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Artehistoria

Tal día como hoy: Muere Pedro de Mena (1628–1688), el Barroco que une Málaga y Marchena

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El 13 de octubre de 1688 fallecía en Málaga el escultor Pedro de Mena y Medrano, uno de los grandes del Barroco hispano. Murió en su casa-taller y fue sepultado en el convento del Císter, según confirman biografías académicas y reseñas institucionales. 

La Inmaculada de San Juan conecta el mecenazgo de los duques de Arcos con la cumbre del barroco andaluz. Marchena custodia así una obra final de Mena, terminada por su círculo directo, que dialoga con otras Inmaculadas mayores del maestro y certifica la centralidad de esta devoción en la Campiña sevillana. 

El vínculo con Marchena y los duques de Arcos

Documentación artística sitúa en Marchena una de sus obras capitales de madurez: la Inmaculada hoy conservada en la iglesia de San Juan Bautista. La pieza fue encargada por los duques de Arcos para Santa María y, tras la muerte del maestro, la concluyó su discípulo Miguel Félix de Zayas (1688–1691/92). Varios estudios y catálogos señalan además que el conjunto pasó a San Juan —donde se conserva— y que Zayas intervino en la policromía y la talla de ángeles. 

Diversas fuentes locales y especializadas añaden que el encargo ducal fue especialmente ambicioso (formato de más de dos metros para colocación en retablo) y que la tramitación económica fue compleja para la época —circunstancia que pudo dilatar la entrega final de la obra, ultimada por el taller—, extremo compatible con el hecho de que Mena muriera con la imagen muy avanzada. (Sobre la naturaleza y cuantía exacta del pago, las cifras varían según testimonios locales; los estudios académicos coinciden en la autoría, destino inicial, traslado a San Juan y terminación por Zayas).

Un precedente áspero: Torrigiano y el duque

La relación histórica de los Duques de Arcos con grandes escultores incluye un episodio célebre: el florentino Pietro Torrigiano —“el que rompió la nariz a Miguel Ángel”— trabajó en Sevilla para el duque y, tras un conflicto por pagos y desaires, destruyó una obra; fue denunciado a la Inquisición y murió en la cárcel sevillana en 1528, tal como recogen Vasari y síntesis académicas recientes. 

FUENTES

Obra de Marchena (autoría, traslado a San Juan y finalización por Zayas): Laboratorio de Arte (Univ. de Sevilla) y ficha técnica local; dossier y estudio citados. idUS+1  

Torrigiano y el duque (conflicto y muerte en Sevilla): Vasari (texto crítico) e investigación académica reciente. bonaelitterae.wordpress.com+1

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Actualidad

El belén napolitano de Capodimonte, un teatro del mundo en miniatura

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 El belén conservado en el Museo di Capodimonte es mucho más que una escena navideña. Se trata de una de las manifestaciones artísticas más complejas y singulares del Barroco europeo, fruto de una tradición que alcanza su máximo esplendor en el siglo XVIII y que convierte el Nacimiento en una auténtica crónica social del Reino de Nápoles.

Una tradición con raíces medievales y desarrollo ilustrado

El origen remoto del belén se sitúa en 1223, cuando Francisco de Asís escenificó el Nacimiento en Greccio. Sin embargo, la tradición napolitana introduce un giro decisivo a partir del siglo XVII y, sobre todo, en el XVIII, cuando el belén deja de ser una representación estrictamente devocional para convertirse en un relato contemporáneo, ambientado en la propia ciudad.

Este impulso coincide con el reinado de Carlos de Borbón, rey de Nápoles entre 1734 y 1759. Carlos y su corte fomentaron el belén como una expresión artística total, acorde con los ideales ilustrados de observación de la realidad, interés etnográfico y mecenazgo cultural. Estudios de Nicola Spinosa y Gennaro Borrelli señalan que el presepe se convirtió entonces en un símbolo de identidad napolitana y en un objeto de prestigio para la aristocracia.

Autoría colectiva y excelencia artesanal

A diferencia de otras tradiciones europeas, el belén napolitano no responde a un solo autor. Es una obra coral, resultado de la colaboración de múltiples oficios especializados. Las figuras, conocidas como pastori, presentan cabezas de terracota policromada, ojos de vidrio, extremidades articuladas y cuerpos de alambre y estopa, lo que permitía dotarlas de gestos y actitudes teatrales.

Entre los escultores documentados vinculados a esta tradición destacan Giuseppe Sanmartino, autor del célebre Cristo Velato, y Lorenzo Mosca, aunque muchas piezas conservadas en Capodimonte son anónimas, fruto de talleres activos en la ciudad durante décadas. La vestimenta se confeccionaba con telas reales —sedas, terciopelos y bordados— realizadas por sastres de corte, mientras que plateros y ebanistas aportaban miniaturas, muebles y objetos cotidianos.

Belén y sociedad: un retrato del Reino de Nápoles

Una de las claves del belén napolitano es su dimensión sociológica. Junto a la Sagrada Familia aparecen vendedores, músicos, nobles, mendigos, soldados, animales exóticos y escenas de taberna. Lejos de ser anecdóticos, estos personajes reflejan la estructura social del siglo XVIII y han sido estudiados como una fuente visual de primer orden para conocer la vida cotidiana napolitana, tal como recoge el historiador Franco Mancini en sus trabajos sobre cultura material.

La escenografía, dominada por ruinas clásicas, no es casual. Según Alessandra Mauro, estas arquitecturas simbolizan el fin del mundo antiguo y el nacimiento de una nueva era con la Encarnación. El Niño no nace en un espacio idealizado, sino entre los restos de imperios, en un mundo real y contradictorio.

El conjunto de Capodimonte

El belén del Museo de Capodimonte procede en gran parte de colecciones reales borbónicas y aristocráticas, reunidas y conservadas como patrimonio nacional. Su importancia ha sido reconocida por instituciones como el Ministero della Cultura italiano, que lo considera uno de los conjuntos más representativos del presepe settecentesco.

Las escenas conservadas destacan por la densidad narrativa, el dinamismo de las figuras y la convivencia de lo sagrado y lo profano. En muchos casos, la Adoración no ocupa el centro visual del conjunto: el protagonismo recae en la vida que rodea al misterio, una elección estética que subraya la idea de que la Encarnación acontece en medio del mundo.

Un legado vivo

Hoy, el belén napolitano sigue siendo objeto de investigación académica y divulgación museística. Publicaciones como Il Presepe Napoletano de Gennaro Borrelli o los catálogos científicos del propio Museo de Capodimonte han consolidado su estudio desde la historia del arte, la antropología y la teología visual.

Fuentes y bibliografía básica

  • Museo di Capodimonte, catálogos oficiales de la colección de presepi.

  • Spinosa, Nicola: Il Settecento a Napoli. Electa Napoli.

  • Borrelli, Gennaro: Il Presepe Napoletano. Grimaldi & C.

  • Mancini, Franco: estudios sobre cultura popular napolitana del siglo XVIII.

  • Ministero della Cultura (Italia), fichas patrimoniales sobre el presepe napoletano.

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Actualidad

La matanza de los inocentes en la Catedral de Sevilla y el altar mayor de San Juan de Marchena

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El altar mayor de la Catedral de Sevilla fijó a finales del siglo XV un modelo de retablo monumental y narrativo que se difundió por Andalucía occidental como instrumento de catequesis y representación del poder religioso. Su influencia es clara en la Iglesia de San Juan Bautista de Marchena, dentro del señorío de los Ponce de León, donde se adapta el concepto catedralicio a escala parroquial. 

Sevilla, erigida como el «Puerto y Puerta de las Indias», se convirtió en el epicentro de un fenómeno de hibridación artística donde la pervivencia del gótico flamígero y el mudéjar local comenzó a ceder ante el empuje de las corrientes renacentistas procedentes de Italia y, de manera muy significativa, de las tierras de Flandes y Alemania. 

Comparar las escenas de la Matanza de los Inocentes del retablo mayor de la Catedral de Sevilla y del altar mayor de la Iglesia de San Juan Bautista de Marchena resulta especialmente interesante porque permite observar, en un mismo tema iconográfico, la evolución del arte sacro andaluz entre finales del siglo XV y las primeras décadas del XVI. 

La comparación revela cómo un modelo fundacional, fijado en Sevilla con un lenguaje gótico-flamenco de fuerte carga doctrinal, es posteriormente reinterpretado en Marchena desde una mirada más humanizada y emocional, propia del primer Renacimiento.  Marchena participa activamente en los grandes debates visuales de su tiempo, lejos de ser un espacio periférico.

En términos comparativos, Sevilla fija el modelo desde una óptica doctrinal y monumental, mientras Marchena lo reformula desde una mirada más humana y emocional. El primero impacta, el segundo conmueve. La diferencia de estilos no responde a menor ambición artística, sino a un avance cronológico y cultural que sitúa a Marchena en una fase más madura del lenguaje visual heredado de la Catedral.

La figura de Alejo Fernández, pintor de origen alemán documentado en Córdoba desde 1496 y establecido en Sevilla hacia 1505, es clave para comprender la génesis de este lenguaje pictórico. Su estilo, que fusiona la minuciosidad descriptiva del norte de Europa con una incipiente monumentalidad italiana y el uso del color y la luz propios de la escuela sevillana en formación, definió una «manera» de pintar que se consideró el canon de la época. Esta influencia se extendió a través de una densa red de discípulos, colaboradores y parientes, como Pedro Fernández de Guadalupe, quienes llevaron estas formas a villas como Arcos de la Frontera, Marchena o Écija.

El altar mayor de la iglesia de San Juan Bautista de Marchena no es una obra aislada.  Desde su posición como Alguacil Mayor de Sevilla, y Señor de Marchena Rodrigo Ponce de León mantuvo vínculos con el Cabildo catedralicio y con los talleres artísticos que trabajaban en la ciudad. El entorno institucional sevillano a comienzos del XVI, dominado por la construcción y reforma de la catedral y sus principales retablos, incluía a destacados escultores y pintores que también fueron llamados a trabajar en Marchena.

Esto explica la presencia de Jorge y Alejo Fernández en el altar mayor de San Juan, autores que ya trabajaban en Sevilla y que trasladan a Marchena el lenguaje y la experiencia artística de la capital andaluza. La elección de estos artistas no fue casual, sino resultado de las redes de patrocinio y contactos que el duque había tejido por su cargo y su prestigio.

La investigación del musicólogo Juan Ruiz Jiménez para el proyecto Paisajes Históricos Sonoros documenta que Rodrigo Ponce de León tenía a su servicio una capilla musical propia en su palacio de Marchena, compuesta por capellanes, mozos de coro, cantores e instrumentistas de cámara, y que con frecuencia se unían a músicos de la Catedral de Sevilla en las grandes festividades religiosas y cortesanas.

Un ejemplo relevante son los villancicos impresos para los maitines de la Navidad de 1517-1518, compuestos por Cristóbal de Pedraza, criado del Duque de Arcos, cuya imprenta se atribuye a Juan Varela de Salamanca, uno de los editores más prestigiosos de la España renacentista.

El palacio ducal y sus proyectos

La capilla musical del Palacio Ducal de Marchena —residencia principal del duque— fue un centro activo de producción artística y musical. Los vínculos con la Catedral de Sevilla eran tan estrechos que muchas veces cantores y músicos de la catedral participaban en las festividades ducales y parroquiales de Marchena, reforzando un intercambio institucional y cultural que iba más allá de las fronteras del señorío.

El retablo de San Juan Bautista de Marchena combina pintura y escultura, mientras que el de la Catedral de Sevilla está íntegramente tallado en madera con escenas narrativas esculpidas.

La construcción del retablo mayor de San Juan Bautista (1521-1533) se inserta en el contexto de este mecenazgo artístico general. Rodrigo Ponce de León, como señor de Marchena y mecenas cultural, promovió la obra y costeó parte de su ejecución.

La presencia en el retablo de los escudos y blasones ducal y episcopal (del arzobispo fray Diego de Leza) no solo responde a una decoración heráldica, sino que documenta la parcela de poder simbólico e institucional que el duque articuló con las autoridades eclesiásticas para llevar adelante este proyecto monumental.

Aunque no está documentada formalmente su autoría, el retablo mayor de la iglesia de San Pedro de Arcos de la Frontera, posee una estructura muy similar al de San Juan de Marchena, ambas bajo el meceneazgo de los Ponce de León y fue construido aproximadamente entre 1538 y 1547, ya con una mayor presencia de formulaciones clásicas renacentistas integradas en una estructura gótica. Su autoría, según diversas atribuciones combina escultura (Antón Vázquez, autor del cristo de la Veracruz de Arcos, en las calles centrales) con pintura (Esturmio, Pedro Fernández de Guadalupe y Antón Sánchez de Guadalupe), 

El retablo mayor de la Catedral de Sevilla inicia su ejecución en 1482, según consta en la documentación capitular conservada y estudiada por José Gestoso y Pérez en Sevilla monumental y artística (1889-1892). El proyecto fue trazado por el escultor flamenco Pieter Dancart, cuyo contrato y pagos aparecen recogidos en los libros de fábrica de la Catedral, analizados posteriormente por Alfonso E. Pérez Sánchez y Teodoro Falcón Márquez.

La obra se prolonga hasta 1564, convirtiéndose en un proyecto intergeneracional. Durante esas décadas intervienen escultores documentados como Jorge Fernández Alemán, Roque Balduque y Juan Bautista Vázquez el Viejo, tal como recogen los estudios de Juan Miguel Serrera Contreras (El retablo sevillano del siglo XVI, Universidad de Sevilla) y María Jesús Sanz Serrano en sus trabajos sobre escultura renacentista andaluza.

La consecuencia directa de esta larga cronología es clara: el retablo sevillano no responde a un único estilo, sino que evoluciona desde un gótico tardío de raíz flamenca hacia fórmulas renacentistas plenamente asumidas en su fase final. Sevilla se convierte así en centro productor de modelos, tanto formales como iconográficos.

Ese modelo llega a Marchena cuando ya está consolidado. El altar mayor de la Iglesia de San Juan Bautista de Marchena se ejecuta entre 1521 y 1533, según documentación parroquial y contratos estudiados por Juan José Cortés Rodríguez en su investigación El retablo mayor de San Juan Bautista de Marchena y su contexto artístico (Universidad de Sevilla, disponible en IDUS).

A diferencia de Sevilla, donde la autoría es coral y fragmentada, en Marchena el encargo es unitario y coherente. La pintura del retablo se atribuye con seguridad a Alejo Fernández, mientras que la escultura se vincula al entorno de Jorge Fernández, artista documentado tanto en Sevilla como en Marchena. Esta relación directa está acreditada por pagos, similitudes técnicas y análisis estilísticos recogidos por Enrique Valdivieso González y Jesús Miguel Palomero Páramo en diversos estudios sobre pintura y escultura hispalense del primer Renacimiento.

La cronología es determinante para la lectura artística. Mientras Sevilla trabaja desde 1482 hasta 1564, Marchena lo hace cuando el gran relato visual ya ha sido fijado. No hay experimentación, sino selección y síntesis. La escena de la Matanza de los Inocentes, presente en ambos retablos, ilustra este proceso. En Sevilla responde a un planteamiento todavía gótico, más simbólico y jerárquico. En Marchena, ejecutada cuarenta años después, se aprecia un mayor naturalismo anatómico y una intensificación emocional, acorde con el nuevo clima espiritual del siglo XVI, como subraya Serrera Contreras en sus estudios comparativos.

Desde el punto de vista documental, no existe constancia de copia directa, pero sí de circulación de artistas, grabados y repertorios iconográficos, algo habitual en la diócesis sevillana, tal como recoge el Atlas del Patrimonio Inmaterial y Mueble del IAPH y los trabajos de Pedro José Lavado Paradinas sobre retablística andaluza.

La comparación cronológica y autoral permite una conclusión sólida y verificable: Sevilla actúa como matriz, Marchena como territorio de recepción cualificada. El altar mayor de San Juan no es una obra secundaria, sino una adaptación consciente y ambiciosa de un modelo catedralicio, ejecutada por artistas de primer nivel en un momento de plena madurez estética.

Marchena no copia Sevilla. Marchena llega después, y eso le permite decantar el lenguaje, hacerlo más humano, más directo y más acorde con la sensibilidad renacentista. La madera dorada de San Juan guarda así no solo una historia local, sino una página fundamental del gran relato artístico del sur peninsular.

Principales fuentes y estudios citados

  • Gestoso y Pérez, J. Sevilla monumental y artística, 1889-1892

  • Serrera Contreras, J. M. El retablo sevillano del siglo XVI, Universidad de Sevilla

  • Cortés Rodríguez, J. J. El retablo mayor de San Juan Bautista de Marchena, IDUS-US

  • Valdivieso González, E. Estudios sobre Alejo Fernández

  • Palomero Páramo, J. M. Escultura renacentista sevillana

  • Sanz Serrano, M. J. Escultura andaluza del Renacimiento

  • Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH)

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Arte jesuita

Un rostro celeste que pasa inadvertido: la huella simbólica del Sol y la Luna en los antiguos altares jesuitas de Marchena

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Un rostro pasa casi inadvertido en el altar de San Francisco Javier del antiguo templo jesuita de Marchena, hoy iglesia de Santa Isabel, y revela la sofisticación simbólica con que trabajaban los artistas de la Compañía de Jesús. Detrás del santo asoma un rostro humano pintado en tonos celestes, dentro de un medallón circular.

La figura, delicadamente modelada, parece emerger desde el fondo del retablo con expresión serena y mirada lateral. No está pintada en grisalla —como los relieves fingidos típicos del barroco— sino en un azul claro que recuerda el cielo o el reflejo lunar: la personificación de la Luna, elemento frecuente en los programas iconográficos jesuíticos.

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El rostro celeste que observa en silencio desde el fondo del altar de San Francisco Javier no es una simple curiosidad artística. Es un eco del antiguo simbolismo jesuítico, una pieza de un sistema visual complejo en el que la Luna y el Sol dialogaban entre sí desde dos altares hoy separados. Redescubrirlos es volver a leer, en clave de luz y color, una parte olvidada de la historia espiritual y artística de Marchena.

Según el Catálogo del IAPH y la documentación de Juan Ramón Romero (2003, El patrimonio jesuítico en Marchena), el altar que hoy se conserva en Santa Isabel con esta imagen fue ejecutado por Tomás Miguel González Guisado hacia 1763, y su escultura principal —San Francisco Javier— es obra de Santiago Vázquez, discípulo de Duque Cornejo.

Cuando los Jesuítas de Marchena vendían vino y aceite en media Andalucía

En el antiguo templo jesuita de Marchena, el altar que hacía “pareja” con el de San Francisco Javier era San Ignacio de Loyola justo enfrente. Ese retablo —el gemelo— se desmontó y hoy está en San Sebastián; allí se reutilizó como altar de San José, sustituyendo la imagen original de San Ignacio por la de San José y la figura de San Ignacio está en Santa María en un altar lateral.

Cuando la calle Compañía fue escenario del esplendor de las fiestas barrocas

Un lenguaje de símbolos en el arte jesuita

Los retablos de los templos jesuitas en Andalucía —Marchena, Écija, Osuna o Sevilla— fueron concebidos como lecciones visuales de teología y cosmología cristiana. Los artistas empleaban figuras, colores y disposiciones que sugerían un orden universal: el Sol y la Luna representaban la plenitud del día y de la noche, lo visible y lo invisible, la dualidad que Dios gobierna.

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El altar perdido y la pista del Sol

El retablo de San José de San Sebastián proviene del antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena, regentado por los jesuitas hasta 1767. Ambos altares —el de San Ignacio y el de San José— formaban parte del mismo conjunto decorativo y compartían estructura, talla y programa simbólico.

Cuando expulsaron a los Jesuitas de Marchena como si fueran delincuentes

Si el rostro celeste de Santa Isabel representa la Luna, es probable que tras la imagen de San José en San Sebastián se oculte el rostro del Sol, completando así el díptico simbólico original. La hipótesis concuerda con el uso jesuítico del simbolismo astral: San Ignacio como guía espiritual iluminado por la razón divina (Luz/Luna) y San José como modelo de paternidad y trabajo, vinculado al Sol que fecunda y da vida.

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Con motivo de las celebraciones jesuíticas del primer tercio del XVII, el colegio de Marchena encargó una imagen de candelero de San Ignacio. La documentación conservada y la literatura local señalan que el “modelo” se relaciona con Montañés y que Francisco Pacheco intervino en la pintura de la cabeza (y manos). Esa imagen presidió el culto hasta que, en la reforma barroca de mediados del XVIII, se optó por nuevas esculturas de bulto (como las que hoy vemos en Santa Isabel). La pieza antigua no se destruyó: se desmontó y se conservó la cabeza, que terminó integrada en los fondos del Museo de San Juan.

Fuentes

  • El Colegio de la Encarnación de Marchena (dossier histórico): “Cabeza de San Ignacio de Loyola. Martínez Montañés?/Francisco Pacheco, 1616. Parroquia de San Juan”. PDF. codexsa.com

  • “Santa Isabel. Marchena” (estudio divulgativo con transcripciones): menciona el modelo de Montañés y la policromía de Pacheco; señala que la cabeza se conserva en el museo parroquial de San Juan. Scribd

  • Artículo académico “El Colegio de la Encarnación de Marchena. De la Compañía de Jesús al Colegio de Santa Isabel”: confirma la existencia de la imagen de candelero y que su cabeza se conserva en San Juan. Academia

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