La noche del Jueves Santo dejó en Marchena una de esas estampas que nacen de la necesidad y acaban entrando en la memoria. La Hermandad de la Santa Vera Cruz salió a las diez en punto desde su capilla de San Francisco en una estación de penitencia marcada por la modificación obligada de su itinerario a causa de las obras. Por primera vez en mucho tiempo, y según se repetía entre los presentes, la cofradía tomaba la calle San Francisco en sentido hacia los Cantillos, ofreciendo una imagen inédita en la historia reciente de la Semana Santa marchenera.
Había expectación desde mucho antes de que se abrieran las puertas. El pueblo se agolpaba en torno a la antigua muralla, al torreón y al viejo barrio franciscano con la conciencia de estar ante algo singular. Era también el estreno de una nueva manera de verla, de un nuevo diálogo entre la cofradía y las calles. La piedra antigua, la noche tibia y el silencio de la espera compusieron el marco exacto para una hermandad que sigue conservando un aire añejo, casi intacto, como si aún caminara entre ecos de otros siglos.
La cruz de guía salió con el lema “Toma tu cruz y sígueme”, abriendo un cortejo de unos 300 nazarenos, 70 monaguillos y 96 costaleros repartidos entre los dos pasos, según los datos aportados por la propia hermandad. Casi quinientas personas daban forma a una noche teñida de verde, de recogimiento y de historia. Porque la Vera Cruz no es una cofradía más en Marchena: es una de las raíces visibles de la religiosidad popular del pueblo, una hermandad de marcado acento franciscano que sigue haciendo estación de penitencia con un lenguaje propio, reconocible en sus insignias, en sus silencios y en su manera de pisar la calle.
Uno de los estrenos más reseñables de este año fue la nueva seña de la hermandad, bordada por José Librero Fernández y enriquecida con trabajos de orfebrería de Manuel Casiano Fernández, concebida a partir del diseño del antiguo estandarte corporativo. La nueva pieza se sumó a un cortejo donde cada detalle parecía obedecer a una misma voluntad de continuidad estética y fidelidad a la identidad histórica de la corporación.
La salida del Señor de la Santa Vera Cruz volvió a imponer ese clima de intimidad que convierte la puerta de San Francisco en un umbral distinto. La capilla quedó en penumbra, iluminada apenas por la cera, mientras el crucificado avanzaba lentamente hacia la calle entre rezos, órdenes cortas y la tensión precisa de la maniobra. Sonó Requiem, la marcha de Bienvenido Puelles que cumple cuarenta años, y el momento volvió a adquirir ese carácter de rito que ya forma parte del patrimonio inmaterial de la Semana Santa marchenera. No fue sólo una interpretación musical: fue una forma de reconocer el instante, de devolverlo a la memoria de tantas madrugadas vividas ante esa misma puerta.
El paso del Cristo, mandado por Jesús Díaz y Jesús Clavijo, dejó una salida sobria y emocionante, con los característicos lirios morados y ese conjunto de elementos que hacen de la Vera Cruz una cofradía singular en Marchena: la piña procesional, los grandes faroles de guardabrisa sostenidos por ángeles, la pequeña dolorosa del frontal del paso, y ese rezo constante bajo las trabajaderas que convierte cada chicotá en una forma de oración. Los costaleros no sólo andan: rezan. Y ese matiz, invisible para quien no lo sabe, explica buena parte de la personalidad de esta hermandad.
La nueva dirección del recorrido regaló enseguida una de las imágenes más poderosas de la noche. Ver al crucificado avanzar por San Francisco, con el torreón de la Puerta de Morón al fondo y la vieja muralla prestando su sombra de piedra, produjo una sensación de tiempo suspendido. Marchena parecía contemplarse a sí misma en uno de sus espejos más exactos. La cofradía y el urbanismo histórico se fundieron en una estampa de sabor romántico, casi decimonónico, que recordó hasta qué punto esta Semana Santa conserva todavía una escenografía propia.
Tras el Señor llegó la Esperanza Coronada, revestida con toda la solemnidad de las grandes noches. Salió con la candelería encendida, y el palio de plata haciendo sonar ese timbre metálico tan suyo, tan reconocible en la noche marchenera. Fue una salida luminosa, dedicada en su primera levantá a los cristianos perseguidos y a la paz en el mundo, y después a una hermana de la corporación cuya vida ha estado volcada en engrandecer la hermandad. Ahí estuvo, una vez más, la verdad íntima de las cofradías: salen a la calle por la fe, por la memoria y por las personas concretas que las sostienen año tras año.
La Virgen avanzó arropada por un numeroso tramo de insignias y niños, con el cirio y la espada del voto concepcionista entre los elementos más llamativos del cortejo. Iba perfectamente ataviada, con el pecherín enriquecido de joyas, el fajín de capitana donado por Pedro Merry Gordon y otros detalles que subrayaban su carácter regio. La acompañaba musicalmente la banda de Albaida del Aljarafe, mientras la calle respondía con emoción contenida y respeto. La Esperanza no sólo pasó: fue esperada. En los rostros de quienes la contemplaban se adivinaba esa mezcla de fervor y consuelo que sólo las grandes devociones saben despertar.
La noche dejó además una lección de convivencia y de madurez cofrade. En uno de los puntos más delicados del recorrido, junto a terrazas y locales, el paso del Señor fue recibido con silencio y respeto. Es un detalle que no conviene pasar por alto. La Semana Santa también se mide en eso: en la capacidad de un pueblo para entender lo que ocurre delante de sus ojos y guardar el sitio que merece cada momento.
La Hermandad de la Vera Cruz vivió así una salida distinta, pero profundamente fiel a sí misma. Cambió el itinerario, no el alma. Al contrario: el cambio reveló nuevas posibilidades, nuevas estampas, nuevos vecinos asomados a la puerta de sus casas para ver pasar una cofradía que quizá nunca había discurrido por allí. Lo que en principio podía parecer un contratiempo acabó convirtiéndose en uno de los grandes hallazgos visuales y emocionales de este Jueves Santo de 2026.
Marchena vio salir a su Vera Cruz por un camino inesperado y comprendió, una vez más, que las hermandades son organismos vivos, pero enraizados. Pueden cambiar de calle sin perder el pulso de los siglos. Y cuando eso ocurre, cuando la historia se deja sorprender por una curva distinta, nace una de esas noches que luego se recuerdan durante años. Esta fue una de ellas.




























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