Historia
Cuando expulsaron a los Jesuitas de Marchena como si fueran delincuentes
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5 años agoon
A las cinco de la madrugada del 3 de Abril de 1767 un escuadrón de caballería con tropa, el Asistente (hoy Alcalde) José Monseur y el Alguacil Mayor llegan por la calle Carreras al colegio de San Jerónimo de la Plaza de San Andrés.
Tras permanecer incomunicados salieron para Jerez de la Frontera y de allí al Puerto de Santa María, con otros 700 frailes, todos, expulsados de España rumbo a Italia. Todos sus bienes fueron confiscados.
El Ministro de Hacienda Campomanes, redactó un informe culpando a la Compañía de Jesús de acumular riquezas por lo que ideó que si se les expulsara y se le quitaran sus riquezas se podría sacar a la nación de la crisis económica a la que estaba sumida.
Cuando los jesuítas defendieron el patronazgo de San Sebastián
Los Jesuitas tenían en Marchena tres casas, dos solares, y un molino de aceite frente al colegio, y otro en Jarda, cuatro huertas, una junto al colegio, la huerta de Atoche, y junto a esta la de los Azofaifos, y otra la de Benjumea y 20 olivares, siete hazas de tierra en el ruedo del pueblo, y viñas en el Bajonal.
La expulsión de los jesuítas les cogió por sorpresa. El 29 de Marzo 1767 llegó a Marchena la orden del gobierno expulsando a los Jesuítas que no se abrió por deseo del Rey hasta el 2 de Abril a las once de la noche.
El Asistente dio orden de tomar la puerta principal del Colegio de la Compañía y no permitir salir ni entrar persona alguna dejando centinelas en las esquinas y las puertas del colegio de San Jerónimo con especia cuidado en la «puerta del campo» calle Compañía y la puerta que dicen «del Duque… «Y otras dos en una callejuela sin salida… y a la puerta de un molino de azeite, que está frente».
«E dando el relox las seis oras de la mañana, (…) llegó de lo ynterior de el reverendo padre Marcelino de Echevarria, Rector a quien manifestó el Asistente que necesitava entrar (…) para la ejecución de ciertas órdenes secretas de S.M. a lo que no hizo oposición alguna». Estando en el aposento bajo rectoral «el alguacil mayor se le requirió de orden de su Majestad hiciera convocar y juntar a son de campana toda la comunidad sin excepción de alguno en la sala capitular».
«Y estando todos juntos se le entregó el real decreto de su Majestad» respondiendo que estaban prontos a cumplir con lo que su majestad mandaba.
Cuando los Jesuítas de Marchena vendían vino y aceite en media Andalucía
«Se pidieron (…) las llaves de las arcas de deposito de los caudales de dicho colegio y de particulares y las de el archivo y solo entregaron estas por decir no havía en dicho colejio arca de tres llaves de caudales ni depósitos de persona alguna y que la administración de los caudales de dicho colegio corría al cuidado de dicho hermano Agustín Ximénez su procurador».
Cuando la imagen del Sagrado Corazón procesionó hasta el Ayuntamiento de Marchena
El Cabildo municipal de Marchena le dio al colegio uso educativo y la iglesia se convirtió en oratorio privado, de la Casa ducal de Arcos.
FUENTE: EL COLEGIO DE LA ENCARNACIÓN, EDITADO POR CODEXSA.
Actualidad
Lujo asiático en Marchena: los tesoros de oriente ocultos en las iglesias y conventos de Marchena
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3 horas agoon
3 julio, 2026
La afluencia sostenida de objetos suntuarios asiáticos hacia Marchena resulta incomprensible sin delinear previamente la infraestructura logística e ideológica que la sustentaba. El Imperio español y la Unión Ibérica establecieron, a partir del tornaviaje de Andrés de Urdaneta en 1565, un puente ininterrumpido a través del Océano Pacífico: el Galeón de Manila. ç
Esta flota anual conectaba el puerto filipino de Cavite con Acapulco en Nueva España, trasladando sedas, porcelanas, especias, lacas y marfiles. Desde allí, las mercancías atravesaban el virreinato mexicano hasta Veracruz para integrarse en la Flota de Indias, cuyo destino final era la Casa de la Contratación en Sevilla (y posteriormente Cádiz). La proximidad geográfica e institucional de Marchena a Sevilla garantizó a la aristocracia local un acceso inmejorable a estos mercados de hiperlujo.
Este fenómeno de acumulación y transculturación fue posible gracias a la convergencia de tres grandes vectores sistémicos: el mecenazgo omnipotente de la Casa Ducal de Arcos, la capilaridad diplomática y espiritual de las misiones religiosas (fundamentalmente jesuíticas y franciscanas), y la fluidez de las rutas comerciales transpacíficas vertebradas en torno al Galeón de Manila.
La Compañía de Jesús y las órdenes mendicantes dependían del músculo financiero y la influencia política de la alta nobleza peninsular para sostener y expandir sus misiones en el Extremo Oriente. Como contrapartida a estas rentas y favores, los misioneros enviaban a sus protectores informes cartográficos, reliquias de mártires y obras de arte devocional ejecutadas con técnicas y estéticas nativas, pero adaptadas a las necesidades litúrgicas europeas.
En el epicentro de este ecosistema de intercambio resplandece la figura de doña María Guadalupe de Láncaster y Cárdenas (1630-1715), VI duquesa de Arcos por su matrimonio con el duque Manuel Ponce de León, y duquesa de Aveiro por derecho propio. Esta aristócrata del Barroco, célebre en las cortes europeas, poseía una vasta formación humanista y dominaba varios idiomas, llegando a atesorar una biblioteca privada que superaba los cuatro mil volúmenes. Su fervor inquebrantable por la empresa evangelizadora le valió el apelativo de «Madre de las Misiones».
Las desconocidas joyas de arte asiático que conservan los conventos desde hace cuatro siglos
La duquesa de Aveiro no se limitó a financiar expediciones; estableció una red de inteligencia y correspondencia directa con la vanguardia misional en Asia, rastreando los progresos en la cristianización de China, las Islas Marianas y las malogradas intentonas en Japón. Gracias a este flujo constante de información y presentes, logró acumular un patrimonio oriental extraordinario, gran parte del cual fue desviado intencionadamente hacia las fundaciones religiosas de la Casa de Arcos en Marchena, destacando el antiguo colegio jesuítico de la Encarnación (actual convento de Santa Isabel) y el convento de las Franciscanas Descalzas.

Marchena, capital ducal y nodo jesuítico
La clave está en entender qué era Marchena en la Edad Moderna. No hablamos de una localidad secundaria, sino de la capital de los estados señoriales de los duques de Arcos, una casa nobiliaria de enorme poder político, económico y simbólico. El Colegio de la Encarnación de la Compañía de Jesús, hoy vinculado al conjunto de Santa Isabel, fue fundado en la década de 1560 por María de Toledo, esposa de Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos, y llegó a convertirse en un centro de enorme peso dentro de la Provincia Bética jesuítica durante los siglos XVI y XVII. Los duques escogieron la iglesia jesuita como lugar de enterramiento y los rectores del colegio actuaron como confesores, maestros y consejeros de la casa ducal.
Ese colegio no era un simple edificio religioso. En 1568, apenas fundado, contaba ya con 300 estudiantes; tenía escuelas gratuitas de primeras letras y una iglesia ricamente decorada con escudos de los Ponce de León, retablos, pinturas, ornamentos preciosos y dádivas de particulares y de la propia casa ducal. Parte del conjunto subsiste hoy como convento de Santa Isabel, aunque la documentación señala que perdió buena parte de su mobiliario original.

Al otro lado de la ciudad patrimonial, San Juan Bautista funcionaba como otro gran depósito de memoria artística. La propia web turística municipal recuerda que la iglesia, de finales del siglo XV, fue declarada Bien de Interés Cultural en 1931, conserva estructura gótico-mudéjar, cinco naves, un gran retablo mayor del primer tercio del XVI y una colección parroquial de nueve lienzos de Zurbarán encargados en 1634 y entregados en 1637.
Marchena estaba, por tanto, en el lugar exacto para recibir objetos extraordinarios: cerca de Sevilla, conectada con la Casa de la Contratación y las rutas americanas; dominada por una nobleza con capacidad de compra, donación y patronazgo; y atravesada por redes religiosas que miraban a Asia, América y Tierra Santa.

La ruta que traía Asia a Andalucía
Para que una pieza japonesa o filipina acabara en una clausura marchenera había que cruzar medio mundo. El Galeón de Manila, también llamado Nao de China, unió durante más de dos siglos Asia, América y Europa. El Museo Naval resume esa ruta como una conexión que, entre 1565 y 1815, enlazó tres continentes a través del Galeón de Manila y la Carrera de Indias. Casa de América recuerda que el tornaviaje de Urdaneta permitió abrir en 1565 el camino de regreso desde Manila a Acapulco, y que la ruta conectó Manila, Acapulco, Veracruz y Sevilla en viajes anuales desde 1571 hasta 1815.
Eso significa que un marfil tallado en Manila podía salir de Filipinas, cruzar el Pacífico hasta Acapulco, atravesar Nueva España por tierra, embarcar en Veracruz y llegar a Sevilla o Cádiz. Desde allí, una casa nobiliaria como la de Arcos podía hacerlo circular hacia sus palacios, conventos, iglesias y fundaciones. Lo mismo ocurría con lacas japonesas, porcelanas, sedas, objetos de nácar, piezas de carey, maderas oscuras, abanicos, relojes, instrumentos científicos, reliquias y cartas de misión.
La duquesa de Aveiro: una mujer mirando a China y Japón
En el centro de esta historia aparece una figura decisiva: María Guadalupe de Lencastre y Cárdenas, VI duquesa de Aveiro, duquesa consorte de Arcos por su matrimonio con Manuel Ponce de León. No fue una aristócrata decorativa. La investigación de Natalia Maillard Álvarez la presenta como una mujer célebre en su tiempo por su cultura extraordinaria y por su apoyo a las misiones católicas.

Los panegíricos escritos tras su muerte en 1715 destacaban precisamente dos aspectos: su respaldo a las misiones, que le valió el apelativo de “madre de las misiones”, y una biblioteca de más de 4.000 volúmenes. Además, la documentación estudiada por Maillard muestra que la duquesa mantuvo una abundante correspondencia con religiosos repartidos por Asia y América, con cartas procedentes de China, Macao, Goa y Nueva España, entre otros lugares.
La propia biblioteca de la duquesa confirma esa mirada global: Japón aparece en 24 entradas y China en 15, con obras sobre mártires japoneses, historia de Tartaria y China, textos jesuíticos y manuscritos relacionados con la misión. No era curiosidad superficial: las matemáticas, la astronomía, la geografía y las lenguas formaban parte de la estrategia misionera, porque los jesuitas sabían que la ciencia era una llave para entrar en las cortes asiáticas.

La lámina china de la Adoración de los Reyes
Uno de los episodios más fascinantes de esta red mundial se conserva en la historia del antiguo sagrario del retablo de San Ignacio, hoy en la sacristía de la parroquia de San Juan. La publicación patrimonial dedicada al Colegio de la Encarnación recoge que la duquesa de Aveiro entregó una lámina de cobre con la Adoración de los Reyes, regalo que el emperador de China habría hecho al padre Antonio Tomás, misionero jesuita, y que este remitió a la duquesa.
La pieza no llegó como simple objeto decorativo. Según esa misma publicación, la duquesa quiso que se conservase en el colegio jesuítico y costeó la transformación del sagrario: se hizo una puerta con un pelícano en la parte superior, la lámina en el centro protegida por cristal y, abajo, un cordero con los siete sellos. En otro pasaje del mismo estudio, al hablar de los grandes benefactores de Santa Isabel, se dice que Guadalupe de Láncaster entregó seis mil ducados al colegio y numerosos bienes, entre ellos la lámina de cobre de la Adoración de los Reyes, una imagen de la Concepción, el retrato de San Ignacio, el bonete de San Francisco Javier y reliquias de los mártires del Japón.
Aquí conviene una precisión de rigor: la publicación maneja la fecha de 1713 en el resumen de donaciones y aparece también 1717 en el desarrollo del relato. Para un texto periodístico prudente, lo más exacto es decir que la entrega está documentada en los primeros años del siglo XVIII, con mención expresa a 1713/1717 según el propio estudio.
La presencia del padre Antonio Tomás no es anecdótica. La investigación sobre la duquesa de Aveiro confirma que Antoine Thomas, jesuita belga, fue uno de sus grandes corresponsales desde Asia, con quince cartas localizadas, y que su formación matemática y astronómica fue esencial para la misión china. La misma investigación recuerda que los objetos científicos, como relojes y telescopios, eran fundamentales para ganar prestigio ante las élites chinas.
Así, la pequeña lámina de San Juan no habla solo de la Epifanía. Habla de Pekín, de la corte Qing, de jesuitas astrónomos, de una duquesa que leía cartas de Asia en Madrid y de una Marchena que recibía los restos materiales de aquella diplomacia sagrada.
Las arcas namban de Santa Isabel: Japón en una clausura andaluza
El rastro japonés aparece asociado a las arcas namban conservadas o documentadas en el entorno de Santa Isabel. El arte namban nació del contacto entre Japón y los portugueses y españoles en los siglos XVI y XVII. El propio catálogo CERES del Ministerio de Cultura registra piezas namban como arcas de madera, nácar, bronce, pigmento dorado y laca negra, fechadas en torno a 1580-1600.
Estas piezas eran objetos de lujo fabricados para una clientela europea fascinada por la técnica japonesa. La laca urushi ofrecía un negro profundo, casi líquido, sobre el que se aplicaban decoraciones doradas y plateadas mediante makie, mientras el nácar incrustado, raden, producía destellos irisados. En el contexto de una iglesia o convento iluminado por velas, una arqueta de ese tipo no era un simple cofre: era una pequeña noche brillante, un objeto donde el lujo oriental se convertía en envoltorio de reliquias, documentos y memoria misionera.
La pieza marchenera se inscribe en esa sensibilidad: una arqueta de laca, nácar y decoración geométrica o vegetal, relacionada con los circuitos jesuíticos y con la devoción a los mártires de Japón, según el documento base y la línea de investigación local aportada.
Marfiles filipinos: los sangleyes y la fe tallada en colmillo
La tercera gran familia de objetos nos lleva a Manila. Los marfiles hispano-filipinos fueron una de las producciones devocionales más características del comercio transpacífico. La investigación de Zhou Meng sobre las fuentes chinas del marfil hispano-filipino explica que estas piezas fueron realizadas por artesanos chinos en Manila, por encargo de españoles durante el dominio hispánico de Filipinas. A estos artesanos se les conocía como sangleyes, y muchas obras muestran rasgos anatómicos chinos.
La importancia de estos marfiles está en su mestizaje. Los frailes y clientes españoles pedían Cristos, Vírgenes, Niños Jesús o santos conforme a la iconografía católica, pero quienes los tallaban procedían de una tradición visual asiática. Por eso, en muchas piezas aparecen rostros serenos, ojos almendrados, pliegues pesados, cabellos tratados con otra sensibilidad y cuerpos adaptados a la curvatura natural del colmillo.
El documento base sitúa en Marchena una serie de marfiles y piezas de filiación filipina en conventos como San Andrés, Santa María y la Concepción. Esa ubicación encaja con el papel de las clausuras como espacios de recepción de bienes de prestigio. San Andrés, por ejemplo, fue una antigua ermita mudéjar fundada en 1537 y transformada en convento de mercedarias descalzas en 1637 gracias al patronazgo de Rodrigo Ponce de León, IV duque de Arcos.
Santa María o la Purísima Concepción, por su parte, fue fundada el 4 de marzo de 1624 por Rodrigo Ponce de León, IV duque de Arcos, y Ana de Aragón y Sandoval, dentro del recinto de lo que fue el palacio ducal. La propia comunidad de Clarisas conserva memoria de su patrimonio artístico, con grabados, miniaturas, relicarios y trabajos de taracea de madera y nácar, algunos vinculados a la colección personal de Guadalupe de Láncaster y Cárdenas.
Actualidad
El año en que el pan se comió el jornal: trigo, hambre y miedo en una villa sin cosecha
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6 días agoon
27 junio, 2026
En 1804 Marchena no pasó hambre de golpe. El hambre fue entrando despacio, como una humedad mala por debajo de las puertas. Venía de lejos: de los gastos extraordinarios provocados por la fiebre amarilla de 1800, de la ayuda que la propia villa había enviado a Sevilla —600 fanegas de trigo y 10.000 reales—, de las malas cosechas de 1803 y de una economía local sostenida sobre el cereal, el jornal y la obediencia a un orden señorial que empezaba a mostrar sus costuras.
España vivía bajo el reinado de Carlos IV, con Manuel Godoy como figura política dominante, en una monarquía cada vez más atrapada entre la Francia napoleónica y Gran Bretaña. El país no estaba todavía en la Guerra de la Independencia —faltaban cuatro años para 1808—, pero ya caminaba por un suelo agrietado: deuda, presión fiscal, malas cosechas, epidemias, comercio alterado y un sistema municipal obligado a apagar incendios con cubos vacíos.
La crisis de subsistencias de 1803-1805 fue una de las más duras de la España de comienzos del siglo XIX. Los estudios sobre los precios del cereal señalan que la carestía de 1803/1804 y 1804/1805 partió de una situación previa ya muy tensionada: el trigo llevaba años encareciéndose, y la subida alcanzó niveles excepcionales. La Real Academia de la Historia ha destacado que la crisis de 1803-1805 fue un fenómeno muy marcado en España, sin equivalentes tan intensos en otros territorios europeos en esos mismos años.
A esa crisis agrícola se sumó otro enemigo: la fiebre amarilla. Andalucía había sufrido el gran golpe epidémico de 1800, con especial incidencia en Cádiz y Sevilla, y los brotes volvieron en los años siguientes. Los estudios sobre la fiebre amarilla en Andalucía indican que en 1804 hubo un nuevo brote, más virulento que el anterior, coincidiendo además con una crisis agrícola de gran calado.
El dato más duro cabe en una hogaza. La fanega de trigo llegó a dispararse hasta los 240 reales y una hogaza de pan de dos libras —menos de un kilo— superó los cuatro reales, una cantidad equivalente al jornal diario de un bracero. Es decir: un trabajador podía gastar todo lo ganado en un solo pan. No en carne, no en aceite, no en vino, no en lumbre. En pan.
La cosecha que no llegó
El Cabildo vio venir el desastre en mayo. El día 7, el diputado del común don Andrés Echenique y el síndico personero promovieron un expediente para asegurar trigo destinado al abasto público. Las medidas fueron tajantes: se prohibió a cosecheros y dueños de grano sacar trigo de la población o venderlo a forasteros; se les obligó a declarar sus existencias en el plazo de dos días; y se autorizó el reconocimiento de casas y graneros cuando hubiese sospecha de ocultación o fraude.
El trigo debía ir al pan diario de los vecinos, no al negocio de quienes pudieran vender más caro fuera. El Ayuntamiento quiso convertir el término municipal en una despensa vigilada.
El 29 de mayo la decisión se endureció aún más: el Ayuntamiento acordó comunicar al Real y Supremo Consejo de Castilla que intervendría y retendría todo el trigo recolectado en la cosecha, vendiéndolo a precio corriente exclusivamente para el pan del pueblo. Los forasteros quedaban fuera del comercio local del grano.
Aquello no era solo economía. Era orden público. Cuando falta el pan, la calle cambia de sonido. Ya no suenan igual las campanas, ni los carros, ni las voces en la plaza. El hambre convierte cualquier esquina en una pregunta: quién tiene trigo, quién lo esconde, quién lo vende, quién lo protege.
Jornaleros sin jornal
La crisis golpeó primero a los más frágiles: los jornaleros. Las lluvias intensas habían dejado sin trabajo a muchos pobres, y el Ayuntamiento tuvo que recurrir a obras públicas y a limosnas de vecinos pudientes para socorrerlos.
Esta es una de las claves del reportaje: no hablamos solo de una subida de precios, sino de una sociedad en la que miles de personas dependían de trabajar cada día para comer ese mismo día. Sin cosecha no había jornal; sin jornal no había pan; sin pan, la autoridad temía el desorden.
Por eso el hambre de 1804 no puede contarse como una simple “crisis agrícola”. Fue una crisis total: de producción, de abastecimiento, de crédito, de beneficencia, de poder municipal y de confianza.
La Junta de Abastos: mandar sobre el trigo
El 4 de junio se creó una Junta de Abastos para hacer frente a la continua escasez de granos. Participaron el asistente don Agustín Barrera, los alcaldes ordinarios don Juan Manuel Montiel y don Antonio Leguey, el síndico personero don Diego Villalón, y los diputados del común don Andrés Echenique y don Manuel Sáenz de Tejada.
Su primera preocupación fue el Pósito, institución fundamental en épocas de escasez. El Pósito debía servir para prestar grano a los labradores y estabilizar el abastecimiento, pero en 1804 estaba prácticamente sin recursos. El Ayuntamiento pidió que se suspendiera la cobranza de deudas a los labradores, porque la ruina hacía imposible exigir pagos ese año.
Aquí aparece una paradoja amarga: Marchena había prestado antes dinero y trigo a instancias superiores, pero cuando necesitó ayuda, aquello no volvió. El Ayuntamiento reclamó cantidades que, según la documentación, sumaban 351.984 reales y 19 maravedíes en reintegros pendientes. Si ese dinero hubiese regresado, el Pósito habría podido comprar trigo al contado, que era la única forma eficaz de acopiar grano en tiempos de escasez.
El Consejo de Castilla reconoció esas cantidades, pero no las devolvió. Lo que sí concedió fue suspender por ese año los apremios contra los labradores deudores del Pósito. Fue alivio, pero no solución.
La “paternal benignidad” del duque
En julio apareció una esperanza con sello nobiliario. El duque de Osuna y Arcos, don Pedro de Alcántara Téllez Girón y Pacheco, escribió desde Madrid mostrando su preocupación por la escasez de granos en la provincia de Sevilla. Planteó traer trigo del extranjero al puerto más inmediato para surtir de pan a sus pueblos a precios más equitativos.
Pero la esperanza duró poco. El propio duque reconoció después que la cantidad necesaria para atender a todos los pueblos de sus estados era “portentosa” y que su valor ascendía a muchos millones de reales, una suma que no podían afrontar sus finanzas ni las de ningún particular. Recomendó entonces que los ayuntamientos formasen fondos locales y juntas de beneficencia para comprar granos.
Dicho en claro: el señor jurisdiccional mostraba compasión, pero quería cobrar. El Ayuntamiento respondió que sus propios apenas alcanzaban para pagar salarios, que el Pósito no tenía dinero ni trigo suficiente y que solo quedaba acudir a los vecinos pudientes para formar un fondo de entre 150.000 y 200.000 reales.
Los ricos abren la bolsa
El 11 de agosto comenzó a funcionar la Junta de Beneficencia. Se reunieron el asistente, los alcaldes, el vicario don Joseph Guerrero de Ahumada, don Sebastián de Morales y Palma, don Joseph Antonio Díez de la Cortina, don Manuel Diosdado, don Diego Vergara, don Joseph Antonio Montiel y don Andrés Uruñuela. Todos se ofrecieron a constituir un fondo para comprar trigo destinado al pan del vecindario.
Las aportaciones fueron importantes: el vicario dio 15.000 reales; Sebastián de Morales y Palma, otros 15.000; Díez de la Cortina, 22.000; Manuel Diosdado, 22.000; Diego Vergara, 2.000; Joseph Antonio Montiel, 15.000; Andrés de Uruñuela, 5.000; y Antonio Leguey, en nombre de Miguel Ponze Navarro, 15.000. El asistente ofreció incluso alhajas de plata de su propiedad. En total, se reunieron 111.000 reales.
El 20 de agosto se mandó pregonar que cualquier vecino o forastero que quisiera vender trigo a precio corriente acudiera a don Sebastián de Morales y Palma, nombrado depositario del fondo. El hambre empezaba a tener contabilidad, nombres propios y recibos.
La compra del trigo ducal
La negociación con la Casa Ducal fue un tira y afloja. Finalmente, el asistente y don Joseph Antonio alcanzaron un acuerdo con el apoderado ducal: se compró una primera partida de 1.300 fanegas de trigo para entrega inmediata y otra de 1.200 fanegas que debía llegar a Marchena entre quince y veinte días después. Para pagar, se comisionó a don Juan Ternero, que debía trasladar a Sevilla 90.000 reales con la custodia correspondiente.
Pero en noviembre todo volvió a complicarse. Se solicitaron 2.000 fanegas más, aunque la Junta de Beneficencia ya había agotado sus fondos. El duque quería cobrar, y el Ayuntamiento tuvo que recurrir a un doloroso repartimiento entre los vecinos contribuyentes.
La escena resume bien el drama: el pueblo necesitaba pan; el Ayuntamiento necesitaba trigo; el duque exigía pago; los pudientes prestaban dinero; los pobres esperaban. En medio, el Cabildo hacía de equilibrista sobre una cuerda de harina.
Los horneros protestan
La crisis llegó también a quienes trabajaban el pan. El 13 de diciembre de 1804 protestaron los horneros y atahoneros de la villa: Felipe Rodríguez, Juan de Atoche, Juan de Herrera, Francisco García, Jerónimo Poleo, Manuel García “El Pelao” y Juan Lebrón. Se quejaban de que el Cabildo les permitía cobrar solo una hogaza de dos libras por cada fanega de pan cocido, cuando antes recibían dos. Alegaban que así no cubrían los gastos de cocción.
El Ayuntamiento no cedió. Ordenó que los molineros continuaran con sus maquilas, que los horneros cobrasen una sola hogaza por fanega de trigo y que los panaderos no pudieran vender la hogaza de pan común por encima de 28 cuartos. Quien incumpliera sería castigado con cuatro ducados de multa y ocho días de cárcel. Los edictos debían fijarse en lugares concurridos, como los Cantillos de San Pedro y las puertas de las carnicerías.
Ahí está el pulso más humano del reportaje. Los horneros no eran grandes especuladores; también peleaban por sobrevivir. Pero el Ayuntamiento sabía que, si el precio del pan seguía subiendo, la villa podía arder sin necesidad de pólvora.
Madrid, Sevilla y Marchena
Mientras Marchena luchaba por su pan, las autoridades superiores tenían otras prioridades. El Supremo Consejo de Castilla facilitaba el abastecimiento de la Corte, y desde Sevilla se ordenaba no impedir a los trajinantes comprar trigo para la capital, que también sufría escasez. Además, en septiembre de 1804 se comunicó la obtención de un salvoconducto del Gabinete inglés para evitar la detención de barcos que venían del extranjero cargados de grano hacia España.
El eco de 1805
La hambruna no terminó con el año. En enero de 1805, el Cabildo seguía preocupado por los jornaleros y sus familias, que mendigaban por el pueblo y amenazaban con desórdenes empujados por el hambre. Se acordó formar una lista de jornaleros y repartirlos entre labradores, pegujaleros y arrendadores de tierras, obligando a cada propietario a mantener cierto número de trabajadores con siete reales secos o con tres libras de pan y tres reales.
Durante los primeros meses de 1805, el trigo comprado, requisado a ocultadores o adquirido al duque fue almacenado en el Pósito y en la Cilla eclesiástica. Desde allí se despachaba diariamente a los atahoneros al precio de 160 reales la fanega. La intervención municipal consiguió rebajar la tensión, y en mayo de 1805 se consideró que la abundancia de trigo permitía disolver la Junta de Beneficencia.
Pero el daño ya estaba hecho. La Marchena de 1804 había aprendido que el pan podía convertirse en frontera: entre quien tenía y quien no, entre el vecino y el forastero, entre la caridad y el negocio, entre el poder señorial y la necesidad popular.
Saber más
Fuente principal: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833. Tomo I, especialmente el capítulo “La hambruna. Marchena, año 1804” y los apartados relacionados con la crisis de abastecimiento de 1805.
Historia
El Bosque, la pequeña Marchena fundada por los Duques de Arcos en la sierra gaditana
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1 semana agoon
25 junio, 2026
La villa de El Bosque fue una donación hecha por los Reyes Católicos a D. Rodrigo Ponce de León, firmado en Jaén a 11 de noviembre de 1490.

“Acatando los muchos e buenos y leales y señalados servicios” de D. Rodrigo “y para siempre jamás”, se le hace “donación de Villaluenga, Ubrique, Benaocaz, y Grazalema, con sus fortalezas y alquerías y vasallos y vecinos y moradores de ella”.
En 1501, tras el levantamiento de Sierra Bermeja, sometidos los moriscos de la zona doña Beatriz de Pacheco, viuda del Duque encargó a Juan de Ayllón poblar la serranía con 317 vecinos de Marchena, Arcos, Bornos, Villamartín, Espera, atraídos especialmente por el reparto de tierras.
Uno de los duques levantó un palacio como lugar de descanso y cacería en el “Palacio del bosque de Benamahoma”, donde está ahora El Bosque. Requería un gran número de criados, ojeadores para montería. Ante la imposibilidad de que todos estuvieran viviendo en el Palacio, fueron edificándose diversas casas en sus alrededores por los criados de los duques al que llamaron Marchenilla, derivado de Marchena.
El oratorio de palacio resultaba insuficiente para recoger todos los vecinos, estos levantaron una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Este primer intento de poblamiento recibiera el nombre de Santa María de Guadalupe.
Durante siglos todos sus vecinos, desde el alcalde corregidor hasta el más modesto palafrenero, –dependían muy directamente de la jurisdicción del Duque.
Poco a poco los duques de Arcos, dejaron de realizar estancias periódicas en ella. Entonces el palacio serrano de El Bosque dejó de ser la “Marchena pequeña” y recibió el nombre de El Bosque o La puebla de Santa María de Guadalupe nombre que también perdió por coincidir con El Algar fundado por D. Domingo López de Carvajal.
En la Real Orden de 1815, por la que Su Majestad el Rey concede al pueblo la categoría de villa, emplea el término de “El Bosque”. Y, por el contrario, en los libros parroquiales de este mismo año prosigue, quizás por inercia o costumbre, el de “Marchenilla”. Sin embargo, hacia mediados de siglo, en 1851, se simultanea en las actas matrimoniales, bautizos o defunciones: “villa de Marchenilla o Bosque”.
En este pueblo se educó Fray Diego José de Cádiz, hijo del administrador del duque de Arcos. En El Bosque, recibió las primeras letras y luego se convirtió en gran misionero de las tierras de Andalucía.
El Bosque fue el primer pueblo de la Sierra que se enfrentó a Napoleón. Prepararon una emboscada a algunos franceses rezagados causándole ocho muertos y tres heridos.
Esto encolerizó al general francés Víctor que ordenó a una división de ocupación –Marasín o Latour Maubourg–, que asolasen y quemasen inmediatamente a El Bosque y Prado del Rey. “habiendo tenido que sufrir varios saqueos y un incendio que arruinó gran parte de sus edificios”. Sus vecinos, antes de capitular, prefirieron “ver quemados sus hogares y andar errantes por los montes» antes que entregarse al enemigo.
QUE HACER EN EL BOSQUE
SENDERISMO El río de El Bosque es uno de los principales atractivos turísticos de la Sierra de Grazalema, durante los fines de semanas se llena de amantes del senderismo que disfrutan de sus maravillosos paisajes. La ruta conecta El Bosque con Benamahoma y tiene un recorrido de 4,3 km. Desde el pico Albarracín podéis ver El Bosque y diferentes pueblos colindantes.
Uno de los lugares donde poder apreciar la toda la Sierra de Grazalema y disfrutar de las puestas de sol. En El Bosque y en la Sierra de Cádiz puedes disfrutar del paintball en unos escenarios naturales. Una forma de descargar adrenalina y pasar un grandes ratos de risas. El campo de juego se encuentra en plena Sierra de Grazalema y proporcionan todo el material necesario (marcadoras, protecciones, ropa…). En El Bosque se encuentra el Centro de Interpretación del Queso de la Quesería El Bosqueño, empresa con numerosos premios internacionales y nacionales por sus quesos de cabra payoya y oveja merina grazalemeña.
El Jardín Botánico de El Castillejo representa la flora más autóctona de la Sierra de Cádiz y Serranía de Ronda. Un lugar que no puede faltar en tu visita a El Bosque. Forma parte de la Red de Jardines Botánicos en Espacios Naturales Protegidos de Andalucía. La entrada es gratuita y ofrece un servicio de visitas guiadas gratuitas para los grupos que lo soliciten.
Actualidad
La calle del Moral, y el pasaje de Capuchinos, una parte olvidada de nuestra historia
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1 semana agoon
25 junio, 2026
En Febrero de 2021 se ejecutaron labores de limpieza, toma de catas y documentación de estructuras, trabajos previos que servirán para redactar el proyecto de intervención de la Fase 2 de recuperación de la Muralla del Palacio Ducal, en los alrededores de la calle Del Moral, una calle olvidada en pleno barrio de San Juan. En estos trabajos se documentó el antiguo pasaje de Capuchinos que conectaba la calle doctor diego Sánchez a través de a calle del Moral con los jardines y huerts del palacio pasando por debajo de las ruinas del convento capuchino, fundado en 1650 por el IV Duque Rodrigo Ponce, virrey en Nápoles.
Ubicación del Pasaje de Capuchinos. Antes de existir el convento de Capuchinos se llamó Calle del Moral.
Así era el sabat, el pasadizo elevado de origen islámico, que unía Santa María con el Palacio
LA CALLE DEL MORAL
En la calle Del Moral que lleva muchos años sin tener acceso público, había casas cedidas por el Duque a hermandades como la Veracruz y Animas de San Juan (hoy fusionadas) aunque el mayor propietario de la zona era el Conventos de San Francisco y en menor medida Santo Domingo. Sus casas se tomaron para construir el convento de Capuchinos.
Rodrigo Ponce de León en 1649 escapó de milagro a la rebelión de Massaniello siendo Virrey de Nápoles (1647).
Por temor a las clases populares compró las casas de la barriada Puerta Ecija que lindaban con el Palacio para eliminarlas y construir en parte del solar resultante el Convento y Huerta de Capuchinos sobre solares de las casas de la calle Del Moral y otras en 1650.
Una de estas casas, la sexta era de María de la Cruz, «que paga a la cofradía de la Vera Cruz 30 reales y al convento de san Pedro, 9” casa valorada en 660 reales. Vicente Baeza, lacayo del Duque, pagaba anualmente diez reales y un cuartillo al convento de San Francisco por unas casas en la calle del Moral por escritura otorgada ante el escribano Francisco Xuares.
Lindaba la casa del convento de San Francisco con otra de Maria Pérez y otra de la Cofradía de la Veracruz «por escritura de venta ante Diego Núñez, escribano público que fue de esta villa en 1599.
La barriada perdida en Marchena tras la rebelión de Nápoles contra el Duque de Arcos
El 21 de enero de 1620 Luis Guillermo de Fuentes, escribano de cámara del Duque de Arcos y «rector que soy de la Cofradia de Animas del Purgatorio de la iglesia de San Juan» redime las rentas de unas casas propiedad de dicha cofradía en la calle del Moral, a Diego Garcia de Montemayor y Maria Alfonso su mujer.
En la desaparecida calle Del Moral había casas cedidas por el Duque a hermandades como la Veracruz y Animas de San Juan (hoy fusionadas) aunque el mayor propietario de la zona era el Conventos de San Francisco y en menor medida Santo Domingo. Sus casas se tomaron para construir el convento de Capuchinos.
El juego de pelota que estuvo en el Palacio Ducal desde 1541
Una de estas casas, la sexta era de María de la Cruz, «que paga a la cofradía de la Vera Cruz 30 reales y al convento de san Pedro, 9” casa valorada en 660 reales.
La casa de Maria de la Cruz tenía dos rentas una del convento de San Pedro Mártir, de 156 reales, «por un codilicio de Gregorio de Angulo, ante Luis de Utrera de 18 de Noviembre de 1593», y otra renta principal que iba a la Cofradía de la Veracruz por la casa que tenía arrendada a María de la Cruz y que fue a parar a Pedro González Bayón.
Vicente Baeza, lacayo del Duque, pagaba anualmente diez reales y un cuartillo al convento de San Francisco por unas casas en la calle del Moral por escritura otorgada ante el escribano Francisco Xuares.
Lo que queda del Palacio Ducal de Marchena según excavaciones arqueológicas
Lindaba la casa del convento de San Francisco con otra de Maria Pérez y otra de la Cofradía de la Veracruz «por escritura de venta ante Diego Núñez, escribano público que fue de esta villa en 1599, sobre la cual se cargan anualmente dos reales y un cuartillo, que se pagan anualmente al convento de San Francisco» por la Festividad de Todos los Santos «de la limosna de dos misas rezadas por el alma de Catalina Gutiérrez».
El 21 de enero de 1620 Luis Guillermo de Fuentes, escribano de cámara del Duque de Arcos y «rector que soy de la Cofradia de Animas del Purgatorio de la iglesia de San Juan» redime las rentas de unas casas propiedad de dicha cofradía en la calle del Moral, a Diego Garcia de Montemayor y Maria Alfonso su mujer.
GALERIA: Exposición de las joyas del Palacio Ducal en el convento de Santa María
FUENTES:
-“Memoria del dinero que es menester para la redención de los censos de las capellanías y cofradías de la santa Veracruz y Änimas de de San Juan y misas de los Vice Beneficiados”. Archivo Histórico de la Nobleza,OSUNA,C.171,D.268-285.
-«Documentación relativa a la fundación y patronazgo, por parte de los duques de Arcos, del Convento de Capuchinas de la orden de San Francisco, situado extramuros de la villa de Marchena (Sevilla).» Archivo: Archivo Histórico de la Nobleza. Signatura: OSUNA,C.171,D.214-229).
Historia
La calle donde Marchena olía a jabón y el negocio que era
Published
2 semanas agoon
19 junio, 2026
Portada: Calle de la Almona, o La Mona, hoy calle Mariana Pineda.
En el XIX La libra de jabón blando seguía siendo un bien preciado que se vendía a dos reales y medio la libra en la Casa de Venta del Jabón propiedad de la Casa Ducal que producía rentas de 550 reales al año mientras que la Casa de la Almona o fábrica de Jabón generaba 440 reales anuales. 12.500 reales percibía la hacienda del duque por las rentas del jabón de Marchena.

Para hacer jabón se necesitaba aceite y almarjos, planta que crece en terrenos con agua y de cuya quema se obtiene la sosa o barrilla, cenizas ricas en sales alcalinas para blanquear la ropa. Por este motivo el impuesto se llamó renta del jabón, de la sosa y barrilla.
Mucha gente podría hacer jabón en Marchena por la riqueza en aguas hasta que en 1572 el Duque se hizo con el monopolio del jabón y los vecinos acudieron a los jueces iniciando un pleito ante la chancillería de Granada.
Antigua Almona de Dos Hermanas.
Los vecinos se quejaban de que el Duque había puesto «estanco en ella para que ningún vecino pudiese hacer jabón en su casa ni meterlo de fuera parte bajo de graves penas» sobre lo que decían las ordenanzas de Marchena.
Un escribano de Marchena declaró que el Estado de Arcos cobraba la renta de la almona de jabón desde 1486.
Un vecino de Marchena, Diego Trigueros afirma que desde 1455 se venían registrando las cuentas del jabón por el mayordomo de Marchena. según esas cuentas a Nicolás de Rojas le cobraron en 1462, 760 maravedíes por las rentas de jabón que tenía arrendadas a Juan Fernández y en 1463 Ruy Fernández paga 2200 reales, y Juan Alfonso arrendador de la renta de jabón de Marchena, 300 maravedíes.
Almona en Guadalcanal.
El Estado de Arcos fabricaba jabón en Marchena, al menos «desde 200 años antes» según los testigos del pleito de 1759 iniciado por el Duque de Medinaceli por el derecho del jabón de Marchena, Arcos y Jerez.
Almona de la Cilla de Osuna.
Los reyes castellanos heredaron y mantuvieron los impuestos creados por los reyes taifas musulmanes, y en Marchena el «tesoro real» o almojarifazgo fue a los Ponce de León incluyendo la renta de la teja y ladrillo, cal y yeso, madera, cenizas de hornos de pan, etc.
Los que la cobraban la renta se llamaban almojarifes, tesoreros de la Real o ducal Hacienda, de Jalifa, máxima autoridad árabe, similar a califa. Aún en 1497 en Arcos se afirma que nadie podía hacer ni vender jabón en la ciudad sin permiso de dicho Jarife o jalifa (sic).
La fabricación del jabón en Sevilla pasa de los reyes musulmanes a la Casa de Medinaceli, y luego Catalina de Ribera por merced de los Reyes Católicos. Las Almonas Reales de la calle Castilla produjeron el jabón más cotizado, el jabón «Castilla» y antes en el siglo XII, en tiempos de Al-Andalus, las jabonerías estaban en Triana cuyos restos aparecieron en una obra en 1989.
Torre de la Almona de Dos Hermanas.
En 1773 Santiago Fernández, vecino de Marchena (Sevilla),pide permiso para fabricar y vender jabón en Marchena y el el Duque le dice que no tiene impedimento alguno en sacarlo a subasta.
Pero el Duque de Medinaceli había comprado el monopolio del jabón del Arzobispado y quien lo incumplía era encarcelado, como le pasó a Diego Alonso de Silva lo que dio origen a pleitos contra los Duques de Arcos y le reclaman en 1761 que dejara libre el derecho del jabón en Marchena y Arcos, pero el derecho a fabricar jabón en Marchena era del Duque de Arcos «desde tiempo inmemorial» alegan las autoridades marcheneras.
La casa de Medinaceli esgrimió los acuerdos de Febrero de 1492 donde Rodrigo Ponce de León vendía al hijo de Pedro Enriquez, 2000 maravedies de las rentas de jabón de Sevilla pero no sobre Marchena.
En 1811 con la toma francesa de Marchena el gobierno local del corregidor Antonio Leguey, colaborador de los franceses acuerda eliminar el monopolio del negocio del jabón del control de los Duques de Medinaceli que pesaba sobre toda la provincia y arzobispado de Sevilla desde el siglo XVI.
Entonces Sebastián de Vega, vecino de Carmona, pide al Ayuntamiento de Marchena que se le permita el comercio de jabón en los puestos públicos marcheneros de acuerdo a impuestos municipales, no pudiendo excederse de los precios que están acordados para su venta por el Ayuntamiento.
FUENTES:
1.-Ejecutoria y memorial ajustado del pleito seguido por el [X] duque de Arcos, Francisco Ponce de León y el [XI] duque de Medinaceli, [Luis Férnandez de Córdoba Figueroa], sobre el derecho de permiso, fabrica y venta del jabón de la almona de Marchena (Sevilla), Arcos y Jerez de la Frontera (Cádiz). 1759-10-13.
2.-Las almonas de Carrión de los Céspedes (Sevilla). Pleitos sobre su propiedad entre el marqués de Villafranca del Pítamo y el duque de Medinaceli en el siglo XVIII.
3.-La composición de los almojarifazgos señoriales del reino de Sevilla, siglos XIII-XV
4.-E. Solano Ruiz. “La hacienda de las casas de Medina Sidonia y Arcos en la Andalucía del siglo XV”. AH, 55, 168, 1972, pp. 96-97).
5.-Autos con las tomas de posesión de todo lo perteneciente a la casa de Arcos en Marchena: castillo, contaduría, alcabalas, censos, cárcel, almona, Monte Palacio, donadíos, cortijos y tierras. Marchena, desde el 10 al 17 septiembre de 1743.
6.-Documentación relativa al convenio establecido entre Francisca Ponce de León, señora de Zahara, y Catalina de Ribera, en nombre de Fernando Enríquez, su hijo y del adelantado mayor de Andalucía, Pedro Enríquez, cediendo la primera cierta cantidad de renta sobre las jabonerías de Sevilla y Cádiz, a cambio de la almona y jabonería de Jerez de la Frontera.
7.-Documentos de posesión de derechos sobre jabonerias de la Casa de Arcos en Sevilla y Jerez en 1448.
8.-Testimonio de la denuncia que presentó Antonio de Herrera, arrendador del abasto y renta del jabón, contra Benito Márquez y su mujer María Hernández, por haber actuado contra las ordenanzas de la renta del jabón, y sentencia por dicha denuncia. 1560.
9.-Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo II. Actas municipales. 1800-1933. José Alcaide Villalobos.
Historia
José Montero Góngora, primer alcalde franquista de Marchena
Published
2 semanas agoon
18 junio, 2026
De: Alvaro Cabeza Andrés es Licenciado en Historia y Docente.
Se cumplen estos días 85 años del golpe de estado que dio lugar a nuestra última guerra civil y, a continuación, a varias décadas de dictadura. En Marchena la guerra apenas duró tres días, tras los cuales y de manera inmediata se convirtió en una ciudad de la retaguardia franquista.
El 21 de julio de 1936 a las 20.20 se llevó a cabo la destitución de la Corporación Municipal encabezada por el socialista Luis Arispón Rodríguez. Esa Corporación había sido elegida en mayo de 1931, pero fue cesada por orden del gobernador civil en junio de 1934 y de nuevo repuesta, también por orden del gobernador, en febrero de 1936. En su lugar fue nombrada una Comisión Gestora compuesta por cinco falangistas al frente de la cual fue designado José, “Pepe”, Montero Góngora.
Montero Góngora llevaba años siendo practicante de la Beneficencia. En esas fechas el otro practicante municipal era Antonio Giraldo Pérez, militante socialista que fue asesinado pocos días después de la toma de posesión de su colega.
La participación activa de Montero Góngora en la vida política y social de Marchena venía de años atrás. Hagamos un repaso muy sucinto de su actividad pública.
Ya en los últimos meses de la Monarquía tenía cierto peso social y por esa razón fue citado en el Ayuntamiento junto a otros destacados miembros de la sociedad para buscar soluciones a la grave crisis de desempleo. En mayo de 1933 formó parte de la comitiva marchenera que asistió al entierro en Sevilla del dirigente empresarial Pedro Caravaca. Ese entierro se convirtió en una muestra de repulsa por la inseguridad vigente y en una demostración de fuerza de las organizaciones conservadoras contra el Gobierno republicano.
Los cinco mayores contribuyentes de Marchena al inicio de la II República
Unos días después fue elegido bibliotecario de la junta directiva local de Acción Popular, partido político liderado por Gil Robles. Montero fue, por otra parte, el impulsor de la constitución en Marchena de las Juventudes de Acción Popular. Su militancia en el partido de Gil Robles no le impidió ser miembro fundador de Comunión Tradicionalista en agosto de 1933 y afiliado a Falange más adelante.
A lo largo de su vida profesional sufrió varias sanciones. La primera fue de carácter político puesto que, al parecer, hizo comentarios favorables a la intentona golpista de Sanjurjo en agosto de 1932. Esa sanción –destitución definitiva de su puesto- no se llegó a ejecutar y fue dejada sin efecto por el alcalde Arispón.
Alvaro Cabeza rescata la historia de los riojanos que emigraron a Marchena en el XIX
Otra sanción vino motivada por no atender a un herido y por desobedecer las instrucciones del médico y futuro alcalde Vicente Andrés y Torre. Curiosamente, mantenía una relación de estrecha amistad con la familia de Vicente Andrés. La sanción –suspensión temporal de empleo y sueldo por abandono del servicio- fue recurrida en los tribunales y nunca se llegó a resolver.
La Corporación conservadora nombrada en junio de 1934 y encabezada precisamente por Vicente Andrés lo restituyó a petición de la minoría de Acción Popular. Esa decisión fue revocada en febrero de 1936 por la Corporación del Frente Popular. Este nuevo cese fue respondido por los sectores conservadores con un escrito en su apoyo “por ser conocida su competencia y buen servicio”. Finalmente, sería reintegrado a sus funciones sanitarias por la Comisión Gestora que él mismo presidía.
El llamamiento de Juan Alvarez en 1934 para salvar la hermandad de la Caridad
Tras tomar posesión en julio de 1936 remitió un telegrama a Queipo de Llano informándole del hecho y saludándolo con un “viva a la España republicana con honra”. Inmediatamente dio comienzo a la purga de trabajadores municipales. Firmó los primeros decretos de cese al rato de su nombramiento, lo que nos indica la premeditación y planificación de la decisión.
En los días posteriores siguió destituyendo trabajadores con el argumento de ausencia del puesto de trabajo, ausencia que estaba causada simplemente porque algunos o bien habían sido asesinados o bien habían huido para evitar represalias.
Se adelantó a las órdenes de Queipo tanto en la depuración del personal municipal como en la limpieza de paredes que contuvieran pintadas de cariz marxista. En los poco más de tres meses que presidió el Ayuntamiento tuvo lugar en Marchena una sangrienta represión, como ha relatado y documentado el fallecido Javier Gavira. Este historiador atribuye a Montero Góngora la participación en agosto y septiembre en una cuadrilla de “limpieza”.
El maestro vallisoletano que dió nombre a la principal avenida de Marchena
En cuanto a su gestión municipal, aparte del cambio de nombre de algunas calles, lo más destacado es la creación a final de julio de “un servicio de socorro” para dar comida “a la clase obrera libre y sana”. Dos semanas después de crearlo redujo el servicio a una comida diaria “habida cuenta de la época de crisis y la seguridad de que desgraciadamente se prolongará”. En paralelo y justo en esos mismos días el gasto municipal en manutención de soldados ascendió, como mínimo, a la importantísima cantidad de 4.473 ptas.
En cuanto a su carácter personal, según documentos municipales era de condición pendenciera, lo que unido a su inclinación a la bebida le deparó alguna que otra reyerta. Como consecuencia de una de ellas en 1941 la alcaldía tuvo que dar traslado a la Inspección Provincial de Sanidad para que aplicara la sanción correspondiente dado el desprestigio que su comportamiento suponía para el Ayuntamiento. En una de esas trifulcas tabernarias fue herido de muerte pocos años después.
(Para más información o rectificación alvarocabezaandres@gmail.com)
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