La Hermandad de la Humildad protagonizó en la noche del Miércoles Santo una de las estampas más destacadas de la Semana Santa de Marchena, con un cortejo más numeroso, varias saetas al paso de sus titulares y momentos de especial emoción en calles como San Sebastián, San Francisco y San Andrés, donde volvió a evidenciarse la fuerza devocional de esta corporación de origen franciscano.
Uno de los rasgos más visibles de la estación de penitencia fue el aumento del cuerpo de nazarenos, con un cortejo más largo y compacto, sin apenas espacios entre tramos, que dejó una imagen de seriedad y compostura desde los primeros compases del recorrido. La cofradía avanzó con orden y firmeza en una noche muy favorable desde el punto de vista meteorológico, lo que contribuyó al lucimiento de los distintos tramos y a que el pueblo de Marchena se echara a la calle para disfrutar de la noche.
La jornada estuvo marcada también por la presencia de varias saetas dedicadas tanto al Señor de la Humildad y Paciencia como a la Virgen de los Dolores. Esas intervenciones reforzaron uno de los rasgos más característicos de esta hermandad, estrechamente vinculada a la tradición saetera de Marchena y al legado de una escuela que ocupa un lugar destacado siendo la primera escuela de saetas de España.
En el apartado de estrenos, el Señor presentó una nueva corona de plata que deja más despejado su rostro, así como un broche con el lema JHS. A ello se sumó la ampliación del cuerpo de acólitos y turiferarios mediante nuevas dalmáticas y ropas de monaguillo para ambos pasos, reforzando así la presencia litúrgica de la corporación en la calle.
El paso de palio de la Virgen de los Dolores volvió a dejar una de las imágenes más celebradas del Miércoles Santo marchenero, con la candelería plenamente encendida y una cuidada estética en su discurrir. El exorno floral estuvo compuesto por rosas mondial en blanco roto, hipéricum, flor de arroz y helechos de cuero, en consonancia con la elegancia sobria que caracteriza al palio.
Entre los momentos más emotivos de la noche figuraron varias levantás dedicadas a los costaleros que han hecho posible la salida y también a los hijos de quienes forman parte de la cuadrilla, en una escena cargada de simbolismo generacional. La estación de penitencia estuvo además marcada por la primera Semana Santa del nuevo hermano mayor al frente de la corporación, una de las novedades reseñables de este año.
Especial significado tuvo también el paso de la hermandad por la capilla de la Veracruz, donde se vivieron escenas de respeto, oración y cercanía entre corporaciones, dejando una de las imágenes más simbólicas de la noche. Ese encuentro reforzó la dimensión fraterna de una jornada que volvió a unir solemnidad, tradición y emoción en el corazón del barrio viejo de Marchena.
La Hermandad de la Humildad volvió así a confirmar su peso dentro del Miércoles Santo marchenero, en una salida marcada por el crecimiento del cortejo, la calidad de sus cuadrillas, la belleza de sus titulares y la intensidad de una devoción que sigue encontrando en la calle uno de sus lenguajes más hondos.
Pero si hubo un punto donde la crónica se hizo historia, fue en la calle San Francisco. Porque la Hermandad de la Humildad, aunque hoy reside en Santa Clara, nació en 1820 en el convento franciscano. Y ese paso anual por San Francisco tiene algo de regreso y de reconocimiento, de memoria devuelta a su lugar de origen. Allí, ante las puertas del templo donde comenzó todo, la hermandad se reencuentra con la raíz espiritual que la fundó. No es un detalle menor ni una simple coincidencia del itinerario. Es la confirmación de que esta corporación sigue bebiendo de la espiritualidad franciscana de la pobreza, la mansedumbre y el desvalimiento de Cristo. Esa herencia late todavía en el nombre mismo de la hermandad, en la actitud del Señor sentado sobre la peña, en la manera de entender la penitencia no como exhibición, sino como despojo.
El paso por San Andrés, Las Torres y luego el regreso por San Sebastián y Menéndez Pelayo fue llevando la cofradía hacia su tramo más íntimo. A las doce de la noche cuando empieza a aflorar en el cuerpo de los hermanos y en el gesto de los costaleros, la estación de penitencia gana en verdad.
Ya no queda el brillo de la novedad, sino la persistencia del esfuerzo. Ya no manda la emoción primera, sino la fidelidad. Y ahí la Humildad vuelve a encontrar su mejor lenguaje. La Banda de Música Villa de Marchena sostuvo el último trayecto con marchas de hondo calado clásico, mientras el palio parecía despedirse lentamente de cada esquina, de cada balcón, de cada vecino aún en pie.
La entrada de la Virgen de los Dolores a las doce cincuenta de la noche devolvió a su mas preciada joya a Santa Clara y a la hermandad que hoy custodia su memoria. La virgen reviró con Madrugá y entró tras una sonada saeta de Roberto Narvaez.
Y ese gesto final tiene en Marchena un valor que va más allá de lo devocional. Porque la Hermandad de la Humildad no solo ocupa este antiguo convento de clarisas: sino que guarda lo que queda de su memoria. Tras la salida de las monjas en 1974 y la dolorosa demolición de buena parte del recinto en 1975, fue la hermandad la que preservó la iglesia, último resto visible de aquella gran fundación impulsada en 1498 por Juana y Elvira González de Lucenilla y Benjumea.
Desde entonces, cada Miércoles Santo es también una forma de restauración simbólica. Cada salida vuelve a poblar de sentido un edificio herido por la historia. Cada estación de penitencia recompone, al menos por unas horas, la unidad perdida de ese viejo conjunto conventual.
De ahí que la crónica de este Miércoles Santo no pueda quedarse solo en la emoción del momento ni en la belleza del cortejo. La Humildad ha vuelto a mostrar en 2026 que sigue siendo una de las hermandades más densas de significado de la Semana Santa de Marchena.
Lo actual estaba ahí: la nueva junta de gobierno, los estrenos, el vigor numérico del cortejo, la música nueva abriéndose paso en la noche. Pero también lo eterno: la huella de las clarisas, la raíz franciscana, la persistencia del viejo convento, la mirada serena del Señor, el dolor contenido de la Virgen, la convicción de que la fe puede seguir hablándole al presente desde la lentitud, desde la mansedumbre y desde el silencio.
Marchena volvió a verlo este Miércoles Santo. Bajo el dintel de Santa Clara no salió solo una cofradía. Salió una memoria entera. Salió un modo de estar en el mundo. Salió, una vez más, la vieja lección de la Humildad.
























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