La Sala Carrera acogió este domingo 15 de marzo el Pregón Juvenil de la Semana Santa de Marchena 2026, pronunciado por Ángel Núñez Verdugo en el acto organizado por la tertulia cofrade El Llamador de Plata, una cita que volvió a reunir a representantes de las hermandades, autoridades y numeroso público en uno de los primeros grandes hitos de la Cuaresma marchenera. El joven pregonero articuló su intervención como una defensa abierta de la fe cristiana, del compromiso de la juventud con las hermandades y de una vivencia íntima de la Semana Santa desde la familia, la amistad y la propia biografía cofrade.
Núñez abrió su pregón con un llamamiento directo a los jóvenes para que no se aparten de la Iglesia y de las hermandades. “Culto, caridad y formación” fueron los tres pilares que señaló como resumen de la tarea del cristiano y del cofrade, en una intervención que, antes de entrar en cada corporación, insistió en la necesidad de mantener viva la fe, acudir al sagrario, confiar en la voluntad de Dios y preservar el legado recibido de los mayores.
A partir de ahí, el pregonero fue recorriendo hermandad por hermandad, jornada por jornada, con un texto en el que mezcló teología popular, recuerdos de infancia, escenas familiares, estampas procesionales y confesiones personales. No fue un pregón enumerativo, sino una narración sentimental de la Semana Santa de Marchena vista desde dentro.
En la Hermandad de la Borriquita situó el inicio de todo. Describió el Domingo de Ramos como el día en que “todo vuelve a empezar”, el momento en que el pueblo despierta, los niños se convierten en la mejor estampa y las calles se llenan de palmas benditas, niñas vestidas de hebrea y capirotes rojos. De Nuestro Padre Jesús de la Paz habló como del Señor que entra triunfante en Marchena, “sobre una pollina”, trayendo la paz de los días y abriendo la semana mayor con la alegría de siempre. En torno a la Virgen de la Palma trazó una evocación de infancia y memoria. La presentó vestida de blanco, como símbolo de pureza, con una mirada capaz de “eternizar el tiempo”, y la vinculó a los recuerdos de cuando acudía con su familia al encuentro de la cofradía. Cerró esa parte pidiendo a ambos titulares que bendigan al pueblo y sigan inaugurando cada año la Semana Santa con la misma luz y la misma alegría.
En la Hermandad del Dulce Nombre el eje fue el propio nombre de Jesús como promesa de salvación. El pregonero detuvo su mirada en el Niño de San Sebastián, al que describió abrazando la cruz de plata desde su infancia divina, como anuncio del sacrificio futuro. Recordó su relación personal con esta hermandad y los lazos familiares que lo unieron a ella, hasta llegar a un tono muy íntimo al hablar de la imagen como refugio en los momentos difíciles. De María Santísima de la Piedad destacó su papel de mediadora y madre compasiva, la que acompaña al creyente cuando el peso de la cruz parece insoportable. Su descripción de la Virgen se movió entre la ternura, el dolor compartido y la esperanza, presentándola como consuelo para las heridas familiares, la enfermedad y la pérdida.
La Hermandad de la Vera Cruz apareció en su pregón bajo el signo de la renuncia, la verdad y la esperanza. Del Cristo de la Vera Cruz subrayó el amor absoluto de quien acepta la cruz por la salvación del hombre y propuso su contemplación como una llamada a combatir el ego, la soberbia y la superficialidad. Habló del antiguo convento franciscano como casa de humildad, fraternidad y servicio, enlazando la espiritualidad franciscana con el sentido profundo de la estación de penitencia. Junto a ese discurso situó a la Virgen de la Esperanza como la imagen que riega la tierra seca del alma, la madre que sostiene cuando falta todo asidero. La retrató como abrazo, refugio, llama viva de la fe y fuerza para quienes atraviesan el otoño de la vida.
Uno de los momentos más hondos del pregón llegó con la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Ángel Núñez lo presentó como “el mayor confidente de esta villa”, el Señor que espera cada viernes en San Miguel y cada madrugada de Viernes Santo sale a consolar a su pueblo. Su discurso adquirió entonces un tono muy personal, al vincular la devoción al Nazareno con el dolor por la pérdida de un ser querido al que no pudo despedir. El pregonero encontró en esa imagen el lugar donde depositar preguntas, duelo y fe, sin romper nunca la confianza en la voluntad de Dios. Tras el Nazareno situó a María Santísima de las Lágrimas, a la que describió desde dentro, también como costalero, como una devoción de intimidad, promesa y vínculo entre generaciones. La presentó como una madre llorosa y cercana, devoción de “abuelas y nietos, de padres e hijos”, capaz de sostener la fe en las pruebas más duras.
La Hermandad del Cristo de San Pedro ocupó otro de los tramos centrales de la intervención. El pregonero habló del Crucificado desde el silencio del Viernes Santo, la muerte redentora y la antigua leyenda que lo vincula a la llegada al hospital por manos de ángeles. Lo describió como la verdad que sostiene a los cristianos, el que resiste al tiempo, a la distancia y al olvido, y el que sigue abrazando a Marchena incluso cuando el hombre duda o se extravía. Junto a él dedicó palabras a San Juan Evangelista, presentado como el discípulo fiel que conduce a la Madre hasta el Hijo y enseña a los jóvenes a permanecer al pie de la cruz. Sobre María Santísima de las Angustias construyó una imagen de amparo y recogimiento, la madre que sabe sufrir, que guarda fuerzas bajo el palio de plata y que acoge al creyente para conducirlo hacia Cristo.
También la Hermandad de la Soledad tuvo un lugar muy señalado. El pregonero confesó que la Virgen fue para él durante un tiempo una imagen más lejana, hasta que la coronación del 28 de septiembre de 2024 cambió para siempre esa relación. Desde entonces la presentó como una devoción que le ganó el corazón. A Nuestra Señora y Madre de la Soledad Coronada la llamó “la gitana más guapa”, “motor de este pueblo mariano” y “epicentro de todas nuestras promesas”, en uno de los pasajes más encendidos de toda la intervención. La describió como reina, madre, refugio, custodia de las súplicas y presencia permanente en Santa María a través de los siglos, por encima de los cambios del palacio, de la vida y de las generaciones. Antes había evocado también al Santo Entierro desde la imagen del cuerpo vencido de Cristo, el luto, el silencio y la certeza de que la pasión concluye, pero el amor vence.
El clímax emocional del pregón llegó con la Hermandad de la Humildad, la corporación más unida a la biografía del pregonero. Antes de dirigirse a sus titulares, Núñez hizo una reflexión de tono crítico sobre la vida interna de las cofradías. Rechazó la soberbia, la envidia y las disputas y pidió a las hermandades que sean de verdad lugares de unión, acogida y vida cristiana. A Nuestro Padre y Señor de la Humildad y Paciencia lo definió como el espejo en el que mirarse, el Señor que enseña a esperar, que recoge sus súplicas en Santa Clara y que le ha servido de refugio cuando la vida se ha vuelto amarga. En este pasaje, además de la oración íntima, incluyó estampas muy concretas del Miércoles Santo: la salida desde el convento, la calle Santa Clara rebosante, la centuria, la cuarta cantada, el paso por San Francisco y el recuerdo de quienes lucharon para levantar la hermandad.
Con la Virgen de los Dolores el tono fue aún más confesional. Ángel Núñez le habló casi como en una oración de arrepentimiento. Reconoció que no siempre ha acudido a ella como debiera, admitió sus fallos y pidió perdón por las veces en que solo la ha buscado cuando el dolor rebosaba el alma. Aun así, la presentó como la madre que jamás abandona, la que espera en su capilla, la que guarda a los humildes bajo su manto y la que conserva encendida la memoria de los ausentes. Terminó dedicándole unos versos de fuerte carga lírica que remató con una invocación directa: “Esto es para ti, celestial princesa, mi Virgen de los Dolores”.
El pregón concluyó con una recapitulación poética de toda la Semana Santa marchenera, en la que volvió a nombrar hermandades e imágenes una tras otra, como si resumiera el mapa sentimental y devocional que había ido dibujando durante toda la tarde. Con esa secuencia final, Ángel Núñez dejó anunciada la Semana Santa de Marchena 2026 desde una mirada joven, abiertamente creyente y profundamente arraigada en la memoria familiar y cofrade del pueblo.
Hermandad por hermandad, imagen por imagen
De Nuestro Padre Jesús de la Paz dijo que es el Señor de la alegría inaugural, el que entra triunfante en Marchena, el que bendice al pueblo desde la pollina y el que devuelve al pregonero a sus recuerdos de niñez. De María Santísima de la Palma destacó la blancura de su vestidura, la fuerza de su mirada, el temblor de sus bambalinas y su capacidad para llenar el alma en el comienzo de la semana mayor.
Del Dulce Nombre de Jesús subrayó el misterio de un niño que ya abraza la cruz y que enseña desde su infancia el camino del sacrificio y la salvación. De María Santísima de la Piedad remarcó su condición de madre mediadora, consuelo del dolor humano y presencia que acompaña las heridas familiares, la enfermedad y la incertidumbre.
Del Cristo de la Vera Cruz dijo que es la imagen del amor perfecto, la entrega radical y la renuncia al ego, y lo ligó a la verdad del sacrificio redentor. De la Virgen de la Esperanza habló como agua para la tierra seca, madre del consuelo y reserva de fuerza para quien atraviesa los inviernos del alma.
De Nuestro Padre Jesús Nazareno afirmó que es el gran confidente de Marchena, la imagen ante la que deposita el dolor, las dudas y la memoria de sus muertos, sin dejar de confiar en Dios. De María Santísima de las Lágrimas señaló su dimensión familiar y popular, su arraigo en la devoción doméstica y la intensidad que él mismo vive bajo sus trabajaderas.
Del Santísimo Cristo de San Pedro resaltó que resiste al tiempo, a la distancia y al olvido, que sostiene la fe del pueblo desde el silencio del Viernes Santo y que es verdad y redención para el hombre. De San Juan Evangelista dijo que es el discípulo que enseña fidelidad y guía a los más jóvenes hacia Cristo. De María Santísima de las Angustias subrayó su papel de madre que sufre, protege y recoge bajo su palio a los que buscan alivio.
Del Santo Entierro evocó el cuerpo vencido de Cristo, el silencio, el luto y el tránsito entre la pasión y la victoria sobre la muerte. De Nuestra Señora y Madre de la Soledad Coronada afirmó que pasó de ser una devoción lejana a convertirse en una de las grandes revelaciones de su vida cofrade. La definió como reina, madre, refugio y corazón mariano de Marchena.
De Nuestro Padre y Señor de la Humildad y Paciencia dijo que es su refugio más íntimo, el Señor que enseña a esperar, a sufrir con fe y a aceptar la voluntad divina. De Nuestra Señora de los Dolores habló en tono de súplica y examen de conciencia, como madre fiel que lo espera incluso cuando él ha faltado, y a la que terminó consagrando uno de los fragmentos más intensos del pregón.
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