Historia
Un mueble naval restaurado en Cádiz nos revela cómo era la carrera en la marina española del XVIII
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2 años agoon
INVESTIGACIÓN Un cajón secreto revela durante el proceso de restauración de un mueble de barco del siglo XVIII que perteneció al militar Agustín de Idiáquez y Borja, militar español perteneciente a una familia de Navarra. Nació el 25 de octubre de 1755 en Estella comenzó y acabó su carrera como guardamarina en Cádiz aqui fue capitan general de la flota de Indias siendo el IV duque de Granada de Ega. Navegó por el norte de Africa, y toda América.
UN MUEBLE QUE REVELÓ LA HISTORIA DE UN HOMBRE EN UNA EPOCA CLAVE
El mueble, adquirido por un anticuario de Sanlúcar de Barrameda de una anciana de Cádiz, contenía entre sus ocultos compartimentos fragmentos de un sello de lacre y un trozo de papel que, tras una meticulosa investigación, se han atribuido a Agustín Antonio de Idiáquez y Borja, un insigne marino español.

El escritorio, completamente original y restaurado, fue manufacturado en madera de caoba cubana y posee un grabado del pequeño escudo en relieve de Carlos III/IV. Las pistas halladas en su interior, entre ellas una pequeña placa de latón doblada con el nombre “A Idiáquez y Borja” y la fecha de 1719 inscrita a lápiz en su estructura, han sido decisivas para asociar el escritorio con este destacado personaje de la historia naval española.
El descubrimiento de varios objetos ocultos en compartimentos secretos del escritorio, incluyendo un sello de lacre y un papel con inscripciones, ha permitido vincular el mueble a Idiáquez y Borja, destacándose no sólo por su valor histórico sino también por el misterio que rodea los documentos ocultos que contenía.
LA CARRERA DE UN MARINO ESPAÑOL EN EL SIGLO XVIII

Capitulaciones matrimoniales de Agustin de Idaquez y Borja
La carrera de un marino español en el siglo XVIII estaba marcada por un sistema jerárquico y una organización estructurada, en la que se podía ascender a través del mérito, experiencia y, en muchos casos, conexiones sociales y patrocinio. Esta era la era de la Ilustración, y España, como otras potencias marítimas, estaba expandiendo y manteniendo sus vastos territorios ultramarinos.
En el siglo XVIII, España dominaba extensas áreas marítimas en América y en el Mediterráneo, si bien su poderío estaba en declive comparado con siglos anteriores debido al creciente poder de otras naciones europeas, como Gran Bretaña y Francia.

UN PODERÍO MENGUANTE
En América: España controlaba la mayoría de las rutas marítimas hacia y desde sus vastos territorios coloniales, que se extendían desde California en Norteamérica hasta la Patagonia en Sudamérica.
La Flota de Indias española, una serie de convoyes navales, era vital para el transporte de riquezas desde el Nuevo Mundo hacia la metrópoli. Estas flotas transportaban oro, plata, y otros bienes preciosos, y eran a menudo el objetivo de piratas y potencias enemigas. Las principales rutas partían de puertos como Veracruz en México, Portobelo en Panamá y Cartagena de Indias en Colombia, cruzando el Atlántico hacia Sevilla o Cádiz.

El Mediterráneo era un mar de gran importancia estratégica para España, que controlaba varios puntos clave. A principios del siglo, España poseía territorios en Italia y mantenía una presencia significativa en el Mediterráneo occidental. Sin embargo, la Guerra de Sucesión Española (1701-1714) resultó en la pérdida de territorios europeos y en el Mediterráneo. A pesar de esto, España conservaba importantes puertos como Barcelona y Cádiz, que eran centros neurálgicos para el comercio y la defensa naval.
El siglo XVIII también fue testigo de conflictos y desafíos para la soberanía marítima de España. Las guerras con otras potencias europeas, los conflictos con piratas berberiscos y la necesidad de proteger sus rutas comerciales eran preocupaciones constantes. Además, la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1775-1783), en la cual España participó eventualmente en apoyo a las colonias americanas, también tuvo implicaciones para el control español de las aguas americanas.

Francisco de Borja Idiáquez y Palafox fue un noble y militar español perteneciente a una familia de Navarra. Nació el 25 de octubre de 1755 en Estella, Navarra, y falleció el 17 de marzo de 1817, presumiblemente en Madrid.
Su padre fue Ignacio Idiáquez y Aznárez de Garro, el III duque de Granada de Ega y Grande de España, y su madre fue María Josefa de Palafox y Urríes. Francisco de Borja se casó en 1774 con María Agustina de Carvajal y Gonzaga.
Se casó con 17 años en 1774 en Madrid con María Agustina de Carvajal hija de Manuel Bernardino de Carvajal Zúñiga y María Micaela Gonzaga Caracciolo, VI duques de Abrantes aportando como dote la rentas de la casa del duque de Abrantes con una importante dote incluyendo medio millon de reales, además de tierras, vestidos, guarniciones, joyas de diamantes y plata. Su madre viuda actuó como tutora.
CARRERA MILITAR
Comenzó sus 51 años de servicio al ejército como Guardamarina en 1717 en Cádiz, en 1720, logró liberar el sitio de Ceuta por los marroquíes y luego destinado al «mar del Sur» con misiones en las costas de Chile y Perú. En 1731, regresó de Callao, Lima, con caudales y frutos valiosos de la región.

Al año siguiente, se unió a la escuadra de Francisco Cornejo, que partió de Alicante hacia Orán, y participó tanto en el desembarco como en la toma de la ciudad. Lideró varios navíos y fragatas y navegó por el Atlántico, el Mediterráneo y América del Norte y del Sur. Ascendido a general, tomó el mando de cuatro barcos y se dirigió hacia el Mediterráneo, interviniendo en conflictos en Argel, Túnez y Trípoli.
En 1756, viajó a Cartagena de Indias y volvió en 1761 como comandante general del departamento. A partir de 1762, lideró una escuadra de siete barcos en Cartagena de Indias y defendió los fuertes de Argel y Tánger, así como el castillo de Tetuán contra barcos moros. En 1764, se trasladó a Cádiz para asumir el cargo de capitán general de la Flota de Indias, navegando nuevamente a América del Norte y visitando Veracruz y La Habana.

Finalmente, regresó a Cádiz en marzo de 1767 con un cargamento valorado en seis millones de pesos procedentes de América y falleció en diciembre de 1768 a los 77 años, tras 51 años de servicio en la Armada.
Francisco de Borja alcanzó el rango de Teniente General y Gentilhombre de cámara con el rey Fernando VII era caballero de la Orden de Alcántara y de la Orden de Carlos III. En 1780, fue nombrado consiliario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en 1816 recibe la Orden del Toisón de Oro.
EL MUEBLE QUE GURDABA UN SECRETO
El escritorio de tipo bargueño o secreter, lleva inscritas en algunas piezas el nombre de Francisco de Borja Idiáquez y Palafox característico de la época colonial y que se mantuvo popular hasta bien entrado el siglo XIX. Estos escritorios eran comunes en la mobiliaria de las piezas y barcos de alta gama, como las cabinas de los capitanes o en los camarotes de pasajeros adinerados durante el siglo XVIII.

Cuenta con una superficie plana que se puede abatir para cerrar el mueble y proteger los documentos y objetos valiosos. Al interior, se disponen de pequeños cajones y compartimentos secretos que servían para almacenar papeles, correspondencia, utensilios de escritura y pequeños objetos personales.
Para asegurar estos muebles en los barcos, se utilizaban sistemas de sujeción que podían incluir correas, soportes de metal y cerraduras que permitían anclarlos firmemente a la estructura del barco. Esto era crucial para evitar que se movieran o volcaran debido al balanceo del barco en alta mar.

Al llegar a su destino, si el dueño deseaba desembarcar el mueble, se utilizaban cuadrillas de marineros para transportar estos objetos pesados. A menudo se bajaban mediante poleas o en los hombros de varios hombres a través de las angostas escotillas y sobre las pasarelas hasta el muelle. El proceso requería cuidado para no dañar ni el mueble ni el barco.
El bargueño que está en un estado de conservación excepcional y refleja un estilo de mobiliario que era símbolo de estatus y refinamiento en su época.
Documentos;
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Historia
John Downie, el quijote escocés que salvó la vida en el Palacio Ducal de Marchena
Published
56 mins agoon
15 mayo, 2026
Herido en un ojo, atado a un cañón y conducido por los franceses desde Sevilla hasta Marchena, el brigadier John Downie llegó al Palacio Ducal entre el 3 y el 4 de septiembre de 1812. Allí coincidió con la retirada de las tropas napoleónicas y con una de las escenas más singulares de la Guerra de la Independencia en la Campiña sevillana.
Hay episodios de la historia local que parecen escritos para una novela de aventuras. Uno de ellos ocurrió en Marchena durante los días finales de la ocupación francesa, cuando un militar escocés al servicio de la causa española, llamado John Downie, fue llevado malherido al Palacio Ducal, donde se encontraban el mariscal Soult y José I Bonaparte, ya en retirada.
Downie no era un soldado cualquiera. Nacido en Stirling, Escocia, en 1777, había hecho fortuna en América, se había arruinado en Londres y terminó combatiendo en España contra Napoleón. Su figura tenía algo de romántica y quijotesca: luchaba vestido a la antigua, al frente de tropas extremeñas, y llevaba consigo la que se decía era la espada de Francisco Pizarro, regalo de la Condesa de la Conquista.
En 1812, tras la salida francesa de Sevilla, Downie persiguió a las tropas de Soult junto al ejército británico. En el avance hacia el Puente de Triana fue herido de un disparo en un ojo y cayó prisionero. Según la prensa gaditana de la época, concretamente El Conciso, el capitán francés Villatte lo trató con gran dureza: lo llevó atado a un cañón, desangrándose, durante dos días de camino entre Sevilla y Marchena.

Retrato de John Downey.
Cuando por fin llegó al Palacio Ducal, su estado era desesperado. La herida estaba infectada y, según el propio relato recogido por la prensa, el cirujano que lo atendió más tarde encontró gusanos en la lesión. De haber permanecido un día más en manos francesas, probablemente habría muerto.
La escena que se produjo en Marchena resume la tensión de aquel momento. En el Palacio Ducal estaban Soult y José I, que abandonaban Andalucía. Al encontrarse ante el mariscal francés, Downie afirmó que prefería morir antes que seguir bajo las órdenes de Villatte. Finalmente fue canjeado por 150 soldados ingleses. Aquella misma noche, los franceses tuvieron que abandonar Marchena y dejaron al escocés en el palacio.
Al día siguiente fue atendido por un buen cirujano y comenzó su recuperación. La documentación conservada aporta un detalle extraordinario, casi doméstico, que permite imaginar la escena dentro del antiguo palacio de los Ponce de León. El administrador José Medina le proporcionó comida y bebida: una gallina, dos pollos grandes, una botella de aguardiente, otra de resoli, bizcochos, dulces de almíbar, seis hogazas de pan, media libra de chocolate superior y media arroba de vino bueno. Todo ello costó 173 reales de vellón.
La imagen resulta poderosa: fuera, el ejército francés se retira; dentro, un oficial escocés, herido y exhausto, se repone en uno de los palacios más importantes de Andalucía. Marchena, que durante siglos había sido villa ducal y centro de poder nobiliario, se convertía por una noche en escenario de la guerra europea contra Napoleón.
Downie no olvidó aquel episodio. Después escribió una carta de agradecimiento a El Conciso, en la que se declaró “con todo su corazón el más fiel español”. Sobrevivió, se recuperó en Sevilla y más tarde fue nombrado conservador de los Reales Alcázares. La herida le dejó una cicatriz junto al ojo, memoria física de aquellos días en los que estuvo a punto de morir entre Sevilla y Marchena.
El paso de la guerra dejó también cicatrices en la propia villa. El puente sobre el Corbones, por donde huyeron los franceses, tuvo que ser reedificado. El Hospital de Misericordia quedó necesitado de reparaciones urgentes. Una posada de la Plaza Vieja denunció destrozos tras ser ocupada por tropas francesas. La Puerta Real fue tapiada para evitar ataques, la Puerta del Tiro del Palacio Ducal tuvo que restaurarse, y conventos como Capuchinos o Santa Eulalia sufrieron ocupaciones y daños.
Pero entre todos esos rastros de destrucción destaca esta historia mínima y enorme a la vez: la de un escocés que luchaba por España, entró moribundo en Marchena y salió vivo gracias a un canje, un cirujano y una mesa servida en el Palacio Ducal.
Fuente base: datos recogidos en el archivo de Marchena Secreta sobre John Downie, El Conciso y documentación del Archivo Histórico de la Nobleza, AHN Nobleza, Cartas, legajo 194-17.
Foto de portada: recreación de IA de John Downey basada en su propio retrato.
Historia
Agustín Aguilar Tejera, el estepeño que se enamoró de la saeta marchenera en 1929
Published
3 horas agoon
15 mayo, 2026
El primer libro de recopilación y catalogación de la saetas marcheneras lo hizo a principios de siglo Agustín Aguilar y Tejera, poeta y notario de Estepa e hijo del notario de Puente Genil Aguilar y Cano. El libro se llama Saetas recogidas de la tradición oral en Marchena. En él Tejera recoge las letras de las saetas que se cantaban en Marchena. En nuestro pueblo fue amigo de la familia Coullaut Valera una de cuyas obras preside la portada de su estudio sobre saetas de Marchena.
Viviendo en Marchena cayó en sus manos un manuscrito en muy mal estado que contenía las saetas marcheneras. Él amplió el repertorio con fuentes orales y lo enriqueció con el estudio histórico.
Saetas, marchas y poemas a la Virgen de la Soledad de Marchena
«Este libro es la biblia de las saetas y este hombre no tiene ni una calle dedicada en Marchena. Aguilar Tejera estuvo en Marchena y centra la mayor parte de su obra en la saeta antigua de Marchena» explica el experto en flamenco Pablo Parrilla.

Aguilar Tejera se casó en junio de 1911 en la capilla de la Virgen de los Desamparados de la parroquia de San Sebastián, en Marchena, con Ana Mª Valero Valderas, siendo testigo Luis Montoto. Después de realizar la catalogación de las saetas marcheneras en 1929 publica Saetas populares, englobando el total de casi mil saetas de España añadiendo un estudio detallado de los orígenes de la saeta, haciendo alusión a fuentes de información, cancioneros populares, manuscritos antiguos, etc.
Un saetero republicano redimido por una saeta al Cristo de San Pedro
En la última parte se transcriben las partituras de saetas de Sevilla, saetas de Marchena (de la Soledad, Quinta, Sexta y de Jesús), Stábat Máter y Miserere de Marchena y, por último, las de las saetas tradicionales de Cabra.
Otras obras fundamentales sobre el tema han sido escritos por Rafael López Fernández y María Luisa Melero.
Historia
El agua de la «Fuente de las Cadenas» venía del manantial del Lavadero
Published
4 horas agoon
15 mayo, 2026
La Fuente de las Cadenas estaba en la Plaza Vieja o Plaza de los Mesones, actual entorno de Plaza Alvarado. La Fuente de las Cadenas estaba en la Plaza Vieja o Plaza de los Mesones, actual entorno de Plaza Alvarado. Morales Corrales la describe como una fuente redonda, de jaspe blanco y rojo, con cuatro caños, dos tazas y una columna central. Estaba rodeada por veinte columnas unidas con dobles cadenas de hierro, para impedir que el ganado bebiera allí; para los animales existía otro pilar inmediato, hecho en 1773.
La fuente de San Antonio es la más antigua de Marchena, se encuentra al pie de la muralla, en un recodo de la plaza de la Constitución bajo un recinto techado que cierra una gran cancela de hierro.
Popularmente es conocida como Fuente de las Cadenas, incluso así consta en los folletos turísticos. Sin embargo la fuente de Las cadenas original -hoy desaparecida- estaba en plena Plaza Alvarado y era una fuente para el ganado, que se rodeó de cadenas.
La fuente de San Antonio se alimenta de un manantial que nace en un punto bajo del cerro de la Mota, siendo una fuente natural. Se construyó según consta en una lápida en 1864, por orden de José de Torres Díez, aunque ya se venía usando abiertamente. Con el tiempo las tinajas han ido desgastando la piedra y se notan los sitios donde se apoyaban.
La pila es corrida toda de piedra con tan sólo 5 grifos de los 16 que la surtían.
Precisamente el padre del cantaor flamenco Pepe Marchena trabajó algunas temporadas como guarda de la fuente.
Antiguamente existía la costumbre de consagrar las fuentes con nombres de santos porque se consideraba que así estaban benditas. En toda Andalucía existen fuentes dedicadas a San Antonio donde se decía que la persona que bebía encontraba pareja. Esta fuente está abandonada hace muchos años aunque aún funciona.
Historia
La primera zona verde pública de Marchena se construyó en 1803 en La Alameda
Published
1 día agoon
14 mayo, 2026
En 1803 el Ayuntamiento de Marchena realiza importantes inversiones para finalizar las obras del “Paseo público de la Alameda» gracias a las aportaciones económicas del Duque de Osuna en 1801 y 1802; vecinos que realizaron donaciones, y el Asistente, logrando así el municipio «un espacio público para su desahogo y armonía» según las actas municipales consultadas por José Alcaide Villalobos y publicadas en su obra Marchena Siglo XIX tomo I.
Hoy se ha perdido esta zona verde que en su tiempo fue uno de los orgullos de Marchena, por el dinero que costó su urbanización y la modernización que supuso crear la primera zona verde del municipio, con dinero público. Ubicada junto a la otra gran zona verde, la del El Parque, esta de titularidad privada -de uso Ducal- daba salida a los carruajes y mercancías hacia Osuna y Granada.
Establecer zonas de paseo, crear conducciones de agua, desecar humedales o muladares junto a las poblaciones, mejorar el abastecimiento de agua, o permitir el futuro desarrollo urbano, fueron razones para el desarrollo de alamedas, o paseos arbolados a las afueras de los pueblos que proliferan a finales del XVIII y XIX, a imitación de Sevilla que ya tenía su Alameda desde el XVI.
El inicio de La Alameda de Marchena se transformó en zona urbana con la construcción de la carretera entre Puebla de Cazalla y Carmona en el XIX a su paso por la localidad.
La Alameda de Marchena se ubicó junto a la puerta del mismo nombre, al final de la calle Compañía junto a Santa Isabel y aparece dibujada en el plano de 1826 obra de Manuel Spínola de Quintana Alférez de Navío de la Armada. Como se ve en el mapa La Alameda incluía varias rotondas y zonas ajardinadas y con arboleda.
Alameda Alfonso XIII, Carmona.
Coetáneo a La Alameda de Marchena es la Alameda de Osuna en Madrid creado entre 1783, y 1815 por orden de la Duquesa de Osuna Maria Josefa Alonso Pimentel que también lo era de Arcos, dueña y señora de Marchena como una muestra de racionalismo ilustrado y luego fue donando al Ayuntamiento de Madrid a quien pertenece.
Alameda de Alfonso XIII en Carmona.
Allí se ubicaba la Puerta Real que era la salida del pueblo desde el camino de Sevilla, uno de los principales caminos de la época que seguía por las calles, Sevilla, San Pedro, Las Torres y Compañia hacia Osuna y el camino de Granada.
Tras la importante inversión se tomó conciencia de la necesidad de cuidar la zona verde y se nombró un responsable para la conservación del paseo al jurado Joaquín Sánchez del Toro, diputado municipal de obras y se destinaron 200 ducados anuales para el sueldo del guarda municipal y otros 100 ducados para mantener los mulos de de la noria necesaria para sacar agua regar los árboles sembrados. Incluso el Ayuntamiento llegó a pedir licencia para celebrar una corrida de toros para recaudar fondos para la zona verde, pero el Rey prohibió las corridas de toros de muerte ese mismo año en 1805.
Arco de la Pastora de Osuna.
El Ayuntamiento estableció que el agua para regar La Alameda se sacase del pozo San Ginés y al mismo tiempo se llega a un acuerdo con un hortelano arrendador de la huerta la Alameda Juan Baco para sacar agua de su pozo durante las horas que no la necesita, aunque había que llevarla con cántaros desde la noria hasta los plantones de árboles que estaban a 400 varas unos 330 metros. Una solución similar a la usada para transportar agua desde la finca El parque hasta el Palacio Ducal, por cuyas rampas de la muralla, subían agua las mulas.
Cuando las mulas llevaban el agua desde el Parque al Palacio Ducal
En 1796, bajo el mandato de María Josefa Alonso Pimentel se construye el Arco de la Pastora, que acceso a la Alameda, actual recinto ferial de Osuna, Duquesa que también era dueña y señora de Marchena por donde pasó en 1809 huyendo del Madrid tomado por los franceses y camino de sus palacios en Sevilla y Cádiz siendo recibida oficialmente por el Alcalde marchenero Manuel Mejía y el síndico Andrés de Uruñuela, y conducida hasta su palacio Ducal de Marchena donde pasó una temporada antes de seguir su camino.
Duquesa de Osuna.
La creación de la Alameda de Hércules de Sevilla dió lugar a la de otras alamedas, en Andalucía y América incluyendo Ecija que data de 1578 eliminando un muladar cercano o Córdoba, 1553 sobre la ribera hasta el puente romano.
Una tablilla exvoto de la capilla Veracruz de Marchena muestra la fachada del Palacio, el convento de Capuchinos, el antiguo Ayto, el arco de la calle Amargura, el arco de Puerta Osuna y el arco de la Alameda, situado al final de la calle Compañia así como los caballos corriendo por la calle Carreras.
La carrera o corredera es un espacio urbano propio del renacimiento, una apertura de nueva creación, de hecho se llamó Calle Nueva, en forma de recta en medio del tortuoso urbanismo islámico.
También servían para luchar contra el agua invasora de las inundaciones o el agua estancada de lagunas cercanas a los pueblos, desecándose éstas, urbanizando los muladares, barrizales y cultivos.
Y además se reorganiza el espacio para redefinir los comportamientos sociales, siendo el lugar del paseo espacio para el encuentro galante escenario de los juegos y encuentros de la nobleza.
Historia
Pío Baroja en Marchena: cuando el novelista vino a buscar los fantasmas del carlismo andaluz
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4 días agoon
11 mayo, 2026
En la primavera de 1935, un automóvil avanzaba lentamente por los caminos polvorientos de Andalucía. Dentro viajaba un hombre de boina oscura, rostro afilado y mirada escéptica que observaba el paisaje como quien trata de descifrar una herida antigua.
No venía buscando monumentos ni estampas pintorescas. Venía buscando rastros de guerra, memorias familiares y ecos de una España que seguía latiendo bajo la tierra seca de los cortijos. Aquel hombre era Pío Baroja y uno de sus destinos fundamentales fue Marchena.
La visita no fue casual. Baroja recorría España siguiendo la ruta del general carlista Miguel Gómez Damas, protagonista de una de las expediciones militares más sorprendentes del siglo XIX español. El escritor preparaba materiales para sus crónicas históricas y para su inmenso ciclo narrativo Memorias de un hombre de acción. Pero también estaba realizando algo más profundo: una investigación sobre el alma española.
Aquel viaje quedó reflejado en reportajes publicados en la revista Estampa en abril de 1935, donde el propio Baroja dejó escrita una frase reveladora: “Al ver reunidas las fotografías de la excursión que hemos hecho siguiendo el itinerario del general carlista Gómez, en 1836, no parece que se trata de la excursión de Gómez, sino de la mía”.
Marchena, enclave carlista en el sur
Para muchos lectores actuales puede resultar sorprendente relacionar Andalucía con el carlismo, un movimiento históricamente asociado al norte peninsular. Sin embargo, Baroja descubrió en Marchena uno de los focos carlistas más importantes del sur de España.
La estancia de Baroja en Marchena estuvo motivada por la necesidad de acceder a la documentación privada y a los testimonios directos de esta familia de origen cántabro, instalada en la villa desde el siglo XVIII. Los Díez de la Cortina no solo habían liderado militarmente el carlismo en Andalucía durante las tres guerras del siglo XIX, sino que conservaban archivos, memorias y cartas de un valor incalculable para un novelista interesado en la veracidad de los hechos.
| Miembro de la Familia Cortina | Papel en el Carlismo | Relación con la Historia/Baroja |
|---|---|---|
| José Díez de la Cortina y Cerrato |
Coronel de Caballería; Conde de Cortina de la Mancha. |
Fallecido en 1874; modelo de sacrificio carlista en el sur. |
| José Díez de la Cortina (Hijo) |
General de División; Líder regional del carlismo andaluz. |
Reorganizador del movimiento en el siglo XX; fuente para Baroja en 1935. |
| Juan Díez de la Cortina y Olaeta |
Teniente de Caballería. |
Combatiente juvenil en la Tercera Guerra Carlista |
Don José Díez de la Cortina y Cerrato, por ejemplo, había sido una figura central en la Tercera Guerra Carlista, llegando a ofrecer mil caballos al ejército de Don Carlos y muriendo heroicamente en combate en 1874. Sus hijos, Juan, José y Rafael, también participaron en la contienda siendo adolescentes, creando una épica familiar que Baroja consideraba el material perfecto para sus crónicas. En 1935, el general José Díez de la Cortina era el líder regional del carlismo andaluz y un guardián de esta memoria, lo que permitió a Baroja reconstruir los episodios del carlismo local con una precisión documental inalcanzable para otros autores.
La creación literaria: «La meticulosidad de Don Sebastián»
Durante su estancia en Marchena, Baroja no solo recopiló datos, sino que se sumergió en la atmósfera social de la villa. Fruto de esta inmersión fue la redacción del trabajo literario La meticulosidad de Don Sebastián. Esta obra, gestada entre las conversaciones en los patios marcheneros y las visitas a la casa palacio de la Plaza de San Juan, captura la esencia de la burguesía y la hidalguía andaluza con la mirada analítica del autor vasco.
Baroja encontró en Marchena un escenario donde la religiosidad profunda, la jerarquía social y la memoria de las guerras civiles se entrelazaban de manera compleja. El escritor utilizó su estancia para profundizar en los «episodios del carlismo andaluz», vinculando su narrativa no solo a las hazañas militares de Gómez, sino también a la vida cotidiana de las familias que sostuvieron la causa tradicionalista en un entorno geográfico y social tan distinto al del norte de España.
Jaén y Torredonjimeno: El origen del General Gómez
El periplo andaluz de Baroja incluyó necesariamente la provincia de Jaén, tierra natal de Miguel Gómez Damas. El escritor se desplazó a Torredonjimeno con el fin de localizar la casa donde nació el militar y rastrear los vínculos familiares que pudieran explicar su posterior carrera en el ejército carlista. En su artículo «Gómez y su expedición», publicado en el diario Ahora poco después del viaje, Baroja reivindicó la figura de este militar como un ejemplo de eficiencia técnica y audacia vital.
Baroja se mostró especialmente interesado en cómo un militar andaluz, en un entorno mayoritariamente liberal o indiferente, pudo ascender hasta convertirse en uno de los generales de confianza de Don Carlos y ser capaz de liderar a tropas vascas y navarras con tal éxito. El escritor recorrió parajes de la Sierra Morena y el valle del Guadalquivir, analizando cómo el terreno influyó en la capacidad de Gómez para eludir a las columnas liberales que le superaban diez veces en número.
El viaje como laboratorio literario
Baroja no viajaba como un académico encerrado entre legajos. Su método era radicalmente moderno. Necesitaba caminar los caminos, mirar los pueblos, escuchar el habla popular y comprender la geografía física de las batallas.
Por eso recorrió también Requena, Utiel, Villarrobledo, Jaén y Torredonjimeno. Observaba las murallas derruidas, entrevistaba ancianos y analizaba cómo el paisaje condicionaba las tácticas guerrilleras del siglo XIX.
En Marchena aquel método alcanzó uno de sus momentos más fértiles. Allí comenzó a gestarse La meticulosidad de Don Sebastián, una obra donde el escritor retrata ambientes sociales y psicológicos inspirados en aquella Andalucía aristocrática y rural que tanto le fascinó.
El novelista vasco descubrió una Andalucía distinta a la del tópico romántico. No era la Andalucía exótica de pandereta y bandoleros que buscaban muchos viajeros europeos. Era una tierra compleja, atravesada por conflictos ideológicos, lealtades familiares y tradiciones políticas profundamente arraigadas.
A pesar de la interrupción traumática de la Guerra Civil, el material recopilado en Marchena y Andalucía en 1935 dejó una huella profunda en la literatura barojiana. Sus reportajes en Estampa constituyen hoy un documento histórico de primer orden sobre la España de la Segunda República y la pervivencia de los mitos carlistas.
Historia
Las primitivas caballerizas del Palacio Ducal lindaban con el convento de la Concepción
Published
6 días agoon
9 mayo, 2026
La escritura de traslado del Convento de Santa María al interior del Palacio Ducal de Octubre de 1631 deja claro que el lugar señalado por el Duque para las monjas lindaba con las caballerizas levantadas por Luis Cristóbal Ponce de León. (1530-1573).

La fama y prestigio de los caballos de Marchena, principalmente de los criados en las caballerizas ducales, aparece recogido en el libro «Adiciones a la Doctrina del Cavallo y Arte de Enfrenar» un manuscrito de 1731 escrito por el trabajador de las caballerizas de Córdoba Alonso García. Tras crear las Caballerizas Reales de Córdoba en 1570, donde nace la raza española, los caballos hispanos adquieren fama mundial y el rey inglés consiguió seis caballos e a través del regalo que le hizo el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León (1673-1693).
En el «Libro de la gineta de España» de 1599 Pedro Fernández de Andrada, ya decía que las cunas del caballo español y andaluz son Córdoba y Jerez, con sus caballerizas reales, «y no tienen en menos estima los de «Ecija Jaén y Marchena».

En las fotos de Azpiazu se observa el muro almenado que adornado por estatuas servía para cerrar los jardines de palacio y al fondo, el muro de las caballerizas ducales según expone el arquitecto municipal Antonio Perea.

Fray Pedro Ochoa Ministro Provincial de Andalucia de la orden de Frailes Menores autoriza a las monjas de Santa Maria la firma de la escritura con el Duque el 25 de Octubre de 1631 siendo Isabel de San Pablo Abadesa del convento de la Concepción de Marchena dejando claro que las caballerizas no formaban parte de los inmuebles donados al convento, lo que significa que estarían lindando una pared con otra, cuando se habla de que no se puede abrir ventanas entre una propiedad y la otra.
Añade que el sitio de las cabllerizas que comenzó a edificar el marqués de Zahara Luis Ponce de León debe quedar libre de la clausura del convento para que el Duque lo use como mejor la parezca y que puede labrar alli las oficinas que mejor estime «de tal manera que no sea en perjuicio de la clausura del convento abriendo ventanas que puedan señorearlo y registrarlo».

Documentos del Fondo Osuna. Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional
Acuerdo entre las monbjas del convento de la Cncepción y el Duque de Arcos
Ochoa escribe que dicho convento fundado por Rodrigo Ponce de León y Ana de Aragón su mujer como «fundadores y patronos perpetuos han querido que las monjas se trasladen de las casas de Alonso Jimenez Montiel donde de presente tienen su habitación al Castillo y Fortaleza» ducales «por la incomodidad grande que tienen donde al presente están», dejando claro que la voluntad del Duque es que permanezcan dentro del castillo «para siempre jamás» a condición de que si alguna vez lo dejaran «quede para su excelencia» a cambio de 2000 ducados de pago y dejando siempre claro que las caballerizas no formaban parte del acuerdo.

Al fondo de los jardines se veía el muro de las caballerizas ducales.
Las monjas añaden en el documento de escriutura.»Que las caballerizas que comenzó a edificar Luis Ponce de León, Marqués de Zahara que está en el cielo padre de Su Excelencia, siempre ha de quedar y quede libre, sin que nosotras en este convento lo podamos meter ni metamos en clausura porque el dicho sitio su excelencia ha de poder hacer y labrar las oficinas y demás casa que por bien tuviera».

LAS CABALLERIZAS EN EL MANDATO DE MANUEL PONCE DE LEON
De 1685 se conserva un registro por la contafuría del Duque Manuel Ponce de León «de los caballos que hay en las caballerizas del Duque Señor de Esta villa y lo que cada uno come cada día» desde el 19 de Julio de ese año ocupando Juan Miguel Sota el cargo de caballerizo del Duque de Arcos, es decir responsable de las caballerizas ducales.
Siendo consciente del lujo que suponia tener un caballo andaluz el embajador Guillermo Rodolfin sugiere al rey de Inglaterra, Carlos II Estuardo (1630-1685) que debía tener en sus cuadras caballos españoles.
Finalmente el rey inglés consiguió seis caballos españoles procedentes de Marchena a través del regalo que le hizo el VI duque de Arcos, Manuel Ponce de León (1673-1693), y de este Rey inglés se conserva una carta de agradecimiento donde el monarca británico habla de la belleza de dicho caballo marchenero.

En este documento aparecen todos los detalles de los alrededor de treinta caballos, potros y mulos que tenía el Duque para su servicio personal además los nombres de los caballos, empezando por el caballo Capitán, Belloso, Flamenco, que aparece anotado como el de la Mina, Volador, Sargento, Gallardo, o la mula Galga. También se anotan las entradas y salidas de cada caballo, y en ocasiones donde estuvo y quien lo montó. Se anotan los 11 potros nuevos de ese año como Armonia o Almanzor

Registro de las caballerizas del Palacio Ducal
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