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Historia

El último hombre que intentó saberlo todo

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En un rincón del siglo XVII, un jesuita alemán se propuso conquistar todos los secretos del universo. Su nombre era Athanasius Kircher (1602-1680), un erudito cuya figura polariza a los historiadores: para algunos, un genio visionario; para otros, un charlatán que intentó abarcar demasiado. Su legado, repleto de curiosidades y controversias, sigue fascinando a quienes lo estudian.

El contexto de una mente universal

Nacido en el Sacro Imperio Romano Germánico, Kircher vivió los estragos de la Guerra de los Treinta Años. Su educación jesuita lo llevó a dominar idiomas como el hebreo y el siríaco, mientras desarrollaba un interés por las matemáticas y la filosofía natural. En 1633, tras un breve paso por Francia, se estableció en Roma, convirtiéndose en profesor en el Colegio Romano, la principal institución educativa de la Compañía de Jesús.

Desde este enclave, Kircher se lanzó a una carrera enciclopédica, escribiendo sobre magnetismo, idiomas antiguos, geología y máquinas ópticas. Su museo en el Colegio Romano atrajo a eruditos de toda Europa, maravillados por sus instrumentos y modelos.

Obras magnas y polémicas

Aunque sus obras fueron celebradas por su amplitud, también suscitaron críticas. Leibniz, por ejemplo, desestimó su Ars magna sciendi como un ejercicio sin rigor analítico, mientras que el anticuario Raffaele Fabretti acusó a Kircher de inventar pruebas para justificar sus teorías arqueológicas.

Genio o charlatán?

La opinión sobre Kircher varió con el tiempo. Durante su vida, fue venerado como un oráculo del conocimiento. Sin embargo, en el siglo XVIII, figuras como Johann Burkhard Mencke lo ridiculizaron en De charlataneria eruditorum. Uno de los episodios más notorios fue su traducción errónea de un manuscrito falsificado que afirmaba ser egipcio, dejando en evidencia su susceptibilidad a los engaños.

A pesar de las críticas, Kircher también fue una fuente de inspiración. Su Itinerarium Exstaticum influyó en Christiaan Huygens, y sus experimentos con el sonido encontraron eco en los estudios acústicos del siglo XVIII. Como señaló Cotton Mather, teólogo puritano, “Kircher tiene la habilidad de mover el alma con su descripción de la música y el cosmos”.

Un legado barroco

Kircher encarna el espíritu del Barroco: una época que buscaba unir ciencia, arte y religión en un sistema integral. Su museo, precursor de los modernos gabinetes de curiosidades, y sus libros, cargados de grabados y diagramas, invitaron a sus contemporáneos a explorar las conexiones entre todas las formas de conocimiento.

Como reflexiona Paula Findlen en su obra The Last Man Who Knew Everything (Routledge, 2004): “Kircher no era un ignorante ni un genio absoluto; su grandeza radica en su valentía por intentar descifrar el universo con las herramientas de su tiempo”.

Hoy, Athanasius Kircher es recordado no por sus errores, sino por su inagotable curiosidad y su capacidad para inspirar. En un mundo que se fragmenta entre especializaciones, su ambición por la unidad del conocimiento sigue siendo una lección para todos nosotros.

Kircher publicó más de treinta libros, entre los que destacan:

  • Mundus Subterraneus (1665): Una exploración de la geología que especulaba sobre volcanes y corrientes subterráneas.
  • Oedipus Aegyptiacus (1652-1655): Un intento de descifrar los jeroglíficos egipcios, ahora desacreditado, pero influyente en su época.
  • Ars Magna Lucis et Umbrae (1646): Un tratado sobre óptica y luz que incluía diseños para linternas mágicas, precursoras del cine.

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Historia

De dónde venía el hielo cuando no se había inventado la electicidad

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El hielo llegaba a Marchena y Sevilla cada noche -especialmente en las épocas de más calor- desde los pozos de nieve propiedad del Duque que existían al menos desde 1629 en la  Sierra del Pinar, y San Cristóbal en Grazalema con 1654 metros, dentro del Señorío de Villaluenga máxima altura de la provincia de Cádiz y también de Andalucía occidental.
60 cargas de nieve al año valoradas en 16.000 reales anuales se enviaban al Palacio Ducal de Marchena y el resto se vendía en Morón, Arahal, Olvera, Carmona, Sevilla, Jerez y Cádiz. 
«La recogen aquí con parihuelas, que llevan dos hombres, puesta encima una estera. En San Cristóbal en los harapos de las mantas o la cargan al hombro; aquí todo son balsas, que llaman sin embargo pozos. Las hacen en cualquiera parte cerca de las ventiscas, levantando mucho en ellas el montón de nieve que cubren solo con las ramas de pinsapo y tierra encima. Así es que se les derrite mucha cantidad», informa Simón de Rojas Clemente Rubio en 1809.
Pozo de la Nieve del Real de San Vicente | San vicente, Ciudad de ...
El hielo se usaba además con fines alimentarios y medicinales, para rebajar la fiebre, como calmante en procesos de congestión cerebral, con el fin de detener hemorragias o como antiinflamatorio.
«Al Duque de Arcos, dueño de la nieve, le vale ésta 20.000 reales anuales (…) habiendo sucedido pagar en un día hasta mil y quinientos jornales» (…) No se permite a los vecinos de Grazalema que recojan nieve para su consumo, por el derecho que cree tener sobre ella el Duque» decía el mismo autor.
En 1629 Alonso de Cabrera, miembro del Consejo y Cámara y General de la Inquisición, dona por privilegio real los cuatro pozos de nieve de Grazalema a Rodrigo Ponce de León a cambio de su ayuda para reclutar soldados para las guerras de Italia y Flandes.
El Rey necesita dinero por lo que pide en 1670 a Francisco de Vargas, corregidor de Ronda, administrador de rentas reales que cobre el «quinto» real de los pozos de nieve del Duque, pero éste se niega, el Rey los embarga y Don Rodrigo comienza un largo pleito con Hacienda alegando que eran de su propiedad y que tenía escrituras donde se le libraba del pago del quinto real.
Algunos han sido restaurados, como el de la subida al Torrecilla. :: m. b./
En los sucesivo los arrendatarios, naturales de Ronda se niegan a pagar tributos al Rey alegando que ya pagaban al Duque 19.200 reales a razón de 3.200 reales anuales.
Los neveros de Benaoján tenían  pilas excavadas en la roca en las que se congelaba el agua en años de nieves escasas. 
En 1685 Hacienda ordena al Duque a pagar los impuestos desde el año 1629, fecha en que se le concede la merced de los pozos, “por ser notoria traición y fraude a la Real Hacienda”. El total del débito, transcurridos unos 51 años, sumó 163.200 reales.
La nieve, el olvidado y próspero negocio de las sierras de Málaga ...
Se transportaba en serones que se cerraban por arriba, por donde se introducía el hielo envuelto en un aislante térmico compuesto de paja menuda y polvo obtenido de la trilla del cereal, llamado tamo.
Al final del XVIII se produce un nuevo pleito entre la Casa Ducal y los municipios de la Sierra de Villaluenga que habían empezado a explotar los pozos de nieve sin consentimiento del Duque lo que éste consideraba una agresión a su propiedad sobre los mismos.
Sin títuloDurante el invierno y el inicio de la primavera, los neveros acumulaban la nieve y la compactaban con pisones hasta convertirla en hielo. La nieve se cubría con una capa de arbustos, y  por último, con una capa de tierra. 
Los pozos se cubrían con una cubierta que formaba una cámara de aire que impedía que el calor estuviera en contacto con el hielo. 
Fuente: Documentación relativa al pleito mantenido entre el [VI] duque de Arcos, Manuel Ponce de León y la corona sobre el uso de cuatro pozos de nieve ubicados en la Sierra del Pinar y de San Cristóbal, en el término de las llamadas «cuatro villas» situadas en la sierra de Villaluenga del Rosario (Cádiz). Fecha creación: 1678.
Fuente: Simón de Rojas Clemente Rubio – Viaje a Andalucía – Historia natural del Reino de Granada (1804-1809),

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Actualidad

Lujo asiático en Marchena: los tesoros de oriente ocultos en las iglesias y conventos de Marchena

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La afluencia sostenida de objetos suntuarios asiáticos hacia Marchena resulta incomprensible sin delinear previamente la infraestructura logística e ideológica que la sustentaba. El Imperio español y la Unión Ibérica establecieron, a partir del tornaviaje de Andrés de Urdaneta en 1565, un puente ininterrumpido a través del Océano Pacífico: el Galeón de Manila. ç

Esta flota anual conectaba el puerto filipino de Cavite con Acapulco en Nueva España, trasladando sedas, porcelanas, especias, lacas y marfiles. Desde allí, las mercancías atravesaban el virreinato mexicano hasta Veracruz para integrarse en la Flota de Indias, cuyo destino final era la Casa de la Contratación en Sevilla (y posteriormente Cádiz). La proximidad geográfica e institucional de Marchena a Sevilla garantizó a la aristocracia local un acceso inmejorable a estos mercados de hiperlujo.

Este fenómeno de acumulación y transculturación fue posible gracias a la convergencia de tres grandes vectores sistémicos: el mecenazgo omnipotente de la Casa Ducal de Arcos, la capilaridad diplomática y espiritual de las misiones religiosas (fundamentalmente jesuíticas y franciscanas), y la fluidez de las rutas comerciales transpacíficas vertebradas en torno al Galeón de Manila.

El primer marchenero que viajó a Asia en 1583

La Compañía de Jesús y las órdenes mendicantes dependían del músculo financiero y la influencia política de la alta nobleza peninsular para sostener y expandir sus misiones en el Extremo Oriente. Como contrapartida a estas rentas y favores, los misioneros enviaban a sus protectores informes cartográficos, reliquias de mártires y obras de arte devocional ejecutadas con técnicas y estéticas nativas, pero adaptadas a las necesidades litúrgicas europeas.

En el epicentro de este ecosistema de intercambio resplandece la figura de doña María Guadalupe de Láncaster y Cárdenas (1630-1715), VI duquesa de Arcos por su matrimonio con el duque Manuel Ponce de León, y duquesa de Aveiro por derecho propio. Esta aristócrata del Barroco, célebre en las cortes europeas, poseía una vasta formación humanista y dominaba varios idiomas, llegando a atesorar una biblioteca privada que superaba los cuatro mil volúmenes. Su fervor inquebrantable por la empresa evangelizadora le valió el apelativo de «Madre de las Misiones».

Las desconocidas joyas de arte asiático que conservan los conventos desde hace cuatro siglos

La duquesa de Aveiro no se limitó a financiar expediciones; estableció una red de inteligencia y correspondencia directa con la vanguardia misional en Asia, rastreando los progresos en la cristianización de China, las Islas Marianas y las malogradas intentonas en Japón. Gracias a este flujo constante de información y presentes, logró acumular un patrimonio oriental extraordinario, gran parte del cual fue desviado intencionadamente hacia las fundaciones religiosas de la Casa de Arcos en Marchena, destacando el antiguo colegio jesuítico de la Encarnación (actual convento de Santa Isabel) y el convento de las Franciscanas Descalzas.

Marchena, capital ducal y nodo jesuítico

La clave está en entender qué era Marchena en la Edad Moderna. No hablamos de una localidad secundaria, sino de la capital de los estados señoriales de los duques de Arcos, una casa nobiliaria de enorme poder político, económico y simbólico. El Colegio de la Encarnación de la Compañía de Jesús, hoy vinculado al conjunto de Santa Isabel, fue fundado en la década de 1560 por María de Toledo, esposa de Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos, y llegó a convertirse en un centro de enorme peso dentro de la Provincia Bética jesuítica durante los siglos XVI y XVII. Los duques escogieron la iglesia jesuita como lugar de enterramiento y los rectores del colegio actuaron como confesores, maestros y consejeros de la casa ducal.

Ese colegio no era un simple edificio religioso. En 1568, apenas fundado, contaba ya con 300 estudiantes; tenía escuelas gratuitas de primeras letras y una iglesia ricamente decorada con escudos de los Ponce de León, retablos, pinturas, ornamentos preciosos y dádivas de particulares y de la propia casa ducal. Parte del conjunto subsiste hoy como convento de Santa Isabel, aunque la documentación señala que perdió buena parte de su mobiliario original.

Al otro lado de la ciudad patrimonial, San Juan Bautista funcionaba como otro gran depósito de memoria artística. La propia web turística municipal recuerda que la iglesia, de finales del siglo XV, fue declarada Bien de Interés Cultural en 1931, conserva estructura gótico-mudéjar, cinco naves, un gran retablo mayor del primer tercio del XVI y una colección parroquial de nueve lienzos de Zurbarán encargados en 1634 y entregados en 1637.

Marchena estaba, por tanto, en el lugar exacto para recibir objetos extraordinarios: cerca de Sevilla, conectada con la Casa de la Contratación y las rutas americanas; dominada por una nobleza con capacidad de compra, donación y patronazgo; y atravesada por redes religiosas que miraban a Asia, América y Tierra Santa.

La ruta que traía Asia a Andalucía

Para que una pieza japonesa o filipina acabara en una clausura marchenera había que cruzar medio mundo. El Galeón de Manila, también llamado Nao de China, unió durante más de dos siglos Asia, América y Europa. El Museo Naval resume esa ruta como una conexión que, entre 1565 y 1815, enlazó tres continentes a través del Galeón de Manila y la Carrera de Indias. Casa de América recuerda que el tornaviaje de Urdaneta permitió abrir en 1565 el camino de regreso desde Manila a Acapulco, y que la ruta conectó Manila, Acapulco, Veracruz y Sevilla en viajes anuales desde 1571 hasta 1815.

Eso significa que un marfil tallado en Manila podía salir de Filipinas, cruzar el Pacífico hasta Acapulco, atravesar Nueva España por tierra, embarcar en Veracruz y llegar a Sevilla o Cádiz. Desde allí, una casa nobiliaria como la de Arcos podía hacerlo circular hacia sus palacios, conventos, iglesias y fundaciones. Lo mismo ocurría con lacas japonesas, porcelanas, sedas, objetos de nácar, piezas de carey, maderas oscuras, abanicos, relojes, instrumentos científicos, reliquias y cartas de misión.

La duquesa de Aveiro: una mujer mirando a China y Japón

En el centro de esta historia aparece una figura decisiva: María Guadalupe de Lencastre y Cárdenas, VI duquesa de Aveiro, duquesa consorte de Arcos por su matrimonio con Manuel Ponce de León. No fue una aristócrata decorativa. La investigación de Natalia Maillard Álvarez la presenta como una mujer célebre en su tiempo por su cultura extraordinaria y por su apoyo a las misiones católicas.

Los panegíricos escritos tras su muerte en 1715 destacaban precisamente dos aspectos: su respaldo a las misiones, que le valió el apelativo de “madre de las misiones”, y una biblioteca de más de 4.000 volúmenes. Además, la documentación estudiada por Maillard muestra que la duquesa mantuvo una abundante correspondencia con religiosos repartidos por Asia y América, con cartas procedentes de China, Macao, Goa y Nueva España, entre otros lugares.

La propia biblioteca de la duquesa confirma esa mirada global: Japón aparece en 24 entradas y China en 15, con obras sobre mártires japoneses, historia de Tartaria y China, textos jesuíticos y manuscritos relacionados con la misión. No era curiosidad superficial: las matemáticas, la astronomía, la geografía y las lenguas formaban parte de la estrategia misionera, porque los jesuitas sabían que la ciencia era una llave para entrar en las cortes asiáticas.

La lámina china de la Adoración de los Reyes

Uno de los episodios más fascinantes de esta red mundial se conserva en la historia del antiguo sagrario del retablo de San Ignacio, hoy en la sacristía de la parroquia de San Juan. La publicación patrimonial dedicada al Colegio de la Encarnación recoge que la duquesa de Aveiro entregó una lámina de cobre con la Adoración de los Reyes, regalo que el emperador de China habría hecho al padre Antonio Tomás, misionero jesuita, y que este remitió a la duquesa.

La pieza no llegó como simple objeto decorativo. Según esa misma publicación, la duquesa quiso que se conservase en el colegio jesuítico y costeó la transformación del sagrario: se hizo una puerta con un pelícano en la parte superior, la lámina en el centro protegida por cristal y, abajo, un cordero con los siete sellos. En otro pasaje del mismo estudio, al hablar de los grandes benefactores de Santa Isabel, se dice que Guadalupe de Láncaster entregó seis mil ducados al colegio y numerosos bienes, entre ellos la lámina de cobre de la Adoración de los Reyes, una imagen de la Concepción, el retrato de San Ignacio, el bonete de San Francisco Javier y reliquias de los mártires del Japón.

Aquí conviene una precisión de rigor: la publicación maneja la fecha de 1713 en el resumen de donaciones y aparece también 1717 en el desarrollo del relato. Para un texto periodístico prudente, lo más exacto es decir que la entrega está documentada en los primeros años del siglo XVIII, con mención expresa a 1713/1717 según el propio estudio.

La presencia del padre Antonio Tomás no es anecdótica. La investigación sobre la duquesa de Aveiro confirma que Antoine Thomas, jesuita belga, fue uno de sus grandes corresponsales desde Asia, con quince cartas localizadas, y que su formación matemática y astronómica fue esencial para la misión china. La misma investigación recuerda que los objetos científicos, como relojes y telescopios, eran fundamentales para ganar prestigio ante las élites chinas.

Así, la pequeña lámina de San Juan no habla solo de la Epifanía. Habla de Pekín, de la corte Qing, de jesuitas astrónomos, de una duquesa que leía cartas de Asia en Madrid y de una Marchena que recibía los restos materiales de aquella diplomacia sagrada.

Las arcas namban de Santa Isabel: Japón en una clausura andaluza

El rastro japonés aparece asociado a las arcas namban conservadas o documentadas en el entorno de Santa Isabel. El arte namban nació del contacto entre Japón y los portugueses y españoles en los siglos XVI y XVII. El propio catálogo CERES del Ministerio de Cultura registra piezas namban como arcas de madera, nácar, bronce, pigmento dorado y laca negra, fechadas en torno a 1580-1600.

Estas piezas eran objetos de lujo fabricados para una clientela europea fascinada por la técnica japonesa. La laca urushi ofrecía un negro profundo, casi líquido, sobre el que se aplicaban decoraciones doradas y plateadas mediante makie, mientras el nácar incrustado, raden, producía destellos irisados. En el contexto de una iglesia o convento iluminado por velas, una arqueta de ese tipo no era un simple cofre: era una pequeña noche brillante, un objeto donde el lujo oriental se convertía en envoltorio de reliquias, documentos y memoria misionera.

La pieza marchenera se inscribe en esa sensibilidad: una arqueta de laca, nácar y decoración geométrica o vegetal, relacionada con los circuitos jesuíticos y con la devoción a los mártires de Japón, según el documento base y la línea de investigación local aportada.

Marfiles filipinos: los sangleyes y la fe tallada en colmillo

La tercera gran familia de objetos nos lleva a Manila. Los marfiles hispano-filipinos fueron una de las producciones devocionales más características del comercio transpacífico. La investigación de Zhou Meng sobre las fuentes chinas del marfil hispano-filipino explica que estas piezas fueron realizadas por artesanos chinos en Manila, por encargo de españoles durante el dominio hispánico de Filipinas. A estos artesanos se les conocía como sangleyes, y muchas obras muestran rasgos anatómicos chinos.

La importancia de estos marfiles está en su mestizaje. Los frailes y clientes españoles pedían Cristos, Vírgenes, Niños Jesús o santos conforme a la iconografía católica, pero quienes los tallaban procedían de una tradición visual asiática. Por eso, en muchas piezas aparecen rostros serenos, ojos almendrados, pliegues pesados, cabellos tratados con otra sensibilidad y cuerpos adaptados a la curvatura natural del colmillo.

El documento base sitúa en Marchena una serie de marfiles y piezas de filiación filipina en conventos como San Andrés, Santa María y la Concepción. Esa ubicación encaja con el papel de las clausuras como espacios de recepción de bienes de prestigio. San Andrés, por ejemplo, fue una antigua ermita mudéjar fundada en 1537 y transformada en convento de mercedarias descalzas en 1637 gracias al patronazgo de Rodrigo Ponce de León, IV duque de Arcos.

Santa María o la Purísima Concepción, por su parte, fue fundada el 4 de marzo de 1624 por Rodrigo Ponce de León, IV duque de Arcos, y Ana de Aragón y Sandoval, dentro del recinto de lo que fue el palacio ducal. La propia comunidad de Clarisas conserva memoria de su patrimonio artístico, con grabados, miniaturas, relicarios y trabajos de taracea de madera y nácar, algunos vinculados a la colección personal de Guadalupe de Láncaster y Cárdenas.

 

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Actualidad

El año en que el pan se comió el jornal: trigo, hambre y miedo en una villa sin cosecha

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En 1804 Marchena no pasó hambre de golpe. El hambre fue entrando despacio, como una humedad mala por debajo de las puertas. Venía de lejos: de los gastos extraordinarios provocados por la fiebre amarilla de 1800, de la ayuda que la propia villa había enviado a Sevilla —600 fanegas de trigo y 10.000 reales—, de las malas cosechas de 1803 y de una economía local sostenida sobre el cereal, el jornal y la obediencia a un orden señorial que empezaba a mostrar sus costuras.

España vivía bajo el reinado de Carlos IV, con Manuel Godoy como figura política dominante, en una monarquía cada vez más atrapada entre la Francia napoleónica y Gran Bretaña. El país no estaba todavía en la Guerra de la Independencia —faltaban cuatro años para 1808—, pero ya caminaba por un suelo agrietado: deuda, presión fiscal, malas cosechas, epidemias, comercio alterado y un sistema municipal obligado a apagar incendios con cubos vacíos.

La crisis de subsistencias de 1803-1805 fue una de las más duras de la España de comienzos del siglo XIX. Los estudios sobre los precios del cereal señalan que la carestía de 1803/1804 y 1804/1805 partió de una situación previa ya muy tensionada: el trigo llevaba años encareciéndose, y la subida alcanzó niveles excepcionales. La Real Academia de la Historia ha destacado que la crisis de 1803-1805 fue un fenómeno muy marcado en España, sin equivalentes tan intensos en otros territorios europeos en esos mismos años.

A esa crisis agrícola se sumó otro enemigo: la fiebre amarilla. Andalucía había sufrido el gran golpe epidémico de 1800, con especial incidencia en Cádiz y Sevilla, y los brotes volvieron en los años siguientes. Los estudios sobre la fiebre amarilla en Andalucía indican que en 1804 hubo un nuevo brote, más virulento que el anterior, coincidiendo además con una crisis agrícola de gran calado.

El dato más duro cabe en una hogaza. La fanega de trigo llegó a dispararse hasta los 240 reales y una hogaza de pan de dos libras —menos de un kilo— superó los cuatro reales, una cantidad equivalente al jornal diario de un bracero. Es decir: un trabajador podía gastar todo lo ganado en un solo pan. No en carne, no en aceite, no en vino, no en lumbre. En pan.

La cosecha que no llegó

El Cabildo vio venir el desastre en mayo. El día 7, el diputado del común don Andrés Echenique y el síndico personero promovieron un expediente para asegurar trigo destinado al abasto público. Las medidas fueron tajantes: se prohibió a cosecheros y dueños de grano sacar trigo de la población o venderlo a forasteros; se les obligó a declarar sus existencias en el plazo de dos días; y se autorizó el reconocimiento de casas y graneros cuando hubiese sospecha de ocultación o fraude.

El trigo debía ir al pan diario de los vecinos, no al negocio de quienes pudieran vender más caro fuera. El Ayuntamiento quiso convertir el término municipal en una despensa vigilada.

El 29 de mayo la decisión se endureció aún más: el Ayuntamiento acordó comunicar al Real y Supremo Consejo de Castilla que intervendría y retendría todo el trigo recolectado en la cosecha, vendiéndolo a precio corriente exclusivamente para el pan del pueblo. Los forasteros quedaban fuera del comercio local del grano.

Aquello no era solo economía. Era orden público. Cuando falta el pan, la calle cambia de sonido. Ya no suenan igual las campanas, ni los carros, ni las voces en la plaza. El hambre convierte cualquier esquina en una pregunta: quién tiene trigo, quién lo esconde, quién lo vende, quién lo protege.

Jornaleros sin jornal

La crisis golpeó primero a los más frágiles: los jornaleros. Las lluvias intensas habían dejado sin trabajo a muchos pobres, y el Ayuntamiento tuvo que recurrir a obras públicas y a limosnas de vecinos pudientes para socorrerlos.

Esta es una de las claves del reportaje: no hablamos solo de una subida de precios, sino de una sociedad en la que miles de personas dependían de trabajar cada día para comer ese mismo día. Sin cosecha no había jornal; sin jornal no había pan; sin pan, la autoridad temía el desorden.

Por eso el hambre de 1804 no puede contarse como una simple “crisis agrícola”. Fue una crisis total: de producción, de abastecimiento, de crédito, de beneficencia, de poder municipal y de confianza.

La Junta de Abastos: mandar sobre el trigo

El 4 de junio se creó una Junta de Abastos para hacer frente a la continua escasez de granos. Participaron el asistente don Agustín Barrera, los alcaldes ordinarios don Juan Manuel Montiel y don Antonio Leguey, el síndico personero don Diego Villalón, y los diputados del común don Andrés Echenique y don Manuel Sáenz de Tejada.

Su primera preocupación fue el Pósito, institución fundamental en épocas de escasez. El Pósito debía servir para prestar grano a los labradores y estabilizar el abastecimiento, pero en 1804 estaba prácticamente sin recursos. El Ayuntamiento pidió que se suspendiera la cobranza de deudas a los labradores, porque la ruina hacía imposible exigir pagos ese año.

Aquí aparece una paradoja amarga: Marchena había prestado antes dinero y trigo a instancias superiores, pero cuando necesitó ayuda, aquello no volvió. El Ayuntamiento reclamó cantidades que, según la documentación, sumaban 351.984 reales y 19 maravedíes en reintegros pendientes. Si ese dinero hubiese regresado, el Pósito habría podido comprar trigo al contado, que era la única forma eficaz de acopiar grano en tiempos de escasez.

El Consejo de Castilla reconoció esas cantidades, pero no las devolvió. Lo que sí concedió fue suspender por ese año los apremios contra los labradores deudores del Pósito. Fue alivio, pero no solución.

La “paternal benignidad” del duque

En julio apareció una esperanza con sello nobiliario. El duque de Osuna y Arcos, don Pedro de Alcántara Téllez Girón y Pacheco, escribió desde Madrid mostrando su preocupación por la escasez de granos en la provincia de Sevilla. Planteó traer trigo del extranjero al puerto más inmediato para surtir de pan a sus pueblos a precios más equitativos.

Pero la esperanza duró poco. El propio duque reconoció después que la cantidad necesaria para atender a todos los pueblos de sus estados era “portentosa” y que su valor ascendía a muchos millones de reales, una suma que no podían afrontar sus finanzas ni las de ningún particular. Recomendó entonces que los ayuntamientos formasen fondos locales y juntas de beneficencia para comprar granos.

Dicho en claro: el señor jurisdiccional mostraba compasión, pero quería cobrar. El Ayuntamiento respondió que sus propios apenas alcanzaban para pagar salarios, que el Pósito no tenía dinero ni trigo suficiente y que solo quedaba acudir a los vecinos pudientes para formar un fondo de entre 150.000 y 200.000 reales.

Los ricos abren la bolsa

El 11 de agosto comenzó a funcionar la Junta de Beneficencia. Se reunieron el asistente, los alcaldes, el vicario don Joseph Guerrero de Ahumada, don Sebastián de Morales y Palma, don Joseph Antonio Díez de la Cortina, don Manuel Diosdado, don Diego Vergara, don Joseph Antonio Montiel y don Andrés Uruñuela. Todos se ofrecieron a constituir un fondo para comprar trigo destinado al pan del vecindario.

Las aportaciones fueron importantes: el vicario dio 15.000 reales; Sebastián de Morales y Palma, otros 15.000; Díez de la Cortina, 22.000; Manuel Diosdado, 22.000; Diego Vergara, 2.000; Joseph Antonio Montiel, 15.000; Andrés de Uruñuela, 5.000; y Antonio Leguey, en nombre de Miguel Ponze Navarro, 15.000. El asistente ofreció incluso alhajas de plata de su propiedad. En total, se reunieron 111.000 reales.

El 20 de agosto se mandó pregonar que cualquier vecino o forastero que quisiera vender trigo a precio corriente acudiera a don Sebastián de Morales y Palma, nombrado depositario del fondo. El hambre empezaba a tener contabilidad, nombres propios y recibos.

La compra del trigo ducal

La negociación con la Casa Ducal fue un tira y afloja. Finalmente, el asistente y don Joseph Antonio alcanzaron un acuerdo con el apoderado ducal: se compró una primera partida de 1.300 fanegas de trigo para entrega inmediata y otra de 1.200 fanegas que debía llegar a Marchena entre quince y veinte días después. Para pagar, se comisionó a don Juan Ternero, que debía trasladar a Sevilla 90.000 reales con la custodia correspondiente.

Pero en noviembre todo volvió a complicarse. Se solicitaron 2.000 fanegas más, aunque la Junta de Beneficencia ya había agotado sus fondos. El duque quería cobrar, y el Ayuntamiento tuvo que recurrir a un doloroso repartimiento entre los vecinos contribuyentes.

La escena resume bien el drama: el pueblo necesitaba pan; el Ayuntamiento necesitaba trigo; el duque exigía pago; los pudientes prestaban dinero; los pobres esperaban. En medio, el Cabildo hacía de equilibrista sobre una cuerda de harina.

Los horneros protestan

La crisis llegó también a quienes trabajaban el pan. El 13 de diciembre de 1804 protestaron los horneros y atahoneros de la villa: Felipe Rodríguez, Juan de Atoche, Juan de Herrera, Francisco García, Jerónimo Poleo, Manuel García “El Pelao” y Juan Lebrón. Se quejaban de que el Cabildo les permitía cobrar solo una hogaza de dos libras por cada fanega de pan cocido, cuando antes recibían dos. Alegaban que así no cubrían los gastos de cocción.

El Ayuntamiento no cedió. Ordenó que los molineros continuaran con sus maquilas, que los horneros cobrasen una sola hogaza por fanega de trigo y que los panaderos no pudieran vender la hogaza de pan común por encima de 28 cuartos. Quien incumpliera sería castigado con cuatro ducados de multa y ocho días de cárcel. Los edictos debían fijarse en lugares concurridos, como los Cantillos de San Pedro y las puertas de las carnicerías.

Ahí está el pulso más humano del reportaje. Los horneros no eran grandes especuladores; también peleaban por sobrevivir. Pero el Ayuntamiento sabía que, si el precio del pan seguía subiendo, la villa podía arder sin necesidad de pólvora.

Madrid, Sevilla y Marchena

Mientras Marchena luchaba por su pan, las autoridades superiores tenían otras prioridades. El Supremo Consejo de Castilla facilitaba el abastecimiento de la Corte, y desde Sevilla se ordenaba no impedir a los trajinantes comprar trigo para la capital, que también sufría escasez. Además, en septiembre de 1804 se comunicó la obtención de un salvoconducto del Gabinete inglés para evitar la detención de barcos que venían del extranjero cargados de grano hacia España.

El eco de 1805

La hambruna no terminó con el año. En enero de 1805, el Cabildo seguía preocupado por los jornaleros y sus familias, que mendigaban por el pueblo y amenazaban con desórdenes empujados por el hambre. Se acordó formar una lista de jornaleros y repartirlos entre labradores, pegujaleros y arrendadores de tierras, obligando a cada propietario a mantener cierto número de trabajadores con siete reales secos o con tres libras de pan y tres reales.

Durante los primeros meses de 1805, el trigo comprado, requisado a ocultadores o adquirido al duque fue almacenado en el Pósito y en la Cilla eclesiástica. Desde allí se despachaba diariamente a los atahoneros al precio de 160 reales la fanega. La intervención municipal consiguió rebajar la tensión, y en mayo de 1805 se consideró que la abundancia de trigo permitía disolver la Junta de Beneficencia.

Pero el daño ya estaba hecho. La Marchena de 1804 había aprendido que el pan podía convertirse en frontera: entre quien tenía y quien no, entre el vecino y el forastero, entre la caridad y el negocio, entre el poder señorial y la necesidad popular.

Saber más

Fuente principal: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833. Tomo I, especialmente el capítulo “La hambruna. Marchena, año 1804” y los apartados relacionados con la crisis de abastecimiento de 1805.

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Historia

El Bosque, la pequeña Marchena fundada por los Duques de Arcos en la sierra gaditana

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La villa de El Bosque fue una donación hecha por los Reyes Católicos a D. Rodrigo Ponce de León,  firmado en Jaén a 11 de noviembre de 1490.

“Acatando los muchos e buenos y leales y señalados servicios” de D. Rodrigo “y para siempre jamás”, se le hace “donación de Villaluenga, Ubrique, Benaocaz, y Grazalema, con sus fortalezas y alquerías y vasallos y vecinos y moradores de ella”.

En 1501, tras el levantamiento de Sierra Bermeja, sometidos los moriscos de la zona doña Beatriz de Pacheco, viuda del Duque encargó a Juan de Ayllón  poblar la serranía con 317 vecinos de Marchena, Arcos, Bornos, Villamartín, Espera, atraídos especialmente por el reparto de tierras. 

Uno de los duques levantó un palacio como lugar de descanso y cacería en el “Palacio del bosque de Benamahoma”, donde está ahora El Bosque. Requería un gran número de criados, ojeadores para montería. Ante la imposibilidad de que todos estuvieran viviendo en el Palacio, fueron edificándose diversas casas en sus alrededores por los criados de los duques al que llamaron Marchenilla, derivado de Marchena.

El oratorio de palacio resultaba insuficiente para recoger todos los vecinos, estos levantaron una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.  Este primer intento de poblamiento recibiera el nombre de Santa María de Guadalupe.

Durante siglos todos sus vecinos, desde el alcalde corregidor hasta el más modesto palafrenero, –dependían muy directamente de la jurisdicción del Duque.

Poco a poco los duques de Arcos, dejaron de realizar estancias periódicas en ella. Entonces el palacio serrano de El Bosque dejó de ser la “Marchena pequeña” y recibió el nombre de El Bosque o La puebla de Santa María de Guadalupe nombre que también perdió por coincidir con El Algar fundado por D. Domingo López de Carvajal. 

En la Real Orden de 1815, por la que Su Majestad el Rey concede al pueblo la categoría de villa, emplea el término de “El Bosque”. Y, por el contrario, en los libros parroquiales de este mismo año prosigue, quizás por inercia o costumbre, el de “Marchenilla”.  Sin embargo, hacia mediados de siglo, en 1851, se simultanea en las actas matrimoniales, bautizos o defunciones: “villa de Marchenilla o Bosque”.

En este pueblo se educó Fray Diego José de Cádiz, hijo del administrador del duque de Arcos. En El Bosque, recibió las primeras letras y luego se convirtió en gran misionero de las tierras de Andalucía.

El Bosque fue el primer pueblo de la Sierra que se enfrentó a Napoleón. Prepararon una emboscada a algunos franceses rezagados causándole ocho muertos y tres heridos.
Esto encolerizó al general francés Víctor que ordenó a una división de ocupación –Marasín o Latour Maubourg–, que asolasen y quemasen inmediatamente a El Bosque y Prado del Rey. “habiendo tenido que sufrir varios saqueos y un incendio que arruinó gran parte de sus edificios”. Sus vecinos, antes de capitular, prefirieron “ver quemados sus hogares y andar errantes por los montes» antes que entregarse al enemigo. 

Imagen

QUE HACER EN EL BOSQUE

SENDERISMO El río de El Bosque es uno de los principales atractivos turísticos de la Sierra de Grazalema, durante los fines de semanas se llena de amantes del senderismo que disfrutan de sus maravillosos paisajes. La ruta conecta El Bosque con Benamahoma y tiene un recorrido de 4,3 km. Desde el pico Albarracín podéis ver El Bosque y diferentes pueblos colindantes.

Museo del Queso de El Bosque

Uno de los lugares donde poder apreciar la toda la Sierra de Grazalema y disfrutar de las puestas de sol. En El Bosque y en la Sierra de Cádiz puedes disfrutar del paintball en unos escenarios naturales. Una forma de descargar adrenalina y pasar un grandes ratos de risas. El campo de juego se encuentra en plena Sierra de Grazalema y proporcionan todo el material necesario (marcadoras, protecciones, ropa…). En El Bosque se encuentra el Centro de Interpretación del Queso de la Quesería El Bosqueño, empresa con numerosos premios internacionales y nacionales por sus quesos de cabra payoya y oveja merina grazalemeña.

Ruta de los Quesos Sierra de Cádiz

El Jardín Botánico de El Castillejo representa la flora más autóctona de la Sierra de Cádiz y Serranía de Ronda. Un lugar que no puede faltar en tu visita a El Bosque. Forma parte de la Red de Jardines Botánicos en Espacios Naturales Protegidos de Andalucía. La entrada es gratuita y ofrece un servicio de visitas guiadas gratuitas para los grupos que lo soliciten.

Sierra de Grazalema como nunca la habías visto

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Actualidad

La calle del Moral, y el pasaje de Capuchinos, una parte olvidada de nuestra historia

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En Febrero de 2021 se ejecutaron labores de limpieza, toma de catas y documentación de estructuras, trabajos previos que servirán para redactar el proyecto de intervención de la Fase 2 de recuperación de la Muralla del Palacio Ducal,  en los alrededores de la calle Del Moral, una calle olvidada en pleno barrio de San Juan. En estos trabajos se documentó el antiguo pasaje de Capuchinos que conectaba la calle doctor diego Sánchez a través de a calle del Moral con los jardines y huerts del palacio pasando por debajo de las ruinas del convento capuchino, fundado en 1650 por el IV Duque Rodrigo Ponce, virrey en Nápoles. 
Ubicación del Pasaje de Capuchinos. Antes de existir el convento de Capuchinos  se llamó Calle del Moral. 

Así era el sabat, el pasadizo elevado de origen islámico, que unía Santa María con el Palacio

LA CALLE DEL MORAL
En la calle Del Moral que lleva muchos años sin tener acceso público, había casas cedidas por el Duque a  hermandades como la Veracruz y Animas de San Juan (hoy fusionadas) aunque el mayor propietario de la zona era el Conventos de San Francisco y en menor medida Santo Domingo. Sus casas se tomaron para construir el convento de Capuchinos.
Rodrigo Ponce de León en 1649 escapó de milagro a la rebelión de Massaniello siendo Virrey de Nápoles (1647).
Por temor a las clases populares compró las casas de la barriada Puerta Ecija que lindaban con el Palacio para eliminarlas y construir en parte del solar resultante el Convento y Huerta de Capuchinos sobre solares de las casas de la calle Del Moral y otras en 1650.
Una de estas casas, la sexta era de María de la Cruz, «que paga a la cofradía de la Vera Cruz 30 reales y al convento de san Pedro, 9” casa valorada en 660 reales. Vicente Baeza, lacayo del Duque, pagaba anualmente diez reales y un cuartillo al convento de San Francisco por unas casas en la calle del Moral por escritura otorgada ante el escribano Francisco Xuares.
Lindaba la casa del convento de San Francisco con otra de Maria Pérez y otra de la Cofradía de la Veracruz «por escritura de venta ante Diego Núñez, escribano público que fue de esta villa en 1599.

La barriada perdida en Marchena tras la rebelión de Nápoles contra el Duque de Arcos

El 21 de enero de 1620 Luis Guillermo de Fuentes, escribano de cámara del Duque de Arcos y «rector que soy de la Cofradia de Animas del Purgatorio de la iglesia de  San Juan»  redime las rentas de unas casas propiedad de dicha cofradía en la calle del Moral, a Diego Garcia de Montemayor y Maria Alfonso su mujer.
En la desaparecida calle Del Moral había casas cedidas por el Duque a  hermandades como la Veracruz y Animas de San Juan (hoy fusionadas) aunque el mayor propietario de la zona era el Conventos de San Francisco y en menor medida Santo Domingo. Sus casas se tomaron para construir el convento de Capuchinos.

El juego de pelota que estuvo en el Palacio Ducal desde 1541

Una de estas casas, la sexta era de María de la Cruz, «que paga a la cofradía de la Vera Cruz 30 reales y al convento de san Pedro, 9” casa valorada en 660 reales.
La casa de Maria de la Cruz tenía dos rentas una del convento de San Pedro Mártir, de 156 reales, «por un codilicio de Gregorio de Angulo, ante Luis de Utrera de 18 de Noviembre de 1593», y otra renta principal que iba a la Cofradía  de la Veracruz por la casa que tenía arrendada a María de la Cruz y que fue a parar a Pedro González Bayón.
Vicente Baeza, lacayo del Duque, pagaba anualmente diez reales y un cuartillo al convento de San Francisco por unas casas en la calle del Moral por escritura otorgada ante el escribano Francisco Xuares.

Lo que queda del Palacio Ducal de Marchena según excavaciones arqueológicas

Lindaba la casa del convento de San Francisco con otra de Maria Pérez y otra de la Cofradía de la Veracruz «por escritura de venta ante Diego Núñez, escribano público que fue de esta villa en 1599, sobre la cual se cargan anualmente dos reales y un cuartillo, que se pagan anualmente al convento de San Francisco» por la Festividad de Todos los Santos «de la limosna de dos misas rezadas por el alma de Catalina Gutiérrez».
El 21 de enero de 1620 Luis Guillermo de Fuentes, escribano de cámara del Duque de Arcos y «rector que soy de la Cofradia de Animas del Purgatorio de la iglesia de  San Juan»  redime las rentas de unas casas propiedad de dicha cofradía en la calle del Moral, a Diego Garcia de Montemayor y Maria Alfonso su mujer.

GALERIA: Exposición de las joyas del Palacio Ducal en el convento de Santa María

FUENTES:
-“Memoria del dinero que es menester para la redención de los censos de las capellanías y cofradías de la santa Veracruz y Änimas de de San Juan y misas de los Vice Beneficiados”. Archivo Histórico de la Nobleza,OSUNA,C.171,D.268-285.
-«Documentación relativa a la fundación y patronazgo, por parte de los duques de Arcos, del Convento de Capuchinas de la orden de San Francisco, situado extramuros de la villa de Marchena (Sevilla).»  Archivo: Archivo Histórico de la Nobleza. Signatura: OSUNA,C.171,D.214-229).

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Historia

La calle donde Marchena olía a jabón y el negocio que era

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Portada: Calle de la Almona, o La Mona, hoy calle Mariana Pineda.
En el XIX La libra de jabón blando seguía siendo un bien preciado que se vendía a dos reales y medio la libra en la Casa de Venta del Jabón propiedad de la Casa Ducal que producía rentas de 550 reales al año mientras que la Casa de la Almona o fábrica de Jabón generaba 440 reales anuales. 12.500 reales percibía la hacienda del duque por las rentas del jabón de Marchena. 

Para hacer jabón se necesitaba aceite y almarjos, planta que crece en terrenos con agua y de cuya quema se obtiene la sosa o barrilla, cenizas ricas en sales alcalinas para blanquear la ropa. Por este motivo el impuesto se llamó renta del jabón, de la sosa y barrilla. 
Mucha gente podría hacer jabón en Marchena por la riqueza en aguas hasta que en 1572 el Duque se hizo con el monopolio del jabón y los vecinos acudieron a los jueces iniciando un pleito ante la chancillería de Granada.
Centro Cultural La Almona
Antigua Almona de Dos Hermanas. 
Los vecinos se quejaban de que el Duque había puesto «estanco en ella para que ningún vecino pudiese hacer jabón en su casa ni meterlo de fuera parte bajo de graves penas» sobre lo que decían las ordenanzas de Marchena.
Un escribano de Marchena declaró que el Estado de Arcos cobraba la renta de la almona de jabón desde 1486.
Un vecino de Marchena, Diego Trigueros afirma que desde 1455 se venían registrando las cuentas del jabón por el mayordomo de Marchena. según esas cuentas a Nicolás de Rojas le cobraron en 1462, 760 maravedíes por las rentas de jabón que tenía arrendadas a Juan Fernández y en 1463 Ruy Fernández paga 2200 reales, y Juan Alfonso arrendador de la renta de jabón de  Marchena, 300 maravedíes.
La Almona
Almona en Guadalcanal. 
El Estado de Arcos fabricaba jabón en Marchena, al menos «desde 200 años antes» según los testigos del pleito de 1759 iniciado por el Duque de Medinaceli por el derecho del jabón de Marchena, Arcos y Jerez. 
Almona de la Cilla de Osuna.  
Los reyes castellanos heredaron y mantuvieron los impuestos creados por los reyes taifas musulmanes, y en Marchena el «tesoro real»  o almojarifazgo fue a los Ponce de León incluyendo la renta de la teja y ladrillo, cal y yeso, madera, cenizas de hornos de pan, etc. 
Los que la cobraban la renta se llamaban almojarifes, tesoreros de la Real o ducal Hacienda, de Jalifa, máxima autoridad árabe, similar a califa. Aún en 1497 en Arcos se afirma que nadie podía hacer ni vender jabón en la ciudad sin permiso de dicho Jarife o jalifa (sic). 
La fabricación del jabón en Sevilla pasa de los reyes musulmanes a la Casa de Medinaceli, y luego Catalina de Ribera por merced de los Reyes Católicos.  Las Almonas Reales de la calle Castilla produjeron el jabón más cotizado, el jabón «Castilla» y antes en el siglo XII, en tiempos de Al-Andalus, las jabonerías estaban en Triana cuyos restos aparecieron en una obra en 1989.
® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN
Torre de la Almona de Dos Hermanas. 
En 1773 Santiago Fernández, vecino de Marchena (Sevilla),pide permiso para fabricar y vender jabón en Marchena y el el Duque le dice que no tiene impedimento alguno en sacarlo a subasta.
Pero el Duque de Medinaceli había comprado el monopolio del jabón del Arzobispado y quien lo incumplía era encarcelado, como le pasó a Diego Alonso de Silva lo que dio origen a pleitos contra los Duques de Arcos y le reclaman en 1761 que dejara libre el derecho del jabón en Marchena y Arcos, pero el derecho a fabricar jabón en Marchena era  del Duque de Arcos «desde tiempo inmemorial» alegan las autoridades marcheneras.
La casa de Medinaceli esgrimió los acuerdos de Febrero de 1492 donde Rodrigo Ponce de León vendía al hijo de Pedro Enriquez, 2000 maravedies de las rentas de jabón de Sevilla pero no sobre Marchena.
En 1811 con la toma francesa de Marchena el gobierno local del corregidor Antonio Leguey, colaborador de los franceses acuerda eliminar el monopolio del negocio del jabón del control de los Duques de Medinaceli que pesaba sobre toda la provincia y arzobispado de Sevilla desde el siglo XVI.
Entonces Sebastián de Vega, vecino de Carmona, pide al Ayuntamiento de Marchena que se le permita el comercio de jabón en los puestos públicos marcheneros de acuerdo a impuestos municipales, no pudiendo excederse de los precios que están acordados para su venta por el Ayuntamiento.
FUENTES:
1.-Ejecutoria y memorial ajustado del pleito seguido por el [X] duque de Arcos, Francisco Ponce de León y el [XI] duque de Medinaceli, [Luis Férnandez de Córdoba Figueroa], sobre el derecho de permiso, fabrica y venta del jabón de la almona de Marchena (Sevilla), Arcos y Jerez de la Frontera (Cádiz). 1759-10-13. 
2.-Las almonas de Carrión de los Céspedes (Sevilla). Pleitos sobre su propiedad entre el marqués de Villafranca del Pítamo y el duque de Medinaceli en el siglo XVIII.
3.-La composición de los almojarifazgos señoriales del reino de Sevilla, siglos XIII-XV
4.-E. Solano Ruiz. “La hacienda de las casas de Medina Sidonia y Arcos en la Andalucía del siglo XV”. AH, 55, 168, 1972, pp. 96-97).
5.-Autos con las tomas de posesión de todo lo perteneciente a la casa de Arcos en Marchena: castillo, contaduría, alcabalas, censos, cárcel, almona, Monte Palacio, donadíos, cortijos y tierras. Marchena, desde el 10 al 17 septiembre de 1743.
6.-Documentación relativa al convenio establecido entre Francisca Ponce de León, señora de Zahara, y Catalina de Ribera, en nombre de Fernando Enríquez, su hijo y del adelantado mayor de Andalucía, Pedro Enríquez, cediendo la primera cierta cantidad de renta sobre las jabonerías de Sevilla y Cádiz, a cambio de la almona y jabonería de Jerez de la Frontera.
7.-Documentos de posesión de derechos sobre jabonerias de la Casa de Arcos en Sevilla y Jerez en 1448. 
8.-Testimonio de la denuncia que presentó Antonio de Herrera, arrendador del abasto y renta del jabón, contra Benito Márquez y su mujer María Hernández, por haber actuado contra las ordenanzas de la renta del jabón, y sentencia por dicha denuncia. 1560. 
9.-Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo II. Actas municipales. 1800-1933. José Alcaide Villalobos.

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