El trastorno de ansiedad es el problema de salud mental más frecuentemente registrado en las historias clínicas de atención primaria en España, afectando al 6,7% de la población con tarjeta sanitaria y al 10% de la población total.
Más del 90% de los españoles cree que es importante reducir la crispación y un 86% reclama grandes pactos de Estado entre los partidos. Se produce así una peligrosa desconexión: la ciudadanía se siente agotada por el conflicto y demanda acuerdos, mientras percibe que la clase política que ella misma elige se comporta de manera diametralmente opuesta
La ansiedad se ha disparado en los últimos años a nivel global y nacional. En España, los datos del Sistema Nacional de Salud muestran un incremento de los trastornos de ansiedad, especialmente entre los jóvenes: su prevalencia se ha duplicado en menores de 25 años desde 2016 y ha crecido casi un 30% tras la pandemia.
Expertos señalan que venimos encadenando crisis sucesivas –sanitarias, económicas, climáticas y sociales– que han acentuado la vulnerabilidad y el estrés en la población. La pandemia de COVID-19, por ejemplo, trajo aislamiento, miedo al contagio y duelo, dejando secuelas psicológicas; a esto se suman la inflación económica, el cambio climático y conflictos internacionales cuyos efectos (directos o a través de los medios) generan una sensación de peligro constante. El resultado es un estado colectivo de alerta e incertidumbre que propicia la ansiedad.
Otro factor clave es la sobreexposición a información negativa. Vivimos hiperconectados en un flujo constante de noticias –muchas de ellas inquietantes– a escala global y local. Según la Asociación Americana de Psiquiatría, es natural sentir ansiedad en un mundo lleno de noticias sobre agitación mundial, pero la exposición sin precedentes a todo lo que ocurre alrededor puede estar aumentando esos sentimientos de ansiedad en la población.
Nuestro cerebro, por instinto de supervivencia, tiende a fijarse en las amenazas y “esperar lo peor” para prepararse. Si una persona permanece pendiente continuamente de las noticias y alertas, puede acabar teniendo una visión sesgada y catastrófica de la realidad –centrada solo en lo que puede salir mal– que naturalmente desemboca en angustia.
Crispación y agresividad en la vida cotidiana
La tensión acumulada aflora en conflictos cotidianos: discusiones que escalan desproporcionadamente –como peleas por motivos nimios en espacios públicos– y un tono agresivo cada vez más frecuente en la interacción social. Lejos de ser incidentes aislados, los especialistas advierten de un clima general de crispación que está calando en el comportamiento colectivo. Una encuesta reciente del Centro de Investigaciones Sociológicas reveló que nueve de cada diez españoles perciben “mucha” crispación en el país y la gran mayoría se muestra preocupada por esta situación.
El Dr. Luis Gutiérrez Rojas, psiquiatra y vocal de la Sociedad Española de Psiquiatría, señala que ha notado un aumento en el tono de agresividad vinculado a la crispación política en sus consultas. Existe, dice, “una mayor tendencia a conductas verbalmente violentas y un tono de intolerancia”, donde al imponer una opinión muchas personas recurren inmediatamente a la exigencia agresiva e incluso a amenazas si las cosas no salen como desean
Las mujeres se ven afectadas por trastornos de ansiedad en una proporción que duplica a la de los hombres (14% frente a 7%). Este patrón de predominio femenino en los problemas de salud mental en la población adulta es una constante en los informes ministeriales y se refleja también en el consumo de psicofármacos, donde las mujeres duplican a los hombres. Los trastornos de ansiedad son más frecuentes cuanto menor es el nivel de renta, una tendencia que se acentúa aún más en el caso de las mujeres. Cuando se pregunta a la población por las causas del deterioro de la salud mental, las dificultades económicas son la razón más citada, con un 91,4% de las menciones.
Frente a esta ola de malestar, la respuesta del sistema sanitario se ha caracterizado por una fuerte tendencia a la medicalización. España es uno de los países de la OCDE con mayor consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Esta situación se debe, en parte, a una carencia estructural de profesionales de la psicología en la sanidad pública. Como consecuencia, los psicofármacos son prescritos de forma mayoritaria (55,1%) por los médicos de Atención Primaria, que a menudo no disponen de más herramientas o tiempo.
Las Raíces Económicas del Desasosiego: Precariedad e Incertidumbre
La epidemia de ansiedad que sufre España no puede entenderse como un fenómeno puramente clínico o individual. Sus raíces se hunden profundamente en las condiciones materiales de vida de la población. La incertidumbre económica y la precariedad laboral se han consolidado como un factor estructural que genera un estado de desasosiego crónico.
Las cifras son contundentes: al menos el 50,8% de la población activa en España, lo que equivale a 11,9 millones de personas, se encuentra en situación de precariedad laboral. Este concepto abarca no solo el desempleo, sino también la temporalidad en los contratos, los bajos salarios, las jornadas parciales involuntarias y la falta de control sobre las condiciones de trabajo.
Un estudio concluye que los trabajadores en situación precaria tienen casi un 40% más de probabilidades de desarrollar problemas de salud mental que aquellos con empleos estables. La preocupación constante por llegar a fin de mes, el miedo a la pérdida del empleo o del estatus social y la vergüenza de no poder cumplir con las expectativas sociales se convierten en una fuente inagotable de ansiedad.
Un hallazgo fundamental de la investigación es que el factor explicativo crucial del deterioro de la salud mental no es solo la precariedad objetiva, sino la sensación de precariedad. Esta percepción de incertidumbre y falta de control sobre el propio futuro es un potentísimo generador de ansiedad.
La Percepción Pública de una Sociedad Crispada
La ciudadanía española tiene una percepción abrumadoramente clara y negativa del clima político. Según el CIS, un 88,9% de los españoles cree que hay «mucha o bastante» crispación política en el país. Esta no es una visión minoritaria, sino un consenso social: un 60,6% califica la tensión de «mucha». Además, esta situación preocupa «mucho o bastante» a más del 80% de la población.
La responsabilidad de este clima es atribuida de forma mayoritaria a la clase política. Un sondeo de 2021 señalaba que el 63% de los ciudadanos culpa a los políticos y a los partidos, muy por encima de otros actores como los medios de comunicación. Aunque en el pasado la culpa se concentraba en ciertos partidos, análisis más recientes muestran que la percepción de responsabilidad se ha distribuido de forma más amplia por todo el espectro ideológico, incluyendo a las principales formaciones del gobierno y la oposición.
Mecanismos de Contagio Emocional: De la Ansiedad Individual a la Agresividad Colectiva
El puente entre la ansiedad individual y la conflictividad social se construye a través de mecanismos psicológicos bien conocidos. El estrés y la ansiedad crónicos, generados por la incertidumbre económica descrita anteriormente, agotan los recursos cognitivos y emocionales de las personas. Este agotamiento provoca una disminución del umbral de tolerancia a la frustración, un aumento de la irritabilidad y una menor capacidad para la autorregulación emocional.
Teóricamente, el sistema democrático debería servir como un canal para procesar y resolver constructivamente los conflictos sociales. Sin embargo, la percepción ciudadana en España es la de un sistema que, lejos de mitigar la tensión, la alimenta.
Más del 90% de los españoles cree que es importante reducir la crispación y un 86% reclama grandes pactos de Estado entre los partidos. Se produce así una peligrosa desconexión: la ciudadanía se siente agotada por el conflicto y demanda acuerdos, mientras percibe que la clase política que ella misma elige se comporta de manera diametralmente opuesta. Este sentimiento de que el sistema es incapaz de responder a una demanda social tan clara y mayoritaria es profundamente frustrante y erosiona la confianza en las instituciones democráticas, generando un círculo vicioso de alienación y cinismo. La crispación no es solo un ruido de fondo desagradable; es percibida como un síntoma de una crisis más profunda de representación política.
La Maquinaria de la Discordia
La crispación que satura el ambiente social y político no es un mero subproducto accidental de tiempos difíciles. Es, en gran medida, el resultado de estrategias políticas deliberadas que han encontrado en la polarización y el miedo sus herramientas más eficaces. Para comprender por qué la tensión persiste a pesar del rechazo ciudadano, es necesario analizar la lógica que la alimenta.
El debate político siempre ha implicado desacuerdo sobre ideas y programas (polarización ideológica). Sin embargo, el fenómeno más preocupante y creciente en las democracias contemporáneas es la polarización afectiva. Este concepto no se refiere tanto a la distancia entre políticas, sino a la animosidad y el rechazo emocional hacia quienes votan a otros partidos. Se trata de la consolidación de identidades políticas tribales basadas en la antipatía hacia el «otro», al que se percibe como un adversario moralmente inferior o incluso como una amenaza.
En España, este fenómeno ha experimentado un crecimiento notable: la polarización afectiva aumentó más de un 30% entre 2021 y 2024. Se manifiesta en un incremento de los sentimientos negativos entre los bloques ideológicos. Un efecto secundario pernicioso es la «falsa percepción de radicalismo»: los votantes de izquierda y derecha tienden a creer que sus oponentes sostienen posturas mucho más extremas de las que realmente tienen, lo que agranda la brecha percibida y dificulta cualquier acercamiento.
En un clima de ansiedad generalizada y polarización afectiva, la «política del miedo» se convierte en una estrategia extraordinariamente potente. La teoría política, desde Hobbes hasta la actualidad, reconoce el miedo como una emoción política fundamental, un instrumento para movilizar y mantener el poder. Su funcionamiento psicológico sigue un patrón claro:
Construcción de una Amenaza: Se identifica y define un «enemigo», ya sea interno (un grupo social, una ideología opuesta) o externo (la inmigración, potencias extranjeras), al que se culpa de los problemas y el malestar de la sociedad.
Generación de Alarma Social: A través del discurso político y la colaboración, consciente o no, de ciertos medios de comunicación, se magnifica esta amenaza. Se presentan hechos delictivos o problemas sociales de forma desproporcionada y sensacionalista para crear una sensación de peligro inminente y generalizado.
Presentación de un Salvador: El líder o partido que promueve el miedo se posiciona como el único protector capaz de defender a la ciudadanía de esa amenaza. A cambio de esta protección, se exige lealtad y unidad, descalificando cualquier disidencia como una traición o una ingenuidad peligrosa.
La combinación de polarización afectiva y política del miedo es tóxica para la salud de una democracia. Deteriora la cooperación entre ciudadanos, mina la confianza en las instituciones, reduce la legitimidad de los gobiernos y puede conducir a la parálisis institucional por la imposibilidad de alcanzar acuerdos. Se instaura una mentalidad de suma cero donde la victoria del adversario no es una alternancia legítima, sino una catástrofe existencial.
Rompiendo el Ciclo: Estrategias para la Resiliencia Individual y Colectiva
A Nivel Individual y Comunitario
Una de las estrategias más comunes es el “apagón informativo”: reducir al mínimo el consumo de noticias, especialmente las de contenido político o alarmista. “. Otra herramienta en auge es el retorno a lo corporal: salir a caminar al aire libre, cocinar con calma, cuidar las plantas o hacer ejercicio moderado. También crecen los grupos de lectura, meditación o arte comunitario en entornos rurales y urbanos.
En definitiva, frente a una crisis de ansiedad de escala colectiva, muchos están aprendiendo a protegerse desde lo pequeño, desde lo cercano, desde lo que aún pueden controlar. Apagar el móvil, salir al campo, volver a los oficios de siempre o simplemente dormir más. Como dice un viejo refrán andaluz: “Quien se guarda, Dios lo guarda”. Y en estos tiempos, cuidarse ya es una forma de resistencia.
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