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Historia

La influencia de los Ponce de León durante siglos en la ciudad de Sevilla

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El Palacio de los Ponce de León, hoy sede de la empresa municipal de aguas de Sevilla, Emasesa. Los Ponce de León ocuparon varios cargos en el concejo municipal de Sevilla y controlaron la ciudad a finales del siglo XV a inicios del XVI.
Pedro Ponce, acompañó al rey Fernando III en la conquista de las localidades sevillanas de Setefilla, Lora, La Mota de Marchena y finalmente Sevilla. Como recompensa de ello, en el repartimiento de 1251, se le cedieron unas antiguas casas árabes en la collación de Santa Catalina de Sevilla.
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EL PALACIO PONCE DE LEON EN SANTA CATALINA
Su hijo, don Fernán Pérez Ponce, a principio del siglo XIV, realizaría el primer proyecto de edificación del palacio. A su vez, sus hijos don Pedro y don Juan Ponce de León, continuaron las obras levantando dos grandes torreones.
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El único vestigio arquitectónico que queda en pie es el pabellón de planta rectangular cubierto por tejado a cuatro aguas. Aunque las crónicas narran la existencia de una segunda torre, ésta no se conserva en la actualidad. Amador de los Ríos llegó a conocer las inscripciones árabes que ornamentaban las dependencias interiores, desapareciendo a finales del siglo XIX.
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Presentaba una gran similitud con el Palacio de Marchena y otros caserones renacentistas del momento, como la sevillana Casa de Pilatos. Posiblemente estaría formado por un patio principal con galerías de arcadas sobre columnas, circundadas por sendas habitaciones, cubiertas de ricos artesonados.
El maestro albañil Pedro Sánchez y el carpintero Rodrigo Navarro, que trabajó para la casa ducal entre los años 1542 y 1566, auxiliado por Antón Ximénez. El trabajo de este último en el palacio hispalense llenaría sus estancias de un rico artesonado, como los que había realizado en la casa ducal de Marchena, conservada en el palacio de la condesa de Lebrija en Sevilla.
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En el XIX se demolió gran parte del palacio perdiendo su aspecto original, respetándose solamente el patio central, las galerías renacentistas y algunos salones. El cronista Morgado nos da alguna pista de su nuevo aspecto: “…Su punto de vista exterior se redujo entonces a
una sencilla tapia con almenas y una gran puerta en el centro, de forma casi cuadrada, sobre la cual se veía el escudo de armas de la casa de Arcos, grabado en piedra. «Tenía una hospedería la baja para los que venían de las administraciones de los pueblos con encargos para la casa».
A principios de 1834, don Pedro Téllez Girón fue nombrado Capitán General de Andalucía lo que trajo consigo la instalación de las oficinas del gobierno Militar en el propio palacio. Fue luego Palacio de Justicia, cuya nomenclatura conservó hasta fines de septiembre de 1887, fecha en
que sería adquirido por los Padres Escolapios.
El conjunto se completa con el convento de los Terceros probable obra de Juan de Oviedo y finalizada por Leonardo Figueroa destacando la escalera imperial del año 1690 obra de fray Manuel Ramos y la iglesia de la Consolación o de los Terceros  sede de la Hermandad de la Cena.
LAS TUMBAS DE LOS PONCE DE LEON EN SEVILLA 
El convento de San Agustín de Sevilla fue el primer lugar de enterramiento de la familia Ponce de León en Sevilla hasta Don Rodrigo, finales del siglo XV. A partir de entonces los panteones ducales se trasladan a Marchena.
En el panteón bajo el altar mayor estaban enterrados todos los Señores de Marchena hasta el Marqués de Cádiz, tumbas luego trasladadas a la cripta de La Anunciación, hoy Facultad de Bellas Artes tras la invasión francesa. A partir de Luis Cristóbal Ponce de León empiezan a enterrarse en Marchena en el convento de San Pedro Mártir.
LA PUERTA DE MARCHENA 
Levantada en Marchena en 1492 en homenaje al héroe de la Guerra de Granada, Rodrigo Ponce de León, mano derecha de los Reyes Católicos, uno de cuyos sobrinos, Juan fue descubridor de Florida, la intentó sacar de España piedra por piedra, un millonario americano William Randolph Hearst, que a través de su cadena de prensa amarilla magnificó y utilizó la explosión del Maine que dio origen a la guerra España-EEUU.  
Con la ruina del Duque de Osuna el Palacio Ducal de Marchena salió a pública subasta en 1913, y la adquirió Arthur Byrne, quien en realidad era un agente a sueldo del magnate de la prensa de Estados Unidos William R. Hearst. Byrne compró numerosas antiguedades españolas para trasladarlas a EEUU piedra por piedra. El Rey español Alfonso XIII, por iniciativa del Marqués de la Vega Inclán, ejerció el derecho de tanteo, gracias al cual permaneció en Sevilla. Los trabajos de instalación en su actual ubicación son obra de Vicente Traver y finalizaron en febrero de 1914. 
Resultado de imagen de Puerta de Marchena
LOS PONCE DE LEÓN EN LA BODA DEL EMPERADOR CARLOS V
El duque de Arcos, Rodrigo Ponce de Léon, (1490 –1530) Alcaide mayor de Sevilla fue uno de los encargados de recibir en la Puerta de la Macarena de Sevilla a la  reina Isabel de Portugal, con motivo de su boda en el Alcazar de Sevilla el 11 de Marzo de 1526 con el Emperador Carlos V poco antes de pasar por Marchena.
Después de la boda la comitiva real y los embajadores internacionales pasaron por Marchena camino de Granada. El Palacio Ducal de Marchena acogió a la pareja de Emperadores recién casados y toda su corte de embajadores.
«Estuvimos en Sevilla desde el día 8 de hasta el 21 de Mayo en cuyo día partimos para Granada pasando por Marchena» dejó escrito el embajador de Venecia Andrea Navajero. Los restos más importantes del Palacio Ducal de Marchena fueron vendidos y llevados a Sevilla y hoy pueden verse en el Palacio de Lebrija, calle Cuna. 
La comitiva de la reina pasó a España por Elvas el 7 de febrero y camino de Sevilla pasó por Cazalla, el Pedroso, Cantillana y San Jerónimo. Desde La Macarena hasta la catedral el Itinerario estaba adornado por siete arcos triunfales. La Catedral estaba adornada con tapices, joyas, antorchas y braseros perfumados. Recibida por una gran muchedumbre, la Emperatriz se dirigió al Alcázar, donde quedó alojada.
LA CREACIÓN DE LA MANCEBÍA DE SEVILLA
Los Reyes Católicos pidieron a los Ayuntamientos fundar mancebías, para pacificar Andalucía de las guerras  entre los Ponce, Señores de Marchena y los Guzmanes, señores de Medina Sidonia quienes contrataban a los rufianes o chulos que controlaban las casas de prostitución ilegales.  
ubicacion actual
La guerra entre señores en ciudades, pueblos y la falta de una autoridad fuerte disparó la criminalidad, contra las mujeres en medio de un ambiente de guerra civil, y epidemias de peste.
Desde 1470 hay normas en Sevilla ordenando que todas las prostitutas se acogiesen a ejercer su trabajo en la mancebía municipal junto con la prohibición de llevar armas por la ciudad; y exigen al Marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de León, señor de Marchena y al Adelantado Mayor de Andalucía Duque de Medina Sidonia que cesen de reclutar y proteger a forajidos y rufianes para sus huestes particulares en la ciudad.
LOS PONCE Y LA MATANZA DE JUDIOS DE 1390
Ferrán Martínez, Arcediano de Écija, provisor del Arzobispado de Sevilla, violento predicador antijudío, que aparece como albacea testamentario del cuarto Señor de Marchena, Pedro Ponce de León, bisnieto del rey Alfonso IX de León, según expone Carriazo en «La casa de Arcos entre Sevilla y la frontera de Granada» fue el culpable de lanzar al pueblo empobrecido por la peste, la guerra y el hambre contra los judíos.
Carriazo cuenta cómo la casa de Niebla en múltiples ocasiones protegió a los judíos y los que escaparon de la matanza de la judería de Sevilla «quedaron muy pobres dando muy grandes dádivas a los señores por ser guardados de tan gran tribulación».
En 1399 Pedro Ponce de León fundó el Monasterio de Santa María de Regla (Chipiona). El 15 de enero de 1448 murió en Marchena el viejo conde de Arcos  y fue enterrado en el Convento sevillano de San Agustín.
EL CRISTO DE SAN AGUSTÍN
El Cristo de San Agustin es la gran devoción medieval sevillana auspiciada por los Ponce de León en su convento agustino sevillano, de donde vinieron los frailes agustinos a Marchena. 
Imagen
Cada 2 de Julio, se conmemora con la Función Votiva que el Ayuntamiento de Sevilla tributa al Santo Crucifijo de San Agustín, en San Roque, por el final de la epidemia de peste ocurrida en 1649.
Con tal motivo la imagen salió dicho año en rogativa desde su Convento hacia la Catedral. La remisión de la enfermedad se atribuyó a un milagro de Cristo a través de la sagrada imagen y desde entonces en acción de gracias la Corporación Municipal acude a los pies del Crucificado a dar gracias.
VILLANCICOS AL DUQUE DE ARCOS
Las Coplas hechas por Cristóbal de Pedraza, criado del Duque de Arcos, para los maitines de la Navidad impresos en pliegos de cordel en Sevilla por Juan Varela de Salamanca, en 1517-1518, son según los expertos  el antecedente más antiguo de los pliegos de villancicos impresos en Sevilla y también de los más antiguos que se oirían en la corte ducal marchenera. 
FUENTE: `PAISAJES HISTORICOS SONOROS
Sevilla fue ciudad pionera en España en imprimir villancicos en pliegos de cordel , para ayudar a los fieles a seguir el canto. Tras el relacionado con el señor de Marchena, el más antiguo está fechado en 1612-1613 en la catedral de Sevilla. El villancico es una forma musical y literaria, entre lo popular y lo culto, que se componía para las grandes festividades de la Iglesia, desde Navidad hasta el Corpus o la Asunción, que tenían gran difusión y llenaban templos de público ávido de oírlos. 
LAS TROPAS DE MARCHENA TOMARON EL ALC AZAR DE SEVILLA
El 16 de septiembre de 1520 don Juan Suárez de Figueroa, hermano de Rodrigo I Duque de Arcos -enterrado en Santo Domingo de Marchena- levanta sus tropas de Marchena y Mairena del Alcor apelando al movimiento comunero y contra el Duque de Medina Sidonia y su entorno de judeo conversos y toma el Alcázar de Sevilla por 24 horas justo mientras los comuneros toman  Tordesillas e intentan atraer a la reina.
El Lunes el Duque de Arcos había reunido tropas desde Marchena y resto de sus pueblos para entrar en la ciudad. Cuando le dijeron que depusiera su actitud replicó que dado que en la ciudad no había libertad y que las puertas estaban controladas por gentes de los Guzmanes no podía actuar de otra forma. Los Guzmanes tuvieron el control de las puertas de la ciudad entre el 20 de septiembre y el 7 de octubre.
El Duque de Medina Sidonia trataba de controlar cualquier movimiento en favor de los Ponce dentro de Sevilla hasta el punto de que,  los tenientes de alcalde y alguaciles no dejaron mesón ni taberna de Sevilla por registrar, buscando gente de Marchena y de Mairena del Alcor, y amenazando con penas de azotes a los que los acogiesen.

Estatua de Rodrigo Ponce de León en San Telmo

El Palacio de San Telmo, sede de la presidencia de la Junta de Andalucía tiene en su cornisa 12 estatuas de sevillanos ilustres entre ellos Rodrigo Ponce de León que está enterrado en el Panteón de Sevillanos Ilustres de la Universidad de Sevilla, Facultad de Bellas Artes, junto a la Encarnación.

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Hermandades

Toros, danzas, fuegos artificiales y carros alegóricos: así era el Corpus del siglo de oro

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El Corpus era la principal celebración religiosa del año, y a ella se sumaban la iglesia, el Duque y el Ayuntamiento, que no reparaban en gastos y medios para realzar la fiesta.

Era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.

En las vísperas salía la Tarasca acompañada de diablillos y mojarrilas, también hubo carros alegóricos, arcos efímeros que se instalaban en las calles, que se empedraban, por donde pasaba la procesión, fiestas de toros, fuegos artificiales y luminarias, meriendas y reparto de pan, grupos de danzas de gitanos, música de ministriles, etc. Todo esto hacía del Corpus la principal fiesta de Marchena.

Los grupos de danzas, la tarasca, los diablillos y mojarrilas y los toros quedaron prohibidos por el Rey en toda España en 1765 al considerarse que restaba devoción y era poco serio para esta fiesta.

Esto nos cuenta la investigación realizada por Ramón Ramos sobre datos del Ayuntamiento que pagaba dichos gastos, que se sumaba a lo que gastara la iglesia y el propio Duque.

La Tarasca, que era una especie de dragón que simbolizaba el pecado, salía la víspera del Corpus. Era una talla también efímera porque se pagaba cada cierto tiempo por hacer una nueva.

Cristóbal Díaz hizo una Tarasca en 1603 y en 1667 el carpintero Francisco Martín cobró 600 reales por hacer otra. Salía acompañada de diablillos y mojarrillas, vestidos con trajes grotescos de colores. Los diablillos iban haciendo ruido con unas vejigas llenas de piedras. En 1656 el sastre Hernando Padilla hizo sus trajes.

Para la víspera las luminarias se colocaban en las plazas públicas y en las calles arcos y en altares y se gasta mucho dinero en el cera.

Las luminarias alumbraban las calles y plazas en la tarde noche de las Vísperas, consistían en barriles y lebrillos con pez y virutas, hachas.

También era tradicional contratar encierro de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados que terminaban con capeas improvisadas y el sacrificio de los animales y reparto y venta de carne.

En 1656 en Marchena ya hubo corrida de toros en el Corpus . También en Marchena hubo procesiones de carros alegóricos una especie de teatro en carros en los que venían comediantes con un rico y complejo aparato escénico. Los pasos representaban escenas de las Sagradas Escrituras.

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Historia

La aduana olvidada de Marchena: los fielatos donde se pagaba por entrar con vino, aceite, carne o trigo

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Los antiguos fielatos de Marchena funcionaban como pequeñas aduanas locales situadas en las entradas del pueblo. La Puerta Real, al final de la calle Real o Carrera —hoy entorno de Compañía— fue uno de los puntos clave de control fiscal.

En Marchena hubo un tiempo en que entrar en el pueblo con un carro cargado no era simplemente cruzar una puerta. Era detenerse, declarar la mercancía, pesarla, medirla y pagar. Aceite, vino, vinagre, carne, trigo, jabón, ganado o cualquier producto destinado a la venta podía encontrarse con la mirada del fiel, la romana sobre la mesa y la cuenta abierta.

Aquellas pequeñas aduanas interiores se llamaban fielatos. No eran monumentos, ni conventos, ni palacios. Pero cuentan una parte fundamental de la historia cotidiana: la del impuesto que esperaba al vecino antes incluso de llegar al mercado.

La Puerta Real, el punto clave de la antigua fiscalidad

La documentación de 1826 sitúa uno de los espacios principales de control en la Puerta Real, también llamada Puerta de Osuna, ubicada “al final de la calle Real o Carrera”. Ese año, las autoridades marcheneras pusieron en marcha la recaudación de los llamados Derechos de Puertas, que habían sustituido a las antiguas Rentas Provinciales. Para evitar que nadie esquivara el pago, se acordó el cerramiento total de la villa y la vigilancia de sus entradas.

La razón era clara: todo producto introducido en la villa para venderse debía abonar una tasa. Para recaudarla se establecieron fielatos en las puertas de entrada, donde los dependientes cobraban según la cantidad y calidad de la mercancía.

De puerta militar a punto de pago

La tradición documental recogida en La Marchena Secreta añade un dato de gran valor urbano: la Puerta Real de la Calle Real —Compañía— fue tapiada por los franceses en 1810 para evitar ataques de las tropas españolas. Después, en ese entorno se instalaron fielatos para el pago de impuestos.

Es decir, el espacio de Compañía no solo fue paso de vecinos, tropas, arrieros y mercancías. También fue una frontera económica. Allí donde hoy se cruza casi sin mirar, antes podía levantarse una barrera más eficaz que una muralla: la del papel sellado, la báscula y el cobrador.

Los fielatos del siglo XIX: San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la estación

A finales del siglo XIX el sistema aparece mucho más organizado. En 1889 se acordó instalar el fielato central en la calle San Sebastián número 67, en una casa alquilada por 3 pesetas diarias. Además, se dispusieron casetas o puntos de intervención en las entradas de San Sebastián, Compañía, Santa Clara, Barranco y la Estación del ferrocarril.

La llegada del tren obligó a extender el control hasta la estación. Donde entraban mercancías, entraba también la Hacienda. Y donde había Hacienda, aparecían básculas, libros, impresos, rondas de vigilancia y empleados.

Plano de Marchena en 1826 que ubica los fielatos que había en Marchena

El gasto fue considerable: básculas para los fielatos por 627,50 pesetas, un escritorio para el fielato general por 3.000 reales, cinco escopetas, una carabina, pólvora, balas y hasta 30 pitos para la ronda de vigilantes. Aquello no era una simple mesa con un sello: era una maquinaria fiscal completa.

El fiel medidor: el hombre que daba fe del peso y la medida

En este mundo de impuestos, el personaje clave era el fiel medidor, junto al fiel de la romana o fiel romanero. Su función consistía en garantizar que los pesos y medidas fueran correctos en las compraventas. En una economía agraria, donde el trigo, el aceite, el vino o la carne se vendían por medidas concretas, una pesa trucada podía ser una ruina.

“Aquí se pesaba, se medía y se cobraba”.

Veleta del antiguo fielato de Marchena. Las balanzas recuerdan el trabajo del fiel medidor y del fiel de la romana, encargados de pesar, medir y controlar las mercancías sujetas al impuesto de consumos.

Tiene además un doble juego simbólico precioso. La palabra fiel se relaciona con el funcionario que da fe de la medida justa, pero también con el fiel de la balanza, la pieza que marca el equilibrio. Es decir, la veleta está diciendo, con hierro y viento, que aquel lugar era territorio de la medida oficial.

La cruz superior seguramente responde al lenguaje visual tradicional de la época: muchos edificios públicos o semipúblicos incorporaban símbolos religiosos, pero el mensaje específico del fielato lo dan las balanzas. No hablan de justicia abstracta, sino de algo mucho más cotidiano: el pan, el vino, el aceite, la carne y el impuesto que pesaba sobre todo ello.

En 1832, la Intendencia General de Andalucía pidió al Ayuntamiento de Marchena un informe sobre si debían mantenerse los oficios de Fiel medidor y Fiel Romanero. Los síndicos Juan Guerrero Estrella y Ramón de Torres y Atienza respondieron que entre 1812 y 1818 esos oficios habían quedado en libertad, pero que luego volvieron a manos de la duquesa de Arcos. Según el informe, durante los años sin control se produjo un “notable desorden en el arte de medir y pesar”, con perjuicio para labradores, tenedores de grano y compradores al por menor.

El sistema cobraba una pequeña retribución de cuatro maravedíes, que pagaba comprador o vendedor. A cambio, se pretendía evitar engaños en el comercio. El informe prefería la medición directa en el momento de la venta antes que el simple aforo de almacenes, porque este último permitía ocultar género.

Saber más

  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo. Marchena 1800-1833. Tomo II. Datos sobre Derechos de Puertas, Puerta Real, fielatos y fiel medidor.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Restauración plena y crisis finisecular. Datos sobre fielato central de San Sebastián, casetas de Compañía, Santa Clara, Barranco y estación.
  • La Marchena Secreta. Libro. Referencia a la Puerta Real / Calle Real / Compañía, tapiada en 1810, y posterior instalación de fielatos.
  • José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Tomo I. Contexto sobre fiscalidad, portazgo, consumos y derechos señoriales.

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Historia

Los molinos históricos de Marchena: aceite, trigo y un viejo molino de viento flamenco

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Marchena no tuvo “un” molino: tuvo un pequeño mundo de molinos. En sus documentos aparecen molinos aceiteros, molinos harineros movidos por el agua del Corbones, tahonas, fábricas de harina y hasta un molino de viento traído desde Flandes en el siglo XVI. La cifra, por tanto, cambia según lo que contemos.

La fotografía más clara del primer tercio del siglo XIX dice que Marchena tenía 31 molinos de aceite y tres molinos harineros sobre el río Corbones. Es decir, 34 molinos documentados en ese momento, sin contar el antiguo molino de viento ni otros molinos que aparecen en épocas posteriores. José Alcaide Villalobos recoge para la villa 14 hornos de pan, tres molinos harineros en el Corbones y 31 molinos de aceite; además, señala que esos 31 molinos aceiteros producían 11.874 arrobas de aceite al año.

Pero la historia no se queda quieta. Los mapas y estudios locales elevan el máximo conocido de molinos aceiteros a 35 en 1861. Después llegó el declive: 19 en 1875, 23 en 1901, 13 en 1930 y apenas restos o supervivencias en el siglo XX. El estudio de María del Carmen Parias Sáinz de Rozas sobre las haciendas de olivar de Marchena, publicado en las Actas de las IV Jornadas sobre Historia de Marchena, es una referencia académica clave para entender ese paisaje olivarero.

Dónde estaban

Los molinos de aceite se repartían entre el casco urbano, el ruedo agrícola y las propiedades conventuales. No siempre conocemos la ubicación exacta de cada uno, porque muchos documentos citan al propietario y no la calle. Aun así, las fuentes permiten situar varios puntos:

En la calle Santa Clara estaba el molino vinculado al convento de Santa Clara, que rentaba 1.100 reales, y en la memoria oral del siglo XX aparece también el molino de Cortés en esa misma calle.

En Fontinas se ubicaba el molino aceitero del convento de San Agustín, que tras la Guerra de la Independencia sufrió robos en puertas, ventanas, cerrojos y fábrica interior.

En el Vallisco estaba el molino de Miguel Moreno; junto a los depósitos de agua de la carretera, el de José Aguilar Barea; en la calle Duarte, el de Cesáreo García Rubio, al lado del molino de Mariano Sanz; y en la calle Pernía, el de Antonio “El Granaíno”. También se citan el molino de Pepe Romero frente a la Industria Aceitunera Marciense, otro frente a la iglesia de Santa Isabel y otro en la finca La Cobatilla, propiedad de Mercedes de Sal y Sanz.

Un mapa de 1826 recoge además los molinos de San Andrés, Terneros, Guardaplata y Montiel, nombres que suenan casi como mojones de una Marchena agrícola ya desaparecida.

El molino de Mariano Sanz es citado como el molino antiguo mejor conservado de Marchena: mantuvo almazara, prensas hidráulicas, tinajas, correas, bombas de transmisión, cuadras, pajares, pozo y espacio para el alpechín. El de Los Pérez, situado frente a Mercadona según la fuente local, aparece como el último molino antiguo en funcionamiento durante buena parte del siglo XX.

Los molinos harineros del Corbones

Marchena también molía trigo. La documentación de 1815 habla de tres molinos harineros dentro del término, movidos por el agua del Corbones. En los expedientes se citan el molino de La Caridad, el molino de don Joaquín Clasevout y el molino de San Pedro.

La Diputación de Sevilla, en su información turística sobre el río Corbones, amplía la memoria hidráulica y afirma que sus aguas llegaron a mover hasta siete molinos harineros en Marchena. Esto no contradice necesariamente la cifra de tres: una fuente habla de los molinos documentados en un momento administrativo concreto; la otra resume una serie histórica más amplia del río.

El molino de viento de San Miguel

La pieza más singular es el molino de viento del barrio de San Miguel. La documentación citada en La Marchena Secreta habla de Maese Pedro Jaus, “el flamenco”, vecino de Sanlúcar de Barrameda, a quien en 1549 se le dieron 400 ducados para ir a Flandes y traer un molino de viento de madera para moler trigo.

La toponimia conserva una pista preciosa: cerca de La Ventilla se menciona el cerro del molinete de viento, asociado al abastecimiento de agua y a la antigua fuente de San Antonio.

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Fuentes principales consultadas: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX, tomos I y II; La Marchena Secreta; Ruta del León; María del Carmen Parias Sáinz de Rozas, Las haciendas de olivar de Marchena; informe del IAPH sobre la comarca Morón-Marchena, que destaca la importancia de molinos harineros hidráulicos y almazaras en el patrimonio industrial de la zona.

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Historia

Marchena rompió con la Constitución de Cádiz el 14 de mayo de 1814

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Marchena vivió el 14 de mayo de 1814 uno de los episodios políticos más simbólicos de su historia contemporánea: la ruptura pública con la Constitución de 1812 y la adhesión al absolutismo de Fernando VII.

Aquel día se reunió una junta extraordinaria formada por los alcaldes Vicente Rodríguez y Juan Fernández, varios regidores, síndicos, el vicario eclesiástico, representantes religiosos y vecinos principales de la villa. El acuerdo fue claro: colocar en la puerta principal del Ayuntamiento una nueva lápida con la inscripción: “La única soberanía reside en la cabeza del monarca don Fernando Séptimo”.

El gesto tenía una enorme carga política. La Constitución de Cádiz había proclamado la soberanía nacional; Marchena, siguiendo el clima contrarrevolucionario iniciado en Sevilla días antes, devolvía simbólicamente esa soberanía al rey. Según el acta recogida por José Alcaide Villalobos, la lápida constitucional fue hecha pedazos en las puertas del Ayuntamiento y después se quemó en la Plaza Mayor un ejemplar de la Constitución.

El contexto explica la escena. Fernando VII había regresado a España tras la Guerra de la Independencia y, lejos de aceptar el régimen constitucional nacido en Cádiz, impulsó la vuelta al absolutismo. En Marchena, ese giro se tradujo en una rápida adaptación de las élites locales al nuevo poder. La plaza de la Constitución pasó a llamarse plaza de Fernando Séptimo.

La adhesión al monarca tuvo además una intención local: el Ayuntamiento pidió que Marchena fuese reconocida como villa de realengo, es decir, dependiente directamente del rey y no del señorío ducal. La villa quería ser fiel a Fernando VII, pero también liberarse del peso histórico de la Casa de Arcos.

Seis años después, en 1820, Marchena volvería a celebrar la Constitución tras el triunfo liberal. Las campanas repicaron de nuevo, esta vez en sentido contrario. La piedra rota de 1814 resume así una época de cambios bruscos, lealtades mudables y política escrita a golpe de lápida.

Los meses anteriores fueron de transición: fin de la guerra, esperanza, celebraciones religiosas y patrióticas, pero con una élite local ya dividida. Los meses posteriores fueron de restauración pura y dura: censura, persecución de liberales, borrado de actas constitucionales, regreso de instituciones antiguas y devolución de derechos a los poderes señoriales. Marchena no fue una excepción: fue un espejo pequeño, de piedra y papel quemado, de lo que estaba pasando en toda España.

El año empezó todavía dentro del marco constitucional. El Ayuntamiento electo siguió funcionando, con Vicente Rodríguez como alcalde primero y Juan Fernández Vázquez como alcalde segundo. El 30 de marzo incluso se presentó un presupuesto municipal, señal de que el cabildo seguía trabajando con cierta normalidad administrativa. Pero debajo de esa normalidad crujía la política: a comienzos de año un grupo de notables intentó impedir el nombramiento del juez Lorenzo Casans, al que acusaban de parcialidad, conspiración y cercanía a quienes habían jurado fidelidad al gobierno intruso francés. El propio autor señala que ya se veía que la corporación constitucional estaba muy cuestionada por sectores influyentes contrarios a la Constitución.

La guerra parecía acabarse. Fernando VII entró en España el 22 de marzo de 1814, y en Marchena llegaron noticias de victorias aliadas y del regreso del “Deseado”. El 3 de abril se recibió la noticia de que el rey había quedado libre de su cautiverio; se acordaron misa solemne, sermón, Te Deum, repiques, iluminación de calles y colgaduras. Aquello coincidió con Semana Santa, así que la política y la religión salieron juntas a la calle.

2 de mayo: todavía se habla de libertad.
Pocos días antes de romper con la Constitución, el Ayuntamiento acordó conmemorar a los caídos del Dos de Mayo como “primeros mártires por la libertad española”. Hubo misa, sermón, Te Deum y hasta corridas de novillos para celebrar la caída de Napoleón, el regreso del rey y el fin de las desgracias de la guerra. Es decir: Marchena aún celebraba al rey dentro de un lenguaje patriótico que sonaba constitucional.

El 4 de mayo, desde Valencia, Fernando VII decretó el cese de las Cortes y se negó a jurar la Constitución de 1812. El 6 de mayo, Sevilla derribó la lápida constitucional y la sustituyó por otra dedicada a Fernando VII. Y el 14 de mayo, Marchena siguió el camino de la capital: junta extraordinaria, autoridades civiles y religiosas, vecinos principales, lápida nueva proclamando que la soberanía residía solo en Fernando VII, lápida constitucional rota y ejemplar de la Constitución quemado en la Plaza Mayor.

El 19 de mayo, el cabildo elevó una representación al rey declarando su fidelidad absoluta y pidiendo incluso que Marchena fuese nombrada villa de realengo, “no de señorío”, porque no quería otro señor que Fernando VII. La plaza de la Constitución pasó a llamarse plaza de Fernando Séptimo. El 15 de junio llegó la respuesta de Pedro Macanaz comunicando el agradecimiento del rey, y el Ayuntamiento decidió publicar y fijar el decreto, además de trasladarlo a una tabla para perpetuarlo en la sala capitular.

Julio-agosto: adiós al Ayuntamiento constitucional.
La fidelidad de Marchena no salvó a sus autoridades. Fernando VII ordenó disolver los ayuntamientos constitucionales, cesar a los alcaldes constitucionales y volver a la planta municipal de 1808. Además, las actas de elecciones constitucionales debían borrarse de los libros del Ayuntamiento. En los cabildos del 8 y 12 de agosto se acordó cumplir la orden, y el 13 de agosto tomó posesión la corporación restaurada.

El 25 de julio se comunicó la derogación de la Contribución Directa y el regreso de las rentas provinciales y fiscales como estaban en 1808. El 19 de agosto se restablecieron antiguos arbitrios municipales; el 14 de septiembre, la Contaduría General de Pósitos; y el 19 de octubre, los señores jurisdiccionales recuperaron rentas, frutos, prestaciones y derechos. Dicho claro: no solo cambió la placa de la plaza; cambió el sistema entero.

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Fuente principal: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833. Tomo I.

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Historia

John Downie, el quijote escocés que salvó la vida en el Palacio Ducal de Marchena

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Herido en un ojo, atado a un cañón y conducido por los franceses desde Sevilla hasta Marchena, el brigadier John Downie llegó al Palacio Ducal entre el 3 y el 4 de septiembre de 1812. Allí coincidió con la retirada de las tropas napoleónicas y con una de las escenas más singulares de la Guerra de la Independencia en la Campiña sevillana.

Hay episodios de la historia local que parecen escritos para una novela de aventuras. Uno de ellos ocurrió en Marchena durante los días finales de la ocupación francesa, cuando un militar escocés al servicio de la causa española, llamado John Downie, fue llevado malherido al Palacio Ducal, donde se encontraban el mariscal Soult y José I Bonaparte, ya en retirada.

Downie no era un soldado cualquiera. Nacido en Stirling, Escocia, en 1777, había hecho fortuna en América, se había arruinado en Londres y terminó combatiendo en España contra Napoleón. Su figura tenía algo de romántica y quijotesca: luchaba vestido a la antigua, al frente de tropas extremeñas, y llevaba consigo la que se decía era la espada de Francisco Pizarro, regalo de la Condesa de la Conquista.

En 1812, tras la salida francesa de Sevilla, Downie persiguió a las tropas de Soult junto al ejército británico. En el avance hacia el Puente de Triana fue herido de un disparo en un ojo y cayó prisionero. Según la prensa gaditana de la época, concretamente El Conciso, el capitán francés Villatte lo trató con gran dureza: lo llevó atado a un cañón, desangrándose, durante dos días de camino entre Sevilla y Marchena.

Retrato de John Downey.

Cuando por fin llegó al Palacio Ducal, su estado era desesperado. La herida estaba infectada y, según el propio relato recogido por la prensa, el cirujano que lo atendió más tarde encontró gusanos en la lesión. De haber permanecido un día más en manos francesas, probablemente habría muerto.

La escena que se produjo en Marchena resume la tensión de aquel momento. En el Palacio Ducal estaban Soult y José I, que abandonaban Andalucía. Al encontrarse ante el mariscal francés, Downie afirmó que prefería morir antes que seguir bajo las órdenes de Villatte. Finalmente fue canjeado por 150 soldados ingleses. Aquella misma noche, los franceses tuvieron que abandonar Marchena y dejaron al escocés en el palacio.

Al día siguiente fue atendido por un buen cirujano y comenzó su recuperación. La documentación conservada aporta un detalle extraordinario, casi doméstico, que permite imaginar la escena dentro del antiguo palacio de los Ponce de León. El administrador José Medina le proporcionó comida y bebida: una gallina, dos pollos grandes, una botella de aguardiente, otra de resoli, bizcochos, dulces de almíbar, seis hogazas de pan, media libra de chocolate superior y media arroba de vino bueno. Todo ello costó 173 reales de vellón.

La imagen resulta poderosa: fuera, el ejército francés se retira; dentro, un oficial escocés, herido y exhausto, se repone en uno de los palacios más importantes de Andalucía. Marchena, que durante siglos había sido villa ducal y centro de poder nobiliario, se convertía por una noche en escenario de la guerra europea contra Napoleón.

Downie no olvidó aquel episodio. Después escribió una carta de agradecimiento a El Conciso, en la que se declaró “con todo su corazón el más fiel español”. Sobrevivió, se recuperó en Sevilla y más tarde fue nombrado conservador de los Reales Alcázares. La herida le dejó una cicatriz junto al ojo, memoria física de aquellos días en los que estuvo a punto de morir entre Sevilla y Marchena.

El paso de la guerra dejó también cicatrices en la propia villa. El puente sobre el Corbones, por donde huyeron los franceses, tuvo que ser reedificado. El Hospital de Misericordia quedó necesitado de reparaciones urgentes. Una posada de la Plaza Vieja denunció destrozos tras ser ocupada por tropas francesas. La Puerta Real fue tapiada para evitar ataques, la Puerta del Tiro del Palacio Ducal tuvo que restaurarse, y conventos como Capuchinos o Santa Eulalia sufrieron ocupaciones y daños.

Pero entre todos esos rastros de destrucción destaca esta historia mínima y enorme a la vez: la de un escocés que luchaba por España, entró moribundo en Marchena y salió vivo gracias a un canje, un cirujano y una mesa servida en el Palacio Ducal.

Fuente base: datos recogidos en el archivo de Marchena Secreta sobre John Downie, El Conciso y documentación del Archivo Histórico de la Nobleza, AHN Nobleza, Cartas, legajo 194-17.

Foto de portada: recreación de IA de John Downey basada en su propio retrato.

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Historia

Agustín Aguilar Tejera, el estepeño que se enamoró de la saeta marchenera en 1929

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El primer libro de recopilación y catalogación de la saetas marcheneras lo hizo a principios de siglo Agustín Aguilar y Tejera, poeta y notario de Estepa e hijo del notario de Puente Genil Aguilar y Cano. El libro se llama Saetas recogidas de la tradición oral en Marchena.  En él Tejera recoge las letras de las saetas que se cantaban en Marchena. En nuestro pueblo fue amigo de la familia Coullaut Valera una de cuyas obras preside la portada de su estudio sobre saetas de Marchena. 

Viviendo en Marchena cayó en sus manos un manuscrito en muy mal estado que contenía las saetas marcheneras.  Él amplió el repertorio con fuentes orales y lo enriqueció con el estudio histórico.

Saetas, marchas y poemas a la Virgen de la Soledad de Marchena

«Este libro es la biblia de las saetas y este hombre no tiene ni una calle dedicada en Marchena. Aguilar Tejera estuvo en Marchena y centra la mayor parte de su obra en la saeta antigua de Marchena» explica el experto en flamenco Pablo Parrilla.

Historia Estepa: AGUSTÍN AGUILAR Y TEJERA, POETA ESTEPEÑO.

Aguilar Tejera se casó en junio de 1911 en la capilla de la Virgen de los Desamparados de la parroquia de San Sebastián, en Marchena, con Ana Mª Valero Valderas, siendo testigo Luis Montoto. Después de realizar la catalogación de las saetas marcheneras en 1929 publica Saetas populares, englobando el total de casi mil saetas de España añadiendo un estudio detallado de los orígenes de la saeta, haciendo alusión a fuentes de información, cancioneros populares, manuscritos antiguos, etc. 

Un saetero republicano redimido por una saeta al Cristo de San Pedro

En la última parte se transcriben las partituras de saetas de Sevilla, saetas de Marchena (de la Soledad, Quinta, Sexta y de Jesús), Stábat Máter y Miserere de Marchena y, por último, las de las saetas tradicionales de Cabra.

Otras obras fundamentales sobre el tema  han sido escritos por Rafael López Fernández y María Luisa Melero.

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