Historia
Escritores, toreros y poetas en las cortes renacentistas de Sevilla y Marchena
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1 año agoon
En la primavera de 1530, las plazas de armas como la Plaza Ducal, entonces llamada la Plaza Nuevas no eran solo campos de entrenamiento, sino escenarios donde se exhibía el valor de la nobleza en justas y torneos. Entre los más celebrados se encontraba Pedro Ponce de León, hermano del Duque de Arcos cuya destreza con la lanza al enfrentarse a toros bravos le granjeó fama y admiración.
Tal fue el impacto de sus gestas, que el mejor poeta renacentista andaluz Juan Quirós le dedicó un poema laudatorio, ejemplo temprano de la fusión entre la épica caballeresca y el humanismo culto. Este texto, conservado gracias a la labor recopiladora del erudito Benito Arias Montano, constituye una de las piezas más singulares de la literatura encomiástica andaluza del siglo XVI.
En la cultura del Renacimiento, un poema de estas características no era un acto trivial. Se trataba de una forma clásica y reconocida de buscar o agradecer el patronazgo, una manera de insertarse en la red clientelar de una casa nobiliaria demostrando el propio talento.

Quirós fue el maestro de poesía de Arias Montano, una de las figuras cumbre del humanismo español, futuro capellán de Felipe II y director de la monumental Biblia Políglota de Amberes. Fue Quirós quien «le aficionó a la poesía divina inspirada en la Biblia, especialmente en los Salmos» y quien le enseñó los fundamentos de la versificación latina.
La orientación poética e ideológica de Juan de Quirós se inscribe plenamente en las corrientes más avanzadas del humanismo cristiano de su tiempo. Su obra y su magisterio se alinean con la devotio moderna, un movimiento de renovación espiritual que abogaba por una religiosidad más interior y afectiva, y que gozaba de favor en los círculos cercanos al emperador Carlos V.
Pedro Ponce de León, el primero y más famoso alanceando toros a caballo en 1530
La trayectoria de Juan de Quirós comienza en el corazón de los dominios de la Casa de Arcos. Nacido hacia 1487 en la villa de Rota (Cádiz), Quirós era, por origen, un vasallo de los Ponce de León. Rota no era una posesión menor; junto con otras villas costeras, formaba parte del núcleo estratégico y económico del estado ducal, y su imponente Castillo de Luna servía como una de las residencias de la familia.
En este contexto, el mecenazgo cultural trascendía el mero gusto estético para convertirse en una calculada estrategia de poder. La Casa de Arcos se encontraba en una constante competencia por la preeminencia con otras grandes casas nobiliarias andaluzas, muy especialmente con la Casa de Medina Sidonia. Cada encargo artístico, cada fundación religiosa y cada humanista contratado era una inversión en prestigio dinástico y una afirmación de su estatus.
El duque Luis Cristóbal, un profundo admirador de la corte de Felipe II, buscaba explícitamente replicar el esplendor artístico de Madrid y Sevilla en sus propios dominios de Marchena. Por lo tanto, su corte no era solo un centro de poder político, sino un «estado en miniatura» con una política cultural propia, diseñada para proyectar una imagen de sofisticación y poder que consolidara su posición en la jerarquía nobiliaria del reino.
EL TORERO MAS FAMOSO DEL SIGLO XVI: Pedro Ponce de Leon
Pedro Ponce de León, hermano del primer duque de Arcos Luis Cristóbal Ponce de León, fue una de las figuras más notables del siglo XVI sevillano tanto por su linaje como por su extraordinaria destreza como matador de toros. Nacido en Sevilla, donde moriría hacia 1559, su habilidad en la lidia trascendía el mero espectáculo: encarnaba un ideal humanista de templanza, dominio de las pasiones y elegancia serena, opuesto al modelo medieval de fuerza bruta.
El interés por la poesía de Don Pedro explica la educación humanista y las relación de los poemas castellanos y latinos con sus hijos. Luis, fue amigo del divino Herrera, y Gonzalo, lo fue del cardenal César Baronio, de Pedro Vélez de Guevara y del impresor Plantino. Los padres del torero eran Luis Ponce de León, señor de Villagracia, tio del Marquez de Cádiz y: Doña Inés Ponce de León de la misma casa.
Su hijo Luis se casó con Leonor Alvarez de Toledo, y tuvieron un hijo llamado Pedro Ponce, que se casó con Leonor de Portocarrero y su hijo Gonzalo fue arcediano de la Talavera de la Reina, Toledo.

Testamento de Pedro Ponce de León que puede leerse aqui.
Ponce de León no solo fue admirado por su arte, sino también por su actitud: toreaba con una mezcla de modestia, precisión y galantería. Según Luis Zapata de Chaves, era considerado el mejor matador de toros de su siglo, y su fama eclipsó incluso su origen noble, siendo más conocido como “el toreador”. Toreó ante la emperatriz en Ávila en 1531, frente al príncipe Felipe en Medina del Campo, y en presencia del emperador Carlos V entre 1535 y 1539. Ya de vuelta en Sevilla, toreaba en la plaza situada ante su casa familiar en la actual plaza de la Encarnación, que formaba parte del antiguo barrio de los Ponce de León, extendido hasta la plaza de Santa Catalina, que hoy lleva su nombre.
Gracias a documentos preservados en el Archivo Histórico Nacional, en la sección de Nobleza (signatura Osuna, leg. 1700, D.2), conocemos detalles inéditos sobre su legado. En 1551, Pedro Ponce de León y su esposa Catalina de Rivera fundaron un mayorazgo —una institución jurídica que aseguraba la transmisión indivisible de bienes a su hijo Luis. Documnto firmado Sevilla, donde tenían casas principales en la collación de San Pedro, y donde, según el acta notarial, controlaban pasos de agua y propiedades estratégicas.
El mayorazgo se componía de doce casas grandes y pequeñas, además de dos molinos de pan moler, tierras, donadíos (grandes fincas rústicas), derechos sobre tabonerías en Triana, y fincas en las villas de Mairena, Marchena y Carmona. En Marchena lega a us hijo Luis la huerta de Atoche, Gamarra y Torrijos.
En las cláusulas del testamento, Pedro Ponce de León establecía cuidadosamente la sucesión: en primer lugar, su hijo primogénito Luis; luego su hermano Gonzalo Martel, hasta llegar a María Ponce de León, casada con Antonio Vigil de Quiñones, Conde de Luna y de Mayorga, de la Casa de Benavente.

Así toreaba Pedro Ponce de León
Según la crónica ed sus contemporáneos: Pedro Ponce salía solo a la plaza, montado a caballo, con unas gafas especiales y un criado negro que le portaba la lanza. Vestido con desenfado y la capa suelta, fingía desinterés, como si no viniera a torear, mientras todos los ojos lo seguían. Pasaba delante de las ventanas donde se asomaban su esposa, doña Catalina de Ribera, y otras damas nobles. Entonces se dirigía con calma hacia el toro, alzaba la capa, recibía la lanza de manos del criado y, si el toro no embestía, la devolvía de inmediato sin perder la compostura. Si el toro atacaba, él esperaba sin moverse, le colocaba la lanza en el cuello con tal precisión que le atravesaba el cuerpo y lo dejaba muerto en el acto. Luego retomaba su paseo por la arena, como si no hubiera hecho nada extraordinario. Solo fallaba cuando su padre, el Duque, lo observaba desde el tendido.
Este estilo, marcado por la mesura, la elegancia y el control absoluto, influenció profundamente la evolución de la tauromaquia en Sevilla, que apostó más por la compostura estoica del torero frente al ímpetu del animal, en contraste con otras regiones donde se valoraban más los gestos de bravura o los juegos con el toro.
Su actividad se enmarca en una tradición que tuvo como antecedentes a reyes como Fernando el Católico, y que continuó con figuras como Don Juan de Austria o Felipe IV, todos ellos aficionados a alancear toros en celebraciones cortesanas. El toreo caballeresco, que combinaba entrenamiento ecuestre con exhibición pública, sería desplazado en el siglo XVIII por el toreo a pie, más popular y profesionalizado.
Cómo la plaza Ponce de León se convirtió en las setas de la Encarnación
Pedro Ponce también introdujo técnicas que siguen vivas en el rejoneo moderno, como el quiebro de frente y el uso de un paño para impedir al caballo ver la embestida. Su legado artístico y técnico en la tauromaquia lo convirtió en figura referencial de una lidia más racional, simbólica y estética, valorada incluso por los humanistas de su tiempo. Montano, aunque clérigo, consideró sus hazañas dignas de un poema heroico, entendiendo la lidia como una alegoría del dominio moral sobre la violencia y la pasión.
Arias Montano, el sabio de Fregenal, y su maestro de poesía en Sevilla
El humanista extremeño Benito Arias Montano (1527–1598), figura clave del Siglo de Oro español, reconoció siempre a Juan de Quirós como el gran maestro que marcó su formación poética y moral en Sevilla. En su tratado Rhetorica, escrito hacia 1560, Montano describe a Quirós como “el poeta más ilustre de toda la Bética”, destacando su refinamiento literario, su castidad sacerdotal y su profunda integridad.
Juan de Quirós, natural de Rota y miembro del cabildo del Sagrario de la Catedral de Sevilla, formó parte de un círculo humanista vinculado al Duque de Arcos y ejerció como guía espiritual e intelectual del joven Arias Montano. Según el propio Montano, Quirós no solo le enseñó los fundamentos de la poesía latina, sino que también ocupó en su vida el lugar de un padre.
Entre los textos conservados gracias a Arias Montano se encuentran varios poemas heroicos de Quirós, como el dedicado al regreso triunfal de Pedro de la Gasca tras sofocar la rebelión de Gonzalo Pizarro en Perú, y otro en honor a Pedro Ponce de León, el torero.
La relación entre Montano y Quirós simboliza el traspaso de saberes entre dos generaciones de humanistas andaluces. Mientras Montano se convertiría en editor de la Biblia Políglota de Amberes por encargo de Felipe II, Quirós dejó una huella indeleble en la cultura sevillana de su tiempo, no solo por sus versos, sino por su ejemplo de vida austera y entregada al saber.
«El Mirador de la Duquesa» recuerda el esplendor humanista de Luis Cristóbal Ponce de León
LUIS CRISTOBAL PONCE DE LEON MECENAS RENACENTISTA
Durante el siglo XVI, la Casa de Arcos se consolidó como uno de los señoríos más potentes de la Monarquía Hispánica, ejerciendo un poder político, jurisdiccional y económico de primer orden en el Reino de Sevilla.
La relación de los Duques de Arcos con la monarquía de los Habsburgo fue una simbiosis de servicio y prestigio. Figuras como Luis Cristóbal Ponce de León (II Duque de Arcos) no solo desempeñaron roles militares cruciales, como la dirección de las tropas que sofocaron la sublevación de los moriscos en la Serranía de Ronda, sino que también ejercieron como diplomáticos en Flandes y Francia. Su estatus en la corte era de máxima confianza, como lo atestigua un grabado de la época en el que aparece sujetando las vestiduras del rey Felipe II, en el entierro ed su padre, Carlos V en Bruselas, una posición de honor reservada a los más íntimos.
La corte de Marchena no solo atrajo a los mejores talentos de la península, sino que también demostró una marcada vocación internacional. Esta apertura se manifestó en la importación de tecnología y arte foráneos. Un ejemplo notable es la instalación de un molino de viento holandés en 1550, traído en barco desde Holanda por un flamenco llamado Pedro Jausel, lo que convirtió a Marchena en una de las pocas localidades de la época con tal innovación.
Ya su antecesor, Rodrigo Ponce de León (I Duque de Arcos), había sido el encargado de recibir a la emperatriz Isabel de Portugal en Sevilla con motivo de su boda con Carlos V en 1526. Esta proximidad a la Corona les confería un inmenso poder, pero también les imponía la obligación de mantener una imagen de magnificencia y esplendor.
La Biblia protestante que tradujeron dos frailes católicos huídos de Sevilla
El ámbito musical es quizás el ejemplo más elocuente del prestigio de la corte marchenera. Entre 1548 y 1553, el duque de Arcos tuvo a su servicio a Cristóbal de Morales, uno de los compositores más importantes de la polifonía renacentista española. El hecho de que Morales, tras haber alcanzado la gloria en las capillas musicales de Roma y Toledo, decidiera servir en Marchena, sitúa a la capilla ducal en el circuito de la élite musical europea.
Miguel Nardino en la Corte de Marchena: Un poeta Dálmata en Andalucía
Lejos de ser un erudito aislado, Nardino participaba activamente en el intercambio de ideas y textos que definía la vida intelectual de la región, y Juan de Quirós era su principal enlace con el círculo humanista de Sevilla
La llegada de Miguel Nardino de Sebenica, ciudad incluída en el ámbito del poder veneciano, a Andalucía en la década de 1520 marca un momento singular en la historia cultural de la región. Identificado como un «humanista dálmata formado en Italia», Nardino entró al servicio directo del I Duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, estableciéndose en la corte de Marchena. Su presencia allí no puede entenderse como un hecho aislado o meramente decorativo. En el competitivo mundo de las cortes renacentistas, donde el prestigio se medía tanto por el poder militar como por la sofisticación cultural, la contratación de un humanista de renombre internacional era una declaración de intenciones.
El modelo del cortesano ideal, popularizado por la obra de Baltasar de Castiglione, exigía a la nobleza un dominio de las armas y de las letras. Al acoger a Nardino, el Duque de Arcos no solo se aseguraba los servicios de un preceptor y un poeta cortesano capaz de celebrar las glorias de su linaje en un pulido latín, sino que importaba directamente a su corte el capital simbólico del humanismo italiano.
La corte renacentista de los Ponce de León: un foco de humanismo en Marchena, Arcos y Rota
Su contratación fue un acto de mecenazgo competitivo, una demostración de que la Casa de Arcos podía atraer talento directamente de la órbita veneciana, uno de los epicentros culturales más importantes de Europa.
La actividad de Miguel Nardino no quedó confinada a los muros del palacio ducal de Marchena. La evidencia documental demuestra que su reputación trascendió los límites del señorío y se integró en la vibrante red de humanistas de la Baja Andalucía. La prueba más contundente de esta conexión es un epigrama que le dedicó el sevillano Pedro Núñez Delgado (c. 1478-1535), una figura destacada del humanismo local que fue poeta, editor y catedrático.
Luis Cristóbal Ponce de León, Marchena y su papel como embajador en Francia y protector de Flandes
La influencia del círculo humanista de la Casa de Arcos no se limitó a los cenáculos andaluces ni se extinguió con la muerte de sus protagonistas. Fue transportada al corazón de la Europa erudita por su discípulo más aventajado, Benito Arias Montano. Cuando Felipe II le encomendó la dirección de la Biblia Políglota de Amberes, Arias Montano llevó consigo no solo su vasta erudición, sino también los principios poéticos y filológicos que había aprendido en Sevilla de su maestro, Juan de Quirós. Su trabajo en Amberes, en el taller del impresor Cristóbal Plantino, y su extensa red de correspondencia con los principales humanistas del continente, sirvieron para diseminar y amplificar las ideas que habían germinado décadas antes en el entorno de la corte de Marchena.
Los Hermanos Geraldini: Poetas y Cortesanos en Marchena
La corte de Marchena también fue lugar de paso para otros humanistas de renombre internacional: los hermanos Alessandro y Antonio Geraldini. Naturales de Amelia (Italia), estos poetas, diplomáticos y eclesiásticos estuvieron al servicio de los Reyes Católicos y mantuvieron una estrecha relación con las grandes casas nobiliarias andaluzas, incluida la de Arcos. Su dominio de la poesía latina y su experiencia en las cortes europeas aportaron un lustre adicional al círculo cultural de los duques, reforzando la conexión andaluza con el humanismo italiano.
Investigación: Antonio Geraldini. La muerte de un poeta renacentista en la Marchena de 1499
El mecenazgo de los Duques de Arcos fue el catalizador que permitió la creación de un microcosmos humanista de gran calado en la Andalucía del siglo XVI. La confluencia del poder señorial, la llegada de eruditos extranjeros como Miguel Nardino y los hermanos Geraldini, y el talento de figuras locales como Juan de Quirós, generó una sinergia única. Esta red intelectual, que conectaba los señoríos de Rota y Marchena con el vibrante ambiente de Sevilla, no solo fue crucial para la asimilación de las corrientes renacentistas europeas, sino que también sembró la semilla de la que brotarían algunas de las figuras más importantes del humanismo español.
Para SABER MAS
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Rodríguez Moñino, Miscelánea: silva de casos curiosos, 1930.
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Montano, Rhetorica (libros 3 y 4).
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Luis Zapata de Chaves, Silva de varia lección.
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Argote de Molina, Discurso sobre la montería.
-
L. de Bañuelos, Libro de la jineta, 1605.
-
Archivo Histórico de Sevilla, documentos sobre el barrio Ponce de León.
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Historia
Marchena vista por los viajeros: del embajador marroquí que encontró huellas de Al-Ándalus a Somerset Maugham
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10 horas agoon
11 septiembre, 2026
Mucho antes de que existieran las guías turísticas, Marchena ya era lugar de paso de embajadores, científicos, escritores, artistas y aventureros. Un marroquí encontró aquí en 1690 vecinos que decían descender de los musulmanes de España;
Richard Ford se fijó en las mujeres tapadas; el alemán Carl Justi durmió entre campesinos y quedó sorprendido por las casas de patio, y Somerset Maugham llegó a caballo después de perderse por la Campiña y contempló una ciudad blanca todavía rodeada de murallas. Sus relatos permiten mirar Marchena con los ojos de quienes llegaron desde fuera hace siglos.
El antiguo Camino Real y posteriormente las carreteras y el ferrocarril hicieron que viajeros procedentes de media Europa atravesaran una población que, para muchos de ellos, tenía algo que llamaba inmediatamente la atención: sus murallas, sus iglesias, sus casas organizadas alrededor de patios y una forma de vivir que consideraban distinta de la que habían dejado atrás.
El testimonio más sorprendente encontrado hasta ahora no procede, sin embargo, del Romanticismo del XIX sino de finales del XVII.
Un embajador marroquí llega a Marchena en 1690
Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Ghassani llegó a España en 1690 como embajador del sultán marroquí Muley Ismail ante Carlos II. Su misión tenía carácter diplomático, pero durante el recorrido fue escribiendo sus impresiones sobre las ciudades, paisajes y habitantes que encontraba. Tras pasar por Cádiz, Jerez y Utrera, llegó a Marchena.
El texto original, posteriormente traducido al francés por Henri Sauvaire en Voyage en Espagne d’un ambassadeur marocain (1690-1691), constituye una de las descripciones extranjeras más antiguas que conocemos de la localidad. Al-Ghassani añade un detalle extraordinario: afirma que algunos vecinos aseguraban proceder de los antiguos musulmanes de España.
La observación resulta especialmente interesante porque habían pasado más de dos siglos desde la conquista cristiana de la villa y ochenta años desde la expulsión general de los moriscos. Demuestra, sin embargo, que en la Marchena de 1690 existía todavía una memoria oral de ese origen, hasta el punto de que un embajador musulmán extranjero la recogió durante su paso por la localidad.
Al abandonar Marchena camino de Écija, al-Ghassani describe además un paisaje que cualquier marchenero reconocería todavía hoy. Habla de una enorme extensión de huertas y terrenos cultivados donde dominaba el olivo. Según su relato, durante unas ocho millas después de salir de Marchena el viajero encontraba olivares prácticamente de manera continua. Dentro de cada explotación existía una construcción destinada a guardar la aceituna y a alojar a quienes trabajaban en ella.

José Celestino Mutis pasó por Marchena en 1760
Décadas más tarde, en agosto de 1760, pasó por Marchena José Celestino Mutis, médico y naturalista gaditano que posteriormente alcanzaría fama internacional por dirigir la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.
Según su propio Diario de Observaciones, viajaba hacia Cádiz antes de embarcar hacia América y aprovechó su estancia en Marchena para visitar a su hermano Francisco Mutis, entonces vinculado al convento jesuita situado en la actual calle Compañía.
Marchena aparece así no sólo como lugar atravesado por viajeros, sino como pequeña escala dentro de uno de los viajes científicos más importantes de la Ilustración española.

Richard Ford encontró en Marchena a las mujeres “tapadas”
En el siglo XIX el viaje a Andalucía se convirtió casi en una obsesión para numerosos escritores y artistas europeos. Uno de los viajeros más importantes fue el inglés Richard Ford, que recorrió Andalucía a comienzos de la década de 1830 y publicó en 1845 su célebre A Hand-Book for Travellers in Spain.
Ford dejó una observación especialmente interesante sobre Marchena.
Se fijó en la manera en que algunas mujeres se cubrían utilizando la mantilla de modo que apenas dejaban visible parte del rostro. El investigador Gregorio Garrido García, al estudiar la tradición de las mujeres “tapadas” o “cobijadas”, recoge precisamente que Ford había contemplado en Marchena y Tarifa mujeres que se cubrían dejando prácticamente sólo un ojo visible.

Para el viajero inglés aquello constituía una reminiscencia oriental y musulmana.
Esa interpretación debe manejarse con prudencia, porque cubrirse con manto y saya formó parte también de tradiciones femeninas presentes en diferentes zonas de la España cristiana. Pero el dato esencial permanece: en la primera mitad del siglo XIX la manera de vestir de algunas mujeres de Marchena era suficientemente singular como para llamar la atención de uno de los viajeros británicos más importantes de su tiempo.

Podemos imaginar aquellas calles todavía sin electricidad, atravesadas por caballerías y carros, y a las mujeres marcheneras caminando envueltas en mantos oscuros mientras un extranjero las observaba y tomaba notas para los lectores londinenses.
Cuando viajar a Marchena era una aventura
Llegar hasta aquí no resultaba sencillo.
Durante buena parte del XIX coexistieron caminos de herradura, aptos fundamentalmente para mulos y caballerías, con los denominados caminos de rueda por los que podían circular carruajes y diligencias. Desde Sevilla salían galeras hacia distintos puntos de la provincia, entre ellos Arahal y Marchena. El texto previo de Marchena Secreta recuerda incluso que los billetes para la galera de Marchena se adquirían en la Posada del Príncipe de Sevilla.
Las quejas sobre el estado de las comunicaciones eran constantes. Viajeros extranjeros describían carreteras deterioradas, averías en las monturas y el temor permanente al bandolerismo. Josephine de Brinckmann llegó a escribir en 1850 que, si fuera reina de España, castigaría severamente a los responsables de unas carreteras que consideraba abandonadas.
Parte de aquella red comenzó después a modernizarse. En 1852 ya se documentaban trabajos preparatorios de la carretera que debía comunicar Sevilla con Málaga y Granada y la instalación de dependencias para los presidiarios empleados en las obras en Osuna, Arahal, Paradas y Marchena.

El tren cambió la forma de llegar a Marchena
La auténtica revolución llegó con el ferrocarril.
La documentación del Archivo Histórico Ferroviario permite precisar una fecha que a menudo aparece erróneamente adelantada: la estación de Marchena abrió al tráfico el 8 de octubre de 1868, al ponerse en servicio el tramo entre el Empalme de Morón y Marchena. Los proyectos del edificio de viajeros, depósito de locomotoras y muelle de mercancías se conservan fechados entre 1865 y 1866.
La llegada del tren transformó radicalmente la relación de Marchena con el exterior.
Una población a la que durante siglos se había llegado después de largas jornadas en carruaje o a caballo podía ahora recibir viajeros europeos con una rapidez impensable pocas décadas antes. Y uno de ellos fue Carl Justi.

Carl Justi durmió entre campesinos en la Marchena de 1873
Justi no era un turista cualquiera. Se convertiría en uno de los grandes historiadores alemanes del arte español y en un reconocido especialista en Velázquez. Durante su viaje de 1872-1873 atravesó Marchena y posteriormente recogió sus impresiones en sus Spanische Reisebriefe. Su relato nos introduce directamente dentro de una casa marchenera.
Justi explica que en Marchena tuvo que conformarse con alojarse en una pensión entre gente del campo. Lo que encontró allí le llamó poderosamente la atención.
Las habitaciones estaban distribuidas alrededor de un pequeño patio y recibían luz y aire a través de ese espacio interior. En las plantas superiores aparecían galerías, abiertas o acristaladas, mientras que las ventanas hacia el exterior eran escasas. Al alemán aquella arquitectura le parecía simultáneamente árabe, romana y pompeyana.
Comprendió perfectamente su utilidad frente a los veranos andaluces, aunque descubrió también su inconveniente en enero: las habitaciones inferiores podían resultar húmedas y poco ventiladas.
En ese mismo texto dejó un curioso dato sobre las temperaturas. Le aseguraron que el verano anterior se habían registrado en Marchena temperaturas extremas, mientras que cuando él estuvo aquí, el 12 de enero, había helado por la mañana. Aquel mismo día, sin embargo, pudo disfrutar del sol de la tarde en la plaza bajo los naranjos.
Justi regresó posteriormente por Marchena y dejó una de las escenas más humanas de cuantos viajeros pasaron por la localidad.
Le sorprendía que, en las pequeñas poblaciones españolas, el propietario de la posada o algún miembro de la familia permaneciera delante del viajero mientras comía. Cuando el hombre que lo atendía en Marchena tuvo que ausentarse, envió a su hija de once años para que continuara acompañando al extranjero.
La niña lo observaba tan atentamente que Justi terminó preguntándole si lo miraba porque era muy feo. La pequeña rompió a reír.

British novelist and playwright W Somerset Maugham (1874 – 1965) relaxes on a sofa. Original Publication: People Disc – HH0153 (Photo by Evening Standard/Getty Images)
Somerset Maugham llegó buscando emociones y acabó perdido
Probablemente el relato literario más completo sobre la llegada a Marchena sea el de William Somerset Maugham, que años después se convertiría en uno de los grandes escritores británicos del siglo XX.
Sus impresiones andaluzas aparecieron originalmente en 1905 bajo el título The Land of the Blessed Virgin: Sketches and Impressions in Andalusia.
Maugham recorría Andalucía a caballo precisamente porque deseaba conocerla lentamente. En Écija preguntó cómo podía llegar hasta Marchena. Un vecino no terminaba de entender por qué aquel extranjero quería dar semejante rodeo cuando podía utilizar el tren.
Maugham respondió sencillamente que viajaba por placer, “en busca de emoción”.
La respuesta provocó la carcajada de su interlocutor.
La emoción apareció pronto.
El escritor se equivocó de camino y creyó que una población que veía en la distancia era Marchena. Cuando preguntó, descubrió que había llegado a Fuentes y que todavía tenía que continuar.
Cabalgó durante horas contra un viento violento atravesando una extensión inmensa de campos verdes. Hambriento y cansado, divisó finalmente una torre que sobresalía en el horizonte.
Poco después apareció Marchena.
La visión debió impresionarle: una población situada sobre una elevación, rodeada todavía por sus murallas, mientras el sol caía detrás del casco urbano.
Una Marchena completamente blanca
Maugham dejó después una descripción que tiene algo de fotografía.
Encontró una Marchena completamente blanca, silenciosa y prácticamente vacía por culpa del frío y del fuerte viento. Sólo de vez en cuando aparecía algún hombre envuelto hasta los ojos en su capa o una mujer con un mantón negro sobre la cabeza.
Se fijó también en unas estructuras de mimbre colocadas delante de algunas ventanas para dificultar la visión desde la calle hacia el interior de las casas. Como tantos viajeros románticos, interpretó aquella costumbre como supervivencia musulmana, una conclusión que hoy debe considerarse simplemente como la interpretación del escritor.
Pasó la noche en una habitación pequeña, sin ventanas y con un humilde colchón de paja.
Pero al amanecer todo cambió.
Cuando abandonó Marchena y miró hacia atrás, la encontró encantadora: levantada sobre la cresta verde de una colina, rodeada por sus antiguas fortificaciones y bañada por el sol de la mañana.
Pocas descripciones extranjeras han retratado con tanta sencillez la imagen que debió ofrecer Marchena antes de que buena parte de sus murallas y edificios históricos desaparecieran.
Aventureros a pie, periodistas y fotógrafos
A finales del siglo XIX viajar se había convertido además en una forma de aventura y espectáculo periodístico.
El material reunido por Marchena Secreta documenta cómo algunos jóvenes europeos emprendían recorridos internacionales caminando, financiándose mediante crónicas enviadas a periódicos y revistas. Edwin R. Louden, periodista inglés y fotógrafo aficionado, inició uno de aquellos viajes en la década de 1890 con una cámara Kodak y la intención de recorrer distintos continentes a pie.
En 1896 otros dos viajeros alemanes, citados por la prensa española como Guillermo Danneil y Arturo Fhielheim, recorrieron Andalucía dentro de una vuelta al mundo a pie vinculada a una apuesta.
Su itinerario los llevó desde Málaga y Granada hacia Antequera y después por Los Ojuelos, Marchena, Arahal, Alcalá y Sevilla, antes de dirigirse hacia Lisboa. Según las informaciones recopiladas entonces, recordaron especialmente el barro de los caminos, el bacalao, las legumbres y el gazpacho que encontraban en ventas y caseríos.
Una ciudad escrita por quienes pasaban
Por Marchena pasaron también soldados durante la Guerra de la Independencia, fotógrafos como Ludwik Tarszensky, conocido como Conde de Lipa, científicos, aristócratas y escritores. El material histórico reunido hasta ahora documenta incluso la presencia de Tarszensky y una temprana fotografía de la Virgen de la Soledad realizada en 1861.
Actualidad
Los molinos medievales de Marchena en el Río Corbones ya existían en 1428
PARES conserva documentos de 1428, 1456 y 1490-1496 que permiten reconstruir una red de molinos medievales en Marchena, entre ellos el Molino de Vicos junto al antiguo Guadajoz, hoy Corbones.
Published
15 horas agoon
11 septiembre, 2026
Los documentos medievales conservados en el Archivo Histórico de la Nobleza permiten reconstruir una parte poco conocida del paisaje de Marchena: la existencia de una red de molinos vinculada al río y a las grandes explotaciones agrícolas de la villa.
La referencia más antigua localizada hasta ahora está fechada el 29 de mayo de 1428. Se trata de una escritura de compraventa por la que Diego Ortiz vendió a Antonio Sánchez, serrador, un molino denominado “de Vicos”, situado en el río Guadajoz , hoy Corbones cerca de Marchena. El documento original, conservado en pergamino, tiene la signatura OSUNA,CP.74,D.10.
Ese Guadajoz que aparece en la documentación medieval es el antiguo nombre del actual río Corbones a su paso por Marchena. El dato permite situar el Molino de Vicos dentro del paisaje fluvial histórico de la localidad y demuestra que ya a comienzos del siglo XV existían instalaciones de molienda aprovechando o vinculadas al curso del río.
La documentación continúa pocas décadas después. En 1456 aparece un expediente relativo a “unos molinos y otras pertenencias” de María Jiménez, viuda de Antón Sánchez Ferrador. La pieza, conservada como OSUNA,C.169,D.40, confirma que no estamos ante un caso aislado: a mediados del siglo XV existían varios molinos integrados en patrimonios particulares de vecinos o familias vinculadas a Marchena.
A finales del mismo siglo vuelve a aparecer otro topónimo de enorme interés: Molino Nuevo. Entre 1490 y 1496 se documentan distintas escrituras de compraventa de las llamadas tierras del Molino Nuevo, en término de Marchena, conservadas bajo la signatura OSUNA,C.169,D.79-81.
El historiador Alfonso Franco Silva, que estudió esta documentación, explica que las tierras terminaron en manos de Beatriz Pacheco, viuda de Rodrigo Ponce de León, III conde de Arcos, tras ser adquiridas por 45.000 maravedíes a Fernando de Medina e Isabel González. El dato es especialmente valioso porque el documento permite conocer sus linderos: las tierras estaban relacionadas con las dehesas de Gamarra y Trojique y con el camino de Marchena a Fuentes.
La suma de estas referencias empieza a dibujar una geografía económica de la Marchena bajomedieval. No solo había cultivos y dehesas. Había también molinos, norias, caminos y explotaciones vinculadas al agua y a la transformación de productos agrícolas.
Otros estudios sobre la actividad agraria marchenera al final de la Edad Media señalan además la importancia de los molinos de aceite, algunos con más de una viga, en una economía en la que el olivar tenía un peso creciente. Esto obliga a distinguir entre los molinos hidráulicos relacionados con el río y los molinos aceiteros asociados a las explotaciones agrícolas.
Fuentes: Portal de Archivos Españoles (PARES), Archivo Histórico de la Nobleza, signaturas OSUNA,CP.74,D.10; OSUNA,C.169,D.40; OSUNA,C.169,D.79-81. Estudios de Alfonso Franco Silva sobre Marchena en la Baja Edad Media y de Mercedes Borrero Fernández sobre la actividad agraria marchenera.
Actualidad
Del colegio jesuita al Real Colegio de Santa Isabel
Un plano conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite reconstruir la planta baja del antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena poco después de la expulsión de los jesuitas: aulas, claustro, bodegas, cocina, huerta, caballerizas e incluso una taberna separada del recinto.
Published
20 horas agoon
11 septiembre, 2026
Un plano conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite recorrer, casi habitación por habitación, el antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena pocos años después de la expulsión de los jesuitas. El documento, trazado a tinta y aguada y firmado por fray Antonio Ramírez, no es una simple planta arquitectónica: es una radiografía de cómo funcionaba uno de los grandes complejos religiosos y educativos de la villa en el siglo XVIII.
. El propio registro lo integra en el fondo del Ducado de Arcos, dentro del Archivo de los Duques de Osuna. Ver ficha original en PARES.
Un edificio que aún conservaba la huella de los jesuitas
. La investigación de Manuel Antonio Ramos Suárez sobre el Colegio de la Encarnación identifica este plano con un encargo realizado en 1780, cuando el edificio estaba siendo reorganizado tras la marcha de la Compañía de Jesús.

La imagen muestra una enorme huerta ocupando buena parte del recinto y, junto a ella, la planta del edificio. El acceso se hacía desde la calle Compañía a través de un pórtico o compás. Desde allí se llegaba a la llamada primera escuela, a la iglesia y al patio de las escuelas, desde el que se distribuían la segunda, tercera y cuarta escuela.
Uno de los detalles más llamativos aparece junto a esas dependencias docentes: una taberna con patio interior, con entrada propia desde un callejón de la calle Compañía y sin comunicación con el edificio.

Claustro, rector, cocina, bodegas y caballerizas
El recorrido continúa hacia el interior del colegio. Desde el compás se accedía a la portería y al claustro principal. Alrededor de ese patio se distribuían los aposentos de la comunidad y las dependencias de gobierno. Cerca de la portería estaba el cuarto del procurador; en el lado opuesto se encontraba el aposento del rector, que comunicaba con un jardín de uso propio.

Desde el claustro se pasaba a la sala de profundis y, desde allí, a la cocina y a las oficinas domésticas: refectorio, bodegas de tinajas, una bodeguilla pequeña, bodega de toneles, despensa, cuarto para los mozos de cocina y fregaderos. Más allá se abría la huerta, donde había dependencias para los trabajadores, caballerizas y una puerta de salida al campo. El inventario espacial llega incluso a mencionar un cuarto para recoger pájaros.

Tras la expulsión de los jesuitas de los dominios de Carlos III en 1767, sus bienes fueron reorganizados y reutilizados. El estudio sobre Santa Isabel recoge que en 1769 se fijaron nuevos destinos para muchos edificios de la Compañía y que el Cabildo de Marchena consideró el antiguo colegio adecuado para escuelas de primeras letras, clases de gramática y habitaciones para maestros.
La cronología documentada en esa misma investigación señala un paso decisivo en abril de 1779, cuando una Real Cédula entregó el edificio a las Educandas. En abril de 1780 se aprobaron las Constituciones del Real Colegio de Santa Isabel y al mes siguiente el templo pasó a funcionar como oratorio público.

El origen del colegio se remonta al siglo XVI entre 1556 y 1588 por el II duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León, y a María de Toledo.
Fuente documental exacta
Archivo Histórico de la Nobleza, fondo Ducado de Osuna, sección Señorío de Marchena. Signatura OSUNA,CP.18,D.2. Título: Plano del colegio, iglesia y huerta de los ex-jesuitas de Marchena (Sevilla) para su futura reforma. Autor: fray Antonio Ramírez. Tinta y aguada a color. Escala en varas castellanas. Digitalizado en PARES.
Para ampliar: PARES; Manuel Antonio Ramos Suárez, El Colegio de la Encarnación de Marchena; Turismo de la Provincia de Sevilla; Junta de Andalucía, delimitación del Conjunto Histórico de Marchena.
Actualidad
Antonio Baena, el panadero de Marchena que murió a bordo del navío Matamoros en el siglo XVIII
Un expediente de 1767 conservado en el Archivo General de Indias rescata la historia de Antonio Baena, natural de Marchena y panadero del navío San Francisco de Paula, alias Matamoros, que murió a bordo dejando esposa y dos hijos.
Published
2 días agoon
10 septiembre, 2026
Hay vidas que no entraron en los grandes libros de historia, pero quedaron atrapadas en un expediente. No fueron almirantes, virreyes ni comerciantes enriquecidos con el tráfico de Indias. Fueron hombres que trabajaron en las entrañas de los barcos, cruzaron océanos y, a veces, murieron lejos de casa. Uno de ellos se llamaba Antonio Baena. Era natural de Marchena y ejercía como panadero del navío San Francisco de Paula, conocido también por el inquietante alias de Matamoros.
Once hojas para devolver un nombre a la historia
La ficha de PARES es precisa. El documento lleva por título Bienes de difuntos: Antonio Baena, tiene la signatura CONTRATACION,5655,N.5 y pertenece al fondo de la Casa de la Contratación de las Indias. Son once hojas en tamaño folio y el expediente está digitalizado completamente.
En apenas unas líneas aparece reconstruida una familia. Antonio Baena era hijo de Sebastián Baena y de Isabel Tristana. Estaba casado con Ana Tristana. Tras su muerte quedaron como herederos su esposa y sus dos hijos, Juan Diego y María Gertrudis. El documento lo identifica expresamente como natural de Marchena y como panadero del navío San Francisco de Paula, alias Matamoros, y añade una frase escueta que abre toda la historia: “difunto a bordo”.
El hombre que hacía el pan en un navío de la Carrera de Indias
Antonio Baena no aparece como capitán ni como maestre, sino como panadero del barco. Es una de esas profesiones que permiten mirar la navegación atlántica desde abajo, desde el trabajo cotidiano de quienes hacían posible la vida a bordo.
¿Qué barco era el Matamoros?
El nombre del buque también ha podido contrastarse en otras fuentes. El historiador Carlos Alberto González Sánchez, en su estudio La organización del tráfico comercial con las Indias en la Real Compañía de San Fernando de Sevilla, incluye entre los barcos de aquella compañía al San Francisco de Paula, “Matamoros”. Lo define como navío de fábrica genovesa y le atribuye un tonelaje de 531 5/8 toneladas. Según el mismo trabajo, era la única embarcación de fabricación extranjera entre las seis que llegó a poseer la compañía.
La documentación conservada al otro lado del Atlántico ayuda a seguir su rastro. El Archivo General de la Nación del Perú conserva una solicitud fechada entre el 27 y el 30 de septiembre de 1766 en la que Manuel Pascual de Herasso pedía autorización para remitir a Arequipa mercancías de Castilla que habían llegado desde Cádiz en el San Francisco de Paula, alias Matamoros. Entre aquellos efectos había mercancías destinadas a la priora del monasterio de Santa Rosa de Arequipa y marquetas de cera de Guayaquil.
Una década después, en 1777, los registros del Archivo General de Indias vuelven a mencionar un San Francisco de Paula, alias El Matamoros, entre las embarcaciones llegadas de Veracruz y San Juan de Ulúa. Figura entonces como maestre Manuel Antonio de Estayola. Es otra pieza del recorrido documental de un nombre de barco que aparece reiteradamente en los papeles de la navegación atlántica del siglo XVIII.
Una esposa y dos hijos esperando detrás del expediente
Pero el centro de esta historia no es el barco. Es la familia que queda escrita en el expediente. Ana Tristana, Juan Diego y María Gertrudis aparecen porque la muerte de Antonio Baena obligó a determinar quién tenía derecho a sus bienes. Esa enumeración administrativa permite, más de dos siglos y medio después, imaginar el reverso de tantos viajes a Indias: las familias que esperaban noticias y los patrimonios que tenían que regresar cuando el viajero no lo hacía.
Fuentes documentales
La fuente principal es el expediente Bienes de difuntos: Antonio Baena, Archivo General de Indias, Casa de la Contratación, signatura CONTRATACION,5655,N.5, fechado en 1767 y accesible en PARES: consultar ficha documental.
Para identificar y contextualizar el navío se ha utilizado el estudio de Carlos Alberto González Sánchez, La organización del tráfico comercial con las Indias en la Real Compañía de San Fernando de Sevilla, conservado en repositorios de la Universidad Internacional de Andalucía y de la Universidad de Sevilla; el Repositorio Histórico Digital del Archivo General de la Nación del Perú, colección Miscelánea Lima, unidad PE AGN 06.2-G4-CO-MI-14-971; y los registros de venida de Veracruz y San Juan de Ulúa de 1777 conservados en el Archivo General de Indias.
Actualidad
Gilena vive este fin de semana su gran Odisea con 140 recreadores y un Caballo de Troya de seis metros
Castra Legionis convierte este fin de semana la Colección Museográfica de Gilena en un escenario de la Odisea: 140 recreadores de once países, un Caballo de Troya de 6,05 metros y un intenso programa hasta el domingo.
Published
6 días agoon
5 septiembre, 2026

Gilena vuelve a mirar este fin de semana hacia el Mediterráneo antiguo. La Colección Museográfica y el Arqueódromo Campo de Marte son escenario, del 4 al 6 de septiembre, de la novena edición de Castra Legionis, el Festival Internacional de Historia Viva que en 2026 ha elegido como hilo conductor “Odisea. Un relato mediterráneo”. Alrededor de 140 recreadores procedentes de once países participan en una edición que une historia, arqueología experimental, teatro y divulgación.
La cita, de carácter bienal, está organizada por el Ayuntamiento de Gilena a través de sus áreas de Cultura, Patrimonio, Turismo y Educación y convierte durante tres días este pequeño municipio de la Sierra Sur sevillana en un gran escenario dedicado a los relatos homéricos. La guerra de Troya, el regreso de Odiseo a Ítaca, Penélope, Circe, las sirenas o Polifemo salen de los libros para ocupar los distintos espacios del complejo museográfico.
Un Caballo de Troya de 6,05 metros como gran símbolo
La imagen más espectacular de esta edición es el Caballo de Troya de 6,05 metros de altura, construido para Castra Legionis por el equipo y el voluntariado vinculado a la Colección Museográfica. El proyecto partió de diseños y modelos realizados expresamente para el festival y se ha convertido en una pieza central de las recreaciones de este año.
La dificultad estaba en imaginar un objeto del que no existe un modelo arqueológico que pueda copiarse directamente. La construcción se ha apoyado en el estudio de las referencias del mundo griego geométrico y en representaciones antiguas de caballos, un trabajo que resume bien el espíritu de Castra Legionis: utilizar el espectáculo como puerta de entrada, pero sostenerlo sobre investigación histórica y arqueología experimental.
El festival reúne grupos especializados llegados de Grecia, Italia, Estados Unidos, Canadá y distintos países europeos, además de formaciones españolas. Entre ellos figura el grupo italiano Ruva Leu Leoni di Nemea, junto a colectivos dedicados a recrear diferentes aspectos de las sociedades del Mediterráneo antiguo.
La noche del sábado: el Caballo de Troya, música y sirenas
La tarde y la noche de este sábado 5 de septiembre concentran algunos de los momentos más esperados. A las 21:30 horas está prevista la recreación dedicada al Caballo de Troya en el Arqueódromo Campo de Marte. Después llegarán un simposio recreado, un funeral homérico ambientado en la Creta de la Edad del Hierro y, a las 23:45 horas, el concierto Épicas del cine histórico de la Agrupación Musical de Gilena. La jornada concluirá a las 00:30 horas con una recreación dedicada a las sirenas.
El domingo, regreso a Ítaca y clausura
Castra Legionis continuará el domingo 6 de septiembre. La programación recorrerá de nuevo distintos episodios del universo homérico: a las 10:15 llegará la recreación de Circe; a las 11:00, una escena sobre la piratería en el Egeo del siglo XI a. C.; y a las 12:30 se representará el regreso a Ítaca y el juicio del arco. A las 13:45 tendrá lugar una batalla con participación de los grupos recreadores y a las 14:30 está previsto El canto maldito, teatralización que servirá como acto de clausura.
Junto a las grandes recreaciones, el festival incorpora conferencias, música, propuestas infantiles y exposiciones. Entre ellas se encuentra Echoes. La imagen de antiguos guerreros, de la fotógrafa italiana Rachele Lori, especializada en el mundo de la recreación histórica.
Una forma distinta de divulgar la Antigüedad desde la Sierra Sur
Castra Legionis no plantea la Antigüedad como una sucesión de fechas detrás de una vitrina. Su propuesta consiste en devolver movimiento a los objetos, los relatos y las formas de vida del pasado. En el Arqueódromo se mezclan indumentaria reconstruida, armamento, rituales, música y narración para que el visitante pueda comprender cómo la arqueología y los textos clásicos permiten reconstruir una época de la que nos separan casi tres mil años.
La propia Colección Museográfica de Gilena señala que su Arqueódromo fue concebido precisamente para contextualizar actividades de recreación histórica y arqueología experimental. Castra Legionis es la expresión más ambiciosa de ese modelo y, en esta novena edición, convierte la Odisea en un relato que se puede recorrer físicamente desde Troya hasta Ítaca sin salir de la provincia de Sevilla.
Quienes quieran consultar todos los horarios pueden acceder al programa completo de Castra Legionis publicado por Marchena Secreta y a la agenda oficial de la Colección Museográfica de Gilena. La información sobre la dimensión internacional y la organización del festival puede consultarse también en Turismo de la Provincia de Sevilla.
Historia
De Ceuta a Marchena: 30.000 reales, un médico militar y una historia olvidada
Published
1 semana agoon
3 septiembre, 2026
En 1818 un oficial de la guarnición de Ceuta llegó hasta Marchena para reclamar ayuda económica destinada a sostener una plaza militar exhausta. Apenas dos años después, un cirujano formado en Ceuta era elegido médico titular de la villa. Los documentos municipales permiten reconstruir un pequeño puente histórico entre el Estrecho y la campiña sevillana.
En 1818 no había tren entre Sevilla y Marchena, ni carretera como hoy la entendemos, ni mucho menos una línea directa que uniera la campiña con Ceuta. Sin embargo, un día apareció ante las autoridades marcheneras un hombre que venía de aquella ciudad al otro lado del Estrecho. Se llamaba Josef Denis y no traía buenas noticias.
Era oficial relacionado con la administración de las tropas de Ceuta y llevaba consigo una orden de la Intendencia General de la Provincia. La misión que lo había conducido hasta Marchena se resumía en una cifra difícil de digerir para cualquier ayuntamiento de comienzos del siglo XIX: 30.000 reales.
La historia aparece recogida por José Alcaide Villalobos en Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo, obra editada por el Ayuntamiento de Marchena y construida a partir de la documentación histórica municipal. El capítulo dedicado a 1818 contiene incluso un apartado inequívoco: «La guarnición de Ceuta solicita ayuda económica».
Aquella petición convierte a Ceuta y Marchena en protagonistas de una misma escena histórica. Una plaza fortificada situada frente a Marruecos necesitaba dinero. Una villa agrícola de la campiña sevillana debía proporcionárselo. Y entre ambas viajaba un funcionario con una carta en la cartera.
«Grandes apuros» en Ceuta
El documento, tal como lo reproduce Alcaide, explica que las fuerzas militares y los empleados de Ceuta se encontraban en «tan grandes apuros y triste situación» que sus mandos habían enviado a los oficiales Josef Denis y Francisco Noguerol hasta la Intendencia de Sevilla para solicitar auxilio.
El problema era que la propia Tesorería del Ejército de Sevilla tampoco disponía de fondos suficientes.
La solución administrativa consistió en trasladar parte de aquella necesidad a los municipios. A Marchena le correspondieron esos 30.000 reales como contribución extraordinaria de guerra. El dinero debía ser entregado al comisionado Josef Denis para ayudar al sostenimiento de Ceuta.
La respuesta marchenera fue mucho menos épica y bastante más comprensible: el Ayuntamiento declaró que no podía pagar aquella cantidad.
No cuesta imaginar la escena. Denis atravesando caminos andaluces con una orden que hablaba de soldados, empleados, tesorerías vacías y urgencias militares; y, al final del viaje, los regidores de Marchena explicándole que por allí tampoco sobraban precisamente los reales.
No era una excusa improvisada.
Las investigaciones de Alcaide muestran una Marchena sometida durante aquellos años a continuas demandas fiscales, atrasos, suministros militares y contribuciones. En 1817, por ejemplo, al municipio todavía se le reclamaban 63.600 reales relacionados con el acopio de sal que se arrastraban desde 1810.
La Guerra de la Independencia había terminado en 1814, pero sus facturas seguían llegando.
¿Por qué era tan importante Ceuta?
La frase utilizada en la comunicación enviada a Marchena resulta reveladora: había que conseguir recursos para mantener «una plaza tan interesante al Rey nuestro Señor».
Durante siglos, Ceuta había sido fundamental para el control del Estrecho y para la política defensiva española en el norte de África. Los estudios históricos sobre sus fortificaciones destacan precisamente el enorme valor político y militar de aquella plaza, todavía más acusado después de que Gibraltar pasara a manos británicas a comienzos del siglo XVIII. El sostenimiento de Ceuta exigía tropas, fortificaciones, hospitales, suministros y una compleja administración militar.
La historiografía sobre la ciudad describe además el siglo XIX como el periodo durante el cual Ceuta fue transformándose lentamente de presidio y plaza fuerte cerrada en una ciudad cada vez más abierta, portuaria y mercantil. En 1818, sin embargo, aquella evolución apenas comenzaba: su condición militar seguía dominando la vida urbana.
Precisamente por eso resulta significativa la orden llegada a Marchena. Mantener Ceuta no era considerado un asunto exclusivamente ceutí. El coste de aquella frontera podía terminar repercutiendo sobre pueblos situados a cientos de kilómetros del Estrecho.
Y uno de ellos fue Marchena.
Ese mismo año Marchena también miraba hacia África
Hay otro detalle que da a 1818 un extraño aire de actualidad. Justo antes de relatar la petición económica de Ceuta, la documentación estudiada por Alcaide recoge la alarma provocada por una epidemia de peste en Tánger.
Llegaron comunicaciones a Marchena avisando de la expansión de la enfermedad por el norte de África. Se hablaba de Tánger y Fez y del peligro de contagio para Tarifa. La Junta de Sanidad Marchenera llegó a plantear medidas preventivas y patrullas de vigilancia.
Durante unos meses, por tanto, África dejó de ser algo lejano para los habitantes de una villa situada en plena campiña sevillana. Primero llegó una amenaza invisible desde Tánger: la enfermedad. Después apareció un funcionario procedente de Ceuta: la crisis económica de la guarnición. El Estrecho estaba bastante más cerca de Marchena de lo que sugieren los kilómetros del mapa.
Y después llegó Ramón Díaz
Pero existe una segunda conexión Ceuta-Marchena todavía más humana.
Dos años después de aquella petición de dinero, el Ayuntamiento marchenero necesitaba cubrir la plaza de médico-cirujano titular.
Había tres aspirantes. Uno de ellos se llamaba Ramón Díaz. Su solicitud tenía una particularidad: procedía de Ceuta. Según la documentación recopilada por Alcaide, Díaz ejercía como médico militar vinculado al Regimiento de Infantería de Irlanda, de guarnición en Ceuta, y trabajaba también en el hospital militar de la plaza y en el hospital de mujeres.
El 14 de junio de 1820, después de examinar los méritos de los candidatos, el cabildo de Marchena decidió nombrarlo cirujano titular de la villa. La conexión ya no consistía en una carta, una contribución o una necesidad militar. Ahora era una persona.
Un ceutí que echó raíces en Marchena
La biografía de Ramón Díaz puede reconstruirse con bastante mayor precisión gracias al estudio de Ramón Ramos Alfonso sobre la escritora Antonia Díaz, publicado dentro de las Jornadas sobre Historia de Marchena.
Ramón Díaz y Giráldez había nacido en Ceuta el 11 de abril de 1792. Se formó en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz y fue revalidado como cirujano en diciembre de 1815. Ese mismo estudio señala que fue nombrado cirujano del Segundo Batallón Fijo de Ceuta y que trabajó también en el Real Hospital de la ciudad.
Aquí encontramos una pequeña cuestión todavía abierta para la investigación: Alcaide lo vincula en 1820 al Regimiento de Irlanda, mientras Ramos documenta su anterior nombramiento en el Segundo Batallón Fijo de Ceuta. Las dos fuentes coinciden en lo esencial —su actividad médica y militar en Ceuta—, pero con los datos disponibles no conviene asegurar si se trató de destinos sucesivos sin consultar su expediente militar.
El dato resulta especialmente interesante porque el Archivo Histórico Nacional conserva documentación sobre los regimientos irlandeses al servicio de la Monarquía española. PARES recuerda que existieron tres grandes unidades de tradición irlandesa —Irlanda, Hibernia y Ultonia— y que el Regimiento de Irlanda estuvo activo hasta 1818, circunstancia que aconseja estudiar con detalle las fechas concretas del expediente de Díaz.
Ahí queda una pequeña puerta entreabierta para otro día de archivo.
De médico de Ceuta a médico de los marcheneros
Lo cierto es que Ramón Díaz terminó integrándose en la vida de Marchena. En 1821 se casó en la parroquia de San Sebastián con María de los Dolores Fernández Vázquez, natural de la localidad.
Y pocos años después nació una niña en la calle San Pedro que terminaría ocupando su propio espacio en la historia cultural andaluza. Era Antonia Díaz Fernández, nacida en Marchena el 31 de octubre de 1827, futura poeta y escritora del siglo XIX. La Real Academia de la Historia la incluye hoy en su repertorio biográfico y confirma que era hija de Ramón Díaz y Giráldez y María de los Dolores Fernández.
Así que uno de los vínculos más curiosos entre Ceuta y Marchena terminó escribiéndose, literalmente, en versos. Un cirujano ceutí llegó desde el mundo militar del Estrecho a la campiña sevillana, formó allí una familia y fue padre de una de las escritoras marcheneras más destacadas del XIX.
También dejó su huella en la salud pública
Ramón Díaz no fue únicamente un nombre en la nómina municipal.
Durante sus años en Marchena aparece interviniendo en problemas sanitarios de la localidad. En una crisis epidémica posterior fue encargado de coordinar el trabajo de los facultativos en el interior de la población.
Incluso encontramos su nombre relacionado con un asunto que puede parecer menor pero habla de la medicina del momento: las aguas medicinales de Marchena.
Una investigación académica de la Universidad de Sevilla recuerda que Pascual Madoz atribuyó a Ramón Díaz un análisis realizado en 1831 de las aguas de los antiguos baños marcheneros, consideradas entonces útiles para determinadas dolencias.
El médico llegado desde Ceuta terminó, por tanto, examinando hasta las aguas que brotaban del subsuelo de Marchena.
Saber más
La principal fuente marchenera es Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo, de José Alcaide Villalobos, editado por el Ayuntamiento de Marchena. La obra recoge la petición de 30.000 reales realizada en 1818 para la guarnición de Ceuta y el nombramiento posterior de Ramón Díaz. El autor documenta entre sus fuentes los Libros de Actas Capitulares del Archivo Municipal de Marchena, con la signatura 22 para 1815-1818 y la 23 para 1819-1825, además de registros de órdenes y correspondencia municipal.
Marchena siglo XIX: Absolutismo versus Constitucionalismo — Biblioteca Pública Municipal de Marchena
Para la biografía del médico ceutí resulta fundamental el trabajo de Ramón Ramos Alfonso, “Mujer y creatividad en la segunda mitad del siglo XIX. La poetisa Antonia Díaz”, publicado en las Jornadas sobre Historia de Marchena y conservado por la Biblioteca Pública Municipal.
Estudio de Ramón Ramos Alfonso sobre Antonia Díaz y la familia Díaz Giráldez
Para contextualizar el papel histórico de Ceuta como plaza fuerte puede consultarse el trabajo de Juan Aranda Doncel, publicado en Aldaba, revista académica del Centro Asociado de la UNED, sobre el sostenimiento de la plaza ceutí y su valor estratégico.
Finalmente, PARES, Portal de Archivos Españoles del Ministerio de Cultura, conserva información y documentación sobre los regimientos irlandeses que sirvieron en el Ejército español, una línea especialmente interesante para comprobar el expediente militar de Ramón Díaz.
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