para desahogar su agonía”.

Hay imágenes que parecen detenidas en el tiempo. Y otras que, aunque inertes, respiran. El Santísimo Cristo de San Pedro no camina, pero avanza en el alma de quien lo contempla. Así lo vio María Hurtado cuando, con la voz encogida, narró su primer reencuentro con Él al saber que sería pregonera: “¿Cómo no sentir ese dolor, Santísimo Cristo de San Pedro, al verte pasar a través de las calles estrechas, donde el silencio se rompe con el crujir de tu madera y el rachear del esparto sobre el suelo desgastado, al eco de tu ‘Miserere’ y entonaciones de quintas y sextas?”

En ese momento, lo esencial no fue hablar, sino ver. “La primera hermandad que fui a visitar fue esta”, confesó, “y ¿qué vi? Vi a ese Cristo que está allí, a lo lejos, en Santo Domingo, fundido en madera. Madera convertida en talla. Talla traducida a vida”. Porque en Marchena, el arte no es adorno, sino dogma: las imágenes respiran y sangran, y el Cristo de San Pedro es prueba de ello.

Fue en una visita posterior cuando la pregonera se atrevió a mirarlo desde más cerca, desde abajo, desde sus pies. Y en ese ángulo inédito descubrió una dimensión hasta entonces desconocida: “Tuve el atrevimiento de acercarme y, desde ese ángulo, pude percatarme de algo que jamás vi en la tarde del Viernes Santo: la dureza que padeciste. Tus manos moradas, tus brazos estirados, tus piernas fatigadas, tus pies ensangrentados y tu rostro, Señor, desfigurado”.

No lo dijo con aspavientos, sino con la seriedad de quien ha tocado el dolor. “Parece que vives, aunque estás recién muerto”, sentenció. Porque en el Cristo de San Pedro no hay dulzura ni calma, sino el espanto contenido de una muerte real. Y eso fue lo que más conmovió a María: la crudeza.

Recordó, entonces, aquella última vez que Marchena lo vio por sus calles, en andas y sin dosel, y comprendió por qué sus hermanos quisieron bordarle un dosel de terciopelo que disimulara las heridas: “Tuvieron que mandar hacer tal reliquia para que se pudieran disimular tus lesiones, tu frialdad, tus traumatismos, tus llagas y esa mirada perdida en busca de consuelo”.

El dosel, entendido como refugio, no como adorno. “Todo, Señor, para salvar a tu pueblo”. Porque no hay ornamento más sagrado que el que envuelve el sufrimiento. María lo entendió y lo explicó con una claridad conmovedora: ese dosel no es sólo belleza, es compasión. Un escudo bordado frente al horror.

La noche del Viernes Santo no se apaga del todo mientras quede encendida la mirada de una madre. Y en Marchena, esa madre tiene un nombre: María Santísima de las Angustias. A Ella se dirigió María Hurtado con un susurro convertido en plegaria, con ese respeto que sólo se puede tener hacia quien lo ha perdido todo y, sin embargo, sigue en pie.

“Madre, aunque eres modelo y maestra de la fe, me ha costado enfrentarme a ti”, comenzó diciendo. No porque no la amara, sino porque representa aquello que a nadie le gusta atravesar: “Representas una de las advocaciones que menos queremos sentir en nuestras vidas: la angustia, el temor, el miedo, la desesperación”.

La pregonera imaginó su dolor no desde la distancia, sino como hija, como madre, como mujer. Y se preguntó con temblor en la voz: “¿Qué día tan largo tuviste que pasar? ¿Cuál fue el más duro? ¿Su condena? ¿Las burlas? ¿Ver cómo caminaba y caía con la cruz? ¿Ver cómo lo crucificaban? ¿O tenerlo de nuevo entre tus brazos ya sin vida?”

La escena es desgarradora. Y María no la suavizó, no la embelleció con palabras vacías. Fue al centro del abismo, al instante exacto en el que la Virgen recoge a su Hijo muerto. “Ya no hay mayor espanto, pues llegó el instante. La palabra está cumplida. La muerte ha discurrido por las calles. Tu hijo, crucificado, ya sin dolor, esperando la salvación, su resurrección”.

Cada palabra fue tallada con lágrimas. “Madre, en esta noche teñida de luto, donde las calles de Marchena han intercambiado luces por sombras y el silencio se ha apoderado del murmullo, la cera de tus nazarenos va llorando por el suelo”. Esa cera que llora, como tú, como todos.

“Seis lágrimas de angustia resbalan por tu bello y blanquecino rostro, donde el sofoco del pánico que debiste sufrir le dan color a tu mejilla”, continuó, como quien ha sostenido la imagen entre las manos y ha sentido el temblor del alma. “Madre de negro y pálido corazón, aunque sintieras en tu garganta ese nudo que te hace callar, aunque sintieras en tu alma ese dolor que te ahoga aún más, aunque sintieras en tu corazón cien puñales al hincar… angustias más desamparadas quisieran los marcheneros quitar”.

El Sábado Santo en Marchena no es una noche de duelo, sino un umbral. Y ese umbral tiene forma de paso: el Santo Entierro, el “resumen del que todo lo consume”, como lo definió María Hurtado, con el corazón lleno y la voz hecha incienso. Porque tras la muerte, dijo, “es el poliedro perfecto, donde Cristo yacente, descendido de la cruz, triunfante, duerme por poco tiempo”.

No habló sólo del silencio ni de la solemnidad, sino del milagro tallado en madera. “Si hubiese sabido tu escultor, Jerónimo Hernández, que luego vendría un Guzmán Bejarano para dejarnos perplejos ante tan majestuosa obra, no se lo hubiese imaginado. Nada falta, Señor”. Y es que ese paso no es un paso: es un retablo andante que late con cada zancada.

Es un libro abierto, con capítulos de oro y lirios morados. “Es un retablo abierto que camina entre decorados con lirios pasionantes, que van haciendo justicia ante tu paso”. En sus esquinas, las cuatro esquinas del mundo: “¿Quién no ha mirado a sus esquinas, con sus evangelistas? A San Lucas, acompañado con la fuerza del toro. A San Marcos, con el poder del león. A San Juan, con el águila que todo lo divisa. O a San Mateo, con ese ángel que nos aguarda”.

Y allí, en el vértice de todo, en el centro geométrico de la fe, está Él: “Sí, porque en el vértice, en el extremo de tu poliedro, Señor, estás una vez más tú, transformado en polígono, para que podamos vivir a través de ti”. Un paso que, al avanzar, no pisa, sino que flota. “Da igual que subas a toda prisa con un izquierdo que rachea por el susurrar del paso del tiempo, ante un suelo desgastado y unas paredes que, si hablaran, Señor, quizás no seguirían en pie”.

Marchena no sólo lo contempla, lo acompaña. Y Él, a su vez, la guía en su ascenso hacia la esperanza. “Sigue subiendo hacia la mota más alta y atraviesa esa puerta medieval, esa que nos acerca más de ti, pues tu fe nos guía”.

Pero no va solo. Le siguen las que no fallan nunca. “Seguido de tus tres Marías: Salomé, Magdalena, María Cleofás, y la Verónica, que nos muestra tu Santa Faz”. Son ellas las custodias del silencio, las guardianas de ese cuerpo que duerme, pero que no ha muerto del todo.

Y María lo proclama con la certeza de quien lo ha sentido en carne viva: “Santo Entierro, que no te hemos enterrado. Que a tu sepulcro te hemos acompañado solo para que vuelvas a vivir, ahora sí, toda la eternidad”.

Cuando ya la Semana Santa declina, cuando las túnicas se guardan y el silencio vuelve a tomar las calles, una figura sigue en pie. Es la Virgen de la Soledad, coronada de estrellas, sostenida por la oración de un pueblo entero que, aunque la llama sola, nunca la deja sola.

Así la describió María Hurtado, con ese respeto que sólo se profesa a lo que es eterno. “Madre, eres modelo de amor, y das todo aunque te duela”, comenzó, en un tono de íntima veneración. “¿Cómo te llaman Soledad, con un pueblo que te corona y que sola no te deja estar?”

La contradicción de tu nombre no hace sino subrayar el consuelo que repartes. “Te llaman Soledad, pero en tu tiro te cobijan y no te dejan escapar. Te llaman Soledad, pero eres la madre de todos los marcheneros”, afirmó la pregonera, recogiendo ese anhelo callado que acompaña a tantos en la noche más honda del año.

Hay instantes que sólo Marchena entiende. Uno de ellos ocurre bajo tu palio, cuando los cirios titilan y las bambalinas tiemblan. María no lo dejó pasar: “¿Capatá, qué se siente cogiendo ese llamador de plata? ¿Dónde están puestas todas las plegarias de un pueblo? Saber que en ti está la voz que hace que los milagros se cumplan”.

No son versos, son verdades de fe. “Cuántos rezos de madre desconsolada hacia la madre de Marchena, Soledad Coronada”. Madres que encuentran en ti un espejo, un refugio, un bálsamo. Porque tú, aunque rota, sigues de pie. Porque tú, aunque te llamen Soledad, estás acompañada de todas las mujeres de Marchena: “baja, acordonada por mujeres que sola no te van a dejar, vestidas de manto y que no paran de rezar”.

Tu palio es más que orfebrería, es un cielo tangible. “Tu palio repleto de estrellas relucientes entre una palmera muy ducal que tiene siete hojas, una por cada hermandad”, dijo María, hilando historia, estética y símbolo en una sola imagen. “Tus bambalinas son lunas que se mecen sin parar, camino de ese sepulcro que vacío dicen que está”.

María nos lleva al instante último de tu tránsito por las calles, allí donde los adioses se pronuncian sin voz. “Soledad, abre un poco esas manos, déjalas de apretar, que desde mi ventana te lanzo una plegaria más. Recíbela: de cariño es igual de importante que las demás, pero esta tiene más peso. No, no es para mí. Es para quien tú ya sabes”.

Y en ese gesto final, en ese cerrar de manos, María Hurtado depositó el anhelo más profundo de todos: salud para quienes luchan. “No te olvides, Soledad, a por otro año de salud para los que están”. Porque si alguien puede guardar ese deseo, eres tú, que llevas siglos custodiando el dolor, la esperanza y la fe de Marchena.

“Cierra tus manos. El secreto dicho está. ¡Viva la Soledad Coronada! ¡Viva María sin pecado original!”. Con esa exclamación concluyó María su ofrenda, con el corazón en vilo y los ojos húmedos de quien ha comprendido que la Soledad no es ausencia, sino compañía fiel hasta el final.

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La Seguridad Social embarga un piso valorado en 70.000 euros a una mujer con discapacidad por una deuda de 6.133 euros del Ingreso Mínimo Vital

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Una vecina de Sevilla con discapacidad física y mental reconocida, desempleada y en situación de vulnerabilidad social ha recibido una diligencia de embargo de bienes inmuebles por parte de la Tesorería General de la Seguridad Social debido a una deuda reclamada por un supuesto cobro indebido del Ingreso Mínimo Vital (IMV). La cantidad exigida asciende a 6.133,29 euros, mientras que la vivienda afectada tendría un valor aproximado de 70.000 euros, según fuentes próximas a la afectada.

La documentación remitida por la Administración sitúa el expediente en vía de apremio y declara embargado un inmueble propiedad de la interesada en Sevilla capital. La deuda está compuesta por 4.901,40 euros de principal, 980,27 euros de recargo, 72,98 euros de intereses y 178,64 euros en costas e intereses presupuestados.

La afectada sostiene que no reconoce la deuda que se le atribuye por un supuesto cobro indebido del Ingreso Mínimo Vital. Además, según su entorno, ya estaría soportando un embargo mensual de alrededor de 60 euros sobre sus ingresos, circunstancia que agrava una situación económica ya de por sí delicada.

La diligencia de embargo advierte de que el inmueble podrá ser tasado con referencia a los precios de mercado para una eventual venta en subasta pública si no se satisface la deuda reclamada. Aunque la legislación permite este tipo de actuaciones cuando una deuda administrativa se considera firme, el caso ha suscitado preocupación por afectar a una persona con discapacidad y por la diferencia existente entre la cuantía reclamada y el valor estimado del inmueble embargado.

Según consta en la notificación, la Administración podrá continuar con las actuaciones necesarias para la valoración y eventual enajenación del bien. No obstante, la interesada dispone de la posibilidad de presentar recurso de alzada ante la Dirección Provincial de la Tesorería General de la Seguridad Social en el plazo de un mes desde la recepción de la notificación.

Fuentes conocedoras del caso consideran que la situación plantea interrogantes sobre la proporcionalidad de la medida y sobre la protección efectiva de las personas vulnerables cuando se producen reclamaciones de reintegro de prestaciones sociales. También subrayan la necesidad de revisar si la deuda fue correctamente notificada, calculada y comunicada a la afectada antes de llegar a una medida tan gravosa como el embargo de un inmueble.

El entorno de la mujer estudia actualmente posibles acciones administrativas y jurídicas para solicitar la revisión del expediente y acreditar tanto su situación de discapacidad como sus circunstancias económicas y sociales.

Este caso vuelve a poner el foco sobre una problemática que afecta a numerosos beneficiarios del Ingreso Mínimo Vital en España: las reclamaciones posteriores por supuestos cobros indebidos que, años después de haberse percibido la prestación, pueden derivar en procedimientos ejecutivos con recargos, intereses y embargos patrimoniales.

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La torre que soñó Gaudí: cien años después, un arquitecto visionario que vuelve a hablar al mundo

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La Sagrada Familia no ha crecido como una obra, sino como una criatura. Durante más de un siglo ha respirado sobre Barcelona entre grúas, andamios, rezos, turistas, polémicas, músicos, fotógrafos, arquitectos, peregrinos y curiosos que llegaban desde todos los rincones del planeta para contemplar una rareza: una catedral moderna que seguía naciendo delante de sus ojos.

El 10 de junio de 2026, justo cien años después de la muerte de Antoni Gaudí, la basílica vivió uno de esos días que ya no pertenecen solo a una ciudad. La bendición e inauguración de la torre de Jesucristo por el papa León XIV convirtió el centenario del arquitecto en una ceremonia de alcance universal. La nueva torre central eleva el templo hasta los 172,5 metros y sitúa a la Sagrada Familia como la iglesia más alta del mundo, aunque el conjunto aún no esté completamente finalizado. Quedan trabajos pendientes, entre ellos partes de la fachada de la Gloria y otros elementos del proyecto.

Lo verdaderamente poderoso de este momento no es solo la altura. Es la idea. Gaudí imaginó una montaña cristiana en medio de la ciudad, un bosque de piedra, una Biblia vertical, una arquitectura capaz de traducir el Evangelio al lenguaje de la luz, la geometría, la naturaleza y el movimiento. La Sagrada Familia no quiso parecerse a las catedrales medievales: quiso continuar su impulso espiritual con un idioma nuevo.

Por eso ha fascinado tanto. Porque no es únicamente un templo. Es una visión.

Alan Parsons lo entendió cuando en 1987 dedicó a Gaudí un álbum conceptual. El disco Gaudi, de The Alan Parsons Project, se abría con la canción La Sagrada Familia, una pieza extensa, casi ceremonial, inspirada en la vida y la obra del arquitecto catalán. La propia web oficial del grupo explica que el álbum nació de la figura de Gaudí y de la paradoja de un hombre cuya entrega absoluta a su obra le impidió una vida familiar convencional, mientras levantaba precisamente un templo dedicado a la Sagrada Familia.

Prince también quedó atrapado por esa presencia. La portada de su álbum Come, publicado en 1994, muestra al músico ante la Sagrada Familia, en una imagen de atmósfera funeraria y simbólica, ligada al momento en que el artista declaraba muerta su antigua identidad pública como “Prince” para renacer bajo el símbolo impronunciable. La discografía oficial de Prince recuerda ese motivo funerario de la cubierta, y otras fuentes especializadas sitúan la sesión fotográfica ante las puertas del templo de Gaudí.

La basílica ha sido escenario y espejo para artistas porque posee algo que escasea en el arte contemporáneo: una simbología total. En ella nada parece gratuito. Las torres dialogan con Cristo, María, los evangelistas y los apóstoles. Las fachadas narran el nacimiento, la pasión y la gloria. Las columnas interiores se abren como árboles. La luz entra coloreada, no como decoración, sino como teología sensible. Gaudí no levantó solo muros: ordenó un universo.

Esa capacidad de hablar más allá de las fronteras explica también la fascinación japonesa. Japón no ha mirado a Gaudí como una simple postal de Barcelona, sino como un fenómeno artístico, técnico y espiritual. En 2023, la exposición itinerante Gaudí and the Sagrada Família, organizada por la Fundación de la Sagrada Familia junto a NHK y NHK Promotions, abrió en el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio y recibió 3.000 visitantes en un solo día. Después viajó a otros museos japoneses, con el objetivo de explicar la obra, el legado de Gaudí y el estado de construcción de la basílica.

Hay, además, una figura que resume ese puente entre Barcelona y Japón: Etsuro Sotoo, escultor japonés vinculado durante décadas a la Sagrada Familia. Su trayectoria demuestra que el templo no solo atrae visitantes, sino vocaciones. Gaudí se convirtió para muchos creadores orientales en una puerta hacia una arquitectura orgánica, artesanal, espiritual y profundamente simbólica. No es casual que desde Japón se haya seguido con tanta atención este centenario: la Sagrada Familia ofrece una síntesis muy poderosa entre materia, fe, naturaleza y paciencia.

Y ahí está quizá su lección más contemporánea. En una época de imágenes rápidas, edificios espectáculo y consumo inmediato, la Sagrada Familia representa lo contrario: una obra que no cabe en una vida humana. Gaudí murió en 1926 sin verla terminada. Durante décadas, otros continuaron el sueño. La guerra destruyó parte de sus maquetas y documentos. La modernidad dudó de ella. El turismo la convirtió en icono mundial. Los arquitectos discutieron su fidelidad al proyecto original. Y, pese a todo, la basílica siguió creciendo.

Esa continuidad tiene algo profundamente cristiano, pero también profundamente humano. La Sagrada Familia dice que una idea puede sobrevivir a quien la soñó. Que una visión puede necesitar varias generaciones para hacerse visible. Que el arte, cuando toca una verdad profunda, deja de pertenecer a su autor y se convierte en herencia colectiva.

Gaudí no inventó una iglesia para turistas. Tampoco una extravagancia modernista sin alma. Imaginó una nueva gramática del arte cristiano universal. Donde antes hubo piedra gótica elevándose hacia Dios, él puso geometría natural. Donde antes hubo muros solemnes, él puso luz viva. Donde antes hubo rigidez, él introdujo movimiento. Donde antes hubo copia del pasado, él ofreció continuidad creadora.

Por eso, cien años después de su muerte, la inauguración de la torre de Jesucristo no es solo el remate vertical de una basílica. Es la confirmación de una profecía artística. La Sagrada Familia se ha convertido en una de las pocas obras modernas capaces de reunir en un mismo lugar al creyente, al arquitecto, al músico, al fotógrafo, al turista japonés, al periodista extranjero, al peregrino silencioso y al curioso que no sabe muy bien por qué, pero al entrar allí siente que algo se le ordena por dentro.

Quizá esa sea la grandeza de Gaudí: haber levantado un templo que todavía no termina de terminarse, porque su verdadera obra no está solo en la piedra, sino en la imaginación de quienes lo contemplan.

La Sagrada Familia no es una catedral inacabada. Es una visión que sigue subiendo.

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El vestíbulo de la estación de Renfe reabre hoy y ADIF anuncia una inversión de 105.000 euros

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La estación de tren de Marchena volverá a abrir sus puertas al público desde mañana jueves 11 de junio, recuperando así un servicio que venían reclamando numerosos usuarios del ferrocarril. La entrega oficial de las llaves del edificio al Ayuntamiento se ha realizado este miércoles, apenas un día después de la firma del convenio de colaboración entre ADIF y el Ayuntamiento de Marchena para la gestión y apertura de las instalaciones.

La alcaldesa de Marchena, María del Mar Romero Aguilar, ha recibido las llaves de manos de responsables de ADIF en un acto celebrado en la propia estación y en el que han participado el gerente del Área de Patrimonio y Urbanismo de ADIF, Enrique Borrego Velázquez, la subdirectora de Estaciones Sur, María Encarnación Redondo, así como técnicos y representantes municipales.

La reapertura permitirá que el vestíbulo permanezca abierto desde primeras horas de la mañana hasta la llegada del último tren del día. Según explicó la alcaldesa, el Ayuntamiento adelantará incluso la apertura prevista para facilitar el acceso a los viajeros del primer servicio ferroviario de la jornada.

 La alcaldesa anunció que en aproximadamente un mes o mes y medio se licitarán obras por valor de 105.000 euros, IVA incluido, con un plazo de ejecución estimado de cinco meses.

Las actuaciones previstas contemplan la reforma y mejora de los aseos, el acondicionamiento de fachadas interiores y exteriores, trabajos de limpieza y pintura, así como el sellado del antiguo edificio de la cantina para evitar ocupaciones.

El antiguo edificio de la cantina se convertirá en un futuro espacio destinado a la juventud. El Ayuntamiento plantea crear allí un centro de carácter cultural, educativo y de ocio saludable, cuya configuración definitiva se diseñará con la participación de los propios jóvenes del municipio.

Durante la comparecencia, la alcaldesa también volvió a reivindicar una de las principales demandas de los usuarios de la estación: la instalación de una marquesina en el andén de la vía 1 para proteger a los viajeros del sol y la lluvia.

Romero señaló que ADIF estudia distintas soluciones técnicas para hacer viable esta actuación, ya que las actuales dimensiones y condiciones de la infraestructura ferroviaria dificultan la instalación directa de una cubierta. No obstante, mostró su confianza en que pueda encontrarse una solución a medio plazo que permita dotar de protección a ambos andenes de la estación.

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Autocares La Rosa programa nuevas excursiones a la playa durante julio y agosto

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Los viajes permitirán disfrutar de algunas de las playas más populares de Andalucía occidental, con salidas desde primera hora de la mañana y regreso al atardecer.

Autocares La Rosa y la agencia Nicotravel han presentado su programación de excursiones estivales para los meses de julio y agosto, una iniciativa que volverá a ofrecer desplazamientos organizados a distintos destinos costeros de las provincias de Huelva, Cádiz y Málaga.

La propuesta incluye viajes a playas como Matalascañas, Valdelagrana, La Victoria de Cádiz, La Barrosa, Conil y la playa de El Palo, en Málaga. En el caso de las excursiones a Matalascañas, el programa contempla además una visita al entorno de El Rocío.

Según la información difundida por la empresa, las salidas se realizarán a las 7:45 horas y el regreso está previsto para las 18:45 horas, permitiendo a los viajeros disfrutar de una jornada completa junto al mar durante los meses más calurosos del verano.

La programación arrancará el 2 de julio con una excursión a Matalascañas y continuará durante todos los fines de semana y varios días laborables de julio y agosto. Entre los destinos más repetidos figuran Valdelagrana y Matalascañas, dos de los enclaves tradicionales elegidos cada verano por numerosos vecinos de la comarca.

La organización ha informado además de que, en caso de fuerte viento de levante, especialmente en algunas playas gaditanas, el destino podrá modificarse para garantizar mejores condiciones de baño y estancia. También se realizará una parada durante el trayecto de ida, mientras que a la vuelta únicamente se efectuarán paradas en casos de necesidad.

Los billetes pueden adquirirse de lunes a viernes en horario de mañana, entre las 10:00 y las 14:00 horas, en las oficinas de la empresa situadas en la Plaza San Andrés número 3.

Esta oferta de excursiones estivales se suma a las numerosas propuestas de turismo de proximidad que cada verano permiten a vecinos de municipios del interior de Sevilla desplazarse cómodamente a la costa sin necesidad de utilizar vehículo propio, una modalidad que continúa manteniendo una importante demanda durante los meses de vacaciones.

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Salud pública frente a la economía de la adicción: un catedrático alerta sobre el impacto de las redes sociales, el azúcar y las pantallas

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Las redes sociales diseñadas para polarizar a la población, los alimentos formulados para generar dependencia y una generación cada vez más expuesta a las pantallas desde edades tempranas. Estas son algunas de las advertencias lanzadas por el catedrático de Salud Pública de la Universidad de Navarra y profesor visitante de Harvard, Miguel Ángel Martínez González, durante una extensa entrevista en la que analiza los principales desafíos sanitarios y sociales de nuestro tiempo.

Más allá de las cuestiones ideológicas presentes en algunos momentos de la conversación, el interés periodístico de la entrevista reside en la denuncia de mecanismos económicos y tecnológicos que, según el investigador, están contribuyendo al deterioro de la salud física y mental de la población.

Uno de los aspectos más llamativos es su afirmación de que la polarización social se ha convertido en un modelo de negocio. Martínez González sostiene que los algoritmos de las grandes plataformas digitales favorecen los contenidos que provocan reacciones emocionales intensas porque mantienen a los usuarios más tiempo conectados. Cuanto mayor es la indignación o la confrontación, más interacción generan los contenidos y mayores son los ingresos publicitarios.

El experto sitúa este fenómeno dentro de una economía basada en la atención, donde las empresas tecnológicas compiten por captar el mayor número posible de horas de consumo digital. A su juicio, esta dinámica está teniendo consecuencias sobre la salud mental, especialmente entre adolescentes y jóvenes.

Otro de los puntos más noticiables de la entrevista es su análisis de la industria alimentaria. Martínez González describe cómo las empresas llevan décadas investigando la combinación exacta de azúcar, grasa y sal capaz de aumentar el deseo de seguir consumiendo un producto. Este fenómeno, conocido en la industria como bliss point o “punto de felicidad”, consiste en ajustar la formulación de los alimentos para maximizar su atractivo y fomentar el consumo repetido.

El investigador recuerda que numerosos productos procesados contienen azúcar añadido incluso cuando el consumidor no lo espera. Salsas, refrescos, alimentos preparados o productos infantiles incorporan cantidades significativas de azúcar que contribuyen al aumento de la obesidad, la diabetes tipo 2 y otras enfermedades metabólicas.

En este contexto, relata además un episodio personal especialmente relevante. Según explica, tras publicar una investigación que relacionaba el consumo de bebidas azucaradas con la obesidad, recibió una propuesta de financiación por parte de representantes de Coca-Cola para crear un observatorio sobre obesidad. Martínez González interpretó aquella oferta como un posible conflicto de intereses y rechazó la financiación directa de la compañía.

La entrevista dedica una atención especial a la salud mental juvenil. El catedrático afirma que nunca había observado cifras tan elevadas de ansiedad, depresión, trastornos alimentarios e ideación suicida entre adolescentes y adultos jóvenes. Recuerda que aproximadamente un 8 % de la población española consume antidepresivos y señala que el suicidio se ha convertido en una de las principales causas de muerte entre los jóvenes.

Buena parte de este problema, sostiene, está relacionada con la hiperconectividad digital. Según explica, la reducción de las horas de sueño provocada por el uso nocturno del móvil afecta directamente a la memoria, al aprendizaje y al rendimiento académico. Cita además estudios que vinculan la sobreexposición a pantallas con dificultades de concentración y con un empeoramiento de diversos indicadores de bienestar psicológico.

En este sentido, respalda las recomendaciones de asociaciones médicas y movimientos ciudadanos que proponen retrasar el acceso de los menores a los teléfonos inteligentes con conexión a internet. Menciona iniciativas como Adolescencia Libre de Móviles y recuerda que diversas entidades científicas españolas han planteado que los menores no dispongan de smartphones antes de los 16 años.

Otro aspecto relevante es su reflexión sobre el autocontrol y la llamada «gratificación inmediata». Martínez González considera que gran parte de los modelos de negocio actuales se basan en explotar impulsos humanos básicos, desde el consumo compulsivo de contenidos digitales hasta la alimentación ultraprocesada. Frente a ello, defiende la necesidad de educar en hábitos que permitan posponer recompensas y fortalecer la capacidad de decisión individual.

El investigador recurre a una metáfora recurrente durante toda la entrevista: la figura del salmón que nada contracorriente. Con ella describe a quienes intentan reducir el consumo de pantallas, mejorar su alimentación o recuperar hábitos de vida más saludables en una sociedad que, según sostiene, favorece constantemente el consumo impulsivo.

La principal conclusión que deja la conversación es que muchos de los grandes problemas sanitarios actuales —obesidad, adicción a las pantallas, deterioro de la salud mental o pérdida de hábitos saludables— no pueden entenderse únicamente como decisiones individuales. Para Martínez González existe detrás una poderosa estructura económica basada en captar atención, generar dependencia y maximizar beneficios, una realidad que, a su juicio, debería abordarse desde la salud pública con la misma contundencia con la que se combatieron en el pasado el tabaquismo o dete

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Así fue la «guerra del vino» en la campiña sevillana entre el clero y poder civil

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El juicio al cura de Paradas implicado en el fraude del vino contiene datos inéditos de quiénes eran los cosecheros y vendedores de vino en Marchena, Paradas, Utrera, Morón y Arahal a inicios del XVIII y que evidencia el intenso comercio de vino local, y puso en evidencia el conflicto abierto entre la autoridad eclesiástica que poco a poco perdía poder en la España de los Borbones y la civil. 

La producción local de vino acabó desapareciendo con la epidemia de la Filoxera a principios del XIX y ya nunca más se recuperó siendo sustituidos los vinos locales de la campiña sevillana por vinos de otras zonas como Jerez y Montilla.
El 8 de julio de 1717 Francisco González De Haro corregidor y administrador de rentas reales de Paradas estaba de paseo cuando vio a entrada de la calle Olivares a Juan Ángel Villanueva clérigo de menores subido en una cabalgadura con un Serón tapado con ropa y dos pellejos llenos de vino dentro. El cura sacó una escopeta que llevaba escondida en el serón del burro y salió huyendo. 
EL CONTROL DEL NEGOCIO DE LAS TABERNAS Y VINO EN MARCHENA Y PARADAS
Para entender esta reacción hay que entender en manos de quién estaba el negoicio de vino.  El vino era un negocio estanco, es decir cerrado y controlado en Marchena por el Duque de Arcos. El vino era el principal negocio estanco en Marchena y Paradas por su cuantía lo que quería decir que había mucha producción de vino local. Además el Rey se llevaba una cantidad importante en derecho de portazgo por todo el vino que entraba y salía de cada pueblo. Lo cual significaba que nadie fuera de las personas autorizadas podía meter vino en los pueblos y si lo hacía cometía dos delitos; fraude y desacato al Rey. Para controlar este fraude estaban los corregidores en cada pueblo.  
El único forastero autorizado a vender vino y montar tabernas en Marchena y Paradas era Fernando García Bueno vecino de ciudad de Sevilla que compró el derecho y estanco de vino de las tabernas en 1645  pagando 40.000 reales al Duque. Pero este negocio tenía una particularidad.
EL ESTANCO DEL VINO Y LAS TABERNAS EN MARCHENA Y PARADAS
De Enero a Abril solo podían venderse en Marchena y Paradas el vino producido aquí y por los vecinos de la zona y en las viñas locales. En palabras del Duque «de los vecinos cosecheros de la villa de Marchena y Paradas» pero «acabado el vino de su cosecha se entra vino de fuera y se vende en las tabernas públicas» para lo cual estaba autorizado Fernando García Bueno.
Mucha gente producía su propio vino que era la bebida más consumida y barata. La mayoría de la población cenaba pan y vino con algo más. La cerveza era aún una bebida de las élites y solo era de uso común en centro Europa, hasta que en el siglo XIX la familia Osborne trae la primera fábrica cervecera a Sevilla y funda la Cruzcampo.
EL PAPEL DEL CLERO EN LA PRODUCCIÓN DE VINO 
Debido a su uso para la misa durante siglos los conventos y clérigos producían su propio vino o bien lo compraban y vendían. Desde 1700 con la llegada de los Borbones Felipe V y Carlos III las leyes se hicieron cada vez más restrictivas para la iglesia que empezó a perder privilegios, y algunos curas como el de Paradas se negaban a perder el privilegio del control del vino a riesgo de entrar en conflicto con la Justicia.
EL PLEITO DEL VINO: LA IGLESIA CONTRA EL DUQUE EN MARCHENA
En medio de este proceso cinco sacerdotes cosecheros pleitearon en 1736 en nombre de la Iglesia y los labradores y cosecheros de vino de Marchena, contra el Duque por el privilegio de vender vino y de establecer el precio del vino rompiendo el monopolio Ducal. Los cinco curas eran Francisco Jiménez Fonseca, Pedro Baena, José Guerrero, Jerónimo Carmona, Francisco Román y José Ramiro iniciaron el pleito. 
Enviaron escritos para que el Ayuntamiento de Marchena, y la Catedral de Sevilla se sumaran a su causa y apelaron a los tribunales del Reino. En un documento los abogados del Duque cargaron contra los cinco clérigos, los acusó de usura, codicia y de ejercer «la violencia» contra los intereses del Duque. Incluso llegaron a preparar un documento enviado a varios puntos de España con un argumentario que desmontaba uno por uno todos los argumentos de los cinco clérigos y los acusaba de varios delitos.
Los principales productores de vino marcheneros eran los jesuitas que en el XVIII tenían en la Huerta de San Ignacio de Marchena un lagar que producía los considerados mejores vinos de la tierra de sus propias viñas. Vendían vino y aceite en Marchena Jerez y en Granada. Frente a la mentalidad de manos muertas (vivir de las rentas) del antiguo régimen. Ampliaron sus tierras sin dejar de modernizar sus cultivos. Exportaron pan, vino, lana y aceite, según  Julián J. Lozano Navarro de la Universidad de Granada, en su obra «El dinero de los jesuítas». La huerta San Ignacio de Los Angeles de Marchena comprada en 1588, fue su mayor y principal finca  donde construyeron una casa de recreo que costó mil ducados. 
EL JUICIO POR FRAUDE DEL VINO DEL CURA DE PARADAS
Hacía poco de que Cristóbal Torres arrendador de Tabernas de Paradas denunciara que alguien, no sabía quien, estaba metiendo vino de fuera, lo cual era ilegal y defraudaba la rentas reales.  Preguntado si llevaba vino el cura respondió: -qué quiere usted que haga. Mi desgracia ha sido que usted me haya encontrado y diciéndole el corregidor que se diese por prendido, lejos de acatar, el cura levantó un paño cogió una, escopeta y se la echó a la cara. 
Viñas
Levantando el gatillo dijo el cura: -Ea apartarse  por vuestra vida. El Corrregidor le dijo: -Señor mire usted lo que hace que se pierde. El cura pasó por en medio de los dos hombres con la escopeta encarada y huyó corriendo calle abajo y se metió en su casa.
Francisco González De Haro el Corregidor mandó entonces registrar la casa del cura de menores. Tardaron varios días  en recabar los permisos y cuando entraron encontraron más de cuarenta arrobas de vino, lo que supone unos 650 litros de hoy y ni rastro del cura que había huído.  Le preguntaron a doña Dionisia Buzón Ramírez madre de dicho cura pero ella no sabía donde había ido. 
Cristóbal Torres recaudador de las tabernas dijo que en la bodega del Duque en Arahal  Alonso Ruiz le dijo allí estuvo Juan Ángel y que sabe compra vino en la hacienda del Curtidor de Morón de Andrés Romero y también a Pedro Bello vecino de Morón en la hacienda que tienen arrendada a un vecino de Marchena Juan Maraver comprando la última tinaja por valor de seiscientos reales. Y que desde que hace tres o cuatro años que ha tenido la renta del vino de Arahal arrendada no ha dejado el cura de Paradas de introducir cargas de vino en sus casas trayéndolo de Morón y Utrera.
Alonso Ruiz capataz de la Bodega del Duque de Arahal declaró el perjuicio que le hacía el cura de Paradas introduciendo vino en sus casas para venderlo y que por esto mandó queja al Provisor de Sevilla quien pidió al cura más antiguo de Arahal que hiciera información de lo referido y que se le remitiese la información y se la presentara. 
Cristóbal Reina vecino de Paradas dijo que al ir  a errar su caballo a Arahal a casa de Manuel Gallego -herrador- dijo que era una pena que Alonso Rodríguez estuviera preso en la cárcel. «Ese pobre por seis reales lo que está padeciendo y dio a a entender que le había traído otra dicha carga de vino para Juan Ángel. 
Rodrigo López vecino de Paradas declaró haber oído que don Juan Ángel trae carga de vino y que lo vio en Arahal en compañía de un vecino de Marchena y que venían de Utrera.
Andrés Romero que administra la hacienda de Alonso Romero su padre en el sitio de La Matilla de Morón dice que es incierto que haya vendido vino a Juan Ángel cura de Paradas pero si sabe que hay  vecinos de Marchena que lo compran no sabe si para sí o para el cura paradeño. 
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