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Historia

Los dos rostros del diablo en San Juan de Marchena: arte y misterio en la religiosidad popular

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En la Iglesia de San Juan Bautista de Marchena, se esconden dos fascinantes representaciones del Diablo, ambas cargadas de simbolismo y misterio, que muestran cómo el arte religioso buscaba representar el mal de maneras únicas para educar y advertir a los fieles.

El Diablo en el Facistol

En la base del facistol del coro, tallado en madera, se encuentra un rostro demoníaco que destaca por su expresividad y detalle. Este tipo de tallas solían servir como recordatorio de la lucha espiritual constante entre el bien y el mal, especialmente en un espacio como el coro, donde los religiosos entonaban los cánticos sagrados. La colocación en la parte baja podría simbolizar el mal subyugado, sometido bajo la autoridad de lo divino, pero siempre presente como una amenaza latente.

El Diablo en el Altar Mayor

La representación del Diablo en el altar mayor tiene un enfoque más narrativo. En el óleo que se encuentra allí, vemos al Diablo tentador, con rasgos que combinan humanidad y bestialidad.

En el imaginario popular la lucha entre el bien y el mal está claramente representada en pinturas, canciones y parte de la cultura popular. En el pasado se creía en la existencia del mal como imagen contrapuesta al bien de modo que cada una le daba sentido a la otra. 
El diablo se representaba con un fraile cornudo, con patas de gallo o de ave y un manto rojo, color del pecado como contraposición del azul, divino.  La figura del fraile cornudo aparece pintada en el altar mayor de San Juan pintado por Jorge y Alejo Fernández en torno a 1492 señalando al inframundo y contrapuesto a Jesús. Y además aparece mencionado en coplas populares como figura contrapuesta a la Inmaculada a la que se representa pisando una «serpiente maldita» otro símbolo del mal.

En la Jerigonza, un baile popular de Marchena extendido por América y España desde el siglo XV se habla de la Virgen bendita contrapuesta a la serpiente maldita.  La Girigonza aparece escrita por vez primera en una melodía de las ensañadas de Mateo Flecha el viejo del XVI en un diálogo entre la virgen y el maligno. «Aquí veré yo como bailaréis vos a la giringonça».  «¡Saltar y baylar con voces y grita!» ¡Y vos renegar, serpiente maldita! La Virgen bendita os hará baylar a la giringonça.
El musicólogo Torner afirma que La Jeringoza es uno de los casos mas interesantes de nuestro país pues se trata de una danza del siglo XVI que se mantiene aún viva con múltiples modificaciones y en la versión sevillana se contaba por Navidad.

La versión de la Jeringoza recogida de mayores de Marchena dice textualmente «que salga usted que la quiero ver bailar, saltar y brincar volar por el aire» un elemento sobrenatural insertado en una sencilla canción popular, mientras que otra versión conservada en Portugal habla del «fraile cornudo» con una letra bastante similar a la de Marchena, añadiéndole el aviso de que «esta es la tonadica del fraile».

Coplas sacras, bailes populares y folclore dedicado a la Inmaculada

También la versión sevillana recopilada por José Muñoz Sanromán tiene la particularidad la referencia religiosa y el hecho de que se cantaba por Navidad y añade «saltar y brincar y vos renegar, serpiente maldita, la virgen bendita, os hace danzar a la girigonza». Igualmente en Jaén y Cádiz es un baile asociado a las zambombas navideñas.

El investigador Torner, afirma que esta danza pudo haber servido para «sacar los demonios del cuerpo» por eso se refiere a la serpiente maldita (Tornet 1969. Num 195) que luego aprovecharían los franciscanos para simbolizar el triunfo de la Inmaculada sobre el pecado y  popularizar el culto a la Inmaculada.
Tan extendida estuvo esta imagen del diablo representado como fraile cornudo con patas de gallo que podemos recogerla incluso en juicios de la Inquisición sevillana en el siglo XVIII en unos testimonios de una gitana acusada de «embrujera sortílega».
GITANAS QUE DIBUJARON AL DIABLO COMO UN FRAILE CORNUDO CON PATAS DE GALLO
Al igual que sucedía con moriscos y judeo conversos el gitano comienza a ser visto con ojos de sospecha para el Estado eclesial y surgen numerosas sentencias contra gitanas como supuestas hechiceras y de hacer tratos y acuerdos con el diablo. 
Entre otros símbolos y rituales se la acusa de entregar a un panadero un pliego de papel para poner paz en medio de un matrimonio mal avenido donde había dibujado una mujer muerta y un hombre con patas de gallo y cuernos.
Tras las pragmáticas de los Reyes Católicos pidiendo a los gitanos que cesen de vagar, se acojan a un señor y tomen oficio, la Iglesia decreta en 1601 en el sínodo toledano que los curas, párrocos y jueces eclesiásticos, prohibieran a los gitanos “hablar su lenguaje, traer su traje, andar en compañías y cantar la buenaventura” y en 1626, además de prohibir a los sacerdotes, amonestar y asistir “a los matrimonios de los gitanos” sin la correspondiente licencia del obispado.
«La gitana lo cogió de la mano y lo entró en una casa. Saco una cartera de una faltriquera y de ella sacó el cabo de una vela, del cual sacó una migaja de cera, hizo un gallo y lo puso en la punta de un alfiler y se lo puso al panadero en la mano y le echó al gallo una poca de agua encima y con palabras que dijo anduvo el gallo alrededor y luego le dijo la gitana que para que viera que era verdad lo que le decía mandara pedir medio pliego de papel mientras ella iba a visitar diez iglesias».
«La gitana le dijo al panadero que se pusiera el papel debajo del pie izquierdo y llenó un lebrillo de agua le dijo que levantara el pie. Cogió el papel y agarró al panadero de la mano y le dijo que echara dinero en el agua. Cogió el medio pliego de papel y lo metió en el agua y le enseñó que en el papel había dibujada una mujer muerta y un hombre con unos pies de gallo y unos pitones en la cabeza y pintados cuatro reales de a ocho y le dio unos polvos muy colorados y unos granos que decía que eran de helechos. El grano para que hubiera fortuna y los polvos y los polvos para untarlos a la mujer en las plantas de los pies y le dijo que con esto estarían en paz». 
Los cuatro reales de plata y el lebrillo de agua al que se le hacen cuatro cruces aparecen también en el juicio de Catalina la Santa, gitana jerezana, vecina de Arcos quemada en Sevilla en  1759, además de una sortija en un ritual para facilitar un casamiento.
El recorrido por las siete iglesias -recorrer las estaciones- era una costumbre que se hacía el Jueves Santo para recordar las penurias vividas por Jesús como acto de redención con el número 7 el número sagrado. El hecho de que aquí aparezcan diez iglesias indica que se han añadido a esta práctica otras tres en un culto ajeno al catolicismo.
La Inquisición reconocía el delito de hechicería cuando se invocaba al demonio se acusaba entonces de pacto con él y cuando se mezclaban en los hechizos objetos u oraciones sagradas.
El «Directorio de Inquisidores», escrita a mediados del siglo XIV, nos dice que hay tres clases de invocadores de diablos y los distingue así: «Los de la primera son los que le tributan culto de latría, sacrificándole, arrodillándosele … Los segundos se ciñen al culto de dulía o hiperdulía, mezclando nombres de diablos con los de santos en las letanías, y rogándoles que sean sus intercesores con Dios».
Gitana de Franz Hals. 
El testigo y demás ministros «llevaron al panadero a casa del corregidor, contó lo sucedido y prendieron a la gitana» según aparece en el juicio de la Inquisición a Rosa de la Encarnación murciana gitana avecindada en Osuna que fue juzgada por la Inquisición de Sevilla en 1716.  
Durante siglos muchas personas creían firmemente en la posibilidad de establecer pactos con el diablo para obtener habilidades, conocimientos o poderes que de otro modo serían inalcanzables. Estos pactos, a menudo formalizados por escrito, se consideraban medios efectivos para adquirir valentía, inteligencia o destrezas específicas. La creencia en la eficacia de tales acuerdos estaba profundamente arraigada en la mentalidad de la época, influenciada por la religión y las supersticiones prevalentes.

Ejemplo de PACTO CON EL DEMONIO
«Archivo Histórico Nacional Inquisición. 1748
Digo yo Ventura Rodríguez, que hago pacto con el demonio con efecto que me de licencia para saber torear, escapar, echar banderillas, estoquiar, saltar los toros que quiera y otras habilidades, tener mucho corazón. Amistad con grandes de España y otros y saber hablar y correr. Año 1748″. 

La Iglesia Católica condenaba estas prácticas, considerándolas herejías y asociándolas con la brujería. Sin embargo, la persistencia de estas creencias llevó a numerosas acusaciones y juicios por brujería, donde se alegaba que los acusados habían realizado pactos con el diablo para obtener sus habilidades.
FUENTE: Alegación fiscal del proceso de fe de María Rosa de la Encarnación, vendedora de ropas por las calles, originaria de Osuna, seguido en el Tribunal de la Inquisición de Sevilla, por sortílega.
La gitana hechicera de Jerez, vecina de Arcos y la Santa Inquisición
LOS PROCESOS INQUISITORIALES DE HECHICERIA EN EL TRIBUNAL DE TOLEDO DURANTE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVII Por M. Luz de las Cuevas Torresano
El origen de la Jeringoza, una danza popular con origen en el XVI 

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Historia

La mesa donde se gobernaba el poder: así era la gastronomía del palacio ducal de Marchena

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En el palacio de los Ponce de León, en Marchena, la comida no fue solo una necesidad cotidiana. Fue una forma de representar el poder, de medir la jerarquía, de impresionar a aliados y rivales y, en ocasiones, de escenificar la cercanía con los reyes. El estudio de Juan Luis Carriazo Rubio sobre la cocina del Palacio Ducal de Marchena deja claro que, en la baja Edad Media, la mesa aristocrática no puede entenderse solo como un espacio doméstico: era también un escenario político, un lugar donde el linaje se exhibía ante los demás a través de la abundancia, la vajilla, la etiqueta y la capacidad de convidar.

Eso explica que los Ponce de León, señores de Marchena, aparezcan en las fuentes no tanto como invitados, sino como anfitriones. Su mesa servía para subrayar su antigua nobleza y para competir simbólicamente con otros grandes linajes andaluces, especialmente con los Guzmán. En esa lógica, los banquetes no eran un adorno secundario, sino una prolongación de la política por otros medios. El convite convertía la comida en una demostración de fuerza, riqueza y prestigio.

La parte más difícil para el historiador es que los archivos no siempre conservan los menús completos. Del primer conde de Arcos, Pedro Ponce de León, apenas quedan rastros dispersos: compras importantes de trigo y cebada, vino blanco de Lepe y noticias sobre piezas de plata que probablemente formaban parte de la vajilla. Es decir, conocemos mejor la infraestructura del banquete que los platos exactos servidos en cada ocasión. Y, sin embargo, esos datos bastan para dibujar una casa señorial bien abastecida, con capacidad para comprar cereal en Marchena, Écija y el obispado de Córdoba, y para hacer llegar vino selecto a su residencia.

A mediados del siglo XV la documentación deja ver algo más. En las capitulaciones matrimoniales de 1457 para Manuel Ponce de León se consignan entregas anuales de pan, cebada, gallinas y pollos, una pista valiosa sobre la importancia de los cereales y de las aves en la alimentación nobiliaria. Poco después, otro documento judicial revela que los desposorios de María Ponce de León celebrados en las casas palacio de Marchena fueron lo bastante concurridos y suntuosos como para que un paje aprovechara la confusión del festejo para robar una pieza de plata de la vajilla condal. No sabemos qué se sirvió aquella noche, pero sí que había repostería, servicio abundante y un aparato doméstico propio de una gran casa.

La cocina del palacio ducal también habla a través de sus oficios. Los testamentos y asientos contables muestran una organización compleja, con cocineros, panaderas, despenseros, botilleres, trinchantes e incluso un “limpiador de dientes”. La documentación de comienzos del siglo XVI cita a Juan de Escalante como “cocinero del señor duque” y luego como “cocinero mayor”, con salario, ración diaria y trigo asignado. Junto a él aparecen Alonso de la Torre como despensero, Alonso de Solís como copero o botiller y Álvar Pérez Osorio como trinchante. No era, por tanto, una cocina improvisada, sino una maquinaria estable, jerarquizada y costosa.

Uno de los pasajes más reveladores es el de 1509, cuando constan entregas de trigo para amasar pan destinadas a la mesa o a la despensa ducal. Ahí aparecen nombres concretos que devuelven carne y hueso a aquella vida palaciega: “la Portoguesa”, panetera; Juana de la Barrera, también panetera; Antón de Mesa, botiller; Diego de Ribera, despensero; y maestre Juan, pastelero, que recibía harina “para hazer harina para los pasteles”. En ese mismo contexto documental se mencionan también pavos y gallinas de Indias en la huerta de Paradas, así como gallinas tomadas en Marchena para abastecer la despensa señorial en Sevilla. Todo ello sugiere una dieta donde el pan blanco, la repostería y la carne de ave ocupaban un lugar central.

Hay además un rasgo de enorme interés: la huella mudéjar en la cocina de los Ponce de León. Carriazo Rubio subraya que varios cocineros y servidores vinculados a la casa procedían de ese mundo fronterizo y musulmán integrado en el servicio señorial. El conde don Juan liberó a Juan y Catalina de Parrales y a Bartolomé, sus cocineros, y más tarde se documentan otros casos parecidos en tiempos del marqués de Cádiz, Beatriz Pacheco y el primer duque de Arcos. No es un detalle menor. Significa que la cocina del palacio ducal no solo estaba bien organizada: también era un espacio de mezcla cultural, heredero de la frontera andaluza.

 Rodrigo Ponce de León, marqués de Cádiz, supo convertir la mesa en un instrumento diplomático. En 1485, cuando los Reyes Católicos pasaron por Marchena camino de Córdoba, Alonso de Palencia escribió que el marqués los recibió “alegre y espléndidamente” y los obsequió con “banquetes y juegos”. El dato debe tomarse con cautela, porque el mismo estudio recuerda que la estancia real probablemente fue más breve de lo que sugiere el cronista, pero la exageración misma revela qué quería transmitir la fuente: liberalidad, abundancia y magnificencia.

Ese mismo lenguaje de opulencia aparece en los episodios militares. En Alhama, en plena Cuaresma de 1482, las crónicas describen mesas armadas con pan blanco, vinos escogidos, pescados servidos de varias maneras, frutas y conservas abundantes enviadas por Beatriz Pacheco. En Archidona, tras la conquista de Loja, la reina fue servida con pavos, viandas, potajes, frutas, conservas y “aguas odoríferas”, en un marco de brocados, tapicerías y vajilla de plata blanca y dorada. No era la simple comida del campamento: era la prolongación del palacio en la guerra, la cortesía convertida en espectáculo.

De todo ello se desprende una conclusión clara. La gastronomía del palacio ducal de Marchena no puede reducirse a una lista de platos. Fue un sistema de abastecimiento, una red de oficios, una expresión de refinamiento y una herramienta de poder. Había trigo de sobra para el pan, pasteleros para elaborar masas, panaderas identificadas por su nombre, aves en cantidad, vino selecto, una vajilla valiosa y un ceremonial capaz de impresionar a monarcas y cronistas. Pero también hubo límites: muchas veces no conocemos el menú exacto, y conviene no inventarlo. Lo que sí sabemos con certeza es que, en la casa de los Ponce de León, comer era algo más que alimentarse. Era gobernar, recibir, pactar y representar.

Fuente principal: Juan Luis Carriazo Rubio, “Cortesía y estrategias de poder en torno a la mesa de los señores de Marchena en el siglo XV”, en el PDF que has subido

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Historia

La arriería articuló durante siglos el comercio y la comunicación entre los pueblos de la Campiña sevillana

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La arriería fue durante siglos uno de los pilares económicos y sociales de la Baja Andalucía. Entre los siglos XVIII y XX, antes de la generalización del ferrocarril y del transporte motorizado, los arrieros constituyeron el principal sistema de transporte de mercancías entre los centros agrícolas de la Campiña y los mercados urbanos, garantizando el abastecimiento de productos básicos y la conexión entre territorios.

El término arriero procede de la voz de mando “arre”, utilizada para estimular a las bestias de carga. El oficio estaba íntimamente ligado al manejo de animales, principalmente mulas y asnos, organizados en recuas o arrias, es decir, conjuntos de animales destinados al transporte de mercancías. Cuando estos animales marchaban atados en fila recibían el nombre de reata, una disposición que facilitaba el tránsito por caminos estrechos o de difícil acceso.

La organización de la recua respondía a una estructura precisa. En cabeza marchaba la “liviana”, la mula más experimentada, que guiaba al resto del grupo. Este animal solía portar cascabeles o cencerros cuyo sonido servía como referencia para el arriero y para las demás bestias, permitiendo mantener el ritmo del viaje incluso en condiciones de escasa visibilidad.

La eficiencia del sistema dependía en gran medida del animal empleado. En Andalucía la mula se convirtió en el principal motor de transporte debido a su resistencia al calor, su capacidad para soportar terrenos abruptos y su menor necesidad de alimento en comparación con el caballo o el buey. Cada animal podía transportar entre 90 y 130 kilos, distribuidos de forma equilibrada a ambos lados de la albarda para evitar lesiones.

El equipamiento de las recuas formaba parte de una auténtica cultura técnica vinculada al mundo rural. Los albarderos, artesanos especializados, fabricaban los aparejos utilizando cuero, paja y esparto. Entre los utensilios más habituales se encontraban la albarda, que protegía el lomo del animal; los serones, grandes cestas para transportar grano, aceitunas o carbón; las aguaderas, utilizadas para llevar cántaros de agua o vino; y las angarillas, destinadas a cargas voluminosas o frágiles.

Los estudios históricos basados en fuentes como el Catastro de Ensenada de 1752 muestran la relevancia social de este oficio. En localidades de la Campiña sevillana como Arahal se registraban hasta sesenta arrieros, lo que convierte al transporte en uno de los sectores económicos más importantes tras la agricultura. Sin embargo, la mayoría de los arrieros combinaban esta actividad con otros oficios para complementar sus ingresos, como la panadería, la barbería o la gestión de molinos.

El sistema de transporte estaba estrechamente ligado a la especialización productiva de cada localidad. Écija y Carmona funcionaban como grandes centros cerealistas, mientras que Morón de la Frontera destacaba por el transporte de cal y aceitunas. Por su parte, Marchena y Arahal se consolidaron como núcleos importantes en la distribución de productos de huerta, aceite y panadería, gracias a su posición estratégica en los caminos que conectaban Sevilla con Córdoba y Granada.

Los arrieros no solo transportaban mercancías agrícolas. En sus viajes de regreso desde Sevilla llevaban también productos coloniales y de ultramarinos, como azúcar, café, especias o pescado en salazón, además de sal procedente de las salinas gaditanas, fundamental para la conservación de alimentos.

La llegada del ferrocarril a finales del siglo XIX supuso un desafío para este sistema tradicional de transporte. Sin embargo, la arriería continuó activa durante décadas porque el tren no podía llegar a todos los lugares. Los arrieros resolvían el problema logístico de la llamada “última milla”, llevando las mercancías desde los cortijos o molinos hasta las estaciones o los mercados urbanos.

En este entramado comercial, Marchena desempeñó un papel destacado como punto de descanso y encuentro de los transportistas. La histórica Calle de los Mesones concentraba posadas con grandes patios donde podían alojarse las recuas y abrevar los animales. Allí se reunían arrieros procedentes de diferentes puntos de la Campiña antes de continuar su viaje.

Un arriero, que desde Morón se dirigía Marchena para vender su mercancía, pero que equivocó el camino preguntó un hombre que halló al paso: Compañero, falta mucho para llegar Marchena. Poco más de una legua. Cómo se llama este sitío. Penas tristes.
Siguió andando el arriero al poco tiempo preguntó un zagal que guardaba cerdos: Muchacho: ¡falta mucho para llegar á, Marchena. Media legua. Como le dicen este Pago. La Agonía. Entonces, el arriero hizo un mohin picaresco volviendo grupas, exclamó: Pues me vuelvo mi tierra, porque
si sigo andando acabaré por parar en el cementerio. iArre, borrico. Nueva Era. Semanario de Marchena en 1911. Aportado por Antonio Lopez Frías.
Martín Montes, informa a la Duquesa de Osuna-Benavente de cómo algunos funcionarios del Estado de Sevilla habían huido de la ciudad a Osuna y Estepa por la declaración de la epidemia de cólera asiático en septiembre de 1833 y cómo por entonces la epidemia no había llegado a Marchena.
Además se dispuso que desde Marchena se vendan granos a los arrieros de los pueblos de la comarca.

En el centro de la localidad existían establecimientos de mayor categoría, como la conocida Fonda de Zapico, donde tratantes, comerciantes y transportistas negociaban precios de cosechas, compraventa de animales y acuerdos comerciales. Estos espacios funcionaban como auténticos centros de intercambio económico y de información.

Además de transportar mercancías, los arrieros actuaban como mensajeros y transmisores de noticias entre los pueblos. En una época sin telecomunicaciones, eran portadores de recados personales, dinero o correspondencia, y su reputación se basaba en la honradez y en el valor de la palabra dada.

La vida de estos transportistas también quedó reflejada en la literatura. Durante sus recorridos por la Campiña sevillana como comisario de abastos, Miguel de Cervantes conoció de primera mano el ambiente de ventas, caminos y arrieros que más tarde inspiraría escenas y personajes de sus obras.

Con la progresiva modernización del transporte durante el siglo XX, el oficio fue desapareciendo, pero su huella permanece en la memoria colectiva, en la toponimia de muchas calles y en la historia económica de Andalucía. Durante siglos, la arriería permitió que los pueblos de la Campiña sevillana mantuvieran un flujo constante de productos y noticias, convirtiéndose en una pieza clave para el desarrollo del territorio.

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Historia

Secretos de la calle de los Sastres, hogar de judeoconversos y del Hospital de San Bartolomé

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El Hospital de San Bartolomé estaba en la calle Sastres. Así lo recoge la escritura de compraventa otorgada por Beatriz de Córdoba, viuda de Alonso Fernández Sastre, y sus hijos a favor de García Ponce de León de un censo impuesto sobre sus bienes y unas casas y tienda que poseen en la villa de Marchena (Sevilla) en la calle Sastres que «lindaban con el Hospital de San Bartolomé» que luego se fusiona con el de Misericordia.  El documento tiene fecha de 1817 pero contiene un traslado de otro documento de 1552 y tiene la signatura AHN. OSUNA,C.170,D.132.
Estos hospitales eran de poca entidad, rentas y tamaño  y servían más para  bien morir que para bien vivir. 
En 1551 se reunifican por bula papal todos los Hospitales de Marchena en la sede del  Hospital del Corpus Christi en la calle Mesones. Pasa entonces a llamarse la institución Hospital de la Misericordia. Este Hospital de la Misericordia ya existía en tiempos de Beatriz Ponce de León en torno a 1490 y era asistido por una hermandad del mismo. Los Hospitales habitualmente eran regidos por hermandades. 
HOSPITAL DE SAN MIGUEL
En 1550 existía un Hospital de San Miguel cercano a la iglesia del mismo nombre según la documentación conservada en el Archivo Parroquial de San Juan, cuya ubicación estaría entre la iglesia de San Miguel y el Molino de Viento. El Archivo Parroquial de San Juan, conserva un documento titulado «Del Hospital y Cofradía de San Miguel», 1550 en el Legajo 34, folio 3244 donde hace referencia a la ubicación del molino.
LOS SASTRES QUE ENTERRABAN A SUS DIFUNTOS CONVERSOS EN UN DESCAMPADO
Los Sastres eran una de las profesiones elegidas por los judíos en la ciudad de Sevilla y provincia. También eran plateros, médicos, boticarios, prestamistas y profesionales liberales y rara vez se ataban a trabajar la tierra.  Existen varios documentos que hablan de que en la calle Sastres frente al Palacio Ducal se concentraban las tiendas de Sastre y que muchos de ellos eran conversos. La ubicación no es casual porque así atendían a las necesidades de la corte Ducal. 
25 de Enero de 1525: Recibida del Duque la orden de entregar una huerta a los dominicos el Vicario se queja «porque yendo allí la orden de los Predicadores a quien la Santa Inquisición fue dada lo primero que hicieran fuera desenterrar los huesos confesunos que allí están enterrados y desterrar las hisopadas de agua que viene a echar un sastre en este pago de terreno sobre las sepulturas de sus antepasados».  Hacer un enterramiento en descampado no era la costumbre de la época para los cristianos, que se enterraban en las iglesias y alrededores. 
Los documentos nos hablan de muchos Sastres instalados en la calle de los Sastres que además tenían el apellido Sastres.  «Yo López Santos, sastre, vecino que soy de esta villa de Marchena, en la calle de los Sastres. Digo que por cuanto yo tome a tributo el quitar y redimir a Ana Andrea ahijada el bachiller Juan Francisco López Castillo» -clérigo muerto en 147- » difunto vecino que fue de esta villa unas casas con una tienda en la calle de los Sastres, que era de hacienda y herederos de Gonzalo Ponce de León». Además la familia de los Ponce de León procuraban el control de las tiendas de Sastre comprando y vendiéndolas. 
ESCRITURA
La escritura se hizo en la misma puerta de la casa. “En la villa de Marchena se hace esta carta estando en la puerta de las casas de la morada de López Santos. 4 de mayo de 1599. Siendo testigos Francisco de Benjumea, Francisco Suárez y Bartolomé de los Ríos el mozo vecinos de esta villa».
MAS TIENDAS DE SASTRES EN LA PLAZA DE LA VILLA PROPIEDAD DE UNA JUDIA
Pedro Rodríguez de Sevilla, fue un reconciliado y vecino de Marchena, casado con Mencía Rodríguez, judía reconciliada,  “huída a tierra de moros a tornarse judia,  hija de Alonso Rodriguez, de oficio trapero.  Habían pagado 4000 maravedíes.  En 1490 , Luis de Soto, criado de la Duquesa de Arcos, Beatriz Pacheco, compra a Mencía Rodríguez,  tres tiendas en la plaza de Marchena por ser «bienes de herejes»  bienes que fueron demandados por Diego de Medina, receptor de bienes confiscados por la inquisición en 1494.
LOS SASTRES Y EL DUQUE
El Duque solía comprar telas lujosas con destino a su Palacio de Marchena que luego eran entregadas a los sastres para que las confeccionaran.  Ese lujo era especial cuando había visitas ilustres como el caso de la visita de los Reyes Católicos.
En Agosto de 1485 Rodrigo Ponce de León encarga a su recaudador en la Ciudad de Cádiz, Lope Díaz de Palma que compre en los barcos de los comerciantes venecianos fondeados en Cádiz, objetos de oro, sedas y otras telas, trajes y otros objetos suntuarios.
«Yo os mando que fagáis buscar en ellas veynte varas de seda rasa negra e siete varas de raso carmesy, que sean las mejores sedas e mas finas que se pudieren aver. E compradlas de mis dineros al mejor prescio que pudiéredes”. Asymismo conprad dos pieças de chamelot negro, que sea muy bueno, e dos alfonbras moriscas grandes, las mejores e mas finas. Conpradlas enviádmelas luego aqui, a esta mi villa de Marchena, con persona que lo traiga a buena guarda e recabdo, e enviadme la relación de todo lo que cuesta» escribe el Marqués.

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Borriquita

Marchena, los agustinos y el origen de la religiosidad popular sevillana

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La rehabilitación del Convento de San Agustín de Sevilla es un proyecto clave para rescatar un BIC y devolverlo a la ciudad de Sevilla prevé que concluya en primavera de 2026. Se convertirá en un hotel de lujo que lo gestionará IHG Hotels & Resorts (InterContinental Hotels Group) bajo su marca de lujo Kimpton (Kimpton Hotels & Restaurants).

El proyecto para transformar el antiguo Convento de San Agustín, junto a la Puerta de Carmona, en un hotel de cinco estrellas es relevante por la conservación y rehabilitación de un inmueble del siglo XIII, declarado Bien de Interés Cultural y de propiedad municipal, con un plan que obliga a integrar restos arqueológicos, proteger elementos históricos y someter la obra a controles patrimoniales.

La licencia concedida en 2022 desbloquea una operación que llevaba más de una década atascada. La actuación contempla la recuperación e integración de los restos conservados del convento y, al mismo tiempo, la adaptación del conjunto a un uso contemporáneo, incorporando intervención arqueológica preventiva y trabajos específicos sobre espacios históricos como el claustro, el antiguo refectorio o la escalera monumental.

La portada histórica atribuida a Hernán Ruiz II, hoy desmontada en el propio claustro se prevé que sea recuperada y recolocada. Una vez recuperado, una parte del inmueble tendrá “uso compartido a favor del Ayuntamiento” (locales y salones).

Cupula convento de San Agustin

El legado agustino que conecta Sevilla y Marchena con los Ponce de León y las raíces de la Semana Santa

El Convento de San Agustín de Sevilla, una de las fundaciones más antiguas de la Orden Agustina en España cuyos orígenes se remontan a 1292, constituye un eslabón fundamental para comprender la historia de la Semana Santa sevillana y su profundo vínculo con la localidad de Marchena a través de la familia Ponce de León.

Quinientos años de presencia agustina en Sevilla 

En Sevilla, los agustinos estuvieron desde 1248/1249 hasta 1835, es decir, aprox. 587 años (si tomamos 1248) o 586 años (si tomamos 1249).

En Marchena, la cronología que aparece recogida en fuentes locales y documentación divulgativa es de 1566 a 1835, es decir, 269 años.

Los agustinos se establecen en Marchena en el siglo XVI, en 1558 la orden obtiene breve pontificio para fundar convento en la villa al amparo de los duques de Arcos (los Ponce de León). En Marchena. Los agustinos llegan primero a la ermita de Nuestra Señora de Gracia y en 1616 a su actual ubicación. Tal y como sucedió en Sevilla también durante la peste de 1638 el Ayuntamiento de Marchena concede a San Agustín un copatronazgo, dejando en el propio consistorio un lienzo de San Agustín nombrándolo copatrón de Marchena. El final de esa etapa llega con el siglo XIX: la exclaustración de 1835 y la desamortización cortan de raíz la vida conventual tal como había existido.

En Arcos, el origen del enclave agustino se entiende como una ocupación y transformación de una fundación previa: el edificio se fundó en 1539 como convento de San Juan de Letrán, y en 1586 pasó a ser ocupado por los Agustinos de la Observancia, que impulsaron la consolidación del conjunto y la mejora del templo (en la información turística municipal se indica incluso la bendición de la nueva iglesia en 1587).

En Chipiona la fundación es más nítida y está muy ligada al mar y a la nobleza local: en 1399 existe un acta fundacional por la que Don Pedro Ponce de León convierte una fortaleza/castillo previo en convento de agustinos, y los frailes quedan asociados desde entonces al culto de la Virgen de Regla y al conjunto monástico que hoy se identifica como santuario/monasterio.

SAN AGUSTIN DE SEVILLA

Según documenta el fraile agustino Jesús Manuel Gutiérrez Pérez en su obra «Historia completa del Convento de San Agustín de Sevilla», presentada en 2024, el convento se estableció en 1292 cuando una familia sevillana donó a los agustinos unos edificios frente a la Puerta de Carmona, extramuros, donde la comunidad permaneció durante quinientos años hasta la desamortización de 1835.

La principal fuente impresa sobre esta institución es la obra de José María Montero de Espinosa, «Antigüedad del Convento Casa Grande de San Agustín de Sevilla», publicada en 1817, que constituye el testimonio documental más completo del periodo histórico del convento.

Los Ponce de León: patronos del convento y señores de Marchena

El historiador agustino Tomás de Herrera, en su «Historia del Convento Agustino de Salamanca», explica que el patronazgo de la Capilla Mayor de San Agustín de Sevilla recayó en los Ponce de León en 1347, a través de un acuerdo con los herederos de Arias Yáñez Carranza que otorgó la condición de patrono a Pedro Ponce de León II, señor de Marchena.

Este patronazgo, que se mantuvo hasta 1835, permitió a los Ponce de León acceso a la cripta del presbiterio para la sepultura familiar y convirtió a esta estirpe en los grandes benefactores del convento, tal como los Enríquez de Rivera lo fueron de la Cartuja de las Cuevas o los Guzmanes del Monasterio de San Isidoro del Campo.

En palabras de Herrera: «En 1589 el Prior General de la Orden nombró patronos generales de la provincia de Andalucía a los duques de Arcos, sucesores de los Ponce de León, edificadores del convento de Sevilla y fundadores del Monasterio de Santa María de Regla».

Enterramientos ilustres: de Marchena a San Agustín

Numerosos señores de Marchena encontraron su última morada en San Agustín de Sevilla: Pedro Ponce de León II (1352), señor de Marchena, hijo de Fernán Pérez Ponce e Isabel de Guzmán. 

Pedro Ponce de León IV (1374), cuarto señor de Marchena, cuyo testamento fue ejecutado por el agustino fray Juan de Alcocer, dejando al convento 6.000 maravedís. Pedro Ponce de León V (1448), quinto señor de Marchena y conde de Medellín, enterrado vestido con el hábito de San Agustín en una tumba que Ortiz de Zúñiga describe como «una cama de alabastro donde se veía su figura armada».  Rodrigo Ponce de León, el célebre Marqués de Cádiz (1492), sobre cuya tumba se depositaron diez banderas ganadas a los musulmanes en la guerra de Granada

Marchena: baluarte de la devoción inmaculista

Según documenta Gómez Aceves, en 1469 Juan Ponce de León, fundador de Paradas, estableció en su testamento la celebración anual de fiestas a la Inmaculada Concepción en Marchena. Esta tradición se consolidó cuando Rodrigo Ponce de León, Marqués de Cádiz, instituyó grandes celebraciones inmaculistas tras sus victorias militares, como la batalla del Madroño (1462) o la toma de Zahara (1483), que incluían actos lúdicos y religiosos, entre ellos diez misas cantadas a la Concepción.

El Cristo de San Agustín en la génesis  de la Semana Santa sevillana

La Cofradía del Santo Crucifijo y Virgen de Gracia de San Agustín, cuyas primeras reglas fueron aprobadas en 1527, se convirtió en una de las grandes devociones de Sevilla hasta la aparición del Gran Poder. El historiador del arte Román documenta en el «Boletín de las Cofradías de Sevilla» la influencia de esta imagen.

El Cristo de San Agustín llegó al convento en 1350, una escultura gótica que se hizo extremadamente popular tras la epidemia de peste. Su relevancia es tal que en 1567, el escultor Gaspar del Águila recibió el encargo de tallar el Cristo de la Sangre de Écija «de la postura del crucifijo de San Agustín», según consta en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla. Igualmente, en 1574, Juan Bautista Vázquez el Viejo talló el Cristo de Burgos para la parroquia de San Pedro «en la misma forma que el Cristo de San Agustín sevillano».

Origen del Vía Crucis: de la Casa de Pilatos a la Cruz del Campo

El convento de San Agustín jugó un papel crucial en el origen de la Semana Santa sevillana. Como documenta Juan Gómez de Blas en «Memoria devota y recuerdo de este Vía Crucis» (1653), el convento servía como lugar de paso del Vía Crucis que se realizaba desde la Casa de Pilatos hasta el Humilladero de la Cruz del Campo, establecido en 1482 por el asistente de Sevilla Diego de Merlo.

Las estaciones cuarta y quinta del Vía Sacro estaban colocadas en las paredes externas del convento, en la calle Carmona. En la cuarta estación se meditaba el encuentro de la Virgen María con su hijo, mientras que en la quinta, al final de la cerca del convento, se conmemoraba el episodio del Cirineo.

La Hermandad del Santo Crucifijo de San Agustín realizaba estación de penitencia hasta el templete de la Cruz del Campo el Viernes Santo a las tres de la tarde, tradición que se mantuvo hasta 1604, cuando el arzobispo ordenó a todas las hermandades hacer estación a la Catedral.

El Cristo de San Agustín y el Gran Poder: una relación fraternal

Las relaciones entre ambas hermandades fueron profundas. Tal como recuerda una placa de mármol en la fachada del Círculo de Labradores, la Hermandad del Gran Poder se estableció en 1662 en la iglesia del Colegio de San Acacio, propiedad de los agustinos, situado junto al Humilladero de la Cruz del Campo. Ese mismo año, la Hermandad del Gran Poder cedió su color negro para la procesión del Viernes Santo al Cristo de San Agustín.

Además, a partir de 1580, la Cofradía del Traspaso de Nuestra Señora del Gran Poder hizo estación de penitencia al Convento de San Agustín y al templete de la Cruz del Campo.

Rogativas y devoción popular

La devoción al Cristo de San Agustín fue extraordinaria. En 1567 y 1571, la imagen fue llevada a la Cruz del Campo a pedir lluvia. En 1588 se organizó una rogativa desde el convento hasta la Catedral por el suceso de la Armada Invencible.

Tras la terrible epidemia de peste de 1649, que causó unos 60.000 muertos en Sevilla (aproximadamente la mitad de la población), las autoridades solicitaron llevar al Cristo de San Agustín a la Catedral en rogativa el 2 de julio. El Ayuntamiento de Sevilla acordó asistir todos los años a esta fecha al convento para conmemorar el milagro del cese de la peste, estableciendo un voto perpetuo a la imagen.

El escritor Miguel de Cervantes dejó constancia en «Rinconete y Cortadillo» (1613) de la gran devoción que Sevilla profesaba al Santo Cristo de San Agustín.

Patrimonio disperso tras la desamortización

Cuando el convento fue desamortizado en 1835, había 47 frailes en la comunidad. La finca de 15.000 metros cuadrados fue vendida en subasta pública por lotes a partir de 1880, según documentan los estudios arqueológicos de Fernando Amores realizados en 2018, que datan la primera construcción en el siglo XIII.

El patrimonio artístico se dispersó. Francisco José Gutiérrez Núñez y Salvador Hernández han estudiado la capilla de la Virgen de Guadalupe de México que se encontraba dentro del convento. En 1670, Juan de Valdés Leal firmó un contrato por 9.000 ducados para realizar obras de arte, pintando la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Virgen, además del dorado del altar mayor y las pinturas murales de las bóvedas.

Hoy, el convento se encuentra en proceso de reforma para convertirse en hotel de lujo. De su antigua magnificencia quedan los dos grandes patios, el refectorio con los escudos heráldicos de los Ponce de León en las ménsulas y claves de las bóvedas, la escalera principal, la torre del reloj y la capilla del Santo Cristo de San Agustín. En la calle Luis Montoto número 9 aún puede verse una piedra con el escudo de la familia Ponce de León procedente del convento.

Patronazgo y mecenazgo

Los Duques de Arcos fueron nombrados patronos oficiales de la Orden Agustina en Andalucía en 1589 por el Padre General Gregorio Petroccini. Esta relación se manifestó en generosas donaciones para la construcción de conventos agustinos andaluces y de Sevilla, y en el sustento de religiosos y capellanes.

Dedicatorias literarias

Numerosos frailes agustinos dedicaron sus obras a los duques en agradecimiento por su generosidad. Entre los autores destacan San Alonso de Orozco con su «Vergel de oración» (1544), Pedro de Valderrama con «Teatro de religiones» (1612), y Diego de Carmona con su historia de la Virgen de Regla (1639).

La cuestión del enterramiento

Los señores de Marchena fueron enterrados en San Agustin de Sevilla hasta 1492. A partir de entonces sus descendientes fueron inicialmente sepultados en San Pedro Mártir de Marchena (sede de sus dominios señoriales), a la espera de ser trasladados al Convento de San Agustín de Sevilla como su panteón ancestral principal. El primer duque, Rodrigo Ponce de León, expresó en su testamento el deseo de que sus sucesores continuaran enterrándose en San Agustín junto a sus antepasados, aunque él mismo eligió Marchena para fortalecer vínculos con sus estados.

Los restos de la familia que estaban en San Agustín de Sevilla fueron trasladados durante la ocupación napoleónica. Estuvieron en la Catedral y en 1818, la duquesa de Arcos mandó colocar lápidas conmemorativas, y posteriormente los restos fueron trasladados a la iglesia de la Anunciación de Sevilla, donde permanecen en el panteón de sevillanos ilustres.

Frailes agustinos de la zona

Varios religiosos procedentes de Arcos de la Frontera y Marchena que destacaron en la orden, algunos como misioneros en Filipinas (como Antonio López y Francisco Fontanilla en el siglo XVIII) y otros en labores educativas y administrativas en España, como Manuel Martín Baco y José del Espinosa y Prado. Juan Lasso de la Vega, nacido en Marchena, llegó a ser obispo titular y auxiliar de Sevilla, consagrando varios templos de la región.

Fuentes consultadas:

  • Gutiérrez Pérez, Jesús Manuel (2024). «Historia completa del Convento de San Agustín de Sevilla»
  • Montero de Espinosa, José María (1817). «Antigüedad del Convento Casa Grande de San Agustín de Sevilla»
  • Herrera, Tomás de. «Historia del Convento Agustino de Salamanca»

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Historia

Así eran los primeros turistas que vinieron a Sevilla y Marchena hace cien años

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La llegada del tren a Marchena en 1860 -y la línea Sevilla-Córdoba en 1840- abrió una puerta a turistas y viajeros. Viajar se vuelve más cómodo y seguro mientras las fotos y las guías de viajes comienzan a difundir una imagen de la España artística.

Hasta entonces España se consideraba un país peligroso y atrasado. En 1851 nace la primera agencia de viajes en Londres, la Thomas Cook y España se presenta en la Exposición Universal Londres 1851 con una reproducción de la Alhambra. Nacía entonces el primer turismo masivo.

Entonces Marchena contaba con dos grandes puntos de atracción turísticos ya perdidos como el Palacio Ducal y la Casa de Baños de la Plaza Vieja, que despertaban la curiosidad del viajero.

El servicio de diligencia se inauguró en 1816. Los billetes para la galera de Marchena se vendían en la posada del príncipe en Sevilla según el Diccionario Geográfico de España de Pascual Madoz, de 1849.

El jueves, 12 de diciembre de 1894 el periodista inglés de veinticinco años, Edwin R. Louden y su amigo Herbert Field abandonaron Paris rumbo a Sevilla y Gibraltar para dar la vuelta al mundo sin dinero en sus bolsillos, ganándose la vida con sus crónicas periodísticas y de viajes y siempre viajaba con su Kodad a cuestas.

Dos viajeros alemanes dieron la vuelta al mundo a pie pasando por Marchena, Arahal, Alcalá y Sevilla en 1896 recogiendo sus impresiones y fotografías de los lugares más importantes en un libro.

Según El Correo Español el 23 de Mayo de 1896 llegaron a Sevilla Guillermo Danneil y Arturo Fhielheim periodistas alemanes que dieron la vuelta al mundo a pie para ganar una apuesta de 50.000 francos.

También hubo viajeros ilustres como María de las Nieves Braganza y Borbón princesa de Portugal viaja por Andalucía visitando Marchena en tren en 1923. Antes, entre 1889 y 94 había viajado por España de incógnito entregada a la causa carlista por lazos familiares.

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El célebre escritor americano Somerset Maugham quiso conocer algo sobre la Andalucía real, algo «que haya verdaderamente conservado su antiguo carácter» y decidió recorrer la provincia de Sevilla «donde no haya llegado aún el tren y donde los caballos y las mulas y los mulos son el único medio de transporte».

Después de mucho estudiar los mapas locales y hablar con tratantes de ganado optó por una ruta desde Sevilla a Écija y vuelta a Sevilla por Marchena y Mairena.

El fotógrafo cordobés Rafael Garzón fotografió este auge del primer turismo en Andalucía a finales del XIX. El conde de Lipa fue el primer maestro de los fotógrafos locales andaluces y pasó por Marchena en 1861. 

Hoefnagel, el primer viajero por placer de la historia

En 1561 entró por las puerta de la muralla de  Marchena Joris o George Hoefnaguel, (1542-1600) un joven de apenas 20 años, viajero incansable dibujante y pintor, hijo de un rico comerciante de diamantes de Amberes.

Venía a hacer dibujos de ciudades entre ellas Marchena para la primera guías de viajeros del siglo XVI, (Civitatis Orbis Terrarum: Las ciudades del mundo) publicado por George Braun canónigo de la catedral de Colonia con seis volúmenes.

Los dibujos eran fidedignos, es decir, que su valor era mostrar lo que el viajero veía. En Marchena vio una ciudad con torres en construcción, un molino de viento holandés y unos gitanos herreros trabajando en primer término que es una de las referencias ilustradas más antiguas que se tiene de los gitanos en España.

El molino de viento estaba en el barrio de San Miguel y fue traído por Pedro Jaus, flamenco vecino de la villa de Sanlúcar de Barrameda por encargo del Duque en 1549 que le pagó 150.000 maravedíes por traerlo en barco desde Holanda a Sanlúcar e instalarlo en Marchena en 1550 para moler trigo.

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Cristo de San Pedro

Cuando los flagelantes salían por las calles de Marchena derramando su sangre

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La Hermandad del Santo Crucifijo Cristo de San Pedro, el Dulce Nombre, Veracruz y Soledad eran hermandades de las llamadas de sangre porque abundaban los disciplinantes que salían a la calle azotándose o flagelándose hasta derramar sangre. 

La pequeña localidad riojana de San Vicente aún mantiene los disciplinantes viviendo cada año el ancestral rito de los «picaos», en el que varios disciplinantes anónimos se flagelan para cumplir penitencia.

En Marchena los del Cristo lo hacían con tal celo, que las reglas piden que «no lo hagan con tanto énfasis que queden luego incapaces de trabajar y mantenerse». Los hermanos de luz eran mucho menos e iban alumbrando con hachas y limpiando a los de sangre y alumbrando a las imágenes.

El 18 de enero de 1556 Francisco Vázquez escribe las primeras reglas de la hermandad del Santo Crucifijo, luego conocida como la del Cristo de San Pedro que  se conservan en el Archivo General del Arzobispado.

Las vestiduras penitenciales de los antiguos disciplinantes era una túnica, algo corta confeccionada de basto lienzo crudo, con cuerpo abierto a la espalda o al pecho que desabrochado podía dejarse caer y quedar este colgado del cinto, y así podían flagelarse.

También en la hermandad de la Soledad hay constancia de la existencia de flagelantes que en algún año llegó a los miles, según recoge el libro de historia de la Hermandad de la Soledad escrito por Vicente Henares.

Las disciplinas consistían en un hacecillo de ocho o diez ramales de cuerda de cáñamo, cada ramal en su punta que eran trenzadas y por ello algo más gruesa, llevada ensartada y fija las rosetas con puntas hirientes. También se utilizaban otras de cadena de hierro. Siempre les acompañaba un coro que entonaba los salmos penitenciales o las letanías de los santos.

Según sus reglas de 1599 el Dulce Nombre era cofradía de Luz y de Sangre  y dictaban las reglas que no sería admitido aquellos personas que hubieran sido castigada por Santo Ofiçio de la Inquisición, ni hijo, padre, nieto o hermano del que lo
hubiere sido, tampoco sería admitido si hubiere sido afrentado por justicia públicamente, o si fuese Infame o bulgar ynfamia, assí como si fuere beodo (borracho), o hubiese sido testigo falso, logrero (prestamista), o amançebado público.

La Veracruz era una hermandad de luz, sus hermanos portaban cera verde con el escudo de la Hermandad impreso con la insignia de la Vera Cruz, pero también tenían disciplinantes en menor número y proporción que el Cristo.

Abría la procesión del Jueves Santo en mayordomo con una seña negra y luego lo demás cofrades por su orden en la procesión entre dos de luz uno de sangre.  Un escribiente  apuntaba a todos los hermanos que faltaran y si  «cualquier hermano de sangre que fuera en nuestra profesión y se descubriera o llevara alguna señal para que se para que lo conozca otra persona que se ha conocido y descubierto y le lleve media se le lleve media libra de cera» es decir no podían develar su identidad.

También el Jueves Santo madrugada salía la hermandad del Santo Crucifijo o Cristo San Pedro que era una hermandad de sangre. No solo porque había muchos flagelantes sino porque en esta cofradía la sangre de Cristo tenia una simbología profunda. Vestían túnica blanca cordón y escudo y un hacha de cera leonada con las cinco llagas. Tenía sus principales fiestas el dia de la circuncisión cuando Jesús derramó su primera sangre, el dia de la exaltación de la cruz en septiembre el de la cruz en mayo y el Jueves Santo.

Los Picaos de San Vicente de la Sonsierra - La Rioja

Las reglas primitivas mandaban que todos los hermanos llevaran colgando del sayo o en el brazo todo el año una especie de rosario de catorce cuentas, siete grandes y siete pequeñas en cualquier época del año para identificarse como hermanos de la cofradía representando las obras de misericordia siete mayores y siete menores.

La Corporación visitaba las estaciones, que eran templos y conventos de la localidad como San Francisco, San Lorenzo, San Andrés, Santa Clara, La Milagrosa y San Sebastian.

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